EL BESO
(Basado en un cuento de Enrique Anderson-Imbert)

Diana Carolina Romero, Lilian Patricia Alvarado

La reina de un remoto país del norte, despechada porque Alejandro el Magno había rechazado su amor, decidió vengarse. Manda a unos esclavos de grandes músculos, lo toman y le dan una paliza que lo deja medio muerto, aunque aún respiraba el gran desdichado. Al no ver efectivo tan sutil método, la reina se va con uno de sus esclavos para maquinar mejor su plan, y con provocativas propuestas tiene una noche de lujuria y terror.

La reina al darse cuenta de lo sucedido, parte a un reino remoto de un país del sur, donde nadie la conoce, para dar a luz a una bella flor venenosa. Cuando florece la envía al reino del Norte para que conquiste a Alejandro Magno.

Al llegar al reino del norte se detiene a observar a unos niños escuchando a un trovador y un anciano que lo acompaña. En un momento de alegría se enamora de la mirada del trovador y de los versos melodiosos que salían de su boca. Continúa caminando por las calles y se dirige hacia el castillo; allí pregunta dónde está el dueño del reino.

De la puerta de una habitación se asoma el trovador y ve aquella mujer que irradia hermosura con sus cabellos dorados, sus vestiduras de princesa real, y sus ojos lo envolvieron en un eterno enamoramiento. Se da una fiesta de bienvenida para la hermosa flor, invitan a toda la aristocracia de la ciudad.

Ella siendo tan inocente se deja llevar por las intenciones del amigo del trovador que le invita al jardín del castillo, pero no con buenas intenciones. El anciano la provoca con su zalamería y acaricia su mano, ella se aparta y, aburrida de tanta insistencia, pregunta dónde está el trovador. El anciano le indica, pero sospecha que tiene algo escondido. Se adelanta a buscar al trovador y le hace la observación: “viene una florecita venenosa, ¿te rindes a sus pies?”. El trovador ya asustado piensa tener a su lado un esclavo para poner a prueba a la flor, le dice que se casará con ella sólo si besa a ese hombre condenado a muerte, pues era su última voluntad. Así que le besa dejándolo retorciéndose del dolor y muerto entre sus brazos.

El trovador no se explicó cómo pudo caer muerto. Pensando que le pasaría lo mismo, secó los labios del esclavo con un pañuelo y lo hizo examinar. Así descubrió la verdadera sustancia que emanaba de la bella boca.

Alejandro no quiso poner sus labios en la muchacha no porque estuviera llena de veneno, sino porque otro hombre había bebido en esa copa.

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