LA MURCIELAGOSIS
(Basado en un texto de Julio Arenas)

Ivonne Patricia Rodríguez, Abelardo Leal

A diferencia de Gregorio, desperté siendo murciélago. Lo supe por que al abrir los ojos, hace dos minutos, aún medio dormido luchaba por desenterrar mis dientes de tu cuello. Ahora todo está rojo de sangre y no me acuerdo de nada

Mis brazos convertidos en estructuras membranosas se enredan en tu pelo y en las cobijas, haciendo casi imposible separar mis dientes de lo que queda de tu cuello.

El tictac del reloj marca incesante los segundos que ultrajan y desgarran tu cuerpo. Lucho todavía por liberarme, por alejarte de lo que soy, aún sin entender que soy tu victimario, tu verdugo, y a la vez quien más te ama.

Cuando por fin logro levantar mi cabeza, un chorro de sangre tibia y roja sale con fuerza de tu cuello y aun así sabiendo que te estoy perdiendo mi lengua ávida busca tu apreciado cuello, pero venzo la tentación combatiendo mi instinto y caigo bruscamente al suelo.

Recibo un golpe seco, producido por la caída abrupta de mi nueva estructura muscular, que hace que recuerde el inicio de este infierno. Las imágenes llegan como chorros apretados a mi mente.

Gregorio me había invitado a una “fiesta exótica”. Llegué a su casa a la hora prevista, movido por la curiosidad de saber qué era eso a lo cual llamaba “fiesta exótica”… Todo era un carnaval de cuerpos desnudos. Cada uno sostenía una copa de vino rojo, de un rojo profundo ajeno a cualquier descripción de color y forma. Su suave mano tocó mi cuello y su lengua dibujó un beso sobre mis labios. Luego me ofreció una copa de ese vino rojo que bebí hasta embriagarme.

No sé cómo llegue a la calidez de un lecho cubierto por sábanas de satín, suaves, provocadoras. Gregorio estaba tan atractivo que no pude resistirme a sus erguidos pezones, a sus cabellos sueltos y derramados por sus hombros, a su boca húmeda, al olor de su cuerpo y la voluptuosidad de sus formas. Y me dejé embestir por su deseo. Y lo embestí también con mi deseo... Desde entonces arrastro esta horrible metamorfosis.
Desde entonces me alimento de sexo. De sangre extraída en el acto del sexo.

Pero sigo sin entender por qué tenías que ser tú parte de este infierno…

Oigo unos ruidos. Una sirena que hincha el aire con su aullido. Unos gritos que dicen “ es él, es él”, pero no veo a nadie. ¿Habrá secretos ojos espías tras la puerta o detrás de los ventanales donde clarea el alba? Debo pararme. Ya siento pisadas que vienen creciendo y parecen buscarme. Ya tocan a la puerta. Ya dicen que es la ley. Ya veo que están armados de garrotes rematados en puntillas para darme en la cabeza. Ya veo que tienen un cuchillo carnicero para “cercenarle el pene”, como dice nuestro vecino Armando, viejo “metiche” que ahora afirma ser experto en vampiros y por fin es cierta su charlatanería. Ya escucho que me dicen “hijueputa”. Esto va mal, amada. Me tocó volar sin ensayar, pero no te preocupes: No me pasará nada, ya verás. Estas cosas ni siquiera hay que aprenderlas; al contacto con el viento, sin usar siquiera mi voluntad, se extenderán mis alas, y podré flotar en el aire como una paloma pequeña y tranquila. Acá vienen, y yo me voy. Tal vez sientas frío si abro la ventana, pero debo hacerlo. Todo saldrá bien, ya verás. ¡Uff! Aquí estoy, parado y feliz en mi ventana, como un pájaro divino. Como un murciélago. ¡Dios, esto es alto! Allá voy; a ver...

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