Programación de los Talleres

La siguiente es la programación que se cumplió en cada uno de los cuatro Talleres de Creación Colectiva:


















SESIÓN 1: CREACIÓN COLECTIVA

Charla: "Creación Colectiva en Literatura": Definiciones de creación colectiva y claves para su desarrollo en literatura, escogencia del tema, argumentación, líneas narrativas, estructuras clásicas y creación de personajes; por Alex Acevedo, Carlos Ayala y Néstor Pedraza.



SESIÓN 2: VAMPIRISMO

Charla: "Abismos sanguinolentos entre el amor y el hambre: los aleteos que cubrieron las noches del romántico siglo XIX"; por Néstor Pedraza.










SESIÓN 3: CYBERPUNK

Charla: "Estático Viajero a la Deriva: viaje molecular de Philip K. Dick a William Gibson"; por Carlos Ayala.












SESIÓN 4: EROTISMO

Charla: "Cinco arabescos marginales de la pasión por la belleza: el asco, la censura, la plata, la risa y la ruina"; por Alex Acevedo.







SESIÓN 5: GÉNERO NEGRO

Charla: "Un feliz año nuevo en el infierno: el caso Fonseca y la reciente narrativa negra en Colombia"; por Alex Acevedo, Carlos Ayala y Néstor Pedraza.



SESIÓN 6: FINALIZACIÓN
Presentación de los textos colectivos desarrollados por los talleristas.

Hemos publicado en este blog la totalidad de los textos correspondientes al primer ejercicio de creación colectiva literaria llevado a cabo por los talleristas de los cuatro Talleres de Creación Colectiva en Literatura 2007.

Este ejercicio consistió en lo siguiente: Durante la primera sesión de cada uno de los cuatro talleres, se dictó una charla introductoria sobre cómo escribir un cuento y sobre Creación Colectiva. Luego, los talleristas (la gran mayoría no se conocían entre sí, era la primera vez que se veían las caras) se reunieron en grupos de 2 y 3 personas. A cada grupo le fue entregado el inicio y el final de un cuento de un autor conocido, y un pequeño resumen de la trama del mismo. Cada grupo debió re-escribir el cuento con su propia idea de cómo partir de ese inicio y llegar a ese final.

Teniendo en cuenta que estos talleres son completamente experimentales (no tenemos noticia de que un ejercicio así se haya hecho antes en el mundo), los resultados han sido sorprendentemente positivos: Hemos publicado 24 textos de buena factura, que nos demuestran que sí es posible que dos o tres desconocidos unan sus mentes y su creatividad y hagan literatura en conjunto.

Por supuesto, para llegar a una verdadera literatura de creación colectiva, es necesario que los grupos de creación maduren, encuentren su propia voz, su propio estilo, y desarrollen su propia memoria. Y si bien estos talleres son demasiado cortos para lograr ese proceso, estamos viendo cómo muchos de los grupos lo están logrando en muy poco tiempo, y ese es un buen inicio. Al finalizar los talleres, estaremos publicando los textos totalmente originales producidos por los grupos de cada taller, como muestra de lo que es posible hacer cuando se está dispuesto a abandonar los egos y trabajar en conjunto.

De los cuatro talleres hay grupos de personas trabajando en los cuentos que entregarán el 20 de diciembre para su revisión final, y los directores de los talleres estamos haciendo el acompañamiento respectivo para que dichos cuentos tengan buen desarrollo antes de la fecha límite. Una vez revisados los cuentos, serán publicados en su totalidad en este mismo blog. Una selección de los mejores cuentos de los cuatro talleres, será publicada en libro, que será distribuido de manera gratuita en el primer trimestre de 2008.

EL BESO
(Basado en un cuento de Enrique Anderson-Imbert)

Diana Carolina Romero, Lilian Patricia Alvarado

La reina de un remoto país del norte, despechada porque Alejandro el Magno había rechazado su amor, decidió vengarse. Manda a unos esclavos de grandes músculos, lo toman y le dan una paliza que lo deja medio muerto, aunque aún respiraba el gran desdichado. Al no ver efectivo tan sutil método, la reina se va con uno de sus esclavos para maquinar mejor su plan, y con provocativas propuestas tiene una noche de lujuria y terror.

La reina al darse cuenta de lo sucedido, parte a un reino remoto de un país del sur, donde nadie la conoce, para dar a luz a una bella flor venenosa. Cuando florece la envía al reino del Norte para que conquiste a Alejandro Magno.

Al llegar al reino del norte se detiene a observar a unos niños escuchando a un trovador y un anciano que lo acompaña. En un momento de alegría se enamora de la mirada del trovador y de los versos melodiosos que salían de su boca. Continúa caminando por las calles y se dirige hacia el castillo; allí pregunta dónde está el dueño del reino.

De la puerta de una habitación se asoma el trovador y ve aquella mujer que irradia hermosura con sus cabellos dorados, sus vestiduras de princesa real, y sus ojos lo envolvieron en un eterno enamoramiento. Se da una fiesta de bienvenida para la hermosa flor, invitan a toda la aristocracia de la ciudad.

Ella siendo tan inocente se deja llevar por las intenciones del amigo del trovador que le invita al jardín del castillo, pero no con buenas intenciones. El anciano la provoca con su zalamería y acaricia su mano, ella se aparta y, aburrida de tanta insistencia, pregunta dónde está el trovador. El anciano le indica, pero sospecha que tiene algo escondido. Se adelanta a buscar al trovador y le hace la observación: “viene una florecita venenosa, ¿te rindes a sus pies?”. El trovador ya asustado piensa tener a su lado un esclavo para poner a prueba a la flor, le dice que se casará con ella sólo si besa a ese hombre condenado a muerte, pues era su última voluntad. Así que le besa dejándolo retorciéndose del dolor y muerto entre sus brazos.

El trovador no se explicó cómo pudo caer muerto. Pensando que le pasaría lo mismo, secó los labios del esclavo con un pañuelo y lo hizo examinar. Así descubrió la verdadera sustancia que emanaba de la bella boca.

Alejandro no quiso poner sus labios en la muchacha no porque estuviera llena de veneno, sino porque otro hombre había bebido en esa copa.

ESPEJOS DE CHARTRES STREET
(Basado en un cuento de William Faulkner)

Ferdein Martín, Diego Arias, Jhair Ramírez

Su voz tenía la ronquera que producen unas cuerdas vocales roídas por el alcohol, y estaba lisiado. Lo observé primeramente cuando yendo yo por la acera se volvió hacía mí con la agilidad de un mono y me pidió un cuarto de dólar para comprar pan.

—No tengo —le dije y seguí caminando.

—No creo que no tenga, pues usted luce como una persona opulenta —insistió el hombre.

Luego de un tiempo, cansado de la insistencia del mendigo, busqué en mis bolsillos un par de monedas que habían sobrado de la compra de unos cigarrillos, se las entregué y seguí mi camino, sin mirar atrás.

Había acordado encontrarme con Laura en el cine, veríamos "El carruaje rosa del emperador". Una vez allí, la fila para comprar la boleta empezó a avanzar. Laura no llegaba y para mi disgusto, me encontré de nuevo con el mendigo, quien en medio de sus divagaciones la emprendió una vez más contra mí.

—Hombre tacaño. Usted es un republicano tacaño, quiero más dinero —me abordó de manera sorpresiva. —¡Quiero un millón de dólares!, lo que me dio hace un rato no me alcanza para nada.

Luego de esto, me lanzó las monedas que le había dado, escupió el suelo y se alejó mientras decía: ¡necesito una pierna, republicano!

Cansado de esperar a Laura, decidí ingresar a la sala. “El carruaje rosa del emperador”, vaya nombre para una película de gladiadores, pensé. La silla que me correspondió estaba cerca de los amplificadores de sonido.

—Oh, gran César, perdóname la vida —rogaba un esclavo en la película.

Ja,ja,ja, así deberías pedirme perdón Laura, por dejarme plantado.

—Gran César, pídeme lo que quieras.

—Consígueme un trébol de siete hojas, esclavo.

Siete fueron los días que esperé para verte y no llegaste, a cambio un loco y una tonta película.

—Ponte de pie y déjate de rodeos, miserable esclavo. Recibirás tu merecido —decía el Cesar furioso.

Al momento de abandonar la sala, me sentí como el personaje desdichado de aquella película. Por cierto, era una película muy aburrida.

Para mi sorpresa, cuando estuve de nuevo en la calle me encontré con que el mendigo estaba formando un alboroto.

—¡Republicano maldito!

—Cierre su boca y ponga las manos en alto —exigía un agente de policía en el extremo de la calle.

—Cómo pretende que lo haga si han robado una de mis piernas —contestó el mendigo.

—Eso aquí no importa, ¡Sánchez, espose al sujeto!

Blandiendo su muleta y brincado en su única pierna, el pobre hombre embestía a los policías. Sus brincos ágiles y ligeros fueron para ellos como el movimiento incontrolable de la aguja de una máquina de coser.

—Muchas personas han presentado quejas contra usted. Haga el favor de acompañarnos. Sánchez, obedezca mis órdenes, arreste a ese viejo loco.

—Jo, jo, jo ¿loco? Ustedes no pueden sacarme de aquí, este es mi hogar —dijo, mientras se defendía con su improvisada arma.

Las personas que presenciaban el show, animaban al mendigo a que siguiera increpando a los policías. Estaban a su favor pues sabían que los policías sólo querían molestar a aquel hombre. Además, los motivos de éstos no eran suficientes como para apresarlo.

—No, no, no me voy. No puedo abandonar mi hogar —insistía, tratando de escapar de las manos de Sánchez.

—Escuche cómo lloran mis hijos. ¡Parmenides defiéndeme! —el mendigo fingió los ladridos de un perro viejo.

—No llores hijo, más bien tráeme la pierna para patear a este hombre —decía sin que nadie supiera a quién diablos se dirigía.

Guardó silencio por un momento. Luego, con su muleta dibujó un rectángulo sobre el piso y dijo contundentemente: ¡de aquí no me voy, usted necesita una orden de allanamiento para hacerlo! —señalando el rectángulo.

—¡Ya no podrás escapar! Te encerraremos con tus delirios en un calabozo —afirmó Sánchez.

—Déjenlo en paz, tan sólo está borracho —gritaba la gente.

—Pero yo no hice nada malo, sólo le pedí un millón de dólares a ese individuo —en ese momento me señaló, tambaleando por su embriaguez—, y a ella también y a este hombre también —señalaba indiscriminadamente a la muchedumbre.

Una mujer que pasaba por esa calle, aseguró a los allí presentes que el hombre había perdido su pierna trabajando para el ferrocarril, años atrás. Tal noticia generó en el público resentido reacciones diversas: unos gritaban arengas políticas, otros escupían blasfemias contra los emisarios de la ley, y algunos se armaron de palos y piedras; en fin, furiosos reclamaban la libertad del infeliz.

El ruido de la sirena llamó la atención del mendigo y tan pronto como vio la patrulla, corrió en dirección a ella exclamando que por fin su glamoroso carruaje había llegado para rescatarlo de las garras de sus captores. Él mismo decidió acomodarse en el auto sin mostrar resistencia alguna.

Ya en la patrulla, el mendigo tras los barrotes de la puerta trasera, se dirigió a la multitud que lo acompañaba invitándola a observar su majestuosa carroza: “no se acerquen demasiado, la podrían estropear” fue lo último que le escuché, pues la patrulla arrancó llevando consigo un drama de alcohol y miseria. Mientras aquel vehículo se perdía en un horizonte de asfalto, observado y seguido por una multitud inconforme, vociferante. Entonces pensé en César, arrellanado en su carroza entre pétalos de rosa y en medio de chillidos de la chusma, recorriendo la Vía Apia mientras los mendigos se arrastraban para verlo pasar y los centuriones entrechocaban sus escudos a la luz de los dorados pendones que ondeaban al viento del poniente.

UN BESO FRÍO
(Basado en un cuento de Evelio José Rosero)

Roxanna Vergara, Norma Moreno

Roberto Grillo, Treinta años. Nariz: recta. Señales: ninguna. Se detuvo en una esquina de la calle 19, y buscó los cigarrillos. Encontró el paquete vacio. Estrujó el paquete y, sin saber por qué, volvió a guardarlo en su gabán. Antes de entrar al restaurante miró a través de los cristales. Ahí estaban ellos. Le hicieron una seña, con más desesperanza que alegría. Se sentó con ellos.

Notó en esta ocasión que los ánimos estaban por el piso, debido a lo sucedido la noche anterior en aquel bar fúnebre en el que intentaban sacar acordes inusuales para motivar al público...lo cual no lograron. Como músico sabía que el grupo no funcionaba, los conflictos entre el Grillo y el flaco el guitarrista, se hacían cada vez mas frecuentes debido a sus celos por Jazmín.

La relación había terminado por la prepotencia de Grillo, sus constantes reproches por la inexperiencia de Jazmín y su compromiso por su trabajo provocaban en él una furia, ya que hería su ego el que él no fuera el centro de atracción —su único motivo de existencia.

Grillo recordaba constantemente, las últimas palabras de jazmín cuando terminaron: “No creas, que me duele dejarte, he encontrado a alguien que no es como tu, simplemente ya no soy feliz, y tu solo eres la sombra de un músico”. Fernando “el flaco” la ayudo a salir de esa encrucijada y él no podía perdonarle su traición, Grillo pensaba únicamente que él era el culpable del rompimiento con aquella joven a la cual no reconocía querer.

Lo sucedido esa noche fue algo común; tragos, celos y una pelea fuerte que provoco que el dueño de la Kripta los sacara y tuvieran que dejar sus instrumentos a cambio del pago de los daños. Sin paga y con el orgullo ultrajado, se encontraron al día siguiente en el restaurante de sus padres para hallar una solución a la situación.

Sin más palabras todos lo señalaban, Grillo debía ir a reclamar los instrumentos a aquel lugar… ya que lo acontecido en el bar había sido su culpa, todo por tener ese carácter incontrolable que siempre lo caracterizó. La falta de dinero lo hizo volver una vez más a casa de sus padres. Pensó una y otra vez en lo mal que se sentía al tener que romper la promesa que se había echo hace unos meses antes de no volver a tomar ni un solo peso más de los ahorros de sus viejos.

Desde que salió del colegio cuando decidió ser músico había soñado con grabar discos y hacer música junto a su combo de amigos de siempre. Pensó que tocando en bares, algún día algún representante de una casa disquera los vería y les propondría grabar un disco que serían número uno en las grandes emisoras del país. Soñó con la fama, con viajar y hacerse rico y que algún día sus padres se sentirían tan orgullosos que también amarían su música.

Pero nada de eso ocurrió, muy al contrario siguió tocando de bar en bar muchos años más, bares pequeños al que solo lo irían a ver alguna fan loca con quién pode acostarse. Muy al contrario de lo que creía, sus días se pasaron en un estado de embriaguez y levitación, sintiendo como su motivación disminuía con cada día.

Pensaba en eso mientras entraba a su casa. No podía creer que tendría que robar otra vez, no podría perdonárselo sobre todo después de ver a su madre sentada frente al televisor, recordándole con su mirada que aún lo amaba.

—Hola hijo, ¿quieres que te prepare algo de comer? le preguntó su madre al verlo entrar.

A lo que él respondió que no, que solo subiría a su cuarto a recoger unas cosas cosas que tenía 10 años de estar llevándose. Su madre no era tonta, sabía que su hijo les robaba, lo sabía desde la primera vez, sobre todo porque siempre dejaba los billetes desordenados y la caja entreabierta, la hacía con un gesto de búsqueda de aprobación.

Mientras subía las escaleras hacia el cuarto, pensaba que jamás le había dado nada a su madre y que en silencio ella le permitió todo, le permitió desde sus caprichos de joven hasta su fracaso en la vida. Se sentía convertido en un insecto evolucionado de Kafka, que al contrario de aquel se movía por la casa a su antojo.

Mientras entraba al cuarto entendió que no había nada que hacer, la vida que había elegido, mal le había pagado, entendió que ya no podría reinventarse, que estaba solo, rodeado de amigos más patéticos que él, sin el amor de una mujer y sin servirle a nadie. Entonces tomó rápidamente una decisión como esas cosas que se hacen sin pensar, cambió de cajón y tomó el revolver de su padre. Lo guardó silenciosamente en el gabán.

Bajó las escaleras y pensó nuevamente en su madre, y sintió una profunda lástima hacia ella, caminó hacia el televisor y sin decir nada se despidió de su mamá con un beso, un beso frio que la estremeció de pies a cabeza, un frio que la dejo atónica y unos minutos después reacciono y salió en busca de su hijo con un sentimiento que le oprimía el pecho.

Al bajar de su casa, Grillo tarareaba una canción cuando llego a la esquina de una tienda, estaba buscando en su bolsillo los cigarrillos, no recordaba que ya no tenía cuando saco el revolver, al observar a los clientes de aquel lugar, como lo miraban, con miedo en los ojos. Sintió rabia, furia que lo encegueció, y por instinto empezó a gritar para defenderse de esos ataques, explico que era una equivocación, que solo quería unos cigarrillos, nadie le escucho. Cuando se disparó el arma, matando a un desconocido, salió corriendo guardando el arma en su Gabán, pensaba que esto era una pesadilla, que no le podía estar pasando esto, por su mente solo pasaban imágenes de lo que debía haber pasado, solo ir al bar a pagar y devolver lo que no era suyo. Pero no era así, ahora corría, sin rumbo.

Después de un rato, cansado de la estúpida mentira de vida que llevaba se detuvo. Y observó todo a su alrededor, no vio nada, solo le cruzaba por su mente el fracaso que era, perdió a jazmín, no tenía grupo y ningún aliciente para seguir… y ahora con lo hecho no había futuro, vio a su madre, con dos policías, y mirándola a los ojos, y sin decirle nada ella leyó en su mirada lo que iba ha hacer, ella le suplicó y a él no le importó. Así fue que cuando los dos policías quisieron reaccionar. Roberto Grillo sacó el revolver y se descerrajó un tiro en la cabeza.

Esta noche me dio un beso —decía su madre, y se lo repetía a todos.

EL SOLITARIO
(Basado en un cuento original de Horacio Quiroga)

Jelymaibet Bustos, Magyori Forero

El forastero llegó sin aliento a la estación desierta. Su gran valija, que nadie quiso cargar, le había fatigado en extremo. Se enjugó el rostro con un pañuelo, y con la mano en visera miró los rieles que se perdían en el horizonte. Desalentado y pensativo consultó su reloj: la hora justa en que el tren debía partir.

Un golpe en el costado lo sacó de su calma cuando entraba al salón principal de la estación. Cansado del calor y el excesivo peso de un equipaje inútil, volteó esperando encontrar un pasajero torpe y en su lugar halló un guardagujas, quien se dirigía a su labor en el momento.

—Perdón, ¿en dónde queda la salida del tren? —le pregunta al guardagujas.

—¿Lleva poco tiempo en el país? —responde éste evadiendo su pregunta.

—Sí —dice el viejecillo asintiendo con la cabeza.

—Bueno es una pena que vaya usted ya de salida, porque éste es un lugar muy tranquilo. De seguro la habrá pasado bien. Aún está dudando en partir, lo sé porque lo veo en sus ojos. Pero no se angustie si cree que es el único, nos ha pasado a todos los visitantes de este pueblo. Una vez en él, lo mejor es quedarse por siempre, ¿me comprende?

—Creo que no y lo siento, mi tren partirá ahora mismo.

—Si es por eso no se preocupe señor —dijo el Guardagujas interrumpiéndolo—, los trenes siempre llegan con 15 o 20 minutos de retraso.

—De cualquier forma, prefiero esperar el tren allá. Podría indicarme por favor en donde queda…

—La verdad señor, es que hay un problema. Y lo mejor es que usted lo sepa antes de subir al tren —agregó el Guardagujas interrumpiéndolo de nuevo y cambiando el tono casual de antes, por uno más sombrío.

—Muy bien, dígalo entonces, pero procure ser breve —contestó el Viejecillo, incrédulo y cada vez más impaciente.

—Verá usted, quienes aún estamos en este pueblo, en realidad no lo hemos podido saber con exactitud, pero los que quedamos, porque muchos no han resistido demasiado tiempo y también ellos se embarcaron, hemos podido deducir una explicación a un misterio que no logramos solucionar todavía: ninguno de los trenes de este lugar, tiene ni ha tenido destino.

Ante la mirada de duda del Viejecillo, el Guardagujas empezó a relatar todas las fantásticas historias de las que habían tenido conocimiento quienes por temor habían decidido quedarse en aquel lugar. Dando plena libertad a su emoción, le relató la famosa historia de “La estancia”, la aldea que crearon los pasajeros de un tren que al accidentarse no pudo llegar a ninguna parte. También las repetidas ocasiones en que han tenido que detener los trenes para dar sepultura a los cuerpos de pasajeros quienes al tardar tanto el viaje, morían en cualquier parte del trayecto.

—Por supuesto —continuó el relato el Guardagujas— con el tiempo las historias fueron creciendo y haciéndose tan populares que quienes llegan ahora a la estación tienen pleno conocimiento del problema. Tanto así, que los boletos y los itinerarios se hacen a solicitud de los viajeros y no de una ruta preestablecida, porque es sabido que de todas maneras nunca se cumple itinerario alguno. Incluso, dicen los más suspicaces que la gerencia de la empresa hace menos de un año, decidió crear estaciones fantasmas, según ellos para deshacerse de los pasajeros en medio de la nada. Por eso dicen que al subir al tren, nadie espera llegar a donde quiere, salvo claro, uno que otro forastero despistado.

Los nervios del anciano se habían alterado mucho con las palabras iniciales del Guardagujas, tan evasivas pero que tenían cierto grado de sinceridad. Así que sin despedirse, decidió buscar a alguien más, con la esperanza que le resolviera todas las inquietudes que lo empezaban a atormentar.

En su huída chocó con alguien y al detenerse un instante, encontró la mirada fija de un niño demasiado pálido, cuyos grandes ojos negros refulgían un temor extraño. Antes de disculparse, de un ligero e instintivo empujón, el niño evitó cualquier palabra y siguió su carrera en dirección a la plataforma de embarque. El anciano quiso tranquilizarse pensando que era una actitud propia de los niños pueblerinos, como lo parecía aquel, por la poca costumbre en lugares generosos de ruido, calor y caos, entre tanto pasajero extraño. Pretendía continuar su nerviosa marcha pero un hombre lo detuvo para preguntarle la hora. Sin mirarlo, aquel sujeto de sombrero gris de ala ancha, bigote ralo al estilo antiguo y camisa remangada, sacó de su pantalón un reloj de bolsillo, cuya apariencia le recordó al forastero, esa vajilla de plata envejecida de su abuela, con todo el extraño encanto que le daba la opacidad.

—El mío hace años que no funciona —dijo sin ninguna emoción.

Al darle la hora al desconocido, recobró la noción del tiempo, e incómodo por la notoria vacuidad de aquella gente, prefirió usar los diez minutos de retraso que le quedaban al tren, entrando al primer café que viera. Pero como no vio ninguno en la estación, optó por recorrer las afueras del lugar.

Continúo con su recorrido en la periferia al tiempo que comenzaba a sentir todo lo que quizás siente cualquier visitante que llegaba a ese lugar. Se daba cuenta que le esperaba algo que no sería agradable. Sin embargo no temía lo que pudiera sucederle pues, como todos los viajeros, llegaba ahí sin rumbo y sin vida. Lo iba comprendiendo mientras caminaba, pensando que tal vez él era uno de esos que buscando una respuesta inquietante a su amarga, oscura y triste vida, quería olvidar, pero sospechando la fuerza de un nuevo destino.

Después de pasar el hospital (cuya edificación bastante enorme, de bloques gigantes que lo adornaban, le resultaba un poco jocosa pues en un pueblo sin un gran número de habitantes no sólo era exagerado, también le resultaba hiperrealista), llegó a un curioso restaurante ya bien entrada la noche, ubicado en el costado sur, dentro de la misma estación.

Pasó el umbral del restaurante e inmediatamente notó que había cinco personas en la barra incluyendo una mesera, que en su juventud debió ser hermosa. La gente se exaltó al verlo como si un gran trueno hubiese retumbado en el cielo. Al hombre lo detallaron como si fuera un anfitrión, sólo que la mirada de estas personas era de lástima, a sabiendas de lo que le ocurriría. Después de entrar al lugar, el viejecillo ordenó un café con una galleta, aunque hubiera preferido fumar, pero el calor y el humo terminarían asfixiándolo. El ambiente de ese lugar era desolador y aunque se sabía que había personas con vida parecía más bien un funeral; nadie sonreía porque en este pueblo todos sabían lo que sucedía a los viajeros. Una de las personas del sitio se acercó a él: era un viejo alto de 1,90 m y contextura gruesa, que le dijo en un tono agradable y sencillo:
—¿Qué hace usted en este lugar mi amigo?

El viejecillo extrañado de que alguien le hablara en aquel lugar, pues todo el mundo evadía preguntas, le dijo:

—Voy sin rumbo.

—Usted se ve que es una buena persona, de igual modo le deseo mucha suerte.

Y con una mirada dirigida hacia el viejecillo como si le dijera: “no sabe en que lugar se encuentra, sálvese”, se alejó de él y volvió a su silla. El forastero comió y bebió con gran rapidez, pues presentía la llegada de su tren. Miró por última vez al hombre alto y acompañados de enormes sonrisas, se dijeron:

—Adiós, mi amigo, mucha suerte.

Saliendo del restaurante se dijo a sí mismo: “Ya es hora.” Aún así sabía que algo malo le sucedería, sin embargo la corta conversación con el hombre alto en el restaurante lo llenó de una especie de anestesia ante la angustia que sentía al mismo tiempo de saber que no tenía idea alguna de qué iba a pasar. Si tenía que decidir entonces, no sabría que decisión tomar.

Apretó su saco con la mano izquierda y con gran esfuerzo volvió a alzar su maleta, que ahora parecía mucho más pesada. Quiso iniciar la marcha pero una inesperada pesadumbre lo detuvo un instante. En silencio, con la mirada fija en un horizonte que no veía, empezó a sentir cómo lentamente una sombra helada le atravesaba el cuerpo, en una superposición exacta de él mismo. Inmóvil, recordó la razón por la cuál estaba allí. Entonces terminó de abrirle por completo el paso a un temor creciente que se había acumulado por años y que en ese instante, latente e irreductible, dibujaba cada nuevo hilo de plata, cada nuevo y profundo surco en su cara, como el mismo e imperecedero retrato del terror.

Toma un nuevo aire y camina hasta la plataforma. Continúa observando ahora la tranquila algarabía de quienes se van, de aquellos que aguardan el tren que los llevará a su destino. Camina paralelo al sentido de los rieles con la impresión de un adiós ausente: no hay familiares tristes ni gratas palabras para el recuerdo, ni los facilismos propios de un “vuelve pronto”, de “siempre serás bienvenido”, ni de “te esperamos en casa”; sólo hay pasajeros, sólo viajeros tristes que hacen fila entre la niebla temprana y el humo de los trenes que llegan y se van.

Sabe que es la hora de partir, pero en su mente decide no recordar momentos difíciles ni tristes de su vida, sino con una sonrisa clara que recordaba la primavera, decide volver a los gratos momentos que ya pasaron, pero que tienen remembranza en su memoria como recuerdos que nadie ni nada borrará jamás.

Se deja caer sobre un banco que está en la misma plataforma de la estación y saca del bolsillo de su camisa el boleto del tren. Sin mirarlo, tomó su pluma, la destapó y apoyándolos en su muslo, su mano dejó escapar algo parecido a una despedida, o una especie de intento de desquite contra el tiempo: “saludaré con la misma frialdad del destino a mi suerte, ya que es tu espantosa hora, ineludible muerte”.

En un suspiro profundo el viejecillo deja caer su boleto en el suelo, al tiempo que caen gotas rojas de sus dos muñecas recién violadas, manchándolo de sangre y cubriendo sus últimas palabras escritas hacía tan sólo unos instantes. El viejecillo desangrándose poco a poco mira sin observar el humo de un tren que se va acercando y perdiéndose cada vez más, su mirada se torna borrosa y su sentido auditivo va desapareciendo; entonces como un festival de hierros que se juntan entre rieles y vagones, una sombra entre los primeros matices del alba, con su lucecita roja anunciándolo, se dibuja al horizonte como una última exhalación.

En ese momento el viejecillo se disolvió en la clara mañana. Pero el punto rojo de la linterna siguió corriendo y saltando entre los rieles, imprudente, al encuentro del tren.

Al fondo del paisaje, la locomotora se acercaba como un ruidoso advenimiento.

UN BESO FRIO
(Basado en un cuento original de Evelio Rosero Diago)

Alexander Vera, Natalia Buitrago, Jairo Tejada

Sintió el frío de la muerte atravesando sus pensamientos y recuerdos uniéndolos en un instante pleno. Pudo ver perfecta y lentamente —casi eterno—, no con sus ojos, que una fina línea de sangre bajaba desde su sien hasta sus labios, sintiendo el mismo sabor a hierro espeso que experimentó cuando besó por vez primera a Natalia. Un segundo después, se vio frente al espejo frente a la sensación que lo condujo. Luego, la oscuridad.

Se detuvo en una esquina de la calle 19, y buscó los cigarrillos. Encontró el paquete de cigarrillos vacío, había olvidado ya el último, estrujó el paquete y sin saber por qué, volvió a guardarlo en su gabán. La calle aglomerada mostraba a gente presurosa tratando de huir del aguacero que se avecinaba, los pasos constantes y sin sentido de la muchedumbre agobió por un momento al hombre que por ahora tan sólo quería fumar. Continuó su camino, reconoció a lo lejos la calle, la había cruzado miles de veces, allí jugó con sus amigos en la infancia, allí dio su primer beso. Ahora todo es pasado, todo es un simple recuerdo. Antes de entrar al restaurante (al cual siempre ha ido) miró a través de los cristales. Ahí estaban ellos. Le hicieron una seña, con más desesperanza que alegría. Se sentó con ellos.

Una mujer de aspecto rústico, con olor a cebolla, pimentón y grasa se les acercó:

—Qué se les ofrece.

—María, lo mismo de siempre —dijo Roberto Grillo. La mujer se alejó de ellos escribiendo algo en una pequeña libreta. El que había dado la orden continuó:

—Vamos a celebrar, mañana me caso —continúo tocando su fina y recta nariz.

Roberto comenzó a analizar la manera en que podrían almorzar —él y sus amigos— el día de hoy, de alguna manera habría de comenzar el fin. Además, las ganas de fumar no habían disminuido y los bolsillos rotos confesaban con tristeza que su vicio no sería saciado tan pronto, sus amigos tampoco tenían ni una moneda.

Un aliento pesado escapó de la boca de sus dos compañeros de juerga y noches de bohemia, pensaron que Roberto sería la solución a sus problemas de dinero y hambre, lo que no imaginaban era hasta que punto los libraría del hambre y la ansiedad.

Los fantasmas han vuelto a rondar las sombras de su mente, ve a Natalia en brazos de aquellos que se dicen llamar amigos, los desconoce, los odia, tanto como su propia desgracia, la misma que sembró la bruja con sus cartas y su lectura del pasado y el futuro.

Roberto Grillo resuelve buscar algo para calmar la sed que le embarga, la dicha de ser quien es ahora. Hay que hacerlo, piensa, deben morir. Decide entonces, subir a casa de sus padres a buscar un poco de dinero, como acostumbraba. Pero en lugar de salir con billetes, saca de la mesa de noche de su padre un pequeño revolver.

Vuelve al restaurante, trasfigurado. Con una máscara para cubrir su identidad y con el pretexto de robar el restaurante, dispara sin piedad a los dos hombres que yacen ahora inermes ante la angustia de músico. La conmoción anuncia el caos y Natalia grita al ver a sus amigos en el suelo, mira al perpetrador y se lanza furiosa. El forcejeo emite un sonido ensordecedor, Natalia cae llevándose con su último aliento la máscara que cubre el rostro del asombro y el dolor.

Cuando los policías quisieron reaccionar, Roberto Grillo sacó el revólver y se descerrajó un tiro en la cabeza…

Al lugar llegaron chismosos y extraños comentando la desdicha de un fracasado músico. Una anciana llorando no paraba de repetir —esta noche me dio un beso— decía su madre y se lo repetía a todos… Dijo que la felicidad tenía un precio.

MARKHEIM
(Basado en un cuento de Robert Louis Stevenson)
Juan Camilo Herrera y Ana Cubides

—Sí —dijo el anticuario—, nuestras gangas son de varias clases. Algunos clientes no saben lo que me traen, y en ese caso percibo el dividendo en razón de mis mayores conocimientos. Otros no son honrados —y aquí levantó la vela, de manera que su luz iluminó con más fuerza las facciones del visitante— y en ese caso —continuó— recojo el beneficio debido a mi integridad.

Desde su llegada a la tienda, y a partir de la primera palabra del viejo, Markheim supo que contaría alguna de sus experiencias y esto, sumado a la lentitud con que pronunciaba y a que ya las había escuchado tantas veces como ido a aquel lugar, resultaba fastidioso para un hombre tan ansioso como él.

Los movimientos entrecortados de sus manos y sus ojos que, girando hacia arriba, daban la misma impresión que si, con el cuerpo entero, diera la espalda, hicieron que el anticuario se diera cuenta de que sus comentarios eran inoportunos, que no tenían nada que ver. Pero haciendo caso omiso, siguió hablando de forma molestamente pausada.

—Señor, tengo mucha prisa —interrumpió Markheim en un sobresalto—. Como le dije, es un regalo para dama lo que busco.

Entonces el anciano se agachó y en medio de ruidos de cajas de hojalata se encendió otra llama de vela, plana, fría y de menor tamaño, que al ser acercada a la otra, encima del mostrador, se vio rodeada de un marco dorado, preciosista, con gemas de color rojo, un espejo que derivaba en un mango sujetado por las manos de las uñas largas y sucias del anticuario.

—Justo lo que necesita, Mr. Markheim —le dijo convencido el anticuario, mostrándole confiado el espacio abundante que rodeaba los sobrantes dientes amarillos en una mueca.

—No. Estoy seguro de que no le gustará, y si fuera así no lo usaría, no es nada vanidosa —respondió Markheim, cortando la sonrisa de orgullo elevada en el rostro del anciano.

—Un ser humano sin vanidad, tenemos una difícil tarea… —murmuró para sí el anticuario volviéndose a sumergir tras el mostrador.

—Que casualidad, nosotros también tenemos una labor complicada. ¿No, Markheim? —murmuró una sarcástica voz, familiar pero intrusa en la tienda de antigüedades, desde la proximidad de su lóbulo. Por su parte Markheim, que ya era consciente de lo que debía hacer, más que asustarse al escucharla, sintió que su temperamento, neurótico e independiente, se irritaba con la voz que se lo recordaba, la calló volteando la cabeza hacia la oscuridad inhabitada. Inhaló un poco del humo de cigarrillo, el aire helado de la calle y el fuerte hedor de los sobacos del anticuario, en donde encontró algo de impulso para luego abalanzarse sobre la vitrina, que aún con el poco peso de Markheim, hombre delgado y de apariencia frágil, quedó hecha añicos sobre el cuerpo de un anciano calvo escarbando en una caja. Markheim aprovechó que el tipo estaba en suelo, sin reaccionar, y le clavó una daga que lo mató al instante.

Vuelven a hablarle desde algún punto de la sala oscura, es acechado insistentemente por la voz, esta vez incomprensible. Se da la vuelta e intenta buscarla, acercándose a un lugar en el que finalmente entiende:

—¿Estás buscando el dinero? —oye de lejos, a modo de eco, continuamente, hasta una pausa, y sigue: —La criada no demora en llegar, encuentra las llaves y larguémonos.

Markheim se paraliza completamente y contesta con labios temblorosos: “¡No! ¡Yo no estoy buscando el dinero! Sabes que lo maté porque… Pero no lo quiero volver a hacer…”

—No lo creo así, has cometido más crímenes que de costumbre. Pero tranquilo, éste sólo es uno más. Hazte a la idea de que siempre será igual, al menos que…

Entonces entró algo de luz desde la calle, era la criada que llegaba. Markheim se enfrentó a ella en el umbral de la puerta con algo que casi parecía una sonrisa.

—Será mejor que le avise a la policía —dijo—: he matado a su señor.

NOSFERATU
(Basado en un cuento de Griselda Gambaro)

Lorena Castro, Catalina Castillo, Elkin Morales

Obviamente, se acostó al amanecer. Antes, se había acercado a la ventana que carecía de vidrios, cubiertos de polvo los bastidores de madera, y había mirado hacia abajo con sus ojos sin párpados, con la boca entreabierta y un hilillo de baba que caía sobre sus zapatos.

Mientras Nosferatu descansaba en su féretro, pensaba en el ataque del día anterior. Ella lo advirtió enseguida, el labio ligeramente levantado por los colmillos lo delató, nunca había pasado, ella se veía más decidida a lograr ese mordisco que él a darlo, finalmente ese no era su objetivo.

En los últimos tiempos se había sentido más ladrón que vampiro y cómo no, si le repugnaba esa sensación pegajosa y cálida que bajaba por la garganta con el sabor dulzón de la sangre; prefería la leche recién sacada de la nevera, casi neutra, casi yerta, casi inerte. La noche anterior no hubiera sido diferente, confiaba en su plan: esculcar a algún parroquiano, tomar un vaso de leche en cualquier bar, atravesar calles y regresar antes de la madrugada. Sencillo.

Desastrosamente, metió la mano en el bolsillo de una víctima de antaño, sacó los billetes e intentó la fuga. Sin embargo, al reconocerlo, ella lo persiguió hasta tumbarlo e intentó ser mordida. Con cuánto deseo y temor había esperado ver esos ojos, sentir esas manos lánguidas de uñas largas y la sangre inundando su boca. Ahora, que lo tenía bajo el peso de su delgado cuerpo, no lo iba a dejar escapar.

A pesar de su desánimo, Nosferatu logró invertir la situación y volcarse sobre ella: cabeza contra pies, sus ojos fijos en ellos, desamarró los cordones y le ató las manos a un poste. Sintió la caricia de una tela roída por el uso, la suavidad del polvo prendido a las suelas grises; tal sensación lo excitó, agarró el par de tenis y se marchó.

Obviamente, se despertó al anochecer. Esa noche las cosas no podrían ir peor, así que se puso los tenis, guardó la plata y salió a la calle. Fue hasta un bar que frecuentaba y pidió un trago de leche en las rocas. El mesero reprimió una carcajada mientras le servía su excéntrica orden. Luego, volvió a la charla con el jefe de policía que había llegado media hora antes.

Mesero y policía charlaron sobre cordones sucios, leche derramada, Nembutal y Seconal. Luego de una hora o dos, de dos vasos o cuatro, Nosferatu descubrió la mirada del policía en su espalda y un sabor barbitúrico en la leche. Se dirigió, tambaleante, hacia el baño. Se puso frente al espejo y se asustó al no ver nada. Escapó a través de la ventana. El policía alertó a sus compañeros e iniciaron la persecución.

Después de unas cuantas cuadras, sus nuevos zapatos le jugaron una mala pasada: un cordón suelto lo dejó tendido en el suelo. Los policías le dieron alcance. Nosferatu los miró; parecían inmensos, gigantes. Uno de ellos se dejó caer de rodillas a su lado y acercó el rostro, era ella. Abrió la boca, los dientes asomaron, muy blancos, irreales, como dientes de leche. Nosferatu gritó. Ella le clavó los dientes en el cuello, torpemente pero con decisión; atacó la carne varias veces hasta que la leche brotó limpia. Nosferatu volvió a gritar. Y luego, uno tras otro, se inclinaron sobre él, con la boca abierta.

PTOSIS
(Basado en un cuento de Guadalupe Nettel)

María Guerrero, Diego López, Ginamaría Hidalgo

El trabajo de mi padre, como muchos en esta ciudad, es un empleo parasitario. Fotógrafo de profesión, se habría muerto de hambre —y con él toda la familia— de no haber sido por la propuesta generosa del Dr. Ruellan que, además de un salario decente, le otorgó a su impredecible inspiración la posibilidad de concentrarse en una tarea mecánica, sin mayores complicaciones. El Dr. Ruellan es el mejor cirujano de párpados de París, opera en el Hospital des 15/20 y su clientela es inagotable.

La gran cantidad de mutilados que dejó la última guerra y la fama que adquirió el doctor Ruellan como el mejor cirujano en todo Paris, me obligó a unirme al trabajo de fotógrafo de párpados de mi padre, quien ya no podía cumplir con todo el encargo. No era el empleo más estimulante, pero me dejaba dinero para salir a recorrer las calles en busca de nuevas fotos de la ciudad. Mi creatividad como fotógrafo me llevó a descubrir con horror que los resultados de las cirugías del doctor eran asombrosamente similares y carentes de vida y que las operaciones de párpados eran una actividad mecánica y uniforme que, en manos de un ser como yo, podía tomar matices artísticos.

La primera noche que crucé el límite entre retratar la realidad y transformarla totalmente fue cuando decidí arreglar los parpados lisos de aquel hombre para que reflejaran años de felicidad. Las arrugas en los extremos son reflejo de una vida sonriente, rasgo ajeno a un militar mutilado.
Seguí así con éxito, pero sin reconocimiento a mi labor. Todos creían que el resultado natural de las cirugías era trabajo del doctor Ruellan. Al principio me molestó esto, pero después recordé que la finalidad de los cambios estaba en mis fotografías.

Tiempo después, el doctor adquirió mayor fama y se popularizó. Debido a esto centenares de personas acudían a ser operadas; entre ellas llegó aquella mujer hermosa que había visto antes por el bulevar. No entendía el motivo de su cirugía. Los párpados de aquella mujer eran hermosos y la deficiencia física era casi nula. No pensé que esta muchacha fuera para mí una debilidad moral. Sabía que si ella se operaba quedaría como los otros monstruosos resultados, perdiendo todo su encanto. Ni siquiera yo, con muchas horas de cirugía, podría recuperar su belleza.

Durante horas pensé como ayudarle, la única solución era enamorarla y así convencerla de su errónea decisión. Todos los días la cortejaba, hasta que ella accedió a tomar un helado conmigo. No me di cuenta que mi plan inicial de protegerla se había desviado; ya la quería.

Pasamos los días anteriores a la cirugía en un motel del muelle haciendo el amor y hablando de un posible futuro donde los dos viviríamos felices de la fotografía, retratando de día los lugares parisinos y de noche la belleza de su rostro. Después de todos nuestros planes ella me dio su palabra de renunciar a la operación. Enamorado y lleno de fe, creyendo en lo dicho, fue desagradable y triste mi sorpresa al encontrar dentro del escritorio de mi padre una fotografía de la chica ya operada, y vi como aquella mujer hermosa se había transformado en unos de los adefesios sin vida del doctor Ruellan.

Perdí la fe y las ganas, nunca más la volví a ver, nunca más volví a operar.

Algunas tardes, sobre todo en los periodos austeros en que la clientela no ofrece ninguna satisfacción, pongo su fotografía sobre mi escritorio y la miro unos minutos. Al hacerlo me invade una suerte de asfixia y un odio infinito hacia nuestro benefactor, como si de alguna forma su escalpelo me hubiera mutilado. No he vuelto a salir con la cámara desde entonces, los muelles de Sena no me prometen ya ningún misterio.

UN BESO FRÍO
(Basado en un cuento de Evelio José Rosero)

Rosa Moreno

Roberto Grillo, hombre de nariz recta y casi perfecta de 30 años, soñador y emprendedor “como muchos”, pero fumador incontrolable, pasaba interminables horas caminando por las calles; en especial le gustaba visitar parques, restaurantes y ¡como no!, bares, aunque en algunos ya estaba vetado por incumplido. Todos estos lugares le agradaban ya que encontraba innumerables situaciones que lo inspiraban. Un día como cualquiera se dirigía al restaurante donde trabajaba Luna, una amiga de siempre, mas en cada paso que daba deseaba no encontrarse con sus amigos ya que les falló en un toque. Por unos instantes se detuvo en una esquina de la calle 19 y buscó los cigarrillos. Encontró el paquete vacío. Lo estrujó y, sin saber por qué, volvió a guardarlo en su gabán. Antes de entrar al restaurante miró a través de los cristales. Ahí estaban ellos. Le hicieron una seña, con más desesperanza que alegría. Se sentó con ellos y entre todos empezaron a reunir las pocas monedas que encontraban en sus bolsillos. Pidieron el licor más barato, pues con todo el dinero que juntaron se notaba la escasez, y sin más espera comenzaron a beber. Entre charla y trago, hablaron del fin de “Stone of the soul”, la banda que antes conformaban. Uno de ellos, Bileto, el bajista, decía que debían continuar, que como grupo estaban jodidos, pero como banda musicalmente estaban del putas, que todo funcionaría si todos estaban dispuestos… Anazaret y Agares, los guitarristas, se empeñaban en que las cosas funcionarían sacando a Grillo, la voz líder, pues no aportaba nada y sí los metía en líos. En los bares ya no los aceptaban ni los apoyaban y era más difícil para la banda con él a bordo.

Mientras todos discutían, el baterista, que era el más robusto de todos, de un golpe extendió a grillo en el suelo, lo levantó de la solapa y lo lanzó contra la pared diciéndole: "usted guiñapo, payaso, que estudió y sacó una profesión gracias a sus padres, no sirve para nada, su existencia es sólo para causar daño a los que lo rodean.” Exaltado, Grillo se soltó como pudo y les preguntó qué habían hecho ellos con sus vidas, además de dormir con mujeres, fumar, drogarse y tomar licor. Todos se sentaron nuevamente en sus lugares y en una paz tenue como la del mismo cementerio, se miraron unos a otros por un largo rato.

Empezaron a susurrar y a entonar una de sus canciones, que decía algo así: “guerreros de piedra, fumemos hierba, matemos gusanos a nuestros pies”… Agares tomó del hombro a Grillo, "parcero, hermano, sos la voz, la vida de estas letras, la fuerza de esta banda, pero nunca cumples, cada vez que hay toques te escabulles o te drogas, y te pierdes, tan sólo estás para las grabaciones y eso no sirve hermano, ya hablamos y Stone of the Soul llego a su final." Bileto llamó a Luna y le pidió le trajera el paquete que estaba guardando para esta ocasión. Ella, con sus ojos enrojecidos, le entregó esa caja a Grillo sin palabras como quien despide a un muerto con tristeza, y con la seguridad de no volverse a encontrar en el camino se empezaron a ir uno a uno…

Solo y aturdido frente a esa caja que contenía la historia de la banda , Grillo metió sus manos al gabán y se encontró sin dinero. Se levantó y salió de allí confundido, de tambo en tambo llegó a casa de sus padres, sacó las llaves de su bolsillo izquierdo, abrió la puerta, pasó la sala, entró al baño, y luego ascendió al segundo piso. Miró la puerta de su cuarto y recordó que su padre siempre mantenía plata en su mesa. Se dirigió a aquel cuarto, abrió la puerta y los observó con gran tristeza. Como un vil ladrón se escabullo dentro, con gran delicadeza, con sus ojos nublados, buscando un punto fijo en la oscuridad. Se acercó a la mesa, abrió el cajón, tomó unos billetes y al sacarlos rozó algo frío como el mármol. Era un revólver. Le causo gran curiosidad y lo tomó en sus manos. Lo pasó por su rostro como si estuviese siendo acariciado por un ángel, sintió paz, pero lo dejó en su lugar. Al cerrar el cajón, sintió que su padre despertaba y se acurrucó, cerró sus ojos, respiró profundo y por unos instantes se quedó inmóvil, para luego salir rápidamente de allí.

Grillo llegó de nuevo al restaurante, entró y Luna trató de tranquilizarlo, de convencerlo que no bebiera más, que todo estaría bien para mañana; pero él le pidió cigarros y tres botellas del mismo licor “que aunque barato en verdad embrutece”. Salió de allí enloquecido, bebiendo y gritando "¡la muerte me llama y susurra a mi oído!"

Llegó al parque de los niños muertos, donde habían estatuas que reflejaban inocencia y miradas perdidas. Grillo se sentó en el centro de ese lugar, terminó su primera botella y dos cigarrillos, destapó la otra y con gran sorpresa vio llegar a Luna con esa caja de cartón entre sus manos. Ella se sentó frente a él y trató de convencerlo que todo estaría bien, que no se preocupara, que todo tenía solución, que tan sólo era cuestión de volver a empezar. Le puso muchos ejemplos de volver a renacer, como el ave fénix o tal vez una flor de loto, que es símbolo de la lucha incansable contra el fracaso.

Pero él no entendía razones, tomó los fósforos, prendió un cigarro y empapó en licor los demos, afiches y letras de la banda. Soltó el cigarro dentro de la caja y le prendió fuego.

—Te amo, pero nunca me viste—, le dijo Luna con tristeza. —Estuve en la oscuridad, esperando por ti, te cegaste por la poca fama que tuviste, pero basta ya, porque desde ahora te quedas solo, sin amigos y sin quien te ame…

Grillo tan sólo pensaba en terminar con esa vida que para muchos no tenía mucho sentido y por un momento de lucidez recordó que como buen vocalista siempre guardaba en el bolsillo de su camisa una grabadora… Empezó a grabar lo que serían sus últimas líneas como el último susurro del viento.

—Por fin cae la noche… su frío envuelve mi cuerpo y llena de placer mi mente, estoy con estas inocentes almas muertas, el silencio se extiende y me hace entender que mi alma está igualmente muerta, hoy madre te pido perdón por no ser lo que quisiste que fuera desde que nací y te doy gracias por haberme dejado ser yo, aunque ahora no me queden más palabras y tan sólo te dejo el frío del sepulcro, de una vida que diste a luz en el mundo, perdón. Dile a papá que él tenia la razón en muchas cosas, mas no le eches la culpa a él, mi muerte es tan sólo el resultado de mi existencia, hemos nacido para morir, nunca se supo quien era el primero… mas hoy yo tomo esa decisión ya que soy el hacedor de mi propio destino, y no se juzguen ni se señalen… yo los amé con esta alma que alguna vez tuvo vida, que hoy se desprende con un suspiro profundo de mi cuerpo y deja tan sólo el frío de una ausencia…

Detuvo la grabación, la retrocedió, la dejó en su bolsillo y se levantó dejando su licor y sus cigarrillos. Salió a correr rumbo a casa. Se quedó frente a ella y la observó por unos instantes con gran tristeza. Con un leve susurro se despidió de ella, entró y se dirigió a los cuartos. Toda ella estaba helada, cada respiro era una despedida y cada despedida un recuerdo. Abrió la habitación de sus padres, entró con mucha cautela, tomó el revólver con su mano derecha, lo metió en su gabán, se paró cerca a su madre y con lagrimas en sus ojos sacó la grabadora, se la puso entre las manos, le dio un beso y sin palabras salió huyendo de allí…

Su madre sintió su corazón latir mas rápido y un vacio en su vientre; empezó a escuchar la despedida de su hijo y dio un grito desesperado. Despertó a su esposo, llamaron a la policía y la pusieron sobre aviso. Enviaron una patrulla al parque de los niños muertos, pero cuando los dos policías quisieron reaccionar, Roberto Grillo sacó el revolver y se descerrajó un tiro en la cabeza.

—Esta noche me dio un beso—, decía su madre, y se lo repetía a todos.

FRATRICIDIO
(Basado en un cuento de Franz Kafka)

Patricia Jiménez, Andrea Carolina González, Omar González Candela

Helado, aquel estremecedor aire nocturno se convertía en la antesala de los sucesos de esa noche, el ambiente era la mejor representación del alma de Schmar. El hombre se situó a eso de las 9 de una noche de luna clara en la esquina por la que Wese tenía que doblar, viniendo de la calle en que tenía su oficina, para ir hacia la calle en que vivía. Pero Schmar sólo se había puesto un delgado traje azul; la chaqueta desabotonada era el espacio por donde entraba perfecto el fragor de la muerte, colándose en su mente, que avivaba un impulso corrosivo en su espíritu. Un rictus grave se congela en su semblante, y la gente ensimismada y sombría no lo nota, y mientras en sus mentes inquietas hilvanan sucesos, en la suya, las imágenes de su hermano internándolo en el sanatorio confirman su decisión.

Mientras recuerda que su madre sólo ha tenido ojos para el rostro agraciado de su hermano, el odio le carcome por dentro. Wese siempre se ha atravesado en su vida, le quitó el amor que tanto había esperado. La hora de cobrar cuentas empezaba a gastarse en el reloj, tantos años robados a su vida por un cruel azar. ¡No más! Pronto todo acabará.

La mente, aún más deforme que el rostro de Schmar, le recuerda la conversación con Pallas, quién conocía sus pobres secretos.

—Siempre he estado enamorado de ella, pero él se ha quedado con todas las cosas que me debían pertenecer —le confía Schmar—. ¿No crees que sea hora de que te devuelva lo que te ha quitado? –responde Pallas, con una cínica mirada.

No cabe la menor duda: Pallas ha hecho bien su trabajo. Sus palabras hacen mella en la mente enfermiza de Schmar y le confirmaban su idea: hay que eliminar el obstáculo que lo aleja de Julia.

—Él tiene mi pasado, y quiero mi futuro —piensa Schmar en voz alta—, respiro el aire que le sobra. En ocasiones quiero dormirlo para siempre.

—Pensar no sirve de nada si no se trae a la realidad. Yo te puedo ayudar con eso —propone Pallas.

—Sabes que no puedo acceder a tu petición—, le había dicho Julia ante sus requerimientos de amor el día anterior, acabando de atestar de absurdos su mente.

La conversación hace eco en la mente de Schmar, atrapándolo por completo; desesperándolo hasta casi hacerle gritar. Pero no puede llamar la atención justamente ahora, a unos pasos de la ejecución del anhelado plan.

Su voz susurrante y tenebrosa roza las mejillas de la mujer. “Espero que el luto y tus lágrimas sean tan amargos como la hiel que produjo tu negativa en mi corazón.”

Pallas sonríe; agazapado en su calculada crueldad, sus palabras arden como fuego aumentando el resentimiento de Schmar. Tendrá a Julia sin mover un dedo; esperará unos minutos mientras se consuma el hecho. Ella quedará libre, el logrará sus más lujuriosos deseos. Una sonrisa burlona se dibuja en su rostro, mientras observa desde su ventana a Schmar en la mitad de la calle esperando a Wese, mientras Julia espera en la puerta de la casa. El crimen lo convertirá en el paño de lágrimas de la viuda y quizá, en el nuevo marido.

A través del cristal, observó cómo Schmar desnudaba el revólver y apuntaba al sorprendido Wese. Su trabajo paciente finalmente daba frutos. Sonrió con una cruel satisfacción.

Aterrorizado, Wese apenas alcanzó a descubrir los ojos del asesino, para darse cuenta que la amenaza de su hermano se hacía realidad.

El cuerpo de Wese cae sobre el pavimento y a través de la superficie del cristal, la risa de Pallas desborda felicidad al escuchar el disparo que restalla sobre el frío aciago de la noche, mientras ensordece a las pocas personas que atraviesan el lugar, esas mismas que Schmar creyó ver perderse entre la niebla. Wese se vestía de un manto espeso, brutal, en tanto un segundo tiro salía del arma escuálida. Schmar parecía petrificado, inmóvil como si fuera una foto en pie sosteniendo un arma que temblaba de miedo.

La señora Wese tembló ante los disparos, se apresuró a llegar con un rostro envejecido por el susto, en un segundo se vio acompañada a derecha e izquierda por el gentío. La piel de zorro se abrió, ella cayó sobre Wese, el cuerpo vestido con el camisón le pertenecía a él, la piel, sin embargo, que se extendía sobre la pareja como la hierba de una tumba, pertenecía a la plebe.
Schmar aguantaba con esfuerzo las náuseas y presionaba la boca en el hombro del policía, que se lo llevó con pies ligeros.

EL GUARDAGUJAS
(basado en un cuento de Juan José Arreola)

Adolfo Villafuerte, Luisa Sánchez, Leonardo Pardo

El forastero llegó sin aliento a la estación desierta. Su gran valija que nadie quiso cargar, le había fatigado en extremo. Se enjugó el rostro con un pañuelo, y con la mano en visera miró los rieles que se perdían en el horizonte. Desalentado y pensativo consultó su reloj: la hora justa en que el tren debía partir.

Tenía prisa, pero a pesar de todo se permitió unos minutos para pensar en que era agradable volver a casa. Era agradable sentir de nuevo el aire que bajaba de la colina y que acariciaba su rostro, era bueno ver de nuevo el cielo claro y sereno, sentirse libre y vivo.

Todo había terminado por fin; los espantosos años de la guerra quedarían confinados en el pasado. Al forastero no le interesaba regresar con triunfos y medallas, y sabía de sobra que no se necesitaba valor sino insensibilidad para obtenerlas. Él lo único que quería era hacer su camino de vuelta, en una pieza, hacia el origen de su esperanza y el motivo de su paciencia: Su mujer.

Estaba el forastero embelesado con la figura de su mujer desnuda, flotando por encima de los rieles de la estación desierta y entre la niebla matutina de ese pueblito en el que se había quedado por menos de 24 horas pero del que se había ya enamorado; cuando el espectro de su mujer se encontraba lo suficientemente cerca como para tocarle una teta, ella con esfuerzo despegó las gomas escarlata que hacían de labios y le habló; el forastero se extrañó de que la voz de Josefina sonara así, tan grave, cuando siempre había sido tan femenina, chillona a decir verdad... al borde de fastidiosa. El forastero, siguiendo el patrón de comportamiento de un individuo normal, se dispuso a gritar, pero el anciano se apresuró a introducir el puño cerrado en la aún muda boca abierta de su víctima, disfrutó por un momento la mirada espasmódica que éste le lanzó y luego giró con fuerza el ensalivado puño. El forastero se escuchó crujir por dentro de su cabeza y mientras se preparaba a asimilar el exasperante dolor que sabía que esto debería de producirle, se percató de que ya no tenía nada dentro de sus desencajadas mandíbulas. De hecho, el anciano ya no estaba a su lado, sino que lo encontró dando brinquitos de duende jubilado por entre los rieles, imitando los manierismos de Josefina. “Jueputa!”, gritó el forastero muecamente; el octogenario se pasmó por un momento y observó al forastero que se unía a los rieles por medio de un chorro de babas rojizas.

Los ojos expectantes estaban a la merced de los actores, sus cuerpos se reclinaban, se encogían, algunas manos se agitaban preocupadas; un hombre afanado y desesperado gritaba. En las escaleras del costado izquierdo se encontraba el director con un gesto de asombro. “Es tan sólo la otra mirada de la realidad”, se decía a sí mismo.

Ninguno deseaba estar allí abajo. El dolor del forastero no era sólo suyo, sino de cada uno de los cuerpos que se aferraban a su asiento. Aquello no parecía un espectáculo artístico, sino la cita con la locura de un viejo. De un momento a otro las luces del público se iluminaron, el viejo observó fielmente cada una de esas sillas, y por el camino del denso líquido rojizo empezó a dar pasos como buscando su próximo alimento dentro del público. Sus botas estaban ya pintadas de sangre, aquellas personas ubicadas en la primera fila –casi pasando unos por encima de otros– trataban de llegar a la puerta de atrás. Los insultos no se hicieron esperar, pero no servían de mucho, puesto que él ya estaba en el penúltimo escalón. “¡Las luces! ¡Que apaguen las luces!”, gritaba una joven. El switch hizo “clic”, las luces estaban apagadas, la única iluminación era un bombillo rojo intermitente y sin mucha fuerza. El silencio se apoderó de la sala, el forastero había manchado su ropa de sangre, los pasos del guardagujas ya no se escuchaban. La luz rojiza estaba ahora acompañada del estruendoso funcionamiento de una máquina. Todos los asistentes a la función permanecían atrás, como una gran masa de miedo. Se sentía cerca, mucho más cerca, a pesar de la oscuridad, se veía venir un objeto conocido. La luz intermitente ya deja ver los rostros del forastero y del guardagujas, mientras que el público permanecía en la penumbra. El camino recorrido hace un momento por el viejo fue recogido por sí mismo, regresó, sintió que algo que había estado esperando ya estaba ahí.

En ese momento el viejecillo se disolvió en la mañana. Pero el punto rojo de la linterna siguió corriendo y saltando entre los rieles, imprudente, al encuentro el tren.

Al fondo del paisaje, la locomotora se acercaba como un ruidoso advenimiento.

EL SOLITARIO
(basado en un cuento de Horacio Quiroga)

Laura Valbuena, Frank Jiménez, William Cuevas

Kassim era un hombre enfermizo, joyero de profesión, bien que no tuviera tienda establecida. Trabajaba para las grandes casas, siendo su especialidad el montaje de piedras preciosas. Pocas manos como las suyas para los engarces delicados. Con más arranque y habilidad comercial, hubiera sido rico. Pero a los treinta y cinco años proseguía en su pieza, aderezada en taller bajo la ventana.

Sin embargo, aún no me había decidido a dejarle, tenía la esperanza de poder coger algún día las joyas y largarnos a un sitio mejor. Yo no sabía cómo hacerle entender que nosotros, él y yo, merecíamos una vida mejor. Cuando me casé con él, tenía la aspiración de vivir bien, de salir adelante, pensaba que engastar joyas era un negocio lucrativo, pero no fue así.

No contentándose con ser pobre, parecía casi orgulloso de su pobreza. Incluso su apariencia y gusto eran completamente acordes con su forma de ver la vida. Simplón, eso era él. Siempre buscaba el modo de demostrar su falta de ambición, sólo trabajaba y comía, ya casi ni hablaba. Su única obsesión era su trabajo, y fue aún peor cuando trajo a Rubí.

Rubí era una perra encontrada por Kassim en una calle cualquiera, estaba mojada y sucia, en todo sentido era como él, su apariencia indecorosa y maloliente era lo único que los diferenciaba. Eran cómplices de la miseria. Mientras yo me esforzaba por surgir, él hacía todo lo posible para mantenerse plano y sin aspiraciones. Además, Rubí era una catástrofe, orinaba sobre el tapete, subía a la estufa y metía su inmundo hocico en las ollas consumiendo la poca comida que teníamos. Tenía la costumbre de salir días enteros y llegar luego llena de barro, mierda y olores desagradables.

Cuando sucedía eso Kassim hacía como si nada, seguía trabajando las joyas de otros e incluso ponía a la perra, sucia como estaba, en su regazo. De hecho algunas veces llegó a jugar con ella, la manoseaba, le besaba el hocico inmundo y luego, descaradamente, venía hacia mí a intentar besarme y manosearme como si fuera yo la perra. Era asqueroso, era indignante, Kassim lo hacía como si mi paciencia no tuviera un límite. Pero lo tenía, y había llegado.

Al día siguiente, Kassim trabajaba en su taller, estaba perfeccionando una joya que le habían traído recientemente. Como era usual, tenía su plato de comida a la derecha, la joya justo al frente y otros instrumentos a la izquierda. En medio de su trabajo, Kassim estaba íntimamente perturbado. Rubí, aquella maldita perra que yo tanto detestaba, llevaba 3 días desaparecida y entre más era mi felicidad por aquello, mayor era la congoja de mi esposo.

Sin el más previo aviso, divisé cómo un bulto atravesaba la sala rápidamente en dirección al taller; asustada me levanté siguiéndolo y no fue menor mi sorpresa al ver aquella patética escena: Kassim estaba absolutamente feliz ante la presencia de aquel detestable animal, al verse a los ojos no tardaron en identificarse, Kassim a esa chandosa tan preciada, y ésta a su fiel amo. Descaradamente sucia, llena de mierda, barro y todo lo horrible que pueda imaginarse, Rubí emitía sonidos de súplica que él interpretaba a la perfección. Conmovido bajó el plato de comida y se lo puso frente al hocico a la perra, que devoraba ávidamente aquel alimento, ya seguramente desacostumbrada a ingerir algo más que inmundicias.

En ese momento no lo soporté más, aquel plato de comida era lo único con lo que podíamos alimentarnos, ni para un trozo de pan nos había alcanzado el dinero y él lo desperdiciaba de tal manera. Una furia irrefrenable me acometió; sin embargo logré contenerme, ante la esperanza de que pronto llegaría una joya muy valiosa. No soporté más este desagradable espectáculo y me retiré. Luego escuché que Kassim salía con Rubí, el día había llegado, indudablemente él iba por la joya. Decidí preparar la cena, supuse que gracias a esa joya iba a salir de esta miseria de una forma u otra.

Sentados en la mesa del comedor, Kassim y yo permanecíamos consumidos plenamente por la acción cotidiana y autómata, no había ninguna conversación ya que los temas estaban agotados, se habían extinguido con el tiempo al igual que la pasión y mi esperanza de surgir.

Yo daba vueltas a las verduras y la sopa amarga, fría y sin sentido, como mi vida con él. De momento, solos los dos y el silencio; nuestro monótono evento de cada noche se vio interrumpido por un golpe seco y constante bajo la mesa, bajé la mirada y ahí estaba Rubí, jadeante y con su maldito hedor, peor que nunca, golpeando con la cola una de las patas de la mesa, mirando fijamente a Kassim reclamando algo de comida. Él no lo dudó un segundo y subió a la perra al comedor brindándole la comida del plato mientras seguía tragando junto con ella.

Esto fue el límite. La cena era especial, yo la había preparado con demasiado esfuerzo ¿El motivo? El Solitario, una hermosa joya que había recibido Kassim para elaborar una pieza a la mayor casa de la ciudad. En mi intento por contener la rabia recordé la joya y le exigí que me la mostrara, él accedió y me extendió la bolsa negra de terciopelo que la contenía.

Saqué el solitario y su brillo falso, tan cercano y a la vez tan lejano, me enloquecía; era perfecto, hermoso, su valor era incalculable, no había otro igual. Alargado y de finas puntas, un rojo intenso invadía aquella joya que parecía palpitar y me incitaba a tenerla, tenía que ser mía, era la única posibilidad para terminar con esta mierda.

En ese momento le pedí que robáramos la joya. Le dije que ese objeto precioso podría sacarnos del abismo de pobreza y suciedad en el cual estábamos, que no tenía sentido continuar con el trabajo exigente y malagradecido que realizaba, que esa era nuestra oportunidad. Ese pequeño objeto se convertía ante mis ojos en la concreción de una felicidad nunca alcanzada, lo quería para mí, su resplandor era mi resplandor, y sólo necesitaba una respuesta afirmativa para que mi sueño se hiciera realidad.

Pero él se negó. Le insistí una vez más, y en confirmación de su negativa, tomó bruscamente la joya de mis manos, la puso sobre la mesa y siguió comiendo con la perra. Sentí entonces cómo la ira se apoderaba de mi ser, mis manos temblaban y mi respiración se hizo progresivamente rápida y potente. En un súbito arranque me levanté de la mesa, fui al taller y enloquecida comencé a destruir los extraños artefactos de ese hombre que tanta amargura me había causado. Volaron engastes y piedras preciosas, de mis manos brotó la sangre a raíz de los innumerables y finos cortes. El taller quedó destrozado por completo.

Mientras hacía todo esto, ya sin resistir más la ira y el deseo indomable de poseer aquella joya, iba diciéndole a Kassim todos sus defectos, recalcándole lo insólito de nuestra miseria, propiciada por su falta de carácter, por su cobardía descarada, por esa honradez exagerada que le impedía incluso robar un milímetro de pieza para hacernos pasar menos dificultades. Yo no era yo, era un ser poseído por el demonio que había estado contenido en mí aguantando en silencio lo insoportable. Le reproché todo, le dije cuánto lo detestaba por miserable, porque cada parte de él parecía ser un reprimido y patético ente sin deseos de surgir, de ir más allá de una pobreza inmerecida, y todo en él lo expresaba de esta manera, no te contentas con parecer un mendigo Kassim, pareces querer exhibirlo sin vergüenza, me das asco Kassim, tanto asco como me produce aquel horrible animal que has traído a casa, casi la manifestación concreta y descarada de nuestra propia decadencia. No contento con convertirte tú en una porquería similar a esa chanda, pareces igualarla a mí, tu mujer. Esa perra, Kassim, Rubí ha sido lo más bajo a lo que has llegado, ya no puedo más Kassim. Pero él yacía quieto y en silencio observándome, su rostro apenas palidecía casi sin connotar ningún pensamiento.

Entonces me detuve, observé cómo Kassim iba hasta la mesa, tomaba la joya en sus manos mirando con fijación aquella piedra, como envuelto por la magia que emanaba su brillo. En un momento pareció que ese mismo brillo lo invadía y transgredía su ser, su mirada se tornaba ahora roja, profunda y brillante como la sangre. Como El Solitario.

Me quedé mirando mientras él, endemoniado y con entera decisión, avanzaba lentamente pero dando grandes pasos. Inerte y expectante fijé mi atención en él, sabía que su siguiente movimiento sería inminente, inevitable. Así, mientras daba pasos cada vez más certeros y seguros, iba apretando más y más la piedra, enterrando los finos bordes en su mano, la sangre comenzó a envolver en delgados hilillos al Solitario, parecía que la joya se alimentaba de este líquido y se hacía cada vez más roja, más brillante, más mortal.

Al igual que él, yo estaba hipnotizada por su magia, su grandioso esplendor no permitía reacción alguna, la sombra de la muerte empezaba a dibujarse en su espalda, el cuarto se invadía de un frió intenso y el viento soplaba con una intensidad inquietante. Los destrozos de vidrios y metales iban crujiendo mientras se enterraban bajo sus pies descalzos, pero él insensible a esto continuaba su andar con rumbo fijo. Se acercó lo suficiente, miró fijamente su blanco con el corazón latiente y casi asomando por la boca.

De repente alzó su brazo, la sangre escurría por él hasta llegar a su axila y perderse, apretó fuertemente la joya asegurándose de no fallar, de no resbalar, no habría equivocación. Bajó rápidamente y de un solo golpe comenzó a penetrar fuerte y certero el pecho hasta donde los huesos le permitían adentrarse. Luego de haber destruido las costillas y parte del esternón que se veían asomados por entre la piel, dio un segundo golpe, penetrando de inmediato el corazón, que como un reclamo escupió un gran chorro de sangre que fue a parar en su rostro.

Hubo una brusca apertura de ojos, seguida de una lenta caída de párpados. Los dedos se arquearon y nada más.

La joya, sacudida por la convulsión del músculo herido, tembló un instante desequilibrada. Kassim esperó un momento; y cuando el solitario quedó por fin perfectamente inmóvil se retiró, cerrando tras de sí la puerta sin hacer ruido, se había ido definitivamente.

Impactada y con la mirada inexpresiva, luego del último golpe certero y profundo que había asestado, en un charco de su propia sangre quedaba flotando Rubí.

LA MURCIELAGOSIS
(basado en un cuento de Julio Arenas)

Augusto Lozada, Edgar Felipe Amaya

A diferencia de Gregorio, desperté siendo murciélago. Lo supe porque al abrir los ojos, hace dos minutos, luchaba aún medio dormido por desenterrar mis dientes de tu cuello. Ahora todo está rojo de sangre y no me acuerdo de nada.

Después que los inclementes colmillos liberaron a tu delicada yugular, el tiempo ya no tuvo significado para mí. Las sensaciones sangrientas en mi piel, presentes como rocas coaguladas con tu vida, me abandonaron finalmente lejos de tu esencia atemporal. Y entonces, en el momentáneo despertar, me percaté de que tu energía kharmica estaba lejos de mi posesión por más que tu piel estuviese aferrada a los contornos tántricos de mi inmundo cuerpo mutado. Lo descubrí porque el único movimiento que hiciste fue el estertor imbécil, que parecía dictado por los demonios de la muerte; lo supe porque mi insondable hedor era penetrante, como cuando mis hermanos murciélagos se ungen en mierda producida por los más aberrantes excesos que solven sangres diversas.

A diferencia de Gregorio, mi antiguo ser humano —ligado al lenguaje, a las decepciones, a los odios, a las frustraciones, al miedo—, tuve la gracia de recordar el primer momento en que apareciste: Mi mente vagaba en un silencio sepulcral llevada por el perfume de las flores, por las formas curiosas del parque. Estaba sentado sobre mis propias indagaciones, depresivas y solitarias como penumbras nihilistas sobre las que se postra mi banal existencia. Tu voz rompió pomposamente mi silencio, para sumergirme en una casual conversación que nos llevó a los dos a experimentar un brutal deseo. Sonrío ahora al recordar que me dijiste: “Gregorio no debería ser tu nombre, tienes un porte que cala en el linaje de Caín”. Supe que te amaba en ese instante. Y tu existencia me ató a las perversidades más viscerales de la especie humana…

Ya estamos en estos aposentos, que en algún desconocido momento decoramos con tu sangre. Ya estamos brindando con el brebaje de la pasión escondida. Puedo pensar que Baco podría habernos acompañado. Vino el primer contacto que robó parte de mi razón, el segundo cuando dijiste “te amo”. De ahí en adelante, la bruma incandescente nos anonadó como un sueño producido por el mejor opio. Pero el sueño mutó en pesadilla, cuando supe que yo era tan sólo un goce fugaz, cuando supe que después de este día ya no te tendría más y que sólo había complacido tus malsanas aspiraciones. Mi amor ardió en brasas de odio desgarrándome los pensamientos más macabros. Ya no recuerdo nada más, soportar al macho cabrío supone la animalidad inconsciente. Tengo que levantarme, amante mía, y escapar de esta realidad. Tengo sed y ganas de ocultarme en las cloacas más oscuras e inermes, esperando que mi eterna luz negra se extinga en los eones. Me conformaré con beber agua turbia, porque tu sangre ya no fluye.

Ya terminé de beber, pero el agua no calma esta sed. Tal vez la locura sea la única que entienda esta situación. También el espejo advirtió mi condición murcielaguezca, es mejor que permanezcas dormida para que no veas mi nuevo cuerpo. ¡Ay! El teléfono suena, el mundo exterior está inquieto, estoy seguro que es la policía, nuestros gritos de placer y dolor debieron alertarlos.

Me tocó volar sin ensayar, pero no te preocupes: no me pasará nada, ya verás. Estas cosas ni siquiera hay que aprenderlas; al contacto con el viento, sin usar siquiera mi voluntad, se extenderán mis alas, y podré flotar en el aire como una paloma pequeña y tranquila. Acá vienen, y yo me voy. Tal vez sientas frío si abro la ventana, pero debo hacerlo. Todo saldrá bien, ya verás. ¡Uff! Aquí estoy, parado y feliz en mi ventana, como un pájaro divino. Como un murciélago. ¡Dios, esto es alto! Allá voy; a ver…

EL GUARDAGUJAS
(Basado en un cuento de Juan José Arreola)

Alexandra Portella, Leonardo Serrano

El forastero llegó sin aliento a la estación desierta. Su gran valija, que nadie quiso cargar, le había fatigado en extremo. Se enjugó el rostro con un pañuelo, y con la mano en visera miró los rieles que se perdían en el horizonte. Desalentado y pensativo consultó su reloj: la hora justa en que el tren debía partir.

Un golpe en el costado lo sacó de su calma cuando entraba al salón principal de la estación. Cansado del calor y el excesivo peso de un equipaje inútil, volteó esperando encontrar un pasajero torpe y en su lugar halló un guardagujas, quien se dirigía a su labor en el momento.

—Perdón, ¿en dónde queda la salida del tren? —le pregunta al guardagujas.

—¿Lleva poco tiempo en el país? —responde éste evadiendo su pregunta.

—Sí —dice el viejecillo asintiendo con la cabeza.

—Bueno es una pena que vaya usted ya de salida, porque éste es un lugar muy tranquilo. De seguro la habrá pasado bien. Aún está dudando en partir, lo sé porque lo veo en sus ojos. Pero no se angustie si cree que es el único, nos ha pasado a todos los visitantes de este pueblo. Una vez en él, lo mejor es quedarse por siempre, ¿me comprende?

—Creo que no y lo siento, mi tren partirá ahora mismo.

—Si es por eso no se preocupe señor —dijo el Guardagujas interrumpiéndolo—, los trenes siempre llegan con 15 o 20 minutos de retraso.

—De cualquier forma, prefiero esperar el tren allá. Podría indicarme por favor en donde queda…
—La verdad señor, es que hay un problema. Y lo mejor es que usted lo sepa antes de subir al tren —agregó el Guardagujas interrumpiéndolo de nuevo y cambiando el tono casual de antes, por uno más sombrío.

—Muy bien, dígalo entonces, pero procure ser breve —contestó el Viejecillo, incrédulo y cada vez más impaciente.

—Verá usted, quienes aún estamos en este pueblo, en realidad no lo hemos podido saber con exactitud, pero los que quedamos, porque muchos no han resistido demasiado tiempo y también ellos se embarcaron, hemos podido deducir una explicación a un misterio que no logramos solucionar todavía: ninguno de los trenes de este lugar, tiene ni ha tenido destino.

Ante la mirada de duda del Viejecillo, el Guardagujas empezó a relatar todas las fantásticas historias de las que habían tenido conocimiento quienes por temor habían decidido quedarse en aquel lugar. Dando plena libertad a su emoción, le relató la famosa historia de “La estancia”, la aldea que crearon los pasajeros de un tren que al accidentarse no pudo llegar a ninguna parte. También las repetidas ocasiones en que han tenido que detener los trenes para dar sepultura a los cuerpos de pasajeros quienes al tardar tanto el viaje, morían en cualquier parte del trayecto.

—Por supuesto —continuó el relato el Guardagujas— con el tiempo las historias fueron creciendo y haciéndose tan populares que quienes llegan ahora a la estación tienen pleno conocimiento del problema. Tanto así, que los boletos y los itinerarios se hacen a solicitud de los viajeros y no de una ruta preestablecida, porque es sabido que de todas maneras nunca se cumple itinerario alguno. Incluso, dicen los más suspicaces que la gerencia de la empresa hace menos de un año, decidió crear estaciones fantasmas, según ellos para deshacerse de los pasajeros en medio de la nada. Por eso dicen que al subir al tren, nadie espera llegar a donde quiere, salvo claro, uno que otro forastero despistado.

Los nervios del anciano se habían alterado mucho con las palabras iniciales del Guardagujas, tan evasivas pero que tenían cierto grado de sinceridad. Así que sin despedirse, decidió buscar a alguien más, con la esperanza que le resolviera todas las inquietudes que lo empezaban a atormentar.

En su huída chocó con alguien y al detenerse un instante, encontró la mirada fija de un niño demasiado pálido, cuyos grandes ojos negros refulgían un temor extraño. Antes de disculparse, de un ligero e instintivo empujón, el niño evitó cualquier palabra y siguió su carrera en dirección a la plataforma de embarque. El anciano quiso tranquilizarse pensando que era una actitud propia de los niños pueblerinos, como lo parecía aquel, por la poca costumbre en lugares generosos de ruido, calor y caos, entre tanto pasajero extraño. Pretendía continuar su nerviosa marcha pero un hombre lo detuvo para preguntarle la hora. Sin mirarlo, aquel sujeto de sombrero gris de ala ancha, bigote ralo al estilo antiguo y camisa remangada, sacó de su pantalón un reloj de bolsillo, cuya apariencia le recordó al forastero, esa vajilla de plata envejecida de su abuela, con todo el extraño encanto que le daba la opacidad.

—El mío hace años que no funciona —dijo sin ninguna emoción.

Al darle la hora al desconocido, recobró la noción del tiempo, e incómodo por la notoria vacuidad de aquella gente, prefirió usar los diez minutos de retraso que le quedaban al tren, entrando al primer café que viera. Pero como no vio ninguno en la estación, optó por recorrer las afueras del lugar.

Continúo con su recorrido en la periferia al tiempo que comenzaba a sentir todo lo que quizás siente cualquier visitante que llegaba a ese lugar. Se daba cuenta que le esperaba algo que no sería agradable. Sin embargo no temía lo que pudiera sucederle pues, como todos los viajeros, llegaba ahí sin rumbo y sin vida. Lo iba comprendiendo mientras caminaba, pensando que tal vez él era uno de esos que buscando una respuesta inquietante a su amarga, oscura y triste vida, quería olvidar, pero sospechando la fuerza de un nuevo destino.

Después de pasar el hospital (cuya edificación bastante enorme, de bloques gigantes que lo adornaban, le resultaba un poco jocosa pues en un pueblo sin un gran número de habitantes no sólo era exagerado, también le resultaba hiperrealista), llegó a un curioso restaurante ya bien entrada la noche, ubicado en el costado sur, dentro de la misma estación.

Pasó el umbral del restaurante e inmediatamente notó que había cinco personas en la barra incluyendo una mesera, que en su juventud debió ser hermosa. La gente se exaltó al verlo como si un gran trueno hubiese retumbado en el cielo. Al hombre lo detallaron como si fuera un anfitrión, sólo que la mirada de estas personas era de lástima, a sabiendas de lo que le ocurriría. Después de entrar al lugar, el viejecillo ordenó un café con una galleta, aunque hubiera preferido fumar, pero el calor y el humo terminarían asfixiándolo. El ambiente de ese lugar era desolador y aunque se sabía que había personas con vida parecía más bien un funeral; nadie sonreía porque en este pueblo todos sabían lo que sucedía a los viajeros. Una de las personas del sitio se acercó a él: era un viejo alto de 1,90 m y contextura gruesa, que le dijo en un tono agradable y sencillo:
—¿Qué hace usted en este lugar mi amigo?

El viejecillo extrañado de que alguien le hablara en aquel lugar, pues todo el mundo evadía preguntas, le dijo:

—Voy sin rumbo.

—Usted se ve que es una buena persona, de igual modo le deseo mucha suerte.

Y con una mirada dirigida hacia el viejecillo como si le dijera: “no sabe en que lugar se encuentra, sálvese”, se alejó de él y volvió a su silla. El forastero comió y bebió con gran rapidez, pues presentía la llegada de su tren. Miró por última vez al hombre alto y acompañados de enormes sonrisas, se dijeron:

—Adiós, mi amigo, mucha suerte.

Saliendo del restaurante se dijo a sí mismo: “Ya es hora.” Aún así sabía que algo malo le sucedería, sin embargo la corta conversación con el hombre alto en el restaurante lo llenó de una especie de anestesia ante la angustia que sentía al mismo tiempo de saber que no tenía idea alguna de qué iba a pasar. Si tenía que decidir entonces, no sabría que decisión tomar.

Apretó su saco con la mano izquierda y con gran esfuerzo volvió a alzar su maleta, que ahora parecía mucho más pesada. Quiso iniciar la marcha pero una inesperada pesadumbre lo detuvo un instante. En silencio, con la mirada fija en un horizonte que no veía, empezó a sentir cómo lentamente una sombra helada le atravesaba el cuerpo, en una superposición exacta de él mismo. Inmóvil, recordó la razón por la cuál estaba allí. Entonces terminó de abrirle por completo el paso a un temor creciente que se había acumulado por años y que en ese instante, latente e irreductible, dibujaba cada nuevo hilo de plata, cada nuevo y profundo surco en su cara, como el mismo e imperecedero retrato del terror.

Toma un nuevo aire y camina hasta la plataforma. Continúa observando ahora la tranquila algarabía de quienes se van, de aquellos que aguardan el tren que los llevará a su destino. Camina paralelo al sentido de los rieles con la impresión de un adiós ausente: no hay familiares tristes ni gratas palabras para el recuerdo, ni los facilismos propios de un “vuelve pronto”, de “siempre serás bienvenido”, ni de “te esperamos en casa”; sólo hay pasajeros, sólo viajeros tristes que hacen fila entre la niebla temprana y el humo de los trenes que llegan y se van.

Sabe que es la hora de partir, pero en su mente decide no recordar momentos difíciles ni tristes de su vida, sino con una sonrisa clara que recordaba la primavera, decide volver a los gratos momentos que ya pasaron, pero que tienen remembranza en su memoria como recuerdos que nadie ni nada borrará jamás.

Se deja caer sobre un banco que está en la misma plataforma de la estación y saca del bolsillo de su camisa el boleto del tren. Sin mirarlo, tomó su pluma, la destapó y apoyándolos en su muslo, su mano dejó escapar algo parecido a una despedida, o una especie de intento de desquite contra el tiempo: “saludaré con la misma frialdad del destino a mi suerte, ya que es tu espantosa hora, ineludible muerte”.

En un suspiro profundo el viejecillo deja caer su boleto en el suelo, al tiempo que caen gotas rojas de sus dos muñecas recién violadas, manchándolo de sangre y cubriendo sus últimas palabras escritas hacía tan sólo unos instantes. El viejecillo desangrándose poco a poco mira sin observar el humo de un tren que se va acercando y perdiéndose cada vez más, su mirada se torna borrosa y su sentido auditivo va desapareciendo; entonces como un festival de hierros que se juntan entre rieles y vagones, una sombra entre los primeros matices del alba, con su lucecita roja anunciándolo, se dibuja al horizonte como una última exhalación.

En ese momento el viejecillo se disolvió en la clara mañana. Pero el punto rojo de la linterna siguió corriendo y saltando entre los rieles, imprudente, al encuentro del tren.

Al fondo del paisaje, la locomotora se acercaba como un ruidoso advenimiento.

MARKHEIM
(Basado en un cuento de Robert Louis Stevenson)

Julieta Loaiza, Giovanni Leal, Mónica Trujillo

–Sí –dijo el anticuario–, nuestras gangas son de varias clases. Algunos clientes no saben lo que me traen y en ese caso percibo un dividendo en razón de mis mayores conocimientos. Otros no son honrados –y aquí levantó la vela, de manera que su luz iluminó con más fuerza las facciones del visitante– y en ese caso –continuó– recojo el beneficio debido a mi integridad.

Usted es bastante inoportuno señor. Hoy es navidad y mi familia me espera.

—Sí, comprendo, pero me urge conseguir algo con lo que pueda alagar a una bella dama.

—Está bien, lo atenderé considerando que usted es mi cliente. De no ser así…

A regañadientes, el anticuario abrió la prendería. Markheim entró observando a su alrededor mientras el viejo rebuscaba en un cajón lleno de cachivaches del que sacó un espejo con bordes dorados y se lo enseñó a su cliente.

—Este es un hermoso regalo —dijo el anticuario acercándose un poco—, le aseguro que cualquier dama lo apreciará.

—Ésta no —dijo Markheim deteniendo al viejo con un ademán de su mano—, es muy exigente; el espejo es demasiado trivial para alguien con una gran inteligencia. ¿No cree?

—Siendo así —contestó el anticuario—, le puedo ofrecer una obra de arte. Si tiene algún artista favorito, podríamos ver qué hay de él.

—Por su puesto —dijo Markheim mirando hacia la entrada—, me gustaría algo de Van Gogh.

—Gran artista, debo tener uno de sus paisajes.

El anticuario, que había tenido la vela alejada de su cuerpo, la bajó para iluminarse los pasos y dando la espalda a su cliente empezó a regresar, cuando un brazo fuerte al rededor de su cuello lo detuvo, en tanto que una punzada en su espalda le hizo ver un desfile de figuras en retrospectiva durante los segundos que demoró su desvanecimiento.

Markheim dejó al viejo tendido en el piso; inspeccionó el lugar de nuevo con la mirada, escudriñando todos los rincones sin prisa, esperando que algo se moviera. Miró hacia la puerta, seguía entreabierta como la había dejado el anticuario, se acercó al muerto, recogió el espejo antes ofrecido por éste como regalo, lo puso frente a sus ojos y con la tenue luz que daba la vela lo vio tras de él sonriendo cínicamente.

—¿Buscas el dinero? —preguntó el intruso—. Ya que no lo pudiste evitar, termina lo que empezaste y hazlo bien.

—Sabía que vendrías —dijo Markheim ignorando lo dicho por el intruso—, te esperaba para decirte que este sí es mi último trabajo. Lo hice por extrema necesidad.

—No deberías hablar tanto —dijo el intruso con voz apagada—, no te conviene la demora, la criada está por llegar y te va a sorprender. Tendrías que acabar con ella también si quieres salir libre de esto.

—¡No! No lo haría —contestó Markheim con firmeza—, ya te dije que éste sí será el último. No me quedaba otra opción, hoy es navidad y todos los negocios cerraron temprano, por eso me vi obligado a venir a la prendería, yo he sido cliente de este lugar, así que aproveché esta circunstancia para logar que me abrieran, pero no quería hacerlo.

—¿Pretendes justificarte? —preguntó el intruso y siguió diciendo con sarcasmo— ¿Acaso no es el placer el que te induce a llevar a cabo tus crímenes? ¿No es por eso que, a cada intento de dejarlo, tu voluntad se doblega y ante la primera oportunidad sucumbes por deleitarte con la sensación irrefrenable de saberte superior a los demás en fuerza y en inteligencia? ¡Mírate! Eres un criminal irremediable. Nada de lo que hagas o digas cambiará tu condición. Así que, anda, toma el dinero, hazles creer que ese fue el móvil del crimen y vete o la criada te va a descubrir.

—No saldré de aquí —dijo Markheim decidido— ya te dije que esta será la última vez. Las sombras de la muerte no envolverán más mi alma, ya no tendré nada ni nadie que me apremie para salir a buscar víctimas. Tú aseguras que lo hago por placer y no es así; no me complace matar a alguien por matarlo, nunca sin una razón valedera.

Hoy no te escucharé. Tus palabras mordaces no tendrán eco en mi subconsciente. Me encerrarán, dejaré que lo hagan, pero estaré libre de tu odiosa y hostigante presencia.

—¡Crees que huirás de mí! —interpeló el intruso con tono presuntuoso— ¡Qué iluso eres! Ni la piel está tan adherida a tu ser como yo. Nado dentro de ti. Conozco todas las artimañas que teje tu cerebro. Soy quien siembra los bajos sentimientos que florecen en tu corazón, así que dime, ¿cómo vas a escapar de mí?

—No volverás a fastidiarme —aseguró Markheim—, te quedarás fuera de mi vida cuando me atrapen, será inútil que me instigues en un lugar donde no podré hacer nada para complacerte, los grilletes y las esposas serán mi seguro contra ti.

—Jamás me podrás alejar, le contestó el intruso con soberbia—, tu mente desquiciada me necesita para escudar tus malas acciones, sólo hay una cosa que podría librarte de mí y creo que tu valentía para matar es menos fuerte que tu cobardía para acabar contigo mismo.

Se escucharon unos pasos…

Markheim se enfrentó a la criada en el umbral de la puerta con algo que casi parecía una sonrisa.

—Será mejor que avise a la policía —dijo—: he matado a su señor.

FRATRICIDIO
(Basado en un cuento de Franz Kafka)

Andrea Carrillo, Elena Quintero

Se ha demostrado que el crimen se produjo de la manera siguiente:

Schmar, el asesino, se situó a eso de las nueve de una noche de luna clara en la esquina por la que Wese, la víctima, tenía que doblar, viniendo de la calle en que tenía su oficina, para ir hacia la calle en la que vivía. Helado, aquel estremecedor aire nocturno. Pero Schmar sólo se había puesto un delgado traje azul; la chaqueta, estaba desabotonada.

Wese miró el reloj que marcaba las 9:02 de la noche y apresuró su paso. Las calles solitarias murmuraban en sus oídos los últimos suspiros, mientras su victimario apagaba su cigarrillo con la boca llena de Ginebra, disponiéndose a su obra: una presentación de la muerte.

Desde la ventana, Pallas, el anciano curioso del callejón, se dispuso a cerrar las cortinas para rechazar la luz de los faroles nocturnos. Justo en el momento en que sus manos estaban por juntar la cortina izquierda con la de la derecha, sus ojos descubrieron a Julia Wese, abrigada por una vieja piel de zorro que le había sido obsequiada en su vigésimo quinto aniversario, aún esperando a su esposo. El anciano giró su cabeza hacia la esquina que desembocaba a la calle principal, para encontrar que el señor Wese, dentro de unos pocos segundos estaría remplazando el abrigo que reposaba sobre el cuerpo de su mujer.

La gélida noche abrazaba una tensa calma. De pie frente a la ventana, Pallas decidió cerrarse el saco como si, en un movimiento inconsciente, predijera el suceso que acaecería bajo su mirada: el forcejeo de unas sombras en la penumbra del callejón del silencio.

Schmar sin dejar que el cuerpo del hombre terminara de asomarse por completo en la esquina, apretó en su mano izquierda el cuchillo mientras la derecha inducía valor líquido a su cuerpo. Bastaron dos movimientos hacia delante y uno hacia atrás de su siniestra para que un líquido extraño para él, empezara a emanar desesperadamente de ese abdomen tejido con el mismo hilo de sangre materno. El fratricida sostuvo su crimen entre sus brazos por cinco segundos que haciéndose eternos detuvieron el tiempo, mientras su tierno cordero miraba fijamente los ojos de su verdugo.

De repente, como si el grito de la viuda y la sangre enfriándose hubieran llamado con su presencia a las aves de rapiña del sector, la calle empezó a llenarse de vecinos en traje de dormir. Sorprendido en su delito, despertando de ese delirio infame que lo condujo a clavar honda la muerte en Wese, Schmar alejó rápidamente sus manos adormecidas y pudo percibir como su piel iba tiñéndose del color de sus entrañas. En seguida, las tripas, tan parecidas a las que acababa de herir, se le revolvieron en mil direcciones, sintió desvanecerse, y en su conciencia surgió la más escalofriante nausea.

La señora Wese, acompañada a derecha e izquierda por el gentío, se apresuró a llegar con un rostro envejecido por el susto. La piel de zorro se abrió, ella cayó sobre Wese, el cuerpo vestido con el camisón le pertenecía a él, la piel, que se extendía sobre la pareja como la hierba de una tumba, pertenecía a la plebe.

Schmar aguantaba con esfuerzo las náuseas y presionaba la boca en el hombro del policía, que se lo llevó con pies ligeros.

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