Médulas ¡Pop! - Proyecto Final de los Talleristas

Médulas ¡Pop!
Adolfo Villafuerte, Luisa Sánchez, Leonardo Pardo, Carlos Ayala

“Todos creemos que estaremos vivos después de muertos. Nuestro miedo de la muerte es el de ser enterrados vivos. Queremos junto a nosotros los cadáveres de los que amamos como si aquello aun fuese ellos y no el gran maillot interior que el nacimiento nos dio.”
Fernando Pessoa

Mil cuatrocientos sesenta días ajustaba la cuarentena militarizada. Mil cuatrocientos sesenta días bajo el velo enfermizo del pánico. El primer brote se detectó, de forma curiosa, entre los servidores del sector financiero. En las sucursales bancarias, los hombres encargados del conteo monetario, reventaban como enormes granos de maíz expuestos al más abrasador calor. En menos de ciento cuarenta y cuatro horas, todo el respaldo humano del sector, colapsó. Las fuerzas armadas tomaron el control, acompañadas de los sectores ultra mesiánicos radicales, que poseían el setenta por ciento del control financiero informal de la ciudad. No había puesto de dulces o de cigarrillos que no estuviera contagiado del germen del aleluya. De forma espontánea, poco después, surgió un catalizador de los síntomas: Manaenol, un inhibidor del virus en la medula ósea, o para otros, un reconstituyente de la fe. Las campañas informativas sobre las distintas formas de pecado que habían llevado a semejante catástrofe fueron haciéndose cada vez más extremas, provocando migraciones gigantescas desde todos los sectores, en la misma proporción que se iban amontonando los cadáveres faltos de certidumbre religiosa, a lado y lado de las calles. El hedor a incredulidad se hacía insoportable.

Eran cerca de las cuatro de la mañana en una bodega de La Belleza. Una nube color cobre, malsana y amenazante, cubría casi toda la zona industrial. Ya entraban las últimas personas de la fila que se había extendido fuera de la bodega desde las doce. Chilló una alarma y la algarabía se paró; ahora todos centraban su atención en el tablero luminoso que colgaba de una de las vigas de metal: se iban a anunciarlos precios, iba a empezar la venta. Tan pronto como la primera cifra se dibujó completa, la masa se abalanzó ávidamente a las ventanillas y de nuevo estalló el griterío. Entre codazos y madrazos, todos buscaban llegar al frente del panel para hacerse con una o dos cajas de Manaenol.

Un estallido rompió la cadena de gritos, un silencio imperceptible pasmó a los compradores. Un segundo trueno confirmó lo que se había tomado al principio como simple alucinación. Era verdad: unos pelados corrían hacia las ventanillas disparando al techo de la bodega. No hubo tiempo para oponer resistencia, todos se echaban instintivamente al suelo. Los chinos se tomaron la bodega en menos que canta un gallo, y ahora rompían una puerta a disparos para apoderarse de la droga.

***

Hacia las seis de la tarde, ya todas estaban cargadas. Los muchachos habían conseguido en total cinco changotes más, dos revólveres y un rifle. “No está mal”, pensó don Carlos mientras observaba cómo todos en el grupo comenzaban a acomodarse las armas entre sus ropas, estirando la tela para cubrirlas de la mejor manera posible.“Aunque todavía son unos culicagados”, dijo en voz muy baja al mismo tiempo que cambiaba de carrillo el mondadientes. “No han dejado de mamar cuando ya se ponen a hacer estas vueltas”. Y tenía razón; enfrente suyo había cerca de diez pelados que no pasaban de los dieciséis años como máximo, que era la edad de Jacobo, el hijo de Juan.

—¿Entonces qué, don Carlos? —dijo una voz ronca a sus espaldas, al tiempo que una mano juvenil se posaba amablemente sobre su hombro.

—Chino… —replicó el hombre dándose la vuelta. Allí estaba Jacobo, vestido con su acostumbrada chaqueta negra. El muchacho que entraba a la habitación saludó a sus compañeros de cuadrilla con un gesto amistoso, e inmediatamente fue a buscar su pistola y su munición. Era un jovencito moreno y delgado, con el cabello en punta y organizado en un raro peinado brillante gracias al gel.

—¿Y mi papá? —preguntó el recién llegado, sin dirigirse a ninguna parte en especial, dando pequeños saltos en su puesto para sujetar mejor el arma en el cinto.

—Anda allá atrás —le informó don Carlos, y señaló con el mentón una puerta de madera que se dibujaba en la pared del fondo. No bien hubo acabado de hablar, la puerta se abrió con un sonido estridente, y apareció un hombre mayor, canoso, de lentes gruesos: Juan.

—¿Quiubo, ya llegó? ¿Qué pasó con el treinta y ocho, que lo necesito para mañana? —Juan le mostró a su hijo la palma abierta de su mano arrugada para dar más énfasis a su requerimiento.

El muchacho aseguró que para mañana se lo traería.—¿Y su hermana? ¿Ya cerró la tienda? —volvió a preguntar Juan.

Jacobo dijo que en eso estaba, y se entretuvo sacando unas motas del bolsillo de su pantalón.

Don Carlos se asomó a la ventana, y pudo ver cómo el sol bajaba lentamente a espaldas de las colinas. Más allá, a lo lejos, podía adivinar las barricadas militares, miles de vehículos y hombres que impedían que nadie entrara o saliera para evitar la propagación. Un par de helicópteros de la Cruz Roja surcaron el cielo cobrizo; seguramente llevaban algún enfermo adinerado hacia los hospitales del norte. No era posible que su carga fuera la medicina; no al menos desde que las masas de enfermos desahuciados comenzaron a atacar los helicópteros.

Mientras contemplaba las colinas del sur, el padre de Jacobo se le acercó a don Carlos, y encendió un cigarrillo barato. Ambos intercambiaron una mirada que al mismo tiempo era una pregunta ya conocida:

—El pelao sabe defenderse.

—¿Entonces lo va a mandar de todos modos?

—¿Y yo qué hago si no? Usted sabe, Carlos, que esa es la única manera que tenemos de salir de éste hueco.

Don Carlos hubiera querido replicar que era su hijo, no un chino cualquiera, pero al final prefirió dejar así. Juan, igual entendió la preocupación del otro, y concluyó:

—Sí, es mi hijo el que roba, es mi hijo el pandillero —Juan le dio una larga pitada a su cigarrillo—. Usted sabe que ya nadie me compra los fierros desde que militarizaron la ciudad. Lo único que me puede dar plata es el negocio ese del Manaenol, Carlos. Todo el mundo anda buscando la droga como loco, y la única manera de levantársela es llevándosela primero que los que la venden allá en la bodega.

Los muchachos estaban excitados; todos hacían comentarios en voz alta, reían y se empujaban en juego amistoso. El único que parecía absorto era Jacobo, que se había sentado en una silla en actitud meditabunda. De pronto, un niño pequeño, de unos diez años de edad, de cabello castaño alborotado y de ojos grandes y zarcos entró
saltando y corriendo.

—¡Jacobo, Jacobo! ¿Ya salen? ¿Me llevan? ¿Puedo ir, tío?

Jacobo le respondió negando en silencio con la cabeza.

Todo quedó en silencio. Nadie musitó palabra hasta que el niño salió del cuarto, para llevarle a su mamá una jeringa llena de un líquido azul que le mandaba Juan. Don Carlos tenía los ojos desorbitados.

—¿¿Y usted de dónde sacó esa vaina?? —se extrañó don
Carlos.

—¿No les dije que el man era hombre de palabra? —contestó el papá de Jacobo con orgullo—. El tipo me dio una muestra, como para que me animara a lo del negocio.

Luego de darle la última pitada a su cigarrillo quiso concretar:

—¿Entonces qué, pelaos? ¿Listos para la vuelta?

Jacobo sonrió, y uno a uno los muchachos empezaron a salir del cuarto mientras el cielo se oscurecía. Él salió de último. Antes de cruzar el umbral, su padre se le acercó:

—Yo veré, chino marica, nada de dejarse joder por ahí. ¡Y cuídese de los Chulos!

—Fresco, cucho, que yo no le fallo —dijo confiado, aunque por dentro estaba sudando—. Esta noche yo le traigo una volquetada de esa droga, espere y lo verá.

Luego estrechó la mano de don Carlos, y fue a reunirse con su pequeño ejército de adolescentes armados.

***

La camioneta carpada viajaba por las callejuelas del sur, que estaban sólo iluminadas a medias. De vez en cuando se percibía un hedor intermitente: se trataba de la suciedad y la descomposición de los cuerpos de los enfermos que nunca alcanzaron a llegar a ninguna parte y servían sólo de comida para los perros. Ya nadie se aventuraba a rescatar esos desechos humanos por miedo a contagiarse. Sólo los Chulos pasaban de vez en cuando en un camión cisterna recogiendo insepultos. En las sombras de los callejones se encontraba uno que otro lisiado todavía con vida. Víctimas de una fractura cervical espontánea, estos infelices eran recogidos también por los Chulos, sin importar que gritaran a todo pulmón que todavía estaban vivos.

Jacobo iba reclinado en el asiento del copiloto, acariciando el mango de su revólver con amor. El resto de la pandilla se había acomodado como mejor había podido, la mayoría sentados en el suelo de la parte cubierta de atrás. No había nada ni nadie en la calle, al igual que en cualquier otra noche de cuarentena.

El vehículo avanzaba veloz cuando una pequeña figura borrosa se interpuso en su camino. El conductor frenó en seco pero demasiado tarde, y cualquier cosa que hubiera sido la sombra, terminó aplastada contra el parabrisas y ocasionando que la camioneta se estrellara contra una casa en obra negra. Después de un rato, los pelados aparecieron de entre una densa nube de humo, golpeados, quejándose. Jacobo saltó de su puesto para averiguar con qué habían chocado. La cosa parecía un perro, pero la verdad era difícil asegurarlo. El caso es que la camioneta no podía andar más, y Jacobo, tratando de mostrar sangre fría, ordenó que algunos chinos fueran a buscar otro carro para seguir. Le dolía una rodilla, se sentó en la acera a sobarse y trató de no pensar que ahora sólo tenían veinte minutos para llegar a La Belleza antes de que la venta de la droga comenzara.

***

Irene se quedó estupefacta ante la orden del médico: le había dicho que llevara a Gabriel a la casa, que en el hospital ya no podían hacer nada más. No entendía cómo el médico se atrevía a asegurar que ya no tenía remedio una simple fractura, cómo le negaba los primeros auxilios más elementales. Pensando que el tipo era un irresponsable, un burócrata de bata blanca, había salido del hospital con Gabriel rumbo al puesto de salud de Germania, adonde no había querido ir al principio pensando que todo sería mejor y más rápido en el hospital.

El niño se había caído de un columpio; se había fracturado el antebrazo. Horas después llegaban de nuevo a casa, y Gabriel, pese a todo el dolor de la fractura y la curación, había logrado dormirse. En el puesto de salud de Germania la habían atendido mejor que en el hospital, pero el médico de turno había mostrado una cara de desánimo muy rara tras examinar al niño; como si en lugar de una simple fractura hubiera identificado algo mucho más grave.

Sólo en los días que siguieron Irene pudo entender la situación. Ya había llegado a los medios el caos que el gobierno había tratado de mantener en secreto. Hablaban de huesos que estallaban como palomas de maíz; decían que los enfermos preferían suicidarse; decían que era una epidemia y que la única cura era conservar la fe en Dios, el camino del Señor, la luz perpetua de su amor. Para entonces Gabriel estaba vendado no sólo en el brazo, sino también en una pierna, y en la mano izquierda. Irene trataba de que el niño se moviera lo menos posible, pero igual se habían producido las nuevas fracturas. Y antes de llegar a su conclusión privada respecto de la enfermedad, Irene siguió las instrucciones del pastor en televisión. Oró, oró mucho, puso a Gabriel a rezar con toda la fuerza de su alma, y sin embrago, nada pudo impedir que a la semana siguiente se rompiera una falange de su pie.

Cuando declararon la cuarentena e impidieron que la gente dejara la ciudad, Irene perdió del todo la fe. En los medios habían anunciado que no existía cura para el virus, y que en los hospitales había colapsado el sistema de urgencias. Los coliseos, escuelas y parques se empezaban a convertir en refugio de moribundos donde se improvisaba el cuidado requerido. Irene prefirió beber a rezar. Le hartaba la cháchara del pastor en la televisión. Decía que el Señor los había castigado por perder el rumbo, por entregarse a un mundo vano y sucio. La enfermedad era un castigo, y sólo purificándose de pecado había esperanza.

Una tarde corrió de boca en boca la noticia de que en el Quiroga había un santo capaz de curar a la gente. Irene creyó, preguntó, y a la mañana siguiente caminaba por una calle estrecha en busca de la dirección que le habían dado. Era una casa vieja, sin nada de particular, excepto un letrero de latón que decía: “Camino de luz. Sanaciones varias”. No encontró la multitud que había pensado que estaría allí. Siguió por un corredor y se puso en una fila donde requisaban a la gente antes de entrar al cubículo del santo. Una vez allí, el santo le pidió que repitiera con él una oración pagana, que cerrara los ojos y abriera la palma de su mano. Le dejó tres ampolletas de un líquido azul, y le dijo que probara y si le servía, regresara el martes siguiente para recibir otra dosis. Por último, el santo le pidió que hiciera una donación para la causa a su salida del templo: un litro de sangre para otras sanaciones.

Pese a su desconfianza y su pesimismo, Gabriel mejoró con las primeras dosis. Luego ya Irene no estuvo tan segura si le habían dado o no la misma droga, pero en todo caso los resultados fueron mínimos, por no decir que nulos. Y para peor, cada vez era más difícil acceder al cubículo del santo, puesto que cada vez había más enfermos en la ciudad, y cada vez tenía menos ofrendas para dar a cambio de la droga.

Sin embargo, haciendo la fila para recibir sus ampolletas del posible placebo, Irene escuchó a otras personas que hablaban en susurros de un sitio donde se conseguía una droga mejor, más efectiva. Decían que la del santo la rendían con agua, mientras que en el otro sitio la daban pura, Manaenol concentrado a cien mil la caja de cinco ampolletas. Era una bodega ilegal en La Belleza y sólo vendían de madrugada. En dos horas se acababa todo.

***

Sobre la estantería, a escasos dos metros de donde estaba ella, reposaban las cajas en las que se encontraba la salida del infierno en que se había convertido la vida de su hijo. Irene quería aprovechar el asalto que protagonizaban los chinos para hacerse con una provisión suficiente de Manaenol que le devolviera por completo la salud a Gabriel. No pensaba en el peligro que representaban los chinos armados. No pensaba tampoco en la posibilidad de que la droga no sirviera para nada. Dio un par de zancadas hacia el que
parecía ser el más güevón de los pelados, uno que usaba lentes gruesos y lucía un bozo pre-púber. Lo apercolló y le quitó de las manos el arma que sostenía muerto del miedo, un changón que ni para qué, de los que sólo resisten como mucho un solo disparo.

Jacobo se giró rápido e instintivamente abrió fuego, casi sin tomarse el tiempo de apuntar. La primera ráfaga la amortiguó el cuerpo del rehén de Irene. La segunda pegó más lejos, porque Jacobo siguió sin apuntar del puro miedo. Jacobo iba a tirarle por tercera vez, refrenando el temblor de sus manos, cuando sintió en su oreja derecha el pepazo que había escupido el changón de Irene. Entonces entraron a toda carrera dos pelados más, pero no a servir de apoyo a Jacobo, sino corriéndole a los guachimanes de la bodega, que se habían venido detrás reventando tiros sin parar.

La gente estaba tendida en el piso, muerta del pánico. Una señora sufrió un ataque de histeria y arrancó a correr. De todos lados le llovieron disparos que truncaron su trote. El siguiente en caer fue Jacobo, que no se alcanzó a decidir si dispararle a Irene o responderle a los guachimanes que corrían del otro lado.

Estirando con una mano la camiseta que vestía para hacer una bolsa, Irene usó su otra mano para remolcar todas las cajas de Manaenol que pudo. Luego le dio la espalda a los guachimanes y los pelados, que seguían reventando totes, y corrió en busca de una ventana por la que podía brincar a la calle. Un dolor insoportable en el brazo acompañó su saltó, y lo primero que pensó fue que la había alcanzado un disparo, pero cuando pudo alejarse de la bodega lo suficiente para tomar aire, se dio cuenta de la forma anormal en que se había girado su brazo y entendió que por fin la había contagiado Gabriel.

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