EL PECHO DESNUDO
(Basado en un texto original de Italo Calvino)

Diego Ortiz, Jessica Andrea Suárez, Norma Pasto

El señor palomar camina por una playa solitaria. Encuentra unos pocos bañistas. Una joven tendida en la arena toma el sol con el pecho descubierto. Palomar, hombre discreto, vuelve la mirada hacia el horizonte marino.

Las formas sinosoidales de la superficie del mar le recordaron la escena recién vista. La arena caliente bajo sus pies, mezclada con la salinidad del mar, le evocaron aquel día en que estuvo a solas con su primer amor, y en un instante de fervorosa pasión, su mano excedió los límites de la tercera cita. Un pudor infantil y una vergüenza por su torpe acto es lo que vivió entonces, es lo que siente ahora. El señor Palomar, determinado a exterminar los tabúes de la faz de la tierra, decide pasar una vez más al lado de la joven, dedicándole una mirada contemplativa, así como observa las suaves formas de las nubes. Pero al instante perdieron su encanto y el señor Palomar, hombre sensible, abrigó en su pecho una profunda sensación de vacío. Arrepentido por haberle dedicado una mirada cosificante, observa nuevamente el horizonte marino con pesada melancolía. Bastó la fuerza de la brisa marina para animarlo, esta vez, a entregarle a la joven del pecho descubierto e incólume una sensación pletórica. La joven mira de soslayo y el señor Palomar, hombre decente, le dedica a la joven una mirada algo brumosa. Una vez más, pobre de él, se encontró perpetuando la estúpida idea del pecado de la desnudez femenina. Pasó de largo, alejándose bastante de la tentación, presionado por el peso de la carga religiosa que anida en su mirada. Sus ojos postrados sobre la arena le advierten que lo que debe hacer es entregar la más sincera de sus miradas, esa que está desposeída de conciencia y atiborrada de armonía. Esa mirada propia, única, irrepetible. Dedicarle la mirada de un señor Palomar alejado de la banalidad de un mundo pesado de materia.

Pero apenas vuelve a acercarse, ella se incorpora de golpe, se cubre, resopla, se aleja encogiéndose de hombros con fastidio como si huyese de la insistencia molesta de un sátiro. El peso muerto de una tradición de prejuicios impide apreciar en su justo mérito las intenciones más esclarecidas, concluye amargamente Palomar.

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