viernes 23 de mayo de 2008

Talleres de Creación Colectiva en Literatura

Así fue nuestro proyecto dentro del programa Bogotá, Capital Mundial del Libro 2007 - 2008 (para obtener información de nuevos proyectos y actividades, visite el blog de Las Filigranas de Perder):





5 Sesiones de Charlas 5 Sesiones de Asesorías




6 Semanas por taller 4 Talleres


-> ¡¡ TOTALMENTE GRATIS !! <-
(Se incluyó inscripción, material, acceso al taller, asesorías y certificado)


Fue dirigido a jóvenes y adultos desde los 15 años de edad


Los mejores relatos fueron publicados en el libro Simbiosis Virginal (2008).


Cada taller manejó los siguientes Temas:
Vampirismo, Cyberpunk, Erotismo, Género Negro


Talleres de Creación Colectiva en Literatura fue uno de los proyectos ganadores de la convocatoria Bogotá, Un Libro Abierto, organizada por la SDCRD.


















Finalizamos este proyecto

Damos cierre definitivo a nuestro proyecto Talleres de Creación Colectiva en Literatura, con la publicación de los textos finales producidos durante el mismo.

El trabajo sobre estos textos se realizó de la siguiente manera: Los talleristas, agrupados de a dos, tres y hasta cuatro personas, presentaron a los directores de los talleres sus propuestas de historias y personajes. Cada uno de los tres directores "adoptó" a varios de estos grupos, de forma que todos los colectivos creativos contaron con el apoyo y seguimiento permanente de uno de los directores (aunque siempre hubo libertad de que recurrieran a otro de los directores para obtener otra opinión).

Cada grupo desarrolló unos personajes y un esquema de historia, y le fue dando forma al relato de la mano de los directores, que aportaron pautas e ideas tanto en la metodología como en la historia misma. Los colectivos presentaron borradores sucesivos de historias que fueron corregidos por los directores, quienes a su vez recurrieron a su experiencia como creadores colectivos para ayudarles a subsanar los conflictos en las historias y las divergencias de estilos. Las correcciones hechas a los textos fueron luego revisadas en conjunto.

Algunos grupos decidieron repartirse el trabajo, cada miembro del grupo escribió una parte del texto o desarrolló un personaje, y luego comenzaron a unir los manuscritos en un único texto, con las complicaciones de unifiación de estilos que eso implica. Es una forma inicial de acercamiento a la creación colectiva literaria, pero para que el texto tenga unidad, al final todos terminan metiendo mano al texto. En ese caso, el director que llevaba el grupo ayudó a darle unidad al texto haciendo las veces de editor.

Otros grupos lograron desde el comienzo un proceso de verdadera creación colectiva, en el que todos escribían al tiempo buscando una sola voz, una unidad de estilo, y desarrollando al unísono los personajes. Esos textos fueron más afortunados en su génesis y desarrollo y requirieron un menor trabajo de edición.

En el proceso, algunos grupos desistieron por diferentes razones. En la mayoría de los casos, no entregaron escrito. En otros casos, un miembro del grupo decidió trabajar el texto en solitario hasta darle forma final. Y en unos pocos casos, dos miembros de un grupo de tres reiniciaron el proceso y escribieron en conjunto un texto nuevo. Terminados los talleres, los directores de los talleres nos reuníamos de una a tres veces por semana con cada grupo en sesiones de una a dos horas para aportar ideas, revisar el texto y proponer giros al mismo que lo hicieran más interesante para el lector. Algunos grupos tenían ideas muy difusas, y lograr concretarlas en una historia coherente requirió de dos o tres semanas de trabajo, antes que pudiera hacerse un esquema del cuento y los personajes.

El trabajo de los directores de los talleres llegó a convertirse en coautoría en los casos específicos en los que por la afinidad de uno de ellos con la historia y los personajes, y por la solicitud expresa de los autores, el director que asesoraba al grupo se integró al mismo y escribió en colectivo la historia propuesta. En los demás casos, aunque el director que asesoraba el texto siempre colaboró activamente en la construcción de la historia y de los personajes, y aunque casi siempre llegó incluso a incluir una o dos líneas de su puño y letra, esto no lo consideramos coautoría. La presencia de los directores como coautores de algunos textos fue algo que surgió dentro del proceso creativo con los talleristas, con su venia y a solicitud suya, no un objetivo planteado en el proyecto.

Una vez se venció el plazo para entregar los cuentos terminados, comenzó el trabajo de revisión, edición y corrección de estilo por parte de los directores de los talleres. Aunque cada director se hizo responsable por los cuentos de los grupos que había asesorado, los tres hicimos revisiones y correcciones sobre todos los textos. En algunos casos, se contó con la colaboración de Yenny Karonlains Alarcón en la parte de corrección de estilo, pero su trabajo fue validado por uno de los directores antes de ser propuesto a los autores. Siempre se envió a los talleristas dueños de cada relato el texto revisado para su aprobación. Se buscó que los autores estuvieran de acuerdo con el proceso de corrección y edición. Esto hizo posible que en su gran mayoría, los autores quedaran plenamente satisfechos con el resultado final. Sin embargo, se presentaron un par de situaciones excepcionales que impidieron que la satisfacción fuera del 100%:

  1. En dos de los colectivos creativos, sobre algunos cambios que se les presentaron, los miembros del grupo no lograron ponerse de acuerdo entre sí sobre qué aceptaban y qué no. La decisión final fue tomada por los directores reunidos para aprobar los textos finales que se incluirían en el libro a publicar.

  2. Un virus informático hizo que se perdieran los cuentos trabajados y corregidos de los grupos asesorados por Carlos Ayala. Se recuperaron versiones anteriores, pero se perdió más de un mes de trabajo, y debido a las limitantes de tiempo, fue necesario tomar algunas decisiones sin consultar a los autores.

En nuestra reunión final, los tres directores de los talleres, Alex Acevedo, Carlos Ayala y Néstor Pedraza, presentamos los textos finales y cada uno hizo su preselección sobre los textos que había trabajado (tanto los que había asesorado como otros que había revisado y corregido). Sobre esta preselección y con los argumentos esgrimidos por cada uno, se dio paso al proceso de selección de los textos que se incluirían en el libro.

El compromiso era publicar 10 cuentos en un libro de 150 páginas con un tiraje de 500 copias. En aras de dar la mayor difusión posible al duro trabajo realizado por los talleristas, seleccionamos un grupo representativo de 17 cuentos escritos en colectivo y en individual dentro de cada uno de los 4 talleres de creación colectiva en literatura, y los publicamos en un libro de 180 páginas titulado Simbiosis Virginal, con un tiraje de 1.000 copias. Este libro recoge así, una muestra variada de cuentos de diferentes géneros y estilos, escritos por un total de 31 autores.

La diagramación y el montaje del libro fueron trabajo de Néstor Pedraza. Todo el diseño de portada, contraportada y solapas, fue trabajo colectivo de los tres directores del taller. La portada del libro está basada en el diseño del afiche promocional del proyecto, que también fue creación colectiva de los directores de los talleres. En ambos casos, el trabajo de diseño contó con aportes de Lilian Patricia Alvarado. La contraportada está basada en el diseño del volante promocional del proyecto, diseñado por los tres directores. La fotografía de los directores que aparece en la solapa de la portada del libro, fue tomada por Ivonne Rodríguez y editada por Diana Milena Pedraza, quien además colaboró en la organización y realización del evento del lanzamiento del libro. La impresión la realizó D'Vinni.

Los directores del proyecto nos declaramos plenamente satisfechos. Cumplimos todos los objetivos, algunos con creces, y obtuvimos mejores resultados de los esperados, dentro del cronograma propuesto y dentro del presupuesto inicialmente definido. A pesar de los inconvenientes, el nivel de satisfacción entre nuestros talleristas es bastante alto. Ahora sólo esperamos que el nivel de satisfacción también sea alto entre los lectores. Por supuesto, para hablar de una verdadera Creación Colectiva, se requiere de un proceso de largo aliento, este es apenas un primer laboratorio experimental. Esperamos que muchos de quienes iniciaron este proceso con nosotros, lo continúen junto a otros escritores por venir a nuestras filas en proyectos futuros.

Aprovechando la 21a Feria Internacional de Bogotá, dimos amplia difusión a Simbiosis Virginal: se le hicieron reseñas al libro en Caracol Televisión, Radiónica, Radio Universidad Nacional y Radio Universidad Distrital. Se distribuyeron copias a personal de City TV, revista El Malpensante, revista Número y del cuerpo de prensa de Corferias. Copias de Simbiosis Virginal fueron entregadas en los stands de las universidades Nacional, Distrital, del Rosario, del Valle, de Antioquia, Javeriana y otras. También se entregaron copias a personal de la Cruz Roja, la Cámara Colombiana del Libro, la Universidad Pedagógica Nacional, la Biblioteca Luis Ángel Arango, el Archivo General de la Nación, el Ministerio de Cultura, la Secretaría Distrital de Cultura Recreación y Deporte de Bogotá y otras instituciones. Algunas personalidades como Florence Thomas y Angelino Garzón, personajes de trascendencia en el mundo de las letras en Bogotá como Isaías Peña y Oscar Godoy, personalidades del teatro como el maestro Santiago García y Patricia Ariza, y escritores como Nahum Montt recibieron sendas copias del libro.

Simbiosis Virginal se fue en la Carreta Literaria de Martín Murillo, y también se fue en las maletas de la Secretaría de Cultura de Caldas, el Municipio de El Líbano y los Departamentos de Hulia, Tolima y Córdoba. A Nariño y Santander partieron varias copias. Otras quedaron en manos de personal del Festival de Poesía de Bogotá, el Centro Cultural Islámico, la editorial independiente La Serpiente Emplumada, la Fundación Epígrafe, el colectivo cultural El Ático, la Casa de Poesía Silva, la Fundación Gilberto Alzate Avendaño, la Corporación Colombiana de Teatro, el Centro Cultural El Salmón, el periódico interuniversitario Ex-Libris y varias empresas e instituciones que hicieron presencia en la Feria.

Posteriormente, se han entregado copias a Miguel Rubio (director del Teatro Yuyachkani del Perú), Arístides Vargas (director del Teatro Malayerba del Ecuador), Adriana Mejía, del Teatro Libre, Pacho Martínez del Teatro La Candelaria, Carlos Sánchez, director de la Mezquita Estambul, Emiko Shimokawa, profesora del Departamento de Arte Liberal Contemporáneo de la Universidad de Mujeres Showa del Japón, a personal de la Dirección Nacional de Divulgación Cultural de la Universidad Nacional de Colombia y a los profesores del Diplomado en Gestión Cultural de la Universidad del Rosario. Algunas copias de Simbiosis Virginal han viajado también a Londres, Salamanca, Bucaramanga, Cali y otras ciudades.

Por supuesto, todos los talleristas y todos los asistentes a los cuatro eventos que tuvimos en la 21a Feria Internacional de Bogotá, recibieron copias del libro, así como todos los demás proyectos ganadores de la convocatoria Bogotá, Un Libro Abierto. Hemos reservado copias para su donación formal a bibliotecas públicas y universitarias en Bogotá.

A continuación, publicamos en primer lugar todos los textos producidos durante los talleres que no formaron parte de Simbiosis Virginal, y luego, los textos incluidos en el libro en el mismo orden en que aparecen publicados.

Los Mimos con las Mimas - Proyecto Final de los Talleristas

Los Mimos con las Mimas
Schommo Vittoria, Nixon Ángel Candela

La mujer elegante camina con decisión, con sus altos tacones mide los pasos metro a metro a lo largo del pasillo; no desea ser advertida por alguno de los asistentes del teatro a reventar. Sube los ocho escalones alfombrados y pasa por detrás del atril esquinero para ir hasta la larga mesa central, habla con el escritor que se alista para, a su turno, disertar sobre la vida gris de un narrador de género negro. Él lee el papelito que ella le entrega, se encuadra el bigotillo, se seca la frente, toma todo el agua del orador de la derecha y lo bebe; se levanta de la silla, mira hacia los lados, agacha la mirada y cae sin remedio sobre la silla mientras la cámara proyecta en la pantalla la nota recién entregada: “Muerte al payaso”. La cámara copia el silencio lúgubre del público atónito sin fijarse que la mujer de piernas largas retira una lágrima de su mejilla y el hombre se retira tras el telón de tapia alta sin salida para volver a su puesto en el preciso momento de su turno para intervenir, anunciado por el que hace de presentador del programa. La mujer ya hizo mutis por el foro.



Se conocieron en un simposio internacional sobre los derechos de autor, donde compartían la mesa con la fastidiosa antropóloga militante del feminismo, Nelly, que todo el tiempo posaba de sobrada como si lo supiera todo sobre todo, cuando en verdad se encontraba en tratamiento psiquiátrico para componer sus problemas de personalidad histriónica. Sucedió durante la hora del almuerzo en la mesa que compartían por asignación de parte de los organizadores del evento. Por poco y se tiraron los platos a la cara por sus marcadas diferencias respecto a lo que representaba la literatura para cada uno. A la hora del postre, acordaron asistir a la última ponencia de la tarde, la de cinco a seis y media a cargo de Roger, el de aspecto desagradable y maneras desobligantes innatas que conservaba en cada respiración. El editor se comprometió con el escritor, pero al igual que la mayoría de asistentes, desistió desde la primera parte de la charla que no lograba captar el interés del auditorio. Roger exponía convencido de que era obligatorio que lo escucharan, pero su disertación no tenía nada de interesante en absoluto. El editor regresó cinco minutos antes del final de la malograda conferencia de Roger, tomaron un vino y prefirieron no amargárselo comentando lo inacertado de la exposición. Quedaron de encontrarse los tres el domingo en el apartamento de Roger, donde Nelly prepararía arepas y té de coca.

Nelly, después de haberlos presentado, invitó a su novio, el editor, a una copa en un bar antes de llegar a casa. Entre copa y copa, ella le comentó que Roger era un amigo de años juveniles. Que cuando ella decidió ingresar a la Universidad Nacional a estudiar Antropología, él, siempre desubicado, de un momento a otro salió con el cuento de viajar a Europa. Allá estaba el futuro, según él, algo no compartido por el círculo de compañeros ya que en algún pasaje de sus días de colegio habían contemplado tal posibilidad pero luego de terminar los estudios universitarios. En ese instante, Nelly se preguntó por qué Roger andaba de mimo en la calle, y por sus bruscos gestos y movimientos discordantes, entendió que nunca había estudiado artes escénicas. A cambio, se regocijó al oírlo hablar sobre literatura y ufanarse de haber sido publicado en varios idiomas; apreciaciones ocurridas en su cabeza y sin jamás tratar de desamarrarlas y que la lengua le diera tiquete para cabalgar sobre el viento en busca de estaciones auditivas. Dejó al editor con la imagen sobre su compañero, de gran escritor, primero conocido afuera antes que en su país.

—Amor, ¿por qué estás tan callado?

—Además del arduo trabajo en la editorial, debo madrugar a conseguir la escenografía para la obra de teatro. En dos meses y medio es el estreno y falta casi todo, y algunas ideas aún me rebotan en el cerebro sin asentarse por completo.

—¿Esta, también es de tu autoría?

—Sí, trata sobre un escritor maniático de los años setenta del siglo pasado. Con los ingredientes que todo el mundo supone: soledad, alcohol, mucho humo, y una máquina de escribir de esas grandotas. Es un monólogo.

—Está claro, ¿cuál es el problema?

—¡Ah!, que la gente ahora es muy mediocre, los que se han presentado a casting, ninguno ha dado la talla del personaje; quiero un actor que refleje en su mirada que dentro de sí se encuentra un somnoliento volcán que empieza a emitir fumarolas de una inminente y cercana erupción, y que sus dedos sobre el teclado, como estridentes motosierras, irrespeten dogmas, sistemas y valores.

—¿Entonces?

—Que los cojones y el alma queden impresos en el papel.

—Relájate un poco —le amasó los hombros con los dedos— que con lo tenso que has estado los últimos días, bien te puedes apersonar del personaje con facilidad.

—Ojalá tuviera tiempo para tanto —le respondió con sonrisa.

—Pasemos a otro asunto, no sigas con tu perfeccionismo, hoy hace un mes pediste mi mano.

—Discúlpame, mi amor —se trenzaron en un abrazo y las escasas palabras bailaban en melodías invadiéndoles las vitrolas de los oídos.



La mujer elegante se retira por una pata del escenario. El presentador encuadra la solapa de su abrigo y rompe el silencio de la concurrencia pendiente:

—¿Cómo resuelve la paradoja? —interroga al escritor.

—La paradoja es una oposición irresoluta, cada lector la debe tratar.

—¿Cómo justifica la tragicomedia?

—Teniendo presente que la vida no es tan trágica ni tan cómica; luego el oficio del escritor es entrar generando expectativas con tal que el lector busque la ubicación que le corresponde según el relato que tiene al frente.

—¿Cómo logra inmiscuir al lector con el personaje?

—El escritor debe usar la memoria reconstructiva en el momento de la creación y tener en cuenta que cada obra recreadora nace y muere en el silencio mediante el ejercicio en sí de muchas horas nalgas frente al papel.

—¿Usas la Némesis? Si sí, ¿con qué frecuencia?

—Tanto como la imitación por instinto de reproducción; es ponerle la esencia al payaso triste impulsado a vivir muchas vidas en una para aprender a sufrir con ricura y deleitarse.

—¿Cómo maceas la ignorancia para que el lector no la pille?

—Es difícil explicarla; un creador se pregunta algo difícil de resolver, tanto que a veces, el personaje no sabe la respuesta, como sucede en mi relato donde el niño juega con los juguetes que su papá fabrica para venderlos en el sex shop. El padre, sólo puede observarlo sin tomar partido, eso le basta.



El domingo, dos horas antes de la hora acordada, el editor recibió la llamada de Roger con el aplazamiento de la cita por motivos de agravamiento de la salud de su madre y tener que asistirla.

Nelly llevaba varios meses dirigiendo la adecuación de la parte occidental del Cementerio Central que en adelante se convertiría en el Parque del Renacimiento. Con sus colegas inspeccionaban la remoción de la tierra por el buldózer para las piletas de agua. El gran rinoceronte amarillo descubría entre la tierra osamentas de muchos de los desaparecidos del nueve de abril, cuando el magnicidio del caudillo popular. Familiares de los desaparecidos inspeccionaban a prudente distancia la remoción de escombros que en aquel entonces fueron tirados en volquetadas en la fosa común como ene enes que, Sagradamente, a cada año, los deudos rendían culto en ese terreno de nadie, confortándose en imaginar que allí yacía su familiar desaparecido, a diferencia de los familiares de desaparecidos actuales, que ni siquiera tienen el derecho a saber dónde reposan los restos, porque los tasajean y los tiran como abono y la mayoría de veces, para engorde de los peces.



Es el momento de presentar la última creación del artista. La motivación del escritor, de pie, necesita insuflar aire para inflar su ego arreado como un gato para convencer al público de su compra con tal de él llevar un poco de dinero a casa: “al salir una obra nueva a las vitrinas, siento añoranza por el proceso vivido. El nuevo libro, representa, para mí, la zona de luz que requería el relato desde el momento que se planea la arquitectura del mismo.”

Toma aire y va al proscenio: “Cada libro es un nuevo descubrimiento, el apoderamiento mutuo entre el personaje de ficción y el creador real.”

—¿Y el valor económico?

—Ah, eso lo que hace es permitirme aprender a aprehender. En últimas, el arte prolonga el placer que con la experiencia recoge el callo que le proporcionan los años de ejercicio continuo.



Por la cercanía al centro de la ciudad, la pareja de comprometidos había arrendado una bodega a espaldas del Cementerio Central, sector donde también funcionaban microempresas metalmecánicas, aprovechadas por el editor para sus fines. Adecuaron por separado el funcionamiento de la imprenta, resguardo de la extraña escenografía para las puestas teatrales y lugar de ensayo, y un buen espacio para que Nelly trasladara los esqueletos que hallaba completos para estudiarlos de acuerdo a sus intereses; algunas veces con la debida autorización legal, otras sin ella. Era normal verla ingresar y salir con grandes bolsas negras de allí.

El editor prometió a Roger publicarle el aburridor cuento. Desde el otro lado de la línea, el escritorzuelo se lo agradeció en el alma con ánimo de aprovechar la oportunidad para hacerse rico y famoso, como era su gran aspiración, como la de todo artista, aunque le costara trabajo reconocerlo. No pudo ocultar su histrionismo, como cuando alguien oye la mejor noticia de su vida y no la puede creer, y de paso, al tomar aire, se prometió dejar de vender a precio de huevo, la edición en papel barato de bajísima calidad tanto en su forma como en su contenido, que no lograba ningún aporte a la literatura como él se negaba a creer convencido de lo contrario, con lo que alcanzaba a sobrevivir al medio inspirando más piedad que admiración.

Con todo y eso, el editor le prometió sacarlo del anonimato con una excelente calidad, con insertos policromáticos de un pintor representativo en el ámbito de la plástica internacional. El libro iba prologado por el recientemente galardonado premio literario de habla hispana y que se aprestaba para cobrar renombre a nivel mundial.

Al otro lado de la línea, los dos imaginaban la cara de satisfacción, sobre todo, la de Roger, que a su edad ya había dejado de soñar con algún asomo del éxito en el mundillo literario.

Pasado el tiempo y sin respuesta concreta, Roger respondió ante la frustración haciendo proyección de su personalidad, vía mail contra el editor acusándolo de mitómano, estafador, corrupto y demás improperios que encontraba en su menú de largas noches de insomnio.

En el preciso momento en que el editor finalizaba el machote para quemar las planchas y realizar la impresión múltiple y definitiva para diligenciar el ISBN y el código de barras con el registro de los derechos de autor, en cumplimiento de la promesa hecha a Roger, recibió la citación de La Fiscalía General de La Nación para responder la demanda del escritor por estafador y explotador del escritor venido a menos. El editor dio una y mil explicaciones a Roger sobre la demora para que el libro saliera al aire, pormenores justificados en cualquier proceso editorial; además, de pasada, le comentó que le había conseguido un contrato con el ministerio de cultura para que dirigiera una serie de talleres literarios para jóvenes, con excelente remuneración. Le comunicó lo avanzado del proyecto literario, y que en un par de días estaría en las vitrinas de las mejores librerías. En ese momento, ambos se esforzaron por ignorar el contenido del último mail enviado por Roger y recibido por el editor, lo relacionado con la consecuente demanda ante la fiscalía. El teléfono enmudeció eternos segundos para los dos. Prometieron volverse a llamar, asunto que ninguno de los dos ejecutó hasta dos semanas después, cuando el editor telefoneó para sentir el tope máximo de la agresión de Roger con suspiros que en el fondo denotaban un arrepentimiento que él nunca reconocería. Era difícil echar marcha atrás; el mal estaba hecho. Roger siguió viviendo en ascuas como sabía hacerlo, y el editor echado sobre su depresión sin comprender el comportamiento animalesco del ser humano.

Nelly, enterada de los últimos sucesos, mostró preocupación por las amenazas a su novio de parte de su amigo.

Los siguientes quince días transcurrieron sin que nada extraordinario perturbase el tedio cotidiano de los personajes que se debatían entre el cumplimiento del deber y la búsqueda de maneras de solventar la sobriedad de la abulia, hasta que el editor bajó de su bicicleta en el parque nacional para presenciar el espectáculo del mimo con tamaña sorpresa al descubrir debajo de la crema blanca, el rostro de Roger ejecutando su número que para él, haría revolcar en su tumba la desgracia de Marcel al enterarse que un infeliz trataba con esfuerzo de imitar de forma grotesca su imagen frente a un grupo de niños serios distraídos en el rededor antes que fijar su atención en el payasito de movimientos torpes donde ninguno reía; las madres de los niños tampoco lo hacían y no por falta de cortesía sino por la pésima calidad del espectáculo del pobretón mimo.

Aunque el editor identificó a Roger ipso facto, se negaba a dar crédito a la mediocridad del hombre chaparro que sin ocultar la agresividad, pedía le socorrieran un aplauso y de paso, le tiraran algunas monedas con el argumento de que era un escritor de renombre internacional. Según él, sus libros se vendían como pan caliente, tanto en Europa como en América, y habían sido traducidos a una decena de idiomas.

—¿Entonces por qué pasa trabajos? —preguntó una dama sin pelos en la lengua.

—Porque los editores me roban —respondió el cariblanco.

—¡Pobre infeliz! —repitió el editor y trepó en la bicicleta con sentimientos encontrados, donde sobresalía el de la vergüenza ajena.

El mimo se desmaquilló a manos llenas y en par patadas, y sin dudar, se lanzó a alcanzar al editor madreándolo y prometiéndole mandarlo matar por la humillación de que había sido víctima. Le gritaba a la espalda con cinismo que se diera por hombre muerto como perro sarnoso de los que pululan en cualquier antro.



El hombre dirige el vozarrón al` público: “el escritor actual no presenta el asombro del escritor clásico que adornaba con el romanticismo de escribir a mano y tachar encima, oficio que ejercía desde la adolescencia para toda una vida de dedicación.”

El otro personaje le hace una llave que lo inmoviliza por la espalda: “no todo escrito es eterno, el escritor contemporáneo presenta su obra para ser admirado.”

—Si pides admiración, denotas avidez afectiva.

—Escribir da poder.

—O lo puede quitar —aprieta el brazo del contendor.

—El escritor es una criatura que no prescinde del encarcelamiento.

—Pero...

—Pero resulta ser más sexy decir que no se ha sido instruido como si representara un santuario, lo que se conoce como el don innato. En mi caso, escribo para ser amado —eleva la voz.

—Reduccionismo simple, vulgar y grotesco chapeado con el apero anquilosado de criollismo anodino.

—¡Que así sea! El artista espera que se haga justicia con su obra.

—Escribir por pura vanidad, afecta negativamente a la sociedad.



En medio de los whiskies, el editor desengavetó el machote del libro con el nombre de Roger, quien no pudo ocultar el nerviosismo al levantar la copa y brindar, para caer mareado viendo nublado su alrededor; bostezó y despertó con una extraña sensación, deseó estirar los miembros pero algo se lo impidió; sacudió fuerte la cabeza para corroborar que estaba despierto. Estaba maniatado a una silla empotrada al piso, desnudo, con un artefacto a manera de máquina de escribir entre la V que forma la pelvis y las rodillas; rebobinó sus recuerdos hasta cuando tomó el segundo trago. Con un ligero paneo, comprobó que estaba en el recinto de los ensayos teatrales, los ligeros pasos del editor lo sacaron de sus cavilaciones:

—¿Quién mata a quién, hijo de la gran puta?

—¿Qué pasa?

—Dos meses sin dormir hasta enterarme por nuestros amigos esmeralderos que indagaste por sicarios... ¿pensaste que eso quedaría así nomás? ¡Qué mediocre eres! Aunque Nelly intermedió entre los dos, eso no quería decir que te había perdonado.

De pronto escucharon una llave en el portón. Roger imaginó que podía ser su salvación y gritó: ¡Socorro... Socorro...! Pero la sed y la resaca le distorsionaron la voz. El teatrero le tapó la boca con la mano, sin reparar en los mordiscos recibidos.

—Amor, ¿estás ahí, qué fue ese grito? —preguntó Nelly.

—Sí, estoy ensayando, espérame, enseguida voy —el editor se esforzó para amordazar a Roger con un pañuelo.

—¿Qué fue eso? —preguntó Nelly—. Amor, ¿estás bien?

—Tranquila, dame un segundo.

Al sentir cercanos los pasos de su novia, aligeró el nudo y le salió al paso antes que alcanzara el picaporte.

—Vamos a desayunar, estoy muerto del cansancio.

—¿Te trajeron la máquina para la obra?

—Anoche, como a las diez; luego ensayé y corregí el argumento. No me di cuenta a qué hora amaneció.

—Vamos, un café te sentará bien. ¿Por qué no me permites ver el montaje con la escenografía puesta?

Esas palabras le hicieron caer en la cuenta que aún no soltaba el picaporte y que permanecía con el cuerpo de rígido guardián impidiendo cualquier intento de ingreso.

—No querrás dañar la sorpresa que maneja la magia del teatro.

El editor la abrazó y al salir le puso doble seguro al portón.

—¿Más tarde vienen los empleados?

—Con esta situación, tuve que contratar operarios por días, vuelven la próxima semana.



El entrevistador explica al público que al lector no le importa si el texto fue sugerido por alguien, o le salió de las tripas y si además, el escritor le puso los tuétanos (los propios). Remata gritándole al escritor que escritores nacen a diario, pero editores no se ven crecer en los árboles.



Entrada la noche, despidió a Nelly sin permitirle que se bajara del carro e ingresó al teatro de los acontecimientos, donde encontró a Roger con los ojos desorbitados y los miembros amoratados a punto de sangrar:

—¿Cómo van las cosas, mi querido escritorzuelo? ¿Todavía sigues con la idea de matarme?

El maniatado con ojos de súplica, pedía perdón sin comprender el por qué de la extraña posición en que lo mantenía su verdugo, y con la parte delantera de la máquina de escribir con puntas de alfileres en cada una de las barras de las letras:

—Antes te voy a dar una clase de literatura —acercó una silla—, lo primero que debes hacer es escribir con los cojones y con el alma, desgarrarte las tripas para que el escrito sea creíble.

Oprimió una tecla con rabia y le martilleó un testículo a Roger que se retorció con un berrido de súplica.

—¡Qué mediocre eres! Te puedes maquillar de mimo, pero... ¿te has preguntado si en realidad lo eres? En tu farsa, te puedes maquillar con pintura blanca la cara, más nunca cubrir el negro que tapa tu incapacidad mental. El hecho de escribir enaltece la lengua, pero tú sólo produces babadas. ¿Cuántos libros lees cada semana? La ficción está umbilicada con la realidad. ¿Deseas escribir sobre la problemática nacional y te conformas con ojear los titulares de los diarios? Te estremecen los contenidos de los telediarios y sin embargo, no das una mirada tras la pantalla para cerciorarte que allí se informa lo que ellos creen conveniente, que siempre toman el mejor partido y emiten imágenes acordes a la necesidad del salario percibido por ello y según el guiño del mandatario de turno.

Con el crescendo emotivo del momento, oprimió varias teclas simultáneas haciendo que el inmovilizado arqueara el vientre y echase la cabeza hacia atrás.

—Para la literatura, una vida no alcanza, el talento se enaltece con la dedicación.

Continuó tecleando las palabras que pronunciaba con énfasis en los signos de puntuación como para que no los olvidara nunca. Cada vez que se los marcaba con alfilerazos en los testículos con tal rapidez, que los dedos iban más ágiles que su propia mente.

El maniatado mordía el pañuelo hasta deshilacharlo para lograr emitir gritos, sin saber que los ocasionales paseantes cavilaban al escucharlo para concluir: “es el tal teatrero ese que le ha dado por ensayar sus obras hasta estas horas”. Otros divagaban: “han de ser las ánimas benditas que claman descanso y permanencia de sus restos alados donde han permanecido por más de cincuenta años. Es que la posmodernidad no respeta ni a los muertos.”

El editor haló una liviana tela de la escultura vecina y volvió a amordazar a la víctima, fue hasta el portón, pegó la oreja a la lámina y regresó con el silencio al centro del escenario para retomar el protagonismo. Tomó harina de trigo, la mezcló con huevos y embadurnó a Roger:

—Como te crees italiano y te atreves a negar tu origen —lo untaba con pasta blanda—, aquí están tus ravioles y tu fetuccini: ¡disfrútalos!

Aspiró una gran bocanada del cigarro y tecleó un extenso párrafo, mientras el receptor retorcía el dolor desde sus partes íntimas. Vio escurrir la sangre por las patas de la silla y supo que el cianuro con el que había impregnado la punta de los alfileres pronto haría efecto. La función se acercaba a su fin:

—Como ni siquiera aprendiste a utilizar el mouse para buscar sinónimos y suprimir gerundios, en esta caja se encuentran decenas de ratas hambrientas que danzantes cerrarán este acto.

El editor despertó a la mañana siguiente, se dio cuenta que eran las nueve y que a esa hora, Nelly debía estar ya en la bodega. No duró más de cinco minutos en la ducha y salió raudo hacia allá, con la ayuda de las avenidas poco congestionadas. Llegó a la calle veintiséis con carrera veinte, a una cuadra de su habitual sitio de trabajo. Al doblar la esquina se topó de frente con Nelly en compañía del teniente de la policía de la estación de Santa Fe, íntimo amigo suyo, además de colaborador de la antropóloga en el asunto de trasladar los cadáveres a un gran osario en la parte oriental del cementerio.

—Te estábamos buscando —recibió como saludo y fue como si le cayese un balde de agua fría en toda la cara. Miles de sensaciones le surcaron la mente aguzándole con terribles pinchazos como cuando con una aguja le chuza a uno las pelotas. Estuvo a punto de desmayarse, pero para su bien, se recompuso ahí mismo.

—Sí, te estábamos buscando —replicó el teniente—, hombre, estás de un color cadavérico.

—¿Estuviste en la bodega? —asustado interrogó a Nelly.

—Por su puesto, desde las siete de la mañana, inclusive tuvimos tiempo para un café antes de salir para acá.

Esas palabras hundieron al editor en la más profunda sima de su conciencia, agachó la cabeza y se dispuso a esperar lo que se le viniera encima. Autómata soltó:

—¿Y ahora qué viene?, me gustaría saberlo, después de todo, ¿qué dispusieron?

—Por lo pronto, súbete a la radio-patrulla, vamos a desayunar; con Nelly ya lo hemos decidido.

—¿A desayunar?

—Sí, con el estómago lleno se afronta mejor lo que viene pierna arriba —replicó Nelly.

—Súbete, no te resistas —ordenó el teniente con sonrisa forzada.

—Por supuesto... —respondió con voz entrecortada.

Dentro de la radio-patrulla, entre rejas, toda su vida le pasó por el frente, desde lo que recordaba de su pasado gris hasta sus proyectos futuros. Se acordó que dentro de ocho días era su boda; obvio, tendría que ser cancelada al conocerse los hechos. Sin embargo, le alcanzó el tiempo para concluir que le importaba un bledo lo que dijera su familia. Pero... Qué vaina con Nelly y su familia, los reproches serían de tamaña proporción al no darse cuenta durante seis años de noviazgo, que ella andaba en amoríos nada menos que con un desequilibrado mental. Ella, que había estudiado tres años de Psicología antes de dedicarse a la antropología para terminar estudiando cadáveres. En fin, ya no había vuelta de tuerca capaz de permitirle volver atrás.

Miró al teniente, y la vista frontal con las manos sobre el volante, le daba un aspecto frío de saberlo todo.

Nelly con el cinturón de seguridad entre sus senos, revelaba la benignidad de la naturaleza para con sus partes nobles. Disipó pronto esa apreciación y volvió a sumergirse en la preocupación. De ahí en adelante, ya no la volvería a tener para él. Ella de vez en cuando miraba al teniente, al editor le pareció que lo hacía con angustia.

Ese recorrido sin cruzar palabra le resultaba tan severo que hubiera preferido que le dijesen lo que ellos pensaban por cruel que fuera. Además, se sintió como un títere manejado por dos personajes de hielo. ¿Para qué lo invitarían a desayunar? ¿Sería tal vez su última comida fuera de rejas?

El cruce de miradas entre Nelly y el teniente lo exasperaba al máximo, anheló que de una vez por todas le gritaran a la cara: “asesino... asesino...” Las diez cuadras recorridas le parecían tan largas y maltrechas como la carretera Panamericana, de nunca acabar.

Nelly pidió para desayunar lo mismo que el teniente, y el artista robótico con movimientos de cabeza asintió querer lo mismo sin quererlo de verdad.

Los tres comieron en silencio. El teniente dejó los platos limpios. El editor teatrero apenas probó bocado.

—Me parece muy bien que te alimentes bastante —Nelly rompió el silencio apretándole los bíceps al militar para terminar en un apretón cómplice de manos—, una nunca sabe cuándo puede requerir de unos brazos fuertes para agarrarse. Gracias —le besó la mejilla.

—Estoy muy preocupado con tanto asesino tan cerca de uno —acotó el teniente con tono de pesadumbre.

—Más cerca de lo que una cree, y de quien menos cree capaz —dijo clavándole la mirada al editor.
Él agachó la cabeza sintiéndose descubierto, su leve esperanza de que ella no hubiera ido a su sitio de ensayo se esfumó por completo. No cabía duda, ella lo sabía; el teniente lo sabía. Maldijo el éxtasis que le produjo asesinar al escritor ese, que le hizo olvidar el deshacerse del cadáver. Maldijo que alguna vez se le hubiera ocurrido brindarle un espacio en su bodega para que ella investigara con los restos humanos. En fin, lo maldijo todo.

—Es que en esta ciudad hay mucho asesino suelto —acotó el militar.

—Y muchos, sin arrestar todavía —afirmó Nelly.

—Sí, yo lo maté ¿y qué? Bien merecido lo tenía, yo lo maté y no me arrepiento —traicionado por los nervios, confesó su crimen.

Se tomó lo que quedaba en el pocillo de un solo sorbo, se sintió aliviado del pesado fardo de tener a dos personas que conociendo su delito lo habían llevado a desayunar y lo mortificaban con sus indiscretas miradas de sabuesos sin hueso para roer más que el suyo. Todo era soportable, hasta el escarnio público, pero no admitía la tortura psicológica.

—Vamos a la bodega y que se sepa todo —les gritó.

—Vamos —dijo Nelly con resolución, tomando del brazo a su buen amigo el teniente luego de resbalársela por la cara recién afeitada, olorosa a colonia varonil, diferente a la del editor que lucía las vellosidades de la angustia.



Las luces fuertes se trastocaron por las rojas-verdes tenues. El entrevistador echó el brazo sobre el hombro del escritor y con persistencia frente a la desilusión, apretó el nudo de la corbata. La pieza: “El Ocaso de los Dioses” irrumpió como un aleteo de cóndores agitados. El público aplaudió a rabiar al compás del crescendo de las notas Wagnerianas.



Aprisa se bajó de la radio-patrulla, metió con rabia la llave en la cerradura y abrió el portón de par en par. Al llegar al recinto de sus ensayos, con una patada abrió la puerta y gritó:

—Ahí lo tienen tal como lo dejé anoche, torturado y devorado por las ratas.

Nelly y el uniformado se miraron con terror inusitado... al entrar a la estancia: ¡sorpresa!, miraron al novio, al amigo y lo comprendieron... pobrecito, la locura suele asaltar a los que utilizan la pluma, sumado a la carga de trabajo insomne.

—Pobre editor teatrero, ha sido presa de un estado demencial, es digno de compasión.

—He matado a alguien —señalaba desde afuera del sitio de la escenografía.

Lo había matado, no quedaba la menor duda, con imaginación había matado a un escritor malísimo.

El editor abrió los ojos y señaló el lugar donde había dejado al muerto la noche anterior, estaba el armazón de la silla empotrada en el piso, el simulacro de la máquina de escribir, la caja donde había cargado a las ratas... pero el cuerpo no estaba. Tampoco había rastros de sangre. Todo eso era muy confuso: lo pinzó mil veces con la letrilla hasta hacerle desangrar los genitales. Las formas de escapar y sobre todo de sobrevivir eran mínimas, en particular por la impregnación del cianuro y las ratas hambrientas. No había huella de Roger, todo estaba limpio y ordenado. Era increíble.

—Yo lo maté, anoche maté al escritorzuelo ése.

—Yo estoy segura que tú lo mataste, odias a todos aquellos que se creen escritores... de seguro ese personaje de tu obra te quedó fabuloso —acotó Nelly.

—No te burles de mí, yo lo maté, no pudo haber escapado.

—¿Qué significa esta broma? —preguntó el teniente con asombroso fruncido de ceño, mientras trataba de estirar sus neuronas para comprender la oscuridad de la farsa.

—¿Broma? Eso le pregunto a los dos, yo lo maté, ahí lo dejé desangrándose.

—Amor, tranquilízate, estás muy extraño, siéntate y relájate —Nelly lo tomó del brazo, se sentó a su lado y con los dedos entre su cabello, trató de darle un poco de paz. El editor parecía un zombi, con la mirada contra el piso—. Gracias teniente por darme una mano esta mañana, los buenos policías están en el sitio preciso cuando se necesitan.

—Lo que son usted y su novio, salen con unas vainas que no las entiende nadie, deberían buscar ayuda psiquiátrica, trabajar menos y tomarse unas buenas vacaciones, lejos de todos estos fantasmas.

—Tendremos presente su consejo, en especial lo de las vacaciones. Por fortuna, dentro de ocho días es la boda y viajaremos lejos, de luna de miel.

—Yo lo maté, yo lo maté —repetía el editor con la cabeza recostada en el pecho de Nelly, con el arrepentimiento de un chico que luego de confesar su travesura, nadie le cree.



En la salida del teatro, el encargado sube la gorra de su uniforme y baja el cartel de la obra que acabó de presentar su última función. Coloca el que anuncia el siguiente estreno y se dice: “ojalá ésta sea tan exitosa como la que acaba de terminar.”



Ocho días después sonaron las campanas de San Nicolás y el editor, no obstante ser el día de su boda, se sentía cobijado por una extraña sensación. Su mirada gacha alejaba cualquier atisbo de alegría. Los familiares lo convidaron para que cambiara de ánimo: “pareces estar en un funeral, no en tu boda”, le decían.

Nelly, hermosísima como un jazmín, se había vestido de blanco inmaculado. Durante el ritual sagrado, el novio no paraba de cavilar sobre lo sucedido con Roger. Pensaba que matar a alguien por cualquier motivo era un acto ruin, ya fuera justificado o no, ¿quién no es presa de la furia?, ¿quién no ha tenido deseos asesinos al menos por una vez en la vida? Todo le parecía execrable, despreciable y sin justificación alguna. ¿pero... desaparecer el cadáver, destruir y lavar las pruebas sin tener menor incumbencia ni velas en ese entierro, encubrir al asesino y burlarse tanto del criminal como de las autoridades? Para eso se requiere de la mayor frialdad, la mayor villanía, y por ende no poseer escrúpulos y ser más culpable que el mismo asesino.

Miró a Nelly, detalló su rostro tras el velo y concluyó que una cara, ya fuese tras un velo o cubierto con maquillaje blanco, siempre escondía algo muy negro detrás de la careta.

“Los declaro marido y mujer hasta que la muerte los separe”, dijo el cura, y esas palabras le revolvieron las entrañas al novio. “Puede besar a la novia”, indicó el celebrante. Al levantar el velo, vio en los ojos de Nelly un extraño brillo. Al despegar sus labios de los suyos, el editor sintió un pánico único oprimiéndole el pecho.

Una copa a la mitad - Proyecto Final de los Talleristas

Una copa a la mitad
Luisa Mancera, Juan Camilo Herrera.

No sería verdad si dijera, de forma romántica, esotérica o astral, que la esperaba. Tampoco creo que haya llegado en el momento indicado. Sí, es cierto que su llegada alteró el cristal con que veía la vida, pero mucho más lo hace su partida. Fue la última y tal vez la única en su especie, me he convencido de ello dándome cuenta que en todos estos años busqué en otras algo de ella. La mayoría terminaron siendo cajones vacíos.

***

No pudo evitar dejar salir un gruñido, estaba harta de todo: de caminar sin rumbo, del pasado, del presente, de un futuro que le resultaba predecible. La gente le producía una repulsión absoluta y ella misma se odiaba. No soportaba su mente, siempre acosada por pensamientos que la empujaban a fechas que trataba de olvidar. Necesitaba desahogarse y para su fortuna las circunstancias se dieron. Unos gritos desgarradores surgieron de una pensión derruida. La voz era femenina, aullidos histéricos, escalofriantes, a los que nadie hacía caso, a nadie le importaba.

Corrió hacia la fuente del escándalo, pateó unas cajas que impedían el paso al edificio. Su entrada atrajo las sombras que tragaron la luz tenue. Al final del corredor, encontró una niña de unos diez años tirada contra una esquina; tenía las piernas ensangrentadas y una camisa rosada, rasgada, que revelaba unas pequeñas protuberancias. Encima de ella se hallaba un muchacho no más adulto, de unos 15 años, con los pantalones abajo y los brazos rodeando su cuello. El joven volteó y quedó paralizado.

—¡Váyase, no es su problema! —rugió, y su voz mostró lo horrorizado que estaba. La testigo lo observaba gélida, con una mezcla de venganza justiciera y violencia animal—. ¡Que se largue, perra!

No le prestó atención. Surgieron movimientos repentinos que sorprendieron al maleante, ella sujetó su cuello y lo comprimió. Las manos del muchacho soltaron a la criatura indefensa y clavaron sus uñas en la carne de su atacante en un vano esfuerzo por defenderse. Pasaron minutos y la debilidad aumentó, hasta que el aire se acabó y el violador cayó inerte al suelo embarrado. La niña gemía, débil, pálida, y trataba de pronunciar un agradecimiento, pero sólo salió un sollozo.

—No sobrevivirás en las calles, yo te brindaré descanso.

***

Al regresar a la ciudad la hallé bastante parecida a como la dejé, ni siquiera la decadencia había prosperado. La diferencia radicaba en que, estando en el exterior, me volví adepto a visitar salones de baile y en el tiempo que llevo en Insmouth, me he dedicado a descubrirlos. Aunque ocultos son numerosos; puedo asegurar que nunca he repetido alguno, tampoco los terminaré de recorrer.

En un principio me extrañó que una mujer tan parca frecuentara un lugar como éste. Sólo se sentaba a callar, viajando en cavilaciones, mirando a un punto indeterminado; y a beber vino tinto. A veces, cuando volvía, interrumpida por los hombres que la asediaban con peticiones de piezas a conceder, miraba de soslayo o con la cabeza gacha, de forma que parecía un animalito agredido. Sonreía sin abrir los labios, empujando la lengua contra los dientes de adelante, y negaba gentil con la cabeza; jamás accedía a alguna. Me parecían ilusos e inconscientes estos tipos, ¿cómo no se daban cuenta de lo inusual que era? El hecho de que intentaran verla como una mujer ordinaria, adecuada para ellos, seguro se debía a algo en su figura, las caderas anchas o los disimulados, aunque siempre evidentes, senos voluptuosos bajo el viejo gabán.

***

Iba como flotando, siempre por encima de todos, de todo. Aquel lugar era su territorio, Insmouth estaba plagada de parques de clandestinidad y barrios de tolerancia, perfecto hábitat para las almas condenadas; sin embargo no era extraño hallar figuras agraciadas entre la nauseabunda carroña. Ella sobresalía, tenía cierta energía que atraía y alimentaba a la perdición.

Las deterioradas calles de la ciudad no eran un buen lugar para un paseo vespertino. El presente pintaba turbio, una de las consecuencias que traía la guerra. Cualquier persona en sano juicio habría huido de un sitio como aquel en una hora así, pero ella transitaba con la convicción del que no tiene nada que perder. Su mirada de halcón, generalmente alerta, andaba un poco perdida, como en otro sitio. Aquello no era nuevo, la lucha con sus demonios era su eterna condena: los gritos, las súplicas, los llantos y la muerte la perseguían, y para su desgracia esta última sólo jugaba a amenazarla, jamás la alcanzaba. Suspiró y se dijo que tenía que superarlo, la debilidad era un capricho que no se podía permitir. De nuevo se puso la armadura de perra despiadada y aceleró el caminar.

La escoria de la sociedad se movía a su alrededor: enardecidos grupos de limpieza social cazando, proxenetas exhibiendo su mercancía de exquisitas carnes sonrosadas y senos al aire, policías ebrios cayéndole a golpes a quien se atravesara en su camino. Este escenario no era nuevo, su existencia le había brindado la sabiduría para conocer que eso era la esencia del hombre, que la destrucción era algo que corría por las venas de todos, sin excepción: desde el ebrio abusador hasta la madre amorosa que juega con sus hijos. Siempre se preguntaba qué límites tenía la maldad del hombre, y aún después de haber visto tanto horror y suponer que aquello era lo último, surgía algo más. "Todo es un ciclo infinito", pensó. La guerra no había bastado, tenía que ser observadora omnipresente, ser dios y a la vez estar allí, siempre, entre la inmundicia, sin poder escapar.

***

Perdido en un laberinto de lividez, piel fría y aliento a vino, empecé a sospechar su búsqueda. De forma tácita, cada uno por su lado, decidimos detener nuestros planes, pues nunca antes de esta última hora aceptamos frente al otro el hecho de pertenecer a la raza que sólo resiste la tentación de un cuello cuando en verdad ama. Así, ella tendría que conseguir alguna fuente si no quería desaparecer del modo lento en que lo venía haciendo, y yo habría de encontrar otras víctimas para protegerla y satisfacer mi deseo. Nada que hacer, cuando llegué ella ya había partido hacía mucho, la abstinencia suicida producía sus efectos (las cuencas de los ojos y los pómulos eran cada vez más marcados). Mi propósito desde antes de conocerla se liberó y ya no fue posible detenerlo. Es siempre así, nunca se equivoca. A la mínima señal, sale de la prisión en que mi cordura lo encierra.


***


En la penumbra se alcanzaba a percibir una silueta escondida, apoyada contra la pared de un callejón. Acechaba desde la distancia, aguardando algo, estudiando su entorno. Pasaron horas sin que se moviera. Mas en una contorsión brusca, repentina, salió a la luz revelando su identidad. Era una joven de unos 20 años, la tez de un blanco envolvente. Irradiaba una luminosidad enceguecedora, aún así su aura producía temor, observarla era tener una visión de profunda oscuridad. Sus ropas, al igual que su cabello, eran negras, lo que aumentaba esta sensación.

Caminó a paso pausado pero imperturbable. Sus botas golpeaban rítmicamente la acera y sus manos, cubiertas por unos finos guantes de seda, rozaban múltiples texturas en los muros de cemento. Sus ojos capturaban todo; no había nada que fuese ignorado por aquellos fríos pedazos de carne gris. Su expresión inflexible evitaba que quien la viese tuviera idea de lo que pasaba por su mente.

Era casi media noche y el sitio se veía desierto, la pesada vida nocturna se camuflaba. Parecía que caminaba sin rumbo, siempre sombría e intocable. Evitaba pisar las ratas encubiertas en la oscuridad. Una vez más, sus movimientos se tornaron ágiles y precisos: giró la cabeza hacia un antiguo portón entrecerrado. Se deslizó desapercibida a una iglesia escondida entre las numerosas pocilgas.

Entrar a aquel recinto le producía un dolor indescriptible, pero al mismo tiempo agradable, excitante, la hacía sentirse viva. Caminó entre los gastados bancos de roble macizo, respirando con agitación. Aquella oscuridad, de una paz insoportable, no era la que frecuentaba. Los vitrales daban un poco de color al recinto monocromático, las figuras religiosas que siempre parecían perseguir con la mirada al visitante, trataban ahora de girar sus ojos artificiales para evitar contacto alguno con esta criatura.

Se sentó en la primera fila. Levantó la mirada y contuvo un grito desgarrador: la visión del altar le producía una sensación nueva… Sentía que los sesos le ardían, como si una vara al rojo vivo los removiera. El sufrimiento corporal le producía visiones fugases e indeseables: un ebrio estúpido invadiendo el refugio de sus huidas de casa, unos senos infantiles asaltados entre las ruinas rosadas de la blusa, unos niños corriendo aterrorizados por un corredor en llamas, el sonido perenne de los disparos...

—El dolor del alma es subestimado, hija… La carne es resistente a las ráfagas, que sólo la rozan, pero el espíritu se erosiona con la más mínima brisa.

Giró la cabeza, un cura con mirada compasiva y calva prominente se había sentado a su lado. La joven rió despectivamente para sus adentros. “No tengo alma”, pensó.

—Desde que pisaste el santuario percibí en ti una gran pena; tu vida está nublada por el sufrimiento, pero debes recordar que el dolor es bueno, purifica y aparta el lado oscuro…

—No necesito un sermón privado, padre —gruñó ella impaciente.

—No descargues tu ira contra mí —el tono calmado y de lástima la irritaba más, pero se dominó—. Vienes buscando una respuesta a tus plegarias.

—¿Acaso usted va a expiar mis pecados, padre? ¿Me hará salva?

—La esperanza es lo último que se pierde hija.

—Créame padre, con el tiempo eso varía…

El párroco suspiró y la observó mejor: era atractiva, por más que quisiera ocultarlo. Empezó a sudar procurando controlar sus impulsos. La muchacha se percató de los pensamientos lascivos de su decrépito acompañante. “Genial”, pensó, “ya se me hizo el día.”

—¿Me acompaña a confesarme? —dijo con un susurro que erizó lo pocos pelos de la nuca del anciano. En un tartamudeo, el padre reveló los deseos de la carne: “Claro.”

—Entonces, padre, el dolor es bueno, ¿verdad?

Horas después se halló al cura en el confesionario, con una profunda cortada en la garganta. Aun en aquel barrio eso era inesperado; el respeto que el párroco se había ganado le daba inmunidad ante los peligros de aquel infierno. Por eso nadie se podía imaginar cómo un hombre tan pío podía haber tenido un final tan macabro.

***

El acto de convertir señoritas y jovencitos comenzó a aburrirme cuando me di cuenta que, aún teniendo un pie en el mundo de los muertos, seguían siendo igual de vacíos, preocupándose por las mismas banalidades de siempre: sus rizos o el peluquín, el corpiño de avispa que les empezaba a quedar pequeño o el vestido y las zapatillas que cada dos semanas dejaban de ser adecuados para la fiesta nocturna. Entonces decidí, no sólo optando por mi supervivencia, o mejor, mi casi inmortal estadía en la tierra, sino más bien por mi diversión y mi conciencia filantrópica, buscar convertidos, para que al hundir sus colmillos en mi yugular, acto que en la mayoría resultaba impreciso y falto de delicadeza, pasaran en definitiva al otro lugar.

Después de unas cuantas persecuciones no tuve que buscar nada, los especímenes iban apareciendo. A lo mejor el instinto, dócil aprendiz, me fue llevando a donde oliera a sangre robada dentro de venas de muerto. Fuese como fuere, nos rastreamos y logramos cada uno el objetivo de nuestra naturaleza, muchas veces opuesta a nuestros afectos, sobrepasando nuestros ideales, burlándose del hecho de ser consecuente al satisfacer su apetito. O quizá se trate de lo contrario a una naturaleza, una artificialidad premeditada por los ideales inconscientes, siempre deseando el extremo, la muerte total en su caso, o la vida infinita en el mío.

***


Casi amanecía y ella ya se hallaba al otro lado de la ciudad, el paisaje mantenía su uniformidad miserable. A pesar del largo recorrido no estaba débil, su último asesinato la había llenado de energía; ésta la sobrepasaba, por eso necesitaba encontrar un sitio antes del alba.

Estaba inquieta, movía las manos dentro del abrigo, aquel era un molesto indicio de remordimiento. Su deseo era alejarse de todo, pero al destino le gustaba contradecirla, poniéndola en el lugar incorrecto en el momento menos indicado. Ella no quería asesinar a nadie, ni siquiera al lerdo pervertido del párroco; deseaba descansar, pero parecía que desde la guerra su misión era acabar con la plaga de la humanidad. Por lo general se mostraba tímida, recatada, como una indefensa damisela incapaz de matar a nadie, pero su batalla interior se transformaba en una carnicería.

***

Pocos perciben qué somos, de hecho puede que usted (sabía que encontraría éste cuadernillo) ya haya sido mordido. Casi ni entre nosotros mismos nos reconocemos, únicamente algunos de los que en esto tenemos más trayectoria podemos hacerlo. Si no hemos muerto succionándonos la sangre unos a otros, ha de ser por casualidad o coincidencia. Sin embargo ella, bien por perspicaz, bien por vieja, me descubrió quizá desde un principio, y decidida continuó con su plan.

***

No sólo disfrutaba andar entre la porquería, llevaba tiempo buscando algo en aquellos antros. Aunque no visualizaba bien las trivialidades, sabía los términos precisos de sus deseos. No cualquiera era digno de saciar su sed, alguien como ella no se satisfacía con lo burdo: su superioridad (bendición y maldición al tiempo) hacía que fuese en extremo perfeccionista y exigente, rayando el límite de la neurosis; y hacía poco se había enterado de que cierta… herramienta por así decirlo, rondaba los guetos vecinos. Ahora sí iba en busca de su objetivo. Ya era hora, no podía soportarlo por más tiempo.

***

¿Acaso era aquel un lugar de transición mientras aguardaba mi llegada? Porque es obvio que me esperaba, de lo contrario no me hubiera dirigido la palabra para pedirme una copa, ella no le hablaba a nadie.

—Yo a usted lo conozco, ¿sabe? —me dijo después de dar las gracias al mesero. Para mí no era extraño esto de que me reconocieran en cada lugar al que entraba pues, desde la llegada de mi padre al país, mi cara, entonces la de un joven de 16 años, ha sido transmitida por televisión e impresa en periódicos, magazines y vallas de publicidad. Y bueno, si no fuera por esto hubiera sido porque en el mundo de los salones de baile, bares y burdeles, mi nombre es muy popular y no demora en llegar a oídos de los nuevos visitantes. Sin embargo, horas después de hablar con ella ambas teorías se derrumbaron. El conocimiento que ella tenía de mí iba más allá de la fama compartida del hijo de un político, o de un navegador de cuerpos jóvenes; apuntaba mucho más adentro. Posiblemente supo que era el único, entre tantos otros rodeándola, que buscaba pares medio muertos.

***

La muerte tomaba diversas formas y la dama parecía conocerlas todas; la guerra era una magnifica mentora y con ella no sólo había aprendido a sobrevivir, sino a tomar en sus manos la vida ajena. Asesinar era un arte y ella, con el tiempo, se convirtió en una maestra. Para cuando la guerra civil terminó era una leyenda: Sus métodos variados (desde ejecuciones rápidas hasta la más sofisticada tortura) y su eficacia eran temidos por enemigos y aliados. Su repentina y misteriosa desaparición no hizo más que aumentar el misticismo en los relatos populares.
El tiempo era ágil pero sabía ocultarse bajo su piel tersa, mencionar su edad se consideraría una broma. Últimamente se la pasaba recorriendo los recovecos más sombríos de su vida: Era lejana la fecha en que suprimió la existencia de su primera víctima, y a pesar de todos los fantasmas que cargaba su conciencia, aquella experiencia no se le borraba de la cabeza, y en esos precisos momentos resurgía con más fuerza…

A los cortos doce años ya conocía toda la capital; no sólo las relucientes y floreadas calles de su barrio en el centro económico, sino extremo a extremo el resto de la urbe. Su madre habría sufrido un ataque si se hubiese enterado que su princesita frecuentaba los arrabales, mas esa idea le agradaba. Vagaba entre los seres que sus conocidos catalogaban como animales rastreros y andrajosos, tomaba sus costumbres, su jerga y vestimentas, se camuflaba, feliz de ser ella misma y no una muñeca de trapo encerrada en su cuarto de cristal en la torre más alta de la alta sociedad.

Su rebeldía, “sin causa” según su plástica familia, aumentaba con los años: a los catorce ya había huido de casa dos veces, se había hecho tres tatuajes y eventualmente consumía ácidos, pero regresaba a su palacio-prisión por el simple hecho de que allí dormía mejor. Así sucedía su vida de antro en antro, mientras sus padres, desde las alturas de un penthouse, se preguntaban por qué su damita de porcelana se convertía en un indigente más.

El incidente que cambiaría su vida para siempre ocurrió un año después. Cumplía “quince primaveras” y su pomposa familia preparó una ostentosa celebración. Millones se gastaron en licores, pasteles, músicos y otras ridiculeces; su madre estaba extasiada, la joven naturalmente detestaba aquello. Una vez más se produjo una pelea y una vez más se largó dando un portazo en las narices de sus ofendidos progenitores.

Esta vez no planeaba regresar, estaba desesperada y más decidida que nunca, no tenía problemas con dormir bajo un puente o comer sobras, eso era lo de menos. Estaba libre, sin la etiqueta ni las porquerías esnobs, y podía ir a donde se le diera la gana. Visitó las cloacas, el cementerio, y se dirigió a la zona de tabernas, dispuesta a engullir unas cuantas cervezas con algo de sus ahorros…

Los rayos matutinos despuntaron atravesando las paredes oxidadas. La joven se llevó las manos a los ojos, no sólo la luz le molestaba. En un gesto desahuciado se dejó caer en la acera: los codos contra las rodillas, las manos soportando más que la cabeza y el cabello cayendo como una cascada de melancolía.

Sentía como su piel se entregaba al holocausto febeo, pero el pasado calcinaba aún más. Recordar… Olvidar… Descansar… Parándose insegura consiguió alcanzar la penumbra de un edificio y se entregó a Morfeo y a su onírico reino en un intento vano de calmar su dolor.

***

¿Cuál es su especie? Es difícil explicarlo. La forma de sorber vino, su excéntrico comportamiento en el salón de baile, el modo en que lleva recogido el pelo, todo me habla de lo mismo, del propósito de una época, su época, no una general sino la historia propia de su universo, labrada durante siglos reales o interiores. Como sea, el resultado es el mismo: un océano turbulento, enteramente habitado, que desemboca en su proyecto de muerte. Nadie lleva a cuestas un siglo tan determinado, ningún monarca es tan dueño de su imperio como ella de su suerte. ¿Quién más que Arjuna justifica una existencia centenaria en la forma de morir? Pensar en su sino me hace sentir ridículo, ¿para qué seguir vivo cuando se está muerto? ¿De qué sirve prolongar esta muerte vivida?

***

Para cuando despertó habían pasado unas diez horas y se halló desorientada. Aunque había descansado, sus sueños no le permitían reponerse del reciente viaje a su verdadera juventud.
Se levantó del cemento sin dejar de apoyarse contra la enmohecida pared, se sacudió el gabán y observó a su alrededor; un viejo albergue le había servido de refugio, mas no recordaba cómo llegó allí.

Ya más consciente, volvieron las imágenes. Revivió el momento exacto en que su destino se había sellado: un mugriento baño de taberna, un viejo obsceno pasado de copas reclamando erradamente una deuda, el resto era historia. El recuerdo era tan vívido que casi podía sentir el cuchillo en la mano y la humedad de la sangre.

Salió sin importarle las ropas bañadas en carmín y chocó contra un joven de expresión sagaz y ropa desgarrada; él la acogió en su “casa”, le dio comida, cama y nuevas ropas, la introdujo al mundo de los mercenarios y se convirtió en su nueva familia.

Hacía años que Aesir había muerto, gracias a la maldita guerra, pero en aquellos momentos su ausencia se hizo más fuerte. No pudo evitar un leve temblor en todo su cuerpo, y al tratar de pasar saliva se percató del nudo en la garganta.

—¡No jodas, deja el drama! —se dijo en voz alta.

***

Siento que el tiempo se suspende mientras escribo esto, viendo su cuerpo tendido, con esa expresión que jamás había tenido en el rostro.

—¿Cuántos años tiene encima? —le pregunté hace unas horas, cuando me pedía sin pronunciar palabra, con sus dientes sujetando un poco la piel de mi cuello, que la dejara perforarla. Me contestó apenas separando la boca para poder hablar.

—Los suficientes para saber que hace mucho burlé las leyes naturales y que no quiero que mi muerte sea decisión de ningún dios.

***

La ironía de la vida la hizo alejarse del lugar en busca de un bar, estaba ausente, caminando entre los pocos locales que seguían abiertos a pesar del toque de queda: su vida pasaba en espiral y nada mejor para calmar su “añoranza” de desgracia que retornar a sus raíces. Se deslizó como un espectro por calles olvidadas; sentía un llamado, se acercaba a su objetivo y percibía que éste le esperaba desde hacía un buen tiempo. Deleitándose con la idea del fin, abrió la puerta: el ambiente bohemio entumeció sus sentidos, mas ella despertó los de los allí presentes. Al momento se dio cuenta de que su organismo clamaba por alcohol.

***

Los ideales no huelen a carne, son secos como una caja de cartón, no palpitan y seducen de forma forzada porque no son bellos, no emanan feromonas, ni siquiera poseen una textura. Los ideales están más muertos que la muerte por el hecho de que nunca han existido, son puro invento humano. Después de todo me pregunto qué es más fuerte, a qué obedecemos, a qué seguimos, qué guía realmente el rumbo de nuestra vida, ¿el deseo?, ¿el instinto?, ¿la razón?

Esta historia, que sigue transcurriendo aunque ella esté muerta, no es una historia de amor, es una historia de la razón, un campo mucho más amplio que el amor, inclusive el amor puede estar incluido dentro de la razón. Esta historia es sobre el reino de la razón derrocado por el animal insaciable que desea y sigue sus instintos. La razón no se da cuenta de su derrota, sigue obnubilada en su trono; el animal no se percata de que se impone y arrasa, sólo intenta atrapar la presa que se le ha escapado.

***

Se percató de su presencia al instante, su aura reptaba esquivando los cuerpos, el sonido de la música, las risas y las voces entusiastas, medio ebrias.

Su intuición le había descrito a alguien totalmente distinto, mas al acercarse se dio cuenta que no había pensado en él como una posibilidad. Lo conocía de antes, pero su imagen comenzaba a ser borrosa. De no ser por su padre, político que durante la guerra se había empeñado en exterminarla, jamás se hubiera fijado en él, que era su pequeño artefacto manipulable. Los imaginaba muertos o peor aún, en una mansión en algún lugar de Europa, pero ¿hallarlo allí? ¿En plena decadencia de país? ¡Jamás! “¡Mierda, eres tú, desgraciado!”, pensó. El hecho de que fuera él quien contenía el elixir, la contrariaba.

Anduvo a paso sereno, se sentó en la barra y esperó ser atendida, anhelando un buen vino tinto… Hacía esfuerzos tratando de disfrazar la trascendencia de aquella casualidad; pronto el impacto del encuentro desembocó en su típica costumbre de irse en una balsa, observando la marea de pensamientos que se movían inundándola, llevándola con ellos a lugares lejanos. Varios hombres se acercaron en distintos momentos, intentando ganar una pieza, esperando algo más. Ella sólo sonrió burlona, hiriendo su ego de machos al rechazarlos. Dejaron de insistir.

Estaban estratégicamente cerca, separados sólo por un hombre obeso que bailaba con una cerveza. Ambos aprovechaban sus vaivenes inconstantes para mirarse con cautela; él cautivado por su extraña e impávida belleza, ella determinando cómo abalanzarse sobre su objetivo.

Decidida se acercó, apretó su hombro y con voz cortés pero dominante, ordenó al cantinero:

—Un vino a cuenta del caballero.

Él no protestó, sólo asintió y pidió que fueran dos. Bebieron en silencio, la copa estaba a la mitad cuando la mujer por fin habló:

—Yo a usted lo conozco ¿sabe?

Zeus - Proyecto Final de los Talleristas

Zeus
Yenny Karonlains Alarcón

De pronto, frenamos en medio de la neblina.

—¡Fuerzas Armadas Revolucionarias de Colombia! ¡BÁJENSE DEL BUS PERO YA!

Los pasajeros nos miramos, no teníamos miedo, a esas alturas del partido el miedo ya no existía, o tal vez no era una opción. No lo sé.

—¡A ver, que la revolución no da espera! —chilló el guerrillero que se había subido al bus para bajarnos. Lo miré feo—. ¡Y usted, qué espera!

Detallé al guerrillo que me gritaba, era un hombre chiquito que se creía grande por cargar un fusil. Se le reflejaba la muerte en las arrugas y el miedo en las piernas enjutas. Sin responder hice el gesto de amarrarme las botas y mientras él continuaba gritando por el bus, deslicé mi carné de la Universidad Nacional debajo del asiento y lo pegué con un chicle. Recibí el infaltable empujón y pronto me encontré en la carretera yerta junto con los demás.

—¡Papeles!

Al escuchar la orden todos alistamos los documentos. Mientras nos revolcaban las maletas y se comían las empanadas que traíamos de Venadillo, el comandante se paró frente a un muchachito de 17 años.

—Este ya está como maduro, ¿no? —dijo a la tropa. Nosotros no reímos, ellos sí–. Tome —el comandante le entregó un fusil al muchacho, que lo recibió confuso—. Le sienta bien.

Ellos rieron de nuevo mientras embutían nuestras cosas en sus maletas. La madre del chico dejó escapar una lágrima silenciosa mientras él miraba asustado a su nuevo “padre revolucionario”. Caminé sin tocar las hojas que se mezclaban con la tierra de la carretera, nadie me escuchó cuando llegué junto al comandante y le puse la mano en el hombro.

—No lo necesita —le dije lo más bajo que pude, él me miró. Sus ojos eran opacos y sombríos como los de todo mortal dormido.

El viento helado de esas montañas se escondió, el soplo del frío se apagó, el nevado de la carretera durmió y el tiempo se detuvo. Sólo un segundo necesité y luego de hacer lo necesario, regresé a mi lugar. Entonces todo giró de nuevo alrededor del mundo mortal.

—Terminamos; nos vamos —ordenó el comandante y le quitó el fusil de las manos al muchacho, que lo miró confundido mientras su madre sonreía.

—¿Y el recluta?

—¡Nos vamos! —gritó el comandante sin entender muy bien su propia orden.

Mientras ellos se alejaban por una trocha, nos subimos al bus y el conductor arrancó lo más rápido que pudo. Empezamos a revisar nuestras maletas, a mí me hacía falta un brasier y dos camisetas, pero era un precio bajo por la paz que iba a sentir cuando por fin llegara a mi pueblo natal, si es que sobrevivíamos a esa maldita carretera llena de neblina y desfiladeros. La verdad es que el camino hacia mi pueblo siempre había estado sembrado de peligros: guerrilla, militares, precipicios de los andes orientales, y por si fuera poco ese día la neblina se hacía densa, por lo que el bus “Rápido Tolima” en el que íbamos se movía cada vez más lento. No iba a soportar más, llevaba muchos años lejos de mi tierra natal como para retrasarme sólo por el clima. Invoqué una ráfaga de viento para disipar la neblina. Era un acto irresponsable, lo sabía, pero pensé que estaba muy lejos de Bogotá y era poco probable que alguien lo notara.

Le quité el chicle a mi carné de la Nacho, me arrellané en el puesto y dormité mientras recordaba mi pueblo. Santa Isabel es un lugar frío como el páramo que vigila, casi siempre en las tardes la neblina se desparrama por su suelo pintándole el rostro de blanco, y si en invierno uno se baña más de tres veces a la semana es suicidio. Tiene una sola calle principal y una plaza que es diminuta comparada con la iglesia. Esa iglesia siempre había sido hermosa, probablemente la copia en miniatura de alguna catedral gótica europea. La gente no había dejado que el ejército la usara de trinchera, y era lo único en el pueblo que conservaba el brillo de lo esplendoroso. Allí se celebraban liturgias de toda clase, desde la misa de domingo hasta suntuosos matrimonios, primeras comuniones y bautizos.

El último año que pasé completo en el pueblo, fue cuando hice tercero de primaria en la escuela en la que enseñaba mi abuelita. Allá me hice amiga de un niño de segundo que se llamaba Emiliano. Los dos éramos vecinos y muy curiosos, así que nos hicimos amigos de una manera muy especial. Quizá demasiado especial, demasiado extraña. Sentí a qué sabía mi corazón, porque se me atoró en la garganta. Yo iba a mi pueblo huyendo de la guerra que me acorralaba, ¿y si esa guerra estaba en Santa Isabel? Me quité la idea de la cabeza. Santa Isabel sólo tiene que soportar una guerra: la de los humanos.

Pensando en eso, no me di cuenta que ya estábamos en la entrada del pueblo y no faltaba mucho para la casa de mis abuelitos. Me alisté con rapidez, no quería que el bus me alejara de mi destino.

Mis abuelos salieron enseguida a mi encuentro. Mi tío llevó las maletas y me di cuenta que nada había cambiado en la casa, ni siquiera el gran reloj de madera ubicado sobre el comedor que daba campanazos a media noche. La verdad nunca entendí por qué mis abuelitos no se despertaban con las campanadas, ni por qué sólo tocaba en la noche y no a mediodía. Mi abuelita me tenía listas unas empanadas y mientras me las devoraba vi la casa de enfrente. Le habían vuelto a pintar la fachada y encima del taller de mecánica había un letrero que decía “El Mago”. Me asusté.

—¿Tiene muchas ganas de verlo?

Mi prima vivía con mis abuelos desde que la mamá la había abandonado, era como una hermana más y fue la que notó que yo miraba la casa de Emiliano.

—¿Tienen un taller? —pregunté con la boca llena de empanada.

—Sí, desde principios del año pasado.

—El Mago.

—Sí, por lo del papá ¿se acuerda?

Tragué. Claro que me acordaba. La empanada estaba deliciosa.

—Ahora a don Emiliano le dio por aprender a tocar el acordeón —mi prima hizo cara de preocupación—, si viera los conciertos que nos da por la mañanas.

Me reí con la boca llena. Mi abuelita ni siquiera soportaba el canto del gallo de la vecina y ahora tenía que aguantarse el concierto diario.

—Mírelo, ahí está.

Señaló con la boca hacia el taller, ahí estaba un muchacho que yo no reconocí por más que quise, cruzado de brazos en espera de un saludo mío. Supuse que yo no había cambiado mucho ya que al parecer él sí podía reconocerme.

—Está muy guapo, ¿no? —dijo mi prima con picardía.

No respondí, sólo dejé la empanada en la mesa y me paré dispuesta a ir a la casa de enfrente.

—EL CHOCOLATE SE LE ENFRÍA.

El grito premonitorio de mi abuelita me detuvo en seco, me devolví y una sonrisa socarrona se le pintó a mi prima.

—Y ahora, ¿qué va a hacer?

No le respondí porque estaba ocupada soplando mi chocolate, además no había ningún problema, entre Emiliano y yo las palabras siempre habían sobrado. Seguramente él esperaba lo mismo que yo: que llegara la noche para vernos en el mismo lugar donde nos habíamos conocido doce años atrás.

Era tal lo recordaba, con un sendero rodeado de flores que lo cruzaba por la mitad. Como siempre, la neblina cubría el suelo y las puntas de las cruces blancas se veían por todos lados. Los pequeños arbustos del fondo ahora eran grandes árboles y en la derecha no había pared sino una cerca de alambre para que los burros no se entraran. Al frente sobre la fachada, una imagen tallada de María consolaba almas en el purgatorio. El cementerio de mi pueblo era bonito y además estaba intacto, yo solía pasear en ese lugar cuando niña. Me escapaba a escondidas, y para evitar que me vieran caminaba sobre los techos de las casas hasta llegar allá.

Una noche estaba en la cúpula negra que se elevaba unos metros sobre el suelo cuando escuché unos ruidos. Con curiosidad me asomé a mirar y vi a un niño rezando frente a uno de los osarios.

—Hola —dije interrumpiéndole la retahíla divina.

Levantó el rostro y me miró unos cuantos segundos antes de salir como alma que lleva el diablo.
Al otro día mi abuelita me obligó a ir a misa y ahí estaba yo, sentada en primera fila con mi primoroso y molesto vestidito blanco, cuando vi entrar al mismo niño de la noche anterior. Era acólito. No necesitamos decirnos nada, desde ese día entre nosotros las palabras sobraron. Al terminar la misa lo esperé afuera para encontrarnos “casualmente”.

Ahora era él el que me esperaba a mí en esa cúpula negra que tantos secretos nos había escuchado.

—Hola —dije sin más.

Su cabello negro y lacio se agitó cuando volteó a mirarme.

—¿Cómo has estado, qué tal el viaje? —me preguntó ansioso.

—Perfecto, como todo lo mío.

—Modestia aparte, ¿no?

Por toda respuesta me encogí de hombros como una mujer de la gran ciudad. Él sonrió un poco al reconocerse como un muchacho pueblerino.

—Nunca has sido muy humilde.

Me quedé mirando hacia las luces del campamento de alta montaña del ejército. En silencio, ambos pensábamos en lo mismo.

Ese día después de la misa, él me vio con ese vestidito y el rosario en la mano y creyó que yo era una fiel católica. Me saludó con alegría y luego me preguntó qué iba a hacer. “Rezar en la casa de don Ariel.” Miré el rosario en mi mano, para mí no había cosa más aburrida que tener que irme los domingos a rezar a las casas donde supuestamente llegaban las brujas, sobre todo porque yo sabía que esas mentadas brujas no existían.

—Y usted, ¿qué va a hacer? —dije tratando de olvidarme de mi tortuoso futuro próximo.

—Tengo que ordenar las cosas para la misa de doce. Si quiere, luego la acompaño en el rosario donde don Ariel.

—NO —hablé tan enérgicamente que él se sobresaltó—, no me gusta que nadie me acompañe.

—¿Por qué?

Me puse un poco roja, lo que combinaba con el maldito vestidito.

—Tendría que compartir —le dije apenada.

Él me miró y se rió de mí, no necesitó nada más para entender que yo no era católica de corazón sino más bien de estómago. Es que en el pueblo se acostumbraba dar comida a los que rezaban los rosarios. Ese era mi único consuelo.

—De todas maneras que le vaya bien espantando esas brujas que caminan sobre los tejados para llegar al cementerio.

Esta vez fui yo la que reí, entendí por qué a veces me tocaba rezar rosarios en casas por las que yo no caminaba. Él sabía llegar de la misma manera al mismo lugar.

—Aquí está —la mano de mi abuelita me separó de él y me volteó hacia una de las profesoras de la escuela—. Esta es mi nieta.

La profesora se agachó y al verme con el rosario cometió el mismo error de Emiliano.

—¡Pero qué bello angelito!

Alabó a mi abuelita como si ella hubiera sido mi creadora y siguieron hablando en las alturas de los adultos. Emiliano se acercó con una cautela que yo no entendí.

—Los ángeles que caminan sobre la Tierra son ángeles caídos —me explicó antes de irse a la sacristía.

Esa frase me enseñó a amar mi vestidito blanco y a reconciliarme con el rosario de la abuela.

—¿Sigues sin ser creyente? —me preguntó mirando también hacia el campamento.

—Yo siempre he creído en Dios, en lo que no creo es en tu iglesia.

—No es mi iglesia —me replicó llegando a mi lado—, una mujer inteligente como tú debería saber que hay más cosas entre el cielo y la Tierra de las que podemos ver.

Me asusté, ¿sabía la verdad? No, era poco probable.

—Te lo repito, yo creo pero me niego a creer en Jehová, Dios de los ejércitos.

Lo miré directo a los ojos, por alguna razón recordé una vieja ronda infantil que cantábamos, él empezó a tararearla.

—Mi abuelita nunca me prohibió jugar contigo.

Dejó de tatarear para recordar.

—Sí, pero tampoco le gustaba que estuvieras conmigo.

Era verdad, mi abuelita nunca me había prohibido la amistad con Emiliano pero trataba de que yo no me viera con él. Me inscribía a cuanto curso y taller dictaban en el pueblo para mantenerme ocupada, pero “misteriosamente” la mamá de él lo metía en los mismos cursos y talleres. Así que terminamos estando juntos siempre, para arriba y para abajo.

La gente decía que si Emiliano no se ordenaba como sacerdote yo sería la mejor esposa que podría conseguir. Creo que eso era lo que más le molestaba a mi abuelita y también creo que esa fue la verdadera razón por la que fui enviada a Bogotá cuando mis curvas empezaron a pronunciarse.

Él y yo estábamos muy cerca, podía sentir su aliento de sábila. A pesar de la creencia general nunca habíamos tenido nada más que una amistad. Le acaricié el cabello liso, un cabello precioso, casi divino. Se me hizo un nudo en la garganta al recordar lo que había encontrado en Bogotá, lo que estaba tratando de dejar atrás. Quería hablar con él, contarle toda la mierda que inunda este mundo, enseñarle a protegerse, cuidarlo… Pero no podía, no sin antes romper su fe de católico. Un resplandor brilló en la zona de los mausoleos, un brillo mortecino y verdoso que daba asco y que distrajo mi mirada, alejándola de los cabellos de Emiliano.

—¿Qué es eso? —me pregunté, llamando la atención de él sobre el fenómeno—. ¡Vamos a ver! —ordené mientras lo cogía de la mano y lo obligaba a ponerse de pie.

En el piso de un mausoleo y en medio de la neblina, brillaba una extraña sustancia verde a la luz de la luna menguante; parecía señalar un camino. El cementerio estaba un poco hundido del lado derecho y las todas las cruces estaban hechas añicos. Agarrados uno del otro seguimos el sendero marcado, el frío se estaba haciendo insoportable hasta que por fin llegamos a otro mausoleo cuyos barrotes estaban corroídos por algún ácido verdoso. Nuestra intuición nos decía que dejáramos las cosas así, pero como a buenos adolescentes nos ganó la curiosidad frente al sentido común y entramos al sepulcro. En el centro había un gran agujero hecho de adentro hacia fuera, que dejaba al descubierto dos ataúdes con su mortuorio contenido. Caminamos con cuidado por el borde hasta llegar a la lápida y mi amigo se agachó para retirar la tierra que cubría el nombre. Fue entonces que la neblina me impidió ver el camino, di un paso en falso, perdí el equilibrio y caí dentro del hueco. Por fortuna mi golpe fue amortiguado por la tierra.

—¿Estas bien? —me gritó asustado desde arriba.

—Sí —contesté mientras me sacudía la tierra y miraba alrededor.

—Espera un poco, voy por una cuerda para sacarte.

—Ay no, no me vas a dejar sola en esta tumba.

—Y entonces, ¿cómo le hago para sacarte?

Torcí la boca.

—Muy bien, pero ve rápido.

Vi cómo una sombra se deslizaba en medio de la neblina hacia la puerta. Al quedarme sola sentí miedo y cerré los ojos. Creí ver fantasmales figuras que alargaban sus dedos esqueléticos hacia mi. Abrí los ojos, era mejor ver aunque fuera en la oscuridad y en una tumba. Ahí no hacia frío ni había neblina, si uno enfocaba bien podía distinguir dos ataúdes, uno de ellos roto. A pesar del grotesco espectáculo no tenía asco, al contrario, sentía una macabra curiosidad que me incitaba a ver qué había dentro. Guiada por aquel oscuro sentimiento fui hacia el féretro, dentro estaban los restos putrefactos de un hombre: sus huesos aún conservaban carne podrida y algunos pedazos de tela, todo estaba cubierto de gusanos, aún las manos cortadas y el cuello sin cabeza.

Impactada me agaché sobre el ataúd, por alguna razón me encontraba presa de una extraña mezcla de miedo y emoción, quería tocar los restos y estiré la mano derecha con mucho cuidado, los dedos ya casi rozaban el asqueroso cadáver cuando empecé a escuchar algo: primero suave pero constante, luego fue aumentando. Algo latía con fuerza y precisión. Me acerqué al otro ataúd que aun se encontraba sellado, el sonido era persistente, taladrante; así debía sentir mi abuelita los conciertos de acordeón de don Emiliano: espeluznantes. Quise levantar la tapa y haciendo acopio de todas mis paupérrimas fuerzas lo hice. Sin esperar miré adentro del ataúd y casi me orino del susto. El cuerpo sin corromper de una mujer llenaba por completo el féretro, estaba tan rozagante y viva que parecía que era su propio corazón el que latía, es más, era su corazón el que latía.

Quedé helada, seguramente esa mujer era… no, ella no podía ser eso o su corazón no latiría, era una pobre desafortunada que había sido enterrada viva y cuyos brazos cruzados sobre el pecho vibraban, latían junto con su corazón. ¡Claro! Una idea muy sensata si no fuera porque la muerta en cuestión me estaba mirando. Yo no podía moverme, tenía miedo, un miedo insondable como no había sentido en años; ella tenía agarrado un libro, el latido era cada vez más fuerte, persistente. Sin saber bien lo que hacia me agaché para coger el libro. El latir, ese odioso ruido penetraba en mi carne, erizaba mi piel. Ella tenía bien cogido el libro, lo halé fuerte, fuerte el latido que me hacía halar, fuerte el corazón que me decía que me lo llevara, fuertes ojos de muerte que me incitaban. Fuerte halé, imprimí tanta fuerza en el jalón que le arranque los brazos a la mujer que me miraba.

El persistente latido cesó su canción sibilina.

—¿Donde estas? —era la voz de Emiliano que me devolvía a la realidad.

Me lanzó una cuerda. Apreté el libro y subí con su ayuda. Él pareció horrorizarse con la idea de que hubiera sacado un libro de la tumba. Le rapé una linterna que traía en la mano e iluminé el libro, me quede sin aliento al leer el titulo.

—¿Qué sucede? —preguntó preocupado al ver lo pálida que me puse.

—Es el Necronomicón, un libro de magia negra tan poderosa que sólo leerlo en voz alta podría provocar la destrucción del mundo conocido.

Instintivamente se echó la bendición y al hacerlo el latido empezó de nuevo, esta vez el libro se movía periódicamente conjugando sus movimientos con el sonido. Latía, el libro estaba latiendo, Emiliano me miró asustado y apreté el Necronomicón contra mi pecho en un desesperado intento por apagar el ruido. Entonces escuchamos el más horrendo grito de dolor humano. Sin siquiera hablarnos, salimos corriendo hacia el lugar de donde había llegado el grito, todo el camino estaba cubierto de esa asquerosa sustancia verdosa que se pegaba a nuestros zapatos y que desapareció cuando llegamos frente a la casa de Sara, vecina de mi abuelita. Nos quedamos parados, uno al lado del otro tiritando de frío y mirando hacia la casa. Había un olor nauseabundo, a cerdo quemado. Levanté la mirada, el cielo estaba vacío, ni una estrella asomaba en la negrura de la noche y la luna estaba de un color amarillo.

—El solsticio —murmuré. Luego le hablé mirándolo a los ojos—. Hay algo dentro de la casa de Sara.

No me reprochó, de seguro él también había sentido la presencia.

—¿Qué hace aquí? —pregunté más para mi misma que para Emiliano.

—Está buscando el libro.

La seguridad con la que me respondió me asustó. Ahí estaba de nuevo eso que me estremecía, que me alejaba de él.

—¿Cómo lo sabes?

Siguió sintiendo la macabra presencia en la casa de Sara.

—Tú no alcanzaste a leer porque te caíste pero yo si, el nombre familiar en el mausoleo era el de Sara.

Ahora entendía, estaban buscando el Necronomicón y por alguna loca razón el libro había terminado en mi pueblo. Santa Isabel no me libraría de la guerra de la que yo huía.

—No podemos darles el libro.

La neblina a nuestros pies se hacia más densa, el frío más insoportable. El reloj místico de mi abuelita dio sus doce campanadas.

—Tú entiendes algo que yo no, ¿verdad?

Él me estaba mirando fijamente, sus ojos brillaban.

—Tengo que explicártelo luego.

—Entonces vamos.

—¿A dónde?

—Al único lugar seguro de este pueblo.

Sin esperarme salió corriendo calle arriba. Al quedar sola me estremecí, la imagen de Sara descuartizada me vino a la mente, William su hijo estaba tirado en la sala con la garganta abierta de lado a lado y en el último rincón de la casa la otra hija, Ivón, suplicaba clemencia. Cerré los ojos para calmarme, ahora ya no podía hacer nada más que alejar el Necronomicón de ellos. Salí corriendo detrás de Emiliano por la calle que conducía al centro del pueblo, las calzadas de Santa Isabel son muy empinadas y no estaba en la mejor forma física así que con tremendo esfuerzo y gran ruido alcancé a mi amigo. Alguien se hubiera asomado pero nada vivía en ese pueblo a esas alturas de la noche. Por fin nos detuvimos en la plaza del pueblo.

—Ahí —señaló con gran entusiasmo la iglesia—, ahí nos esconderemos.

Me crucé de brazos y empecé a hablar.

—Mmm, la iglesia es un buen lugar para esconderse, ¿pero y qué? ¿Cómo entramos? ¿Tienes un cable de titanio escondido en el cinturón para incrustarlo en la pared, escalamos y luego desde el campanario damos un triple salto mortal para caer en el atrio?

Él ni siquiera se dignó mirarme, siguió caminando mientras hablaba.

—Pues si quieres haz eso, no me opongo. Pero lo que soy yo, entro por la puerta.

Sacó unas llaves y se dirigió a la sacristía.

—¡Ah! —exclamé sin más. Algo como eso deja sin sarcasmo a cualquiera.

Sonó un campanazo.

—Es imposible —dije—, cuando estábamos en la casa era la medianoche y eso no hace ni veinte minutos—. Emiliano miró su reloj de pulso.

—Pues es la una de la mañana, ¿no ha pasado ya el tal sortilegio ese?

—Solsticio —corregí mirando al cielo—. Creo que no ha terminado, la luna sigue anaranjada.

Para ese momento ya habíamos entrado en la iglesia y estábamos en el atrio.

—Bueno, ahora sí cuéntamelo todo.

Se sentó en las escaleras y puse el libro a sus pies, caminé en medio de la iglesia y mis pasos resonaron por el lugar mientras contemplaba las santas imágenes.

—No estoy segura, pero creo que nos está persiguiendo Ismash-Mo, el sumo sacerdote de Gathanothoa, un oscuro diablo-dios al cual se le rendía culto en una tierra más antigua que la Atlántida, llamada Mu —parecía que me creía, como si entendiera más allá de mis palabras—. Según una leyenda Gathanothoa le otorgó grandes poderes, entre ellos la inmortalidad.

—Quieres decir que ese tal Moc…, ¿nos perseguirá para siempre?

—No, bueno eso creo, sus poderes sólo sirven cuando se le rinde culto a su dios, necesita energía que obtiene de la adoración humana, pero para crear un culto primero necesita despertar a su señor que se encuentra atado a las aguas abismales que surcan el infierno.

—¿Viste? Sí crees.

Le sonreí indulgentemente, no era tan astuto como él mismo se creía.

—No, no es el infierno católico, es el infierno de los dioses.

—¿¡Dioses!?

—Lo siento chico, pero en este mundo no hay un dios único —me senté en las escaleras junto al Necronomicón—. Existe un autor muy esotérico que era un gran iniciado en las ciencias ocultas, un hombre…

—Un brujo —me interrumpió.

—Claro que no, un hombre de sabios poderes e inteligencia mística llamado Lovecraft. Él escribió unos tratados de magia de los cuales yo aprendí.

—Ajá, y eso te convirtió en bruja.

—¡No soy bruja! —chillé defendiéndome—, soy una iniciada.

—Sí —me acercó la cara muy cerquitica— y yo tengo el poder para exorcizarte.

Me paré quitándome su molesta y preciosa cara del frente.

—¡No necesito un exorcismo!

Se sentó en mi puesto y cogió el libro.

—Como quieras, sígueme contando de ese mocachino.

Se corrió cediéndome el pedazo de escalera, siempre había sido caballeroso y no tenía intención de dejarme de pie.

—Pues verás, Gathanothoa era un diablo-dios dejado aquí por visitantes de otros planetas, se decía que nadie podía ver al diablo-dios, ni siquiera una imagen de él ya que quedaría convertido en piedra, pero su mente seguiría viva, atrapada en la estatua, conciente a través del tiempo, sufriendo todos los horrores de su encarcelamiento. Un sacerdote de otro dios escribió un hechizo con el que se libraría de los maleficios de Gathanothoa, pero por envidias el escrito fue robado y se perdió a través del tiempo. Cuando los mares sumergieron a la tierra de Mu, el pergamino fue pasando de civilización en civilización hasta que los primeros egipcios lo escribieron en el Necronomicón.

—Pero si el escrito es de esa tierra y recopilada por egipcios, ¿por qué esas letras nos son jeroglíficos?

—Muy fácil. El Necronomicón al principio era una compilación de hechizos sin mucho valor, pero después varios seres malignos colocaron en él escrituras muy poderosas y restringidas para los mortales, así que el libro en un principio es egipcio, después se pierde en varios lugares. Dentro hay varios idiomas escritos, no se cuantos ni cuales pero supongo que muchos. El libro fue sellado, la portada se supone que está escrita en sánscrito, un idioma muy antiguo, sólo alguien que pueda leer correctamente la portada puede abrir el libro.

—¿Tú sabes leer el sánscrito?

—No tengo ni idea de eso.

En ese momento un resplandor llenó la iglesia seguido de un ensordecedor trueno, se desató una furiosa tormenta.

—Típico —opiné mientras me sentaba otra vez, me le arrunché a Emiliano, estaba haciendo mucho frío, ese frío penetrante que precede al mortecino amanecer.

—Siempre pasa en las películas de terror, llueve —anotó él distraídamente.

—El poder es muy tentador… —dije mientras tenía la mirada fija en el libro.

—Hay que rechazar la tentación —terminó tajante.

Me sentí un poco avergonzada, traté de decir algo pero unos golpes en la puerta nos sorprendieron, ambos saltamos del susto mientras apretaba el libro contra mi pecho.

—¿Quien será? —preguntó Emiliano.

—No lo sé, pero no creo que Ismash-Mo toque la puerta.

—Tienes razón, talvez sea un viajero.

—¿Abrimos…?

Emiliano se encogió de hombros. Se dirigió a la puerta y mientras tanto me puse de pie, desde el atrio pude ver como un hombre totalmente emparamado de pies a cabeza entraba; parecía normal con jeans azules, de tez blanca con facciones muy finas. Habló un poco con mi amigo y luego siguió caminando por el centro hacia mí, mientras Emiliano cerraba la pesada puerta de madera. Sonrió y con voz dulce me saludó.

—Hola, soy Judas de la vereda de la Rica. Perdí el bus de cinco así que me quede atrapado en el pueblo —se puso enfrente de mí, tembló—. Esta haciendo mucho frío afuera —miró el libro—. ¿Qué es eso?

—Un libro.

—Se ve raro, ¿me lo dejas ver?

No vi ningún problema en dejarlo curiosear un poco. Era muy guapo.

—Oiga —Emiliano interrumpió antes que tocara el Necronomicón—. ¿Cómo llegó al pueblo? Afuera no hay carro ni caballo, y en la madrugada de Santa Isabel hace mucho frío como para ponerse a caminar.

—Pues… —Judas se quedó pensativo, enseguida empecé a retroceder— Vaya un pequeño detalle.
Sus ojos se volvieron de un azul muy claro y una fuerte ráfaga de viento atravesó la iglesia, Emiliano salió despedido y fue a estrellarse contra una pared. Judas volteo hacia mí y un relámpago iluminó todo el lugar.

—Ismash-Mo —afirmé totalmente sorprendida.

Metió las manos en los bolsillos de su Jean y empezó a caminar hacia mí.

—¿Me creías diferente?

Me crucé de brazos, burlona.

—Pues la verdad, para ser sacerdote de Gathanothoa, deja mucho que desear.

—No blasfemes, pequeña.

Por puro instinto salté a un lado mientras se levantaba una ráfaga de viento hacía mi, el suelo quedó hecho añicos. Sin perder tiempo corrí hacia la puerta que había a un lado del atrio y cuando ya estaba a punto de llegar, él apareció frente a mí con una sonrisa irónica dibujada en el rostro. Alzó su mano mientras yo retrocedía, tropecé con mis propios pies y caí. Él quedó de pie sonriendo frente a mí.

—Entrégame el Necronomicón y te daré poder, a ti y a tu amigo. Poder como jamás han soñado.

—¡No! —le grité histérica.

—¿Te atreves a desafiarme, pequeña?

—¡No le daré el libro!

Giró la mano en el aire y una maléfica luz azulosa se dirigió hacia mí, apretujé aún más el libro y el golpe pasó a través de mí sin siquiera tocarme. Me incorporé con aire de triunfo.

—Entiendo, no puede tomar las pertenencias de los humanos.

Ismash-Mo frunció el ceño.

—No, no puedo tener el Necronomicón a menos que un humano me lo entregue por su propia cuenta. Cuando tenga el libro Gathanothoa, mi dios, resucitará y con él mi grandioso poder. Así que dámelo y te doy mi palabra de que tendrás mi protección, tú y tu familia.

Lo miré desafiante y salí corriendo en medio de las sillas hacia la puerta que Emiliano no había tenido tiempo suficiente de cerrar. Un nuevo relámpago iluminó la iglesia mientras las puertas se cerraron, volteé a ver a Ismash-Mo que estaba en medio del atrio. La tormenta arremetió más fuerte y un rayo iluminó su imagen blasfema, acto seguido un trueno resonó como si fuera una irónica carcajada universal.

—Tu dios es muy débil —empezó a bajar del atrio—, jamás derrotará al mío.

—No es mi dios.

—El tuyo talvez no —desapareció y su voz resonó al lado de Emiliano—, pero el de él sí.

En un segundo comprendí, no era el libro el que me protegía sino mi falta de fe, si no tenía dios un sacerdote divino como Ismash-Mo no podía tocarme.

—No puedo hacerte daño pero, a él sí.

La misma ráfaga azulosa se pintó en sus manos.

—¡No! —grité—, no le haga nada, le daré el libro, no lo toque.

Bajó las manos y empecé a acercarme lentamente, tuve un pensamiento que no me atreví a pensar. Él podía leer mi mente, pero la unión entre mi amigo y yo era más fuerte.

—No —le dije a Ismash-Mo—, no le daré el Necronomicón.

Sin decir nada convocó su poder de nuevo y lo descargó sobre el cuerpo de mi amigo, en cuestión de segundos le lancé el libro a Emiliano por el piso, lo tomó entre sus brazos y el poder rebotó contra un escudo invisible. Como lo supuse, Emiliano creía en mí y su fe era lo suficientemente fuerte para protegerlo, pero ese poder de protección sólo se activaba si portaba el Necronomicón. Ismash-Mo me miró furioso y el destello azul nuevamente apareció en su mano, Emiliano se levantó y por mero instinto saltó hacia mí. Lo empujé antes de que pudiera tocarme, mientras tanto el sacerdote lanzaba su poder. Como antes, el golpe de Ismash-Mo pasó a través mío sin tocarme, Emiliano me miró confundido.

—No te puede tocar.

—Ella no tiene un dios al cual servir. En cambio tu sí.

Algo en Emiliano se quebró, abrazó el Necronomicón cayendo de rodillas en el suelo y no quiso levantarse. Mi amigo titubeó en su fe e Ismash-Mo lo notó, caminó hacia él pero entonces yo corrí para llegar antes.

—Mírame Emiliano —lo cogí por el cuello de la camisa—, este no es momento para perder tu fe.
Él levantó el rostro, sus ojos se estaban nublando, se estaba yendo. El Necronomicón se lo llevaba.

—Escúchame, ¡escúchame! —mi voz resonó por la iglesia, estaba tratando de hablar más fuerte que la tormenta—. Emiliano, tu dios existe, existen otros pero el tuyo es muy importante —él estaba tirado, sin fuerzas. Su mismo ser se estaba perdiendo en el infierno de los dioses—. Jehová es el que manda —dije desesperada, entonces él me miró y yo tuve esperanza.

—Mientes —me acusó con el aliento que le quedaba, cayó al suelo sin soltar el libro y yo lo sostuve en mis brazos.

—Qué pena —Ismash-Mo estaba parado frente a nosotros—, creo que el pequeño ya no puede defenderse. No sin su fe. Ya sabemos quién va a morir.

Miré a mi amigo en mis brazos, su brillo se había apagado, su fe se había ido.

—Emiliano, Emiliano —le susurré al oído— tu dios existe, es el dios más importante del panteón.

Él aferró aun más el Necronomicón, Ismash-Mo estaba demorando su poder, disfrutaba el momento como sólo sabe hacerlo un inmortal. Emiliano me miró con sus nuevos ojos de mortal dormido.

—Sabes que mientes —me dijo sonriéndome.

El brillo en la mano de Ismash-mo empezó a concentrarse, quedaba poco tiempo. Entonces decidí que para que Emiliano volviera a creer yo debía creer con él.

—Dios es el más grande.

Una chispa que se había apagado siglos atrás revivió. Un fulgor relampagueante que quemó mi poder de hechicera.

—¿En verdad lo crees? —sus ojos despertaron y los míos durmieron.

—Claro que sí.

El azul de Ismash-mo empezó a rodearnos, había un escudo invisible que protegía a Emiliano pero yo sentí como el dios del sacerdote me quemaba, sentí la respiración agitada de mi amigo al ver lo que sucedía. El resplandor se iba haciendo más grande, más envolvente, el calor era el calor del infierno, era mi castigo por no servir a Jehová como manda la iglesia. Sentí latir mi propio corazón al arrepentirme de todos mis pecados. Renegué del poder maldito de hechicera que me había marcado como una maldita de mi Señor. El calor derritió mi piel y mis músculos. Mis entrañas se retorcieron por el dolor pero cualquier cosa que hiciera ese hombre no iba a ser nada comparada con la gloria de mi Dios. Mi piel cayó y mi sangre hirvió. No me importó, me agité, el dolor, el dolor incesante… No me afectaba morir, ahora estaba en la gracia del Señor y si Dios está conmigo, ¿quién contra mí?...

—Señorita, señorita ya llegamos.

Abrí los ojos, estaba en el parqueadero del Rápido Tolima.

—¿Esta bien? —me preguntó el ayudante que me había despertado.

—Sí, sí, sólo un poco adormecida.

—Ya nos bajamos —gritó el conductor desde adelante.

Me levanté y un libro cayó de mi regazo, lo recogí, era “Los mitos de Cthulhu” de Howard P. Lovecraft. Al parecer leer tantas bobadas me estaba enloqueciendo. Sonreí mientras me bajaba del bus, me había dormido después del retén, qué vergüenza. Recogí mis maletas y empecé a bajar por la avenida principal del pueblo, todo el mundo me miraba, el paradero estaba al otro lado de la casa de mi abuelita, así que me veía como una tonta arrastrando dos maletotas en medio de las calles. Después de un gran esfuerzo llegué a la esquina de mi cuadra. Era tal como recordaba: la tienda de la esquina donde vendían las arepas más ricas que había probado en la vida y la biblioteca de cien volúmenes al otro lado. Dejé un momento las maletas en el piso para tomar un respiro antes de bajar la última calle empinada.

Me senté en una acera a sobarme una mano cuando vi como toda la gente corría desesperada y las puertas siempre abiertas de las casas se cerraban de golpe. Pensé que estaba soñando otra vez, así que muy oronda me dediqué a mirar mientras la gente corría pueblo arriba. Nadie parecía determinarme, mirando divisé a unos encapuchados por los lados del cementerio, supe quienes eran y se me enfrió el corazón, me asusté de verdad. No supe qué hacer. Mi casa aún estaba lejos, pero creí que lo mejor era correr hacia allá y dejar las maletas tiradas, me levanté e iba cuesta abajo cuando un chico me tomó del brazo y de un jalón me obligó a cambiar de rumbo hacia arriba. No dije nada, él era igual que en mi sueño. Seguimos corriendo y llegamos a la calle próxima a la plaza.

—Doris, Doris, espere —gritó él alterado.

Me metió a la fuerza a un almacén que se llamaba Dori'sport, y allí seguimos corriendo hasta el baño, entramos y cerró con fuerza.

—¿Que demonios está pasando? —pregunté sin saludar.

—Es una toma guerrillera.

Bajó la tapa de la taza del baño y se sentó. Acaricie su cabello negro.

—¿Cómo has estado?

—Como ves, corriendo.

Lo miré fijamente, en sus ojos había algo oscuro, algo negro pero no opaco. Presentí que algo en él había muerto hacia mucho tiempo.

—¿Qué tal el viaje? ¿Por qué bajabas desde allá?

—Me dormí.

Sonrió de medio lado.

—Despistada.

Los tiros empezaron a resonar, temblé de miedo y él se levantó y me abrazó.

—Tranquila —más ráfagas afuera—, pronto pasará.

Le devolví el abrazo y sin querer, sin saber por qué, empecé a llorar. Él me acarició el cabello en silencio sin soltarme mientras yo lloraba, empecé a sentir el miedo del pueblo, el clamor de los niños, el susto de los abuelos; sentí la suplica del suelo. Mi poder de hechicera no me abandonaba aunque yo así lo quisiera. Haciendo acopio de todas mis fuerzas pude apagar el murmullo del mundo dolido y por fin logré calmarme, con suavidad me separé de él.

—¿A todas estas, por qué estamos en el baño? —pregunté mientras me secaba las lágrimas. De nuevo sonrió de medio lado.

—¿No lo has notado? Toda la casa es de madera excepto este cuarto. Estamos aquí porque si hay balas perdidas el cemento las puede detener, la madera no.

Miré a mí alrededor, lo último que se me hubiera ocurrido en una toma era meterme al baño. Pensé en mis abuelos, su casa también era de madera.

—Tienes razón. ¿Y qué se hace en medio de una toma guerrillera?

Él me miro fijamente, casi con desprecio. Yo sólo trataba de olvidar el murmullo del dolor pueblerino en mi mente.

—Nada, esperar a que se vayan y dejen los muertos.

Suspiré, esa no era la mejor situación para un hermoso reencuentro entre amigos. Me senté en la baranda que separaba la taza de la ducha, me apoye en un codo y me embebí mirando el pueblo a través de la pequeña ventana reflejada en el espejo. Menos mal que ese lugar era mi salvación, mi refugio. Él también estaba callado, sentado en la taza. Sin palabras. Las ráfagas afuera se escuchaban muy fuerte, no podía evitar temblar. Era una sensación horrible. Por las calles del pueblo corrían unas mujeres desesperadas.

—¿Por qué esas señoras están afuera? —pregunté inocentemente. De un salto se puso de pie y miró por la ventanita.

—Son las esposas de los policías —dijo asustado—. Tal vez la guerrilla las está persiguiendo.

—¿Por qué? Es cierto que todos los policías son unos hijos de puta, pero esas mujeres no tienen la culpa de tener tan malos gustos.

—La guerrilla a veces asesina o secuestra a las esposas con sus hijos para obligarlos a desertar de las fuerzas. Así diezman al enemigo.

No respondí, ¿cómo responder a eso? Se apoyó en el lavamanos y miró con atención. También me asomé por la ventana, las balas silbaban y el pueblo moría. Una de las mujeres estaba acurrucada en el andén sosteniendo un bebé que lloraba, lo tapaba y acunaba tratando de calmarlo.

—Vamos a ayudarlas —dijo enternecido.

—¿En medio de esta balacera?

Se volteó a mirarme, me miró con desprecio; con odio me atrevería a decir.

—Cobarde —soltó por fin mientras abría la puerta y salía.

Con la puerta abierta el ruido de las balas era más nítido, más tangible. Se escuchaban las voces de los combatientes.

—Oye no, espera —salí corriendo detrás de él sin escuchar el murmullo de la vidamuerte. Lo alcancé mientras bajaba las escaleras.

—¿Qué te pasa? ¿Te enloqueciste? ¿Se murieron tus papás? ¿Tienes un trauma o qué? No es manera de comportarte —le dije apenas lo alcancé.

—Cuando supe que venías pensé que me ibas a ayudar pero no, eres de ellos.

Me indigné.

—¡No me digas guerrillera! —grité.

Me agarró del antebrazo y me sacudió.

—No grites que nos pueden escuchar. Voy a ir y eso a ti no te importa —hizo una pausa y me observó fijamente, como tratando de encontrar algo—, y no te estoy diciendo guerrillera sino fenómeno.

Me soltó, abrió la puerta a la calle y sin más se fue yendo. Me quedé atónita, afuera las balas silbaban, mi corazón latía muy fuerte pero no tenía miedo, ya había aprendido a no temer las armas humanas. Salí detrás de él hasta alcanzarlo.

—Voy contigo, estás loco y necesitas de alguien cuerdo.

No dijo nada, sólo siguió mientras lo acompañaba, caminamos pegados a las paredes y lo más agachados posible, dimos un rodeo por detrás de la calle principal y nos quedamos en una cuneta. Las balas aún se escuchaban pero un poco más lejos.

—Los guerrilleros están ocupados con el cuartel que queda abajo, mientras tanto podemos ayudar a esconder a las señoras para que no las encuentren.

—¿Y qué pasa si nos pillan?

—Pues nada —se encogió de hombros—, nos matan y ya. En la toma pasada cogieron a dos esposas y tres niños, los reunieron con los policías que sobrevivieron y unos soldados que habían cogido por la carretera, los llevaron a la cancha de tejo y delante de todo el mundo los mataron. Fue una masacre y nadie hizo nada. En represaría el ejercito violó a las campesinas de la Yuca y mató a sus hijos, sólo porque los guerrilleros los habían obligado a darles comida. No voy a dejar que algo así vuelva a pasar, que se maten entre ellos vaya y venga, pero que no se metan con nosotros.

Lo miré, estaba llorando, nunca había escuchado eso. En los pueblos la guerra colombiana tenía un matiz diferente que en la gran capital.

—Tenemos que reunirlas y luego las llevamos a un lugar seguro.

—¿Y a qué lugar?

—La iglesia, la iglesia es buen lugar.

Me puse de pie.

—Oye, ¿qué tienes con las iglesias?

—¿De qué me hablas?

—De nada —me avergoncé de mi comentario.

—Voy por ellas —se levantó, pero yo lo tomé del brazo.

—Espera, voy yo. Me puedo camuflar mejor con ellas y tú me esperas en la iglesia con la puerta abierta. Cuando llegue voy a dar tres golpes.

Se fue agachado aunque ya las balas casi no silbaban. Corrí hacia las señoras que estaban en una cuneta de la calle próxima a la plaza. Las alcancé rápido y salté dentro la cuneta sin ningún agüero, se sorprendieron y una gritó.

—Shh, nos van a escuchar. No soy guerrillera soy del pueblo y las vengo a ayudar.

Me miraron desconfiadas.

—No es cierto. Conocemos a la gente del pueblo y usted no es de acá, usted nos viene a matar.
Una muchachita se largó a llorar y tres señoras daban claras muestras de que se habían orinado.
—No, estoy recién llegada. Soy la nieta de la profesora Ninfa, la de la escuela.

—Eso no es cierto, y ni crea que nos vamos a dejar matar tan fácilmente.

Acto seguido salió corriendo en medio de la calle, pero no había recorrido ni una cuadra cuando cayó acribillada. La muchachita gritó de nuevo y las señoras empezaron a llorar, el pequeño bebé se despertó y también se unió al coro de llantos. Miramos hacia el cielo, no se veía nada pero todas presentimos el avión fantasma del ejército que dispara sin discriminar.

—Tenemos que irnos o van a creer que somos guerrilleros atrincherados y nos matan.

Ninguna respondió, tenían miedo y no querían colaborar. Por un segundo la neblina que se desparramaba por el suelo pareció detenerse, luego todas estaban como aleladas y me miraban fijamente. “Vámonos”, les ordené. Me paré y ellas me imitaron, salí corriendo y todas me siguieron. No había sido tan difícil. Los tiros volvieron a escucharse con fuerza, al parecer la presencia del avión fantasma había recrudecido la lucha. El pueblo estaba desierto, las puertas cerradas y los alientos cortados. Las llevé hacia la iglesia y sin demora golpeé en la puerta de la sacristía, tres veces. No hubo respuesta. Golpeé otra vez y nada. Me estaba poniendo nerviosa. ¿Y si le había pasado algo? Las señoras se acurrucaron al lado mío, tenían miedo hasta de respirar. Golpee de nuevo, esta vez se escucharon pasos y la puerta se abrió. Todas entraron apretujadamente y yo fui la última, pero nos esperaba una sorpresa. La sacristía estaba llena de guerrillos, él estaba en un rincón arrodillado, con las manos en la nuca y un fusil apuntándole a la cabeza. Lo habían golpeado, tenía un ojo morado y la nariz rota, lloraba y me miró desesperado. Seguramente había estado rogando mentalmente que no pudiera llegar. Todas las mujeres gritaron histéricas, unas intentaron correr hacia la puerta pero las cogieron del pelo y las devolvieron. A mi me llevaron junto a él, me arrodillaron también y me hicieron levantar las manos. A las señoras las requisaron y luego las tiraron al centro de la sacristía. Las obligaron a callarse y los guerrilleros se pusieron a discutir en una esquina. Aprovechando el desorden le hablé a Emiliano.

—¿Qué pasó? —pregunté en voz baja.

—Me pillaron cuando estaba abriendo la puerta y me cogieron. Yo no les dije nada, pero ellos se pusieron a esperar a ver qué planeaba.

—Por eso se demoraron en abrir. No sabían quienes éramos —él hizo un gesto afirmativo con la cabeza—. Nos van a matar.

—No lo voy a permitir.

—¿Y qué piensas hacer? ¿Matarlos con una novedosísima súper técnica de artes marciales?

—No te burles. Además…

—Además nada, hoy nos morimos y punto.

Él me miro y agachó la cabeza.

—¿Sabes? No soy normal.

La genial confesión de mi amigo me sacó de quicio.

—Pues que novedad. No eres normal. ¿Es lo más inteligente que vas a decir?

—No me refiero a eso, es que yo… —dudó un momento— veo cosas.

—¿¡Qué!?

—Veo cosas, las personas no son normales, están como deformadas en la cara. Algunos tienen colmillos, otros brillan demasiado, otros vuelan, a veces veo seres pequeñitos que me guiñan el ojo, me estoy enloqueciendo. Sólo quiero morirme.

Me quede atónita, mi amigo me estaba confesando algo realmente doloroso.

—Acá también están. Fenómenos, todos son fenómenos.

Se me retorció el corazón, lo entendí, sabia qué era lo que él veía. Sabía qué era lo que había muerto en él. Con razón ya no reía completo.

—¿Tú me ves así?

Me miró, tenía los ojos aguados y no pudo hablar, sólo asintió con la cabeza.

—Lo que ves no son monstruos.

—¿Tú que sabes?

Miré alrededor, los guerrilleros seguían ocupados, tenia algo de tiempo.

—Emiliano, escúchame pero ante todo créeme. En este mundo hay muchas cosas, muchos seres que no son humanos, son a ellos los que ves.

Instintivamente bajó las manos, entonces sintió el fusil en su cabeza.

—Oigan ustedes, ¿qué murmuran? —nos interrumpió la guerrilla que nos habían dejado de custodia. Esta vez sin demora caminé por el umbral del infierno y el tiempo se quebró, todos demoraron sus latidos excepto Emiliano que me miraba sin entender.

—Soy una hechicera, mi misión es proteger a la humanidad. Mira, este mundo es muy viejo y aquí existía vida antes que la humanidad llegara. Esa vida ha mutado y junto con los humanos han creado muchas criaturas que se mueven bajo un velo de perdición. Emiliano, algunos seres humanos que no tienen nada que ver con todo esto nacen con un don especial para distinguir a estos mutantes. Las hechiceras los llamamos cazadores, son entrenados y aprenden a utilizar su poder para controlar las criaturas. ¿Entiendes ahora?

Él dijo algo pero el tiempo quebró mi voluntad demasiado a prisa como para poder escucharlo. Tuve que poner las manos en el suelo para no caerme.

—¿Es por lo que hiciste? —me preguntó en un susurró.

Asentí. “Y tú, ¿entendiste?”. Ahora fue él el que asintió.

—Hay algo más, para despertar tu verdadero poder no debes tener fe en ningún dios.
Bajó la cabeza alejándola del fusil.

—No hay problema con eso.

Bajo el atrio de una iglesia de pueblo alguien enterraba un cuerpo decapitado. El hombre que había sido asesinado a punta de machete aun llevaba su sotana de sacerdote pederasta.

—¿Qué hiciste? —pregunté asustada mientras Emiliano sonreía abiertamente.

Nos sobresaltamos, una de las guerrilleras nos gritó. No contestamos y sólo atinamos a mirarla fijamente. Un hombre se interpuso entre nosotros y ella.

—Vamos a matar a estas perras —dijo—. ¡Reúnanlas!

Emiliano intentó levantarse pero yo lo detuve.

—Espera —le dije en un susurro—, tengo que terminar.

—¿Esperar qué? ¿A que las maten?

Su voz me hizo ver las manos ensangrentadas de un muchacho acólito que expiaba su propia violación. Sacudí la cabeza.

—Tú tienes poder para ganarles a todos estos y sobrevivir, sólo tienes que despertar encontrándolo.

Empezaron a coger a las mujeres y los muchachos y llevarlos al centro.

—¿Encontrar qué?

El dolor del culo penetrado a la fuerza se desvanecía con la cabeza de un sacerdote que recorría libre el río Magdalena.

—Hay una razón por la cual eres cazador. Quieres a alguien lo suficiente para protegerlo ante todo, ante todos los seres que habitan el planeta. Eso es lo que tienes que encontrar para poder despertar tu poder, tienes que saber quien es ese amor tan grande que te dio un poder especial.
Me miró confundido, los guerrillos ya tenían a todas las mujeres en el centro.

—Vamos a matarlas —dijo uno de ellos—, pa' que todas aprendan a no tener hijueputas.

Bajaron los fusiles hacia ellas y levanté una mano, unas ráfagas se escucharon pero un viento muy fuerte desvió las balas hacia la pared. Le di un beso en la frente a Emiliano y me levanté.

—Espero que puedas despertar —le animé telepáticamente.

Todos los guerrilleros voltearon a verme y sin mediar palabra provoqué una ráfaga de viento que los dispersó y dejo inconscientes. Sólo uno se quedó quieto, sin moverse un ápice, mirándome. Sonrió y me dejó entrever sus largos y mortíferos colmillos.

—No esperaba encontrar a una de ustedes aquí, en este páramo tan helado. Esto sí que es nuevo.

—En cambio yo no me sorprendo de ustedes, siempre andan metidos en todo. Ahora hasta son guerrilleros…

Él arrojó el fusil lejos, sabía que las armas humanas son juguetes entre nosotros.

—¿Así que vamos a jugar, hechicera? Me parece bien, el que gane se queda con la vida de estas mujercitas —señaló a las señoras que estaban calladas y atónitas mirándonos—, y por supuesto, con el pequeño cazador dormido detrás de ti.

Emiliano se levantó y se puso a mi lado, dispuesto a encararlo.

—Bueno, dos contra uno —hizo un exagerado gesto de alarma—, que injusto.

Hablé con mi amigo sin quitarle el ojo de encima a mi enemigo.

—Saca a las señoras de aquí, esto se va a poner feo. Ellas están hechizadas por la presencia de él, irradia un aura que encanta a los seres humanos y los deja sin voluntad.

—No me voy sin ti —fue lo único que dijo.

—No seas tonto, tu poder está dormido, por ahora no puedes hacer nada.

Emiliano caminó hacia las mujeres y a la que tenía el bebe la tomó por el brazo. Sin que me diera cuenta el hombre aquel cogió al cazador por la cintura y lo estrelló contra una columna, reaccioné a tiempo para crear un colchón de aire que lo protegió. En respuesta lancé una ráfaga de viento mientras Emiliano caía al piso, el otro arqueó una ceja y me esquivó fácilmente. Me alcanzó con un gran puñetazo en el estomago, quedé doblada en el piso y sin poder respirar. Me miró con desprecio y caminó hacia el cazador.

—¿Creíste que iba a dejar que te llevaras mi cena?

Emiliano se levantó como pudo y quedó recostado contra la columna, estaba herido en una pierna pero cuando tuvo al otro de frente le lanzó un puñetazo que fue detenido en seco. El cazador quedó atrapado. Yo no podía levantarme, no podía respirar.

—¿Sabes? —le dijo nuestro enemigo mientras le mostraba los colmillos¬—, te diré lo que voy a hacer: voy a torturar a las mujercitas bebiendo la sangre de sus hijos frente a ellas, las voy a enloquecer de dolor y luego me las voy a papiar. En cuanto a tu linda compañera, la voy a violar de todas las maneras posibles y luego le partiré todos los huesos del cuerpo menos los brazos, para que se pueda arrastrar y rogar mientras la torturo.

Emiliano se enfureció más al escuchar esas palabras, trató de reaccionar pero antes que pudiera hacer algo, su enemigo lo estrelló contra un muro rompiéndole la columna. Gritó de dolor y quedó en el piso sin poderse mover.

—A ti también te voy a torturar. Disfruto con el dolor de mis enemigos y…

Dejó la frase sin completar para poder saltar esquivando mi ataque que rompió el muro en dos, algunas piedritas le cayeron al cazador. Cuando me di cuenta estaba frente a mí y me cogió del cuello levantándome del piso.

—Tu poder es mínimo comparado con el mío, aun no has terminado tu entrenamiento, pero ¿sabes que? Cambié de opinión, te mataré y sólo al cazador lo torturaré. Son más vulnerables cuando están solos.

Tenía razón, mas no iba a rendirme tan fácil. Levanté la mano derecha y le lancé otra ráfaga directo a la cara, sólo logré hacerle ondear el cabello. Miré al cazador que trataba inútilmente de levantarse, no podía hacer nada por mí mientras no despertara su poder y tuviera la columna vertebral rota. Estaba siendo ahorcada, no me llegaba aire. Lancé otra ráfaga, más débil que la anterior, no le hice nada, le cogí el brazo con la mano pero su fuerza no disminuía. La guerra me alcanzaba. La maldita guerra me derrotaba en mi propio pueblo. No podía más, se me aguaron los ojos, el cazador se arrastraba tratando inútilmente de alcanzarme. No pude protegerlo, lo perdí, lo había perdido. Ya casi no veía, no respiraba. Él sonreía, lo estaba disfrutando. El cazador detuvo su reptar para mirarme a los ojos, por fin se dio cuenta que no podía hacer nada. Lo sentía en el cuello, estaba desfalleciendo, dejé caer mi mano mientras veía como Emiliano lloraba por mí… ya no podía más, no podía respirar ni un poco, mi garganta estaba a punto de estallar. La puta guerra me las había ganado todas. Con mis últimas fuerzas le sonreí al cazador tirado en el piso. Al parecer no era yo quien le despertaría el poder. Al fin y al cabo no habíamos sido tan amigos como creíamos… Cerré los ojos intentando encontrar un poco de aire.

***

Llevaba una presa de pollo de mil en una mano y una botella de agua en la otra.

—Vaya almuerzo —dije para mí, un indigente me miró. Hablaba sola, casi siempre hablaba sola.
Seguí contemplando el centro de la ciudad, mi maleta pesaba y me dolían los hombros.

—Malditos libros de la Luís Ángel —volví a hablar sola.

Caminaba con lentitud, siempre me ha gustado contemplar a la gente por la calle décima. Se ponen paranoicos, corren, vigilan, atisban, se les acelera el corazón. Parecería que en la capital, transitar por el centro se convierte en todo un deporte extremo, un deporte donde no hay amigos, sólo ladrones, limosneros y timadores. Caminaba mirando a todos, como si fuera la única que no estuviera muerta del miedo, como si fuera la única que consideraba la décima como una calle común y corriente y no la puerta a un infierno abismal. En la otra acera vi a unos hombres caminando despacio, como si no tuvieran qué temer, llamaron mi atención y los detallé. Miraban a todo el mundo como si trataran de encontrar algo, me sobresalté, supe quienes eran o mejor, qué eran. Caminé tratando de disimular, pero uno de ellos me detectó, me miró y yo le devolví la mirada. Me había equivocado, no eran lo que yo pensaba: peor aun, eran cazadores. Uno de ellos, el que estaba más atrás, llamó mi atención. Estaba enfundado en su gabán pero aún así lo reconocí. Sin pensar en lo que podría pasarme atravesé la calle, corriendo sin fijarme en el Transmilenio que venía lejos. Llegué a su lado en un santiamén, agitada y asustada.

—Oye, oye, ¿qué pasó?

Él agachó la cara para mirarme, era más alto y se tapaba con una bufanda, llevaba un parche en un ojo.

—¿Qué paso? —le volví a preguntar mientras agitaba mi grasienta presa de pollo—, desde la toma al pueblo desapareciste. ¿Dónde te metiste?

No dijo nada, sólo se quedó callado.

—¿Emiliano?

Seguía sin hablar, empecé a comprender qué había sucedido. Sus compañeros me rodearon. Adivinaron qué era yo.

—Oye… —alguno me tomó del cuello por la parte de atrás. Me dolió pero lo soporté, no podíamos iniciar algo allí, en medio del centro de Bogotá.

—¡Déjenla! —ordenó. Su voz era dura, sin sentimientos.

Me soltaron, se quedó callado mientras se destapaba la cara y dejaba al descubierto unas horribles cicatrices. Lo compadecí, debía haber sufrido mucho, llevaba en la frente un número tatuado. El código de alguna oscura prisión. Solté el pollo y alargué la mano para tocarle la cara, cogió mi mano con fuerza, demasiada fuerza, me lastimó sin compasión. Gemí de dolor, lo llamaron desde adelante y me arrojó contra una pared mientras me daba la espalda.

—Tu hermana aún te busca —le dije desesperada, pensando que tal vez había sido ella quien le había despertado el poder.

Me miró, por un segundo creí que lo había recuperado, luego sonrió, de medio lado, como ahora sonreía.

—De allá vengo.

Tuve la visión de un apartamento lleno de sangre, una mujer y su hija asesinadas, descuartizadas.

—No puede ser —murmuré.

Acercó su horripilante cara desfigurada a mí.

—Hechicera —me dijo con desprecio, con odio, con el pedazo de lengua que aún le quedaba.

—¡Zeus! —lo volvieron a llamar.

Caminó despacio, alejándose. Quise detenerlo. Quise protegerlo. Devolverlo de nuevo al pueblo para que viviera en paz. A lo lejos el cazador que era Zeus volteó para mirarme. En un tiempo no quebrado, un cazador vestido de sacerdote celebraba la misa de Réquiem por una traidora hechicera muerta. Guiaba el féretro hacia un cementerio pueblerino de cúpulas negras y almas de purgatorio. Luego, en la noche cuando todos se habían ido se quedó quieto mirando la tumba, esperando a que ella se levantara de entre los muertos para volverla a asesinar.

360 Horas en Contranatura - Proyecto Final de los Talleristas

360 Horas en Contranatura
María Elena Quintero, Andrea del Pilar Carrillo

Día 1

Él comienza a despertar. Seis muebles metálicos de tres metros le rodean. Dos pilas de libros crecen a sus pies y en su cabeza. Lo observo desde mi púlpito.

Está abajo, con visión limitada, mientras yo puedo verlo prácticamente todo: un hombre, una ventana superior de treinta por veinte centímetros, una luz central, un colchón, una cobija, una puerta, cuatro paredes, seis muebles. Muchos libros. Mucho tiempo libre…

Tras inspeccionar todas las redes neuronales que hacían mover mis extremidades, corroboré que todo estaba en su respectivo lugar y que no me agobiaba ningún dolor. Abrí mis ojos lagañosos len…ta…men…te.

Me encontré perdido… o realmente no sé si me encontré, más bien me perdí, reconocí que no sabía donde estaba ni cómo mis pasos me habían llevado hasta ese lugar. Lo primero que vi fue el arrume de libros que amenazaban con aplastar mi desubicado cuerpo.

Un movimiento rápido de película de acción hizo que sólo mis pies fueran víctimas del peso de las obras anónimas, y luego del turbador incidente que amenazó mi condición vital, intenté tomar conciencia de lo que me sucedía. Recordé rápidamente imágenes de una trilogía de películas que había visto la semana anterior, en las que la gente aparecía en un cuarto oscuro sin saber cómo ni por qué, y me pareció estar viviendo la misma situación, me pareció por un instante que todo era una coincidencia macabra y que Kamala se había equivocado al comentarme que cosas como esas no traspasarían de la ficción a la realidad.

Era el mismo silencio de las tumbas. Al principio sólo veía una luz titilante y el arrume que casi me aplasta. Luego, todo comenzó a esclarecerse, la confusión empezó a tomar forma de habitación; una habitación rústica y sombría sin comodidades, una especie de celda monacal, con una ventana tan lejana y pequeña como la posibilidad de no enloquecer en ese lugar. A mi espalda, una luz esperanzadora emergía debajo de la puerta, quizá resguardando alguna figura humana detrás de ese pedazo oxidado de metal, que pudiera escucharme o por qué no sacarme, explicarme o ayudarme.

Procuré no asustarme. Eso dicen que uno debe hacer en caso de emergencia. Me puse de pie y mi cabeza adolorida me reveló que algo andaba mal. No pude sostenerme y de nuevo, no encontré mejor refugio que el frío suelo en el que me había despertado. A pesar de mi debilidad, necesitaba entender en donde estaba.

Semejante a una rata que se mueve por el bajo mundo de los humanos, comencé a inspeccionar el lugar. Primero los seis gigantescos muebles llenos de libros rojos de todos los tamaños, con hojas antiguas y desgastadas, sin carátula y sin un nombre que me diera algún indicio de quien los había escrito. Para el momento en que mi cuerpo se reponía y mis miembros reaccionaban de forma habitual, no había encontrado más que un viejo colchón en esa aparente biblioteca. No se oía nada. No se olía nada. No sentía frío ni calor. No sentía a ningún humano, aunque sabía que alguien debería estar cerca de mí.

La paciencia se ahogó en mi cuerpo y la idiotez, de mano de la desesperación, invadió mi condición humana haciendo que empezara a gritar en busca de que un oído cualquiera agarrara mi voz, pero nada. Sólo mi eco golpeaba duro en las paredes de la habitación. ¡Vaya suerte!, pensé entonces. Estaba vivo, pero a qué precio y por qué.

Día 4

Él no debía tener comodidades, al fin y al cabo era un paria como tantos otros que habitaban ahora las calles de humanos en degradación. A pesar de su condición, expresaba la misma angustia que cualquier otro sujeto sentiría en una situación como esta, y su tripas crujían vacías. Era el momento de alimentarlo.

Pasaron tres noches antes de darme por vencido, antes de darme por perdido en ese calabozo. Al principio gritaba desesperado por una respuesta, gritaba para cansar a mi verdugo, para salvarme del encierro y del silencio, pero más que eso, gritaba para salvarme de mí y de mi desahuciado entusiasmo que perecía con el paso de los rayos del sol por mi única ventana. Grité hasta quedarme ronco, hasta que mi garganta se hizo una estopa seca. Estaba quedándome sin energía, y hacía tanto que no sentía ningún sabor, que el no aliento de mi boca se estaba esparciendo por todo mi cuerpo, haciendo que la angustia de no estar en un lugar familiar se disolviera en un acompasado acostumbramiento.

Lo único que me hacía sentir todavía parte de este mundo era el hambre que me hacía alucinar sobre Kamala. Alucinaba con su boca llena de besos erráticos, la imaginaba en una de nuestras tantas tardes de pueril angustia de carne en donde el roce de sus manos perfectamente delineadas moldeaban mi cuerpo hambriento y sediento. No podía dejar de pensar en qué debería estar haciendo en mi ausencia, si me estaría pensando o si en estos días ya habría reemplazado mi miembro con alguno nuevo de los que suelen coquetearle. Sentí celos de mi ausencia en ella, que le daba plena libertad de hacer lo que se le diera la gana. Al ser tan etérea no podía cogerle la carne para amarla o para odiarla.

¿Acaso querían dejarme morir de hambre? Me percaté que mi mente había empezado a elaborar una imagen de ese alguien que me habría puesto en ese lugar. Tenían que ser varios; sujetos errantes, dementes, este tipo de cosas no son planeadas por una sola cabeza maniática.

Un hombre no es nadie sin alimento. Pero acaso, ¿tenía él la oportunidad de ser alguien?

Los rayos del sol comenzaban a caer en la pared desgastada junto al colchón oloroso en donde la noche anterior mi cuerpo había reposado con angustia. A lo lejos escuché unos pasos finos que se acercaban y mis ojos abrieron sus párpados violentamente. Debajo de la puerta una sombra dibujaba un cuerpo gris que finalmente quitó mil cerraduras. La contraluz dio paso a la silueta de una mujer lánguida de cabellos negros y ensortijados como el incienso, traía en sus manos un plato de arroz con un huevo frito y un plátano, acompañado de un vaso de agua. El olor me alborotó las papilas gustativas y se me inundó la boca con la saliva.

Me acerqué a ella tratando de incorporar mi cuerpo entumecido y miré sus ojos grises en busca de algún consuelo o de alguna palabra que saliera de su boca cerrada. Ella se acercó como si conociera el camino, miró mi rostro con espeluznante familiaridad y continuó sin una sola palabra en sus labios. Un sinnúmero de reacciones pasaron por mi cuerpo: primero, el temor por la incertidumbre. Luego, la valentía y el deseo de herir a la persona que me había puesto en ese lugar; intriga por saber qué sucedería y finalmente una tensa calma al mirar, por fin, a alguien a los ojos.

Su silencio cortó mis esperanzas de razones. Ella se limitó a ponerme comida como si fuera un perro. Y la aborrecí. Aborrecí visceralmente su silencio, sentí ganas de mandar mi cuerpo contra ella, pero resulté de pie y mareado mandándome contra la puerta de par en par. Un golpe en la cabeza me devolvió, y desde afuera un brazo cerró la puerta con la intención de evitar mi fuga.
Frustrado y temeroso, comí a regañadientes y pretendí hacerla hablar:

—¿Por qué estoy aquí? —dije mientras tragaba sin probar los alimentos. Ella permaneció inmóvil como una estatua de sal que ve pasar el tiempo sin ningún interés—. ¿Dónde estoy? —repetí con más ahínco mirándole a los ojos. Pero de igual manera que la vez anterior, las pupilas grises que nadaban en sus órbitas enmudecieron a la par con sus labios—. ¡Sé que puede escucharme! ¡Contésteme! —grité de nuevo con más fuerza, tomándola del brazo, halándola hacia mí, haciendo que su cuerpo se estremeciera contra la contrariedad del mío. Deseaba una respuesta, pero en vez de tranquilidad, un desasosiego se apoderó de mis miles de ramificaciones como nunca en toda mi existencia. Su mano derecha se acercó a mi rostro acariciándolo de manera sutil y compasiva, y sus ojos miraron los míos con afabilidad un instante antes de retirarse.

Me sentí poderoso al tomarle el brazo, me sentí victimario siendo víctima, y al final yo también enmudecí. De nuevo, la puerta se abrió, succionando a la desconocida que cumplía con su labor de alimentarme y recoger mi plato.

Día 5

¿Cómo no iba a intentar escapar si veía a una débil mujer como el único obstáculo para acceder a su libertad? Nunca se ha querido lastimar a nadie, pero tenía que entender que ella no estaba sola.

La comida me iba reponiendo fuerzas físicas y mentales. Podía atacarla en cualquiera de sus intrusiones, podía hasta matarla si me lo proponía, pero ese golpe en la cabeza me lo había dado un ser invisible… era absurdo intentar por la fuerza vencer algo que no conocía. Lo mejor era seguir esperando, mirando, oliendo, pensando y oyendo. Sobre todo oyendo.

El silencio en que me encontraba me dejaba dos opciones: o me ponía a leer algo de ese arrume sin nombre que me rodeaba, o me sentaba a escuchar sonidos confusos y lejanos. Opté por escuchar porque no quería distraerme, no quería que mi mente se volara ni olvidara lo que me estaba ocurriendo, no quería perderme entre historias ajenas. De repente escuché a lo lejos un sonido familiar que me evocó noches eternas frente a la máquina. Recordé que recién adquirida, mamá me molestaba cada noche preguntándome cuánto más pensaba quedarme escribiendo. Y al día siguiente siempre me reprochaba sus ojeras, su cansancio y su mal sueño, achacándole toda la culpa al sonido de las subidas y bajadas de veintitantas teclas. Al final, como todos nosotros, resultó acostumbrándose a aquello que tanto le incomodaba. Eso fue lo que oí: el taqueteo lejano de una máquina de escribir.

Con el oído presto a lo que sucedía afuera, me refugié en el colchón, cobijado por las sombras de la noche, pero los sueños hicieron imposible mi descanso. Era cierto que había recuperado algo de mis fuerzas, pero mi mente se hundía cada vez más en una debilidad innombrable, parecía que el encierro no sólo hubiera encarcelado mi cuerpo sino que mi espíritu se estaba doblegando ante él.
Esa noche vi de nuevo a Kamala. Esta vez, era su imagen bañándose el cabello en la rivera del río Maupassant mientras me invitaba a acompañarla, escurriéndose las gotas de su cuerpo firme y desnudo. Yo corrí hacia ella sin levantarme del suelo y a mi lado un ser con mi mismo rostro tomaba ventaja de mi imposibilidad haciéndola suya en mi lugar. Kamala no notaba la diferencia y en segundos parecía que mi verdadero yo era transparente para ella, besaba al impostor con la boca entrecerrada y susurraba a su oído, se estremecía como un gato que desea que lo acaricien y en minutos jadeaba de placer. No podía creerlo, era una pesadilla que su piel blanca le perteneciera a un ser inmundo como ese, un ser que podía ser yo.

Día 8

¿Qué genera el deseo? ¿Acaso puede decirse que es el cuerpo, la voz, los ojos, el olor…? ¿Acaso viene de imágenes heredadas genéticamente que se nos revelan en sueños? El hedor era insoportable, traspasaba incluso las paredes del presidio en donde reposaba mi amigo. Era hora del baño.

Continué soñando con Kamala todas las noches desde que la lánguida mujer de los ojos grises me trajo alimento por primera vez. Sus visitas inconstantes fueron cortas y al grano y no me atreví a tocarla de nuevo, aunque sí comencé a observarla con cierto morbo.
Las luces de la mañana número ocho encendieron mis ojos y mis oídos, me avisaron que ella se acercaba. Podía oír como sus pies tocaban el piso y mi nariz de perro aprisionaba con desespero el aroma de sus cabellos. Si Kamala era la mujer de mis sueños más depravados, la desconocida era ahora la dominatriz de mis realidades. Toda la frustración de mis malas noches con Kamala recaía en los labios de mi guardiana anónima.

Las miles de cerraduras se abrieron y la contraluz dio paso a la silueta deseada. Ya mi conciencia actuaba de manera extraña cada vez que se dibujaba con la luz en su espalda, como si fuera el alimento perfecto para los gusanos agitados que me habían carcomido desde el cerebro hasta el sexo. Traía consigo un balde con agua y una esponja de baño, y hasta ese momento no había notado el hedor que emergía de mi cuerpo, todo yo era un poema de Baudelaire, una carroña, un individuo debajo de una piel casi muerta, casi enferma y en su totalidad sucia y desagradable. Ella bajó su rostro hacia mí y sin ninguna clase de asco, me tomó de la mano y me levantó. De nuevo, sus labios como lápidas sin epitafio conservaron su prudencial silencio. Sus manos comenzaron a quitar las prendas con suavidad y de inmediato pude sentirlas suaves y tibias mientras bajaban por la curvatura de mi espalda.

Entre el delicioso abandono del estupor, la libido invadió mi cabeza haciendo que la sorpresa se vistiera de satisfacción y así el hedor y la delicia se acariciaran. Era cierto que estaba privado de la libertad, pero nadie podía quitarme el derecho de sentir y fantasear. Nada hubiera pasado si por lo menos el agua hubiera estado fría. Pero para disfrute de ambos, alguien había tenido la delicadeza de tibiarla y así nada pudo apagar el fuego interno que hizo presencia en el avivamiento de mis deseos, en el endurecimiento de lo que, durante ocho días, había olvidado que tenía.

Una suave erección empezó a acompañarnos… cuando lo noté puse mis manos en mi sexo, pues todavía había algo de pudor que me enfrentaba a aquella insonora e insípida niñera. Ella pareció ignorar lo que era ya bastante visible, a tal punto que me restregaba, enjabonaba y enjuagaba, como si aparte de muda fuera ciega y sus manos no detectaran nada. De repente, sentí la brisa pasar tímida por mi cuerpo y me di cuenta de que ella ya no estaba cerca de mí. Con movimientos sigilosos, rápidos y callados, como toda ella, cerró la puerta dejándose dentro de la habitación. Mi boca casi balbucea un “¿qué piensa hacer?”, pero se despojó tan hábilmente de su falda, que comprendí de inmediato lo que sucedería. Como un animal salvaje que no ha comido durante días, me tomó y me devoró. Hasta en eso era yo su víctima. Su voz seguía sin pronunciarse pero no hacía falta, su cuerpo me había dado toda una cátedra de lo que era ella, con la misma inmediatez con que me alimentaba, me bañaba, y se desvestía. Me dejó a medio bañar y con un extraño bienestar entre pecho y estómago.

Día 10

Quería probar que yo soy de sangre y él es de químico, pero somos igual de primarios. Aún teniendo la oportunidad de verlo todo desde aquí arriba, me prohibía a mí mismo entender la posibilidad de que pudiéramos tener comportamientos tan similares. Lo aislé para observarlo con detenimiento y encontrar en sus movimientos algo que le diera valor a los míos. Pretendí afirmar mi ser a través de la negación del suyo. Mas todo resultó repetición de mí mismo con pequeñas variaciones.

Fue insólito evidenciar cómo una extraña de figura lánguida se apoderaba de mi cuerpo, sin mayor explicación que un fiel plato de comida ofrecido cada vez que el reloj biológico, puesto en marcha por los hábitos alimentarios de la sociedad, marcaba la hora de la agonía estomacal. Fue paradójico desear la figura sin figura de una de mis raptores, que me alimentaba el vientre y el instinto en dos o tres visitas diarias, mientras yo, con los miembros ondulantes al aire, capturaba cada una de sus curvas. Fue desconcertante esperar a que la luz de la ventana se situara en cierto lugar, donde marcaba la hora aproximada de la presencia femenina en la habitación.

Todo en mi vida ha sido repetición, duplicación con pequeñas variables. Todo en mi vida ha sido duplicación, repetición con sutiles caprichos. Esto se parece demasiado a mi vida.

Día 11

El hombre ha estado inquieto, pese a que no le ha faltado comida ni compañía. Rodeado de arte, de palabras mágicas y fabulosas que pudieran cambiarle el color y el olor a sus días, él parece no querer ver más allá de su piel y de las congojas que le siguen aquejando. Sublime es aquel que, aún en estados adversos, abre las puertas de su percepción para invitar a seguir, a su morada interior, los simbolismos del obrar humano. Ya era hora de que leyera.

Al llegar el día en que ya no pude recordar cuantas oscuridades había visto teñir la ventana superior que me custodiaba, no resistí más el aburrimiento de encontrarme acompañado nada más que por mi saco de huesos y carne a medio alimentar. Pensé que todas esas palabras impresas podían evadirme de la realidad que vivía, podían hacerme distraer de los personajes e historias que ahora estaba viviendo, y no me atreví a coger uno de los libros tan siquiera para observarlo. Todos eran rojos y no había muchas diferencias con las que pudiera tropezar. Pero ahora que el contacto con ese cuerpo había logrado el propósito de cambiar mi tema de debate mental, no vi mayor problema en curiosear entre uno que otro ejemplar.

Leer o cortarme las venas. ¿Y con qué? ¿Con las hojas de los libros? No pretendía darme a la patética idea del suicidio y menos de esa manera tan desesperada y poco eficaz. Así que sin afán decidí estirar el brazo y agarrar el primer ejemplar que mi mano encontrara sin la ayuda de los ojos. Como tampoco quería encariñarme con algún personaje que me hiciera seguirle la pista en el trasegar de la historia, o con algún debate filosófico, social, científico o histórico, decidí casi sin preámbulo abrir una página cualquiera y ocupar mis ojos en algo que ejercitara mis neuronas:

El deseo sexual tiende a la fusión –y no es en modo alguno sólo un apetito físico, el alivio de una tensión penosa. Pero el deseo sexual puede ser estimulado por la angustia de la soledad, por el deseo de conquistar o de ser conquistado, por la vanidad, por el deseo de herir y aún de destruir, tanto como por el amor.

No sabía si mofarme o asustarme de la coincidencia. Era como si los libros hubieran sido una tirada efectiva del tarot que le ponían nombre a lo que había rondado mi cabeza, que materializaban en palabras aquello que había sido innombrable, que me mostraban fuera de mí, algo que había husmeado en mi interior. Y como no tenía mucho que hacer allí encerrado, jugué a corroborar si en realidad era cierto o había sido casualidad de primerizo. Así que abrí otra carta del estante inferior de un mueble distinto; esta vez escogí uno más grueso y grande:

...es un sueño con la única mujer que en la vida me dio a la vez los más altos placeres de la carne y el atisbo del cielo mostrándome los genitales lanceolados y sonriéndome con tanta intimidad que le alcanzaba a ver las calzas de las muelas cordales e introduciéndole mi bastón de mando en la cuarta dimensión de la inexistencia, porque nada es para siempre y eso lo comprueban las erecciones…

Aunque había partes que no entendía y otras que me parecían de una lucidez abrumadora, me di cuenta que la cuestión no era que los libros jugaran conmigo al tarotista, sino que más bien mi sensibilidad era extrema. Al estar encerrado, en vez de que la oscuridad me secara los poros o los sentidos, estos parecían andar hambrientos y susceptibles a cualquier cosa que les llegara.

La vida es un estado de éxtasis que al igual que el uso de la droga expande los sentidos, haciéndonos más susceptibles a la realidad. Al vivir drogados de locura, dejamos de ser simples números encasillados bajo montones de carne y empezamos realmente a ser nosotros mismos en pieles prestadas.

La puerta se abrió como de costumbre, trayendo consigo la silueta de la mujer hecha delicia. Deseaba verla, deseaba sentirla en mis sentidos, deseaba saber que me deseaba.

Como tantas veces anteriores, la sombra a contraluz dibujó su silueta bajo el dintel de mi puerta, haciendo erizar todos los miles de minúsculos vellos que rodeaban mi abatido y sucio cuerpo. Sabía que su visita traería comida, pero para ese entonces la comida era lo último que me interesaba. Lo único que deseaba hasta los huesos, lo único que saboreaba entre mis dientes, lo único que acariciaba y lo único con que fantaseaba era su cuerpo desnudo de piel limpia y sus manos de dedos largos y delicados. Mientras los pasos susurraban su regreso en mis oídos, mi miembro comenzó a inquietarse. A mi mente venían todos los besos silenciosos, las caricias lascivas… y mis dedos sintieron aún sin tocar sus profundidades, los húmedos canales que atravesaban sus fronteras sexuales y sátiras. Era mi momento de desquitarme del mundo y hacerla parte de mí en movimiento.

El cabello finamente despeinado que cubría su rostro se movió bruscamente, era mi cuerpo asaltando su delgado contorno en un deleite absoluto. Sus ojos me miraron y giraron, su piel se acomodó de mil posiciones y el vello perfumado de su sexo armonizó la velada. Esa única vez fui yo quien llevó la batuta; esa última vez fui yo quien sobre sus curvaturas dibujó los puntos cardinales desde su cuello hasta su ombligo. Sentí varias veces sus labios dibujando palabras sin vida en afonía, sentí que las respuestas estaban cada vez más cerca y sus pezones, tibios y rosados, acogieron mis labios que siguieron preguntando y preguntando. Fue entonces cuando la sensualidad se volvió pesadilla y desconcierto. Su pecho, otrora de pezones erguidos y cálidos, colapsó en el piso contra el colchón maloliente. Sus ojos entreabiertos se dilataron y el frío de la muerte que había acabado de besar su boca, asqueó mi cuerpo haciéndome levantar del suelo con las manos temblorosas que se estremecían entre la confusión del placer y de la desdicha. Me arrastré hacia la esquina derecha de la habitación y encogí mis rodillas llevándome las manos al rostro. No podía creerlo. Repasaba movimiento por movimiento mis actos anteriores, analizaba cada paso, cada acción, pero quedé sin aliento y sin ningún indicio. Hasta la máquina de escribir había dejado de tronar en la lejanía.

No pasaron muchos minutos para que cogiera de nuevo uno de los libros más cercanos y empezara a nadar en sus hojas, quería darle a mi amiga algo de lectura personal para que descansara en paz y quería a la vez un falso ambiente afable. Cerré mis ojos y tomé el libro, cayendo en una hoja al azar, las palabras casi borrosas salieron de mi boca en voz alta:

Desde el exterior se observa la neblina y la lluvia ácida. El afuera no resguarda la esencia…

Miré sus ojos aún sin refugio, “es mejor que nos mantengamos adentro mientras acaba de llover, si quieres podemos jugar matatenas con los granos de arroz que he conservado de tus visitas, o si quieres, si te parece mejor, podemos hacer el amor unas tres o cuatro veces más mientras permaneces inválida y tranquila sobre el piso.” Volví una vez más los ojos al libro y continué leyendo:

...los ojos parpadean en las manos y sostienen el espectro, el núcleo recién nacido, lo protegen del filántropo, de la esencia y del suicida neutral. Corren sin piernas, sin dedos hacia la nada, tambaleando la nueva vida, mas no hay escapatoria del averno, la salida del desierto se esconde puertas adentro.

“¿Quién habrá inventado esta mierda?”, dije con tono burlesco mientras tiraba el libro hacia la puerta de metal, esforzándome por levantarme del suelo sin éxito. La locura llevó a la tranquilidad y mis piernas pegadas al rústico suelo se entrelazaron con las pálidas y rígidas piernas de ella. Pronto el sueño me venció y al despertar, el cuerpo del delito había desaparecido.

Día 15

Me he bajado de mi pedestal. Al contrario de disfrutar mi poder sobre ese Otro que también soy yo, sobre sus acciones, he entrado a compadecerlo, y es que la carne jala aunque sea hecha a contranatura, aunque no vengamos del mismo vientre…

Sus acciones reflejan mis temores más profundos, él la ha asesinado, ha despojado su cuerpo de virtud y en él soy yo, somos uno. Pudieron haber sido mis manos entre su cuello y mis piernas entre las suyas, pudo haber sido el remordimiento de engañar a Kamala lo que sin saberlo lo impulsó a matar a la triste Amelia, mi bella e insípida Amelia… hay que concluir este absurdo juego.

Abro la puerta y ahora, para su infortunio, la silueta no es femenina. Le arrojo un libro y un esfero a sus pies. Mientras él mira extrañado su rostro impreso en aquel libro, le ordeno empezar a leerlo. Le da la vuelta, lo huele, lo abre, lee los primeros renglones y comienza a escribir.

Cae a mis pies “Duplicación genética: el más reciente triángulo de las bermudas.” Mi foto aparece en la portada. Todo es muy confuso. ¿Yo? ¿Ahí? ¿Cómo? ¿Por qué? Abro la primera hoja:

DÍA 1.

Él comienza a despertar. Seis muebles metálicos de tres metros le rodean.

A medida que más leo, me asombro, me asusto y decido casi mecánicamente continuar. Tomo la pluma y:

Tras inspeccionar todas las redes neuronales que hacían mover mis extremidades, corroboré que todo estaba en su respectivo lugar y que no me agobiaba ningún dolor.

La voz que desde las sombras me ha ordenado leer, se materializa en una silueta perfectamente visible, y veo mi rostro, como mi foto en este libro, como mi imagen en un espejo. Él soy yo. Peor, yo soy él.

Fragmentos del Diario de Diego Conde - Proyecto Final de los Talleristas

Fragmentos del Diario de Diego Conde
Jorge Armando Laguna Rivera

Martes 18 de septiembre

En la madrugada

Me despertó un gran estruendo que venía de las tejas, que se alternaba con un aullar, como el llamado de un ave. Pero no creo que las aves salgan a pasear a media noche. Puede ser un murciélago… los murciélagos no son aves… ya ha dejado de sonar.

En la tarde

Hoy amanecí cansado, como si en la noche hubiera cargado con los sueños de toda la humanidad. Amanecí con moretones en mi pecho.

Jueves 20 de septiembre

En la madrugada

Otra vez está encima del tejado; debe ser un animal grande porque cuando pasa hunde las tejas, provocando un ruido fastidioso.

Sábado 22 de septiembre

En la mañana

Hoy salí con Valentina a tomarme unas cervezas y a conversar con ella de literatura, de sus gustos, y me comentó que le gustaba mucho Bukowski; que a los trece años se encontró con un libro de él, pero que hace pocos meses se vino a enterar que era Bukowski. Cuando me contó esa historia fruncí mi frente, ella se dio cuenta que no le creí, a lo mejor se sintió inferior ya que me la pasé hablando durante toda la tarde y parte de la noche de literatura; sin embargo esto no quiere decir que me ha dejado de gustar, tan sólo me decepcionó un poco…

Domingo 23 de septiembre

En la madrugada

Hace unos minutos escuche a un niño llorar en el tejado… acabó de gritar otra vez… Es un gato que imita el llanto de un niño.

Martes 25 de septiembre

En la madrugada

Otra noche en vela por el gato, debe estar buscando ratones en el tejado.

Miércoles 26 de septiembre

En la madrugada

Me tienen harto estos animales, he cogido una escoba y he golpeado el cielo raso; al parecer se han alejado.

Más tarde

Me volvió a levantar el ruido de las tejas, ese animal está caminando, parece que comprimiera las tejas a cada paso.

Jueves 27 de septiembre

En la madrugada

Ahí está, me ha pegado un maldito susto que me hizo brincar de la cama. Está encima del tejado de mi habitación; está aullando y parece desperado; por ratos le sale un chillido de bebé. ¿Será que es una bruja que se roba los niños?

Sábado 29 de septiembre

En la noche

Hoy salí con Valentina por tercera vez, esta vez sí la besé, no como hace ocho días cuando el pudor y las insensatas palabras que me dirigió agudizaron mi misoginia. Aun no se qué somos, espero que novios. Si supiera que no he hecho más que pensar en ella, de seguro presumiría con alguien de mi debilidad. Muchas veces es mejor hacerse el duro con estas situaciones y dejar que las cosas fluyan sin demasiada exaltación sentimental. Ella se ve que es una persona bien… además está buena… tiene esa facultad que a pocas les he conocido (bueno también es cierto que no conozco a muchas), que es la de discutir conmigo.

A veces me levanto y sueño en las cremosas tonalidades que le darían a mis labios los suyos, sin embargo a mi vientre entra un viento de restricciones engalanadas en mis convencionalismos. Y aun es muy pronto para dispararle un te amo. Ella se ha vuelto el fetiche de mis últimas semanas y el licor que compensa mi desahuciada realidad. Se ha convertido en eso, en un concepto que mi mente y mi corazón han elevado al inquebrantable atributo de lo divino. Pensar en ella, vivir por ella los sábados, día en que hemos convenido encontrarnos. He resuelto mi vida para el sábado. Hoy se ha deslizado levemente por mis ojos absorbiendo mi mirada en la suya, ha entrado libre en mí, ha destrozado las barreras de la misoginia. Se ha encallado en mí.

Domingo 30 de septiembre

En la mañana

Hoy me ha mirado, hoy creo en Dios. Bécquer jamás se ha metido en mis labios con tanta pertinencia como anoche, cuando al ritmo de una cerveza y una tonada le dije que era mi mundo, que mi cielo estaba en la hendidura de sus ojos, que mi infierno eran las llamas que azotaban sus labios. Cuando me miró, baje mis ojos tratando de ocultar la vergüenza que me provocaban las palabras dichas en otros tiempos, cuando puteaba a las mujeres y engalanaba mi discurso en el odio hacia ellas. Bajé la mirada temiendo que viera lo que había hecho, temí que me odiara por ello, hoy espero una llamada.

Lunes 1 de octubre

En la madrugada

Las tejas suenan; mi abuela me contaba que en las noches en el pueblo, unas grandes pizcas se posaban encima de las copas de los árboles. Debe ser una bruja.

Sábado 6 de octubre

En la mañana

Valentina y yo hemos acordado vernos todos lo sábados, a mí me gustaría verla más seguido, pero al planteárselo me evadió con unos argumentos algo tontos, que un sábado nos habíamos conocido: “esto no creo que funcione en otro espacio que no sea éste o en otro tiempo que no sea éste”. La verdad no me gusto el condicionamiento, jamás me ha gustado que me condicionen y hagan una tautología con mi existencia. Es como decir que el sapo tan sólo sirva para comer moscas, ¡no!, ya los cuentos nos dan otra perspectiva. Cuando yo le di a escuchar mi parecer, ella muy tajante y orgullosa me dijo que éste era el mundo real.

En la noche

En la vida siempre hay una búsqueda. En la sexualidad animal: la reproducción. En el erotismo: una búsqueda de satisfacción ajena a inundar este mundo de chinos. Sin embargo con ella yo comprendería tanto lo uno como lo otro, me gustaría deleitarme a diario con sus pezones pero también alardearía de ellos en la boca de un hijo. Esta tarde sus cabellos se hundieron en mi cráneo, los fluidos no me importaron porque eran de ella, y los míos que desde algún tiempo se habían derramado en mi mano, hoy fluyeron por los canales de su piel.

Domingo 7 de octubre

En la madrugada

Acabo de llegar de un bar. Son las tres de la mañana y su olor se encuentra tan fresco en mi piel que mientras tomaba, también dormitaba en sus brazos. Hable con mis amigos toda la noche de ella, de su embrujo, de ese reconocimiento de lo sagrado que hay en ella; ellos desconocieron mis palabras, sobre todo Augusto, que conoce mis antecedentes. Me reprocharon mi alineamiento ante una cuca. Les dije que no cuestionaran mi sentimiento, y cuando dije esta ultima palabra, Carlos me reprochó como venganza de una noche en la que se la monté con Clara.

Martes 9 de octubre

En la madrugada

Está encima del tejado, aúlla pero ni por eso dejo de pensar en Valentina, ¿donde estará? No tengo ni el numero de su celular, ni se donde vive. La tarde en que apreté sus pechos, estuvimos en un motel de la primera de mayo; por lo general siempre insiste que me vaya primero y cuando no lo hace, me acompaña a mi casa. Se ha ido.

Jueves 11 de octubre

En la mañana

Estoy a dos días de verla, hoy me voy a peluquear porque según ella, y le creo, el peinado no me queda; quiero que me vea diferente. Le compré un libro, “Ojo al Cine”, de Andrés Caicedo. Según me ha comentado ha leído toda su obra, menos ésta, que desconocía hasta que se la comenté.

Sábado 13 de octubre

En la noche

Había estado leyendo y de un momento a otro una precipitación existencial se apoderó de mi cuerpo, con tanta fuerza que mi cerebro sintió un espasmo en la coronilla. Algunos dirían “ojo marica que es un derrame”, y yo intercalando sollozos, le contestaría que es cierto lo del derrame de insatisfacciones que se han apoderado de mi cuerpo, sobre todo cuando recuerdo este compendio de sentimientos que se vuelve inmanejable en la escritura. Uno llega a cuestionarse si se dedica a pensar o a escribir lo pensado, y es ahí en donde la velocidad de las emociones aventaja al pensamiento. Es cuando tiemblas y te rueda una lagrima malograda por la piel, y todo por quien no debería significar más que una molestia en la mención de tu mundo. Así me encuentro, desalentado por el discurso que ella me emitió hoy. Esta tarde la mire a los ojos y fue como si un rayo partiera mi cuerpo, como si sus ojos estuvieran juzgando mis trasnochadas y mi falta de higiene. Supe que me señalaba el pene cuando dormía y que besaba mi cuerpo con deseo. Supe que me hacia el amor en las madrugadas y que aullaba como un niño alucinando lo que apetecía su vientre. Desde que la conocí, conocí también el ruido de las pailas del infierno en mi tejado.

Ella También es mi Amiga - Proyecto Final de los Talleristas

Ella También es mi Amiga
Patricia Jiménez, Andrea Carolina González

Vivían en un edificio antiguo, de paredes descascaradas y escaleras de borde mordisqueado, pero los apartamentos eran grandes y construidos con gusto de artista. Adriana cuidaba el suyo con especial dedicación, tenía matas por todas partes, grandes bodegones adornaban las paredes de la sala, que por las noches iluminaba la luz amarilla de una lámpara, tenía una terracita encantadora en la que le gustaba hacer asados e invitar a los vecinos, allí se sentaban cuando el día lo permitía, a contarse sus cuitas y a dejar pasar los anillitos de humo volando.

Carlos y María vivían en el apartamento que daba al frente de Adriana. La edificación era caprichosa y llena de vericuetos y las habitaciones de un apartamento se metían en el otro, los separaba una terraza cuya puerta de acceso le correspondía a Adriana y, aunque la entrada de los dos apartamentos correspondía a diferentes interiores, en ocasiones los muros dejaban pasar las voces que llegaban con sus diferentes matices repartiéndose de un apartamento hacia otro. En ocasiones Adriana alcanzaba a distinguir el perfil del pintor dedicado a su obra y el de su esposa cuando entraba a interrumpirlo…

Mientras empacaba un cuadro, María lo miró. El pensó: “va a empezar de nuevo…”

—Espero que lo vendas —dijo, María—, si no fueras tan terco podrías ganar millones.

—-No me importa la moda —contestó él—. Detesto la falta de carácter de tantos artistas, que pintan al ritmo del mercado, me interesa observar el hombre inserto en un mundo que se deshace, por eso voy a esos sitios que tanto detestas, allí encuentro vida e inspiración.

—Sí, pero mañana tenemos que pagar el arriendo.

Salio presuroso para evitar más cantaleta y se fue al barcito de Tomás. María tomó el bus a su oficina, el nuevo proyecto en el que iba a trabajar necesitaba de toda su dedicación, por fin iba a trabajar en algo que la entusiasmaba y el equipo prometía, había logrado que contrataran a Juan, su amigo recién llegado de París y eso le daba un poco de emoción a su trabajo.

Calculó el tiempo preciso para que ella tomara el bus y regresó de nuevo a su apartamento, donde se dirigió de nuevo al estudio y siguió pintando. Dio una última pincelada a su cuadro, lo miró sin mucho convencimiento y salio presuroso al interior dos, subió rápidamente las escaleras, meditando una a una las palabras precisas que le diría a su vecina.
—Te combina perfecto con el color de los muebles, le va a dar más vida a la sala —ensayaba, mientras alcanzaba el último piso, donde vivía Adriana.

La había visto un rato antes asomarse al balcón con un cigarro en las manos, con la mirada perdida y melancólica, ensayando anillitos que se perdían uno tras otro en el aire mientras sus ojos recorrían el mismo trayecto de éstos.

—¿Hola Carlos, cómo estás? Hace rato no te veía —le gritó desde su balcón al descubrirlo observándola.

—He estado pintando, tengo un encargo.

—¿Y cómo van las cosas, vecinito? No hemos vuelto a tintear, tienes que ponerme al día.

—Listo Adrianita, caliéntese un tintico y subo, le tengo un negocio.

Golpeó en la puerta y ella lo miró por el ojo mágico, tomó aire, abrió con una sonrisa franca y lo invito a seguir, “sigue, el tinto esta fresquito, acabo de hacerlo.”

Se sentaron juntos en la mesita de la cocina, lugar preferido para sus confidencias, Adriana sirvió el tinto en el pocillo grande que una amiga le había traído de un viaje, un vaso blanco y largo con marquilla de Vancouver, que era el que le gustaba a él.

—Cuente vecino, cuente, ¿cómo han seguido las cosas?

—Mal, china, mal. Mi pobreza no tiene arreglo, y no sirvo para ir a esas reuniones de María a lagartear, parece que lo nuestro no tiene arreglo.

Ella lo miró entre triste y alegre, y suspiró.

—¡Que vaina!

—Sí, que vaina —y posó su mano sobre la de Adriana, que sacó un cigarrillo del paquete y lo llevo a la boca, prendió el encendedor y aspiró con ansiedad.

—Al revés, está al revés —le señaló él. Adriana volteó el cigarrillo y aspiró nuevamente, se miraron y los dos soltaron al unísono una carcajada.

—Los invito a un asado, este fin de semana, quiero tomarme unos traguitos para celebrar mi cumpleaños.

—Gracias vecinita, vendremos.

—Ahora sí, dime. ¿Cuál es el negocio?

—Quería mostrarte mi último cuadro. Cuando lo terminé me di cuenta que tu apartamento era el sitio preciso para colgarlo, combina con todos los colores de tu sala.

—Déjame ver.

Adriana desempacó el cuadro con la misma emoción con que desempacaba los regalos de navidad cuando era niña y se encontró con una mujer asomada a la ventana fumando, con expresión de melancolía, y al fondo un cielo arrebolado e invitador. La mujer llevaba un sombrero que le ocultaba media cara.

—La de mi cuadro sí sabe fumar

—¿Cómo se llama el cuadro?

—No tiene nombre, lo puedes bautizar.

A ella le pareció adivinar en el cuadro una silueta de mujer parecida a la suya, pero se quedó con el cuadro y con la duda.

Le insistió a Carlos para que recibiera el dinero y después de un forcejeo de palabras, finalmente lo logró.

—¡Lo hiciste, Carlos, lo hiciste! —le celebró María—. ¿Sí ves que no es tan complicado? Unas palabritas zalameras, una adulación, una sonrisa, una miradita a los ojos y esas señoras están dispuestas a comprar todo. ¡Debías hacerlo mas a menudo!

Él hizo cara de aburrido, y un poco turbado se imaginó el cuadro colgado en la habitación de Adriana. Se acercó a su esposa, la miró detenidamente y recordó la primera vez que la vio: ella parecía recién salida de un cuadro, con sus colores y todo, nunca había visto brillar así una mujer. Le di un beso y la invitó a meterse en la tibiedad de las cobijas.

Al otro día, en la tarde llego María donde su vecina a contarle de su nuevo proyecto, estaba entusiasmada, al fin trabajaría en algo interesante y Juan estaba muy bien, le comentó con ojos brillantes a Adriana.

Se dirigió al baño atravesando la habitación de Adriana, y de pronto, reconoció en la habitación de Adriana un cuadro pintado con el estilo inconfundible de Carlos, palideció y tuvo que hacer esfuerzos para que Adriana no percibiera su agitación.

Después subió a su apartamento y le contó a Carlos de su nuevo proyecto, y de Juan. El sonrió y le dijo:

—Me alegro mucho por ti, ¿y quien es el tal Juan?

Ella le contestó en tono irónico:

—Se ve muy bien tu cuadro en la habitación de Adriana, combina con los colores de los muebles…

Mientras tanto en su habitación Adriana se esforzaba por reunir las palabras sueltas que atravesaban los muros del vecindario.

El apartamento estaba más acogedor que siempre, con flores en las mesitas, el piso brillante y la luz amarilla iluminando la sala. En la terraza una hermosa luna llena iluminaba el espacio. Adriana había desempacado la botella y ya iba en su cuarto trago cuando llegaron sus vecinos.

—Sigan vecinitos, los estaba esperando. ¿Qué toman?

—Danos un roncito a ambos. Brindaron los tres y se abrazaron mientras la pareja la felicitaba, después apuraron el siguiente trago. María se retiró y siguió saludando a los demás invitados. El acercó su cara a la de Adriana y le dijo:

—Tengo que contarle algo.

En ese momento se acercaron otros invitados a felicitarla y el pintor aprovechó para buscar a su esposa, mientras Adriana lo seguía con el rabillo de los ojos. Los invitados comenzaron a irse, el pintor acostó a su mujer, pasada de tragos, en un sofá, y fue a buscar a Adriana.

—¡Tengo que decírtelo!

Adriana entrecerró sus ojos y contuvo la respiración, preparándose a escuchar al fin las palabras. Pero de pronto, retrocedió aterrada y empezó a gritar diciendo: “no me digas eso, no me digas eso”, y salió corriendo fuera del edificio. Él la siguió. Y ambos, con paso torpe, atravesaron pasillos y escaleras, finalmente se detuvieron y Adriana nuevamente se puso a llorar, mientras decía:

—Ella también es mi amiga, ella también es mi amiga y yo la quiero. Siempre te he deseado, te amo ¡Ahora que vamos a hacer!

Él se quedó sin respiración, pálido y preocupado, estudiando los gestos que hacía ella. Se hizo entonces un silencio prolongado, sólo interrumpido por el ladrido de un perro en un tejado, mientras él pensaba: “ya no me voy a separar, eso era lo que te iba a decir.” Pero sólo atino a decir en un tono suave y conpungido:

—Mejor entrémonos Adrianita, hace frío, mejor entrémonos…

El Vestido - Proyecto Final de los Talleristas

El Vestido
José David Ávila Gómez, Gustavo Ramírez Hernández

FINAL

¡Ahh!, el olor añejo de mis años, la falta de visión… aun más, esos entrañables recuerdos que me agobian, mi dulce sobrino, Dante, lo quiero, o mas bien todo lo que él me recuerda. Parece que fue ayer cuando en mis años de juventud comenzaba a conocer el amor, ¡cómo la quería!, todavía me acuerdo perfectamente de sus quince, cómo olvidarlo, todo terminó con el vacio de las copas llenas de champaña golpeándose en el aire obsoletas y diciendo salud. Me encantó como aquel sonido de las copas iba al ritmo de las miles de conversaciones, que anunciaban el futuro de mi querida Jenny, cuando ella con el desgastado brillo de sus ojos ya me decía que todo no fue como en la noche anterior… no faltaban las conversaciones que decían algo así…. <>… <>… <>… <> (no falta el imbécil con la frase de cajón). Y la mejor de todas, la que nunca se me olvidara… no puedo defraudar a mis papas, hasta aquí llegamos... no entiendo por qué una frase tan corta, tan….

Cómo olvidar el olor sofocante que rodeaba el vals melancólico que derruía de a poco todo lo que me quedaba de felicidad esa noche y mi primer amor. Ese olor de gente en fiestas se mezclaba con un poco de Carolina Herrera que era el aroma de ella, yo era el único que entre tanta alegría y tanta fiesta no podía sonreír. Vi como lentamente ella se acercaba hacia mi mesa, yo sentado entre sus amigas, y con su apagada mirada me decía adiós, me susurró algo al oído, que tal vez por tristeza no quise entender, adiós, entonces me di cuenta que yo era un desconocido en aquella fiesta que no tenia nada que ver ahí, que era un extraño más…

Después de que aquella niña, vestida de princesa, que por cierto se veía tan hermosa, ya no hiciera parte de mi vida, sólo me quedó esperar con el alma en dos, el bufete que sólo supo a amargura y desamor. Estaban celebrando el paso de su niña a mujer, yo la estaba despidiendo para siempre.

Adiós… nunca pensé decirte eso, nunca pensé que esto fuera a terminar, todo parecía tan hermoso, tan bello, tan perpetuo… Pero lo entendí, nada es eterno y menos el amor, el corazón no esta a nuestro alcancé, no porque es débil ni porque es rojo, es para no poder ver las heridas que nos dejan las personas que amamos, esas personas que dan sentido a la vida pero como dice una canción, “nada es eterno en este mundo”.


COMIENZO

Nada es aislado, siempre afecta a algo más… todo es como un domino que cae ficha tras ficha y poco a poco nos damos cuenta que todo pasa por algo, sea bello u horrible… La vida es como una gran obra que nunca podremos develar.

Terminé un día en unos quince de pura casualidad, de cordado yo que estaba ahí, la quinceañera se llamaba Camila y pues a mi eso no me importó de a mucho, yo en realidad en esos días no quería salir pero mis amigos me quisieron sacar de ese ambiente de estrés. Me quedé sentado en el sofá con un buen vaso de whiskey, aburrido, pero ella apareció como su fuera mi alma la que me daría vida aquella horrible noche o bueno desde ese momento fue una noche casi perfecta.

Entre palabras entrecortadas por el deseo de besarnos entre miradas que nunca olvidaré, la conocí y así nunca la olvidaré.

Todo transcurrió después de esa fiesta, nos llamábamos, hablábamos y decíamos que nos queríamos porque todavía no creíamos que el amor existiera en la distancia, pero poco a poco nos dimos cuenta que las miles de cuadras que nos separaban no eran más que la distancia que podía hacer más fuerte nuestro querer y convertirlo en amor.

Hasta que cometí el error de pelear con la mejor amiga de ella, yo no podía pelear contra eso, de eso me doy cuenta ahora, yo pensé que en ese momento el amor lo podía todo, hasta empezó todo con una invitación, ella cumplía quince primaveras, empezaba a retoñar nuestro amor de verdad, casi tres meses de ser felices y yo esperaba ser su príncipe azul en esa fiesta, deseaba estar allí para verla sonreír, no como una niña, si no mas bien como una mujer, yo sentía cómo una alegría rodeaba toda mi existencia. Aquel día me levante temprano, organicé todo y esperé a que el ocaso se regara ante el sol para poderme arreglar y partir.


EL TAXI

Aquel vehículo se detuvo súbitamente ante mi, era un taxi de de los nuevos, miré a aquel sujeto, un señor con una expresión muy amable, le expliqué que no tenia mucho dinero porque iba a una fiesta y le pregunté si había algún problema en que me rebajara la carrera, lo que aceptó sin peros. Ahí fue cuando me di cuenta que hubiera deseado compartir mi vejez, en la que estoy ahorita, con aquella niña. Le conté al chofer todo lo que había hecho para ir allí, como me había esmerado y sobre todo como la quería, hablamos de la distancia que a ella y a mi nos recorría, de nuestra diferencia de clases sociales que en realidad nunca importó, que después de todo, con un mundo lleno de intereses y de entes materialistas, sólo se podía sentir y de cualquier manera el amor.

Ya es hora de volver a la realidad, Dante este es el vestido… si te contara la historia de este vestido no te lo pondrías, lo único que te recomiendo es que tú sí tengas un final feliz.

Los Sepultureros - Proyecto Final de los Talleristas

Los Sepultureros
Pedro Francisco Bernal, Orlando Barón Gil

Felipe levantó sus cartas y vio que tenía un trece; un siete de espadas y un seis de bastos. El trece era un mal número para empezar la partida con los dos viejos, pero eso no podía saberlo Felipe en aquel momento. Miró el rostro de uno de los viejos de cuyo cuello se desprendía lo que pudo haber sido un suvenir tallado con esmero, pero que ahora sólo parecía una reliquia oxidada. De la baraja salió la carta con el cinco acompañada de la imagen de la muerte. Los dos sepultureros soltaron una risotada. Desesperado, Felipe, abandonó el juego. Antes de irse, sin embargo, clavó sus ojos en una pala que reposaba sobre la tierra; quería tenerla en sus manos.

El buscador de empleo se alejó a paso corto, perdiéndose por los meandros del cementerio, en donde el viento de la tarde buscaba abrigo, desentendiéndose del rigor cotidiano de la muerte, mientras las hojas de los árboles pretendían imitar a los deudos que se rinden ante el dolor. El cementerio guardaba las sombras apabulladas que aún se resistían a buscar un cubículo en la muerte; cada tumba guardaba en el interior de su asfalto el último intento de revirar por la vida.

—Las cosas de los muertos deben ir lentas, no llevemos prisa. Se me ocurre que la muerte es especial precisamente porque no lleva afán.

—Aun así vamos demasiado lento.

—No llevemos afán. Una palada lleva a la otra, así funciona esto.

—Además no hemos terminado aún nuestra partida de cartas.

—Piensa en las paladas. Ellas siempre son necesarias, una trae la otra.

—¿Y las cartas?

Los dos hombres cavaron nuevamente; lo hicieron casi sin aliento. Sus conversaciones faltas de vida, lentas y sobre cartas eran un hábito, un viejo y remoto hábito que evitaba el aburrimiento. De alguna manera, estos pasadores de tiempo, como roedores cadavéricos, querían volver a la mansión de donde fueron expulsados.

Dejaron pasar un instante, se alejaron unos metros del hoyo y se sentaron sobre la tumba más próxima. Las cartas volvieron a sus manos. Una vez las repartió con sus manos rugosas y casi despellejadas el viejo del souvenir oxidado en el cuello; enseguida lo hizo el otro, el que nunca parpadeaba, el de los ojos estancados en la tristeza.

Las cartas, esos rectángulos obscenos como reliquias altaneras que aspiraban a ser vecinas de la mano de Goya, parecían no salir de las manos de los viejos, sino del viento cómplice.

—Es posible que vuelva a perder.

—Nos mantenemos perdiendo; es una razón de ser en nosotros.

El hombre del oxido en su cuello, convencido de que esta vez no iba a perder, decidió demorar el juego, alargar la vida, lanzando cada carta como si estuviera despidiendo el último resoplo de existencia.

—Cada vez son menos las familias que traen aquí a sus muertos.

—Ha de ser que adivinaron nuestra procedencia y por eso nos rehúyen. Les dará susto venir donde los muertos.

La mirada desvanecida de uno de los dos se conjugó con el péndulo perfecto que formaba el souvenir oxidado en el cuello del otro.

—No creo que usted los asuste. Con el porte que se gasta… Y con el perfume que se baña, más bien me imagino que atraerá a cuanto familiar exista.

El rostro y el souvenir parecieron sonreír, mientras su dueño lanzó un conglomerado aquelarre de brujas acompañado de un número ocho.

—No atraigo, pero tampoco espanto. Esa es la ley en el limbo de…

Los oídos de los viejos, como costales remendados por tanto agujero en el mundo, escucharon un ligero golpe que se repetía, pero ninguno de los dos le concedió importancia.

—Este trabajo ha perdido hasta su último encanto: hacer llamativa la espera. Y pensar que otros se mueren por tener nuestro oficio.

—Como el aparecido de hace un rato.

El golpe volvió a repetirse, ahora más fuerte o más próximo.

—Todo un buscador de empleo, el hombre.

Las embusteras manos del hombre que no parpadeaba lanzaron con entusiasmo la carta correspondiente a un corte de franela acompañado del número siete.

—Bonita carta. Me acuerda del fulano que enterramos ayer… El filo de la pala le atravesó todo el cuello. Qué imagen soberbia, una cabeza servida en bandeja, como la carta dos.

—Esta todavía es más bonita.

Luego de detenerse el péndulo oxidado, la sombra del viejo proyectó la imagen de una bruja que extraía del vientre de una mujer un bebé repugnante. Y de nuevo, el golpe insistió e insistió, hasta conseguir atraer la atención de los dos jugadores.

—¿Qué será ese ruidito?

—Hmm… Debe ser algo que está golpeando contra la pared.

—A lo mejor un muerto…

Fingiendo cara de susto, los dos dejaron asomar una sonrisa incrustada de nostalgias.

—Se me hace que eso viene del lado de la manzana cuatro, porque se oye lejos.

El golpeteo cesó por unos segundos, como para ganar aliento, y al cabo revivió más nítido.

—No, señor. Es por el lado de la manzana uno. Escuche y verá.

Las miradas se sintonizaron de forma exclusiva sobre las cartas.

—De todas maneras ya lo tenía acabado a usted. ¡Mire! El vientre de esta mujer ocupado por un gallo es un As. ¿Y qué dice de este hombre descuartizado a punta de motosierra, ah? Y para terminar, este costal lleno de carne y huesos picados. ¡Ja! ¡El juego es mío!

Los dos hombres envolvieron las cartas en un terciopelo rojo, un trapo como rasgado del sarcófago nauseabundo del tiempo. Concentraron su atención en los golpes, y por fin decidieron salir de la duda e ir a la caza del sonido. Atravesaron el cementerio por los recovecos más desmadejados, deteniéndose cada tanto detrás de una pared o un árbol, como si simplemente fueran niños jugando a buscar un tesoro en el laberinto de la muerte. Por fin en la manzana trece, saltando de excavación en excavación, examinando con cautela cada una de las tumbas, dieron con la causa del ruido.

—Le dijimos que su carta era la trece, y no que viniera a la manzana trece.

—Este gran hijo de puta… ¡Salga, salga a ver, o lo dejamos de una vez empacadito aquí mismo!

Metido por completo en la última tumba que había cavado, Felipe recibió la primera cuota de patadas, puños y escupitajos que le dio uno de los viejos, mientras el otro miraba haciendo gestos de dolor por cada arremetida.

— No, no le pegue. Déjelo.

El viejo que nunca parpadeaba saltó al hoyo para ayudar a reincorporar a Felipe, le sacudió la ropa y lo miró lleno de ironía.

—Este lo que necesita es…

Felipe recibió del otro viejo un fuerte e inesperado cabezazo en la cara; pronto surcó su barbilla un delgado y espeso hilo de sangre.

—Dizque a salirnos de buscador de empleo…

Una palada de tierra cayó sobre el rostro de Felipe a modo de anuncio de la tregua.

—¡Vamos a darle otra oportunidad con la baraja!

—Ya les dije hace un rato que soy el nuevo sepulturero. Me pagan para cavar las tumbas.

—Los sepultureros aquí somos nosotros.

—¿Quién le prestó mi pala?

—Simplemente la vi tirada sobre un montón de tierra y la recogí. Y hasta donde yo sé, las palas son para cavar.

—Para acabarlo a usted es que la vamos a usar.

—Por favor… Tengan consideración. Necesito el trabajo. He pasado muchas hojas de vida pero aquí nada revienta, y ahora que por fin consigo algo, ustedes me quieren joder.

—Esto mejor nos lo jugamos a las cartas.

Los dos viejos se miraron por vez primera a los ojos. Serios. Se sentaron adentro de la tumba, recostados contra las paredes. De las manos del viejo que nunca parpadeaba apareció el trapo rojo y la baraja. El otro repartió el juego, mientras la tumba se cubría de ese silencio incómodo que presagia todo mal agüero, como recordando que el azar y la estúpida suerte hacen de los vivos la jaula predilecta para la burla eterna en el aquelarre de los muertos.

En la siguiente ronda, Felipe recibió una carta envenenada con el dardo certero del pasado: ¡el número siete, adornado por un costal lleno de carne y huesos picados, listo para ser arrojado a cualquier alcantarilla! Felipe se estremeció de pies a cabeza, como sacudido por una descarga de dos mil voltios, y al levantar la vista de la baraja, se encontró con el hombre que le había dado el trabajo de sepulturero.

—Hombre, Felipe, ¿y usted qué hace ahí metido? ¿Qué hace ahí como un güevón? ¿Para eso fue que me rogó que le diera el trabajo, para esconderse a jugar solo?

Felipe, presa del desamparo, no supo qué responder. Hubiera querido alegar en su defensa que había acabado de recibir varios golpes de parte de la muerte, pero las palabras se le estrellaron contra los dientes y rebotaron hacia su interior carentes de todo significado.

Minicuento de Amor - Proyecto Final de los Talleristas

Minicuento de Amor
John Alexander Vera Chacón
(basado en el texto original de Carlos Andrés Vargas y John Alexander Vera)

Preámbulo

Armando comprendió que se había convertido en asesino cuando se encontró desnudo, tumbado en el suelo de su cocina, manchado de sangre, y ante la aterradora visión de un par de cuerpos semi-calcinados, que apestaban el ambiente con un hedor irrespirable.

Minutos antes, comenzó a despertar de un letargo pertinaz. Lo primero que sintió fue el frío de la muerte deslizándole los huesudos dedos por la extensión de su piel, la sensación de ahogo, de vacío, un dolor de cabeza insoportable, las náuseas, resultado de los excesos que se habían producido la noche anterior en su apartamento. Luego tomó conciencia de su desnudez.

Con esfuerzo, prestando atención al ruido de la calle, lanzó una hipótesis acerca de la forma como probablemente había empezado la noche. Ráfagas de recuerdos comenzaron a asentarse. Escuchaba sirenas de modo cada vez más nítido, como si se acercaran hacia el lugar. Su piel continuaba reaccionando; sintió la humedad que lo rodeaba, extraña, espesa. Trató de respirar profundo, pero de inmediato sintió el ahogo, la ausencia del oxigeno. Intentó reanimarse respirando con más calma.

Persistía en todo caso la sensación de extrañamiento, como si su cuerpo no quisiera obedecer las órdenes que partían de su cerebro, como si su espíritu lo hubiera abandonado y después de haber recorrido un largo camino tratara con mucho esfuerzo de regresar a él, a su cuerpo, helado, desnudo, ajeno. Tomó un poco más de aire, lento, dándose a sí mismo el tiempo perdido. No supo si fue el suspiro que lo provocó o un estado de conciencia más alerta, pero logró recordar una imagen certera de la noche en que la conoció. Se vio sentado tomando un tequila con sal en la barra del Punta Sur. El barman simulaba limpiar unas copas para matar el momento de calma. Ella entró al local como si se tratara de una cebra demente que llega a abrevar al río infestado de caimanes. Inhaló… suspiró, el corazón aumentó su ritmo. “Me da un Margarita, por favor”, ordenó la mujer al barman. El hombre mezcló las bebidas sin quitarle los ojos del escote. Armando también había caído bajo el hechizo de la recién llegada, que había terminado por sentarse a su lado. “Los hombres…”, murmuró la mujer al viento, deseando que su frase sonara más a pregunta que a afirmación.

Sus párpados se fueron levantando como cortinas de hierro oxidadas, dando paso a una imagen borrosa, sin sentido. Sintió pánico, una sensación macabra de abandono, de soledad penetrante, y al tiempo que su visión se hacía más clara, se convenció de la extraña humedad que impregnaba las sábanas. De manera instintiva, cerró nuevamente los ojos. Los recuerdos se arremolinaban en su mente sin sentido, sin norte, arbitrarios, salvajes, imposibles de manipular. Sobre el Punta Sur se superponían unos árboles, una especie de bosque en penumbra, formando un paisaje tranquilo y alegre. Ella reía en variadas y coloridas frecuencias, aprisionando con sus manos el estómago, encorvada por el dolor que finalmente le generaba esa alegría incontrolada. A su lado estaba Manuel, retorciéndose en el suelo también, muerto de la risa. Todos estaban exultantes, gozando de las mieles de las carcajadas. De repente la imagen se astilló por cuenta de una picada que le atravesó la sien y lo hizo casi saltar.


Se llevó las manos a la cabeza, cerrando los ojos como si con ello pudiera apaciguar el tormento. Y fue en ese momento de cefalea aguda cuando el terror lo invadió. Su estómago se retorció de manera brutal y el vómito casi llegó hasta su boca. Abrió sus ojos todo lo que pudo, en un vano intento de deshacer el engaño que un genio maligno le acomodaba en su mente. Palideció al ver sus manos manchadas de sangre. Despacio las recorrió absorto buscando la respuesta a la pregunta, una razón, un porqué. Miró a su alrededor, el espanto aumentó, las sábanas blancas estaban empapadas de sangre espesa, fría, muerta. Trató de respirar, pero el aire se negaba a entrar, el ahogo era insoportable, un nudo en la garganta se le formó sin misericordia, firme en el deseo de negarle la menor brizna de alivio.

Sólo entonces consiguió vomitar el veneno que lo ahogaba, y por un momento revivió. Un chorro amarillo y aceitoso le salía de la boca, agriando su garganta, ardiendo infernal, como si estuviera expulsando lava, el alma candente de un pecador que suplica salvación. Tornándose negra la bilis, se sintió desfallecer. Tosió, apretó el estómago y volvió a gritar de dolor. Algo se desgarraba en su intimidad. Nunca había tenido un despertar tan dantesco.



Poco a poco se levantó de la cama, apoyándose en la pared para no caer. Todo le daba vueltas. Su cuarto estaba patas arriba, con todas sus pertenencias diseminadas sobre el piso, rotas muchas de ellas. Parecía el saldo de un huracán o una pelea… Y las sábanas llenas de sangre… Pero no encontraba en su memoria ningún dato coherente, y le quedaba la sensación de que el genio maligno había puesto en su cabeza los recuerdos de cien personas distintas, un rompecabezas imposible de armar. Entonces empezó a configurar una hipótesis: ¿acaso un robo? ¿Acaso, mientras dormía completamente inconsciente, se había entrado una bandola?

Jazmín, Manuel, Manuel…y como si se tratara de una película que se proyecta en cámara rápida, dando giros de trescientos sesenta grados, se vio en medio de la sala, tomando junto a Jazmín y Manuel, escuchando música, hablando, riendo, jugando cartas a la luz de las velas. Tocan a la puerta, Manuel se levanta del asiento, se acerca a la puerta, entreabre, los mira y… Todo se torna oscuro, confuso. No entiende, trata de recordar algo más pero no puede.

Se tomó la cabeza con las manos, abrió los ojos y vio una daga tirada en el suelo, manchada de sangre. Era la daga que le había regalado su abuelo para cuando cumplió los doce. Junto al puñal, una mancha carmesí se extendía por la alfombra en dirección de la sala. ¿Un cuerpo arrastrado en otra dirección?

Caminó lentamente en la misma ruta dibujada por la sangre, queriendo avanzar a toda carrera para salir de la incertidumbre y poder armar una escena completa, pero el dolor en el pecho y el miedo le impedían correr. Encontró allí, bajo la puerta de la habitación, la ropa de Jazmín, su falda rasgada, la blusa rota, la fina lencería que habían comprado para ella con Manuel… Sintió que sus fuerzas lo abandonaban.

Necesitó de toda su vitalidad para continuar hasta la sala, que encontró también hecha un desastre; las copas rotas, los cojines desperdigados, el suelo lleno de cera de las velas esparcidas y pisoteadas, y dos sillas en el centro con sogas a su alrededor. Encontró más sangre debajo de ellas, un treinta y ocho corto en la mesita de centro y el álbum de fotografías abierto, una fotografía rasgada a la mitad, imagen de ellos tres desnudos, Jazmín los abraza, Manuel la sostiene; la otra parte que ha sido rasgada yace en el suelo, es él, sonríe.

La foto es del día en que se cuadraron los tres, sentados en el mismo lugar que ahora se ahoga en incomprensión. Jazmín los miraba con ternura, no podía decidir, Manuel callaba y él pedía la resolución: “No nos puedes amar al mismo tiempo”. Jazmín levantaba su mirada limpia, prístina, para responder: “Claro que puedo. ¡Lo hago! ¡Lo estoy haciendo ahora con todas mis fuerzas!” Manuel la miraba incrédulo, mientras él trataba de adivinar una broma, un acertijo. Y finalmente la aceptación de ellos fue un silencio duro, una mueca de asombro que aspiraba a sonrisa. Jazmín los tomaba de la mano, estaba hecho, los dos eran suyos y sellaba el pacto besándolos al mismo tiempo.

Lo recordó y por un instante, su cuerpo se trasfiguró: se desnudaron, se besaron, se acariciaron palmo a palmo, hicieron el amor como tres facinerosos en una pradera sacudida por una estampida de búfalos. No sintió más dolor, se revivió en medio de ellos, sintió el profundo amor que les profesaba. Desde ese día se devoraban en su apartamento, en el baño de un bar o simplemente donde los pillara el deseo. Los días volaban.

El instante cayó tan rápido como llegó. Sintió nuevamente ganas de trasbocar, pero se resistió a hacerlo. El teléfono sonó una, dos, tres veces… El sonido de las sirenas era más cercano, estarían frente a la portería del edificio. El citófono sonó con la insistencia de un asaltante que tiene los segundos contados para sacar el botín del banco. Se acercó a la cocina para contestar, abrió la puerta y cayó.

Totalmente paralizado, tumbado en el suelo de su cocina no lograba comprender lo que sus ojos veían. Aquello que le mostraban era mucho más fuerte que la peste que le entraba en cada inhalación. Su cuerpo comenzó incontrolable a temblar. Dos cuerpos calcinados a medias, aún humeantes, se encontraban en medio de una formación rectangular de ladrillos. Al lado derecho, el fetiche del dios de los mashcopiro, tribu indígena del Perú, les miraba con desdén. A su izquierda, entrelazados, dos aros entretejidos con ramas de Juanjú.

La expresión de los rostros a medio asar era angustiante, la boca totalmente abierta dejaba aun escapar un aullido silencioso y suplicante. Los miró por un instante y entonces supo de quienes se trataba: la cadena de plata ahumada colgando de sus cuellos desechos no le dejaba duda. Lanzó su mano sobre el pecho desnudo buscando la parte que le correspondía, y apretó con fuerza la fracción de un sol colgando de una cadena de plata. La idea había sido de Manuel, un día llegó con un sol Maya en tres partes iguales, cada una sostenida de una cadena de plata, y sin decir palabra, acomodó en el cuello de Jazmín y Armando su respectivo presente; por último lo hizo él.

No entendía por qué las personas que más amaba, yacían en medio de su cocina consumidas por el fuego. Recogió sus piernas poniendo sus rodillas muy cerca de su rostro, las abrazó y lo recordó todo. O al menos, esa impresión le quedó.


Manuel entreabrió la puerta y los miró. “Llegaron las pizzas”, dijo con algo de emoción. Sacó unos billetes del bolsillo y pasó tres de ellos, despidió al mensajero y cerró la puerta. Jazmín danzaba sola en medio de la sala, parecía poseída por un espíritu, cerraba sus ojos y se dejaba llevar por el ritmo de la música. Manuel colocó la caja en la mesa y se acercó a ella para unirse a la danza. Él los miraba aspirando un cigarrillo. Sintió la mano de Jazmín atrayéndolo hacia ella, exhortándolo a la unión de la entelequia vivida. Estuvieron así por un tiempo hasta que Manuel sacó de su maleta una pequeña bolsa transparente que dejaba ver una hierba seca y triturada, se apartó de ellos y sobre la mesa preparó con la sustancia un cigarrito que selló con sus labios.

Manuel aspiró manteniendo lo inhalado por un instante, besó a Jazmín en sus labios y soltó el humo dentro de ella, como si se tratara de una nueva forma de poseerla. Ella lo recibió placida y complaciente, lo llevó a sus pulmones y lo sacó con un poco de tos. Armando se encontraba detrás de ella, conducía sus manos por la espalda, recorriendo cada espacio, la apretó con fuerza, conduciéndola hacia él.

Manuel enloquecido le besó furioso los labios, dejando a Armando a un lado. Él se retiró, tomó la copa de vino y comenzó a bañarlos con el líquido púrpura de arriba hacia abajo. Las ropas se manchaban y Jazmín acezaba. Manuel la soltó y se la entregó a Armando como si se tratara de una ofrenda que él devoró a su modo. Manuel se quitó la ropa, acercó una silla y tomó los cordeles de la cortina. “Amárrenme”, ordenó; Jazmín obedeció. Al terminar de hacerlo acercó a su amante suelto y comenzó a arrancarle las ropas, lo lanzó al sofá, luego azotó contra la mesa la copa de vino, le entregó a Armando la parte que quedaba y algo le dijo, una instrucción, una orden, el caos volvía a apoderarse de su memoria.

Golpeaban la puerta como si quisieran derribarla, se escuchaban algunas voces, no pudo entender lo que decían. Cerró sus ojos para recuperar los recuerdos, resbaladizos como peces en sus manos. Manuel se reía y gozaba al ver como Armando empuñaba la copa rota y se acercaba a él con firmeza. Jazmín se acercó por detrás y... Armando giró su cuerpo para morderle el cuello. Manuel no paraba de reír, sus carcajadas perturbaban el ambiente en que se poseían los tres…

Las imágenes que le vinieron se entremezclaban manteniendo la misma energía de los actos, tomó a Jazmín de los brazos y la amarró en una silla junto a Manuel. Armando se sentó en el sofá, tomó el álbum de fotos y sacó una en la que estaban los tres desnudos y abrazados. “Este amor me está consumiendo”, dijo mirando la foto.

El sonido que emitió la puerta al caer por la fuerza ejercida lo despabiló; unos uniformados entraron al apartamento. Armando continuó perdido en el delirio de sus recuerdos, o el poderío alucinatorio de la invocación a los mashcopiro, y así, mudo, escuchó de nuevo el grito de Jazmín que sobre su cuerpo se estremecía y temblaba sin resistencia. La corriente que emergía del interior de su amada le hizo perder el control, y gritó junto con ella, sintiendo un orgasmo compartido al que también se unió Manuel. El líquido que salió de los dos amantes inundó por completo a Jazmín, y… Acababa de acomodar en el costado de Manuel la hoja fría y aguda de la daga, la misma que un segundo después atravesaría a Jazmín en un acto de compasión consigo mismo.


Historia

“Antropólogo drogadicto y demente descuartiza, cocina y devora a sus amantes”, el titular era lapidario, y en las páginas interiores, en un recuadro diminuto, se leía otra noticia acerca de la desaparición de una pareja de stripers. Manuel y Jazmín celebraron el crimen perfecto con una discreta taza de café. Ahora tendrían que encargarse de lo más fácil: la plata del amante caído en desgracia y el seguro de vida de sus víctimas.

Casa de Muñecos - Proyecto Final de los Talleristas

Casa de Muñecos
Violeta Leuro, Néstor Pedraza

—ÉL NO —grito cavernoso que le hace abrir los ojos, goteos, manchas verdosas en el techo, respiración agitada, manos invadidas por mangueras, intento de liberarse. La represión tiene la voz dulce de los ángeles, tranquilo, está en recuperación, y las manos del ángel se hacen líquido relajante que danza alegre entre su cuerpo. —¿Dónde estoy? —, la voz del ángel se va haciendo distante, en el Hospital de La Divina Providencia, estuvo dos semanas en coma; los ojos comienzan a pesar, —¿quién me trajo? —... Un aguacero tropical lo cubre de púrpura.



Después del grito, todas subimos y vimos a Ángel boca abajo en el pasto escarlata. La orden fue volver a los cuartos y no salir hasta el otro día. Me quedé pegada a la puerta del cuarto esperando el movimiento, las preguntas, opción de libertad. Escuché pasos difíciles y zapatos arrastrados, un chorro de agua golpeaba la hierba, susurros transmitían órdenes. No se habló del asunto, no hubo plañideras, nunca llegó la sirena. Así supe que jamás saldría de aquí.



—Uy, el Rolando tiene pelo —sol intenso, carcajadas, suéltenme hijueputas, devuélvanme mi pantaloneta malparidos—. Pásela, pásela —si nos vamos a empelotar, nos empelotamos todos, ¿o les da miedito?, y el coro se desbordó como si durante días se hubiera cocinado ese anhelo—: ¡Mucha ropa! ¡Mucha ropa! —o todos o ninguno—. De una ¿quién me ayuda con el nudito del bikini? ¿Nadie? Pues me lo quito yo sola —a Marco se le iluminó el camino hacia su objetivo, que ella también se lo quite. La niña que deshacía el nudo de su bikini rechazó la idea con un gesto de asco. —¿La Reina? No, esa se cree mucha cosa —a que la convenzo—. ¿Qué apostamos? —los otros se ocupaban en lanzarse agua mientras se desnudaban, un beso. —Pero abajo. A que no es capaz.

—Hey, venga a jugar con nosotros, la estamos pasando rico —Marco se agotaba en la inutilidad de ocultar su nerviosismo, yo no participo en las sesiones de fotos, tras los lentes oscuros se adivinan sus ojos cerrados. —¿Qué? —hace mucho calor. —Por eso, vamos al agua —, la respuesta lo hizo desistir al fin, no soy pato.

—¿Si vio?, qué le dije —no, pues esa vieja no me botó ni una mirada—. Claro huevón, por eso es la Reina del Hielo —me salió con un cuento todo raro—. Mejor ni se le acerque, que ella es la favorita y de pronto se mete en un problema —las más lindas siempre son las favoritas.

—No, pues, ¿le gustó mucho la cucha?

—¿Cuál cucha?

—Ella, tiene como veintitrés años.

—Que va, si se ve repelada.

—Bueno, pero agáchese ya que estoy esperando la paga de la apuesta.



Abre de nuevo los ojos. Le está amaneciendo un verde claro y un amarillo intenso sobre las sábanas, el bip de la máquina a su izquierda. Botellas conectadas a su cuerpo son atravesadas por la luz de la ventana. Botella tras botella el ámbar se iba acumulando sobre la mesa, haciendo transfusiones fermentadas directo a su cabeza, en la tienda de JR. “Todos podemos ser padres, aquí no vendemos cerveza a menores”, brindaba el aviso institucional con los adolescentes del barrio.

Marco acababa de devolver unas fotos manoseadas, arrugadas y descoloridas, que JR rotaba por lo bajo entre los muchachitos. Celebraba el trato que había hecho con el dueño de la tienda y de las fotos: por cinco fines de semana ayudaría a cuidar a unas peladas en la casona y recibiría un billete grueso. Se la gana suave, le dijo JR, y puede que también coma de sal, porque a usted como que no le ha tocado de eso.



Ella mandó a arreglar hoy a las nenas que han vivido un par de años aquí. Hizo que las lavaran y les pusieran la ropa con que llegaron (estuvo intacta en el clóset de la vieja, bajo llave, como signo de lo que eran y había que acallar). El niño de la manguera ya no se sorprende de los cuerpos desnudos, los ha visto docenas de veces al igual que sus amiguitos desde que aceptaron trabajar aquí para darnos algo de cariño y felicidad, y jugar con nosotras. Vienen durante un par de semanas y luego se van con el cuerpo engrandecido... el corazón lo dejan enterrado en el patio.



Llegó el domingo por la tarde a la casona y la vieja le presentó a las cuatro niñas. Le dijo que sólo tenía que acompañarlas para que no se aburrieran tanto y ayudarles en sus cosas, algo así como una dama de compañía. Eso era todo. Al tercer fin de semana le asignaron la tarea del baño: ellas llegaron al patio, se quitaron la ropa de dormir y se pusieron en hilera frente a él, mirando al piso. Le dieron una manguera, sólo tenía que golpearlas con el chorro y seguir las órdenes de alguien que hablaba desde el balcón: manos arriba, media vuelta, ahora a la del medio, en cuclillas, enjabónense todo, y usted (a la niña que había llegado la noche anterior) deje de llorar, que esto no es nada. Después le dijeron que podía irse, que el siguiente fin de semana trajera pantaloneta de baño porque iban a inflar una piscina para que jugara con ellas en el agua, y que si seguía así, hasta le concretaban una cita con la que más le gustara. Dentro de poco habría carne fresca.



Anoche uno de ellos hurgó con algo de afán mi cuerpo. Me durmieron más temprano que de costumbre. La vieja le dio su paga al muchacho. Nunca me muerden —les impresiona verse reflejados en mis heridas al otro día, cuando me limpian con asco su propia mugre— y cuando son incapaces de seguir jugando, los reemplazan.



Tarde calurosa, piscina inflable sobre la hierba, juegos y apuestas que los dejaron sin ropa, húmedos y cansados. La única que no participó, la Reina del Hielo, fue la que invadió sus sueños. El sexto fin de semana sólo quedaba ella, habían llegado tres niñas nuevas y de las otras nadie dio razón. Ese día le dijeron que no volviera más, que cuando lo necesitaran otra vez lo volvían a llamar. Mientras le daban los billetes, Marco mantenía su pensamiento enfocado en su Reina. Volvió, a pesar de la orden que le habían dado. No lo dejaron verla. Insistió y los de la casa lo sacaron a patadas. Con la boca rota, empezó a idear la forma de visitarla clandestino en las noches.



Click: Delgada y blanca, te pierdes en los enormes brazos peludos, mientras la verga tiesa sobresale entre tus piernas; a diferencia de tus teticas, tu culo ya está formado. Click: Muñeca inflable, ni te inmutas con la incursión que hacen dos hombres en tu cuerpo mientras te cachetean las nalgas. Click: Te amordazan y amarran, aprietan la soga hasta causar llagas, mordiscos que hacen sangrar, son seis, uno te rocía la cara, ¿no vas a beber? Click: Me miras con ojos vidriosos, sin alma, mientras la princesita de rosado se te come el coño, niña mala, mala... Click: Ríes, un muchacho tímido besa tu entrepierna, atrás las otras niñas se van desvistiendo en una piscina inflable. Click: Cinco niñas reciben desnudas un baño con manguera, ¿quién fuera el nene de la manguera? Click: Qué bella, qué mala eres, ah, no, no puedo... Click: Me encanta verte hecha estatua, ¿cadáver?, te levantan la blusa y ni siquiera pestañeas, no puedo más…



Había decidido saltar el muro de la casona, y a lo Romeo subió por el balcón: se encontró con que su parcero Rolando estaba encima de ella mientras tres tipos y una mujer añosa miraban. El flash de la cámara lo puso al descubierto y lo apresaron entre el portero y el camarógrafo. Después de reventarle la cara le impusieron un trato: en ocho días haría parte del grupo de trabajo élite y se ganaría el doble de lo que había recibido en el primer mes, pero tenía que comer callado o lo visitarían en su casa. Aceptó por puro instinto de supervivencia. Para que se fuera tranquilito a su casa, para que no se desviara por el camino, le regalaron una foto: a mamá le daría un infarto si viera esa escena de su niño lavando a una niñita desnuda que llora.



A Marco lo curan con líquidos colgantes. Mariana curaba su piel con el cuerpo roto de las botellas de perfume. Marco se mantiene inmóvil en una cama ajena, lejana y diferente a la de ella, de madera con cabecera adornada por flores de metal, donde él logró visitarla una sola vez sin ser atrapado. Una diminuta ventana enmohecida detrás de él le avisa el día y la noche. En el borde de su cuarto —un altillo con balcón— brillaban de noche las fragancias de pino, eclipse de luna y heliconia marchita. La mamá le llevó fruta esa mañana, los médicos no le permitieron dársela. La vieja le quitaba los chocolates y peluches que le regalaban los clientes, sólo le dejaba conservar los perfumes y las joyas.



Sentada frente al espejo, miro la colección de marcas en mi piel. La nueva es de las profundas, de esas sólo llevo la cuenta de cuatro. No quiero que el niño descubra la perversidad en mi piel. Lo encantador de los frascos de perfume es la fineza de su corte. Mi ritual de ablución; él no se merece este asco. Mi alma se está desvaneciendo. No tengo cuerpo, lo que quede será para el autor de mi única sonrisa. La sangre dibuja filas verticales que resbalan desde mi pecho, unas cuantas se detienen en el ombligo, lugar favorito de los besos de Marco, único acto mío, consciente, voluntario. Hicimos un pacto: sembramos mechones de cabello en una matera con semillas de novios y el tiempo de florecer será el tiempo de nuestra fuga. Sigo el camino escarlata hasta el vientre, la piel se abre, florece. Él besó mi frente, en sueños oí que me susurraba: “date el descanso etéreo.”



Marco terminó con afán la sopa de menudencias que le preparó mamá. Puso la carne helada en su cara amoratada. Apagó la luz. Miró el techo ennegrecido durante toda la noche. Una prostituta. De una prostituta se había enamorado. Le causaba asco, pero no ella. Algo estaba mal. Y si no estaba mal en ese cuerpo manoseado por hombres que no se interesaban en ella, que no apreciaban el valor de su corazón, estaba en ellos, en los que dejaban sobre su piel la baba de la perversión. O en los otros infames, que la despojaban de su dignidad al tallar la marca de sus miradas pútridas sobre sus formas. ¿O tal vez estaba en ella, en sus instintos, en su goce? “Es una puta, una sucia puta. Ella misma me lo ha dicho: nada le queda que pueda ofrecerme, nada que pudiera llegar a considerar mío.” Le resultaba imposible evadir el pensamiento de que ella era una perra que escondía los gemidos de su placer en la excusa de las drogas que le suministraban, o que quizás consumía por voluntad propia, para sentir más y mejor la podredumbre que insertaban en todos sus orificios. Entonces, volvía a verla con los ojos del amor, sentía que podía perdonarle cualquier cosa, lo que fuera. ¿Soportaría por amor el ultraje a que ella se sometía? ¿Cargaría en sus espaldas el dolor de imaginarla cada noche en manos de uno, dos, tres hijos de puta, tres malparidos de lo peor sacudiéndose sobre ella, tan sudorosos como criminales?

Con la mirada fija en el techo, se repite que sólo él puede salvarla. Sabe que arriesga su pellejo, que ella le destrozará el corazón y le robará el deseo de vivir si no logra que deje de destruirse. Por ahora, tiene una cita con ella; en breve se convertirá en uno de esos degenerados que la usan como a sanitario público. Arruga la foto, no tiene escapatoria.



Las que llegan aquí consiguen su libertad cuando se pervierten sus pieles y les ha empezado a ser indiferente la sangre que corre por sus cuerpos. Las arrojan en cualquier calle. Ahora están sentadas en la sala, en el sofá que linda con la puerta. Las cuatro en fila, visten minifalda. Yo llevo un vestido largo y debajo, vendas. Se abre la puerta y con la luz de la tarde huelo por un segundo la libertad. Adiós. Yo no tengo relevo.



Se abre el telón, el de los brazos peludos desviste a la maniquí. Te acomoda en la cama para terminar de sacarte la ropa. Inanimada, ni siquiera se erectan tus pezones con el roce burdo de sus manos. ¿Vives? Tus ojos inmóviles bajo los párpados cerrados parecen negarlo. El macho peludo ordena la entrada de dos ayudantes que te dan un baño con cepillo y detergente, tus extrañas cicatrices resaltan sobre el blanco de tu piel, me excitan. Salen los aseadores y el macho ordena la entrada del muchacho que nos deleitará. El niño lubrica tu piel en aceite. Abre tus piernas y nos exhibe tu vulva abierta por sus dedos. Vuelve a acomodarte. Ya estoy listo, soy el primero en dar la señal. Entran de nuevo los ayudantes, someten al sorprendido nene del aceite, me enardece verlo forcejear mientras descubren su flor anal, qué llanto más enternecedor, voy a consolarle...

—ÉL NO.



Marco vino por mí, es la última función. Sus lágrimas caen en mis labios, con una caricia me recuerda la promesa del balcón, ser la sonrisa de mis últimos instantes. Un pasto de fresas nos espera. Mi piel se ha repuesto de las heridas, ya no hay marcas ni recuerdos. “No estás sola, nunca más”, me dice en un grito que sólo entiendo yo; sólo él entiende mi lenguaje mudo. Solos los dos. Sol de madrugada que saluda mi mañana. Su mano abraza mi pecho, me pide que no me vaya. Respiro su aire. Aún estoy. Libertad del corazón.



Penetro la piel virgen, el nene grita. Bella flor blanca que adorna mi acto. Somos protagonistas de un cuadro sublime. La muñeca se despierta con el grito del sodomizado. Aún no me vengo, ¡¡MIERDAAA!!, ¿por qué se mueve, por qué grita? Él no, insiste la zorra justo cuando estoy alcanzando el nirvana. Mi verga se adelgaza, maldita sea. Los dos ayudantes la sujetan, le golpean el rostro para aquietarla, es una farsa, una estafa, NO PAGUÉ POR UN SHOWCITO DE CUARTA. Me salgo del culito adolescente. Me limpio la sangre y la mierda con las sábanas de la putica drogada que pide por el putico, los dos lloran, que novelón. Mis socios y yo nos vamos sin pagar; que cagadero, justo cuando...



—Lo encontramos tirado en un potrero cerca del caño —Marco está aún aturdido por el tranquilizante, ¿dónde está?—. Usted llegó en estado de coma, casi lo matan a golpes —¿dónde está?, mi Reina. —Cuando lo encontramos estaba sobre el cuerpo sin vida de una mujer joven, de cabello castaño y tez blanca. Lo siento. Tenía varias contusiones en la cabeza y el pecho —Marco sólo sabe repetir, ¿dónde está?— Usted deliraba, repetía "ya florecieron", ¿qué significa eso? —¿dónde está?— Nadie la reconoció —ella no. NO.
—Mañana vuelvo para hacerle unas preguntas.



Estoy por fin, para siempre, contigo. Tendidos sobre el pasto oímos el rumor del río en un bello amanecer. Estás recostado en mi vientre, besas mi piel, mis heridas. Sonrío, acaricias mi rostro, mis ojos, mis labios, me cantas una canción de cuna. En el patio vi anoche que florecieron los novios. Brille para mí tu luz.

jueves 22 de mayo de 2008

Gas de Pantano - Proyecto Final de los Talleristas

Gas de Pantano [1]
Olga Álvarez, L . C. Hamilton

Se había arrancado los testículos a dentelladas. Nemesky no se explicaba cómo el sujeto, atado de manos al tubo del lavabo, había logrado quitarse los pantalones, repletos de mierda producto de las cagadas de los últimos quince días, amarillentos a causa del orín, empapados de un espeso sudor que en los últimos días había consumido el demacrado cuerpo del sujeto, en parte por el miedo, en parte por el Síndrome de Abstinencia que finalmente le había llevado a comerse sus propios genitales, ahora flácidos y sanguinolentos entre los dientes del tipo, como una sardina a medio masticar.

<<>> pensó Nemesky mirando impasiblemente el cadáver, que ya comenzaba a oler mucho peor que en vida.

Del pantalón, tirado contra uno de los muros anteriormente blancos del baño, sobresalía una tira negra de cinta aislante. La misma con que había sellado las puertas del departamento para evitar que el hedor se dispersara por toda la ciudad.

<<>> reflexionó Nemesky con una febril sonrisa que él mismo habría calificado de insensata. Sólo que aquello no podía ser. No podía estar demente. Tal vez el mundo entero lo estuviera, pero Nemesky JAMÁS. ¡En nombre de los gaseosos cielos! ¡Pero si Nemesky era inmune al Gas de Pantano! Nunca se le había pasado por la cabeza matar a nadie…Y lo que había sucedido con este tipo… bueno, eso podría considerarse un desafortunado accidente…Pero nunca un homicidio.

Nemesky se acercó a los pantalones y se inclinó sobre ellos. La tira de cinta estaba algo masticada y medio fundida con la masa de heces que llenaban los vaqueros.

—Tú —señaló Nemesky.

El cuerpo inerte y medio descompuesto del presunto Oficial Pro-narcóticos no respondió.

—¡Tú! —repitió Nemesky, esta vez más fuerte, aproximándose al cuerpo.

Afuera, varias Unidades Policíacas, debidamente drogadas, comenzaban a rodear el departamento.

—¡TÚ! —chilló Nemesky pateando con fuerza el cadáver retorcido y hediondo que parecía sonreír con desprecio.

La puerta del departamento se abrió con estrépito y un (des)nutrido grupo de policías rodeó a Nemesky. Uno de los oficiales se sacó una inyección del cinto. Era una de sus numerosas Dosis Personales: OMEGAENDORFO, naturalmente.

Un segundo Oficial evitó que inyectasen a Nemesky.

—¡Estúpido! —exclamó el Oficial—. Necesitamos demostrar que este maricón se ha mantenido limpio… Que no se ha metido nada sabe Dios desde cuándo…

Nemesky, ajeno a todo cuanto pasaba, no dejaba de observar el cadáver, que tenía rotas las costillas. De allí la antinatural pose en la que lo había encontrado. Seguramente la misma víctima se las había roto en vida para poder alcanzar su entrepierna y arrancarse el pene. Nemesky se preguntaba si el tipo se había estimulado sexualmente, si habría fantaseado un poco para aminorar la distancia que separaba su boca de su miembro. Pero aquello no importaba… Lo realmente importante era ¿cómo demonios se había quitado los pantalones?

<<>> repuso una voz en la cabeza de Nemesky.

—¡TÚ! —gritó este por última vez, antes de ser arrastrado por los oficiales al Juzgado— ¡TE LA TRAGASTE! ¡TE TRAGASTE LA CINTA! ¡TE LA TRAGASTE ENTERA!

Y Nemesky se echó a reír.


Era un pasillo oscuro, de paredes sucias por el hollín y cubiertas de garabatos y consignas de apoyo a la Ley que había legalizado el libre consumo de drogas. Más que un Juzgado, daba la impresión de ser una penitenciaría olvidada y terrible. Algo no muy alejado de la realidad. El efecto del Gas de Pantano no sólo había influido sobre las personas… también había dejado su huella química sobre toda construcción existente y, particularmente, sobre la alguna vez esplendorosa civilización occidental.

En oriente la situación era distinta. Anticipados los efectos del Gas, japoneses, chinos y coreanos (entre otros) se habían encapsulado a sí mismos en sendas burbujas transparentes comúnmente llamadas CELULOIDES, cuyas membranas semipermeables permitían los intercambios de las personas con el mundo físico exterior, esto es, la alimentación, el trabajo, las funciones corporales de excreción y, por supuesto, la sexualidad.

Nemesky recordaba haber observado en la ULTRANET imágenes de estos orientales practicando lo que ellos llamaban Sexo Seguro. Lo único que a él le sugerían tales videos era una fuerte sospecha de que las babosas debían reproducirse de forma muy similar.

<< ¿Acaso esperabas otra cosa de unas personas que producen más arroz del que consumen? >> preguntó la Voz en la cabeza de Nemesky.

Sí. Esos estúpidos asiáticos… Pero, finalmente ¿qué diferencia había entre estas babosas orientales y los descerebrados insectos occidentales que ahora le escoltaban al Juzgado?

Allí estaban ahora, en una sala más o menos espaciosa, llena de basura y de sillas a punto de desaparecer bajo una nube de polvo. Una gran congregación de (¿personas?) rodeaba a Nemesky. Hombres altos, de cabello desordenado, vestidos con sucios y roídos trajes. Mujeres semidesnudas, la mayoría en cinta, con el maquillaje corrido o a medio maquilar. Niños demacrados, viejos antes de tiempo, con el aire ausente de quien ha consumido casi toda su existencia. Sin duda, todos salidos del mismo circo.

En la parte central, en un atrio sonsacado a la desaparecida iglesia de la ciudad, se encontraba el Juez. Aunque no muy diferente del resto de los miembros de la sala, irradiaba un aire de superioridad algo forzada, una mirada fría y los puños firmes sobre la mesa. Parecía agonizar y era muy probable que sólo estuviese allí con el fin de condenar a los más posibles para que, al fallecer, de acuerdo a La Ley, resultara imposible apelar el veredicto.

Los mismos Oficiales que detuvieron a Nemesky le condujeron hasta la parte inferior del atrio del Juez. Había allí un banquito de madera que apenas si permitió a Nemesky acomodar media nalga encima. Aunque todos parecían observar al acusado nadie se atrevió a decir una sola palabra, hasta que un hombre, que no habría tenido que esforzarse demasiado para encarnar el papel de Satán en alguna vieja película de terror, se acercó a Nemesky y le preguntó con gravedad:

—¿Sabe usted por qué estamos aquí?

Pregunta que Nemesky no tuvo oportunidad de contestar porque de forma abiertamente desinteresada por el acusado, el Fiscal había dado rienda suelta a su alegato:

—¡Claro que lo sabe! Este hombre ha sido traído ante los tribunales, acusado del más horrendo crimen del que ser humano sea capaz. Crimen horrible, sí. Un crimen que nuestra sociedad no puede tolerar…

El Fiscal empleaba un tono seco y retorcido mientras caminaba, como un cuervo en un cementerio, de un lado a otro de la sala. La mirada del tipo era un agujero insondable. De hecho, notó Nemesky, era un enorme boquete abierto en los labios de Dios.

¿Escuchaban realmente las cucarachas allí presentes el alegato del fiscal? Sus mentes bien podrían estar a mil años luz de aquel Juzgado. Era incluso posible que le dejaran en libertad. El OMEGAENDORFO recorría las venas de todos y cada uno de los miembros de la asamblea.

¿Qué maravillosas alucinaciones se presentaban ante estas personas, todas consumidas por la droga, de carnes secas y ojos irritados? ¿Qué horribles visiones atormentaban a los hombres, mujeres, niños y ULTRAVESTIS reunidos en torno suyo?

La esperanza de escapar con vida de aquel juicio detestable desapareció de la mente de Nemesky cuando su abogado defensor (en el que apenas si había reparado) cayó muerto de repente, la cabeza a tres metros de su cuerpo tembloroso… todo por haberse atrevido a elevar una tímida objeción ante los insultos y desmanes del Fiscal.

—¡Que le corten la cabeza! —gruñó el Juez y, en efecto, así sucedió.

¿JUSTICIA? Nemesky habría esperado más justicia en la corte del País de las maravillas.

La visión de sangre no hizo más que alentar la sed de muerte en el Jurado. El Fiscal mismo danzó un rato sobre el charco carmesí que rodeaba el cadáver. Luego, tomó la cabeza cortada entre sus manos, la besó y, por último, la envió al otro extremo de la sala de un soberbio puntapié al tiempo que declaraba:

—¡Esto, señores, es algo que no se puede permitir! ¡La vida es preciosa y más nos valdría matar a uno por el bien común que permitir que el caos y la anarquía reinaran! ¡Este hombre, al que debemos condenar, es un peligro para la sociedad! ¡Un pensamiento individual, distinto, segregado, la manzana podrida que nos puede llevar a la locura! ¡Este es nuestro hombre! ¡Repitan conmigo! NEMESKY… NEMESKY… NEMESKY…

Todas las personas en la sala comenzaron a repetir su nombre:

—NEMESKY… NEMESKY… NEMESKY…

Y a éste ya no le cupo ninguna duda de que se encontraba en un concierto de Metal…


En el baño del piso 184, en un céntrico y derruido punto de la ciudad, Nemesky se encargó de atar al hombre usando el viejo cableado de acero inoxidable que había estado robando de los pozos subterráneos, abiertos en medio de la calle. Una de las tantas señales que delataban la desesperación de las personas por escapar del Gas de Pantano, cuando sus efectos apenas comenzaban a sentirse.

El apartamento se encontraba completamente inundado y todas las porquerías del lugar flotaban sobre el agua. Durante los primeros días de su cautiverio, el hombre había destrozado la cisterna a patadas. También había estado gritando como loco. La vieja administradora había amenazado con llamar a la policía si no paraban los gritos. Nemesky había tenido que sellar los resquicios de la puerta con cinta aislante. Así, ni el ruido ni el agua escaparían de aquel departamento.

El tipo en el baño se había calmado un poco. Con la cabeza abajo, el sudor y la mierda envolviendo su cuerpo, no había tenido oportunidad de notar la presencia de Nemesky en el umbral de la puerta. Tan sólo tartamudeaba incoherencias, efectos del delirio por falta de la droga. Nemesky le golpeó varias veces la cara, haló su cabello hacia tras hasta casi desnucarlo pero el sujeto no reaccionaba. Nemesky comenzaba a desesperarse… ¡Tan sólo deseaba entablar una breve conversación con él!

Sacó del bolsillo del gabán una pequeña licorera que usaba en los casos más profundos de embotamiento. No garantizaba calmar el particular “apetito” del hombre pero al menos lograría captar algo de su atención.

El desgraciado sorbió unos tragos del brebaje, que no era alcohol ni mucho menos, sino un compuesto químico que disolvía las moléculas de OMEGAENDORFO en el cerebro… aunque producía diarrea severa.

Un cierto grado de consciencia pareció brillar en los ojos llorosos y entornados del tipo. Nemesky le dejó en paz unos minutos para comprobar que el agua no se estuviera filtrando bajo la puerta. Al regresar, su prisionero parecía completamente despejado, o al menos lo suficiente para poder interrogarle…

—¿Puede escucharme? —preguntó Nemesky con extrema claridad.

El hombre asintió dolorosamente.

—Bien —celebró Nemesky—. Ahora vamos a tener una amable conversión ¿De acuerdo? Va a decirme por qué ha estado siguiéndome y quien o quienes están detrás de todo esto…

—Yo… no sé… No sé de qué me está hablando…

Un nuevo puñetazo en la cara le informó al sujeto del grado de amabilidad que alcanzaría la conversación en aquel baño apestoso.

—Quizá no lo sepa… o quizá no se lo dijeron… pero soy inmune al Gas de Pantano. No estoy controlado de ninguna manera por la atmósfera contaminada de este mundo ni por las asquerosas drogas que todos dicen necesitar para no ser doblegados por el Gas… Hace más de siete años que no me inyecto nada… así que no crea que está tratando con uno de esos insectos descerebrados que deambulan por las calles, muertos en vida…

El amoratado rostro del hombre adoptó tal expresión de horror que Nemesky creyó confirmadas sus sospechas hacia aquel miserable por el que, en algún momento, llegó a sentir algo de lástima.

—Entonces no se lo dijeron… realmente, le ordenaron perseguir al hombre equivocado-se burló Nemesky sentándose sobre los restos del inodoro.

—¿Siete? ¿Siete años sin OMEGAENDORFO? —murmuró el hombre, casi incrédulo. Toda esperanza de escapar con vida de donde fuera que había ido a parar se esfumó de su cerebro, ya libre del narcótico. Quizá fue aquí donde comenzó a planear su propia muerte.

—Parece sorprendido —declaró Nemesky—. Nunca creyeron que habría alguien lo bastante astuto como para no caer en la trampa…

—¿Trampa? ¿Qué trampa?

—He estado meditándolo… Y he llegado a una conclusión: No existe tal Gas. Es decir… Ya no existe tal cosa. Todo fue un plan, bastante ingenioso, debo admitirlo. Pero no por ello menos siniestro.

El hombre observaba con la boca muy abierta a Nemesky. Aparte de su aspecto algo descuidado, daba la impresión de ser una persona completamente racional. Nadie adivinaría ni en un millón de años que estaba tan demente. Pero, por otro lado, si Nemesky aún conservaba algo de cordura, había una pequeña esperanza de escapar de allí relativamente incólume… Por ello, el prisionero decidió seguir el juego a su secuestrador.

—Así que ha descubierto Nuestro Plan…

Nemesky sonrió satisfecho ante lo que él consideraba una aceptación, cínica pero evidente, de que existía realmente un Plan, que no estaba loco ni dominado por el Gas (pensamientos que, a pesar de todo, le atormentaban a menudo).

—Lo sabía… Todo fue un maldito Plan… Soltaron un Gas sobre la atmósfera… ¡Fueron ustedes! La gente comenzó a actuar como loca y aprovecharon la confusión para declarar esas mentiras sobre el Gas de Pantano. Un Gas que enloquecía a las personas. Que las llevaba a matarse unas a otras. Y el OMEGAENDORFO… esa droga milagrosa que “casualmente” mitigaba los efectos del Gas… Cambiaron las leyes, legalizaron las drogas y, además, se llenaron los bolsillos de dinero a costa de la estupidez humana… El miedo al Gas sostiene el negocio ¿cierto? Pero no existe tal Gas en la atmósfera… fue cosa de unas semanas… ¡Unas semanas que condenaron a la humanidad a una eternidad de idiotez colectiva!

Los originales delirios de Nemesky divertían en el fondo al hombre que no podía darse el lujo de reírse sin arruinar su fachada de informante… o lo que fuera que de él quisiera su desquiciado captor.

—Ha sido usted muy astuto, sin duda —reconoció el hombre para satisfacción de Nemesky—, pero debe comprender que todo se ha hecho por el bien de la raza humana ¿Debíamos seguir viviendo en un mundo represivo e individualista? El Plan no es un burdo negocio, tal como usted le califica, sino un instrumento… Un instrumento para unir al mundo. Fíjese usted: Los gobiernos y fronteras han desaparecido. La economía capitalista ha caído y el imperio de la tecnología, que había arrastrado a las personas a interactuar sólo con sus computadoras, ahora es el imperio de los sentidos, donde las personas se saben necesarias y reconocidas. Si tan sólo pudiera usted experimentarlo… la sensación de ser parte de todo y de que todo es parte de usted…

Nemesky pareció brevemente desconcertado.

<< ¿Se inyectará? >> Se preguntó el hombre con los ojos brillando de ilusión. Si Nemesky se inyectaba, seguramente escaparía a los efectos del Gas de Pantano y tal vez, y sólo tal vez, le dejaría libre.

Nemesky, por su parte, comenzaba a considerar que el hombre podía tener razón. A fin de cuentas, el mundo no era muy distinto a como era antes del Gas de Pantano y del OMEGAENDORFO. Las personas seguían matándose unas a otras. Por cosas sin sentido, claro. Pero la libertad… Sin duda había más libertad ahora que antes. La libertad de drogarse… la libertad de ir a cualquier lugar (salvo a oriente) sin necesidad de visas o permisos. La libertad de matar o morir siempre y cuando se estuviera bajo los efectos del OMEGAENDORFO, cuyos efectos sobre la conducta agresiva nunca pudieron ser plenamente controlados… aun cuando resultaban mucho menos terribles que aquel Gas de Pantano intencionalmente liberado (acababa de confirmarlo) por los simpatizantes de las drogas y la libertad.

<< ¿LIBERTAD? >> Bufó una voz en la cabeza de Nemesky. Una voz que no era la suya pero que, últimamente, le había estado susurrando cosas al oído. Una voz en la que Nemesky confiaba porque le había advertido que ese hombre, ahora atado al lavabo, le estaba persiguiendo. << ¿Cómo puedes llamarle libertad a esto cuando ni siquiera tienes la libertad de elegir no drogarte? ¿Cómo pueden saber un montón de imbéciles enajenados lo que es la libertad? ¿En dónde queda la individualidad? ¿Quieres ser acaso otra pieza de esta maquinaria? ¿Una ficha más? ¿Parte de la masa sin consciencia? ¿Quieres ser otra cucaracha descerebrada? >>

—No —musitó Nemesky.

—¿No? —preguntó el sujeto— ¿“NO” qué?

<<>> ordenó la voz <<>>

Sin mediar palabra, Nemesky sacó la cinta aislante de otro de los bolsillos de su gabán, cortó un trozo y lo pegó con fuerza sobre los labios resecos del tipo, que de inmediato comenzó a patalear y a retorcerse como si fuera presa de un ataque de epilepsia.

Nemesky salió del baño y cerró la puerta, dispuesto a no volverla a abrir hasta pasados diez o doce días.


—Excelentísima señoría —declaró el Fiscal ante toda la corte—. Queda demostrado con pruebas irrefutables la indiscutible culpabilidad del señor Nemesky, cuyo deterioro mental le ha llevado a cometer el innombrable y atroz crimen por el que demando un castigo drástico y ejemplar: Inyección Fatal.

De un salto, tumbando el taburete y cortando abruptamente la intervención del Fiscal, Nemesky se posesionó del Circulo Central de la sala, justo en medio de los gabinetes que se alzaban en montones formando un semicírculo a su alrededor.

Un poco confundido por el alboroto y el cacareo que se había formado en la sala, el acusado sólo pudo apelar a la fluidez de sus palabras, a su limitada capacidad oratoria que, sin embargo, era todo cuanto le quedaba:

—¡Majestuosísima señoría! ¡Magnificencia de la sociedad que hoy nos acompaña! ¡Excelentísima corte! —se burló Nemesky—. El ilustre señor Fiscal ha señalado la existencia de pruebas irrefutables en mi contra…y el castigo por un crimen que, hasta el momento, no me ha sido plenamente revelado. Pues bien, he aquí que yo les digo ¿qué saben ustedes de dichas pruebas? ¿Qué saben ustedes, raros bichos de esto a lo que llaman sociedad, de mi supuesto crimen y de mi presunta culpabilidad en el mismo? ¡Ustedes, seres inertes dominados por una falsa paz, son los verdaderos culpables! ¡Aceptaron la aniquilación de sus vidas con pretextos estúpidos que, por comodidad, aceptaron con complacencia! ¿No son ustedes más culpables que yo?

Todos callaban. Era un silencio antinatural en aquella sala, segundos antes bulliciosos y cuchicheante. Quizá su airada intervención comenzaba a conmover las conciencias empolvadas de estos seres desgraciados. Parecían convencidos o a punto de estarlo. Pero entonces, Nemesky comprendió que todo esto era parte de su imaginación. Que los asistentes a la asamblea callaban porque eran parte de un mismo tejido, de una misma mente sin albedrío que respondía instintivamente con aire de sorpresa a cualquier ruido remotamente más estruendoso del que ellos mismos generaban.

—No hay duda —murmuró Nemesky acomodando el taburete caído bajo su trasero con gesto derrotado, pesaroso…— No hay duda que tras la actuación del Fiscal, del Juez y del Jurado, que detrás de mi arresto y de todo este proceso se esconde una poderosa Organización. Que todo es parte de un gigantesco Plan creado por una fuerza cuyos niveles y jerarquías no sólo son infinitos sino inservibles. ¿Cuál es el propósito de tal Organización? Inculpar personas. Individuos, quiero decir. Seres que se atreven a pensar por sí mismos… Seres como yo… Soy el único ente racional en este mundo… me encuentro solo…

—“El único ente racional” —repitió el Fiscal ampliando su sonrisa hasta casi dividir su cabeza en dos—. Es gracioso que diga usted eso, señor Nemesky, teniendo en cuenta su historial psiquiátrico…

<<>> imploró la Voz en la cabeza de Nemesky.

—Esto, señores del Jurado, excelentísima señoría, es el expediente de Nemesky, donde consta claramente el estado mental del acusado…

<< ¡NO! ¡NO LO ESCUCHES! ¡NO! >>

—ESQUIZOFRENIA —concluyó el Fiscal esgrimiendo el dictamen psicológico, como si fuese una filosa arma, contra el rostro de Nemesky.

(ESQUIZOFRENIA)

La palabra golpeó el cerebro del procesado con la potencia de un arma nuclear. ¿Cómo es que se había olvidado de ese detalle? Fue poco después de que el Gas comenzara a revelar sus efectos. El diagnóstico había sido contundente y luego... luego Nemesky se había encerrado en un Bunker y entonces…

<< ¡Mentira! >> exclamó la Voz en su cabeza. << ¿No ves que intentan confundirte? ¡Ellos son los dementes, no tú! >>

(ESQUIZOFRENIA)

¿Había llevado realmente un hombre al suicidio?

(ESQUIZOFRENIA)

¿Existía en verdad un Gas asesino recorriendo el mundo?

(ESQUIZOFRENIA)

¿Había entonces un complot para legalizar las drogas y mezclarlas como si de pensamientos se tratara?

(ESQUIZOFRENIA)

¿Estaba presente de forma física en aquel Juzgado o era esto producto de su mente?

(ESQUIZOFRENIA)

Tal vez si se inyectaba… A lo mejor si se introducía una dosis de OMEGAENDORFO podría discernir qué era lo real y qué no lo era… Despertaría en un Bunker, algo adormilado, para luego descubrir que el mundo seguía completamente igual…

<< ¡MENTIRA!!!! >> chilló la Voz por última vez mientras el Fiscal tomaba asiento, complacido, observando cómo Nemesky se descomponía en su banquillo.


<<>> le decía la Voz <<>>

Nemesky, un poco intranquilo, movía la cuchara de un lado a otro, haciéndola tintinear al compás de su corazón desbocado. Su mirada golpeaba y rebotaba contra cada cuerpo que encontraba. Todos estos insectos… parecían cada vez más agolpados sobre la mesa en que él se había sentado. Su visión se nubló. Sentía un enorme vacío en el estómago. Un molesto dolor se le esparcía por el cuerpo desde el centro craneal. Sin pensarlo mucho, Nemesky cogió el gabán y salió del lugar con tanta prisa que ni siquiera pagó el café, aunque por otro lado, tampoco lo había probado. Avanzó por la acera tambaleándose de un lado a otro como si viniera de una juerga salvaje. Logró doblar la esquina, observó al tipo de los tirantes y comenzó a perseguirle. Era el mismo hombre que, según la Voz, le había estado siguiendo los últimos días. El tipo entró al edificio más derruido del vecindario. El lugar perfecto para una reunión furtiva. Nemesky esperó en el vestíbulo mientras el hombre de los tirantes entraba al elevador y tomó buena nota del piso en que éste se detenía. Minutos después, Nemesky tomó el mismo elevador. Mientras ascendía al piso 184, Nemesky comprobó el contenido de los bolsillos de su gabán: Una bomba de humo, un cuchillo de cocina algo oxidado, una licorera con DIMETANOL, un par de metros de acero inoxidable y algo de cinta adhesiva negra.

Todo estaba listo. La Voz le había indicado cómo obrar y ahora era el turno de Nemesky. Las puertas se abrieron en el piso184 y un objeto redondo salió rodando por el suelo. La bomba explotó y un pequeño grupo de personas, la mayoría indigentes, comenzó a huir por el ascensor o por las escaleras. Uno de los últimos en salir fue el hombre de tirantes. En medio del humo, Nemesky reconoció su obesa silueta y se apresuró a abordarle.

Gracias al cuchillo, fue fácil persuadir al hombre para que regresara a su departamento mientras todo el piso 184 era evacuado. Algo más complejo fue atarlo al tubo del lavabo y acallar sus repentinos gritos de auxilio mediante un fuerte golpe en la cabeza.

Nemesky salió del baño y comenzó a sellar el departamento con la cinta. Mientras lo hacía, un recuerdo difuso comenzó a parpadear en su mente…El recuerdo de que, alguna vez, él mismo se había encerrado en un Bunker para escapar del Gas…pero como Nemesky no tenía la menor idea de si esto había pasado alguna vez o si era sólo otra jugarreta de su imaginación se concentró en pensar cómo lograría que su prisionero le confesara toda la verdad sobre el Plan y la Organización… Y la mejor manera sería quitarle su preciada droga por un par de días. Entonces hablaría…


—Por el cargo de asesinato en primer grado el Jurado encuentra al acusado… INOCENTE.

¿Inocente?

Lo inesperado del veredicto hizo que Nemesky casi brincara de su banquillo. Pudo incluso abrazar al Juez y al Fiscal que segundos antes le parecían tan detestables e injustos. No obstante, la expresión en el rostro del Fiscal no había cambiado en lo absoluto: La sed de sangre aún le consumía las facciones y su confianza en un castigo contra el “terrible crimen” cometido por Nemesky aún no desaparecía.

—Sin embargo, el jurado le encuentra culpable de un crimen aún más abominable ante los ojos de nuestra sociedad…

¿Culpable?

La sorpresa azotó el alma de Nemesky, quien por unos segundos se había creído libre de todo aquel proceso. ¿Cuál era entonces su crimen si no el asesinato involuntario de un espía de la Organización?

—Por el cargo de REBELION, este jurado le encuentra: CULPABLE. Culpable por atreverse a pensar de forma independiente. Por oponerse a la Ley de Legalización y a la práctica social de inyectarse para, así, salvaguardar los más básicos valores de nuestra sociedad. Por esta razón, se le condena a Inyección Fatal, a vivir bajo la influencia de dosis diarias y constantes de OMEGAENDORFO hasta el día de su muerte, a perder todo sentido de realidad y albedrío por lo que le reste de vida. Esta condena entra a operar inmediatamente y es inapeable ¡OFICIALES: APRÉNDANLO!

La angustia por lo que esta condena, que era peor que la muerte, significaba para Nemesky, le impelió a saltar de su banquillo y aferrarse a la vida intentando salir de la sala a toda prisa. Manos temblorosas pero horrorosamente fuertes merodearon enseguida y sus gritos de agonía se mezclaron con los alaridos demenciales de los asistentes a la asamblea y la risa maléfica del Fiscal, que parecía estar danzando de nuevo sobre el cuerpo caído del Juez, muerto poco después de dictar sentencia.

La Inyección Fatal se incrustó en su brazo y El mundo se contrajo de inmediato. Caía a un abismo infinito, del mismo modo que Alicia había caído por el agujero del conejo. Se alejaba de la corte del horror. Dejaba atrás el País de las Maravillas.


Despertó en una habitación sin ventanas que Nemesky confundió, en un primer momento, con una habitación psiquiátrica…

(ESQUIZOFRENIA)

Pero, luego de pensárselo mejor, decidió que se trataba de una celda.

(CULPABLE)

Finalmente, todo se fue aclarando. Estaba en el Bunker. El Bunker donde se había recluido por su propia voluntad luego del diagnóstico. Luego de que Edmundo comenzara a volverse loco y todos comenzaran a matarse entre sí. El Gas de Pantano existía. Las docenas de cajas y las cientos de jeringas (desocupadas) tiradas por el suelo así lo demostraban. Nemesky se había encerrado en el Bunker y se había estado drogando con OMEGAENDORFO desde hacía mucho tiempo. Quizá años. Los brazos revelaban antiguas cicatrices de pinchazos. La dotación de OMEGAENDORFO se le había terminado en algún momento y el juicio y el asesinato habían sido una terrible pesadilla producto del Síndrome de Abstinencia.

Pero la pesadilla había terminado. La Voz en su cabeza había desaparecido. El Gas de Pantano se había disipado y la esquizofrenia también. Era hora de salir y enfrentar la realidad…

Los veintitrés seguros del Bunker cedieron con cierta facilidad. La oscuridad de un pasillo le saludó. Nemesky recordó que el Bunker estaba en el sótano de un viejo edificio similar al que había entrado en su pesadilla, cuando perseguía a su perseguidor.

Al subir a la primera planta, la luz del día le cegó por completo. Lo primero que le sorprendió, sin embargo, fue la pureza del aire que se respiraba. Un aire tan fresco que parecía parte de un sueño.

Antes de salir a la calle, Nemesky buscó a tientas la seguridad de una silla en lo que consideraba debía ser el vestíbulo, y se dejó caer sobre un mullido sillón de cuero. Esperó pacientemente a que sus ojos se acostumbraran a la luz natural y luego de unos minutos sus ojos se posaron en unos viejos periódicos, amarillentos y rotos, tirados en una elegante papelera plateada ubicada junto al sillón.

Al comienzo, los titulares resultaban de lo más trivial:

SE DESCUBRE RELACIÓN ENTRE EXTENSAS ZONAS DE CULTIVO Y EL GAS DE PANTANO.
En particular cultivos de arroz.

Titulares que, edición tras edición, recrudecían sus frases:

AUMENTA OLA DE VIOLENCIA: Homicidios y suicidios sobrepasan capacidades de las Fuerzas Sanitarias.

Hasta llegar al clímax de la desesperanza y el terror:

DESAPARECEN ÚLTIMAS RESERVAS DE OMEGAENDORFO.
El caos se toma Occidente.

EXPERTOS ANUNCIAN LA EXTINCIÓN DE LA MAYORIA DE RAZAS HUMANAS.

Finalmente, los titulares asumían la más descabellada forma y se convertían en pasquines de símbolos ilegibles, productos de mentes completamente desquiciadas por el Gas. No obstante, las fotos en estos últimos periódicos resultaban sumamente desconcertantes: Las personas aparecían felices, danzaban y reían, se les notaba sanas y fuertes, como si jamás hubiesen necesitado drogarse ni hubieran pasado el hambre y la miseria que se había vivido en la época del Gas de Pantano. Por otra parte, había algo en sus rostros que a Nemesky se le antojaba definitivamente anormal.

Un presentimiento espantoso traspasó su cráneo.

Un recuerdo le asaltó de improviso:

<< ¿Acaso esperabas otra cosa de unas personas que producen más ARROZ del que consumen? >>

Al salir a la calle, sus presentimientos se vieron confirmados: Miles de personas se arremolinaban en torno suyo, igual de anormales a las que aparecían en las fotos. Todos le miraban como si se tratara de alguna exótica criatura o de un animal extinto. De hecho, lo era. No necesitaba recorrer el planeta entero para saberlo. La Tierra estaba completamente poblada por millones de individuos de ojos rasgados y piel amarillenta.

Sí había un Plan después de todo. Ahora ellos estaban libres del viejo problema de la sobrepoblación. El mundo les pertenecía y su cultura era la única posible. Seguramente, ya jamás necesitarían cultivar más arroz del que necesitaban… Y las letras en el periódico, que en un primer momento había tomado por garabatos demenciales… ¿Acaso era chino?



[1] Estudios recientes demuestran que las emisiones de gas carbónico generadas por gigantescas zonas de cultivo contribuyen considerablemente al fenómeno del calentamiento global. Los gases, encerrados en la atmósfera terrestre, no sólo aumentarían la temperatura del planeta, también tendrían efectos sobre los seres vivos causando, entre otras cosas, graves psicopatías, trastornos del sueño, trastornos de la personalidad y, en algunos casos, esquizofrenia.

Inanna, El Santuario Del Dáimôn Erótico - Proyecto Final de los Talleristas

Inanna, El Santuario Del Dáimôn Erótico
Leonardo Serrano Pineda
(basado en el texto original de Alexandra Portella y Leonardo Serrano)

“… era un pacto de incendio,
contra ese espacio de rutina gris entre
el nacimiento y la muerte que llaman
vida.”
Rubem Fonseca.


Antes de dispararle de nuevo, Luciano recordó que esa expresión soberbia del rostro pálido, era la misma imagen que tenía su rival el día del encuentro. Fue al aparecer desde el interior del almacén, precedido por la pelirroja recién sodomizada, cuando sus vidas se cruzaron subrepticiamente.

Nikos Papastefanou se detuvo bajo el marco persa de madera, posando su mirada oscura sobre el único cliente que quedaba en el anticuario. Aunque parecía un tipo común, volviéndose hacia él, Luciano pensó en que el negro profundo de sus ojos parecía haber robado a la noche parte de su misterio; eran rasgados, con una ligera inclinación hacia las sienes, lo que les daba aire salvaje. En torno al extraño resplandor del rostro, Luciano descubrió que la belleza del desconocido radicaba en tener rasgos fuertes, mezcla mística de oriente con la fuerza del África negra; y una piel exangüe resaltaba el ímpetu de su barba rala y las cejas feroces. Su pelo azabache enmarañado, se presentaba como una síntesis de la locura. Luciano detectó en la expresión del anticuario una provocación duelista y decidió marcharse. Antes de que alcanzara a despedirse de ese arrogante anfitrión, apareció una joven hermosa.

Si antes le había atraído la belleza rara del dueño del almacén, la de la mujer le sedujo sin remedio. Jamás había sentido tan de cerca una energía vital de semejante plenitud; no había sentido que una mujer exaltara su existencia con tanta ternura. Deslumbrado comprendió que a pesar de sus años de amoríos y despechos que jamás se terminaban de curar, él no era más que un espectro desolado. Y la belleza de esa mujer lo desarmaba ante su realidad.

Sus pensamientos se interrumpieron cuando el Anticuario en un movimiento rápido y sin perder su elegancia, tomó a la mujer con firmeza por la cintura y la besó con tal gracia, que el vacío que se produjo en Luciano semejó un chapuzón en las aguas del Aqueronte. Esa imagen de la mujer no pudo borrarla jamás: un rostro hermoso de ojos resplandecientes, conteniendo en sí la armonía de la suavidad, lo miraba con compasión en una suerte de lamento que al mismo tiempo, era una deliciosa invitación a un mundo perverso y feliz.

Pasaron noches de trémula soledad para Luciano. Algunos días transcurrieron mientras en él crecía un sentimiento compulsivo. Luciano merodeaba esperando verla. Anochecía y frente al local, sintió su corazón acelerarse hasta creer que estallaría creando un cráter purulento en su pecho. Dudando caminó lentamente hacia la puerta y a medida que fue aproximándose sentía como si alguien presionara su rostro y lo asfixiara con una almohada. Ella abrió la puerta y Luciano no supo cómo reaccionar. Palideciendo se quedó sin palabras.

— ¿Tan espantosa soy?

—No, para nada. Al contrario…

Se miraron en silencio. Alicia, con toda la fuerza de lo hermoso y prohibido, inició un juego insinuante.

—¿Qué hacías tanto tiempo allá afuera parado? Está helando.

—Es que estaba esperando a Nikos, ¿De casualidad no me dejó un encargo por ahí?

—Nada… Así que sólo viniste por eso —dijo con sorna.

—Es que… no —los nervios lo traicionaban—. Mejor olvídalo.

—Oye, ignoro si lo tuyo es ingenuidad o estupidez Luciano, pero me gustas —sostuvo una mirada provocadora—, así que te voy a ayudar.

Alicia cerró el anticuario y se dirigió a la parte trasera de una vitrina. Con cadencia, se inclinó hacia adelante mientras se subía la falda, descubriendo el terso recorrido de la tela en unas piernas firmes, que se ensanchaban a medida que las desarropaba. Las abrió despacio y con ligeros toques humedeció su vulva. Los apretó impaciente. Extendió su mano, y cuando Luciano la tomó, Alicia lo atrajo pidiéndole que de rodillas lamiera su deleite en rosa. “Te quiero en mí ya” dijo; le desabrochó el pantalón e introduciéndole su mano, se aferró al pene. Aún nervioso Luciano iba tocándola como un inexperto. Las manos de Alicia se aferraban a su espalda. Con suave temblor dos cuerpos se perdían en una danza milenaria ante un cúmulo de antigüedades. Sumido en ese oscuro escenario y a riesgo de ser visto, Luciano cada vez más enardecido la puso junto a los muestrarios de sedas Japonesas, y aumentando el ritmo de sus embestidas, se perdió en una excitación inmensa. Inesperadamente derramó su semen sobre el vientre palpitante de Alicia quien sorprendida y con enojo, le reprochó esa triste precocidad y lo obligó a que de cualquier forma la satisficiera. Con la voluntad nula, Luciano tomó una daga por la vaina y le introdujo el mango, procurando no lastimarla. A medida que tocaba fondo, Alicia suplicante le pedía que le diera placer con más violencia. Consagrándose al ritual, se olvidaron del lugar y mientras Luciano complacía los deseos de Alicia, un testigo oculto observaba con obscena serenidad el acto.

***

Después de muchos días de efervescente infidelidad, Alicia arrastró a su amante a la trastienda. Cubierta por un armario había una puerta corrediza que se abría a un pasillo de alfombra roja y paredes tapizadas con arabescos. Candelabros a lado y lado del pasaje le dieron a Luciano la impresión de estar ingresando a un mundo perdido, con suntuosidad de recintos sagrados o palacios renacentistas. Al cabo de unos diez metros, el corredor se bifurcaba. Hacia la izquierda llegaron a una especie de bodega donde se acumulaban en desorden objetos de decoración. Conservaba la exquisitez acostumbrada del anticuario, pero quizás por la iluminación decadente, Luciano se sintió tras los bastidores de una compañía de teatro o en algún set de grabación de una película de ambientación histórica, al estilo de los cuarenta y cincuenta. Al fondo una música coral y un sonido hipnótico lo cautivaron. Alicia, tornándose cada vez más salvaje, desvestía a su contendiente como una fiera desmembrando su presa con satisfacción.

Después del amor brutal mientras ambos se vestían con lentitud, Luciano quiso saber qué había del otro lado del pasillo. Alicia lo miró con algo de lástima, aunque bien pudo ser ternura, y guardó silencio. Se vistió con mucha calma; sentándose en una poltrona antiquísima, montando una pierna sobre el antebrazo del mueble, se fumó un cigarrillo sin decir palabra ni despegar la mirada de Luciano. Al acabar le insinuó que su juego feliz podría terminarse, ya que Nikos tenía mil ojos, además del don de la ubicuidad, que él se asustaría y quizás ya jamás quisiera volverla a ver. Obstinado, Luciano insistió en conocer aquel lugar, pero ahora lo hizo con la exigencia de aquellos que se sienten dueños de alguien. Alicia no pudo contener la risa y después de contemplarlo como a un niño caprichoso, terminó por tomar su mano, sonriéndole.

—Te voy mostrar mi verdadero mundo.

Se puso un abrigo, y le susurró:

—Ven conmigo.

Salieron de la trastienda tomados de la mano. Volvieron al pasaje y cruzaron al otro corredor. Una puerta negra, de madera maciza, se interponía al paso. Sobre la pared Alicia corrió un pequeño cajón oculto y haló varias veces una cadena. Al instante un hombre arrugado, todo plata en el cabello abrió la puerta. Para sorpresa de Luciano, Alicia lo saludó con evidente respeto, como si no se tratara de un empleado sino de alguien investido de autoridad. Pero lo que más lo impactó fue escuchar el diálogo en una lengua desconocida. Fue tan extraña la imagen que no se percató de que ella le había soltado la mano en cuanto apareció el personaje. El hombre de la puerta le dijo en un instante en un tono muy grave: “Tire de la cadena sólo tres veces. Y por su bien, que el Señor no lo descubra”. Alicia corría feliz, halándolo del brazo por otro pasillo igual al anterior, pero que vacilaba entre subidas y bajadas que Luciano temió no llevaran a ninguna parte. No imaginó que hubiese detrás de un local pequeño, toda esa maraña de pasadizos como para un culto del misterio. Las palabras del extraño de la puerta resonaban en su mente. De seguro el “Señor” era Nikos, y tanto misterio sólo podía explicarse por una locura peligrosa. Llegaron a lo que parecía una antesala: una cuadratura con un gran velo cubriendo lo demás. Alicia descubrió el telón escarlata y una fiesta atemporal surgió ante ellos. Tras la antesala aparecieron lámparas fantásticas a media luz, ampliaciones de daguerrotipos de los poetas malditos del siglo XIX, óleos de la campiña inglesa que quizás databan del siglo XVIII...

Un grupo de cortesanas victorianas atravesó el salón luciendo sus senos de porcelana, magnificados por el uso de corsés en cuero. Al paso de las mujeres, un rumor como concierto de palomos escapó de una congregación de hombres que no podían disimular la ansiedad ante lo que iba a representarse. Parecía que ninguna de las damas superaba la edad del sacrificio, mientras que la mayoría de los hombres pasaban de lejos los 45 años. “Salmacis”, “Rusalka”, “Freyja”, gritaban algunos hombres, y Luciano dedujo que eran los nombres de las doncellas que se separaban del grupo para unirse a quienes las reclamaban. Unos se abrían paso entre la multitud buscando con urgencia un brazo para apresar y llevar a las sombras; otros, en cambio, se contentaban con observar y esperar. La atmósfera del lugar era opresiva, como si estuviera por caer el apocalipsis en gemidos, como si fuese a celebrarse una oscura ceremonia en homenaje a la alucinación.

Trascendiendo las dudas y el fervor palpitante con que todo se envolvía —incluyendo sus sentidos— sólo un nombre, entre los gritos, lo perturbó tanto, que despertó en él un repentino terror primigenio: “Inanna”.

Continuaron caminando hasta llegar a un punto desde el cual se tenía una visión panorámica del lugar. Desde allí observaba que la construcción, simulando un óvalo irregular, tenía también la distribución exacta de un panóptico. A cada paso Alicia parecía más feliz, como si harta de actuar en la cotidianidad liberara su verdadero rostro, rompiendo con esa farsa agobiante de la sensatez. Imponía por encima del resto y del ambiente esa alegría dulce que contrastaba con todos los retratos de perversiones que había alrededor. En ese estado condujo a Luciano hasta una mesa privilegiada, y dándole un beso de despedida se mezcló con la multitud y desapareció. Transcurría el tiempo con la sensación única de irrealidad. El burdel oculto en el anticuario era sorprendente en cada detalle. El salón principal era inmenso, con plataformas intercaladas que simulaban de cierta forma pequeñas colinas o grandes rocas incrustadas. Tres niveles curvilíneos —como si el propio Gaudí los hubiera diseñado— la rodeaban. Si bien la elegancia era ostensible, algunos detalles variaban el estilo del conjunto en favor de la practicidad. Así las paredes de los niveles superiores, que desde la distancia en donde estaba Luciano parecían vidrios, descubrían un submundo que en juegos de luces e instrumentos destinados al placer, facilitaban la vista de los amantes en cada movimiento. Sobre el salón principal, una cúpula en la semioscuridad le invitaba imaginar frescos increíbles.

Distinguió a Nikos en el fondo del salón; con apariencia de un padre feliz, reía y acariciaba los rostros de jóvenes preciosas y, con ademanes muy delicados, las ofrecía a sujetos que podrían ser sus abuelos. Recordó entonces la sugerencia del hombre de la puerta, y cuando se disponía a ocultarse, las luces bajaron del todo su intensidad.

Una incandescente luz celeste se vertió sobre una de las plataformas. Lentamente, gracias a algún sistema de poleas, una cruz fue emergiendo de la sombra. Poco a poco ascendía desde una posición completamente horizontal, irguiendo consigo un manto de seda blanco que en crucifixión, delataba la presencia de un ser en un suplicio aparente. La multitud excitada empezó primero a susurrar en corrillo el nombre de Inanna, pero a medida que iba ascendiendo la cruz y se dibujaba mejor el cuerpo de la mujer bajo el manto, los susurros se convirtieron en gritos espontáneos, histéricos, como de feligreses en trance que vitorean la aparición de un mesías.

La luz celeste cambió a amarillenta cuando la cruz estuvo en nítida posición vertical. Suaves caricias llovieron sobre los delgados brazos de aquel Cristo sin rostro. Con una calma inaudita que podría enloquecer a un libidinoso, deslizaron la tela que cubría la cabeza de largo pelo castaño, coronada también de espinas; el divino rostro colgaba con espectacular tristeza sobre el pecho, y donde debería leerse INRI, con evidente sarcasmo, se leía INANNA.

Una luz rojiza brilló sobre el rostro de Inanna, que giraba de un lado a otro como quejándose del suplicio, pero sin que se descubrieran del todo sus facciones. Desfallecía y caía el pelo y la corona, para luego volver a ejecutar los mismos movimientos. Seis pares de brazos, se afanaron alrededor del manto y la cruz como serpientes en una danza mortal. Hubo dos apagones intempestivos y en medio de la repentina aparición y desaparición de la figura, las manos quitaron con violencia el manto. Se reveló a la mujer desnuda ofrecida en sacrificio en ese Gólgota banal, y cuando las manos serpenteantes comenzaron a tocarla, ella levantó por completo la cara y una luz lánguida la dibujó con nitidez: la nariz pequeña y recta dibujaba sombras sobre la boca amplia y delineada, entre las arrugas y redondeces de su carne perfecta que perfilaba un poco más abajo, la simétrica protuberancia del mentón alargado. Abría los ojos en dirección al cielo como una posesa, mostrando el reflejo azulado de unos grandes y profundos ojos que en realidad eran grises. La danza se transmutó en caricias por todo su cuerpo, y llovió sobre ella una sustancia viscosa que la aceitaba. Con sus piernas y caderas Inanna igualó el ritmo de esas manos que la repasaban, inclinando el dorso de atrás hacia delante al menor roce en su piel. Lamió varios dedos y permitió que algunos se adentraran en el centro de su sensibilidad. Con las extremidades inmovilizadas, la mujer sólo podía retorcerse de placer mientras las manos la masturbaban. Pronto dejó escapar un rosario de súplicas simulando rezos paganos:

—Σαν σωματα ωραια νεκρων... Σανσ ωματα ωραια νεκρων [1]

Susurraba sin cesar una y otra vez las mismas palabras, cambiando el tono de su voz con angustia. Luego ascendieron con furia los alaridos:

—...Της ηδονης μια νιχτα... της ηδονης μια νιχτα [2] —gritaba.

Parecía incapaz de soportar el deleite que la electrizaba cuando tocaban sus senos con firmeza o pellizcaban su carne. Del rostro de Alicia quedaba poco en el suplicio; Inanna la subsumió con toda la potencia de su fertilidad sensual.

En torno a la representación, muchos se entregaron a copular con jovencitas jadeantes sobre las mesas en el claroscuro del salón. Otras, de rodillas, refundían su boca entre las piernas de hombres adustos. Luciano alcanzó a ver a otros tantos que se dejaban penetrar por terceros, mientras se ocupaban en satisfacer a cualquier joven. Con máxima excitación, los jadeos de Inanna inauguraron un rito donde la sexualidad furibunda y el delirio comulgaron en cada uno de los blasfemos. Al emitir esos bestiales sonidos que se convertían en una sola oración de pecadores sin remedio, la multitud cedió por completo a sus instintos más bajos, volviendo a ser los animales en celo que siempre habían temido revelar.

Con el fervor de un adicto, Luciano buscó la salida del laberinto de pasajes y puertas, y asumió a partir de entonces su rol de amante de la amante del mundo. Alicia pasó a ser el puente que lo unía a la verdadera y única realidad admisible, y todo en torno a ella era circunstancial, incluso sus nocturnos desdoblamientos, incluso Nikos y sus delirantes prostitutas.

***

Al iniciar la fiesta la suerte estuvo echada. Una vez cruzado el ruedo sólo debía transcurrir el tiempo para que en medio del terror y la algarabía, doblara sus piernas, dejando escapar las burbujas fatales del hocico, cayendo al ritmo de la explosión escarlata urdida por el estoque. Merodeando el anticuario como un circo antiguo, lleno de ansias e insomnio, Luciano balanceaba de un lado las advertencias del hombre de la puerta, y de otro, la caída libre en el abismo de la delicia. Cada vez se convencía más de la obligación de reivindicar para sí la sensualidad materializada en Alicia.

Ejerció de nuevo el protocolo secreto. Con prisa y menospreciando los riesgos, Luciano saltó personajes enardecidos y unos cuantos escalones hasta arribar al tercer piso, donde creía poder encontrar a Alicia. Todo su ser henchido de un furor lascivo la reclamaba. Le urgía Alicia en cada centímetro de su piel, en cada poro, en cada célula. La brújula emocional de Luciano se había roto y ahora marcaba solamente Alicia en todos los puntos cardinales.

Al llegar al tercer piso notó la desolación. Los monótonos ruidos del sexo desenfrenado se desvanecían en la distancia, a medida que avanzaba sin encontrar a nadie a su paso. Todo iba quedando en un extraño silencio. Frenético, probó cada recoveco de ese piso, pues su instinto le decía que algo especialmente lascivo se iba a desarrollar allí, y él, comprendiendo que sus depravaciones eran irremediables, quería ser partícipe del pandemónium.

Con paso lento y meditabundo, llegó a una gran puerta corrediza que no lograba retener los signos de lo que buscaba: el lacónico suplicio de una mujer. Mientras gozaba, ella parecía susurrarle la fórmula secreta para la creación de la belleza, que Luciano asociaba con esa alegría de sentirse vivo y dispuesto a entregarse al placer voyeur, para luego desenvolver otras delicias. Ningún otro sonido perturbaba aquella melodía, sólo los jadeos que se volvían más constantes, como si la franja del placer de la fémina cruzara por instantes el del dolor, haciendo de la satisfacción un mismo y compacto quejido húmedo y quebradizo. Quedó suspendido varios minutos ante los rabiosos alaridos del clímax al que llegaba la mujer, perpleja, vulnerada, consumida ante toda la fuerza penetrante. Una seguidilla de gritos lastimeros previos al llanto, antecedió la explosión que la exorcizaba. La mujer reinició el jadeo, dulces lamentaciones u oraciones fervientes al dios idolatrado. Luciano corrió la puerta con suavidad cuando los gemidos se volvieron claros y cerró un instante los ojos; subió la cabeza respirando profundo para sentir el aroma de hembra penetrada, de sudor de hombre y todo el vapor de las secreciones.

Al abrirlos sufrió el espanto de ver a Inanna, que tumbada sobre pieles y cojines, lo miraba de costado, con ternura, fijamente, mientras el proxeneta Nikos Papastefanou le hundía firme y constante un miembro infatigable. Absorto ante el espectáculo, Luciano ni siquiera pudo musitar palabra cuando con una maligna sonrisa, Alicia extendió una mano hacia él, llamándolo para que se juntara a su placer infinito.

***

Sintió el bulto que formaba el revólver bajo su abrigo, y recordó que había regresado al burdel no solamente atraído por Alicia, sino también con la intención de liberarse de Nikos. Lo buscó pero de él no quedaba nada. Corriendo se dirigió a otras habitaciones por donde nunca antes había pasado. De sus techos pendían espejos cuya inclinación daba el ángulo perfecto para que se observara el desenfreno del salón central. Luciano veía las siluetas y contenía su ira. Orgías que danzaban entre gemidos y gritos de placer, protagonizados por seres reducidos a orgasmos inagotables. En la circunferencia que funcionaba como cama esa noche, en el salón principal, tres mujeres jadeaban entre sí mientras comedidos servidores las poseían incapaces del hartazgo.

Entre un difuso grupo de varones que se cerraron en una fila circular de nalgas exhibidas, empezó un nuevo ritual en sincronía perfecta con otros que recién introducían sus glandes a dos mujeres muy delgadas. Uno a uno, los hombres se iban abalanzando sobre esas dos fatalidades trenzadas en euforia, tomándolas sucesivamente. Una emanación de sensaciones que las hacían transparentes en medio de toda la lujuria viril, las fueron volviendo cada vez más inexpresivas, casi fantasmales.

Luciano se quedó estupefacto: las espaldas de los hombres se jorobaban en tanto que sus piernas se encogían. Parpadeó varias veces, tratando de recobrar el sentido de la vista que creía turbado, pero ahora descubrió que los hombres de más allá perdían sus facciones humanas. Tres hombres al frente suyo exhibían ojos mucho más perfilados y profundos, junto con extrañas protuberancias en sus mandíbulas. En uno de ellos su cabeza se volvía estrecha y deforme, y en sus pupilas centellaba la sevicia. Parpadeando encontró que los del trío no tenían ya nalgas sino una cola parda e inquieta. Sin poder escapar de su aturdimiento, presenció cómo dos de ellos se abalanzaban, ya todos colmillos y garras, sobre los cuerpos de las mujeres.

Asqueado de la carnicería, desvió la vista pero dio de frente con la sonrisa irónica de Nikos. Luciano desenfundó el arma y disparó al techo, disipando la multitud. Luego un tiro certero se incrustó entre las cejas de Nikos, dejando correr un chorro de sangre por su nariz. La víctima seguía allí; impertérrita, envuelta en el silencio, parada en la mitad del gran salón desierto. Entonces Luciano sintió que se las estaba habiendo con un espectro, surgiendo del absurdo el sentido: Alicia (o Innana) era sólo otra de las manifestaciones de Nikos Papastefanou.

Nuevamente disparó y tres golpes secos rompieron el esternón de Nikos. El humo se esparcía dejando un rastro de pólvora en la mano extendida de Luciano. Esta vez, Nikos cayó de rodillas, y al doblarse, apoyando la mano izquierda en el suelo, escupió con dificultad un poco de sangre. Con lentitud, el Anticuario se levantó orgulloso de los tres boquetes profundos que lucía ahora en el pecho. Caminó despacio hasta llegar al centro del salón, y con una voz áspera y tenebrosa pronunció unas palabras para sí, en una lengua extraña. Después, con fuego entre sus ojos y deteniéndose frente a Luciano tronó:

Ερωτικος τε και δαιμονιος ανηρ [3]

Siguió caminando despacio hacia Luciano, aproximándose a un lugar donde caía el reflejo de una lámpara de aceite. Ahora era Inanna, quien estaba frente a un Luciano que se debatía entre la incredulidad, el horror y el delirio al volver a ver a quien se adora. Frente a frente, Inanna y Luciano se miraron unos segundos que se suspendieron en el tiempo. Su mirada hipnótica fue la caricia más tersa dada por divinidad alguna. Dócilmente acercó sus labios a Luciano. Un aliento de lirios prohibidos penetró en su cuerpo mientras Inanna lo colmaba de dulzura; rozó la lengua un labio, humedeciéndolo, abriéndose las bocas en una sutil guerra de espadas. Sumergido en tal comunión, Luciano abrió muy despacio los ojos, como despertando de un trance, y besándola todavía, descubrió en ese rostro los ojos del Domus dominum.

Asqueado, Luciano se zafó de él y en vano quiso huir de su esquizofrénica agonía. Temiendo el final atroz quiso ponerse a salvo de las fieras cuando fuera de si colocó el extremo de la soga en su cuello. La polea giro suavemente, elevándolo muy cerca de la cúpula, donde su cara amoratada, el cuello roto y la piel lacerada, fueron liberados al vacío por Nikos. El golpe terminó de extinguir la tortura. Ante el cuerpo inerte que yacía en el salón central, fueron concentrándose varios entes que aguardaban la carroña después de que Nikos culminara la vejación, absorto en sus placenteras eyaculaciones.



[1] Corresponde a la fonética del español: San sómata oria necron (bis) “A cuerpos de muertos hermosos…”

[2] Corresponde a la fonética del español: Tis idonis mia níjta (bis): “… una noche de placer.”

[3] Corresponde a la fonética del español: Erotikós te ke demónios anír. “Soy demonio erótico para el hombre” (traducción aproximada).

Blanco y Negro - Proyecto Final de los Talleristas

Blanco y Negro
Rosa María Moreno, Néstor Pedraza

Esta es la historia del marrano Blanco que entregó su corazón al marrano Negro, y se lo volvió un chicharrón. Cuenta el sapo que Blanco era tan feliz, que sólo se le vio triste por aquel marrano Negro que conoció en lo profundo del bosque del billete de cinco mil. Cuenta que Blanco pasaba la mayor parte de su tiempo en el lago del señor Santander, donde nunca corre el tiempo y todo es siempre igual. Le gustaba ir allí porque era tranquilo y porque las calles que rodeaban el lago eran el camino más corto hacia su marranera. Vivía con la señora Policarpa y nada le faltaba.

Una tarde en que las hojas secas caían de los árboles, Blanco fue en búsqueda de su amigo el sapo en el espeso y sombrío bosque del señor Silva. Allí, en lo profundo, escuchó unos sollozos que le causaron curiosidad. Se acercó con cautela y se escondió tras la sombra de un arbusto, mientras Negro elevaba una plegaria a la luna: “Aquí, frente a ti, cierro el libro de muchos capítulos que nunca han tenido final.” Se acostó frente al pedestal que había utilizado para su ritual y guardó un silencio inflexible hasta que su garganta se encendió en altas llamaradas. “Tempestades se acercan al corazón de este enamorado, es el huracán de mi amor que promete no olvidarte.” Blanco pisó una rama y llamó la atención de Negro, que sorprendido se levantó, se acercó y al verlo bajo el arbusto le preguntó airado: "¿qué haces aquí, de quién te escondes?" Blanco sintió un escalofrío desde la punta de su hocico hasta su crespa cola, y con voz temblorosa contestó: “De ti”. Negro no le dio importancia y rehizo sus pasos hacia el pedestal. Blanco se acercó con un pensamiento repetitivo: “Es hermoso, atractivo, y tiene un hocico tentador.” Con miedo le preguntó: "Qué te pasa, ¿pudo ayudarte?" Negro se mostró agresivo, “no, no puedes hacer nada por mí, son mis cosas y si te las cuento dejarán de ser mías.” Blanco se retiró triste y atravesó el bosque, sintiendo el viento rozar por todo su cuerpo. De improviso saltó el sapo frente a él con una gran sonrisa. Le saludó y al notar su tristeza le indagó sobre lo que le sucedía. Blanco, abatido, le contó sobre Negro y lo cautivado que estaba por él. El sapo soltó una carcajada, “te has enamorado”. Blanco rechazó la idea vehemente, "no conozco el amor y no quiero conocerlo". Salió de prisa hacia su marranera, el viento golpeaba con más fuerza su cuerpo dejándole moretones en la suave piel blanca. Llegó frente a su ama Policarpa y pasó sin saludarla. Se encerró en su marranera buscando soledad para sacarse las musarañas de la mente, repitiéndose una y otra vez que debía eliminar las luces que habían llegado a su alma, oscurecer su ser y así reencontrar la paz.

Pasó el tiempo y Blanco decidió retomar su vida. Cuando el bosque recuperó el color tierra y las noches se hicieron tibias, caminó de nuevo por sus parajes favoritos y sin querer encontró a Negro, echado bajo el peso de su depresión. Temeroso se acercó, se arrunchó a su lado, puso su espalda contra el pecho de Negro, entrelazó sus manos, y Negro sin explicación se sintió tan tranquilo como idiotizado, bajo la enorme emoción que le causó la piel de Blanco. La luna fue eclipsada, como Blanco por Negro. Se marcharon felices; desde entonces hicieron frecuentes sus encuentros. Blanco salía con mil excusas de su marranera. Doña Policarpa decidió seguirlo para saber qué estaba sucediendo y los descubrió con estupor. El tiempo del lago era alterado cuando Blanco y Negro unían sus cuerpos y sus almas. Policarpa se sintió utilizada, pues Negro había sido suyo de tiempo atrás. Continuó observando los amalgamamientos de los dos marranos y se cuestionó durante días sobre la forma de hacer volver a Negro con ella, convencida de que el poder de su sexo lo ataría de nuevo a sus noches. Le prohibió a Blanco salir y lo reemplazó en su siguiente encuentro. Negro quedó frío como cubo de hielo al ver llegar a la mujer que había quebrado su corazón, “¿qué haces aquí?” Con una sonrisa, ella se le ofreció para que le hiciera cuanto quisiera. Él la tomó entre sus patas, rozó su hocico por todo su cuerpo, pero no sucedió nada diferente. Ella no sentía su alma, era apenas el contacto con un cuadrúpedo común, y entendió que entre ellos todo había muerto. Se apartó y se fue sin palabras. Negro regresó al pedestal en medio del bosque y habló con la luna como aquella vez que conoció a Blanco. “Las promesas se quiebran como cristales aplastados por la avalancha del tiempo. He encontrado el final de todos mis capítulos y el inicio de uno más real que ningún otro, uno escrito por la tibieza de alguien que me llena con su ternura.”

Corroída por el deseo de venganza, Policarpa los reunió a los dos en el bosque, donde las hojas caían de nuevo y rozaban sus rostros que se llenaron de preocupación al verla con un hacha entre sus manos. Ella había tomado su decisión, todo ocurriría cuando el reloj detuviera su curso. Los separó con brusquedad y sin dudarlo, clavó el hacha en el pecho del marrano Blanco, le sacó el corazón y lo arrojó a una paila llena de aceite hirviente. Luego obligó a Negro a comerlo, esperando que no encontrara más opción que buscar sus brazos para consolarse. A cada bocado, Negro sentía que incorporaba a Blanco a su ser, que se hacían uno solo, que nada ni nadie podría separarlos jamás. Mientras consumía el último pedazo de chicharrón, Policarpa le pedía que no la dejara, que por él vivía, que le ofrecía el alma y la vida entera, que no lo pondría en la marranera sino que lo llevaría a su propia casa. Negro la despreció y desapareció en la espesura del bosque. Nunca se volvió a saber de él.

Epílogo del Bosque Rojo - Proyecto Final de los Talleristas

Epílogo del Bosque Rojo
Magyory Forero, Jelymaibet Bustos, Alex Acevedo

1
—Y nunca más sentiremos miedo ni angustia, pues viviremos por fin en un mundo seguro —dijo Darwin dejando caer su mirada sobre el escaso auditorio que llenaba el Templo Binario—. ¡Que así sea por los siglos de los siglos!

Darwin descendió del púlpito a grandes zancadas, puso sus manos sobre la cabeza de algún descarriado y se abrió paso entre el bloque de cuerpos impúdicos que llenaban de hedor a ruina su sagrado templo. Se detuvo un momento en la pileta para purificar sus manos con un chorro tibio de agua de deuterio. Entonces notó esa punzada en la nuca que se le estaba volviendo recurrente. De un tiempo a la fecha sus articulaciones se venían endureciendo más y más, y en la mañana, al momento de levantarse, Darwin era presa de unas picadas espantosas que le recorrían el cuero cabelludo y bajaban por su nuca como un corrientazo letal. “Tengo que consultar con el oráculo”, se dijo, y con una sonrisa irónica volvió sus ojos hacia la cúpula del templo, donde los Feudocitos reinaban con su maraña de testigos luminosos verdes, violetas y rojos al modo de un firmamento pleno de estrellas.

Al girarse para seguir su camino hacia el refectorio, Darwin se encontró frente a frente con ella.

—Padre —lo saludó Vértigo haciendo una devota reverencia con su cabeza de dos rostros—. Padre, regáleme su bendición. Padre, bendición y bendición.

Darwin extendió su mano derecha para que la chica besara el dorso una vez con su cara sonriente, y, tras girar su cabeza ciento ochenta grados, otra vez con su cara contrita.

—Padre, ¿por qué se me atascan las palabras? ¿Por qué me domina el silencio, Padre? —le preguntó Vértigo hincándose de rodillas para dejar que Darwin le impusiera las manos sobre su cabeza a modo de bendición.

Darwin cerró los ojos un momento y se quedó serio, arqueando las cejas, como buscando concentración o consejo de los Feudocitos. La armoniosa figura de Vértigo lo confundía, lo hacía sentir más humano de lo que le gustaría reconocerse; provocaba en él deseos que creía extirpados de su memoria, deseos fósiles que lo despertaban a la madrugada envuelto en fiebre. Además, Vértigo lo intimidaba por sus dos rostros, pues le molestaba tratar con alguien que parecía dos, que seguramente pensaba duplicado o al cuadrado, que siempre parecía ocultar sus emociones.

De repente levantó los brazos, echó su rostro hacia atrás para mirar fijamente la cúpula del templo, y disimulando una mueca de dolor que le produjo una nueva picada en el cuello, le respondió:

—Del silencio sólo florece la sabiduría. Vamos —añadió luego tomándola de un brazo—, acompáñame al refectorio. ¿Has traído la ofrenda que me prometiste?

Vértigo mostró un paquete que colgaba de su espalda adentro de una bolsa de tela púrpura, y el escalofrío que sintió en ese momento sólo lo dejó traslucir en su cara oculta, mientras que el rostro que enfrentaba a Darwin dibujó una sonrisa mansa.

Entretanto, los Feudocitos produjeron un logaritmo completamente erróneo, y una furiosa tormenta de arena se levantó a consecuencia en los fondos abisales. Era la tercera vez en menos de un mes que procesaban datos incoherentes y creaban así trastornos en zonas alejadas de la Península. Y para rematar, el sistema operativo reaccionaba con una lentitud inusitada, corrigiendo el cálculo con cuatro o cinco días de retraso. El desatino, sin embargo, casi no se evidenciaba en los testigos luminosos del Templo; parecía como si todo siguiera su curso más normal, y al no generarse una orden de mantenimiento, tampoco Darwin quedaba al tanto de la situación.


2

El alba se aproximaba y el Bosque Rojo, pese a la rudeza del invierno, se empezaba a iluminar hasta su último rincón. Un frío como de agujas hería la piel y producía melancolía a mares; era un invierno impetuoso que arrastraba consigo el calor, la alegría, y hacía gemir a las tribus que habitaban la Península. Y en tanto los primeros destellos de sol nacían, Vértigo corría entre esos pinos y tilos deformes con una prisa extraña. Iba vestida con unos harapos que parecían insuficientes para protegerla del hielo, calzada apenas con unas sandalias que dejaban a la vista de todos la rotunda belleza de sus pies.

Vértigo tenía prisa para llegar al Albergue; quería contarle a Sin Moly los avances del plan, contarle por ejemplo que Darwin se empezaba a notar enfermo y ayer, luego de recibir la ofrenda que ella le llevaba, le pareció que el Pastor había hecho una mueca de dolor al inclinarse para recoger un cordón violeta que había caído a las baldosas del patio. De un saltó cubrió los últimos escalones de piedra, y sonriendo por el recuerdo, atravesó el arco que daba ingreso al Albergue.

Siempre que cruzaba por los extensos corredores del Albergue Maligno sentía náuseas. El olor que expelían los restos de los Mirriacos la espantaba; no podía acostumbrarse a tener que pasar por ese lugar donde los órganos de los Mirriacos continuaban con vida de manera independiente, ajenos a un cuerpo donde cobrara sentido su función como partes de un conjunto. Apuró más el paso, jadeando por la carrera, pero llena de una vitalidad que sólo sentía de madrugada.

—¿Conseguiste entregarle esa última pieza que te llevaste ayer? ¿La recibió? ¿Cómo lo notaste? —le preguntó Sin Moly tan pronto como Vértigo abrió la puerta del estudio. Al notar el cansancio que le había producido la carrera a ella, añadió súbitamente alarmado —¿Qué pasó? ¿Alguien te seguía?

—No, no, todo está bien, es sólo que… —contestó Vértigo, y tan pronto como pudo reincorporarse, reveló: —Débil, está ya muy débil, ¿sabes? Y me parece que entre más avanza su enfermedad, más se encariña conmigo. Darwin se está volviendo cada vez más vulnerable. ¡Me fascina! Me parece incluso que en una semana o dos va a estar tan manso como un corderito, y no sería difícil convencerlo de desconectar a los Feudocitos del Templo.

Sobre un mesón de madera rústica, Sin Moly alineaba cientos de figuras iguales en mármol blanco retráctil. Todas las miniaturas representaban la preciosa cabeza de Vértigo, con sus dos rostros en todas las expresiones posibles. Para Sin Moly, el único Mirriaco que había sobrevivido íntegro a la explosión, el arte era y sólo podía ser obsesión; esculpir era una mera obstinación en congelar el alma de alguien más o encerrar para siempre en una cárcel geométrica la esencia oculta de un objeto cualquiera. En el caso de su serie sobre Vértigo, Sin Moly quizás buscaba entender el candor, el misterio de esa piel blanca tan fina como la flor de un ciruelo, el enigma de sus dos rostros, sus dos vidas, su voz y los dedos de sus manos…

Sin Moly había pasado estos últimos años de su carrera como escultor dedicado a esta niña que en un arranque de sinceridad le había confesado que quería morir, que no soportaba más la vida perpetua en la Península, y aún más, le había implorado su ayuda. Luego Vértigo fue capaz de convencerlo de que sus ganas de morir coincidían con la venganza que él quería tomar por la desmembración de todos y cada uno de sus hermanos.

—Mírame a los ojos, mírame por favor aunque no sea más que un segundo —dijo Sin Moly tomando en sus manos las mejillas de Vértigo—. Quiero estar seguro de que todo va bien.

—La hora de la venganza con la que sueñas desde hace tanto tiempo está por llegar. Prepárate, Sin Moly, prepárate.

Vértigo intercambió las expresiones de sus rostros como siempre que Sin Moly quería descubrir con una mirada el fondo de sus preocupaciones. Con ese artilugio se defendía del poder que tenía Sin Moly, puesto que sabía que el Mirriaco, debajo de esa máscara de látex con que se presentaba siempre ante ella, no tenía rostro sino un espejo triangular que reflejaba las angustias y los pecados de su interlocutor, y ella no quería ver allí el reflejo atormentado de Darwin.

—Éramos artistas, simples e inofensivos artistas —dijo Sin Moly acercándose al mesón, rememorando una vez más la explosión, el exterminio que habían practicado los Feudocitos sobre los de su raza—. ¿Por qué nos consideraban herejes? ¿Acaso por sentir de un modo diferente? ¿Acaso por ser capaces de ver lo que otros no podían? ¿Es tan grave perseguir la belleza, Vértigo? Dime, ¿es tan grave querer retenerla? ¿O era sencillamente porque les molestaba que los pocos humanos que quedaban vieran reflejado su interior en nuestras caras?

Cuando Sin Moly se dejaba ganar por la nostalgia y la rabia de la tragedia que había caído sobre su pueblo, sus movimientos se confundían y se tornaban más bruscos, haciendo que su dorso femenino resultara todavía más paradójico de lo que era ya de por sí, ensamblado sobre esas extremidades inferiores cubiertas de vello negro y espeso.

—¿Y qué me dices de nosotros, Sin Moly? —intervino Vértigo—. ¿No somos acaso los Pelzarios los que más tenemos que sufrir con esa doctrina de la vida eterna, de la inmortalidad? Cada vez que pienso en mi vida incesante, la tristeza se apodera de mí. Vivir, vivir, vivir sin cesar, vivir a toda costa sólo por el capricho de un humano demente… Regeneración constante, repetición de tus sensaciones con idénticas características, anulación total de la novedad, juventud inagotable… ¿Tiene algún sentido? Dime, ¿te parece justo tener que soportar tanto tormento?

Vértigo duplicó el efecto de su pregunta dejando que en sus dos rostros alumbrara la pena y floreciera la humedad de unas lágrimas en sus cuatro ojos. Aprovechando la oportunidad de estrechar el contacto físico, Sin Moly se le acercó a rodearla con sus delgados brazos femeninos, a darle consuelo con unas caricias muy suaves sobre sus mejillas sonrosadas y tiernas. Y mientras le decía que todo iba a estar bien, que pronto todo iba a cambiar, la despojó de los harapos que la cubrían y la llevó al rincón de su taller donde pretendía terminar su obra maestra: una escultura mediana de Vértigo desnuda, más bella que nunca. En el interior del mármol, Sin Moly había puesto la ofrenda más grande para Darwin y los Feudocitos: una roca de estroncianita del tamaño de un huevo, con la cual esperaban dar el tiro de gracia al Templo Binario. Al entrar en contacto el estroncio con la radiación electromagnética que producían los Feudocitos, el dolor en las articulaciones de Darwin iba a ser violento y definitivo, completamente postrante; iba a reventar de dolor como en un vistoso festival de juegos pirotécnicos. A su turno, los Feudocitos se verían obligados a generar una carga retroviral tan grande, que en cuestión de minutos la noción del mundo eterno se desvanecería por completo.

—Debo encontrar cada detalle de vida que habite en tu cuerpo… Tu desnudez ha de ser tan definitiva para el Pastor como el estroncio mismo. Al contemplar esta representación tuya, Darwin va a sufrir la erección más calamitosa que quepa imaginar. Odiará en su angustia ser un hombre, reaccionar de manera tan lúbrica ante la belleza. Querrá lamerte, poseerte, reproducirse, reventar.

Mientras aplicaba el cincel sobre el mármol, Sin Moly se dejó llevar por su discurso y su imaginación, y sintió él también un deseo acaramelado por Vértigo. Cerró los ojos, dejó que su sangre hirviera por todo su organismo, y se vio a sí mismo bajo la piel de Darwin, copulando con furia a la bella Vértigo.


3

Darwin observaba el atardecer sentado en la cúpula del templo. El sol caía sobre el mundo, enorme, un disco rojo portentoso, y sólo un hombre parecía cargarlo. En efecto, Darwin no podía soportar más el dolor; su nuca estaba inmóvil, los calambres en sus lumbares eran cada vez más intensos, y sus muñecas, rodillas y codos temblaban constantemente. Nadie podía ayudarlo, puesto que nadie sabía con certeza en qué consistía su enfermedad. De hecho, las enfermedades y la muerte eran cosa del pasado, una leyenda de otro mundo donde predominaban los débiles seres humanos.

—Descansa, hijo mío, nadie vendrá hoy —le recomendó el dios Titanio, al tiempo que le tomaba la temperatura para monitorear el estado de la fiebre.

En ese momento, Darwin cayó al suelo. Respirar se hacía muy difícil, se le comprimían los pulmones como unos almohadones mojados, y en la tráquea se le formaba una especie de nudo ciego. Con todo, tenerla cerca a ella era un alivio; diría incluso que ella bajaba del cielo para rescatarlo de los brazos de la muerte. Vértigo extendió los brazos para estrecharlo con devoción, para susurrar en su oído unas frases enmelocotadas de amor. Recorrió cada porción de su rostro con caricias tibias, benéficas, caricias más efectivas que todas las medicinas juntas.

—Vértigo… Mi niña, mi dulce niña… Quédate a mi lado un poco más. Pasemos esta noche juntos…

Ella lo miró con ternura y lo silenció con un beso. Gracias a la saliva exquisita que provenía de Vértigo, Darwin empezó a recuperarse, sus brazos se hicieron fuertes, sus muñecas firmes, el dolor fue desapareciendo de manera milagrosa, rápida. Al concluir el beso, Darwin se sintió inundado de vitalidad, rejuvenecido, ligero, feliz, profundamente feliz.

Ahora, Darwin dejó que fuera el deseo quien tomara el timón del momento. La abrazó con fuerza, y ella respondió no con ternura sino con un jadeo inesperado, longo, lleno de terciopelo:

—Aeaeahhh

Puso sus piernas encima del Pastor y se sacó la túnica por la cabeza. Darwin llevó sus manos hacia el pecho de su dulce niña, quien reaccionó buscando el contacto directo con su cuerpo y lo despojó con premura de sus vestiduras. Hasta el más escondido trozo de piel fue explorado por la boca del otro, y los que antes eran dos, ahora eran uno. No había palabras, la piel hablaba a borbotones por sí misma el exuberante lenguaje de la delicia. Y justo cuando iban a alcanzar el clímax, Vértigo giró su cabeza para mostrarle al amante su cara oculta. Lo que Darwin vio, sin embargo, no fue el retrato de la beatitud extasiada, sino la imagen viva de la crueldad, y con un salto horrorizado se liberó de las piernas de Vértigo. No podía creer lo que había visto, lo que le sugería la visión. No podía creer que Vértigo…

—Padre, padre, por favor despierte —le dijo Vértigo sacudiéndolo—. ¿Está bien? ¿Le pasó algo?

Los ojos de Darwin se abrieron de par en par, y todo su rostro expresó el desconcierto de recuperar el sentido tras una pesadilla. Su frente estaba perlada de sudor, las venas del cuello se habían brotado y un suave temblor sacudía todo su cuerpo. Tras explicarle que lo había encontrado inconsciente sobre el suelo, Vértigo ayudó a levantar al Pastor, lo llevó al atrio y se sentó a su lado, tomando sus manos. Trató de darle ánimos con la noticia de que los dioses estaban analizando ya una muestra de su sangre y muy pronto tendrían listo el diagnóstico.

Darwin miró con suma atención el rostro de Vértigo, sus manos, su espalda, y encontró sólo dulcísimas facciones, belleza ideal, bien supremo, nada que se pudiera asociar con los horrores del delirio que la fiebre le había generado. Y sin embargo, no sabía por qué no podía deshacerse de ese sentimiento de desconfianza respecto de ella. El dios Teleglobe imprimió el reporte en una tirilla de papel, pero Darwin no tenía que leer nada; después de mucho tiempo, cuando la situación no tenía casi remedio, por fin comprendió lo que ocurría, el sentido exacto de lo que había visto en su delirio.

—Vamos, hija mía, subamos a la terraza de la cúpula. Quiero mostrarte algo.

Desde lo alto el Bosque Rojo se veía maravilloso. Ramas de pinos, tilos, cipreses y robles se trenzaban formando figuras perfectas, armonía que contradecía a los que simplemente encontraban allí mutaciones, malformaciones. Y más allá, en los complejos habitacionales, todo era exactitud bajo la celosa supervisión de los Feudocitos de quinta generación.

—¿Te gusta?

—Es precioso. Nunca había visto nada tan maravilloso.

—Es la belleza del mundo que los dioses han creado para nosotros. Es la prueba de su dominio sobre la maldad. Es la señal de la victoria sobre los Mirriacos y todos aquellos que han intentado traicionarnos.

Vértigo hizo un gesto de no entender a qué se refería Darwin con su alusión a los Mirriacos y la traición.

—Yo soy el guardián del mundo —dijo el Pastor en un tono glacial—. ¿O acaso olvidas que yo soy el último ser humano, el escogido para actualizar y proteger la evolución de los dioses? Los dioses deben alcanzar la octava generación, y yo…

Una nueva picada en la espalda interrumpió las palabras de Darwin, y sólo entonces Vértigo comprendió que ya no había nada que perder ni que ocultar. Ahora era libre de expresar sus verdaderos sentimientos:

—¡¿Evolución?! ¡Qué absurdo en un lugar donde nadie muere, donde nada cambia!

—¡Cállate, hereje, que estás en un templo!

—¡¿Evolución?! Cuando hace más de mil años que nadie muere en la Península…

—¡Pues yo estoy a punto de morir por tu culpa y tus regalos, maldita farsante! ¿Acaso te dejaste convencer de los Mirriacos? ¿Fueron ellos los que te usaron? Dime, ¿fueron ellos? ¡Habla!

Justo entonces Vértigo sintió estupor, y tomó conciencia de la gravedad de los acontecimientos. Pensó por un momento retar al Pastor, confrontarlo, preguntarle si le tenía miedo a la muerte, si ahora que estaba enfermo descreía de los dioses en los que siempre había confiado, pero en cambio dejó que la ternura la inundara y simplemente dijo:

—No quiero que muera, Padre, ni quiero tampoco que sus dioses colapsen, pero tenga piedad de mí, de esta insoportable juventud perpetua que…

Vértigo rompió en sollozos mientras Darwin, presa de una virulenta punzada en la nuca, perdía el sentido tras proferir un aullido que de seguro se habría escuchado hasta en el último rincón del Bosque Rojo.


4

Incapaz de levantarse, Darwin abrió los ojos y vio una columna de humo que salía de los Feudocitos. De todas las consolas se imprimían reportes simultáneos, caóticos. Los testigos luminosos del dios Titanio se habían fundido, en tanto que los de la diosa Sonora titilaban con la angustia propia del demente. Era el fin. Vértigo no se veía por ninguna parte; lo había abandonado sin ninguna misericordia. Haciendo acopio de todas sus fuerzas, el Pastor expulsó por su boca un líquido carmesí y viscoso que le obstruía la garganta y le impedía respirar; pensó que se vomitaba a sí mismo, que todas sus entrañas se habían licuado con su espíritu y ahora las excretaba convertidas en ese triste líquido rojo como el fango de los pantanos abisales.

No tardaron en reaparecer las alucinaciones, la cohorte de Mirriacos hediondos que bailaba a su alrededor celebrando su agonía, la carcajada sulfurosa de ese ser mitad hombre, mitad mujer, que dirigía la sardana de los Mirriacos. Batían palmas, lo escupían, gruñían como bestias borrachas de lujuria. El líder de los herejes se acercaba adonde yacía el moribundo, y despojándose de una máscara de látex, mostraba su rostro triangular, los ojos espejados en donde Darwin vio el reflejo de un manzano y una serpiente. Ya no tenía alientos para defenderse, para alejarlos, pobre víctima de la parálisis y el desahucio. Una vez más vomitó los últimos restos de su interior, de sus aspiraciones, y por fin sus latidos cesaron por completo.

Un silencio de cementerios se apoderó del Templo Binario. Los dioses habían emitido también su suspiro terminal en una tirilla de papel en la cual se repetía una y otra vez el diagnóstico: “Estroncianita, estroncianita, estroncianita”. En las afueras del Templo, en cambio, imperaba la algarabía. Pelzarios a medio vestir corrían hacia los refugios subterráneos, en tanto que de todos los recovecos del Bosque Rojo ardían hogueras rituales para tratar de apaciguar la furia de un viento que ululaba amenazante. Pronto comenzó a temblar. La tierra se pobló de rajaduras y abismos de donde brotó como impulsada por un géiser toda clase de objetos de la prehistoria: relojes que aún daban la hora exacta, loza de la República de Weimar, peinetas con pocos dientes, zapatos deslustrados, ropa interior ajada, medias rotas, prótesis de senos, glúteos y labios con exagerada silicona, cadenas de aminoácidos, grasa saturada e insaturada; multitud de fetiches humanoides.

Vértigo, entre tanto, corría y corría tratando de llegar al Albergue. Iba feliz, deletérea, rápida, sin notar que al interior de sus células un ejército de radicales libres iba dejando estropicio y desinformación, sin percibir que en sus rostros empezaban a aparecer los primeros síntomas de la vejez.

La Caridad - Proyecto Final de los Talleristas

La Caridad
Julieta Loaiza

Anoche la quebrada de Pericos se derramó y se llevó todo. Hasta las ganas de vivir. O por lo menos eso es lo que dice mi papá, porque está cansado de trabajar para que el día menos pensado, así, sin más ni más, le quiten todo lo que ha cosechado con tanto esfuerzo y sacrificio; es que por aquí no es la quebrada la única que hace estragos, cuando no es ella, son los muchachos los que pasan arrasando con lo poquito que tenemos; vivimos sin tiempo suficiente para reponernos, a duras penas nos levantamos de una calamidad, cuando la otra aligera los pasos para caernos encima y no se sabe cuál es más devastadora. Lo que yo siempre digo es que la quebrada reclama lo suyo. Hace unos años, cuatro o cinco no recuerdo bien, se enfureció, pero fue para hacer una advertencia y nadie le hizo caso, todos siguieron quitándole el ropaje de las orillas por hacerse a un metro más de tierra para las sementeras y se le fueron arrimando, arrimando hasta que la empelotaron, como cuando yo quiero estar con la Caridad, que me le arrimo despacito y le voy quitando los chiros poco a poco hasta que estoy encima de ella sembrándole mi semilla. La dejaron peladita, sin amortiguación, sin árboles que contengan la caída de la lluvia, que ayuden a sostener la tierra. Le sacan el agua para las casas y para los riegos, y se la devuelven envenenada, y encima reniegan porque se desborda. Cómo si ellos no tuvieran la culpa.

“Ahora si nos la hizo buena esta condenada”. Eso está diciendo la gente, porque la quebrada a medida que crecía, con eso que llovió tres días sin parar, iba rasguñando las paredes de la montaña y recogiendo piedras y troncos de los pocos que le quedaban, y entre más recogía más duro era la tronadera, hasta que se quedaron atascados en la curva de Las Ánimas donde atajaron el paso del agua que de pa' bajo empezó a salir por chorritos y de pa'rriba se iba subiendo, subiendo hasta que no aguantó más y se reventó de lo llena que estaba. Ahí fue cuando le pegó un mordiscote a la montaña y se abrió paso a las malas para seguir con toda su fuerza, llevándose lo que encontró en el camino, y en el camino estaba el puente y se lo llevó como si nada. Por eso es que están berracos.

La finca de papá no es muy grande. Baja como cuatro hectáreas por la orilla de la quebrada hasta que se encuentra con el río, y se ancha como tres caminando en contra de la corriente, vuelve y sube y haciendo una U bien desparramada, se mete un poquitico en la finca de don Gumercindo Clavijo —que no nos pudo robar ese pedazo, porque se lo quería robar, pero papá no lo dejó—, y se cierra en una media luna en la Loma del Segador.

Por aquí piensan que yo soy bobo. Eso es porque oyen a mi papá que me dice cada que hablo: “Deje de decir bobadas, Dionisio”. Entonces me toca quedarme callado para dejarlos a ellos que digan brutalidades como esa de que entre más se le arrimen a la quebrada con la siembra, más cosecha van a tener. Así ha sido siempre. Yo sé muchas cosas que me enseñaron en el colegio, porque estudié hasta tercero de bachillerato, sólo que a mi papá le dio por no darme más estudio; decía que después de tener siete hijos no tenía porque quedarse sin quien le ayudara en el campo, y para que no me fuera a la ciudad como mis hermanos, me puso a trabajar como un burro, y creo que algo de bobo si se me metió porque hasta a la Caridad me la consiguió él. “Este no sirve ni para conseguirse una mujer. Ojalá y sirva más que sea pa' hacer un mocoso”, le decía a cada rato a Pureza, y ella se agachaba sin contestar, porque es así, como su nombre, sólo pureza. Después, mamá se me acercaba y dándome palmaditas en la cara con las dos manos me decía: “Usted es muy lindo, mijo, ya va a ver cómo cambian las cosas”. Pero las cosas sólo van a cambiar cuando Eleuterio Rondón, mi papá, no esté por estas tierras; si no, todo seguirá lo mismo. La Caridad se casó conmigo porque es hija de padrino Rosendo, y creo que desde chiquita me la tenían guardada.

Siempre oía que padrino le decía a mi papá: “Ya casi está la muchacha pa' casadera, compadre” y papá le contestaba: “No más es que diga, compadre, y armamos el casorio”. Y sólo fue que padrino le viera crecer los pechos, cuando ya quería sacarla de la casa para no mantener una boca más. Y nos casaron. Al principio casi ni hablábamos. Cuando nos metíamos a la cama yo no la tocaba de lo mero nuevita que la veía; me sentía como un gallo pisando a una pollita sin emplumar, y me parecía que se le acabaría el resuello si me le montaba. Después la Caridad se fue poniendo toda cariñosa, empezaba a sobarme el pecho y la barriga con sus manitas ásperas, hasta que me hacía erizar todito, pero yo no me atrevía a hacerle nada pensando que estaba muy criaturita todavía. Así siguió y una noche, luego de manosearme un rato se me montó de a caballo, y empezó a sobarme sus nalgas en la barriga, y no tenía ni un chiro. Entonces se me paró hasta el pensamiento, porque no me acordé ni de lo chiquita que estaba, y recorrí todos sus caminos con mis manos y mi boca, y me quedé un rato largo como ternero redomado, saboriándole los pechos.

La Caridad y yo ya tenemos un crío de cinco años. Cuando nació, fue la única vez que mi papá dijo que yo había hecho bien las cosas. Claro, como lo vio tan sanito, debe estar esperando que crezca para ponerlo a trabajar como burro. Ahora que la quebrada se llevó todo, mi esperanza está en que se haya llevado de verdad todas las ganas de vivir de mi papá. ¡Esa es mi esperanza!

Esta noche voy a ponerme a jugar con la Caridad para que me raspe con sus manitas hasta que me ponga a reventar como la quebrada, y como ella derramármele por todas partes.

Las Filigranas del Placer - Proyecto Final de los Talleristas

Las Filigranas del Placer
Augusto Ramírez Ospina

Cuadra-picha, Zona Rosa de la Primera de Mayo, Nueve de la noche. Tenía que salir de la duda, no podía más: ¿el tipo que buscaba era un ser de carne y hueso o una máquina hiperrealista? El miedo a deambular por ese territorio lúgubre e inhóspito se calmó por la expectativa de confrontar la verdad. En mi camino tropecé con algunos muchachos que vagabundeaban, otros se me abalanzaron con tarjetas e insinuaciones para visitar los negocios adyacentes: tabernas, cantinas, barra libre para damas solas, espectáculos de nudismo, show sadolesbian, moteles de todos los pelambres.

Me acerqué decidida al lugar donde esperaba hallarlo. En la puerta, un escalofrío me sacudió. Fueron sentimientos encontrados y recuerdos de instantes vividos. Escudriñé el terreno y di de frente con la clásica escena de cualquier cantina de poca monta: jóvenes borrachos se ufanaban de sus supuestas aventuras sexuales; oficinistas exhaustos seducían a la chica de turno para persuadirla de ir a moteliar. Y desde el fondo del recinto me observaba el patético fanfarrón de taberna que procura impresionar a sus amigotes de juerga. Me miraba con lascivia, batía su lengua en un suave movimiento circular.

—Nena, ¿hacemos el sesenta y nueve? —dijo, y sus amigos rieron estrepitosos.

—Más bien el sesenta y ocho.

—¿Cuál es ese, gatita rica?

—Usted me lame el culo y yo le debo una.

Le sonreí con cinismo y pensé: este imbécil pudo ser la perfecta presa de la noche. ¡Lástima! Un par de vueltas más, por aquí, por allá, y me rendí sin haber encontrado al tipo. Me senté en una mesa apartada, en la penumbra, desencantada, muerta de las ganas.

La más leída columnista sexual de la ciudad, la mujer prepotente que por años había inspirado a los perros y machos de esta urbe, se consume en la soledad luego de no poder dar con aquel ser que le arrebató el corazón. Hasta hoy persiste la duda acerca del organismo materializado en ese cuerpo.

Todo inició en una de mis cacerías. Así designé a esas rondas nocturnas por los bajos fondos del sexo en busca de las más significativas historias urbanas para alimentar el apetito desmedido de mis lectores. Cada noche se tornaba en una experiencia sin par. El mundo sadomasoquista, los amantes furtivos, las parejas fugaces, los grupos swinger, las prepago e inclusive esos remilgados a los que nada los motiva.

Allí nuestras vidas se cruzaron por primera vez. Si hoy me preguntaran, lo describiría como un hombre máquina, un semental extraído de una película. No me interesó solamente su cuerpo, al mismo tiempo me cautivó su extraño comportamiento. Comprendí que tenía ante mis ojos un objeto invaluable para saciar mis pasiones y mi codicia. No era un hombre cualquiera. Se comportaba como un androide de la rumba y la cama.

La primera vez permanecí detallándolo. No quise beber para evitar alterar mis sentidos. Lo interioricé en mi mente. No era un DJ famoso, un artista del espectáculo o un magnate del mundo del entretenimiento. Aseaba las mesas, cargaba canastas de cerveza y de vez en cuando repartía los tragos de esta pocilga miserable.

La noche se consumió. Los clientes borrachos se esfumaron y en el albor de una fría madrugada, permanecimos los dos fieles al destino que nos aguardaba. Fue el momento decisivo, y como una gata lujuriosa le cerré todos los posibles caminos de huida.

Amanecí extenuada. Los rayos del sol penetraban inclementes a través de las cortinas. Inhalé el aire viciado y húmedo, froté mis ojos y sorprendida vi, reflejado en el espejo adosado al techo del cuarto de aquel motel barato, mi cuerpo desnudo. A mi lado estaba él, cubierto por una sábana. Con curiosidad deslicé la tela. Ansiaba saber qué colgaba de su pecho, pues en la penumbra y al fragor de la batalla palpé algo raro. No pude descifrar si era un talismán de la buena suerte, un aderezo o una exótica joya. La sorpresa fue mayúscula al desnudar su torso. En el centro brotaba un extraño artilugio electrónico de color plata, con una pantalla de cristal líquido de diez por cinco centímetros. De la parte superior emanaba una maraña de cables de todos los colores, que se adentraban en su cuerpo.

He visto cosas exóticas en mi vida. La cultura del piercing, las cirugías para parecer un hombre lagarto, el universo del tatuaje y los ritos de las dominatrices con sus eróticas vestimentas de látex negro, cadenas adosadas al cuerpo, látigos y cremalleras en la boca. Un sacaborrachos con implantes electrónicos era una escena que superaba todo lo que había visto.

La curiosidad fue el sentimiento más fuerte y eclipsó al miedo. Un poco aterrada, estuve tentada a dejar el lugar corriendo. Pero los años de experiencia en el oficio del periodismo sexual me enseñaron la regla de oro: nunca, bajo ninguna circunstancia, dejes escapar una chiva, y no me refiero a los rumiantes peludos de cuernos sino a una noticia sin par. Una situación que me pertenece ante el gremio por ser la primera y única testigo.

Acaricié con pudor su pecho y mi curiosidad sin límite dirigió mis dedos a la pantalla. Sin desearlo activé el dispositivo y oí un suave bip, bip, bip, proveniente del interior. Acto seguido, la pantalla se iluminó con una tonalidad azul; los caracteres caían en cascada. Él abrió sus ojos y me observó con indiferencia. Permanecí inmóvil unos segundos. Lo miré con el rabillo del ojo. Conjugando una explosiva mezcla de odio y sorpresa lo interrogué. ¿Qué eres? Él, con pasmosa naturalidad, sonrisa tiesa, respondió: Víctor Cyb, modelo T005695.

Salté de la cama encabronada y grité, olvidando las reglas de la decencia, las mismas doctrinas descritas en mis columnas para tratar de culturizar a mis pupilas:

—¿De qué mierda me está hablando? Hable a ver, cabrón, o empiezo a gritar.

Con una frescura sin par, me explicó que era un cyborg, la perfecta integración entre el hombre y la máquina.

—Representamos el futuro —añadió levantándose de la cama para dar unos cuantos pasos de pasarela.

Decidí seguirle la corriente, y desde ese instante me sentí más atraída. Era como tener tu propio computador portátil con batería ilimitada y mucha carne viva alrededor. El sueño de toda mujer. Un hombre para ser forjado a su medida, o mejor dicho, programado.

Día a día me instruyó en los pormenores del proceso de programación. Yo extraía de su bolsillo una caja negra, la desplegaba transformándola en un pequeño teclado justo sobre sus abdominales. Alineaba el puerto infrarrojo con el dispositivo de su pecho y un proceso mágico acontecía ante mis ojos. Al digitar mis más íntimas fantasías en la pantalla, la información se transformaba en órdenes para esa masa de músculos que nunca se fatigaban.

Aún recuerdo el instante en que me pidió un poco de instrucción, un rápido barniz en las artes del amor. Fue mi oportunidad de poner en práctica todo el cúmulo de experiencias adquiridas a través de los años y dejar un legado a la humanidad. Cada madrugada con pasión le enseñaba una nueva técnica. Su nombre científico, la posición correcta, los movimientos, el manejo de la respiración, los sonidos, los gemidos, y finalmente el éxtasis. Una noche alquilé la suite presidencial del Royal Garden, un motel de lujo en la mitad de Chapinero. Cama descomunal, jacuzzi, sábanas limpias, agua caliente, olor a lavanda y tal cual juguete. Le advertí: “Esta noche es tu examen”. Antes de empezar le pedí me recitara la lección y con esta romántica poesía me declamó el itinerario a seguir:

“Empezaremos con la unión de los amantes, desnudos frente a frente. Para equilibrar nuestra altura y evitar el uso de libros, mis manos en tus axilas te permitirán flotar en el aire, y así el pájaro cibernético, erguido en todo su esplendor, se abrirá paso en la tupida selva. Tomaré tu espalda con un movimiento pendular, levantaré tus piernas en mis brazos y me sentaré al borde de la cama. Caerás sobre mí, y el pájaro cibernético explorará la selva hasta la posición de la amazona. Dejaré caer tus piernas, las abriré y lameré tu espalda. Inclinarás el cuerpo, con la mirada baja, las palmas de tus manos apretarán mis rodillas. Mantendrás el equilibrio al viento en la postura de la balanza. Me dejaré caer de espaldas en el lecho y flexionarás las rodillas, tus pies tocarán mi cintura y lograrás la posición del columpio. Tomaré tus senos, y tirándote hacia mi pecho, lo uniré a tu espalda; apoyarás los brazos en la cama, te resistirás con pasión, y al albor de tus aullidos, llegaremos a la postura del cangrejo. Con un rollo a estribor de noventa grados, aprovecharé la libertad de mis manos y exploraré tu vientre en la posición de las cucharas. Nos pararemos, espalda contra pecho en la postura del emú. Tu cuerpo girará en el aire ciento ochenta grados, pivoteado en el pájaro cibernético, quien complacido no abandonará la zona erógena. Enfrentaremos nuestros rostros y engancharás tus piernas a mi cintura; disfrutarás de la libertad del vuelo en la posición suspendida. Te dejaré caer en la cama anclada al pájaro cibernético. Frente a frente, tus pies se apoyarán en mis hombros en la postura del yunque. Esto permitirá a la herramienta su máximo desempeño, con vibración a 60 Hz. Me arrodillaré y tú apretarás con tus piernas mi cintura en la posición del arado. Con esta perspectiva estiraré una de mis piernas y levantaré la tuya, logrando la postura del bambú. Me dejaré derribar y me cabalgaras en la posición del jinete. Tu cuerpo se desgonzará a la zaga en medio de mis piernas en la postura de las tijeras. Levantaré mi tronco y en la posición de la luna, el pájaro cibernético depositará finalmente tres centímetros cúbicos de su alimento en el nido”.

Esa noche, como sólo puede hacerlo una fina máquina de precisión, ejecutó el programa preestablecido.
***
La noche avanza, y nada. Tengo el horrible presentimiento de que no lo voy a volver a ver. Me armo de valor y me animo a indagar por él. Me dirijo a la barra. El cantinero me observa de reojo.

—¿Qué se le puede servir?

—Busco al muchacho que le ayudaba…

Me sonríe y responde: “¡Ah, Víctor!” Una emoción indescriptible emana del trasfondo de mi mente. Respondo sin titubeos: “Sí, ha de ser él”.

—Se lo tragó la tierra. A lo mejor le dan razón en el motelucho donde dormía. Dicen las malas lenguas que en las madrugadas se revolcaba por allá con una mujer.

Sentí unos celos indescriptibles, pero al instante me sonrojé al comprender que se refería a nuestro affaire.

—¿Qué más me puede contar de él? Es que lo ando buscando para un artículo. Soy periodista —le mostré mi escarapela, deslizándole un billete de veinte mil.

Guardó silencio unos segundos, y encogiéndose de hombros, me confió: “Fue la noche en que casi me acaban el negocio. Después de eso, el hombre como que se transformó en otro. Hora tras hora malgastaba su tiempo, dizque programando esa máquina y leyendo cuanta basura técnica encontraba. Fue ahí que le surgió la idea de ser un cibor, un robot mejor dicho. El caso es que el hombre resultó de la noche a la mañana mucho más acuerpado de lo que era. Y empezó a hablar en lenguas, y sumaba más rápido que la registradora, y a la hora de cerrar, como una grabadora, se repetía las conversaciones de los clientes, palabra por palabra.”

—¿Y qué fue lo que pasó esa noche que me decía?

—Pues que esos pirobos cogieron la costumbre de sentarse allá al fondo. En algún torcido andaban, porque si no ¿para qué se hacían allá lejos, donde nadie los podía oír? Y se la pasaban era detrás de una caja negra, con un teclado conectado a una pantallita. Dizque eran escritores en busca de inspiración, vaya uno a saber si más bien no serían tiras o raticas de ésas que abundan por aquí. Y el caso es que esa noche que le digo, a esos manes les dio por echarle los perros a un grupo de hembritas que andaban jartando guaro en la mesa de aquí al lado, sin pensar que a lo mejor las nenas venían acompañadas. Entonces que llegan los otros manes y de una se enciende la vaina: “¡Píntela, malparido, píntela a ver! Venga y le enseño a respetar a la mujer que tiene dueño, gorronea.” En esas uno de los del trío corre al orinal, se trae el trapero y empieza a repartir palo a todo lo que se mueva. Y el socio de los tatuajes se encarama en la barra y agarra mi colección de tapas de cerveza como si fueran estrellas ninjas. Y al otro día, imagine el pesar cuando encuentro los afiches de las chicas Aguila todos cagados, con tapas clavadas en las puchecas y las tanguitas de las modelos. Y espere, que todavía faltaba que hiciera su gracia el último de los pirobos. Va este man y se mete al local con todo y moto, una Pulsar negra, que a encender a todo el mundo a rejo con el pedazo de cinturón que tenía.

—¿Y entonces…?

—Que de todo el mierdero, al otro día apareció ahí debajo el aparato con que andaban jodiendo los tres pirobos. Y viene el loco del Víctor a explicar que dizque es un computador de bolsillo, teclado plegable y conexión infrarroja, que eso vale un güevo de plata. Entonces, pensando que más vale pájaro en mano que ciento volando, le digo al Víctor que se lo cambio por las quincenas que le debo, y el hombre feliz, agarra a darle y darle a toda hora en lugar de recoger el envase de las mesas. Hasta que a los ocho o quince días se aparece dándoselas del duro. Se conecta al pecho el computador de bolsillo y me dice: “Fresco, don Orlan, que yo le sumo esa cuenta más rápido… Fresco, don Orlan que yo le saco a la calle a esas gorroneas”. Y se echaba de tres y cuatro palos de pola a la espalda, y era como si nada, el vergajo. Y a mí el Víctor me hacía era acordar de un ñero al que le dicen Robocop, uno que se parcha por allá en la Pepe Sierra y se para encima de una caja a que le den monedas por estarse ahí quieto como estatua, toda llena la jeta de pintura plateada.
***
Salí sola a las tres, cuando al cantinero se le acabó por fin la cuerda. Sobra decir que encontrar un taxi a esas horas estaba fuera de toda posibilidad, pues los grupos de borrachos se abalanzaban como viles carroñeros sobre los pocos carros libres que había. Seguí caminando por la Primera de Mayo hacia el oriente, mirando con cara de pocos amigos a todos esos desprogramados que me decían: “Ps, ps, ps, mami, venga, venga y le digo una cosa”. Al pasar frente al motel donde nos encerrábamos con Víctor, me ganó la nostalgia y se me astilló por completo la ilusión de volvernos a ver. Igual, saqué fuerzas del interior de mi alma, e inspirada en el ejemplo de Sarah Connor, aquella mítica activista de los derechos de los seres humanos, empecé a caminar. Entonces caminé, caminé y caminé.

Marido para Tres - Proyecto Final de los Talleristas

Marido para Tres
María Teresa Niño, Mónica Liliana Trujillo, Marcelo Del Castillo

Martha y Paty coincidieron en que a sus amantes no sólo les gustaba el mismo restaurante, el mismo plato —espagueti a la carbonara—, y el vino chileno, sino que además, a ambos les gustaba untarles los pezones con miel a la hora de hacer el amor. Concluyeron que hablaban del mismo hombre y pensaron en vengarse de forma cruel.

Cuando Gonzalo abrió la puerta, se sorprendió al reconocer el rostro lloroso de Paty, y más aún al ver a su lado la mirada incendiada de Martha. Esta le sembró un golpe limpio bajo un chorro de recuerdos de cama, cuando se vestía para la sesión de sadomasoquismo. Ahora no se trataba de una faena para compartir sus goces. Gonzalo al caer comprendió que las mujeres —su harem, como solía jactarse entre sus amigotes— lo estaban golpeando por engañarlas. Su esposa corrió alarmada sin atinar qué ocurría. Martha, después de darle una patada brutal en los testículos al bulto que configuraba Gonzalo en el piso, se detuvo al verla asustada. “Este degenerado siempre la ha engañado”, gritó por fin. La expresión contundente de esa mujer que gritaba sollozando, hizo comprender a Esperanza algo que hacía mucho tiempo había sospechado de su marido, sólo que se negaba a aceptarlo pues era una mujer católica de principios arraigados, convencida que el matrimonio y la resignación eran parte del amor. Se llenó de dignidad y se apartó del espectáculo. Gonzalo logró levantarse evitando los manotazos de Martha y los arañazos de Paty, mientras gritaba: “¡Por qué putas me tengo que aguantar esto! ¡Ustedes no son más que unas perras! ¡Unas zorras! Fuera de mi casa.” Paty le forcejeaba: “¡Fui una idiota al creerme la única!” “Si te sirve de consuelo, estamos iguales con este malparido”, agregó Martha, apurándose a exhibir un celular en el que marcó un número con rapidez; “¿cuál quieres hoy, la polaca, el sesenta y nueve o el setenta y uno? ¡Cochino!”

Gonzalo se angustió al ver que Esperanza se retiraba de la escena y se encerraba en su cuarto. Sabía que esa actitud de su esposa era radical. Se vio perdido. Se sentía débil, sin argumentos para explicarle nada. Apenas unos minutos antes, cuando iba a salir a trabajar y tuvo la primera erección del día, pensó en Martha, con la que hacía dos semanas no había tenido contacto alguno, pero esto no le preocupó pues sabía que al final de la tarde se encontraría con Paty. La última vez que lo hizo, quedó prendado por las nuevas posiciones que ella le enseñó, pero extrañaba a Martha por la maestría de su galope brutal, delirante y sucio. Ahora la visión paradisíaca de sus mujeres se había transformado en pesadilla.

Esperanza, a pesar de cerrar la puerta, alcanzaba a oír la algazara con el rumor que le llegaba de voces y de gritos y de palabras que por primera vez se escuchaban en su casa: perra, zorra, puta. Sabía que tenían la sombra sórdida de un antro prostibulario y oscuro, y se desbordó en llanto. En ese momento tomó conciencia del candado que aún tenía en la mano con la llave puesta, recogido cuando Gonzalo cayó después de abrir la puerta.

En la sala, las mujeres no dejaban de insultarlo. Entre ellas empezaron a recordar que les hacía las mismas posiciones: que el estilo perrito, que la carretilla, que el pollo asado, y se reían burlándose al comprobar que no tenía imaginación, siempre repetir los mismos gestos, las mismas lascivas palabras para excitarse cuando le decía a la de turno al oído: eres la más perra entre la perras, y ella le respondía sí mi amor, soy tu mejor perra. Esperanza estaba aturdida por lo que escuchaba. Sintió una furia ciega que se apoderó de su ser, y tomando un impulso repentino fue directo a la sala. Casi por instinto de querer deshacerse de ese desconocido con el que había compartido tantos años, le lanzó el candado con puntería certera, descalabrándolo con el consecuente espectáculo carmesí. Gonzalo con una mirada interrogante parecía que le preguntaba: ¿por qué me haces esto? Se pasó la mano por la frente que quedó untada de sangre. Se postró debilitado de rodillas.

Ahora el timbre no paraba de sonar. Martha reaccionó, “son mis hermanos.” Dirigiéndose a Gonzalo, que le hizo una mirada de desolación, le dijo: “Ya vas a ver lo que te va a pasar.” Esperanza quedó paralizada al ver aquellos uniformados corpulentos, que con su presencia intimidaban al exhibir sus revólveres de reglamento, entrando en tropel como si buscaran a un criminal. “¿A cuál es que tenemos que cobrársela?”, dijo el más parecido a Martha. La escena que vieron, más que enojo, les produjo compasión: Gonzalo estaba sentado en el suelo, maltrecho y con la camisa hecha jirones con manchas de sangre, sosteniéndose sobre la herida una compresa que hizo con su pañuelo. “¿Qué les pasa?”, el agente enfundó su revólver. “Esto les puede salir muy caro a todas ustedes, que no tienen un rasguño.” El otro policía miró a su hermana como recriminándole sus continuos abusos. “No pueden tomarse así no más la justicia por su mano”, dijo. Gonzalo, aturdido por la golpiza, vio a aquellos uniformados como unos ángeles que estaban salvándolo de esa jauría de perras, las mismas que habían sido sus juguetes sexuales, vaginas afrodisíacas que ahora emanaban adrenalina pura… Los policías lo ayudaron, alzándolo cada uno del brazo, diciéndole en coro: “¿Cómo es que se dejó hacer esto? ¿Dónde tiene sus pantalones?”

Carne Salada - Proyecto Final de los Talleristas

Carne Salada
Laura Valbuena, William Cuevas, Frank Jiménez

Ana estaba hambrienta y su sudor hediondo; la pestilencia de su propia existencia la ponía ansiosa. Se levantó y preparó el último trozo de carne que le quedaba. Retorció falanges y exprimió las pieles secas, algo de sangre manchó sus dedos, avivó el fuego de la hoguera que le brindaba calor. Lloró, su soledad la abatía, no entendía con claridad lo ocurrido; nunca desde hacía mucho tiempo lograba encadenar con orden sus recuerdos. Se detuvo un momento y miró a través de la ventana: una plaza con una fuente en medio, rodeada por casas antiguas, le mostraban la inmovilidad del tiempo. Las ruinas le hablaban tratando de contarle lo sucedido. Ella no entendía los mensajes de las calles destrozadas y de una ciudad completamente destruida y devastada no sólo por el paso del tiempo.

Puso un trozo de comida en su boca, algo crujió entre sus dientes y recordó que no había removido las uñas, devolvió la bola de carne a su mano, quitó las uñas y siguió comiendo. Cuando terminó había empezado a llover de nuevo, había carne oreándose en el tejado y subió a recogerla. Mientras corría hacia el tejado, recordó lo difícil que había sido conseguir su última presa.

Lo vio cuando cruzaba bajo un edificio, estaba a unas cinco cuadras hacia el sur de la plaza que utilizaba como refugio. Llevaba dos días comiéndose las ratas de un nido que había hallado, pero no le gustaba el sabor. El temor de enfrentarse nuevamente con otro cazador la obligaba a conformarse con lo poco que tenía. La última vez había sido demasiado para ella, el forcejeo y el puñal atravesado en la clavícula le habían dejado heridas profundas. Era esa punzada constante en la boca del estómago, el hambre, esa constante interminable que la obligaba a salir de su agujero.

Su presa cuidaba muy bien sus pasos, evidentemente no estaba buscando comida, no era un cazador. Al contrario, intentaba no ser descubier to por ellos. Este comportamiento tan poco usual llamó la atención de Ana y prefirió seguirlo en lugar de cazarlo de inmediato. El tipo guardaba con celo un paquete bajo su brazo; comida, supuso Ana, como también supuso que si lo seguía obtendría más.

El sujeto iba afanado, giraba la cabeza y miraba hacia atrás con insistencia. A Ana le gustaba estudiar a sus víctimas, lograba así distraer el acto primario de la cacería, lo llevaba un poco más allá. Aprendía incluso los patrones de aquel que tenía enfrente, que en este caso se movía con paso firme y constante, pero sin seguir una línea recta: tres pasos a la derecha y cuatro a la izquierda en diagonal. Para él, un movimiento en zig-zag haría más difícil que lo siguieran o que le apuntaran con precisión; según Ana, era un movimiento estúpido que lo hacía más visible.

Al cabo de un buen tiempo de estar tras él, aquel hombre robusto y acabado por los años le seguía inquietando; no podía dejar de seguirlo, era como si alguna fuerza desconocida la obligara a hacerlo. Ya no era por curiosidad, era algo más, acaso un sentimiento de compasión, pero sabía que debía comer. Luego de caminar con premura por más de hora y media, recorriendo calles estrechas y atravesando casas devastadas y en ruinas, Ana decidió atacar. Lo adelantó felina entre las sombras y por los costados, sin que él se diera cuenta. Esperó el momento exacto para caerle encima y saciar su hambre.

El hombre la había llevado hasta un sitio donde se podían percibir aún más personas, carne sin corromper, sin mancha, gente que conservaba sus dientes limpios. El aroma invadió las aletas de su nariz y reaccionó de inmediato. Sacó del bolsillo un punzón de metal mal afilado; su mango era un retazo de tela inmunda a sangre y carne podrida, que utilizaba como herramienta para ultimar a sus presas. Se acercó rápida y sigilosa hasta una distancia que no le permitiera equivocarse; la exactitud y la experiencia eran sus aliadas. Dos pasos más y lo tendría, pero una rama bajo la bota la delató, su víctima se volteó y le propinó una bofetada, que más que dolor le produjo desconcierto. El infeliz emprendió la huida sin sospechar que ya era demasiado tarde. De tres saltos Ana lo tomó por el pelo mientras sus uñas se clavaron en el cuero cabelludo. Un jalón hacia atrás, pérdida del equilibrio y ella con su puñal en lo alto. Una, dos, tres puñaladas certeras en el tórax. Un fuerte chorro de sangre dio en la cara de Ana nublándole la vista. El hombre cayó con la mirada fija en el rostro de ella, que le asestó el golpe final con su puñal, esta vez en la garganta.

Después de arremeter contra sus presas, hasta cerciorarse de su muerte, los desmembraba y los metía en bolsas con algo de sal. Al llegar a su refugio sacaba los pedazos, cortaba la carne en tajos, los llevaba al tejado para que se secaran y así aseguraba su conserva.

El camino de regreso se vio inundado por los deseos de saber de dónde surgían las imágenes que solían ir y venir, atormentándola entre comida y comida. Los caminos se le grababan de forma instintiva, tarde o temprano regresaría en pos de los escondidos. Llegó a su refugio, se recostó un rato y abrió uno de los libros que conservaba celosamente. ¿Nombre? Desconocido, hija de padres desconocidos —se decía ella misma—. ¿Hermanos? Ninguno que yo sepa. Habitante de la antigua ciudad de Bogotá, más exactamente del Estado de El Chorro de Quevedo.

***

La noche es lúgubre pero tibia y la idea de encontrarse con otro cazador se hace espantosa. El sol opaco se ha escondido precozmente como consecuencia de la guerra. Ana llega alerta a casa, por variar hambrienta. La zona parece desierta, las ruinas macabras y silenciosas apenas esconden los secretos de una época mejor ya bastante lejana. Igual queda muy poco, los bares están llenos de ratas, las calles poseídas por ausencias y espectros, pero Ana no sabe nada de esto, cada esquina para ella alberga un nuevo peligro, puede salir otro cazador a devorarla. A pesar de la cautela Ana no logra entender que lo único que puede vencerla es la memoria reprimida de diversos crímenes. Ése era el mayor peligro de las calles de Ciudad Infierno, las manchas de sangre seca, las tripas humanas podridas, los pedazos de cuerpos desperdiciados por otros cazadores, los testimonios de ese canibalismo cotidiano del que Ana era excelente discípula. Sin embargo, esas cosas no la afectaban.

Parada frente a la antigua iglesia de Lourdes, Ana es poseída por un brillo en los ojos que anticipa lo que va a hacer. Sabe que adentro hay más carne para orear, un mes más, un par de meses, o un día, según el clima; hay demasiado olor a vida en medio de la podredumbre, al parecer no es sólo uno, son dos, su olfato consigue excitar al extremo su necesidad de carne.

Ansiosa pero cautelosa entra a la iglesia gótica por un agujero de la gorgojeada y ruinosa puerta lateral derecha. Adentro el aire está quieto, no hay olor a tripas podridas ni excrementos. Ana huele la vida de sus víctimas al parecer intactas, no apestan a sangre, son cuerpos limpios, incorruptos, más exquisitos. Ana, que se ha conformado antes con cuerpos heridos por otros cazadores, o abandonados sin ser devorados por completo, inunda ahora sus pupilas de ese brillo caníbal, a pesar de no haber visto aún a su presa.

Al fondo, cerca al altar, una persona enciende unas velas. Ana logra divisar la segunda presencia: un niño. A su lado, una mujer. Se acerca despacio en la oscuridad, pasando por encima de las ruinas, respirando el moho, ensuciando de polvo su ropa manchada de sangre seca, camuflándose como un camaleón. Tropieza con el cadáver de una rata. Maldice en silencio su suerte. Asustada, la mujer detiene su oración, piensa por breves segundos en la ironía que llegaría a ser la presencia de un cazador en ese momento, cuando ruega a Dios que la proteja junto con su hijo.

Ana permanece quieta. Como lo esperaba, la mujer se ha alertado con el ruido, toma al niño de la mano para apagar las velas y desaparecer en la oscuridad. Luego Ana escucha pasos rápidos y una voz infantil que dice: “A lo mejor tan sólo es una rata”. Ana ya sabe que ha sido descubierta y corre hacia el altar, pero su intento es inútil y se desespera; ya no están allí. “¿Adónde fueron?”, se pregunta. Guiada por su olfato, persigue a la mujer que se dirige hacia una parte lateral de la iglesia donde la luna penetra difusa por los vitrales rotos. Ana se lanza hacia ella y la acorrala; la mujer grita. Con la primera mordida le arranca los labios, luego destroza sus cuerdas vocales, acallando el lastimero y terrible gemido. Ana clava con fuerza su cuchillo en el vientre de la víctima y devora sus ojos chupándolos y masticándolos con deleite. Luego corre tras el niño para darse el mejor banquete en varios años. Él se voltea y sus ojos vivos de pánico van a dar contra el rostro de la cazadora. Ambos quedan pasmados. La mirada del niño, con sus hermosos ojos azules invadidos por el miedo, le recuerda la vieja efigie del Divino Niño del Veinte de Julio, y Ana pierde por un momento la noción del tiempo y se ve envuelta en su uniforme de colegio, con el cabello recogido en dos breves trenzas, asistiendo al desayuno de chocolate y mogolla antes de la misa. Un lapso de humanidad que socava su instinto de cazadora, y transforma sus anhelos caníbales en instinto maternal.

Ana se aparta un poco y busca las tripas de la madre para empacarlas en las bolsas. El niño llora y Ana secreta el odio y el fastidio habituales frente a sus víctimas. En su mente se suceden miles de imágenes sin orden ni coherencia. Los ojos azules, el llanto, los cabellos rubios, todo es una evocación involuntaria que atormenta a Ana. El Veinte de Julio, los mendigos pidiendo limosna, las multitudes esperando bendiciones, milagros, la vuelta del tiempo atrás… La madre aguardando a la salida de la casa cural donde la llevaba a desayunar… ¡Madre!

Cuando ya ha metido en bolsas la carne que puede cargar, divisa la luna y la calle con la intención de prever la presencia de otro cazador. Su atención es interrumpida por el rumor de unos pasos que se acercan. El niño ha decidido seguirla.

—Tengo hambre, tengo frío —le dice.

Ana saca una tripa de una bolsa y se la da.

— ¿Qué es esto? —pregunta él.

—Comida.

El niño muerde la tripa y hace un gesto de asco.

—No me gusta.

Ana va hacia el altar, enciende una hoguera y asa un pedazo de tripa.

—Prueba así —le dice.

El niño ahora muerde, mastica, devora y le agradece, como siamés feliz por reincorporarse a su otro amado, del que había sido separado.

—Vamos —ordena Ana.

— ¿A dónde?

—A un lugar seguro.

— ¿Lejos de aquí?

—Sí, lejos.

La polución del cielo, el hielo discreto del aire y el hedor de las calles son los únicos que pueden presenciar cómo Ana sale de la iglesia con su botín de tripas escurriendo sangre, y un niño que camina a su lado sorprendido, extasiado con cada detalle de las calles de Ciudad Infierno.

***

Llegaron por fin a una plazoleta rodeada de edificios con techos inclinados. En uno de sus costados se adivinaba una capa de pasto y unos árboles quemados, restos de un pequeño bosque. Ingresaron al edificio más alto, en cuya entrada se leía Facultad de Enf… Lo exploraron y encontraron innumerables habitaciones, oscuras, frías, llenas de polvo… No había nadie. Ana pensó que era un lugar adecuado para pernoctar. Se sentaron en silencio, uno frente al otro. Ella seguía sopesando la posibilidad de devorar al niño, su tierno sabor, sus huesos delicados, mientras que él se preguntaba por qué su madre lo había abandonado.

—¿Dónde estamos?

—En un lugar seguro —respondió Ana—. Tengo frío… acuéstate junto a mí, así estaremos más calientes.

—¿Dónde está mi mami?

—Está contigo —le respondió mirando su pequeña barriguita.

—¿Dónde?

—Muy en tu interior.

El niño rompió en sollozos. Ana lo abofeteó.

—¡Estúpido! ¿Quiere que nos maten?

El niño se sentó en un rincón a regar sus lágrimas en silencio. Ana no podía dejar de mirar la sombra sollozante en la penumbra con algo de tristeza. Era como tener su estampita del Divino Niño en carne y hueso. Podía convertirse en su protección, ser su amuleto viviente. Quizás era una señal, un ángel guardián, o al menos un mensaje, un anuncio de que las cosas mejorarían. Era tan difícil vivir así, siempre a la deriva, siempre con miedo…

Se acurrucó cerca del corredor, para vigilar si alguien se acercaba. Pasando sus brazos alrededor de sus rodillas y descansando su cabeza sobre éstas, se permitió evocar su propia infancia, cuando tenía la misma edad del niño rubio. Entonces era muy parecida a él, no tenía que vivir cada día pendiente de cazar, pues su madre y un grupo de amigos se cuidaban los unos a los otros, y además todavía quedaban algunos depósitos secretos de cereal; era sólo cuestión de ubicarlos, de moverse con cuidado. También se pasaba hambre y dificultades, pero en grupo la vida era más fácil, menos azarosa, y ese calor o cariño que compartían entre todos ayudaba a soportar los días malos, esos en que cualquiera podía enfermar o sufrir un accidente. Desde luego quedaban aún rezagos de otros tiempos menos sicóticos, y en días como esos se podían incluso permitir el lujo de una risa, una carcajada. Pero luego vino la traición de Lizard por un puñado de maíz, por un ridículo vaso de anís. Emboscaron al grupo mientras dormían, y de todos sólo ella y otros dos lograron escapar dejando tras de sí un hilo de sangre. A lo mejor por ese mismo recuerdo ahora ella quería favorecer al niño, para que al menos tuviera un recuerdo medianamente feliz si acaso lograba llegar a la adultez. O si no, simplemente por gratitud con su madre, ahora Ana empezaba a mostrar cierto enternecimiento, cierto remedo de piedad.

Todo se hallaba en silencio y un frío polar tomaba posesión de las ruinas del edificio. El niño se había quedado dormido. Ana se acercó al rincón donde estaba, le puso encima su chaquetón, sobresaltada una vez más porque le evocaba un sentido de protección que no había experimentado nunca. Le dio la espalda y se acercó a la ventana. Estaba muy oscuro el vecindario. Lejos, muy lejos se adivinaba el rumor de una turbina. Era muy raro lo que le estaba pasando. Se enamoraba de su comida. Probablemente en unos meses o años estaría más robusto, más apto para valerse por sí mismo y… Regresó al rincón donde el bello rostro del niño recreaba la viva insignia de la inocencia. Pensando que por lo menos le ahorraría el momento de pánico, se agachó, le tapó la boca con su mano y le hundió el puñal a la altura del bazo.

Vampihumafauniburus - Proyecto Final de los Talleristas

Vampihumafauniburus
Carolina Pérez, Iván René León, Alex Acevedo

(basado en una idea original de John Jairo Sarabia)

Del Animalejo Terco

¡Despertó! El exquisito olor de las galletas de avena alertó sus sentidos. Con sus orejas puntiagudas y largas dibujó un mapa sónico para hallar el tesoro que representaba esa bandeja de galletas humeantes. Sus alas colosales se estiraron en ademán de desperezarse, hasta hacer traquear su gordo y pequeño cuerpo. Maravillado por el dulce olor de las galletas, el bicho estaba dispuesto a salir disparado de esa cueva que permanecía siempre en tinieblas, pero recordó que ante todo era un animal social; en ésa, su plácida celda nocturna, vivían también sus cofrades. Bajó la mirada. Dudó.

A veces, cuando se hundía en el sueño, se olvidaba de todas las implicaciones de los lazos sociales, y su primer despertar siempre quedaba impregnado de una baba de libertad. Mientras duraba el sueño, nada significaba la responsabilidad de los afectos, nada tampoco la coerción de las normas, y nada tampoco la obligación de la solidaridad. Pero con la vigilia revivían los fantasmas y las cargas se hacían más pesadas. Quizás por eso su primer pensamiento del día lo dedicaba a un plan de escape que nunca terminaba de fraguar; tarde o temprano iba a suceder, tenía que romper las ataduras con el clan y empezar una nueva vida completamente autónoma.

Salió de la quietud filosófica impulsado por el apetito de las galletas recién horneadas; deseó con ansia clavar sus colmillos pequeños y punzantes en la blanda capa de chocolate que las recubría. Y se disponía ya a emprender el vuelo, cuando un chillido ensordecedor de uno de sus congéneres frustró su plan. Era un chillido de burla, risillas que lo atormentaban. Sus compañeros de piel oscura y elástica se amontonaron en grupitos con ágiles movimientos. Un coro de sarcasmo y hostilidad a su alrededor. La contraparte de las ventajas sociales. El lado oscuro de la virtud política. Aquel vampiro excepcional sabía que era el tema favorito de ellos, aunque poco le importaba. Desplegó sus alas, y tropezando con las paredes de la cueva, buscó por fin la salida, la luz del exterior.

Los rayos del sol dejaron ver su piel extraña, arrugada y blanca, completamente láctea. Era un vampiro albino cuya palidez extrema era el hazmerreír constante de los otros. Y para rematar, el color de su piel no era su único defecto, pues aparte caminaba de una forma extraña, con las patas muy abiertas, evocando quizás la elegancia clásica de los patos, o sencillamente como si fuera un caballero ilustre del reino de Frost.

Justo al pie de la cueva había una flor de Aranzú —ese loto gigante que florecía con pétalos tricolores, amarillo, azul y rojo, que medían más de dos metros—, en donde el bicho albino solía refrescarse cada mañana, pues esa era la otra diferencia con los de su género: nunca se complicó la vida robando la sangre de animales o humanos. Era más bien omnívoro, pero sobre todo glotón. Su apetito voraz lo impulsaba a diario a meterle los colmillos a lo primero que se le apareciera. Había probado las sopas de nabo y cubio que robaba de las aldeas, también el tabaco, también el papel, y desde luego había tenido pantagruélicos banquetes de bellota. Manjar para él eran las gotas de rocío, y sus favoritas eran las termitas como postre, claro, si no podía hallar comejenes. Cada cosa que podía percibir mediante su olfato le llamaba la atención, y si era susceptible de ser chupada, no lo dudaba y arremetía contra el objeto de su curiosidad. Incluso una vez pretendió morder el oro, lastimándose uno de sus colmillos; aprendió que hay cosas que no se dejan comer.

Luego de calmar su sed en la flor de Aranzú, el bicho voló en dirección sur, rumbo hacia esa bandeja de galletas de avena y chocolate que imaginaba reposando en cualquier cobertizo de la hondonada de Vers. Al tiempo que ejercitaba sus alas, volvía sus pensamientos a la otra gran preocupación de sus últimos treinta y seis años de vida: casarse, conseguir una pareja a la altura de sus expectativas. La verdad, el vampiro albino la tenía difícil, no sólo por su aspecto sui generis o su conducta un tanto excéntrica, sino también por las mismas exigencias que fijaba. En otras palabras, era exigente y terco. No le convencían las esclavas de piel tersa y rostro armonioso, tampoco las niñas inocentes de la aldea que observaba a escondidas tras las ramas, menos las mujeres con cuerpos definidos y a veces sudorosos. Las ancianas sólo le provocaban tristeza. Tampoco estaba interesado en seres mágicos, y ni pensar en las hembras de su especie, que ya eran raza en extinción y siempre se asustaban al verlo, cuando no soltaban una carcajada de desprecio.

Como de costumbre, pronto desistió de encontrar las galletas, y se conformó con unos bulbos fétidos que encontró a su paso. Y después, con la barriga inflada de tanta ingesta desgobernada, transitó el resto del día entre el campo espeso, picando por aquí y por allá, chupando de esto y lo otro. Era aventurero. Se escondía una y otra vez para que nadie lo divisara. Ya cerca del crepúsculo, el clima del reino de Frost mudó abruptamente; apareció un grupo de nubes negras que traía consigo un aguacero torrencial. Y el bicho, como por variar, ya tenía hambre otra vez, descontando el hecho de que no hacía mucho se había atragantado de huevos de Dons, esas aves medianas, con ojos saltones, que tenían sus nidos por debajo de la tierra.

A medida que la tormenta se fue acercando gota a gota, este patético vampiro empezó a sentir frío, cansancio, sueño, hasta que terminó por convencerse de que lo mejor sería buscar un refugio para su cuerpo gordinflón. Cuando la noche se impuso en toda su majestad, el bicho se hallaba en los inmensos jardines de un castillo, estilando y castañeando los dientes de frío. A doscientos metros, logró divisar con su corta vista un frondoso árbol en cuyas ramas se abrían cientos de flores blancas, diminutas; parecía un buen refugio. Corrió angustiado porque ya le dolían las gotas de agua sobre su piel. Respiraba vertiginosamente, y su pulso de dos corazones parecía reventar. Se agarró del tronco grueso del árbol para sostenerse. Su nariz percibió el delicado y apetitoso olor de la savia; era como un eco de otras delicias que lo llamaba. Aún sin estabilizarse, trepó y trepó, con más ganas que pericia, y al adentrarse entre las ramas, su estómago le clamó a gritos un pequeño mordisco.


Del Árbol Insatisfecho

El árbol se estremeció como si hubiera llegado el momento esperado por siglos. Hasta entonces su historia arbórea se había caracterizado por la modestia y la meditación trascendental. Aspiraba a un nirvana en el que cada hoja de sus ramas alcanzara la suculenta paz de no desear la luz. Pero al mismo tiempo, no le satisfacía esta aspiración oriental, y tendía a imaginarse móvil, deseante, humano, demasiado humano.

Con el arribo del vampiro a sus instalaciones, con el mordisco que le propinó, todos los fermentos, musgos y líquenes producto espontáneo de su inmovilidad y su ceguera explotaron igual que un globo lleno de pedos. La corteza empezó a encogerse, a cambiar de color, a suavizarse, a llenarse de poros. Las hojas que lo hacían frondoso cayeron hasta dejarlo desnudo, de una de sus ramas salieron despedidos por el aire los polluelos que allí anidaban. Sus entrañas leñosas fueron tomando la forma flexible de los músculos, la rigidez harinosa de los huesos, y los conductos que transportaban la savia se transformaron en venas y arterias con sangre caliente, burbujeante. El árbol que permaneció inmóvil por tanto tiempo, en perpetua contemplación de sus propias falencias y la imponderable desproporción de sus aspiraciones, adquirió de repente las líneas de un cuerpo humano joven; un ser capaz de moverse con autonomía. La memoria guardada en los surcos de su tronco se replegó hacía la cabeza conformando parte del cerebro; de la madera más íntima y tierna se formó el cerebelo. Entonces, donde antes sólo se producían pensamientos vegetales y melancolía estática, ahora brotaban a mares conceptos, ideas, abstracciones, desbalances hormonales, ganas de amar.

Así, no tardó en aparecer por su mente la imagen de aquella mujer que quizás había sido la causante de la transmutación. Era una dama triste pero definitiva, lo que casi la hacía equivalente a las lejanas estrellas de cine. Además, aquella mujer expelía un aroma particular, lujurioso, una mezcla perfectamente coherente de pino, anamú y limonaria, y por si fuera poco sabía cantar a la perfección; pasaba horas enteras sentada sobre sus ramas entonando arias melancólicas.

Y de la misma manera fugaz en que sus pelos radiculares se trocaron en vellosidad púbica, y a su vez sus células vegetales se cambiaron por leucocitos y glóbulos rojos, así también le llegó al árbol, muy rápido, la primera conclusión de su cerebro recién estrenado: el recuerdo del aroma de la mujer, de su voz entonando canciones pastoriles, pronto dio lugar a la erección; su miembro de la generación se hinchó con soberbia, vehemente.

Total que el árbol confió su pasos al olfato, apurado por las urgencias que nacían en su bajo vientre, y siguió un sendero iluminado por un rayo de luna, de piedra en piedra, hasta llegar a la puerta de la torre en donde tenía sus habitaciones esa dama fragante, cantante, y para colmo, duquesa de Frost.


De la Duquesa Solitaria

La habitación de la duquesa era en extremo candorosa, cursi, infantil. Pesadas estanterías adosadas sostenían muñecos de todas las especies, colores y tamaños: osos, leones, papagayos, palmeras, quesos, soldados, planetas, hogazas de pan, castores, sapos, equilibristas y funámbulos. Decenas de almohadas rosadas cubrían el suelo e invitaban a saltar y jugar a ahogarse en el océano mullido, el mar del romanticismo. Un papel tapiz con escenas del Mago de Oz cubría las paredes y combinaba de manera primorosa con las cortinas multicolores. A juzgar por la decoración del recinto, cualquiera podría pensar que la duquesa no contaba más de nueve años de vida, y a lo mejor sería una niña de graciosos rizos del color del sol, vestida siempre con finas batas de organdí, y dueña de un rostro carnoso, sonrosado.

Aquella niña debía reposar su cuerpo de ángel sobre la cama que ocupaba el espacio central de la habitación. Una cama de cedro con hermosos pilares tallados a mano, que sostenían velos en extremo sutiles, traslúcidos.

Y sin embargo, una niña así de primaveral no podía diseminar la fragancia que despertó la lascivia del árbol; una ricitos de oro prototípica tendría que oler a chicle, a brillo labial de fresa, o si no a un neutro perfume de vidrio y agua de manzanilla. Conque la incoherencia entre la decoración de su pieza y el aroma orgiástico que despedía se resolvió por vía administrativa; es decir, al llegar al borde del lecho, el árbol dio con una mujer hecha y derecha, que dormía bajo una muralla de cobijas y de cuyo cuerpo en consecuencia poco se podía adelantar. Apenas sus dos flacas manos se asomaban al extremo del edredón, como garfios, como garras de un ave exótica, delirante.

Pasados apenas unos pocos instantes, un sobresalto en su sueño le permitió al árbol apreciar el horrible rostro de la duquesa. Salió de su tumba de cobijas esgrimiendo una mueca avinagrada, ostentando un ridículo gorro de dormir.

Pero ya se sabe que los árboles no aspiran a poseer la perfección, y por el contrario suelen conformarse con poco. Sus ideales estéticos son extremadamente modestos, y es por eso que abundan en las selvas y atraen la lluvia.

En fin, la duquesa de Frost era flaca esquelética, puro hueso apenas apto para un caldo; carecía de cualquier atributo físico que pudiera darle la esperanza de llegar a ser amada. Un juete, un canasto de pies a cabeza. Sólo durante sus estancias en el jardín, cuando cantaba escondida entre las ramas del árbol, la duquesa inspiraba un sentimiento noble. Y teniendo en cuenta que el mundo que la rodeaba era el imperio de la vanidad, un Frostywood abigarrado de silicona, botox y grasas estilizadas, ella solía refugiarse en los recuerdos de su niñez. Por lo mismo, más que vivir, vegetaba, y quizás esto bastó para atraer al árbol.

De manera que, al cabo de esa contemplación extática de la durmiente, el árbol estaba que se reventaba. Poseído hasta la raíz por la lujuria, no veía en la duquesa la flacidez de la poca carne, sino que aspiraba una y otra vez esa mezcla infernal de pino, anamú y limonaria. La recordaba encima de sus ramas, cuando sus piernas desnudas le rozaban la corteza para acomodarse o bajarse de él, y se le iban las luces de tanta pasión refrenada.

Sus manos se tensaron. Sobre sus brazos los músculos sobresalieron y algunas venas ensancharon su cauce. Sin medir consecuencias se abalanzó sobre la durmiente con un miembro impresionante, duro y fervoroso, húmedo y caliente, un tizón todo hecho de pálpitos. Tras el asalto, la duquesa despertó aterrada y profirió un aullido de auxilio que, en verdad, quedó sólo a medias, pues pronto tomó consciencia de esta fantástica oportunidad que se le presentaba para dejar atrás la ignorancia acerca de la íntima naturaleza masculina. Tenía por fin un hombre tan cerca como siempre lo había soñado, un hombre que de un zarpazo le rasgó el camisón y le separó las piernas con la urgencia que exhiben las bestias bajo la necesidad de favorecer la supervivencia de su especie por medio de la cópula. Fue entonces cuando esa expresión de miedo cambió y una sonrisa de dientes descarrilados se asomó por su boca torcida, aderezando su rostro con arrugas en cada espacio. Era su ocasión, la oportunidad de su vida, la que nunca se volvería a repetir.

Sus manos se movieron veloces sobre el pecho del árbol. Lo recorrió voraz hasta en los espacios que él mismo no se había descubierto. Su boca, su lengua, parecían querer saciar de golpe el hambre de hombre que la consumía, que llevaba represada como una maldición. Moretones de mordiscos comenzaron a aparecer sobre la piel del árbol, y pequeños hilos de sangre recorrieron sus costados. Intentando zafarse de la duquesa, con la convicción de que sus ímpetus pasionales lindaban ya con las prácticas de aquel marqués remoto, el árbol la empujó de los hombros hacia abajo, pero ella interpretó este movimiento como una invitación a las delicias del amor oral. Nuevos umbrales de dolor colmaron al árbol, y enardecido se abalanzó sobre el cuello de la duquesa ostentado dos enormes colmillos en su boca.

La herida y el orgasmo fueron un solo acontecimiento en la duquesa. Ramalazos de placer desordenaron sus cabellos y torcieron su rostro que empezó a palidecer bajo la succión desaforada del árbol. Y cuando pareció que ya estaba ahíta, que ya no podía estremecerse más sin perder el sentido, la duquesa separó de su cuello al árbol y se puso en pie con la intención de contemplarse en el espejo de su chifonier. A causa de la debilidad por el exceso de amor, la mujer trastabilló y fue a dar contra una de las esquinas de la chimenea. Se reincorporó luciendo una mínima herida en la frente, de donde brotó un hilo carmesí espeso que surcó sus mejillas sonrosadas. Aferrada con sus manos a la chimenea para evitar caer de nuevo, sonrió plena, dichosa, plenipotenciaria, enajenada, más flaca que nunca. Ahora que conocía el verdadero placer del cuerpo, le costaba trabajo retornar a la realidad, y aunque se encontraba exhausta, quería más, un poquito más, el último.

Presa del pánico ante lo que ciertamente vaticinó como una nueva arremetida de la ninfómana, el árbol saltó fuera del lecho y se dispuso a ofrecer resistencia. Entonces, de golpe, la duquesa sufrió un ataque convulsivo. Cayó tendida sobre la alfombra de cojines rosados, y allí se sacudió como si le estuvieran aplicando electrochoques. De sus senos mínimos y gelatinosos brotaron dos chorros de luz directo a los ojos del árbol, y enceguecido por completo, no pudo contemplar la transformación de la duquesa escuálida en ceiba preciosa, robusta, enorme. Apenas escuchaba truenos como de juicio final, ventanas que se rompían, pisos que se abrían, tierra que lo engullía. Al recobrar la vista, se halló sepultado, atrapado en la raíz de la duquesa, cubierto de una gruesa baba, estrenando su nueva forma de lombriz, inesperadamente hermafrodita.

La Pestilente Flor de los Desencuentros

Como suele ocurrir a diario, el tiempo resultó victorioso. Nadie volvió a frecuentar las ruinas del castillo, y pronto la manigua ocultó lo poco que había logrado sobrevivir a la intemperie. Los habitantes de Frost, cortos de memoria cuando les conviene, no tardaron en olvidar a su huesuda duquesa. Tampoco les causó gran preocupación la pestilencia que brotó de la fronda donde antes se extendían los jardines de la dama. Al parecer, el hedor provenía de la bellísima flor morada de la ceiba. Los pocos aventureros que se animaban a excursionar por el paraje, la mayoría en escapadas románticas y para rehuir la monotonía de los moteles o las residencias, solían llegar a la conclusión de que había una contradicción entre la belleza de la flor, con sus pétalos de violeta y blanco en perfecta armonía, con su pistilo prominente y enhiesto, y de otro lado el mal olor que expelía, un revuelto como a carne podrida, leche agria, mortecina y sardinas pasadas. Sólo un visitante ocasional, desprevenido, desorientado, sabía encontrar delicia en aquella flor. Parecía un murciélago, sólo que blanco, atolondrado y eminentemente albino. En fin, nada más se sabe. A veces todo es tan incierto…

Amor en Trance - Proyecto Final de los Talleristas

Amor en Trance
Diana Carolina Romero, Lilian Patricia Alvarado, Néstor Pedraza
(basado en el cuento Espejismos Dimensionales, de Lilian Patricia Alvarado)

Es necesario tener las güevas muy bien puestas para meterse a comprar perica a la calle del Bronx, y Andrés ya estaba curtido en ese asunto. Había hecho sus primeros pinos consiguiendo bareta a precio de huevo en la ya desaparecida calle del Cartucho, por la época en que se dedicaba a leer a los clásicos en un kiosko de revistas, mientras se fumaba la hierba y esperaba que sus parceros lo llamaran para hacer alguna vuelta. Ahora tenía su proveedor fijo, sus amigos de la estación de policía, su respaldo camuflado entre las costillas. Pero en su experiencia, nunca había conocido a un personaje tan exótico como el del espejo. El tipo estaba sentado, enrollado en una cobija mugrosa a pesar que hacía sol. Se mecía mirando un pedazo grande de espejo, parecía temblar por momentos, y por momentos parecía intentar meterle los dedos al espejo.

De repente se armó una trifulca, una pelea por unos pesos de más o de menos, una de esas estupideces que sólo se cometen cuando el cerebro está frito. El agresor se abalanzó sobre el pedazo de espejo que el balancín humano observaba en silencio, e intentó incorporarlo a la humanidad de su detractor. Su cara terminó casi tan rota como el pedazo de espejo al caer al pavimento. El del espejo apenas había tenido oportunidad de levantarse para reclamar lo suyo. Al hacerse consciente de la situación, expresó su inconformismo con una frase que le caló a Andrés en lo profundo: “Como dijo un cierto Tommy, para qué lo quiere matar si no se lo puede comer. Y ahí le llegó su Popeye a ponerle tatequieto.” “¡Usted lee a Faulkner!”, se sorprendió Andrés. “Tanto leer nos trae aquí, nada de raro tiene encontrar locos obsesivos de las letras como usted en estas calles”, y sacó un espejo de mano al que empezó a picar con un palito, como quien juega con su reflejo en el agua.

—¿Y qué hace con el espejo?

—Quiero ir allá.

—¿Dónde?

—Allá —no dejaba de tocar el espejo con el palo.

—Y por qué quiere ir allá.

—Por Lucy.

Fueron sus últimas palabras. No hubo forma de sacarlo de su trance.

***

—Lucy parecía tener siempre energía de sobra, y cuando estaba conmigo reía con facilidad. Su mirada combinaba la fatalidad con la inocencia. Nos conocimos en la fila de un supermercado, ella discutía con el cajero y yo aproveché para armar escándalo y meterme dos chocolatinas entre el bolsillo. A ella le hizo mucha gracia cuando le regalé una, y comenzamos a hablar. No me di cuenta cómo me enamoré. Al principio, no me importaba que desapareciera durante días, pero luego comencé a sospechar que algo andaba mal. Un día fui a visitarla por sorpresa y encontré que su compañera de habitación estaba tratando de reanimarla. Lucy le pegaba duro a la perica, como veo que hace usted. Yo estaba limpio, no sabía de esos asuntos. Cuando empezó a hablarme de los hombres del espejo, no quise escucharla. Eran alucinaciones muy oscuras, de hombres de aspecto monstruoso; me daba miedo lo que se estaba moviendo en su cabeza. A pesar de eso no la abandoné. Pensé que podía sacarla, que podía salvarla, usted sabe, la película del héroe. ¡Ah, Julio, quieto ahí, usted me prometió un espejo…!

***

La semana siguiente a la conversación truncada de su segundo encuentro, Andrés regresó a la calle del Bronx a aprovisionarse para sí y para sus clientes. Llevaba sobre los hombros una ansiedad particular, un afán por escuchar el final de la historia del hombre de los espejos. Se decepcionó al enterarse de su ausencia. Le contaron que al tipo le dio la loquera unas calles más arriba, se metió en una marquetería y resultó rompiendo un par de espejos. Lo sacaron a patadas y la tomba se lo cargó a la estación. Le clavaron las setenta y dos completas, no volvería a las calles hasta pasado mañana.

Andrés no mostró su cara por la calle del Bronx en más de dos meses. Su negocio con la perica era puro desvare, plata que se levantaba cuando no había más qué hacer. Pero en esas semanas estuvo ocupado en asuntos de mayor calibre, y la ganancia fue buena. Con todo, ya había agotado sus reservas de droga y le salía caro conseguirla por otros medios. Siempre prefería eliminar a los intermediarios, ir directo a la fuente.

Caminaba por el centro de la ciudad, plena calle diecinueve, pensando que máximo ese mismo fin de semana iría a aprovisionarse. Entonces, un indigente lo sacó de sus pensamientos. “Una monedita parce, pa' un espejo.” Semejante solicitud sólo podía salir de un único loco en esta ciudad. “Yo pensando en el mago de los reflejos, y preciso se me aparece”, le gritó con una sonrisa. “Uy, don Andrés, qué pena que no lo reconocí”, cambio radical de actitud y de lenguaje. “Venga, hombre, yo le compro un espejito, pero me tiene que terminar de contar su historia.” Bajaron por la diecinueve hacia la avenida Caracas.

—Son altos, robustos, la piel a veces les cuelga por partes, llega a vérseles la carne viva. Están como armados a punta de remiendos de tejido humano. Hay que tener mucho cuidado, porque viajan a través de los espejos, los usan como puerta interdimensional. Cuando Lucy me empezó a hablar de ellos, pensé que eran meras alucinaciones, delirio de persecución. Me contó que uno ellos que era tuerto y que intentó sacarle un ojo, y en el forcejeo la piel de sus manos se reventó y perdió parte de un dedo. Después me aseguró que ya sabía por qué la perseguían, que ellos necesitan renovar sus partes, sus órganos, para revitalizarse, y que ella había hecho contacto con ellos, por eso ahora la querían para utilizarla como piezas de refacción. Hay que tener mucho cuidado, créame. Espejos hay por todas partes.

—¿Entonces por qué no se aleja de los espejos? ¿Por qué insiste en tener siempre espejos con usted, en tocarlos y mirarlos por horas? ¿No tiene miedo de esos bichos que pueden saltarle de un espejo?

—¡Ah, no, yo quiero que me lleven! —las lágrimas se le desbordaron en un quiebre repentino y se disparó a correr.

Andrés se quedó de nuevo con la intriga. No pudo resolverla tampoco la siguiente vez que se metió a la calle del Bronx, porque encontró al hombre de los espejos tan drogado que no logró sacarle una sílaba.

***

—Hubo días de tranquilidad con Lucy. Nos gustaba conversar en parques, nos sentábamos por horas en alguna banca. Ese día estábamos en el Parque Nacional, amenazaba con llover y la acompañé al baño. La esperé mientras pagaba la entrada, me sentía tranquilo, incluso feliz. Creía que ella podía dejar las drogas por su propia voluntad, que lo estaba logrando. Entonces escuché un grito desesperado y me lancé al baño a buscarla. Usted no podrá creerme, yo que lo vi no lo pude creer. Uno de esos hombres reciclados de los que tanto hablaba Lucy tenía medio cuerpo fuera del espejo, tenía atrapada a Lucy que forcejeaba sobre el lavamanos, y antes que yo pudiera llegar hasta ella y sostenerla por las piernas, la arrastró a través del espejo y desaparecieron ambos. Estuve casi hasta media noche buscándola por todo el parque, repitiendo una y otra vez la escena en mi mente, tratando de entender. Ese fue el inicio de semanas, meses, años de desesperación, de preguntas sin respuesta, de búsquedas infructuosas, de noches de insomnio y terrores constantes. El dolor se instaló para siempre en mi alma, y sólo repudiaba la muerte por la convicción de que un día Lucy reaparecería. ¿Cómo había hecho contacto Lucy con esos bichos? ¿Cómo podían atravesar los espejos? ¿Qué debía hacer para que me llevaran también y encontrarla? En mi desesperación, inventé una explicación: Todo comenzó con la crisis de drogas que me reveló su adicción. De alguna forma, el rapto de Lucy tenía que ver con su vicio. Decidí seguir sus pasos, con la esperanza de hacer contacto, de ser raptado. Y aquí estoy, siempre con un espejo cerca, siempre buscando la forma de entrar en él, siempre esperando que vuelva a aparecer uno de esos bichos y me lleve como a ella.

***

La última visita de Andrés a la calle del Bronx fue hace más de tres meses. Un par de amigos suyos le propusieron una vuelta buena, billete garantizado, pero el asunto salió mal, muy mal. Ahora, Andrés está en el Cementerio Central, dándole el último adiós a su mejor amigo, caído bajo plomo policíaco. Decide caminar por entre los mausoleos y ve a la distancia, frente a una tumba, una silueta familiar. “Warner”, gritó, y su grito desvaneció la silueta. Andrés sintió la necesidad de acercarse a la tumba que segundos antes observaba la silueta desaparecida. Se encontró con una lápida sencilla, adornada con varios espejos puestos alrededor del nombre tallado en el mármol: Lucy.

Ramiro Buenavida - Proyecto Final de los Talleristas

Ramiro Buenavida
Carlos Andrés Vargas Pineda

Despertó. Ocurrió como de costumbre, a mediodía, cuando el resto de los habitantes de la ciudad había cumplido ya la mitad de su jornada laboral. Con la derecha se frotó la izquierda y con la izquierda restregó sus ojos, espantando un par de visitantes amarillentos e indeseados que habían llegado a la mitad de su sueño. Se puso de pie con dificultad, pues hacer descender su humanidad de la hamaca, ya roída por el paso ineludible de los años desde su infancia en Silvania, siempre había exigido de él cierto talento de equilibrista circense, que nunca poseyó. En la cocina lo esperaba el liberal con jugo de mora que su madre le dejaba para el desayuno antes de irse junto a su novio. Agarró sus viandas y se dispuso a sentarse frente al televisor para ver los goles de su equipo. En eso, alcanzó a ver de reojo a través de uno de los vidrios de su casa a un hombre y una mujer, que en el edificio de enfrente charlaban de una ventana a otra, de un cuarto al otro. Más llamativa fue la situación, cuando cada uno de los interventanales empezó a estirar los brazos como si intentaran entregarse algo. “¿Por qué no van a la sala y se dan lo que tienen que darse?”, pensó mientras mordisqueaba su liberal con placer feroz. Las manos lograron unirse por unos segundos mientras los propietarios de las mismas sonreían alegremente, al tiempo que se enviaban besos. Llamó también la atención a la curiosidad mórbida de Ramiro, ver en el ventanal contiguo a una mujer que movía armoniosa una plancha sobre un pantalón. “Marujita”, dedujo Ramiro a partir del cabello crespo y ensortijado que aquella mujer exhibía, “la que sólo habla de su hermanita recién llegada del extranjero”, remató devanándose los sesos para dar una explicación a la escena. Luego de un momento de profunda reflexión, se hizo la luz para Ramiro. Apuntó con la cámara fotográfica de su celular y capturó unas imágenes bastante significativas. Se vistió con lo primero que encontró, un buzo gris cuyas hilachas no podían seguir manteniendo su deseo de no separarse, y un pantalón cuyas arrugas a la altura del muslo sugerían un disgusto a ultranza entre la prenda y el agua y el jabón. Descendió por las escaleras del edificio, salió por la portería, cruzó la calle y se plantó en la entrada de enfrente, por la que tarde o temprano alguno de sus desleales vecinos tendría que salir.

—Sumercé, buenas tardes —saluda Ramiro luego de treinta minutos de espera—. Cuánto me alegra verlo tan sonriente. Parece que me le va muy bien, ¿no?

—Sí, claro —responde el vecino, extrañado de que Ramiro lo aborde, pues sus conversaciones nunca habían sobrepasado un saludo más visual que verbal.

—La hermana de Marujita está como bonita, ¿no cree sumercé?

—Sí, algo —se afana el vecino que poco antes coqueteaba con la aludida.

—Y sumercé como que no se aguantó las ganas, ¿no?

—¿Cómo? —cara de indignación, rojo subiendo por las mejillas.

—Fresco —le dice Ramiro, brindándole un par de alentadores golpecitos en la espalda—. Eso entre ambos nos colaboramos. Le recomiendo de todas formas que tenga más cuidado con lo que hace por la ventana —remata en tono irónico.

—¿Qué quiere? —pregunta ya preocupado el infiel.

—Yo soy un hombre sencillo, no pido nada comparado a lo que usted está recibiendo, sólo unos cuantos de esos papelitos donde tan bien plantao aparece don Isaacs.

El vecino revisó su billetera, le entregó dos billetes y prosiguió rápidamente su camino con la vergüenza de aquel que se sabe sorprendido con las manos en otras prohibidas. Orgulloso del éxito de su labor, Ramiro decidió permanecer frente al edificio esperando que el azar le regalara otro golpe de suerte. El vecino con el que había negociado en términos tan cordiales hacía unos minutos, regresó de su diligencia y al pasar frente a Ramiro lo hizo mirando fijo al piso mientras éste, con uno de esos gritos que perfeccionó en sus días de cotero en la plaza, le dio a entender que cuando se viera en la necesidad de más imágenes de don Isaacs estampadas sobre papel moneda, no dudaría en acudir en busca de su ayuda. Ya habían transcurrido diez minutos en los que Ramiro planeaba el destino de su recién adquirido botín, cuando la puerta del edificio se abrió de nuevo para dar paso a la mujer que había participado de la charla interventanal. Titubeó bastante antes de decidir acercarse, no sabía cómo abordarla. Respiró profundo y a sabiendas de lo que podía sacar de la situación, se arriesgó.

—Hola bonita, ¿cómo estás? —saludó sonriente. La mujer no se inmutó ante su presencia. “Así me gusta”. Ramiro se dispuso a expresar una idea que le había hecho gracia cuando la oyó en la telenovela. “Entre más bravo el toro, mejor la corrida”, y fue tras la mujer—. Oye, pero no seas tan arisca —le dijo con toda la dulzura que su tosca voz fue capaz de expresar—. Vea que una charladita conmigo le puede convenir —la mujer, ya un poco disgustada por la persecución del molesto acompañante, se detuvo.

—Dígame, qué quiere.

—Sólo un poquito de cariño, de ese que sumercé tan linda y amorosa le anda regalando al esposo de Marujita, su querida hermanita.

—¡Usted está loco, váyase!

—Viera sumercé las cosas tan interesantes que se ven cuando uno se asoma por la ventana —apuntó Ramiro ya en un tono más agresivo, de manera que logró intimidar a la mujer—, y no digamos ya de ver, sino de fotografiar. La tomó de la mano. Ella, comprendiendo la situación y temiendo represalias ante una negativa suya, lo dejó hacer. Ramiro la condujo hasta su apartamento y la sedujo con frases llenas de romanticismo como “nadie quiere que Marujita se entere, ¿cierto?”, y besaba su cuello; “quiéreme un poquito y verá cómo nadie sale perjudicado”, y acariciaba lo antes inalcanzable. Ocho minutos después, la mujer se vestía y salía despavorida de ese lugar donde se sentía sucia, repugnante. Ramiro se plantó en la ventana a través de la que presenció aquello que tantos placeres le había traído, vio a la mujer del cabello ensortijado, dio un suspiro y pensó en lo bonita que le parecía Marujita. De ese día en adelante, unas dos veces por semana, Ramiro estimulaba el azar para tropezarse con su vecino y pedirle su dosis de papel moneda, y otras dos veces por semana, diferentes días preferiblemente, pasaba momentos de gratificante placer con la hermana de Marujita. Pasados tres meses, ya harto de la silueta de la hermana infiel, deseoso de cambiar de fuente de placer y con suficiente dinero para financiar su estilo de vida por unos meses más, Ramiro tomó una decisión radical. Un día, aprovechando que la vecina engañada estaba sola en su apartamento, resolvió hacerle una visita informativa.

—Marujita, yo sólo quiero ayudarla a que se entere de la clase de marido que sumercé tiene —dijo el feliz informante mientras abrazaba a la vecina traicionada, cuyas lágrimas no cesaban de fluir—. Lo que esa piltrafa se merece es que le paguen con la misma moneda, ¿no cree? ¡Ay, sumercé tan bonita y con ese infeliz de marido!

—¿Sabe? Usted tiene razón, ese remedo de hombre no merece otra cosa, ¿pero no ve que no tengo a nadie? ¡No conozco a nadie!

—Sumercé, vea, para eso estoy yo que la respeto, la quiero, y estoy dispuesto a colaborarle en lo que sea con tal que ese infeliz pague por su pecado. Cuente con mi apoyo y mi cariño para todo lo que se le ofrezca.

En aquel instante Ramiro estaba tan cerca de sus labios que la mujer, al sentir esa mezcla de traición y deseo de venganza, no tuvo ningún problema en seguirle el juego y terminar en la cama con él. Ramiro, en la cúpula de su buena suerte, no daba crédito a la situación. No obstante, sabiendo lo que le vendría encima cuando los afectados por su indiscreción se enteraran, se refugió en su apartamento durante unos días. Sólo en las noches, cuando las calles parecían callejones de un cementerio, Ramiro salía a cumplir con el requisito que su madre le había impuesto para tenerlo viviendo bajo el mismo techo: conseguir la carne de la semana. Una de aquellas noches se dirigió a la esquina en la que se ubicaba la carnicería, y allí se detuvo durante algunos minutos a verificar que no hubiera nadie a la vista. Escaló con ayuda de una ventana por el muro de la casa contigua. Recorrió un corto trecho sobre las tejas de plástico y descendió a un patio repleto de matas. Sacó de su bolsillo una ganzúa y la introdujo en una chapa que al instante cedió para darle paso al local. Agarró dos bolsas de tamaño moderado y metió en ellas una buena dosis de chatas y chuletas. Logrado el objetivo recogió sus pasos, se aseguró de que todo quedara en orden, alcanzó con dificultad el techo de la casa de al lado y descendió de él hacia la calle. Minutos después entró a su casa sin mirarse al espejo de la entrada, acción que le desagradaba pues veía reflejada la apariencia descascarada que le dejaba como regalo el paso de los años. Se echó en su hamaca y se durmió de inmediato.

Durante los días siguientes, Ramiro permaneció en su casa viendo televisión, pero extrañaba sus otras salidas nocturnas y al no soportar más su aislamiento, decidió volver a su lugar favorito. Se puso su mejor vestimenta, camisa amarilla con un dragón de color negro dibujado en la espalda, un pantalón de dril azul con pliegues cuyo brillo denotaba las repetidas veces que había tenido que visitar la plancha, y unos zapatos grises con un moño en la parte alta, heredados de su padre. Salió cuando la noche estaba bastante avanzada, tomó un taxi que lo dejó frente a un lugar de entrada poco llamativa gracias a su reducido tamaño, tocó tres veces. Tras la puerta apareció un hombre de gran estatura que lo saludó con bastante vivacidad, como si fueran amigos de mucho tiempo, mientras la música a alto volumen se escapaba a través de la puerta por pocos segundos abierta. A medida que entraba, iba siendo saludado con efusividad por las personas que desde hacía unas horas disfrutaban de una noche de rumba. Mujeres ligeras de ropa y hombres de edad avanzada eran en su mayoría los asistentes al festín. A Ramiro le fue ofrecida una mesa frente al escenario donde algunas mujeres encontraban en un tubo un excelente compañero de baile, pero él prefirió sentarse en la parte de atrás para charlar un rato con el barman, con el que había trabado amistad. Hablaban amenamente cuando al barman le fue pedido uno de los tragos que se exhibía en el anaquel del fondo. Ramiro giró su cuerpo para disfrutar del show que desde hacía pocos minutos había empezado. No fue la mujer cuyo sostén había desaparecido lo que llamó su atención, sino un grupo de mujeres veteranas que desde una de las esquinas oscuras del lugar disfrutaban del espectáculo, entre las que había una que le pareció conocida. Decidió acercarse, la miró de soslayo y a pesar que habría jurado conocerla, no recordaba cómo, dónde, cuándo ni por qué. Desenfundó entonces su principal arma de extorsión, el celular con cámara incluida que una vez a alguien se le escapó de su bolsillo mientras se disponía a descender de un bus en el que Ramiro por suerte también estaba. Sacó con disimulo unas fotografías en las que aparecía la respetable dama introduciendo un papelito de valor en los costados de la ropa interior de una joven bailarina exótica. De repente, una de las jóvenes lo abordó, le susurró algo al oído y ambos se perdieron por los ondulados corredores cuya existencia difícilmente se descubría a primera vista. Del resto de la noche no se sabe nada, pero a juzgar por el rostro risueño que mantuvo Ramiro durante todo el día siguiente, parece que no estuvo nada mal.

Ramiro resolvió hacerle una visita al tendero para aprovisionarse de algunas cajas de cigarrillos, latas de cerveza y una que otra botellita de licor. Entró al establecimiento y cruzó un par de palabras con don Jaime, al que no le hizo ninguna gracia su presencia. Pasados unos minutos, mientras su nueva provisión era empacada en silencio, apareció una mujer que se dirigió apresurada al tendero. “Claro”, pensó, “esa era la pervertida que le metía el billete en el bikini a la niña del bar.” Salió del sitio con su mercancía, llegó a su casa, se acostó en su hamaca y empezó a pensar en la forma de dar su próximo golpe. Con la mujer del tendero en sus manos, solucionaría el asunto de la comida y el vicio. Salió de su casa y se plantó en la esquina de la cuadra de la tienda. Una hora, dos, tres y nada que aparecía la susodicha. Aburrido de esperar, decidió irse a casa y volver al día siguiente a probar suerte. En esos ires y venires estuvo el resto de la semana, pero la situación no cambió. Resolvió cambiar el horario de espera, esta vez lo haría en horas de la noche. Se abrazó eternidades al poste de la esquina, la esquiva mujer no se dejó ver. Un día, luego de haber estado en vano la noche anterior de guardia como ya era costumbre, Ramiro amaneció preocupado. No era por la escena que había visto, sino por lo que, a partir de ella, debería hacer. Cuando en la madrugada anterior retornaba a su casa, ya afligido por la aparente desaparición de su suerte, vio al carnicero del barrio subirse a un taxi, situación para nada extraña si no fuera porque se subió en la parte de adelante y lo más curioso, el vehículo giró por una calle cerrada. El carnicero vivía a pocas cuadras, por lo que Ramiro supuso que el uso del taxi era innecesario. Ágil pero prudente, asomó sus narices por el callejón para presenciar el momento que le robaría la tranquilidad que tanto disfrutaba. En la esquina más oscura del callejón, estaba el taxi estacionado con las luces apagadas. Carnicero y taxista habían descendido del vehículo, cada uno tenía una botella de cerveza en la mano. Desde donde estaba Ramiro no se veía muy bien, no obstante las siluetas lo evidenciaban todo. El más alto y fornido empezó a acariciar la mejilla barbuda del otro, que respondió desatando el broche del cinturón de este. Luego del consecuente descenso de lo que el cinturón ayuda a mantener en su puesto, las manos del hombre alto que sin duda era el carnicero, se apoyaron sobre el capó del automóvil de manera que sus posaderas quedaron ofrecidas al otro para que posara allí cuanto quisiera. Un montón de jadeos, de sofocos, de falsas amenazas de ahogo y quejidos de éxtasis sodomita fue lo que luego percibió Ramiro de la escena. “Yo sí decía que este carnicero se guardaba algo raro.”

De nuevo en su hamaca y ya de día, analiza más detenidamente la situación. “El carnicero tiene fama de ser muy alzado, si yo me pongo a contarle a todo el mundo que le fallan las bujías, seguro me hace algo. O aún peor, de pronto se va del barrio, cierra el negocio y me deja sin la provisión de carne. Pero por otro lado, eso de que semejante maricón se haga el muy macho debe ser pura pantalla pa' que los demás no se la monten. Por orgullo, el tipo no se va a ir del barrio, porque eso sería aceptar su mariconería. Aunque también es cierto que las locas tienen fama de peligrosas.” Dos días pasa Ramiro en su reflexión, midiendo los pros y contras, tratando de decidir qué hacer con el carnicero. “Me le voy a medir de una ver qué pasa”, decide al fin, cansado de escuchar a su conciencia que le suplica ser prudente. El cómo fue la duda que surgió después. Sacó unos periódicos y recortó algunas letras cuya unión configuró el siguiente mensaje: “Estuvo lindo lo del callejón con el taxista.” En la noche salió camino a la carnicería. Ingresó discreto, rebanó su provisión semanal, dejó el mensaje anónimo en el piso frente a la puerta y se devolvió por donde había venido. De inmediato se puso en la tarea de componer el siguiente mensaje que sonaba más o menos así: “Si no paga, todos se enteran.” Procedió, como la noche anterior, a entregar el mensaje que, esta vez, empujó bajo la persiana metálica que separaba la calle del interior del establecimiento. El siguiente anuncio misterioso, informaba a la victima de la cuantía que debería pagar a cambio del silencio. Recortó los números del periódico, cinco cifras que convertidas en dinero lo harían feliz. Abundante colbón fue lo que utilizó para unir los recortes al papel, sin embargo se le fue un poco la mano por lo que debió asear bien los alrededores de algunos trozos.

De nuevo a su objetivo. Miró a su alrededor. Nadie. Todo tan sencillo como siempre. Saca el papel del bolsillo, se hinca, la mano toma el impulso necesario para el envío pero, sorpresa inesperada, el papel no se separa de sus dedos. El motor de un vehículo se advierte en el ambiente. El impulso va de nuevo, el papel esta vez se separa del pulgar y del índice. El automóvil se detiene tras Ramiro. Las puertas se abren, nuestro protagonista da un giro, intenta salir a correr pero el barbudo, ese hombre que con cariño inmenso suele tratar a los hombres, lo atornilla de un brazo y lo lanza contra el suelo de manera que el escape se torna imposible. Lo ingresan a la carnicería mientras Ramiro pregona a los cuatro vientos su inocencia sin que nadie, excepto quienes conocen sus pecados, lo escuche. En el interior el carnicero, aun sin mediar palabra ante los lloriqueos del extorsionista, se dispone a buscar un lazo para atarlo. En un ataque repentino de furia, Ramiro hace uso de una fuerza descomunal, como de bestia posesa que se niega a aceptar la muerte, y logra liberarse del taxista que cae de espaldas, se tropieza de cabeza con el borde del mostrador de carnes y pierde el conocimiento. Ansioso por salir de allí, busca la puerta, trata de abrirla, está bajo llave. El carnicero, también fuera de control, toma uno de los cuchillos, desafortunadamente el más viejo, oxidado y sin filo, se acerca impetuoso a Ramiro, percibe la humanidad tumbada en el suelo de su adorado amante, lo que lo irrita al extremo, y en un ataque de ira le hunde, más ayudado por la fuerza que por la pulcritud del filo, el cuchillo al extorsionista en el vientre superior con tal potencia que lo lanza hacia atrás, atropellando su cabeza contra uno de los vidrios del lugar.

Cuando Ramiro recobró la conciencia, escuchó algunas voces a su alrededor que le eran desconocidas. Trató de abrir los ojos, la boca. Mover alguna parte de su cuerpo en ese momento hubiera servido de puente de comunicación entre la vida y la muerte, pero nada, no hubo contacto. Su conciencia seguía trabajando y sus oídos oyendo. “Aunque el impacto no afectó ningún órgano importante, el agente infeccioso, de gran poder, se propagó de manera tan contundente que no dio lugar a que los anticuerpos reaccionaran a tiempo. Tampoco está reaccionando al antibiótico. No hay nada que hacer”. “Ah, el cuchillo”, pensó Ramiro desfalleciendo, “el maldito cuchillo.”

Gusano de la Luna - Proyecto Final de los Talleristas

Gusano de la Luna
Augusto Lozada, Edgar Felipe Amaya

Hace casi tres años conocí a una de esas personas que por x ó y motivo terminan añadiéndole algo importante a la vida de uno. Ha pasado el tiempo prudente y necesario, y creo que ya es momento de exorcizar mi mente, haciendo conocer esta historia.

Él se llamaba Dagoberto. Vimos una materia juntos en la universidad y por alguna coincidencia, nos tocó trabajar en una investigación. Ya lo había visto antes en la facultad, pero ésta era la primera vez que hablábamos. Desde el comienzo sentí afinidad con sus ideas, y en general, con la forma como las daba a entender; sin embargo, él tan sólo fue un partícipe secundario del devenir. Por eso, lo que aquí se diga o se nombre no se centrará en las vivencias que pasamos, ni en las experiencias extra-sensoriales de Dagoberto causadas por la epilepsia, que en más de una ocasión tuve que lidiar; ni tampoco de las veces que salimos en busca de aventuras como si fuéramos unos virginales jovenzuelos con ganas de comerse a la vida. No. Aquí se tratará de un evento específico, una experiencia única que cambió violentamente mi perspectiva hacia ciertos aspectos del mundo.

La familia de Dagoberto me ofreció su confianza y amabilidad incondicionalmente; era una familia común y pujante, a excepción de uno de los tíos, el cual había caído en el mundo de las drogas: Porfirio.

Porfirio parecía haber sido rubio, pero la degradación física había convertido su brillante cabello en bollos de canas envueltos en polvo. Tenía treinta y cinco años y había sido el último y tardío hijo de los Guerrero; llevaba once años consumiendo alcohol y drogas fuertes. Fueron muchas las cosas que robó de la casa de su madre y por ello fue expulsado en varias ocasiones; estuvo en varios programas de rehabilitación. Lo que más recuerdo de él es su calidez y de