Casa de Muñecos - Proyecto Final de los Talleristas

Casa de Muñecos
Violeta Leuro, Néstor Pedraza

—ÉL NO —grito cavernoso que le hace abrir los ojos, goteos, manchas verdosas en el techo, respiración agitada, manos invadidas por mangueras, intento de liberarse. La represión tiene la voz dulce de los ángeles, tranquilo, está en recuperación, y las manos del ángel se hacen líquido relajante que danza alegre entre su cuerpo. —¿Dónde estoy? —, la voz del ángel se va haciendo distante, en el Hospital de La Divina Providencia, estuvo dos semanas en coma; los ojos comienzan a pesar, —¿quién me trajo? —... Un aguacero tropical lo cubre de púrpura.



Después del grito, todas subimos y vimos a Ángel boca abajo en el pasto escarlata. La orden fue volver a los cuartos y no salir hasta el otro día. Me quedé pegada a la puerta del cuarto esperando el movimiento, las preguntas, opción de libertad. Escuché pasos difíciles y zapatos arrastrados, un chorro de agua golpeaba la hierba, susurros transmitían órdenes. No se habló del asunto, no hubo plañideras, nunca llegó la sirena. Así supe que jamás saldría de aquí.



—Uy, el Rolando tiene pelo —sol intenso, carcajadas, suéltenme hijueputas, devuélvanme mi pantaloneta malparidos—. Pásela, pásela —si nos vamos a empelotar, nos empelotamos todos, ¿o les da miedito?, y el coro se desbordó como si durante días se hubiera cocinado ese anhelo—: ¡Mucha ropa! ¡Mucha ropa! —o todos o ninguno—. De una ¿quién me ayuda con el nudito del bikini? ¿Nadie? Pues me lo quito yo sola —a Marco se le iluminó el camino hacia su objetivo, que ella también se lo quite. La niña que deshacía el nudo de su bikini rechazó la idea con un gesto de asco. —¿La Reina? No, esa se cree mucha cosa —a que la convenzo—. ¿Qué apostamos? —los otros se ocupaban en lanzarse agua mientras se desnudaban, un beso. —Pero abajo. A que no es capaz.

—Hey, venga a jugar con nosotros, la estamos pasando rico —Marco se agotaba en la inutilidad de ocultar su nerviosismo, yo no participo en las sesiones de fotos, tras los lentes oscuros se adivinan sus ojos cerrados. —¿Qué? —hace mucho calor. —Por eso, vamos al agua —, la respuesta lo hizo desistir al fin, no soy pato.

—¿Si vio?, qué le dije —no, pues esa vieja no me botó ni una mirada—. Claro huevón, por eso es la Reina del Hielo —me salió con un cuento todo raro—. Mejor ni se le acerque, que ella es la favorita y de pronto se mete en un problema —las más lindas siempre son las favoritas.

—No, pues, ¿le gustó mucho la cucha?

—¿Cuál cucha?

—Ella, tiene como veintitrés años.

—Que va, si se ve repelada.

—Bueno, pero agáchese ya que estoy esperando la paga de la apuesta.



Abre de nuevo los ojos. Le está amaneciendo un verde claro y un amarillo intenso sobre las sábanas, el bip de la máquina a su izquierda. Botellas conectadas a su cuerpo son atravesadas por la luz de la ventana. Botella tras botella el ámbar se iba acumulando sobre la mesa, haciendo transfusiones fermentadas directo a su cabeza, en la tienda de JR. “Todos podemos ser padres, aquí no vendemos cerveza a menores”, brindaba el aviso institucional con los adolescentes del barrio.

Marco acababa de devolver unas fotos manoseadas, arrugadas y descoloridas, que JR rotaba por lo bajo entre los muchachitos. Celebraba el trato que había hecho con el dueño de la tienda y de las fotos: por cinco fines de semana ayudaría a cuidar a unas peladas en la casona y recibiría un billete grueso. Se la gana suave, le dijo JR, y puede que también coma de sal, porque a usted como que no le ha tocado de eso.



Ella mandó a arreglar hoy a las nenas que han vivido un par de años aquí. Hizo que las lavaran y les pusieran la ropa con que llegaron (estuvo intacta en el clóset de la vieja, bajo llave, como signo de lo que eran y había que acallar). El niño de la manguera ya no se sorprende de los cuerpos desnudos, los ha visto docenas de veces al igual que sus amiguitos desde que aceptaron trabajar aquí para darnos algo de cariño y felicidad, y jugar con nosotras. Vienen durante un par de semanas y luego se van con el cuerpo engrandecido... el corazón lo dejan enterrado en el patio.



Llegó el domingo por la tarde a la casona y la vieja le presentó a las cuatro niñas. Le dijo que sólo tenía que acompañarlas para que no se aburrieran tanto y ayudarles en sus cosas, algo así como una dama de compañía. Eso era todo. Al tercer fin de semana le asignaron la tarea del baño: ellas llegaron al patio, se quitaron la ropa de dormir y se pusieron en hilera frente a él, mirando al piso. Le dieron una manguera, sólo tenía que golpearlas con el chorro y seguir las órdenes de alguien que hablaba desde el balcón: manos arriba, media vuelta, ahora a la del medio, en cuclillas, enjabónense todo, y usted (a la niña que había llegado la noche anterior) deje de llorar, que esto no es nada. Después le dijeron que podía irse, que el siguiente fin de semana trajera pantaloneta de baño porque iban a inflar una piscina para que jugara con ellas en el agua, y que si seguía así, hasta le concretaban una cita con la que más le gustara. Dentro de poco habría carne fresca.



Anoche uno de ellos hurgó con algo de afán mi cuerpo. Me durmieron más temprano que de costumbre. La vieja le dio su paga al muchacho. Nunca me muerden —les impresiona verse reflejados en mis heridas al otro día, cuando me limpian con asco su propia mugre— y cuando son incapaces de seguir jugando, los reemplazan.



Tarde calurosa, piscina inflable sobre la hierba, juegos y apuestas que los dejaron sin ropa, húmedos y cansados. La única que no participó, la Reina del Hielo, fue la que invadió sus sueños. El sexto fin de semana sólo quedaba ella, habían llegado tres niñas nuevas y de las otras nadie dio razón. Ese día le dijeron que no volviera más, que cuando lo necesitaran otra vez lo volvían a llamar. Mientras le daban los billetes, Marco mantenía su pensamiento enfocado en su Reina. Volvió, a pesar de la orden que le habían dado. No lo dejaron verla. Insistió y los de la casa lo sacaron a patadas. Con la boca rota, empezó a idear la forma de visitarla clandestino en las noches.



Click: Delgada y blanca, te pierdes en los enormes brazos peludos, mientras la verga tiesa sobresale entre tus piernas; a diferencia de tus teticas, tu culo ya está formado. Click: Muñeca inflable, ni te inmutas con la incursión que hacen dos hombres en tu cuerpo mientras te cachetean las nalgas. Click: Te amordazan y amarran, aprietan la soga hasta causar llagas, mordiscos que hacen sangrar, son seis, uno te rocía la cara, ¿no vas a beber? Click: Me miras con ojos vidriosos, sin alma, mientras la princesita de rosado se te come el coño, niña mala, mala... Click: Ríes, un muchacho tímido besa tu entrepierna, atrás las otras niñas se van desvistiendo en una piscina inflable. Click: Cinco niñas reciben desnudas un baño con manguera, ¿quién fuera el nene de la manguera? Click: Qué bella, qué mala eres, ah, no, no puedo... Click: Me encanta verte hecha estatua, ¿cadáver?, te levantan la blusa y ni siquiera pestañeas, no puedo más…



Había decidido saltar el muro de la casona, y a lo Romeo subió por el balcón: se encontró con que su parcero Rolando estaba encima de ella mientras tres tipos y una mujer añosa miraban. El flash de la cámara lo puso al descubierto y lo apresaron entre el portero y el camarógrafo. Después de reventarle la cara le impusieron un trato: en ocho días haría parte del grupo de trabajo élite y se ganaría el doble de lo que había recibido en el primer mes, pero tenía que comer callado o lo visitarían en su casa. Aceptó por puro instinto de supervivencia. Para que se fuera tranquilito a su casa, para que no se desviara por el camino, le regalaron una foto: a mamá le daría un infarto si viera esa escena de su niño lavando a una niñita desnuda que llora.



A Marco lo curan con líquidos colgantes. Mariana curaba su piel con el cuerpo roto de las botellas de perfume. Marco se mantiene inmóvil en una cama ajena, lejana y diferente a la de ella, de madera con cabecera adornada por flores de metal, donde él logró visitarla una sola vez sin ser atrapado. Una diminuta ventana enmohecida detrás de él le avisa el día y la noche. En el borde de su cuarto —un altillo con balcón— brillaban de noche las fragancias de pino, eclipse de luna y heliconia marchita. La mamá le llevó fruta esa mañana, los médicos no le permitieron dársela. La vieja le quitaba los chocolates y peluches que le regalaban los clientes, sólo le dejaba conservar los perfumes y las joyas.



Sentada frente al espejo, miro la colección de marcas en mi piel. La nueva es de las profundas, de esas sólo llevo la cuenta de cuatro. No quiero que el niño descubra la perversidad en mi piel. Lo encantador de los frascos de perfume es la fineza de su corte. Mi ritual de ablución; él no se merece este asco. Mi alma se está desvaneciendo. No tengo cuerpo, lo que quede será para el autor de mi única sonrisa. La sangre dibuja filas verticales que resbalan desde mi pecho, unas cuantas se detienen en el ombligo, lugar favorito de los besos de Marco, único acto mío, consciente, voluntario. Hicimos un pacto: sembramos mechones de cabello en una matera con semillas de novios y el tiempo de florecer será el tiempo de nuestra fuga. Sigo el camino escarlata hasta el vientre, la piel se abre, florece. Él besó mi frente, en sueños oí que me susurraba: “date el descanso etéreo.”



Marco terminó con afán la sopa de menudencias que le preparó mamá. Puso la carne helada en su cara amoratada. Apagó la luz. Miró el techo ennegrecido durante toda la noche. Una prostituta. De una prostituta se había enamorado. Le causaba asco, pero no ella. Algo estaba mal. Y si no estaba mal en ese cuerpo manoseado por hombres que no se interesaban en ella, que no apreciaban el valor de su corazón, estaba en ellos, en los que dejaban sobre su piel la baba de la perversión. O en los otros infames, que la despojaban de su dignidad al tallar la marca de sus miradas pútridas sobre sus formas. ¿O tal vez estaba en ella, en sus instintos, en su goce? “Es una puta, una sucia puta. Ella misma me lo ha dicho: nada le queda que pueda ofrecerme, nada que pudiera llegar a considerar mío.” Le resultaba imposible evadir el pensamiento de que ella era una perra que escondía los gemidos de su placer en la excusa de las drogas que le suministraban, o que quizás consumía por voluntad propia, para sentir más y mejor la podredumbre que insertaban en todos sus orificios. Entonces, volvía a verla con los ojos del amor, sentía que podía perdonarle cualquier cosa, lo que fuera. ¿Soportaría por amor el ultraje a que ella se sometía? ¿Cargaría en sus espaldas el dolor de imaginarla cada noche en manos de uno, dos, tres hijos de puta, tres malparidos de lo peor sacudiéndose sobre ella, tan sudorosos como criminales?

Con la mirada fija en el techo, se repite que sólo él puede salvarla. Sabe que arriesga su pellejo, que ella le destrozará el corazón y le robará el deseo de vivir si no logra que deje de destruirse. Por ahora, tiene una cita con ella; en breve se convertirá en uno de esos degenerados que la usan como a sanitario público. Arruga la foto, no tiene escapatoria.



Las que llegan aquí consiguen su libertad cuando se pervierten sus pieles y les ha empezado a ser indiferente la sangre que corre por sus cuerpos. Las arrojan en cualquier calle. Ahora están sentadas en la sala, en el sofá que linda con la puerta. Las cuatro en fila, visten minifalda. Yo llevo un vestido largo y debajo, vendas. Se abre la puerta y con la luz de la tarde huelo por un segundo la libertad. Adiós. Yo no tengo relevo.



Se abre el telón, el de los brazos peludos desviste a la maniquí. Te acomoda en la cama para terminar de sacarte la ropa. Inanimada, ni siquiera se erectan tus pezones con el roce burdo de sus manos. ¿Vives? Tus ojos inmóviles bajo los párpados cerrados parecen negarlo. El macho peludo ordena la entrada de dos ayudantes que te dan un baño con cepillo y detergente, tus extrañas cicatrices resaltan sobre el blanco de tu piel, me excitan. Salen los aseadores y el macho ordena la entrada del muchacho que nos deleitará. El niño lubrica tu piel en aceite. Abre tus piernas y nos exhibe tu vulva abierta por sus dedos. Vuelve a acomodarte. Ya estoy listo, soy el primero en dar la señal. Entran de nuevo los ayudantes, someten al sorprendido nene del aceite, me enardece verlo forcejear mientras descubren su flor anal, qué llanto más enternecedor, voy a consolarle...

—ÉL NO.



Marco vino por mí, es la última función. Sus lágrimas caen en mis labios, con una caricia me recuerda la promesa del balcón, ser la sonrisa de mis últimos instantes. Un pasto de fresas nos espera. Mi piel se ha repuesto de las heridas, ya no hay marcas ni recuerdos. “No estás sola, nunca más”, me dice en un grito que sólo entiendo yo; sólo él entiende mi lenguaje mudo. Solos los dos. Sol de madrugada que saluda mi mañana. Su mano abraza mi pecho, me pide que no me vaya. Respiro su aire. Aún estoy. Libertad del corazón.



Penetro la piel virgen, el nene grita. Bella flor blanca que adorna mi acto. Somos protagonistas de un cuadro sublime. La muñeca se despierta con el grito del sodomizado. Aún no me vengo, ¡¡MIERDAAA!!, ¿por qué se mueve, por qué grita? Él no, insiste la zorra justo cuando estoy alcanzando el nirvana. Mi verga se adelgaza, maldita sea. Los dos ayudantes la sujetan, le golpean el rostro para aquietarla, es una farsa, una estafa, NO PAGUÉ POR UN SHOWCITO DE CUARTA. Me salgo del culito adolescente. Me limpio la sangre y la mierda con las sábanas de la putica drogada que pide por el putico, los dos lloran, que novelón. Mis socios y yo nos vamos sin pagar; que cagadero, justo cuando...



—Lo encontramos tirado en un potrero cerca del caño —Marco está aún aturdido por el tranquilizante, ¿dónde está?—. Usted llegó en estado de coma, casi lo matan a golpes —¿dónde está?, mi Reina. —Cuando lo encontramos estaba sobre el cuerpo sin vida de una mujer joven, de cabello castaño y tez blanca. Lo siento. Tenía varias contusiones en la cabeza y el pecho —Marco sólo sabe repetir, ¿dónde está?— Usted deliraba, repetía "ya florecieron", ¿qué significa eso? —¿dónde está?— Nadie la reconoció —ella no. NO.
—Mañana vuelvo para hacerle unas preguntas.



Estoy por fin, para siempre, contigo. Tendidos sobre el pasto oímos el rumor del río en un bello amanecer. Estás recostado en mi vientre, besas mi piel, mis heridas. Sonrío, acaricias mi rostro, mis ojos, mis labios, me cantas una canción de cuna. En el patio vi anoche que florecieron los novios. Brille para mí tu luz.

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