Minicuento de Amor - Proyecto Final de los Talleristas

Minicuento de Amor
John Alexander Vera Chacón
(basado en el texto original de Carlos Andrés Vargas y John Alexander Vera)

Preámbulo

Armando comprendió que se había convertido en asesino cuando se encontró desnudo, tumbado en el suelo de su cocina, manchado de sangre, y ante la aterradora visión de un par de cuerpos semi-calcinados, que apestaban el ambiente con un hedor irrespirable.

Minutos antes, comenzó a despertar de un letargo pertinaz. Lo primero que sintió fue el frío de la muerte deslizándole los huesudos dedos por la extensión de su piel, la sensación de ahogo, de vacío, un dolor de cabeza insoportable, las náuseas, resultado de los excesos que se habían producido la noche anterior en su apartamento. Luego tomó conciencia de su desnudez.

Con esfuerzo, prestando atención al ruido de la calle, lanzó una hipótesis acerca de la forma como probablemente había empezado la noche. Ráfagas de recuerdos comenzaron a asentarse. Escuchaba sirenas de modo cada vez más nítido, como si se acercaran hacia el lugar. Su piel continuaba reaccionando; sintió la humedad que lo rodeaba, extraña, espesa. Trató de respirar profundo, pero de inmediato sintió el ahogo, la ausencia del oxigeno. Intentó reanimarse respirando con más calma.

Persistía en todo caso la sensación de extrañamiento, como si su cuerpo no quisiera obedecer las órdenes que partían de su cerebro, como si su espíritu lo hubiera abandonado y después de haber recorrido un largo camino tratara con mucho esfuerzo de regresar a él, a su cuerpo, helado, desnudo, ajeno. Tomó un poco más de aire, lento, dándose a sí mismo el tiempo perdido. No supo si fue el suspiro que lo provocó o un estado de conciencia más alerta, pero logró recordar una imagen certera de la noche en que la conoció. Se vio sentado tomando un tequila con sal en la barra del Punta Sur. El barman simulaba limpiar unas copas para matar el momento de calma. Ella entró al local como si se tratara de una cebra demente que llega a abrevar al río infestado de caimanes. Inhaló… suspiró, el corazón aumentó su ritmo. “Me da un Margarita, por favor”, ordenó la mujer al barman. El hombre mezcló las bebidas sin quitarle los ojos del escote. Armando también había caído bajo el hechizo de la recién llegada, que había terminado por sentarse a su lado. “Los hombres…”, murmuró la mujer al viento, deseando que su frase sonara más a pregunta que a afirmación.

Sus párpados se fueron levantando como cortinas de hierro oxidadas, dando paso a una imagen borrosa, sin sentido. Sintió pánico, una sensación macabra de abandono, de soledad penetrante, y al tiempo que su visión se hacía más clara, se convenció de la extraña humedad que impregnaba las sábanas. De manera instintiva, cerró nuevamente los ojos. Los recuerdos se arremolinaban en su mente sin sentido, sin norte, arbitrarios, salvajes, imposibles de manipular. Sobre el Punta Sur se superponían unos árboles, una especie de bosque en penumbra, formando un paisaje tranquilo y alegre. Ella reía en variadas y coloridas frecuencias, aprisionando con sus manos el estómago, encorvada por el dolor que finalmente le generaba esa alegría incontrolada. A su lado estaba Manuel, retorciéndose en el suelo también, muerto de la risa. Todos estaban exultantes, gozando de las mieles de las carcajadas. De repente la imagen se astilló por cuenta de una picada que le atravesó la sien y lo hizo casi saltar.


Se llevó las manos a la cabeza, cerrando los ojos como si con ello pudiera apaciguar el tormento. Y fue en ese momento de cefalea aguda cuando el terror lo invadió. Su estómago se retorció de manera brutal y el vómito casi llegó hasta su boca. Abrió sus ojos todo lo que pudo, en un vano intento de deshacer el engaño que un genio maligno le acomodaba en su mente. Palideció al ver sus manos manchadas de sangre. Despacio las recorrió absorto buscando la respuesta a la pregunta, una razón, un porqué. Miró a su alrededor, el espanto aumentó, las sábanas blancas estaban empapadas de sangre espesa, fría, muerta. Trató de respirar, pero el aire se negaba a entrar, el ahogo era insoportable, un nudo en la garganta se le formó sin misericordia, firme en el deseo de negarle la menor brizna de alivio.

Sólo entonces consiguió vomitar el veneno que lo ahogaba, y por un momento revivió. Un chorro amarillo y aceitoso le salía de la boca, agriando su garganta, ardiendo infernal, como si estuviera expulsando lava, el alma candente de un pecador que suplica salvación. Tornándose negra la bilis, se sintió desfallecer. Tosió, apretó el estómago y volvió a gritar de dolor. Algo se desgarraba en su intimidad. Nunca había tenido un despertar tan dantesco.



Poco a poco se levantó de la cama, apoyándose en la pared para no caer. Todo le daba vueltas. Su cuarto estaba patas arriba, con todas sus pertenencias diseminadas sobre el piso, rotas muchas de ellas. Parecía el saldo de un huracán o una pelea… Y las sábanas llenas de sangre… Pero no encontraba en su memoria ningún dato coherente, y le quedaba la sensación de que el genio maligno había puesto en su cabeza los recuerdos de cien personas distintas, un rompecabezas imposible de armar. Entonces empezó a configurar una hipótesis: ¿acaso un robo? ¿Acaso, mientras dormía completamente inconsciente, se había entrado una bandola?

Jazmín, Manuel, Manuel…y como si se tratara de una película que se proyecta en cámara rápida, dando giros de trescientos sesenta grados, se vio en medio de la sala, tomando junto a Jazmín y Manuel, escuchando música, hablando, riendo, jugando cartas a la luz de las velas. Tocan a la puerta, Manuel se levanta del asiento, se acerca a la puerta, entreabre, los mira y… Todo se torna oscuro, confuso. No entiende, trata de recordar algo más pero no puede.

Se tomó la cabeza con las manos, abrió los ojos y vio una daga tirada en el suelo, manchada de sangre. Era la daga que le había regalado su abuelo para cuando cumplió los doce. Junto al puñal, una mancha carmesí se extendía por la alfombra en dirección de la sala. ¿Un cuerpo arrastrado en otra dirección?

Caminó lentamente en la misma ruta dibujada por la sangre, queriendo avanzar a toda carrera para salir de la incertidumbre y poder armar una escena completa, pero el dolor en el pecho y el miedo le impedían correr. Encontró allí, bajo la puerta de la habitación, la ropa de Jazmín, su falda rasgada, la blusa rota, la fina lencería que habían comprado para ella con Manuel… Sintió que sus fuerzas lo abandonaban.

Necesitó de toda su vitalidad para continuar hasta la sala, que encontró también hecha un desastre; las copas rotas, los cojines desperdigados, el suelo lleno de cera de las velas esparcidas y pisoteadas, y dos sillas en el centro con sogas a su alrededor. Encontró más sangre debajo de ellas, un treinta y ocho corto en la mesita de centro y el álbum de fotografías abierto, una fotografía rasgada a la mitad, imagen de ellos tres desnudos, Jazmín los abraza, Manuel la sostiene; la otra parte que ha sido rasgada yace en el suelo, es él, sonríe.

La foto es del día en que se cuadraron los tres, sentados en el mismo lugar que ahora se ahoga en incomprensión. Jazmín los miraba con ternura, no podía decidir, Manuel callaba y él pedía la resolución: “No nos puedes amar al mismo tiempo”. Jazmín levantaba su mirada limpia, prístina, para responder: “Claro que puedo. ¡Lo hago! ¡Lo estoy haciendo ahora con todas mis fuerzas!” Manuel la miraba incrédulo, mientras él trataba de adivinar una broma, un acertijo. Y finalmente la aceptación de ellos fue un silencio duro, una mueca de asombro que aspiraba a sonrisa. Jazmín los tomaba de la mano, estaba hecho, los dos eran suyos y sellaba el pacto besándolos al mismo tiempo.

Lo recordó y por un instante, su cuerpo se trasfiguró: se desnudaron, se besaron, se acariciaron palmo a palmo, hicieron el amor como tres facinerosos en una pradera sacudida por una estampida de búfalos. No sintió más dolor, se revivió en medio de ellos, sintió el profundo amor que les profesaba. Desde ese día se devoraban en su apartamento, en el baño de un bar o simplemente donde los pillara el deseo. Los días volaban.

El instante cayó tan rápido como llegó. Sintió nuevamente ganas de trasbocar, pero se resistió a hacerlo. El teléfono sonó una, dos, tres veces… El sonido de las sirenas era más cercano, estarían frente a la portería del edificio. El citófono sonó con la insistencia de un asaltante que tiene los segundos contados para sacar el botín del banco. Se acercó a la cocina para contestar, abrió la puerta y cayó.

Totalmente paralizado, tumbado en el suelo de su cocina no lograba comprender lo que sus ojos veían. Aquello que le mostraban era mucho más fuerte que la peste que le entraba en cada inhalación. Su cuerpo comenzó incontrolable a temblar. Dos cuerpos calcinados a medias, aún humeantes, se encontraban en medio de una formación rectangular de ladrillos. Al lado derecho, el fetiche del dios de los mashcopiro, tribu indígena del Perú, les miraba con desdén. A su izquierda, entrelazados, dos aros entretejidos con ramas de Juanjú.

La expresión de los rostros a medio asar era angustiante, la boca totalmente abierta dejaba aun escapar un aullido silencioso y suplicante. Los miró por un instante y entonces supo de quienes se trataba: la cadena de plata ahumada colgando de sus cuellos desechos no le dejaba duda. Lanzó su mano sobre el pecho desnudo buscando la parte que le correspondía, y apretó con fuerza la fracción de un sol colgando de una cadena de plata. La idea había sido de Manuel, un día llegó con un sol Maya en tres partes iguales, cada una sostenida de una cadena de plata, y sin decir palabra, acomodó en el cuello de Jazmín y Armando su respectivo presente; por último lo hizo él.

No entendía por qué las personas que más amaba, yacían en medio de su cocina consumidas por el fuego. Recogió sus piernas poniendo sus rodillas muy cerca de su rostro, las abrazó y lo recordó todo. O al menos, esa impresión le quedó.


Manuel entreabrió la puerta y los miró. “Llegaron las pizzas”, dijo con algo de emoción. Sacó unos billetes del bolsillo y pasó tres de ellos, despidió al mensajero y cerró la puerta. Jazmín danzaba sola en medio de la sala, parecía poseída por un espíritu, cerraba sus ojos y se dejaba llevar por el ritmo de la música. Manuel colocó la caja en la mesa y se acercó a ella para unirse a la danza. Él los miraba aspirando un cigarrillo. Sintió la mano de Jazmín atrayéndolo hacia ella, exhortándolo a la unión de la entelequia vivida. Estuvieron así por un tiempo hasta que Manuel sacó de su maleta una pequeña bolsa transparente que dejaba ver una hierba seca y triturada, se apartó de ellos y sobre la mesa preparó con la sustancia un cigarrito que selló con sus labios.

Manuel aspiró manteniendo lo inhalado por un instante, besó a Jazmín en sus labios y soltó el humo dentro de ella, como si se tratara de una nueva forma de poseerla. Ella lo recibió placida y complaciente, lo llevó a sus pulmones y lo sacó con un poco de tos. Armando se encontraba detrás de ella, conducía sus manos por la espalda, recorriendo cada espacio, la apretó con fuerza, conduciéndola hacia él.

Manuel enloquecido le besó furioso los labios, dejando a Armando a un lado. Él se retiró, tomó la copa de vino y comenzó a bañarlos con el líquido púrpura de arriba hacia abajo. Las ropas se manchaban y Jazmín acezaba. Manuel la soltó y se la entregó a Armando como si se tratara de una ofrenda que él devoró a su modo. Manuel se quitó la ropa, acercó una silla y tomó los cordeles de la cortina. “Amárrenme”, ordenó; Jazmín obedeció. Al terminar de hacerlo acercó a su amante suelto y comenzó a arrancarle las ropas, lo lanzó al sofá, luego azotó contra la mesa la copa de vino, le entregó a Armando la parte que quedaba y algo le dijo, una instrucción, una orden, el caos volvía a apoderarse de su memoria.

Golpeaban la puerta como si quisieran derribarla, se escuchaban algunas voces, no pudo entender lo que decían. Cerró sus ojos para recuperar los recuerdos, resbaladizos como peces en sus manos. Manuel se reía y gozaba al ver como Armando empuñaba la copa rota y se acercaba a él con firmeza. Jazmín se acercó por detrás y... Armando giró su cuerpo para morderle el cuello. Manuel no paraba de reír, sus carcajadas perturbaban el ambiente en que se poseían los tres…

Las imágenes que le vinieron se entremezclaban manteniendo la misma energía de los actos, tomó a Jazmín de los brazos y la amarró en una silla junto a Manuel. Armando se sentó en el sofá, tomó el álbum de fotos y sacó una en la que estaban los tres desnudos y abrazados. “Este amor me está consumiendo”, dijo mirando la foto.

El sonido que emitió la puerta al caer por la fuerza ejercida lo despabiló; unos uniformados entraron al apartamento. Armando continuó perdido en el delirio de sus recuerdos, o el poderío alucinatorio de la invocación a los mashcopiro, y así, mudo, escuchó de nuevo el grito de Jazmín que sobre su cuerpo se estremecía y temblaba sin resistencia. La corriente que emergía del interior de su amada le hizo perder el control, y gritó junto con ella, sintiendo un orgasmo compartido al que también se unió Manuel. El líquido que salió de los dos amantes inundó por completo a Jazmín, y… Acababa de acomodar en el costado de Manuel la hoja fría y aguda de la daga, la misma que un segundo después atravesaría a Jazmín en un acto de compasión consigo mismo.


Historia

“Antropólogo drogadicto y demente descuartiza, cocina y devora a sus amantes”, el titular era lapidario, y en las páginas interiores, en un recuadro diminuto, se leía otra noticia acerca de la desaparición de una pareja de stripers. Manuel y Jazmín celebraron el crimen perfecto con una discreta taza de café. Ahora tendrían que encargarse de lo más fácil: la plata del amante caído en desgracia y el seguro de vida de sus víctimas.

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