La Caridad - Proyecto Final de los Talleristas

La Caridad
Julieta Loaiza

Anoche la quebrada de Pericos se derramó y se llevó todo. Hasta las ganas de vivir. O por lo menos eso es lo que dice mi papá, porque está cansado de trabajar para que el día menos pensado, así, sin más ni más, le quiten todo lo que ha cosechado con tanto esfuerzo y sacrificio; es que por aquí no es la quebrada la única que hace estragos, cuando no es ella, son los muchachos los que pasan arrasando con lo poquito que tenemos; vivimos sin tiempo suficiente para reponernos, a duras penas nos levantamos de una calamidad, cuando la otra aligera los pasos para caernos encima y no se sabe cuál es más devastadora. Lo que yo siempre digo es que la quebrada reclama lo suyo. Hace unos años, cuatro o cinco no recuerdo bien, se enfureció, pero fue para hacer una advertencia y nadie le hizo caso, todos siguieron quitándole el ropaje de las orillas por hacerse a un metro más de tierra para las sementeras y se le fueron arrimando, arrimando hasta que la empelotaron, como cuando yo quiero estar con la Caridad, que me le arrimo despacito y le voy quitando los chiros poco a poco hasta que estoy encima de ella sembrándole mi semilla. La dejaron peladita, sin amortiguación, sin árboles que contengan la caída de la lluvia, que ayuden a sostener la tierra. Le sacan el agua para las casas y para los riegos, y se la devuelven envenenada, y encima reniegan porque se desborda. Cómo si ellos no tuvieran la culpa.

“Ahora si nos la hizo buena esta condenada”. Eso está diciendo la gente, porque la quebrada a medida que crecía, con eso que llovió tres días sin parar, iba rasguñando las paredes de la montaña y recogiendo piedras y troncos de los pocos que le quedaban, y entre más recogía más duro era la tronadera, hasta que se quedaron atascados en la curva de Las Ánimas donde atajaron el paso del agua que de pa' bajo empezó a salir por chorritos y de pa'rriba se iba subiendo, subiendo hasta que no aguantó más y se reventó de lo llena que estaba. Ahí fue cuando le pegó un mordiscote a la montaña y se abrió paso a las malas para seguir con toda su fuerza, llevándose lo que encontró en el camino, y en el camino estaba el puente y se lo llevó como si nada. Por eso es que están berracos.

La finca de papá no es muy grande. Baja como cuatro hectáreas por la orilla de la quebrada hasta que se encuentra con el río, y se ancha como tres caminando en contra de la corriente, vuelve y sube y haciendo una U bien desparramada, se mete un poquitico en la finca de don Gumercindo Clavijo —que no nos pudo robar ese pedazo, porque se lo quería robar, pero papá no lo dejó—, y se cierra en una media luna en la Loma del Segador.

Por aquí piensan que yo soy bobo. Eso es porque oyen a mi papá que me dice cada que hablo: “Deje de decir bobadas, Dionisio”. Entonces me toca quedarme callado para dejarlos a ellos que digan brutalidades como esa de que entre más se le arrimen a la quebrada con la siembra, más cosecha van a tener. Así ha sido siempre. Yo sé muchas cosas que me enseñaron en el colegio, porque estudié hasta tercero de bachillerato, sólo que a mi papá le dio por no darme más estudio; decía que después de tener siete hijos no tenía porque quedarse sin quien le ayudara en el campo, y para que no me fuera a la ciudad como mis hermanos, me puso a trabajar como un burro, y creo que algo de bobo si se me metió porque hasta a la Caridad me la consiguió él. “Este no sirve ni para conseguirse una mujer. Ojalá y sirva más que sea pa' hacer un mocoso”, le decía a cada rato a Pureza, y ella se agachaba sin contestar, porque es así, como su nombre, sólo pureza. Después, mamá se me acercaba y dándome palmaditas en la cara con las dos manos me decía: “Usted es muy lindo, mijo, ya va a ver cómo cambian las cosas”. Pero las cosas sólo van a cambiar cuando Eleuterio Rondón, mi papá, no esté por estas tierras; si no, todo seguirá lo mismo. La Caridad se casó conmigo porque es hija de padrino Rosendo, y creo que desde chiquita me la tenían guardada.

Siempre oía que padrino le decía a mi papá: “Ya casi está la muchacha pa' casadera, compadre” y papá le contestaba: “No más es que diga, compadre, y armamos el casorio”. Y sólo fue que padrino le viera crecer los pechos, cuando ya quería sacarla de la casa para no mantener una boca más. Y nos casaron. Al principio casi ni hablábamos. Cuando nos metíamos a la cama yo no la tocaba de lo mero nuevita que la veía; me sentía como un gallo pisando a una pollita sin emplumar, y me parecía que se le acabaría el resuello si me le montaba. Después la Caridad se fue poniendo toda cariñosa, empezaba a sobarme el pecho y la barriga con sus manitas ásperas, hasta que me hacía erizar todito, pero yo no me atrevía a hacerle nada pensando que estaba muy criaturita todavía. Así siguió y una noche, luego de manosearme un rato se me montó de a caballo, y empezó a sobarme sus nalgas en la barriga, y no tenía ni un chiro. Entonces se me paró hasta el pensamiento, porque no me acordé ni de lo chiquita que estaba, y recorrí todos sus caminos con mis manos y mi boca, y me quedé un rato largo como ternero redomado, saboriándole los pechos.

La Caridad y yo ya tenemos un crío de cinco años. Cuando nació, fue la única vez que mi papá dijo que yo había hecho bien las cosas. Claro, como lo vio tan sanito, debe estar esperando que crezca para ponerlo a trabajar como burro. Ahora que la quebrada se llevó todo, mi esperanza está en que se haya llevado de verdad todas las ganas de vivir de mi papá. ¡Esa es mi esperanza!

Esta noche voy a ponerme a jugar con la Caridad para que me raspe con sus manitas hasta que me ponga a reventar como la quebrada, y como ella derramármele por todas partes.

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