MARKHEIM
(Basado en un cuento de Robert Louis Stevenson)
Juan Camilo Herrera y Ana Cubides

—Sí —dijo el anticuario—, nuestras gangas son de varias clases. Algunos clientes no saben lo que me traen, y en ese caso percibo el dividendo en razón de mis mayores conocimientos. Otros no son honrados —y aquí levantó la vela, de manera que su luz iluminó con más fuerza las facciones del visitante— y en ese caso —continuó— recojo el beneficio debido a mi integridad.

Desde su llegada a la tienda, y a partir de la primera palabra del viejo, Markheim supo que contaría alguna de sus experiencias y esto, sumado a la lentitud con que pronunciaba y a que ya las había escuchado tantas veces como ido a aquel lugar, resultaba fastidioso para un hombre tan ansioso como él.

Los movimientos entrecortados de sus manos y sus ojos que, girando hacia arriba, daban la misma impresión que si, con el cuerpo entero, diera la espalda, hicieron que el anticuario se diera cuenta de que sus comentarios eran inoportunos, que no tenían nada que ver. Pero haciendo caso omiso, siguió hablando de forma molestamente pausada.

—Señor, tengo mucha prisa —interrumpió Markheim en un sobresalto—. Como le dije, es un regalo para dama lo que busco.

Entonces el anciano se agachó y en medio de ruidos de cajas de hojalata se encendió otra llama de vela, plana, fría y de menor tamaño, que al ser acercada a la otra, encima del mostrador, se vio rodeada de un marco dorado, preciosista, con gemas de color rojo, un espejo que derivaba en un mango sujetado por las manos de las uñas largas y sucias del anticuario.

—Justo lo que necesita, Mr. Markheim —le dijo convencido el anticuario, mostrándole confiado el espacio abundante que rodeaba los sobrantes dientes amarillos en una mueca.

—No. Estoy seguro de que no le gustará, y si fuera así no lo usaría, no es nada vanidosa —respondió Markheim, cortando la sonrisa de orgullo elevada en el rostro del anciano.

—Un ser humano sin vanidad, tenemos una difícil tarea… —murmuró para sí el anticuario volviéndose a sumergir tras el mostrador.

—Que casualidad, nosotros también tenemos una labor complicada. ¿No, Markheim? —murmuró una sarcástica voz, familiar pero intrusa en la tienda de antigüedades, desde la proximidad de su lóbulo. Por su parte Markheim, que ya era consciente de lo que debía hacer, más que asustarse al escucharla, sintió que su temperamento, neurótico e independiente, se irritaba con la voz que se lo recordaba, la calló volteando la cabeza hacia la oscuridad inhabitada. Inhaló un poco del humo de cigarrillo, el aire helado de la calle y el fuerte hedor de los sobacos del anticuario, en donde encontró algo de impulso para luego abalanzarse sobre la vitrina, que aún con el poco peso de Markheim, hombre delgado y de apariencia frágil, quedó hecha añicos sobre el cuerpo de un anciano calvo escarbando en una caja. Markheim aprovechó que el tipo estaba en suelo, sin reaccionar, y le clavó una daga que lo mató al instante.

Vuelven a hablarle desde algún punto de la sala oscura, es acechado insistentemente por la voz, esta vez incomprensible. Se da la vuelta e intenta buscarla, acercándose a un lugar en el que finalmente entiende:

—¿Estás buscando el dinero? —oye de lejos, a modo de eco, continuamente, hasta una pausa, y sigue: —La criada no demora en llegar, encuentra las llaves y larguémonos.

Markheim se paraliza completamente y contesta con labios temblorosos: “¡No! ¡Yo no estoy buscando el dinero! Sabes que lo maté porque… Pero no lo quiero volver a hacer…”

—No lo creo así, has cometido más crímenes que de costumbre. Pero tranquilo, éste sólo es uno más. Hazte a la idea de que siempre será igual, al menos que…

Entonces entró algo de luz desde la calle, era la criada que llegaba. Markheim se enfrentó a ella en el umbral de la puerta con algo que casi parecía una sonrisa.

—Será mejor que le avise a la policía —dijo—: he matado a su señor.

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