Epílogo del Bosque Rojo
Magyory Forero, Jelymaibet Bustos, Alex Acevedo

1
—Y nunca más sentiremos miedo ni angustia, pues viviremos por fin en un mundo seguro —dijo Darwin dejando caer su mirada sobre el escaso auditorio que llenaba el Templo Binario—. ¡Que así sea por los siglos de los siglos!

Darwin descendió del púlpito a grandes zancadas, puso sus manos sobre la cabeza de algún descarriado y se abrió paso entre el bloque de cuerpos impúdicos que llenaban de hedor a ruina su sagrado templo. Se detuvo un momento en la pileta para purificar sus manos con un chorro tibio de agua de deuterio. Entonces notó esa punzada en la nuca que se le estaba volviendo recurrente. De un tiempo a la fecha sus articulaciones se venían endureciendo más y más, y en la mañana, al momento de levantarse, Darwin era presa de unas picadas espantosas que le recorrían el cuero cabelludo y bajaban por su nuca como un corrientazo letal. “Tengo que consultar con el oráculo”, se dijo, y con una sonrisa irónica volvió sus ojos hacia la cúpula del templo, donde los Feudocitos reinaban con su maraña de testigos luminosos verdes, violetas y rojos al modo de un firmamento pleno de estrellas.

Al girarse para seguir su camino hacia el refectorio, Darwin se encontró frente a frente con ella.

—Padre —lo saludó Vértigo haciendo una devota reverencia con su cabeza de dos rostros—. Padre, regáleme su bendición. Padre, bendición y bendición.

Darwin extendió su mano derecha para que la chica besara el dorso una vez con su cara sonriente, y, tras girar su cabeza ciento ochenta grados, otra vez con su cara contrita.

—Padre, ¿por qué se me atascan las palabras? ¿Por qué me domina el silencio, Padre? —le preguntó Vértigo hincándose de rodillas para dejar que Darwin le impusiera las manos sobre su cabeza a modo de bendición.

Darwin cerró los ojos un momento y se quedó serio, arqueando las cejas, como buscando concentración o consejo de los Feudocitos. La armoniosa figura de Vértigo lo confundía, lo hacía sentir más humano de lo que le gustaría reconocerse; provocaba en él deseos que creía extirpados de su memoria, deseos fósiles que lo despertaban a la madrugada envuelto en fiebre. Además, Vértigo lo intimidaba por sus dos rostros, pues le molestaba tratar con alguien que parecía dos, que seguramente pensaba duplicado o al cuadrado, que siempre parecía ocultar sus emociones.

De repente levantó los brazos, echó su rostro hacia atrás para mirar fijamente la cúpula del templo, y disimulando una mueca de dolor que le produjo una nueva picada en el cuello, le respondió:

—Del silencio sólo florece la sabiduría. Vamos —añadió luego tomándola de un brazo—, acompáñame al refectorio. ¿Has traído la ofrenda que me prometiste?

Vértigo mostró un paquete que colgaba de su espalda adentro de una bolsa de tela púrpura, y el escalofrío que sintió en ese momento sólo lo dejó traslucir en su cara oculta, mientras que el rostro que enfrentaba a Darwin dibujó una sonrisa mansa.

Entretanto, los Feudocitos produjeron un logaritmo completamente erróneo, y una furiosa tormenta de arena se levantó a consecuencia en los fondos abisales. Era la tercera vez en menos de un mes que procesaban datos incoherentes y creaban así trastornos en zonas alejadas de la Península. Y para rematar, el sistema operativo reaccionaba con una lentitud inusitada, corrigiendo el cálculo con cuatro o cinco días de retraso. El desatino, sin embargo, casi no se evidenciaba en los testigos luminosos del Templo; parecía como si todo siguiera su curso más normal, y al no generarse una orden de mantenimiento, tampoco Darwin quedaba al tanto de la situación.


2

El alba se aproximaba y el Bosque Rojo, pese a la rudeza del invierno, se empezaba a iluminar hasta su último rincón. Un frío como de agujas hería la piel y producía melancolía a mares; era un invierno impetuoso que arrastraba consigo el calor, la alegría, y hacía gemir a las tribus que habitaban la Península. Y en tanto los primeros destellos de sol nacían, Vértigo corría entre esos pinos y tilos deformes con una prisa extraña. Iba vestida con unos harapos que parecían insuficientes para protegerla del hielo, calzada apenas con unas sandalias que dejaban a la vista de todos la rotunda belleza de sus pies.

Vértigo tenía prisa para llegar al Albergue; quería contarle a Sin Moly los avances del plan, contarle por ejemplo que Darwin se empezaba a notar enfermo y ayer, luego de recibir la ofrenda que ella le llevaba, le pareció que el Pastor había hecho una mueca de dolor al inclinarse para recoger un cordón violeta que había caído a las baldosas del patio. De un saltó cubrió los últimos escalones de piedra, y sonriendo por el recuerdo, atravesó el arco que daba ingreso al Albergue.

Siempre que cruzaba por los extensos corredores del Albergue Maligno sentía náuseas. El olor que expelían los restos de los Mirriacos la espantaba; no podía acostumbrarse a tener que pasar por ese lugar donde los órganos de los Mirriacos continuaban con vida de manera independiente, ajenos a un cuerpo donde cobrara sentido su función como partes de un conjunto. Apuró más el paso, jadeando por la carrera, pero llena de una vitalidad que sólo sentía de madrugada.

—¿Conseguiste entregarle esa última pieza que te llevaste ayer? ¿La recibió? ¿Cómo lo notaste? —le preguntó Sin Moly tan pronto como Vértigo abrió la puerta del estudio. Al notar el cansancio que le había producido la carrera a ella, añadió súbitamente alarmado —¿Qué pasó? ¿Alguien te seguía?

—No, no, todo está bien, es sólo que… —contestó Vértigo, y tan pronto como pudo reincorporarse, reveló: —Débil, está ya muy débil, ¿sabes? Y me parece que entre más avanza su enfermedad, más se encariña conmigo. Darwin se está volviendo cada vez más vulnerable. ¡Me fascina! Me parece incluso que en una semana o dos va a estar tan manso como un corderito, y no sería difícil convencerlo de desconectar a los Feudocitos del Templo.

Sobre un mesón de madera rústica, Sin Moly alineaba cientos de figuras iguales en mármol blanco retráctil. Todas las miniaturas representaban la preciosa cabeza de Vértigo, con sus dos rostros en todas las expresiones posibles. Para Sin Moly, el único Mirriaco que había sobrevivido íntegro a la explosión, el arte era y sólo podía ser obsesión; esculpir era una mera obstinación en congelar el alma de alguien más o encerrar para siempre en una cárcel geométrica la esencia oculta de un objeto cualquiera. En el caso de su serie sobre Vértigo, Sin Moly quizás buscaba entender el candor, el misterio de esa piel blanca tan fina como la flor de un ciruelo, el enigma de sus dos rostros, sus dos vidas, su voz y los dedos de sus manos…

Sin Moly había pasado estos últimos años de su carrera como escultor dedicado a esta niña que en un arranque de sinceridad le había confesado que quería morir, que no soportaba más la vida perpetua en la Península, y aún más, le había implorado su ayuda. Luego Vértigo fue capaz de convencerlo de que sus ganas de morir coincidían con la venganza que él quería tomar por la desmembración de todos y cada uno de sus hermanos.

—Mírame a los ojos, mírame por favor aunque no sea más que un segundo —dijo Sin Moly tomando en sus manos las mejillas de Vértigo—. Quiero estar seguro de que todo va bien.

—La hora de la venganza con la que sueñas desde hace tanto tiempo está por llegar. Prepárate, Sin Moly, prepárate.

Vértigo intercambió las expresiones de sus rostros como siempre que Sin Moly quería descubrir con una mirada el fondo de sus preocupaciones. Con ese artilugio se defendía del poder que tenía Sin Moly, puesto que sabía que el Mirriaco, debajo de esa máscara de látex con que se presentaba siempre ante ella, no tenía rostro sino un espejo triangular que reflejaba las angustias y los pecados de su interlocutor, y ella no quería ver allí el reflejo atormentado de Darwin.

—Éramos artistas, simples e inofensivos artistas —dijo Sin Moly acercándose al mesón, rememorando una vez más la explosión, el exterminio que habían practicado los Feudocitos sobre los de su raza—. ¿Por qué nos consideraban herejes? ¿Acaso por sentir de un modo diferente? ¿Acaso por ser capaces de ver lo que otros no podían? ¿Es tan grave perseguir la belleza, Vértigo? Dime, ¿es tan grave querer retenerla? ¿O era sencillamente porque les molestaba que los pocos humanos que quedaban vieran reflejado su interior en nuestras caras?

Cuando Sin Moly se dejaba ganar por la nostalgia y la rabia de la tragedia que había caído sobre su pueblo, sus movimientos se confundían y se tornaban más bruscos, haciendo que su dorso femenino resultara todavía más paradójico de lo que era ya de por sí, ensamblado sobre esas extremidades inferiores cubiertas de vello negro y espeso.

—¿Y qué me dices de nosotros, Sin Moly? —intervino Vértigo—. ¿No somos acaso los Pelzarios los que más tenemos que sufrir con esa doctrina de la vida eterna, de la inmortalidad? Cada vez que pienso en mi vida incesante, la tristeza se apodera de mí. Vivir, vivir, vivir sin cesar, vivir a toda costa sólo por el capricho de un humano demente… Regeneración constante, repetición de tus sensaciones con idénticas características, anulación total de la novedad, juventud inagotable… ¿Tiene algún sentido? Dime, ¿te parece justo tener que soportar tanto tormento?

Vértigo duplicó el efecto de su pregunta dejando que en sus dos rostros alumbrara la pena y floreciera la humedad de unas lágrimas en sus cuatro ojos. Aprovechando la oportunidad de estrechar el contacto físico, Sin Moly se le acercó a rodearla con sus delgados brazos femeninos, a darle consuelo con unas caricias muy suaves sobre sus mejillas sonrosadas y tiernas. Y mientras le decía que todo iba a estar bien, que pronto todo iba a cambiar, la despojó de los harapos que la cubrían y la llevó al rincón de su taller donde pretendía terminar su obra maestra: una escultura mediana de Vértigo desnuda, más bella que nunca. En el interior del mármol, Sin Moly había puesto la ofrenda más grande para Darwin y los Feudocitos: una roca de estroncianita del tamaño de un huevo, con la cual esperaban dar el tiro de gracia al Templo Binario. Al entrar en contacto el estroncio con la radiación electromagnética que producían los Feudocitos, el dolor en las articulaciones de Darwin iba a ser violento y definitivo, completamente postrante; iba a reventar de dolor como en un vistoso festival de juegos pirotécnicos. A su turno, los Feudocitos se verían obligados a generar una carga retroviral tan grande, que en cuestión de minutos la noción del mundo eterno se desvanecería por completo.

—Debo encontrar cada detalle de vida que habite en tu cuerpo… Tu desnudez ha de ser tan definitiva para el Pastor como el estroncio mismo. Al contemplar esta representación tuya, Darwin va a sufrir la erección más calamitosa que quepa imaginar. Odiará en su angustia ser un hombre, reaccionar de manera tan lúbrica ante la belleza. Querrá lamerte, poseerte, reproducirse, reventar.

Mientras aplicaba el cincel sobre el mármol, Sin Moly se dejó llevar por su discurso y su imaginación, y sintió él también un deseo acaramelado por Vértigo. Cerró los ojos, dejó que su sangre hirviera por todo su organismo, y se vio a sí mismo bajo la piel de Darwin, copulando con furia a la bella Vértigo.


3

Darwin observaba el atardecer sentado en la cúpula del templo. El sol caía sobre el mundo, enorme, un disco rojo portentoso, y sólo un hombre parecía cargarlo. En efecto, Darwin no podía soportar más el dolor; su nuca estaba inmóvil, los calambres en sus lumbares eran cada vez más intensos, y sus muñecas, rodillas y codos temblaban constantemente. Nadie podía ayudarlo, puesto que nadie sabía con certeza en qué consistía su enfermedad. De hecho, las enfermedades y la muerte eran cosa del pasado, una leyenda de otro mundo donde predominaban los débiles seres humanos.

—Descansa, hijo mío, nadie vendrá hoy —le recomendó el dios Titanio, al tiempo que le tomaba la temperatura para monitorear el estado de la fiebre.

En ese momento, Darwin cayó al suelo. Respirar se hacía muy difícil, se le comprimían los pulmones como unos almohadones mojados, y en la tráquea se le formaba una especie de nudo ciego. Con todo, tenerla cerca a ella era un alivio; diría incluso que ella bajaba del cielo para rescatarlo de los brazos de la muerte. Vértigo extendió los brazos para estrecharlo con devoción, para susurrar en su oído unas frases enmelocotadas de amor. Recorrió cada porción de su rostro con caricias tibias, benéficas, caricias más efectivas que todas las medicinas juntas.

—Vértigo… Mi niña, mi dulce niña… Quédate a mi lado un poco más. Pasemos esta noche juntos…

Ella lo miró con ternura y lo silenció con un beso. Gracias a la saliva exquisita que provenía de Vértigo, Darwin empezó a recuperarse, sus brazos se hicieron fuertes, sus muñecas firmes, el dolor fue desapareciendo de manera milagrosa, rápida. Al concluir el beso, Darwin se sintió inundado de vitalidad, rejuvenecido, ligero, feliz, profundamente feliz.

Ahora, Darwin dejó que fuera el deseo quien tomara el timón del momento. La abrazó con fuerza, y ella respondió no con ternura sino con un jadeo inesperado, longo, lleno de terciopelo:

—Aeaeahhh

Puso sus piernas encima del Pastor y se sacó la túnica por la cabeza. Darwin llevó sus manos hacia el pecho de su dulce niña, quien reaccionó buscando el contacto directo con su cuerpo y lo despojó con premura de sus vestiduras. Hasta el más escondido trozo de piel fue explorado por la boca del otro, y los que antes eran dos, ahora eran uno. No había palabras, la piel hablaba a borbotones por sí misma el exuberante lenguaje de la delicia. Y justo cuando iban a alcanzar el clímax, Vértigo giró su cabeza para mostrarle al amante su cara oculta. Lo que Darwin vio, sin embargo, no fue el retrato de la beatitud extasiada, sino la imagen viva de la crueldad, y con un salto horrorizado se liberó de las piernas de Vértigo. No podía creer lo que había visto, lo que le sugería la visión. No podía creer que Vértigo…

—Padre, padre, por favor despierte —le dijo Vértigo sacudiéndolo—. ¿Está bien? ¿Le pasó algo?

Los ojos de Darwin se abrieron de par en par, y todo su rostro expresó el desconcierto de recuperar el sentido tras una pesadilla. Su frente estaba perlada de sudor, las venas del cuello se habían brotado y un suave temblor sacudía todo su cuerpo. Tras explicarle que lo había encontrado inconsciente sobre el suelo, Vértigo ayudó a levantar al Pastor, lo llevó al atrio y se sentó a su lado, tomando sus manos. Trató de darle ánimos con la noticia de que los dioses estaban analizando ya una muestra de su sangre y muy pronto tendrían listo el diagnóstico.

Darwin miró con suma atención el rostro de Vértigo, sus manos, su espalda, y encontró sólo dulcísimas facciones, belleza ideal, bien supremo, nada que se pudiera asociar con los horrores del delirio que la fiebre le había generado. Y sin embargo, no sabía por qué no podía deshacerse de ese sentimiento de desconfianza respecto de ella. El dios Teleglobe imprimió el reporte en una tirilla de papel, pero Darwin no tenía que leer nada; después de mucho tiempo, cuando la situación no tenía casi remedio, por fin comprendió lo que ocurría, el sentido exacto de lo que había visto en su delirio.

—Vamos, hija mía, subamos a la terraza de la cúpula. Quiero mostrarte algo.

Desde lo alto el Bosque Rojo se veía maravilloso. Ramas de pinos, tilos, cipreses y robles se trenzaban formando figuras perfectas, armonía que contradecía a los que simplemente encontraban allí mutaciones, malformaciones. Y más allá, en los complejos habitacionales, todo era exactitud bajo la celosa supervisión de los Feudocitos de quinta generación.

—¿Te gusta?

—Es precioso. Nunca había visto nada tan maravilloso.

—Es la belleza del mundo que los dioses han creado para nosotros. Es la prueba de su dominio sobre la maldad. Es la señal de la victoria sobre los Mirriacos y todos aquellos que han intentado traicionarnos.

Vértigo hizo un gesto de no entender a qué se refería Darwin con su alusión a los Mirriacos y la traición.

—Yo soy el guardián del mundo —dijo el Pastor en un tono glacial—. ¿O acaso olvidas que yo soy el último ser humano, el escogido para actualizar y proteger la evolución de los dioses? Los dioses deben alcanzar la octava generación, y yo…

Una nueva picada en la espalda interrumpió las palabras de Darwin, y sólo entonces Vértigo comprendió que ya no había nada que perder ni que ocultar. Ahora era libre de expresar sus verdaderos sentimientos:

—¡¿Evolución?! ¡Qué absurdo en un lugar donde nadie muere, donde nada cambia!

—¡Cállate, hereje, que estás en un templo!

—¡¿Evolución?! Cuando hace más de mil años que nadie muere en la Península…

—¡Pues yo estoy a punto de morir por tu culpa y tus regalos, maldita farsante! ¿Acaso te dejaste convencer de los Mirriacos? ¿Fueron ellos los que te usaron? Dime, ¿fueron ellos? ¡Habla!

Justo entonces Vértigo sintió estupor, y tomó conciencia de la gravedad de los acontecimientos. Pensó por un momento retar al Pastor, confrontarlo, preguntarle si le tenía miedo a la muerte, si ahora que estaba enfermo descreía de los dioses en los que siempre había confiado, pero en cambio dejó que la ternura la inundara y simplemente dijo:

—No quiero que muera, Padre, ni quiero tampoco que sus dioses colapsen, pero tenga piedad de mí, de esta insoportable juventud perpetua que…

Vértigo rompió en sollozos mientras Darwin, presa de una virulenta punzada en la nuca, perdía el sentido tras proferir un aullido que de seguro se habría escuchado hasta en el último rincón del Bosque Rojo.


4

Incapaz de levantarse, Darwin abrió los ojos y vio una columna de humo que salía de los Feudocitos. De todas las consolas se imprimían reportes simultáneos, caóticos. Los testigos luminosos del dios Titanio se habían fundido, en tanto que los de la diosa Sonora titilaban con la angustia propia del demente. Era el fin. Vértigo no se veía por ninguna parte; lo había abandonado sin ninguna misericordia. Haciendo acopio de todas sus fuerzas, el Pastor expulsó por su boca un líquido carmesí y viscoso que le obstruía la garganta y le impedía respirar; pensó que se vomitaba a sí mismo, que todas sus entrañas se habían licuado con su espíritu y ahora las excretaba convertidas en ese triste líquido rojo como el fango de los pantanos abisales.

No tardaron en reaparecer las alucinaciones, la cohorte de Mirriacos hediondos que bailaba a su alrededor celebrando su agonía, la carcajada sulfurosa de ese ser mitad hombre, mitad mujer, que dirigía la sardana de los Mirriacos. Batían palmas, lo escupían, gruñían como bestias borrachas de lujuria. El líder de los herejes se acercaba adonde yacía el moribundo, y despojándose de una máscara de látex, mostraba su rostro triangular, los ojos espejados en donde Darwin vio el reflejo de un manzano y una serpiente. Ya no tenía alientos para defenderse, para alejarlos, pobre víctima de la parálisis y el desahucio. Una vez más vomitó los últimos restos de su interior, de sus aspiraciones, y por fin sus latidos cesaron por completo.

Un silencio de cementerios se apoderó del Templo Binario. Los dioses habían emitido también su suspiro terminal en una tirilla de papel en la cual se repetía una y otra vez el diagnóstico: “Estroncianita, estroncianita, estroncianita”. En las afueras del Templo, en cambio, imperaba la algarabía. Pelzarios a medio vestir corrían hacia los refugios subterráneos, en tanto que de todos los recovecos del Bosque Rojo ardían hogueras rituales para tratar de apaciguar la furia de un viento que ululaba amenazante. Pronto comenzó a temblar. La tierra se pobló de rajaduras y abismos de donde brotó como impulsada por un géiser toda clase de objetos de la prehistoria: relojes que aún daban la hora exacta, loza de la República de Weimar, peinetas con pocos dientes, zapatos deslustrados, ropa interior ajada, medias rotas, prótesis de senos, glúteos y labios con exagerada silicona, cadenas de aminoácidos, grasa saturada e insaturada; multitud de fetiches humanoides.

Vértigo, entre tanto, corría y corría tratando de llegar al Albergue. Iba feliz, deletérea, rápida, sin notar que al interior de sus células un ejército de radicales libres iba dejando estropicio y desinformación, sin percibir que en sus rostros empezaban a aparecer los primeros síntomas de la vejez.

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