Gusano de la Luna - Proyecto Final de los Talleristas

Gusano de la Luna
Augusto Lozada, Edgar Felipe Amaya

Hace casi tres años conocí a una de esas personas que por x ó y motivo terminan añadiéndole algo importante a la vida de uno. Ha pasado el tiempo prudente y necesario, y creo que ya es momento de exorcizar mi mente, haciendo conocer esta historia.

Él se llamaba Dagoberto. Vimos una materia juntos en la universidad y por alguna coincidencia, nos tocó trabajar en una investigación. Ya lo había visto antes en la facultad, pero ésta era la primera vez que hablábamos. Desde el comienzo sentí afinidad con sus ideas, y en general, con la forma como las daba a entender; sin embargo, él tan sólo fue un partícipe secundario del devenir. Por eso, lo que aquí se diga o se nombre no se centrará en las vivencias que pasamos, ni en las experiencias extra-sensoriales de Dagoberto causadas por la epilepsia, que en más de una ocasión tuve que lidiar; ni tampoco de las veces que salimos en busca de aventuras como si fuéramos unos virginales jovenzuelos con ganas de comerse a la vida. No. Aquí se tratará de un evento específico, una experiencia única que cambió violentamente mi perspectiva hacia ciertos aspectos del mundo.

La familia de Dagoberto me ofreció su confianza y amabilidad incondicionalmente; era una familia común y pujante, a excepción de uno de los tíos, el cual había caído en el mundo de las drogas: Porfirio.

Porfirio parecía haber sido rubio, pero la degradación física había convertido su brillante cabello en bollos de canas envueltos en polvo. Tenía treinta y cinco años y había sido el último y tardío hijo de los Guerrero; llevaba once años consumiendo alcohol y drogas fuertes. Fueron muchas las cosas que robó de la casa de su madre y por ello fue expulsado en varias ocasiones; estuvo en varios programas de rehabilitación. Lo que más recuerdo de él es su calidez y decadente romanticismo al hablar, y su fisonomía desgarbada, la cual apenas podía sostener sus ojos claros, que parecían yacer muertos al fondo de las cuencas.

Las visitas de Porfirio a la casa de Dagoberto coincidían casi siempre con las mías; esto era porque yo de vez en cuando le daba dinero, con la condición de recitar algunos versos de autores famosos, los cuales, había memorizado a la perfección y dejarían a cualquiera sorprendido, tanto por su extensión como por la complejidad de las frases y estrofas que en ellos podía encontrarse. Un día recitó algunos versos de León de Greiff con una propiedad inmensurable. Porfirio nunca quemó esos recuerdos poéticos y los guardaba en su mente como tesoros de aquel pasado asesinado, confeccionando en él una grandilocuencia al hablar que nunca se alteró, a pesar de las abominaciones y los atentados que contra su sanidad mental él mismo perpetraba.

Después de un año de haber conocido a Porfirio, Dagoberto y yo habíamos visto un gran avance en su desintoxicación; ahora escribía en sus ratos libres y trabajaba temporalmente, ya no con el fin de comprar drogas. Supe entonces su historia, de cómo había sido un joven brillante en la universidad, destacado por hacer tempranas publicaciones y tener excelentes notas. Porfirio decía:

“Mi problema fue creerme mi propio Dios cuando seguía teniendo caprichos infantiles. Yo sabía que lo tenía todo, pero había un vacío inmenso dentro de mí que nada ni nadie podía llenar. Nunca supe la razón de ese vacío, busqué entonces la respuesta alterando mi consciencia con drogas suaves, pero después entraron a mi vida personas más viciosas que yo, y con ellas el sexo burdo, las drogas fuertes y las fiestas bravas. Quise seguirlos probando cosas cada vez más fuertes; tiempo después ya no podía reconocerme en el espejo y podría asegurarle que hubiese matado por una jeringa…”

Después de escuchar esas historias fueron muchas las cosas que reevalué y cambié en mi fuero interno y aún hoy recuerdo las penosas y extremas vivencias de este hombre, como ejemplos de imprudencia y descontrol. Algunos días después a esa charla, no recuerdo con exactitud cuántos, Dagoberto me llamó para decirme que Porfirio había recaído, que estaba agonizante en un hospital de caridad y que nadie en su familia quería ir a verlo morir, principalmente porque les daba mucha tristeza; quería entonces que yo lo acompañara. Acepté de inmediato, no por ser una obligación para con Dagoberto, sino porque tuve lástima de Porfirio, y ese sentimiento fue una sorpresa para mí, ya que siempre creí que nunca iba a sentirla por alguien, tanto por respeto hacia las personas, como por cuestión de egoísmo.

Cuando llegamos, fue realmente impactante ver el nerviosismo y el terror dibujados en la cara de aquel hombre, la imposibilidad de moverse más que con algunos arranques desesperados, los cuales hacían saltar su pecho de una forma espontánea e inútil. Nosotros supimos que esos no eran ataques producidos por su agonía, contrario a lo que el inconsciente y frívolo médico diagnosticaba. A veces salían de su boca algunos chispazos de baba, como si estuviese sufriendo de espasmos producidos posiblemente por contusiones internas; su piel estaba completamente pálida y se le formaban en las sienes cúmulos de venas purpúreas que parecían que fueran a estallar; sus labios casi habían desaparecido en una maraña de arrugas, tenían un color azuloso y los revestía una capa áspera blancuzca, que evidenciaba lo deshidratado y vulnerable que estaba su organismo.

Al oír nuestras voces, Porfirio levantó la cabeza con movimientos casi coherentes, abrió los ojos con algo de esfuerzo y nos reconoció. Dagoberto le ayudó a recostarse contra la cabecera de la cama, le acomodó una almohada debajo del cuello, sacó una botella de agua que habíamos comprado antes de llegar al hospital y le pidió que se calmara poniéndole su mano sobre la frente; Porfirio lo fue haciendo lentamente al beber algunos sorbos torpes. Después de que Dagoberto alejara la botella, Porfirio agarró mis brazos con fuerza y sus ojos se tornaron extraviados, espantosos, con las pupilas dilatadas al extremo, brillosos y con algunos vasos reventados, como si estuvieran siendo inflados con una bomba de aire; sus manos olían a pasto chamuscado y algunas de sus uñas estaban quebradas y ensangrentadas; acercó su boca hacia mis oídos, e igualmente se dirigió a Dagoberto, y nos dijo que necesitaba hacernos saber lo que le había pasado la noche anterior. Sintiendo la fuerza de su determinación en medio de la agonía, decidimos quedarnos atentos a las carrasposas y casi inaudibles palabras que salían de su lánguida boca; es que sabíamos que nada más pasaría, Porfirio iba a morir y su última voluntad era ser escuchado.

Y esto fue lo que narró. Tal vez la memoria me falle con algunas palabras, pero estoy seguro de que si estoy errando, lo hago en lo más mínimo, acaso porque saber algo tan terrible e inaudito, proporciona una memoria macabramente prodigiosa al poseedor de tales conocimientos:

“El lunes fue un día muy malo desde que desperté; sentía que todo el mundo se estaba burlando de mí, que todos estaban en contra mía. En horas de la tarde, comencé a sentir mucha ansiedad ya que sólo conseguí un par de monedas…”

Tosió varias veces de una manera frágil y sin soltarme; luego de una pausa larga, tomó aire, el cual debió bajar quemando su garganta, ya que hizo un gesto de dolor profundo que pudo contener a medias y continuó:

“...No resistí más esa ansiedad y me fui para “La Pernicia”. En ese ambiente me sentí mucho mejor, estuve buscando a los compañeros, pero a unos los habían matado, otros estaban presos y dos más habían desaparecido; sin embargo, a pesar de los pocos conocidos con los que me reencontré, logré convertir esos miserables pesos en varias papeletas de bazuco.”

Cerró sus ojos por un instante con el peso de la culpa en sus párpados, y me liberó de sus brazos.

Dagoberto me dirigió una mirada de desolación. Yo le propuse que saliera un momento de la habitación para que llamara a su familia, y para que buscara a la enfermera encargada de Porfirio. Él aceptó y salió; pensé por la rapidez con la que aceptó, que eso era lo que quería que le dijera. Entonces acerqué una silla vieja que se encontraba en un extremo de la habitación y me senté cerca de Porfirio, hacia la cabecera. Él continuaba con los ojos cerrados. Miré la hora y eran las seis de la tarde en punto; en ese instante, volvió a la vida con un espontáneo y terrible sonido desde sus entrañas, parecía que estuviese ahogándose y que entraba en colapso. Me paré rápidamente y le hablé con un poco de nerviosismo, le dije que yo estaba con él; abrió los ojos, sus pupilas se habían volteado hacia atrás dejando ver solamente unas esferas blancas, llenas de diminutos canales sangrientos. Entonces, muy alarmado, quise correr para llamar a alguien que pudiera auxiliarnos, pero me contuve al ver que Porfirio volvía en sí lentamente; hasta parecía más vivo que antes, y entonces dijo:

“Ya no tengo tiempo, debo terminar...”

Me senté extrañado, pensando que esa frase había sido en vano ante la poca energía que le quedaba; e inmediatamente él continuó con el relato:

“Pude drogarme por horas, hasta algunos compañeros me ofrecieron de sus mezclas. Me drogué con ansiedad y odio, hasta que perdí la consciencia. Recuerdo que hubo un momento en el que veía las cosas como si estuviera dentro de un bote de basura, como dentro de un círculo oscuro y profundo; después recuerdo tan sólo algunos lapsos de imágenes. Cuando volví en mí, me encontraba parado en medio de una carretera, mis zapatos se habían roto y me sentía exhausto. Supuse que ya eran las horas de la madrugada por el frío que hacía. Luego de un rato me di cuenta que estaba a las afueras del basurero distrital y que eran las tres de la madrugada…”

Porfirio permanecía inmóvil, con la mirada clavada en el techo y su rostro en un escabroso gesto: los músculos de la boca se le habían empezado a contraer y parecía que estuviese sonriendo. Pensé en ese momento, en la imposibilidad de llegar caminando hasta tal lejanía, ya que el basurero se encuentra en la salida sur de la ciudad y “La Pernicia” en algún lugar del centro, más o menos a dos horas caminando. Estos cálculos los corroboré después, ya que decidí hacer tal recorrido recordando las palabras de Porfirio. Creí factible entonces que hubiese sido un grupo de “limpieza social” quien llevó al pobre hombre hasta el basurero, y que tal vez fueron esos sectarios los que lo dejaron en tan deplorable estado; pero al momento volteó lentamente la cara hacia mí con esa mueca maldita, suficientemente escabrosa como para destruir mis hipótesis. Era el terror el que realmente lo tenía postrado en esa cama, concluí.

“…Cuando supe dónde estaba tuve un arranque de ira que después se convirtió en desconsuelo. Sentía que mi pecho y mi espalda estaban quemados por dentro, además tenía la cara raspada y ensangrentada. Sentí también una sed insoportable, así que decidí meterme al basurero, que parecía estar sin vigilancia, seguramente ahí dentro conseguiría un grifo del cual beber…”

Porfirio calló por un instante, le empezaron a temblar las piernas sutilmente y unos hilos de lágrimas empezaron a brotar por sus inmóviles ojos, mas no me conmoví, porque en ese instante, había dejado atrás toda sensatez y lo único que quería era que terminara su historia. En el lugar sólo se escuchaban algunos ruidos quejumbrosos a lo lejos y el parco sonido de las lámparas halógenas. Volvió Dagoberto un tanto alarmado, me dijo que tenía que regresar a su casa, ya que su abuela había colapsado al enterarse de la agonía de su hijo y que él era el único que podía calmarla; además no había encontrado a la enfermera porque había cambio de turno, que nos fuéramos. De alguna forma, había olvidado que Dagoberto era el sobrino que me había pedido el favor de acompañarlo a ver a su moribundo tío, en mi mente sólo había conjeturas sobre lo que podría haber pasado la madrugada del martes, así que le respondí intentando mostrarme altruista, con mucha seguridad y respeto, que yo podía quedarme un rato más hasta que llegara la enfermera del siguiente turno, que se fuera tranquilamente. Dagoberto aceptó, ya que al ver a Porfirio, no notó el temblor de las piernas ni los hilos de humedad que habían dejado las lágrimas en sus mejillas, así que no tuvo problemas en marcharse.

Cuando nos quedamos solos, apreté el brazo de Porfirio para que reaccionara y él ciñó sus cejas como respuesta. Fue cuando el temblor empezó a expandírsele hacia los brazos y pectorales. Volvió en sí y continuó su relato, ahora con un tono de voz muy agudo parecido a una voz infantil, que se desquebrajaba con cada frase. Era el sonido de un hombre destruido:

“…Entré sigiloso y rápidamente conseguí agua. El grifo se encontraba dentro de un pequeño cuarto donde almacenaban cables, tubos y otras cosas. Cuando salí de aquel cuarto, pude ver a un grupo de indigentes harapientos como yo, irrumpir a través de la misma reja por la que había entrado; cuando terminó de ingresar el último de ellos, se enfilaron como en peregrinación, y al parecer iban a pasar por donde yo me encontraba. No me quedaba más alternativa que ocultarme y luego intentar unirme a ellos sigilosamente, antes de que supieran que yo estaba ahí y tal vez me hicieran daño. El procedimiento fue más sencillo de lo que esperaba, incluso, algunos me hablaron como si yo hubiese venido con ellos, recuerdo que uno me dijo: “No tiene por qué sentirse nervioso, no ve que sólo nosotros la conocemos...”

Mientras escuchaba, recordé un lejano pasaje de mi infancia, tendría tal vez siete años; me encontraba en el parque del barrio jugando solo, lo cual no era usual, y en algún momento sucedió que mis amigos de infancia me rodearon con un velo de misterio ininteligible para mí e hicieron que los siguiera a un lugar que no solíamos frecuentar del parque. Todo sucedió muy rápido. Cuando nos detuvimos estábamos en una especie de bosquecillo, desde el cual las madres no nos tenían a la vista: aquel sitio era un lugar oculto. Y por fin pude saber qué pasaba: estaba esperándonos una niña que luego fue rodeada por todos nosotros, era ella un tanto mayor, más alta también. Lucía era su nombre. La conocía porque vivía cerca de mi casa y también porque solía encontrármela frecuentemente en el parque; Lucía estaba de pie y mirando al piso. El ambiente seguía enrarecido ya que mis amigos actuaban con nerviosismo, meticulosos y sigilosos, entonces, uno de ellos, el que parecía comandar lo que ahí sucedía, me dijo con firmeza: “Ella le quiere mostrar algo. Ella fue la que hizo que lo trajéramos”. Otro de los niños me acercó más a ella; de un momento a otro, se quitó la falda y descubrí que no llevaba ropa interior: estaba viendo pletóricamente su vagina, sin vellos todavía, escueta, abultada, expuesta en medio de todo el gran parque; me sorprendí con cierto susto y le dirigí la mirada directamente a los ojos, pero los tenía cerrados y además de que estaba sonriendo, tenía un rubor extraño en sus mejillas. Después ella abrió los ojos y al notar mi perplejidad, me empujó fuertemente haciéndome caer; me levanté sin dar muestras de disgusto y salí corriendo, sintiendo que mis amigos me habían traicionado y pensando que ese ambiente que había sentido era malo, y por lo tanto, había que alejarse para siempre de lugares en donde lo sintiera…

Volví a pararme y vi que a Porfirio se le empezó a dibujar una extraña marca en el pecho. Parecía que algo se estuviese moviendo dentro de su piel, tratando de instalarse en medio de sus pectorales, haciendo una forma fantástica, similar a la letra beta del alfabeto griego; el terror me invadió y quise salir corriendo del hospital, pero entonces Porfirio tuvo el mismo arrebato que cuando llegamos con Dagoberto al cogerme fuertemente el brazo; sus ojos otra vez parecían que fueran a estallar. No intente soltarme porque tuve la sensación de que si lo hacía, sus brazos iban a desprenderse de su torso. Me desesperé y aterrorizado, le dije que lo mejor que podía hacer era morirse, mas él, con su irracional mueca, me miraba de tal forma que logró trasmitirme su dolor. Entonces, sentí de nuevo la necesidad de escucharlo. Él me soltó como si hubiese leído mis pensamientos, me senté, y con una voz muchísimo más aguda que antes, nuevamente empezó a narrar:

“Caminamos bien adentro del basurero hasta llegar a un cuarto que tenía forma de bodega, cercado en sus cuatro lados; cierta parte del cercado ya estaba forzada y por ahí entramos para dirigirnos hacia el techo. Subimos por unas escaleras externas, después nos sentamos formando un círculo. Allí se encontraba un anciano bastante alto, que intentaba ubicarse en el centro de todos. Lo había visto antes por las calles y lo reconocí inmediatamente, ya que nunca olvidaría una barba tan larga y sucia, y un cabello tan largo y sucio; casi le llegaban a las rodillas. Vestía una inmunda manta amarillenta y llevaba varios collares puestos, que parecían hechos con distintos trapos entrelazados y estar mojados con alguna sustancia aceitosa, la cual manchaba parte de la manta. Cuando dirigió su vista hacia mí, me sentí apabullado por su senil, gorda y peluda cara; de su parte no hubo ninguna reacción, al parecer no reconoció mi intrusión. El viejo se sentó y todos se pusieron ansiosos, algunos sonreían y otros susurraban. De su túnica sacó un envoltorio de papel periódico y lo desenvolvió, haciendo visible una figurilla que parecía haber sido hecha con cera, de color verde y negra; era una estatuilla de un niño sentado en una piedra, con pezuñas en vez de pies y en una posición arqueada; con cuernos y una barbilla hecha de pelos negros incrustados en la cera. La puso en el suelo y empezó a mover la cabeza cantando un extraño galimatías. Observé a mi alrededor y noté que todos tenían sus brazos izquierdos levantados, haciendo un símbolo con sus manos. El anciano tocó con un dedo la estatuilla y ésta se iluminó; después ordenó a todos que se acercaran, y entonces cada uno fue pasando para tocarla… En ese momento sentí que todo se electrificaba, y vi descender sobre el lugar un humo denso y morado…”

Espontáneamente Porfirio empezó a sangrar por los ojos y esa protuberancia en forma de beta, empezó a girar sin perder ese patrón, entonces gritó:

“¡Dios mío! ¡Yo toqué esa cosa por ser un cobarde! ¡Ese es mi pecado!”

Yo estaba estático, frío, totalmente poseído por el terror. Las luces empezaron a fallar, las enfermeras seguían afuera del pabellón sin sospechar nada y ningún doctor se había aparecido por ahí. Me levanté tambaleándome hacia atrás y le grité:

“¿Qué te mostró esa cosa? ¿Qué viste?”

Él empezó a flotar levemente y todo se sumergió en una pasividad mortuoria y una inmovilidad absoluta; todo se desdibujó y se internó en una demoníaca densidad, entonces dijo, esta vez con voz grave y terrible, casi rozando con el delirio:

“Caer en el sublime sueño del Gran prohibido antinombre, regocijarse en su regazo, maldito por los siglos de los siglos.

¡Barathrum inmortal!, que disfrutó las pipas de la magia negra en Damasco, y olió los inefables aromas de los franquinciensos de Etiopía.

Ángel caído que develó los secretos caóticos de los eones y de los círculos del infierno, nadando hasta el fondo del Vesubio; que caminó por las ruinas de Sodoma, disfrutando de las blasfemias lascivas con los espíritus hechos sal, y desgarró los mantos sagrados que cubren el cielo con la daga de la hechicera del Caos.

Ser fugado del Abbadon, que recorrió por dentro los misteriosos cuernos del Gran prohibido anti-nombre, con alas ardientes como instrumento; que fue marcado con su llama negra sobre la montaña sagrada de Saba, y miró directo a sus ojos que son miles de soles rojos en combustión eterna…”

La voz de Porfirio volvió a la normalidad y continuó así: “…

Sin quererlo, probé sus hechizos y en sus lagos negros me bañé, escuché indebidamente su implacable sabiduría oscura, inconmensurable para la mente humana… ¡Te callarás para siempre impío ser!...”

El pecho de Porfirio explotó y la sangre alcanzó mis ojos, pero antes de que me cegara, logré ver a un gusano gigante con la boca abierta, mostrando unos colmillos cubiertos de una sustancia pegajosa; aquel horripilante insecto se fue saltando directamente hacia la ventana. De repente, una fuerza extraña me arrojó al piso y me mantuvo aferrado a éste. Escuché la explosión de los ventanales y el alboroto que se formó en todo el lugar, la gente corría y gritaba, yo también gritaba y esperaba que alguien me escuchara y me liberara de esa fuerza; pasaron tal vez cinco minutos antes de que pudiera levantarme y el caos disminuyera. Cuando abrí los ojos me pasmé por un instante, sentí frío y un vacío recorría mi estomago. Descubrí que no había sangre por ningún lado, todo estaba impecable; la camilla donde antes estaba Porfirio yacía desocupada y ordenada, sin rastros de que alguien se hubiese acostado en ella…

Esa noche llegué a casa de Dagoberto sin saber cómo, para contarle a él y su familia todo esto; mi alma se había fugado con pánico desde el instante en que la terrible voz poseyó a Porfirio, de modo que mi huída del albergue fue inconsciente. Nadie me creyó; se limitaron a decir que yo había ayudado a Porfirio a escaparse; argumentaban que mi nerviosismo era producto de la mentira, que estaba inventando todo de una forma macabra, al saber que ya estaban acostumbrados a escuchar sobre este tipo de experiencias alucinatorias, debido a la epilepsia de Dagoberto. Me sentí profundamente ofendido y decidí no insistir más sobre la veracidad de mi dicho, entonces concluí invitándolos a que fueran al hospital y preguntaran sobre lo que había pasado. Salí de esa casa para nunca más volver, sintiendo todavía algo de miedo y una pequeña decepción que empezaba a embargarme.

Pasados tres días del suceso, me llegó un telegrama de Dagoberto que decía lo siguiente:

“El hospital informó que alguno de los dos rompió el ventanal, formando caos en todo el primer piso, favoreciendo la fuga. Debe pagar los daños causados.”

En los días siguientes, cancelé la suma de dinero de la forma más discreta y no volví a saber nada de Dagoberto y su familia, tampoco volví a mencionar el asunto. Sin embargo, el silencio ha hecho crecer mi obsesión y la necesidad de contar todo de nuevo, mi alma necesita descanso y mi mente entendimiento, ya que hasta hoy intento comprender y darle una razón de ser a lo que pasó.

Tres noticias interesantes salieron en el transcurso de estos tres años:

En un diario de Madrid, España, en el cual la policía local narra cómo encontraron restos de un evento de hechicería, conformado por números cabalísticos, estrellas, triángulos y círculos, hechos con sangre y tripas de animales, dentro de un basurero en el distrito de Arganzuela, al sur de Madrid. Al parecer se hacían ritos dentro de este sitio, utilizando animales como cabras, cuervos, gallinazos y gatos para ofrecerlos en sacrificio.

En el New York Times, un filósofo de Harvard habla sobre el poder de la palabra y sus implicaciones metafísicas en los pueblos antiguos; comenta cómo éstas influyeron en la cultura de estos antiguos pueblos, y de cómo la cultura en general se soporta en el lenguaje. Se menciona el caso del alfabeto hebreo y griego.

En una gaceta de Pereira, se cuenta la historia de un empresario local residente en Arabia Saudita, conocido como Baquelita. Este personaje ha logrado hacer una fortuna en dos años y medio vendiendo aceites de un exótico gusano, del cual afirma, sólo puede ser recolectado a ciertas horas de la noche y en ciertas zonas del este de Yemen, país al sur de la península arábiga. Su exportación es muy complicada, por tal motivo su valor comercial es altísimo, siendo muy preciado el aceite que expelen estos animales. Dice que cura la migraña y la diabetes, entre otras veinte enfermedades, solamente si se hacen las ingestiones como en el frasco se indica. Algunos afirman haber sido curados hasta de cáncer tomando el brebaje del “Gusano de la Luna”, como es conocido este peculiar y tal vez mítico insecto. Entre las historias que se cuentan de Baquelita, se dice que fue un loco que deambulaba por las calles del eje cafetero, que tiene una cicatriz en forma de β en su pecho, que su nombre verdadero no es Satorio Guerra, pues fue un brujo el que le había sugerido dicho nombre para que atrajera la buena suerte. También algunos aseguran que hizo un pacto con el diablo.

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