FRATRICIDIO
(Basado en un cuento de Franz Kafka)

Andrea Carrillo, Elena Quintero

Se ha demostrado que el crimen se produjo de la manera siguiente:

Schmar, el asesino, se situó a eso de las nueve de una noche de luna clara en la esquina por la que Wese, la víctima, tenía que doblar, viniendo de la calle en que tenía su oficina, para ir hacia la calle en la que vivía. Helado, aquel estremecedor aire nocturno. Pero Schmar sólo se había puesto un delgado traje azul; la chaqueta, estaba desabotonada.

Wese miró el reloj que marcaba las 9:02 de la noche y apresuró su paso. Las calles solitarias murmuraban en sus oídos los últimos suspiros, mientras su victimario apagaba su cigarrillo con la boca llena de Ginebra, disponiéndose a su obra: una presentación de la muerte.

Desde la ventana, Pallas, el anciano curioso del callejón, se dispuso a cerrar las cortinas para rechazar la luz de los faroles nocturnos. Justo en el momento en que sus manos estaban por juntar la cortina izquierda con la de la derecha, sus ojos descubrieron a Julia Wese, abrigada por una vieja piel de zorro que le había sido obsequiada en su vigésimo quinto aniversario, aún esperando a su esposo. El anciano giró su cabeza hacia la esquina que desembocaba a la calle principal, para encontrar que el señor Wese, dentro de unos pocos segundos estaría remplazando el abrigo que reposaba sobre el cuerpo de su mujer.

La gélida noche abrazaba una tensa calma. De pie frente a la ventana, Pallas decidió cerrarse el saco como si, en un movimiento inconsciente, predijera el suceso que acaecería bajo su mirada: el forcejeo de unas sombras en la penumbra del callejón del silencio.

Schmar sin dejar que el cuerpo del hombre terminara de asomarse por completo en la esquina, apretó en su mano izquierda el cuchillo mientras la derecha inducía valor líquido a su cuerpo. Bastaron dos movimientos hacia delante y uno hacia atrás de su siniestra para que un líquido extraño para él, empezara a emanar desesperadamente de ese abdomen tejido con el mismo hilo de sangre materno. El fratricida sostuvo su crimen entre sus brazos por cinco segundos que haciéndose eternos detuvieron el tiempo, mientras su tierno cordero miraba fijamente los ojos de su verdugo.

De repente, como si el grito de la viuda y la sangre enfriándose hubieran llamado con su presencia a las aves de rapiña del sector, la calle empezó a llenarse de vecinos en traje de dormir. Sorprendido en su delito, despertando de ese delirio infame que lo condujo a clavar honda la muerte en Wese, Schmar alejó rápidamente sus manos adormecidas y pudo percibir como su piel iba tiñéndose del color de sus entrañas. En seguida, las tripas, tan parecidas a las que acababa de herir, se le revolvieron en mil direcciones, sintió desvanecerse, y en su conciencia surgió la más escalofriante nausea.

La señora Wese, acompañada a derecha e izquierda por el gentío, se apresuró a llegar con un rostro envejecido por el susto. La piel de zorro se abrió, ella cayó sobre Wese, el cuerpo vestido con el camisón le pertenecía a él, la piel, que se extendía sobre la pareja como la hierba de una tumba, pertenecía a la plebe.

Schmar aguantaba con esfuerzo las náuseas y presionaba la boca en el hombro del policía, que se lo llevó con pies ligeros.

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