Ramiro Buenavida - Proyecto Final de los Talleristas

Ramiro Buenavida
Carlos Andrés Vargas Pineda

Despertó. Ocurrió como de costumbre, a mediodía, cuando el resto de los habitantes de la ciudad había cumplido ya la mitad de su jornada laboral. Con la derecha se frotó la izquierda y con la izquierda restregó sus ojos, espantando un par de visitantes amarillentos e indeseados que habían llegado a la mitad de su sueño. Se puso de pie con dificultad, pues hacer descender su humanidad de la hamaca, ya roída por el paso ineludible de los años desde su infancia en Silvania, siempre había exigido de él cierto talento de equilibrista circense, que nunca poseyó. En la cocina lo esperaba el liberal con jugo de mora que su madre le dejaba para el desayuno antes de irse junto a su novio. Agarró sus viandas y se dispuso a sentarse frente al televisor para ver los goles de su equipo. En eso, alcanzó a ver de reojo a través de uno de los vidrios de su casa a un hombre y una mujer, que en el edificio de enfrente charlaban de una ventana a otra, de un cuarto al otro. Más llamativa fue la situación, cuando cada uno de los interventanales empezó a estirar los brazos como si intentaran entregarse algo. “¿Por qué no van a la sala y se dan lo que tienen que darse?”, pensó mientras mordisqueaba su liberal con placer feroz. Las manos lograron unirse por unos segundos mientras los propietarios de las mismas sonreían alegremente, al tiempo que se enviaban besos. Llamó también la atención a la curiosidad mórbida de Ramiro, ver en el ventanal contiguo a una mujer que movía armoniosa una plancha sobre un pantalón. “Marujita”, dedujo Ramiro a partir del cabello crespo y ensortijado que aquella mujer exhibía, “la que sólo habla de su hermanita recién llegada del extranjero”, remató devanándose los sesos para dar una explicación a la escena. Luego de un momento de profunda reflexión, se hizo la luz para Ramiro. Apuntó con la cámara fotográfica de su celular y capturó unas imágenes bastante significativas. Se vistió con lo primero que encontró, un buzo gris cuyas hilachas no podían seguir manteniendo su deseo de no separarse, y un pantalón cuyas arrugas a la altura del muslo sugerían un disgusto a ultranza entre la prenda y el agua y el jabón. Descendió por las escaleras del edificio, salió por la portería, cruzó la calle y se plantó en la entrada de enfrente, por la que tarde o temprano alguno de sus desleales vecinos tendría que salir.

—Sumercé, buenas tardes —saluda Ramiro luego de treinta minutos de espera—. Cuánto me alegra verlo tan sonriente. Parece que me le va muy bien, ¿no?

—Sí, claro —responde el vecino, extrañado de que Ramiro lo aborde, pues sus conversaciones nunca habían sobrepasado un saludo más visual que verbal.

—La hermana de Marujita está como bonita, ¿no cree sumercé?

—Sí, algo —se afana el vecino que poco antes coqueteaba con la aludida.

—Y sumercé como que no se aguantó las ganas, ¿no?

—¿Cómo? —cara de indignación, rojo subiendo por las mejillas.

—Fresco —le dice Ramiro, brindándole un par de alentadores golpecitos en la espalda—. Eso entre ambos nos colaboramos. Le recomiendo de todas formas que tenga más cuidado con lo que hace por la ventana —remata en tono irónico.

—¿Qué quiere? —pregunta ya preocupado el infiel.

—Yo soy un hombre sencillo, no pido nada comparado a lo que usted está recibiendo, sólo unos cuantos de esos papelitos donde tan bien plantao aparece don Isaacs.

El vecino revisó su billetera, le entregó dos billetes y prosiguió rápidamente su camino con la vergüenza de aquel que se sabe sorprendido con las manos en otras prohibidas. Orgulloso del éxito de su labor, Ramiro decidió permanecer frente al edificio esperando que el azar le regalara otro golpe de suerte. El vecino con el que había negociado en términos tan cordiales hacía unos minutos, regresó de su diligencia y al pasar frente a Ramiro lo hizo mirando fijo al piso mientras éste, con uno de esos gritos que perfeccionó en sus días de cotero en la plaza, le dio a entender que cuando se viera en la necesidad de más imágenes de don Isaacs estampadas sobre papel moneda, no dudaría en acudir en busca de su ayuda. Ya habían transcurrido diez minutos en los que Ramiro planeaba el destino de su recién adquirido botín, cuando la puerta del edificio se abrió de nuevo para dar paso a la mujer que había participado de la charla interventanal. Titubeó bastante antes de decidir acercarse, no sabía cómo abordarla. Respiró profundo y a sabiendas de lo que podía sacar de la situación, se arriesgó.

—Hola bonita, ¿cómo estás? —saludó sonriente. La mujer no se inmutó ante su presencia. “Así me gusta”. Ramiro se dispuso a expresar una idea que le había hecho gracia cuando la oyó en la telenovela. “Entre más bravo el toro, mejor la corrida”, y fue tras la mujer—. Oye, pero no seas tan arisca —le dijo con toda la dulzura que su tosca voz fue capaz de expresar—. Vea que una charladita conmigo le puede convenir —la mujer, ya un poco disgustada por la persecución del molesto acompañante, se detuvo.

—Dígame, qué quiere.

—Sólo un poquito de cariño, de ese que sumercé tan linda y amorosa le anda regalando al esposo de Marujita, su querida hermanita.

—¡Usted está loco, váyase!

—Viera sumercé las cosas tan interesantes que se ven cuando uno se asoma por la ventana —apuntó Ramiro ya en un tono más agresivo, de manera que logró intimidar a la mujer—, y no digamos ya de ver, sino de fotografiar. La tomó de la mano. Ella, comprendiendo la situación y temiendo represalias ante una negativa suya, lo dejó hacer. Ramiro la condujo hasta su apartamento y la sedujo con frases llenas de romanticismo como “nadie quiere que Marujita se entere, ¿cierto?”, y besaba su cuello; “quiéreme un poquito y verá cómo nadie sale perjudicado”, y acariciaba lo antes inalcanzable. Ocho minutos después, la mujer se vestía y salía despavorida de ese lugar donde se sentía sucia, repugnante. Ramiro se plantó en la ventana a través de la que presenció aquello que tantos placeres le había traído, vio a la mujer del cabello ensortijado, dio un suspiro y pensó en lo bonita que le parecía Marujita. De ese día en adelante, unas dos veces por semana, Ramiro estimulaba el azar para tropezarse con su vecino y pedirle su dosis de papel moneda, y otras dos veces por semana, diferentes días preferiblemente, pasaba momentos de gratificante placer con la hermana de Marujita. Pasados tres meses, ya harto de la silueta de la hermana infiel, deseoso de cambiar de fuente de placer y con suficiente dinero para financiar su estilo de vida por unos meses más, Ramiro tomó una decisión radical. Un día, aprovechando que la vecina engañada estaba sola en su apartamento, resolvió hacerle una visita informativa.

—Marujita, yo sólo quiero ayudarla a que se entere de la clase de marido que sumercé tiene —dijo el feliz informante mientras abrazaba a la vecina traicionada, cuyas lágrimas no cesaban de fluir—. Lo que esa piltrafa se merece es que le paguen con la misma moneda, ¿no cree? ¡Ay, sumercé tan bonita y con ese infeliz de marido!

—¿Sabe? Usted tiene razón, ese remedo de hombre no merece otra cosa, ¿pero no ve que no tengo a nadie? ¡No conozco a nadie!

—Sumercé, vea, para eso estoy yo que la respeto, la quiero, y estoy dispuesto a colaborarle en lo que sea con tal que ese infeliz pague por su pecado. Cuente con mi apoyo y mi cariño para todo lo que se le ofrezca.

En aquel instante Ramiro estaba tan cerca de sus labios que la mujer, al sentir esa mezcla de traición y deseo de venganza, no tuvo ningún problema en seguirle el juego y terminar en la cama con él. Ramiro, en la cúpula de su buena suerte, no daba crédito a la situación. No obstante, sabiendo lo que le vendría encima cuando los afectados por su indiscreción se enteraran, se refugió en su apartamento durante unos días. Sólo en las noches, cuando las calles parecían callejones de un cementerio, Ramiro salía a cumplir con el requisito que su madre le había impuesto para tenerlo viviendo bajo el mismo techo: conseguir la carne de la semana. Una de aquellas noches se dirigió a la esquina en la que se ubicaba la carnicería, y allí se detuvo durante algunos minutos a verificar que no hubiera nadie a la vista. Escaló con ayuda de una ventana por el muro de la casa contigua. Recorrió un corto trecho sobre las tejas de plástico y descendió a un patio repleto de matas. Sacó de su bolsillo una ganzúa y la introdujo en una chapa que al instante cedió para darle paso al local. Agarró dos bolsas de tamaño moderado y metió en ellas una buena dosis de chatas y chuletas. Logrado el objetivo recogió sus pasos, se aseguró de que todo quedara en orden, alcanzó con dificultad el techo de la casa de al lado y descendió de él hacia la calle. Minutos después entró a su casa sin mirarse al espejo de la entrada, acción que le desagradaba pues veía reflejada la apariencia descascarada que le dejaba como regalo el paso de los años. Se echó en su hamaca y se durmió de inmediato.

Durante los días siguientes, Ramiro permaneció en su casa viendo televisión, pero extrañaba sus otras salidas nocturnas y al no soportar más su aislamiento, decidió volver a su lugar favorito. Se puso su mejor vestimenta, camisa amarilla con un dragón de color negro dibujado en la espalda, un pantalón de dril azul con pliegues cuyo brillo denotaba las repetidas veces que había tenido que visitar la plancha, y unos zapatos grises con un moño en la parte alta, heredados de su padre. Salió cuando la noche estaba bastante avanzada, tomó un taxi que lo dejó frente a un lugar de entrada poco llamativa gracias a su reducido tamaño, tocó tres veces. Tras la puerta apareció un hombre de gran estatura que lo saludó con bastante vivacidad, como si fueran amigos de mucho tiempo, mientras la música a alto volumen se escapaba a través de la puerta por pocos segundos abierta. A medida que entraba, iba siendo saludado con efusividad por las personas que desde hacía unas horas disfrutaban de una noche de rumba. Mujeres ligeras de ropa y hombres de edad avanzada eran en su mayoría los asistentes al festín. A Ramiro le fue ofrecida una mesa frente al escenario donde algunas mujeres encontraban en un tubo un excelente compañero de baile, pero él prefirió sentarse en la parte de atrás para charlar un rato con el barman, con el que había trabado amistad. Hablaban amenamente cuando al barman le fue pedido uno de los tragos que se exhibía en el anaquel del fondo. Ramiro giró su cuerpo para disfrutar del show que desde hacía pocos minutos había empezado. No fue la mujer cuyo sostén había desaparecido lo que llamó su atención, sino un grupo de mujeres veteranas que desde una de las esquinas oscuras del lugar disfrutaban del espectáculo, entre las que había una que le pareció conocida. Decidió acercarse, la miró de soslayo y a pesar que habría jurado conocerla, no recordaba cómo, dónde, cuándo ni por qué. Desenfundó entonces su principal arma de extorsión, el celular con cámara incluida que una vez a alguien se le escapó de su bolsillo mientras se disponía a descender de un bus en el que Ramiro por suerte también estaba. Sacó con disimulo unas fotografías en las que aparecía la respetable dama introduciendo un papelito de valor en los costados de la ropa interior de una joven bailarina exótica. De repente, una de las jóvenes lo abordó, le susurró algo al oído y ambos se perdieron por los ondulados corredores cuya existencia difícilmente se descubría a primera vista. Del resto de la noche no se sabe nada, pero a juzgar por el rostro risueño que mantuvo Ramiro durante todo el día siguiente, parece que no estuvo nada mal.

Ramiro resolvió hacerle una visita al tendero para aprovisionarse de algunas cajas de cigarrillos, latas de cerveza y una que otra botellita de licor. Entró al establecimiento y cruzó un par de palabras con don Jaime, al que no le hizo ninguna gracia su presencia. Pasados unos minutos, mientras su nueva provisión era empacada en silencio, apareció una mujer que se dirigió apresurada al tendero. “Claro”, pensó, “esa era la pervertida que le metía el billete en el bikini a la niña del bar.” Salió del sitio con su mercancía, llegó a su casa, se acostó en su hamaca y empezó a pensar en la forma de dar su próximo golpe. Con la mujer del tendero en sus manos, solucionaría el asunto de la comida y el vicio. Salió de su casa y se plantó en la esquina de la cuadra de la tienda. Una hora, dos, tres y nada que aparecía la susodicha. Aburrido de esperar, decidió irse a casa y volver al día siguiente a probar suerte. En esos ires y venires estuvo el resto de la semana, pero la situación no cambió. Resolvió cambiar el horario de espera, esta vez lo haría en horas de la noche. Se abrazó eternidades al poste de la esquina, la esquiva mujer no se dejó ver. Un día, luego de haber estado en vano la noche anterior de guardia como ya era costumbre, Ramiro amaneció preocupado. No era por la escena que había visto, sino por lo que, a partir de ella, debería hacer. Cuando en la madrugada anterior retornaba a su casa, ya afligido por la aparente desaparición de su suerte, vio al carnicero del barrio subirse a un taxi, situación para nada extraña si no fuera porque se subió en la parte de adelante y lo más curioso, el vehículo giró por una calle cerrada. El carnicero vivía a pocas cuadras, por lo que Ramiro supuso que el uso del taxi era innecesario. Ágil pero prudente, asomó sus narices por el callejón para presenciar el momento que le robaría la tranquilidad que tanto disfrutaba. En la esquina más oscura del callejón, estaba el taxi estacionado con las luces apagadas. Carnicero y taxista habían descendido del vehículo, cada uno tenía una botella de cerveza en la mano. Desde donde estaba Ramiro no se veía muy bien, no obstante las siluetas lo evidenciaban todo. El más alto y fornido empezó a acariciar la mejilla barbuda del otro, que respondió desatando el broche del cinturón de este. Luego del consecuente descenso de lo que el cinturón ayuda a mantener en su puesto, las manos del hombre alto que sin duda era el carnicero, se apoyaron sobre el capó del automóvil de manera que sus posaderas quedaron ofrecidas al otro para que posara allí cuanto quisiera. Un montón de jadeos, de sofocos, de falsas amenazas de ahogo y quejidos de éxtasis sodomita fue lo que luego percibió Ramiro de la escena. “Yo sí decía que este carnicero se guardaba algo raro.”

De nuevo en su hamaca y ya de día, analiza más detenidamente la situación. “El carnicero tiene fama de ser muy alzado, si yo me pongo a contarle a todo el mundo que le fallan las bujías, seguro me hace algo. O aún peor, de pronto se va del barrio, cierra el negocio y me deja sin la provisión de carne. Pero por otro lado, eso de que semejante maricón se haga el muy macho debe ser pura pantalla pa' que los demás no se la monten. Por orgullo, el tipo no se va a ir del barrio, porque eso sería aceptar su mariconería. Aunque también es cierto que las locas tienen fama de peligrosas.” Dos días pasa Ramiro en su reflexión, midiendo los pros y contras, tratando de decidir qué hacer con el carnicero. “Me le voy a medir de una ver qué pasa”, decide al fin, cansado de escuchar a su conciencia que le suplica ser prudente. El cómo fue la duda que surgió después. Sacó unos periódicos y recortó algunas letras cuya unión configuró el siguiente mensaje: “Estuvo lindo lo del callejón con el taxista.” En la noche salió camino a la carnicería. Ingresó discreto, rebanó su provisión semanal, dejó el mensaje anónimo en el piso frente a la puerta y se devolvió por donde había venido. De inmediato se puso en la tarea de componer el siguiente mensaje que sonaba más o menos así: “Si no paga, todos se enteran.” Procedió, como la noche anterior, a entregar el mensaje que, esta vez, empujó bajo la persiana metálica que separaba la calle del interior del establecimiento. El siguiente anuncio misterioso, informaba a la victima de la cuantía que debería pagar a cambio del silencio. Recortó los números del periódico, cinco cifras que convertidas en dinero lo harían feliz. Abundante colbón fue lo que utilizó para unir los recortes al papel, sin embargo se le fue un poco la mano por lo que debió asear bien los alrededores de algunos trozos.

De nuevo a su objetivo. Miró a su alrededor. Nadie. Todo tan sencillo como siempre. Saca el papel del bolsillo, se hinca, la mano toma el impulso necesario para el envío pero, sorpresa inesperada, el papel no se separa de sus dedos. El motor de un vehículo se advierte en el ambiente. El impulso va de nuevo, el papel esta vez se separa del pulgar y del índice. El automóvil se detiene tras Ramiro. Las puertas se abren, nuestro protagonista da un giro, intenta salir a correr pero el barbudo, ese hombre que con cariño inmenso suele tratar a los hombres, lo atornilla de un brazo y lo lanza contra el suelo de manera que el escape se torna imposible. Lo ingresan a la carnicería mientras Ramiro pregona a los cuatro vientos su inocencia sin que nadie, excepto quienes conocen sus pecados, lo escuche. En el interior el carnicero, aun sin mediar palabra ante los lloriqueos del extorsionista, se dispone a buscar un lazo para atarlo. En un ataque repentino de furia, Ramiro hace uso de una fuerza descomunal, como de bestia posesa que se niega a aceptar la muerte, y logra liberarse del taxista que cae de espaldas, se tropieza de cabeza con el borde del mostrador de carnes y pierde el conocimiento. Ansioso por salir de allí, busca la puerta, trata de abrirla, está bajo llave. El carnicero, también fuera de control, toma uno de los cuchillos, desafortunadamente el más viejo, oxidado y sin filo, se acerca impetuoso a Ramiro, percibe la humanidad tumbada en el suelo de su adorado amante, lo que lo irrita al extremo, y en un ataque de ira le hunde, más ayudado por la fuerza que por la pulcritud del filo, el cuchillo al extorsionista en el vientre superior con tal potencia que lo lanza hacia atrás, atropellando su cabeza contra uno de los vidrios del lugar.

Cuando Ramiro recobró la conciencia, escuchó algunas voces a su alrededor que le eran desconocidas. Trató de abrir los ojos, la boca. Mover alguna parte de su cuerpo en ese momento hubiera servido de puente de comunicación entre la vida y la muerte, pero nada, no hubo contacto. Su conciencia seguía trabajando y sus oídos oyendo. “Aunque el impacto no afectó ningún órgano importante, el agente infeccioso, de gran poder, se propagó de manera tan contundente que no dio lugar a que los anticuerpos reaccionaran a tiempo. Tampoco está reaccionando al antibiótico. No hay nada que hacer”. “Ah, el cuchillo”, pensó Ramiro desfalleciendo, “el maldito cuchillo.”

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