UN BESO FRÍO
(Basado en un cuento de Evelio José Rosero)

Roxanna Vergara, Norma Moreno

Roberto Grillo, Treinta años. Nariz: recta. Señales: ninguna. Se detuvo en una esquina de la calle 19, y buscó los cigarrillos. Encontró el paquete vacio. Estrujó el paquete y, sin saber por qué, volvió a guardarlo en su gabán. Antes de entrar al restaurante miró a través de los cristales. Ahí estaban ellos. Le hicieron una seña, con más desesperanza que alegría. Se sentó con ellos.

Notó en esta ocasión que los ánimos estaban por el piso, debido a lo sucedido la noche anterior en aquel bar fúnebre en el que intentaban sacar acordes inusuales para motivar al público...lo cual no lograron. Como músico sabía que el grupo no funcionaba, los conflictos entre el Grillo y el flaco el guitarrista, se hacían cada vez mas frecuentes debido a sus celos por Jazmín.

La relación había terminado por la prepotencia de Grillo, sus constantes reproches por la inexperiencia de Jazmín y su compromiso por su trabajo provocaban en él una furia, ya que hería su ego el que él no fuera el centro de atracción —su único motivo de existencia.

Grillo recordaba constantemente, las últimas palabras de jazmín cuando terminaron: “No creas, que me duele dejarte, he encontrado a alguien que no es como tu, simplemente ya no soy feliz, y tu solo eres la sombra de un músico”. Fernando “el flaco” la ayudo a salir de esa encrucijada y él no podía perdonarle su traición, Grillo pensaba únicamente que él era el culpable del rompimiento con aquella joven a la cual no reconocía querer.

Lo sucedido esa noche fue algo común; tragos, celos y una pelea fuerte que provoco que el dueño de la Kripta los sacara y tuvieran que dejar sus instrumentos a cambio del pago de los daños. Sin paga y con el orgullo ultrajado, se encontraron al día siguiente en el restaurante de sus padres para hallar una solución a la situación.

Sin más palabras todos lo señalaban, Grillo debía ir a reclamar los instrumentos a aquel lugar… ya que lo acontecido en el bar había sido su culpa, todo por tener ese carácter incontrolable que siempre lo caracterizó. La falta de dinero lo hizo volver una vez más a casa de sus padres. Pensó una y otra vez en lo mal que se sentía al tener que romper la promesa que se había echo hace unos meses antes de no volver a tomar ni un solo peso más de los ahorros de sus viejos.

Desde que salió del colegio cuando decidió ser músico había soñado con grabar discos y hacer música junto a su combo de amigos de siempre. Pensó que tocando en bares, algún día algún representante de una casa disquera los vería y les propondría grabar un disco que serían número uno en las grandes emisoras del país. Soñó con la fama, con viajar y hacerse rico y que algún día sus padres se sentirían tan orgullosos que también amarían su música.

Pero nada de eso ocurrió, muy al contrario siguió tocando de bar en bar muchos años más, bares pequeños al que solo lo irían a ver alguna fan loca con quién pode acostarse. Muy al contrario de lo que creía, sus días se pasaron en un estado de embriaguez y levitación, sintiendo como su motivación disminuía con cada día.

Pensaba en eso mientras entraba a su casa. No podía creer que tendría que robar otra vez, no podría perdonárselo sobre todo después de ver a su madre sentada frente al televisor, recordándole con su mirada que aún lo amaba.

—Hola hijo, ¿quieres que te prepare algo de comer? le preguntó su madre al verlo entrar.

A lo que él respondió que no, que solo subiría a su cuarto a recoger unas cosas cosas que tenía 10 años de estar llevándose. Su madre no era tonta, sabía que su hijo les robaba, lo sabía desde la primera vez, sobre todo porque siempre dejaba los billetes desordenados y la caja entreabierta, la hacía con un gesto de búsqueda de aprobación.

Mientras subía las escaleras hacia el cuarto, pensaba que jamás le había dado nada a su madre y que en silencio ella le permitió todo, le permitió desde sus caprichos de joven hasta su fracaso en la vida. Se sentía convertido en un insecto evolucionado de Kafka, que al contrario de aquel se movía por la casa a su antojo.

Mientras entraba al cuarto entendió que no había nada que hacer, la vida que había elegido, mal le había pagado, entendió que ya no podría reinventarse, que estaba solo, rodeado de amigos más patéticos que él, sin el amor de una mujer y sin servirle a nadie. Entonces tomó rápidamente una decisión como esas cosas que se hacen sin pensar, cambió de cajón y tomó el revolver de su padre. Lo guardó silenciosamente en el gabán.

Bajó las escaleras y pensó nuevamente en su madre, y sintió una profunda lástima hacia ella, caminó hacia el televisor y sin decir nada se despidió de su mamá con un beso, un beso frio que la estremeció de pies a cabeza, un frio que la dejo atónica y unos minutos después reacciono y salió en busca de su hijo con un sentimiento que le oprimía el pecho.

Al bajar de su casa, Grillo tarareaba una canción cuando llego a la esquina de una tienda, estaba buscando en su bolsillo los cigarrillos, no recordaba que ya no tenía cuando saco el revolver, al observar a los clientes de aquel lugar, como lo miraban, con miedo en los ojos. Sintió rabia, furia que lo encegueció, y por instinto empezó a gritar para defenderse de esos ataques, explico que era una equivocación, que solo quería unos cigarrillos, nadie le escucho. Cuando se disparó el arma, matando a un desconocido, salió corriendo guardando el arma en su Gabán, pensaba que esto era una pesadilla, que no le podía estar pasando esto, por su mente solo pasaban imágenes de lo que debía haber pasado, solo ir al bar a pagar y devolver lo que no era suyo. Pero no era así, ahora corría, sin rumbo.

Después de un rato, cansado de la estúpida mentira de vida que llevaba se detuvo. Y observó todo a su alrededor, no vio nada, solo le cruzaba por su mente el fracaso que era, perdió a jazmín, no tenía grupo y ningún aliciente para seguir… y ahora con lo hecho no había futuro, vio a su madre, con dos policías, y mirándola a los ojos, y sin decirle nada ella leyó en su mirada lo que iba ha hacer, ella le suplicó y a él no le importó. Así fue que cuando los dos policías quisieron reaccionar. Roberto Grillo sacó el revolver y se descerrajó un tiro en la cabeza.

Esta noche me dio un beso —decía su madre, y se lo repetía a todos.

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