LA MURCIELAGOSIS
(Basado en un texto de Julio Arenas)

Iván René León, John Jairo Sarabia, Carolina Pérez

A diferencia de Gregorio, desperté siendo murciélago. Lo supe porque al abrir los ojos, hace dos minutos, luchaba aún medio dormido por desterrar mis dientes de tu cuello. Ahora todo está rojo de sangre y no me acuerdo de nada

Te veo a mi lado, y si no fuera por tus heridas, pensaría que todavía duermes. Aún en mi embotamiento intento descifrar los rastros sobre las sábanas que llegan hasta mis manos, mis manos que ya no parecen las mismas. En medio de la sangre seca enormes pelos gruesos parecen haberse incrustado en mi piel.

La sed recorre las entrañas de mi garganta, y aquella sangre maloliente que se cuela a mi nariz ya no me parece un plato apetecido. Entonces, intento levantarme, recorro el mar de sangre bordeando tu bello cuerpo, y veo tras de mí unas huellas detestables de tres dedos que hacen tambalear mi pesado cuerpo.

Aún trastornado, y con los ojos enmarañados de lágrimas viejas y razones perdidas, reconozco dentro de las penumbras de la habitación las notas musicales que surgen del viejo tocadiscos; parece como si hubiese dado vueltas toda la noche, repitiendo la misma canción, esa melodía suave, con voz triste, que acompaña la nostalgia de un pasado que no recuerdo.

Cuando intento mantener el equilibrio con mis débiles patas, tropiezo con un viejo mueble que se encuentra derrumbado en medio de la habitación. La fotografía donde estamos tú y yo abrazados, sonriendo, tiene los cristales rotos, esparcidos por el suelo. Trato de succionar recuerdos de aquél retrato, pero cuando lo levanto con mis largos y finos dedos, la imagen se desagarra como lo han hecho todos.

Ahora pienso que puedo rearmar la historia. Tantos objetos en desorden, esos platos sobre la mesa, la cena a medio probar, los cubiertos incompletos –falta un cuchillo-, el florero con el agua derramada, y los pétalos abandonados sobre el tapete, procuran darme piezas de un rompecabezas que desconozco.

Veo tus párpados cerrados que insinúan silenciosos el sueño incipiente. ¡Ay mi vida, no entiendo qué pasó! Voy al baño en busca del agua que calmará mi angustia. Mis pupilas se agigantan al verme frente al espejo roto, pues asombrado encuentro mi piel elástica y oscura, cuerpo de animal nocturno, con dientes sobresalientes.

Amor, ¿habré entrado en el terreno de la locura? No sé qué ha pasado. No recuerdo pociones en la cena, o una bruja que me haya regalado una maldición. Mi mente es un mar enredado de supuestos que sólo me llevan a laberintos más confusos.

Repica el teléfono al fondo de la habitación. Logro llegar a él ágilmente pese a mis torpes movimientos, pero mi mirada se desvía antes de contestar la llamada: una carta al lado del teléfono me habla. Letras desconocidas: “Amor...¿cuándo nos permitirán estar juntos?...”. Y entonces, se apodera de mí aquella furia tan familiar que me hace creer que ya la he sentido antes.

El llamado apremiante a la puerta me arranca de las miles de posibilidades que construyo sin dar con una lógica que me satisfaga. Salgo al encuentro con tu cuerpo desnudo y rojo. Miro hacia la puerta donde retumban fuertes golpes, ahora, acompañados de gritos.

Mis puntiagudas y grandes orejas perciben todo a mi alrededor, murmullos lejanos, curiosas voces traspasan el cristal de la ventana aterrizando en su interior.

Es la policía, se habrán enterado. Veo la ventana como mi única salida. No me gustan las alturas.

Me tocó volar sin ensayar, pero no te preocupes: no me pasará nada, ya verás. Estas cosas ni siquiera hay que aprenderlas, al contacto con el viento, sin usar siquiera mi voluntad, se extenderán mis alas, y podré flotar en el aire como una paloma pequeña y tranquila. Acá vienen, y yo me voy. Tal vez sientas frío si abro la ventana, pero debo hacerlo. Todo saldrá bien, ya verás. ¡Uff! Aquí estoy, parado y feliz en mi ventana, como un pájaro divino. Como un murciélago. ¡Dios, esto es alto! Allá voy; a ver...

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