EXACTAMENTE NO FUE BERNARDETTE
(Basado en un texto de Charles Bukowski)

Yenny Karonlains Alarcón, Danilo Ramírez, Fredy Moreno

Me envolví en una toalla el pene ensangrentado y telefoneé al consultorio del medico. Tuve que descolgar y marcar con la misma mano con que sujetaba el teléfono descolgado, mientras con la otra aguantaba la toalla. Y mientras marcaba el número, una mancha roja comenzó a empapar la toalla. Se puso la recepcionista del consultorio.

—Consultorio Médico Eu termino suspiro, buenas tardes– La voz de aquella mujer me recordó el insoportable acento de Bernardette y mientras la recordaba, una humeante sensación hemoglobinica me brindó el tortuoso reflejo del placer fallido.

La habitación se hizo grande, gigante, se mezclaron el aroma oxidado de la sangre, los perfumes de Bernardette, sus insufribles nos y sus ojos de almendra, generando un agudo dolor al sentir la erección renovada de mi pene ensangrentado. Suspiré, traté de calmarme. Era lo mejor para evitar que la excitación por Bernardette produjera una acentuación sádica de mi situación.

La voz de la recepcionista me devolvió a la realidad de mi sala mohosa. Me negaba una cita inmediata, pero insistí.

—Es urgente —dije con la voz entrecortada por el dolor y la mano ensangrentada por la toalla, pero no escuché respuesta—. Señorita, necesito ayuda. Dije con la voz temblorosa.
—Lo siento, pero no puedo hacer nada —respondió la maldita recepcionista con la chillona voz de Bernardette.

¡Maldita sea, esa voz! El pene se empezó a entumecer y la pierna derecha falló. Mierda, un calambre. Parecía ser que la bondad de una juventud viciada quería cobrar sus abusos...

¿Mi equilibrio o la llamada?
Definitivamente no hay elección, mi cuerpo cae sobre el tablado fracturando algunos listones podridos.

Creo que no podré soportar tanto. Pienso mientras abrazo mi pierna sujetando con el codo el toallón saturado, intentando ingenuamente volverle el ánimo a este miembro mal hecho. Me concentro para ello, pero ahora sé que los demonios tienen voces... ¡si! Quizás son los coros de Bernadette que se hacen eco en la bocina pendulante de mi teléfono.

Pero no, es la maldita ramera que se autoproclama recepcionista del centro médico “Eu termino suspiro”.

—Perdón, caballero, pero el móvil más cercano llegará en unos veinte minuticos —dice con ese insoportable acento de tonta, mientras yo escucho desde el suelo.

—Por favor, necesito que el doctor me atienda, es urgente. Señorita... ¡Señorita! —termino con un alarido agónico.

—Pero caballero, ¿cuál es el motivo de su...

Pip..pip...pip... Escucho el pitido que me indica que la llamada se cortó, y mientras el teléfono sigue ondulando en su caída libre, reconozco directamente la herida: laceraciones en diferentes puntos del pene. Es realmente impresionante, y aún más cuando se tiene en cuenta la consabida excitación del momento, la presión sanguínea sobre la zona es mayor. Me siento nervioso, con el aliento ahogado por la humildad estúpida que nunca he podido abandonar.

La respiración se acelera y el pulso falla. Me veo desvanecer en ese preciso instante, pero algo sucede, el antiquísimo sentido de supervivencia humana, y más que eso, la poca de dignidad que me sobrevive impide que me mantenga en el suelo con el pene mallugado, un par de toallas húmedas de sangre y un patético olor a hombre solitario.

Me pregunto cómo es que nunca practiqué un juego con estas criaturas del ocio que hoy me brindan un segundero, una gotera y algunos pasos de un transeúnte cualquiera; cánticos para dormir esta angustia y hacer del tiempo un arrullo con sabor a delirio. Pero en realidad solo puedo concentrarme en mi agudo latir de dolor fálico.

Escucho golpes en la puerta pero mi cuerpo no reacciona al intento de levantarme.

— ¡Señor Chinaski¡ ¡Señor Chinaski! —llaman con voz fuerte.

— ¿Se encuentra usted bien? ¿Señor Chinaski? Creo que tendremos que forzar la puerta...

Luego de varios intentos por hablar me doy cuenta que el dolor apaga mi voz y la convierte en un estéril susurro. Enseguida entran sin fijarse en los daños causados: Mi reloj, mi gotera, la puerta y un jarrón roto que gané en una rifa de la empresa hace años.

—¡Oh pobre hombre! —exclaman como admirando la mitad de un perro sucumbido, victima de una llanta imprudente.

Estiro mi mano para borrarles la negligente actitud y enseguida corren en mi ayuda, piden que suelte el trapo melcochudo, cómplice de un viscoso acto, pero me niego con rotunda pena y preocupación.

—Está bien hijo, consérvala hasta que lleguemos. De seguro sólo te acompañara hasta allí.

Como pueden me bajan del sexto piso, mientras pienso en alguna mudanza heroica de mi infancia, admirando la puesta a punto de un armario viejo y gigante; realmente serian ellos los indicados para el trabajo.

Me ingresan al pálido centro medico Eu termino suspiro, recinto de luces tristes, blancas y mortecinas. Como era de esperar, mi presencia inmediatamente llama la atención de la concurrencia, la que abre paso con celeridad y en ese preciso instante una voz, una voz como la de Bernardette.

Siento un escalofrío, mi zona genital vuelve a estremecerse y un dolor profundo como miles de agujas se clava hasta encalambrar mis riñones

—Pásenlo al consultorio de inmediato.

Como puedo volteo con lentitud y en el preciso instante en que veo el rostro de aquella perra que había causado tal reacción en mi cuerpo, la química natural de mi absurda situación y la desesperación del espasmo recientemente iniciado me dieron visa para soltar una carcajada estruendosa.

Ella me miró sin entender y yo solo me detenía en sus hermosos dientes pero ella empezó a enfurecerse por mi actitud, parecía que me riese de ella situación que realmente me mantuvo sin cuidado, pero yo solo reía y detenía la mirada en sus dientes de perfecta estampa.

Es que siempre he pensado en Bernardette como un extraño animal, triste y extravagante, falto de amor y de dientes torcidos. Mientras que esta seudorecepcionista tenia actitud y presencia totalmente antónima a mi bella Bernardette.

Luego de semejante espectáculo donde todos lo visitantes de una u otra manera tuvieron relación con mi situación, me permitieron ingresar al consultorio donde un hombre con cara de perro y sin levantar la mirada de una carpeta de cartón me llamó por mi nombre de pila...

—Señor Chinaski, cuénteme qué le sucedió

Sin pensarlo dos veces dejé caer la toalla ensangrentada, seca y crocante. Me perdí en una deliciosa tranquilidad, la erección había terminado y la herida ya no se veía tan monstruosa como lo pudo ser inicialmente.

Cuando el doctor levantó la mirada de su carpeta, al parecer le llamaron la atención las marcas de sangre seca en la zona. Luego de despedir a los paramédicos y reconocer cuidadosamente la magnitud de la situación, esbozó la sonrisa médica, y con una tranquilidad que me desconcertó (y aun lo hace) se puso los guantes, como si día tras día llegaran a su consultorio hombres con el pene lacerado y dejaran caer una toalla ensangrentada sólo para que él los viera, y ellos lo tuvieran como la única y última opción.

Se dispuso a limpiar la zona mientras con voz casi policial me preguntó por los pormenores del suceso, las razones de las heridas.

Le hablé de Bernadette, de sus ojos oscuros, de su sonrisa como mueca, de su actitud de animal asustado, de cómo me enamore de ella desde que la vi casándose a los quince años con un tipo que duplicaba su edad. También le conté de cómo escapaba de las golpizas que le daba ese desgraciado para llegar al galpón de mi casa, la manera en que nunca me dejó llegar más allá y cómo su piel se convirtió en mi deseo constante y mi sueño húmedo. Cuando le dije por ultima vez que se quedara conmigo, me confesó que escapaba con José Antonio, que no había problema, que él era homosexual y que no seria igual que los hombres que solo la deseaban por su piel maltrecha y nalgas secas.

Por un tiempo desapareció de mi mapa y regresó nuevamente sola y ahora con un cachorro de su misma especie en los brazos. Nuevamente le ofrecí infinitas veces mi lecho, pero ella infinitas veces lo rechazó.

—Listo, señor Chinaski. Tenga cuidado, pero ahora sí, cuénteme qué le sucedió.

—Pues doctor, qué le puedo contar… Que ella volvió a aparecer para decirme que se largaba para Florida y que no la volvería a ver; así que me acerqué, le pedí un beso y ella después de tanto tiempo me regresó uno de esos que le mueven a uno todo. Empecé a deslizar los dedos bajo la blusa vaporosa que llevaba, logré sentir sus senos pequeños y tristes, mi respiración se tornó difusa y mis manos empezaron a temblar, la empecé a halar directamente al interior de mi apartamento y no quiso dejarse llevar. Insistí sin soltar sus labios así que ella se detuvo, me miró y me dijo que se iba para no regresar. Y efectivamente... se fue... Se fue dejándome con el cuerpo caliente y las ganas ansiosas. Así que entré a mi apartamento, vi el jarrón de cristal que había ganado en la empresa, aquel que tenía forma de una mujer trasparente, desnuda y con una suave tela cubriendo su sexo. Empecé a masturbarme con él pensando en Bernardette con una ligera tela tapando su sexo húmedo, goloso, y mirándome frenéticamente mientras acariciaba mi pene. Yo simulaba que era ella quien me acariciaba y cuando estaba en la cumbre del placer estalló el desgraciado jarrón y...

Ya han pasado un par de semanas, la confesión solo la conoce el doctor y confío en su palabra, ahora que termino de escribirla estoy conciente que “tengo que contárselo algún día a Bernardette. Si me lee, lo sabrá. Lo último que he sabido de ella es que se fue con Karl a Florida. Quedó embarazada. Karl quería que abortase. Ella no quiso. Se separaron. Ella sigue en florida. Vive con un amigo de Karl, Willy. Willy hace pornografía. Me escribió hace un par de semanas. Aun no le he contestado.

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