Gas de Pantano - Proyecto Final de los Talleristas

Gas de Pantano [1]
Olga Álvarez, L . C. Hamilton

Se había arrancado los testículos a dentelladas. Nemesky no se explicaba cómo el sujeto, atado de manos al tubo del lavabo, había logrado quitarse los pantalones, repletos de mierda producto de las cagadas de los últimos quince días, amarillentos a causa del orín, empapados de un espeso sudor que en los últimos días había consumido el demacrado cuerpo del sujeto, en parte por el miedo, en parte por el Síndrome de Abstinencia que finalmente le había llevado a comerse sus propios genitales, ahora flácidos y sanguinolentos entre los dientes del tipo, como una sardina a medio masticar.

<<>> pensó Nemesky mirando impasiblemente el cadáver, que ya comenzaba a oler mucho peor que en vida.

Del pantalón, tirado contra uno de los muros anteriormente blancos del baño, sobresalía una tira negra de cinta aislante. La misma con que había sellado las puertas del departamento para evitar que el hedor se dispersara por toda la ciudad.

<<>> reflexionó Nemesky con una febril sonrisa que él mismo habría calificado de insensata. Sólo que aquello no podía ser. No podía estar demente. Tal vez el mundo entero lo estuviera, pero Nemesky JAMÁS. ¡En nombre de los gaseosos cielos! ¡Pero si Nemesky era inmune al Gas de Pantano! Nunca se le había pasado por la cabeza matar a nadie…Y lo que había sucedido con este tipo… bueno, eso podría considerarse un desafortunado accidente…Pero nunca un homicidio.

Nemesky se acercó a los pantalones y se inclinó sobre ellos. La tira de cinta estaba algo masticada y medio fundida con la masa de heces que llenaban los vaqueros.

—Tú —señaló Nemesky.

El cuerpo inerte y medio descompuesto del presunto Oficial Pro-narcóticos no respondió.

—¡Tú! —repitió Nemesky, esta vez más fuerte, aproximándose al cuerpo.

Afuera, varias Unidades Policíacas, debidamente drogadas, comenzaban a rodear el departamento.

—¡TÚ! —chilló Nemesky pateando con fuerza el cadáver retorcido y hediondo que parecía sonreír con desprecio.

La puerta del departamento se abrió con estrépito y un (des)nutrido grupo de policías rodeó a Nemesky. Uno de los oficiales se sacó una inyección del cinto. Era una de sus numerosas Dosis Personales: OMEGAENDORFO, naturalmente.

Un segundo Oficial evitó que inyectasen a Nemesky.

—¡Estúpido! —exclamó el Oficial—. Necesitamos demostrar que este maricón se ha mantenido limpio… Que no se ha metido nada sabe Dios desde cuándo…

Nemesky, ajeno a todo cuanto pasaba, no dejaba de observar el cadáver, que tenía rotas las costillas. De allí la antinatural pose en la que lo había encontrado. Seguramente la misma víctima se las había roto en vida para poder alcanzar su entrepierna y arrancarse el pene. Nemesky se preguntaba si el tipo se había estimulado sexualmente, si habría fantaseado un poco para aminorar la distancia que separaba su boca de su miembro. Pero aquello no importaba… Lo realmente importante era ¿cómo demonios se había quitado los pantalones?

<<>> repuso una voz en la cabeza de Nemesky.

—¡TÚ! —gritó este por última vez, antes de ser arrastrado por los oficiales al Juzgado— ¡TE LA TRAGASTE! ¡TE TRAGASTE LA CINTA! ¡TE LA TRAGASTE ENTERA!

Y Nemesky se echó a reír.


Era un pasillo oscuro, de paredes sucias por el hollín y cubiertas de garabatos y consignas de apoyo a la Ley que había legalizado el libre consumo de drogas. Más que un Juzgado, daba la impresión de ser una penitenciaría olvidada y terrible. Algo no muy alejado de la realidad. El efecto del Gas de Pantano no sólo había influido sobre las personas… también había dejado su huella química sobre toda construcción existente y, particularmente, sobre la alguna vez esplendorosa civilización occidental.

En oriente la situación era distinta. Anticipados los efectos del Gas, japoneses, chinos y coreanos (entre otros) se habían encapsulado a sí mismos en sendas burbujas transparentes comúnmente llamadas CELULOIDES, cuyas membranas semipermeables permitían los intercambios de las personas con el mundo físico exterior, esto es, la alimentación, el trabajo, las funciones corporales de excreción y, por supuesto, la sexualidad.

Nemesky recordaba haber observado en la ULTRANET imágenes de estos orientales practicando lo que ellos llamaban Sexo Seguro. Lo único que a él le sugerían tales videos era una fuerte sospecha de que las babosas debían reproducirse de forma muy similar.

<< ¿Acaso esperabas otra cosa de unas personas que producen más arroz del que consumen? >> preguntó la Voz en la cabeza de Nemesky.

Sí. Esos estúpidos asiáticos… Pero, finalmente ¿qué diferencia había entre estas babosas orientales y los descerebrados insectos occidentales que ahora le escoltaban al Juzgado?

Allí estaban ahora, en una sala más o menos espaciosa, llena de basura y de sillas a punto de desaparecer bajo una nube de polvo. Una gran congregación de (¿personas?) rodeaba a Nemesky. Hombres altos, de cabello desordenado, vestidos con sucios y roídos trajes. Mujeres semidesnudas, la mayoría en cinta, con el maquillaje corrido o a medio maquilar. Niños demacrados, viejos antes de tiempo, con el aire ausente de quien ha consumido casi toda su existencia. Sin duda, todos salidos del mismo circo.

En la parte central, en un atrio sonsacado a la desaparecida iglesia de la ciudad, se encontraba el Juez. Aunque no muy diferente del resto de los miembros de la sala, irradiaba un aire de superioridad algo forzada, una mirada fría y los puños firmes sobre la mesa. Parecía agonizar y era muy probable que sólo estuviese allí con el fin de condenar a los más posibles para que, al fallecer, de acuerdo a La Ley, resultara imposible apelar el veredicto.

Los mismos Oficiales que detuvieron a Nemesky le condujeron hasta la parte inferior del atrio del Juez. Había allí un banquito de madera que apenas si permitió a Nemesky acomodar media nalga encima. Aunque todos parecían observar al acusado nadie se atrevió a decir una sola palabra, hasta que un hombre, que no habría tenido que esforzarse demasiado para encarnar el papel de Satán en alguna vieja película de terror, se acercó a Nemesky y le preguntó con gravedad:

—¿Sabe usted por qué estamos aquí?

Pregunta que Nemesky no tuvo oportunidad de contestar porque de forma abiertamente desinteresada por el acusado, el Fiscal había dado rienda suelta a su alegato:

—¡Claro que lo sabe! Este hombre ha sido traído ante los tribunales, acusado del más horrendo crimen del que ser humano sea capaz. Crimen horrible, sí. Un crimen que nuestra sociedad no puede tolerar…

El Fiscal empleaba un tono seco y retorcido mientras caminaba, como un cuervo en un cementerio, de un lado a otro de la sala. La mirada del tipo era un agujero insondable. De hecho, notó Nemesky, era un enorme boquete abierto en los labios de Dios.

¿Escuchaban realmente las cucarachas allí presentes el alegato del fiscal? Sus mentes bien podrían estar a mil años luz de aquel Juzgado. Era incluso posible que le dejaran en libertad. El OMEGAENDORFO recorría las venas de todos y cada uno de los miembros de la asamblea.

¿Qué maravillosas alucinaciones se presentaban ante estas personas, todas consumidas por la droga, de carnes secas y ojos irritados? ¿Qué horribles visiones atormentaban a los hombres, mujeres, niños y ULTRAVESTIS reunidos en torno suyo?

La esperanza de escapar con vida de aquel juicio detestable desapareció de la mente de Nemesky cuando su abogado defensor (en el que apenas si había reparado) cayó muerto de repente, la cabeza a tres metros de su cuerpo tembloroso… todo por haberse atrevido a elevar una tímida objeción ante los insultos y desmanes del Fiscal.

—¡Que le corten la cabeza! —gruñó el Juez y, en efecto, así sucedió.

¿JUSTICIA? Nemesky habría esperado más justicia en la corte del País de las maravillas.

La visión de sangre no hizo más que alentar la sed de muerte en el Jurado. El Fiscal mismo danzó un rato sobre el charco carmesí que rodeaba el cadáver. Luego, tomó la cabeza cortada entre sus manos, la besó y, por último, la envió al otro extremo de la sala de un soberbio puntapié al tiempo que declaraba:

—¡Esto, señores, es algo que no se puede permitir! ¡La vida es preciosa y más nos valdría matar a uno por el bien común que permitir que el caos y la anarquía reinaran! ¡Este hombre, al que debemos condenar, es un peligro para la sociedad! ¡Un pensamiento individual, distinto, segregado, la manzana podrida que nos puede llevar a la locura! ¡Este es nuestro hombre! ¡Repitan conmigo! NEMESKY… NEMESKY… NEMESKY…

Todas las personas en la sala comenzaron a repetir su nombre:

—NEMESKY… NEMESKY… NEMESKY…

Y a éste ya no le cupo ninguna duda de que se encontraba en un concierto de Metal…


En el baño del piso 184, en un céntrico y derruido punto de la ciudad, Nemesky se encargó de atar al hombre usando el viejo cableado de acero inoxidable que había estado robando de los pozos subterráneos, abiertos en medio de la calle. Una de las tantas señales que delataban la desesperación de las personas por escapar del Gas de Pantano, cuando sus efectos apenas comenzaban a sentirse.

El apartamento se encontraba completamente inundado y todas las porquerías del lugar flotaban sobre el agua. Durante los primeros días de su cautiverio, el hombre había destrozado la cisterna a patadas. También había estado gritando como loco. La vieja administradora había amenazado con llamar a la policía si no paraban los gritos. Nemesky había tenido que sellar los resquicios de la puerta con cinta aislante. Así, ni el ruido ni el agua escaparían de aquel departamento.

El tipo en el baño se había calmado un poco. Con la cabeza abajo, el sudor y la mierda envolviendo su cuerpo, no había tenido oportunidad de notar la presencia de Nemesky en el umbral de la puerta. Tan sólo tartamudeaba incoherencias, efectos del delirio por falta de la droga. Nemesky le golpeó varias veces la cara, haló su cabello hacia tras hasta casi desnucarlo pero el sujeto no reaccionaba. Nemesky comenzaba a desesperarse… ¡Tan sólo deseaba entablar una breve conversación con él!

Sacó del bolsillo del gabán una pequeña licorera que usaba en los casos más profundos de embotamiento. No garantizaba calmar el particular “apetito” del hombre pero al menos lograría captar algo de su atención.

El desgraciado sorbió unos tragos del brebaje, que no era alcohol ni mucho menos, sino un compuesto químico que disolvía las moléculas de OMEGAENDORFO en el cerebro… aunque producía diarrea severa.

Un cierto grado de consciencia pareció brillar en los ojos llorosos y entornados del tipo. Nemesky le dejó en paz unos minutos para comprobar que el agua no se estuviera filtrando bajo la puerta. Al regresar, su prisionero parecía completamente despejado, o al menos lo suficiente para poder interrogarle…

—¿Puede escucharme? —preguntó Nemesky con extrema claridad.

El hombre asintió dolorosamente.

—Bien —celebró Nemesky—. Ahora vamos a tener una amable conversión ¿De acuerdo? Va a decirme por qué ha estado siguiéndome y quien o quienes están detrás de todo esto…

—Yo… no sé… No sé de qué me está hablando…

Un nuevo puñetazo en la cara le informó al sujeto del grado de amabilidad que alcanzaría la conversación en aquel baño apestoso.

—Quizá no lo sepa… o quizá no se lo dijeron… pero soy inmune al Gas de Pantano. No estoy controlado de ninguna manera por la atmósfera contaminada de este mundo ni por las asquerosas drogas que todos dicen necesitar para no ser doblegados por el Gas… Hace más de siete años que no me inyecto nada… así que no crea que está tratando con uno de esos insectos descerebrados que deambulan por las calles, muertos en vida…

El amoratado rostro del hombre adoptó tal expresión de horror que Nemesky creyó confirmadas sus sospechas hacia aquel miserable por el que, en algún momento, llegó a sentir algo de lástima.

—Entonces no se lo dijeron… realmente, le ordenaron perseguir al hombre equivocado-se burló Nemesky sentándose sobre los restos del inodoro.

—¿Siete? ¿Siete años sin OMEGAENDORFO? —murmuró el hombre, casi incrédulo. Toda esperanza de escapar con vida de donde fuera que había ido a parar se esfumó de su cerebro, ya libre del narcótico. Quizá fue aquí donde comenzó a planear su propia muerte.

—Parece sorprendido —declaró Nemesky—. Nunca creyeron que habría alguien lo bastante astuto como para no caer en la trampa…

—¿Trampa? ¿Qué trampa?

—He estado meditándolo… Y he llegado a una conclusión: No existe tal Gas. Es decir… Ya no existe tal cosa. Todo fue un plan, bastante ingenioso, debo admitirlo. Pero no por ello menos siniestro.

El hombre observaba con la boca muy abierta a Nemesky. Aparte de su aspecto algo descuidado, daba la impresión de ser una persona completamente racional. Nadie adivinaría ni en un millón de años que estaba tan demente. Pero, por otro lado, si Nemesky aún conservaba algo de cordura, había una pequeña esperanza de escapar de allí relativamente incólume… Por ello, el prisionero decidió seguir el juego a su secuestrador.

—Así que ha descubierto Nuestro Plan…

Nemesky sonrió satisfecho ante lo que él consideraba una aceptación, cínica pero evidente, de que existía realmente un Plan, que no estaba loco ni dominado por el Gas (pensamientos que, a pesar de todo, le atormentaban a menudo).

—Lo sabía… Todo fue un maldito Plan… Soltaron un Gas sobre la atmósfera… ¡Fueron ustedes! La gente comenzó a actuar como loca y aprovecharon la confusión para declarar esas mentiras sobre el Gas de Pantano. Un Gas que enloquecía a las personas. Que las llevaba a matarse unas a otras. Y el OMEGAENDORFO… esa droga milagrosa que “casualmente” mitigaba los efectos del Gas… Cambiaron las leyes, legalizaron las drogas y, además, se llenaron los bolsillos de dinero a costa de la estupidez humana… El miedo al Gas sostiene el negocio ¿cierto? Pero no existe tal Gas en la atmósfera… fue cosa de unas semanas… ¡Unas semanas que condenaron a la humanidad a una eternidad de idiotez colectiva!

Los originales delirios de Nemesky divertían en el fondo al hombre que no podía darse el lujo de reírse sin arruinar su fachada de informante… o lo que fuera que de él quisiera su desquiciado captor.

—Ha sido usted muy astuto, sin duda —reconoció el hombre para satisfacción de Nemesky—, pero debe comprender que todo se ha hecho por el bien de la raza humana ¿Debíamos seguir viviendo en un mundo represivo e individualista? El Plan no es un burdo negocio, tal como usted le califica, sino un instrumento… Un instrumento para unir al mundo. Fíjese usted: Los gobiernos y fronteras han desaparecido. La economía capitalista ha caído y el imperio de la tecnología, que había arrastrado a las personas a interactuar sólo con sus computadoras, ahora es el imperio de los sentidos, donde las personas se saben necesarias y reconocidas. Si tan sólo pudiera usted experimentarlo… la sensación de ser parte de todo y de que todo es parte de usted…

Nemesky pareció brevemente desconcertado.

<< ¿Se inyectará? >> Se preguntó el hombre con los ojos brillando de ilusión. Si Nemesky se inyectaba, seguramente escaparía a los efectos del Gas de Pantano y tal vez, y sólo tal vez, le dejaría libre.

Nemesky, por su parte, comenzaba a considerar que el hombre podía tener razón. A fin de cuentas, el mundo no era muy distinto a como era antes del Gas de Pantano y del OMEGAENDORFO. Las personas seguían matándose unas a otras. Por cosas sin sentido, claro. Pero la libertad… Sin duda había más libertad ahora que antes. La libertad de drogarse… la libertad de ir a cualquier lugar (salvo a oriente) sin necesidad de visas o permisos. La libertad de matar o morir siempre y cuando se estuviera bajo los efectos del OMEGAENDORFO, cuyos efectos sobre la conducta agresiva nunca pudieron ser plenamente controlados… aun cuando resultaban mucho menos terribles que aquel Gas de Pantano intencionalmente liberado (acababa de confirmarlo) por los simpatizantes de las drogas y la libertad.

<< ¿LIBERTAD? >> Bufó una voz en la cabeza de Nemesky. Una voz que no era la suya pero que, últimamente, le había estado susurrando cosas al oído. Una voz en la que Nemesky confiaba porque le había advertido que ese hombre, ahora atado al lavabo, le estaba persiguiendo. << ¿Cómo puedes llamarle libertad a esto cuando ni siquiera tienes la libertad de elegir no drogarte? ¿Cómo pueden saber un montón de imbéciles enajenados lo que es la libertad? ¿En dónde queda la individualidad? ¿Quieres ser acaso otra pieza de esta maquinaria? ¿Una ficha más? ¿Parte de la masa sin consciencia? ¿Quieres ser otra cucaracha descerebrada? >>

—No —musitó Nemesky.

—¿No? —preguntó el sujeto— ¿“NO” qué?

<<>> ordenó la voz <<>>

Sin mediar palabra, Nemesky sacó la cinta aislante de otro de los bolsillos de su gabán, cortó un trozo y lo pegó con fuerza sobre los labios resecos del tipo, que de inmediato comenzó a patalear y a retorcerse como si fuera presa de un ataque de epilepsia.

Nemesky salió del baño y cerró la puerta, dispuesto a no volverla a abrir hasta pasados diez o doce días.


—Excelentísima señoría —declaró el Fiscal ante toda la corte—. Queda demostrado con pruebas irrefutables la indiscutible culpabilidad del señor Nemesky, cuyo deterioro mental le ha llevado a cometer el innombrable y atroz crimen por el que demando un castigo drástico y ejemplar: Inyección Fatal.

De un salto, tumbando el taburete y cortando abruptamente la intervención del Fiscal, Nemesky se posesionó del Circulo Central de la sala, justo en medio de los gabinetes que se alzaban en montones formando un semicírculo a su alrededor.

Un poco confundido por el alboroto y el cacareo que se había formado en la sala, el acusado sólo pudo apelar a la fluidez de sus palabras, a su limitada capacidad oratoria que, sin embargo, era todo cuanto le quedaba:

—¡Majestuosísima señoría! ¡Magnificencia de la sociedad que hoy nos acompaña! ¡Excelentísima corte! —se burló Nemesky—. El ilustre señor Fiscal ha señalado la existencia de pruebas irrefutables en mi contra…y el castigo por un crimen que, hasta el momento, no me ha sido plenamente revelado. Pues bien, he aquí que yo les digo ¿qué saben ustedes de dichas pruebas? ¿Qué saben ustedes, raros bichos de esto a lo que llaman sociedad, de mi supuesto crimen y de mi presunta culpabilidad en el mismo? ¡Ustedes, seres inertes dominados por una falsa paz, son los verdaderos culpables! ¡Aceptaron la aniquilación de sus vidas con pretextos estúpidos que, por comodidad, aceptaron con complacencia! ¿No son ustedes más culpables que yo?

Todos callaban. Era un silencio antinatural en aquella sala, segundos antes bulliciosos y cuchicheante. Quizá su airada intervención comenzaba a conmover las conciencias empolvadas de estos seres desgraciados. Parecían convencidos o a punto de estarlo. Pero entonces, Nemesky comprendió que todo esto era parte de su imaginación. Que los asistentes a la asamblea callaban porque eran parte de un mismo tejido, de una misma mente sin albedrío que respondía instintivamente con aire de sorpresa a cualquier ruido remotamente más estruendoso del que ellos mismos generaban.

—No hay duda —murmuró Nemesky acomodando el taburete caído bajo su trasero con gesto derrotado, pesaroso…— No hay duda que tras la actuación del Fiscal, del Juez y del Jurado, que detrás de mi arresto y de todo este proceso se esconde una poderosa Organización. Que todo es parte de un gigantesco Plan creado por una fuerza cuyos niveles y jerarquías no sólo son infinitos sino inservibles. ¿Cuál es el propósito de tal Organización? Inculpar personas. Individuos, quiero decir. Seres que se atreven a pensar por sí mismos… Seres como yo… Soy el único ente racional en este mundo… me encuentro solo…

—“El único ente racional” —repitió el Fiscal ampliando su sonrisa hasta casi dividir su cabeza en dos—. Es gracioso que diga usted eso, señor Nemesky, teniendo en cuenta su historial psiquiátrico…

<<>> imploró la Voz en la cabeza de Nemesky.

—Esto, señores del Jurado, excelentísima señoría, es el expediente de Nemesky, donde consta claramente el estado mental del acusado…

<< ¡NO! ¡NO LO ESCUCHES! ¡NO! >>

—ESQUIZOFRENIA —concluyó el Fiscal esgrimiendo el dictamen psicológico, como si fuese una filosa arma, contra el rostro de Nemesky.

(ESQUIZOFRENIA)

La palabra golpeó el cerebro del procesado con la potencia de un arma nuclear. ¿Cómo es que se había olvidado de ese detalle? Fue poco después de que el Gas comenzara a revelar sus efectos. El diagnóstico había sido contundente y luego... luego Nemesky se había encerrado en un Bunker y entonces…

<< ¡Mentira! >> exclamó la Voz en su cabeza. << ¿No ves que intentan confundirte? ¡Ellos son los dementes, no tú! >>

(ESQUIZOFRENIA)

¿Había llevado realmente un hombre al suicidio?

(ESQUIZOFRENIA)

¿Existía en verdad un Gas asesino recorriendo el mundo?

(ESQUIZOFRENIA)

¿Había entonces un complot para legalizar las drogas y mezclarlas como si de pensamientos se tratara?

(ESQUIZOFRENIA)

¿Estaba presente de forma física en aquel Juzgado o era esto producto de su mente?

(ESQUIZOFRENIA)

Tal vez si se inyectaba… A lo mejor si se introducía una dosis de OMEGAENDORFO podría discernir qué era lo real y qué no lo era… Despertaría en un Bunker, algo adormilado, para luego descubrir que el mundo seguía completamente igual…

<< ¡MENTIRA!!!! >> chilló la Voz por última vez mientras el Fiscal tomaba asiento, complacido, observando cómo Nemesky se descomponía en su banquillo.


<<>> le decía la Voz <<>>

Nemesky, un poco intranquilo, movía la cuchara de un lado a otro, haciéndola tintinear al compás de su corazón desbocado. Su mirada golpeaba y rebotaba contra cada cuerpo que encontraba. Todos estos insectos… parecían cada vez más agolpados sobre la mesa en que él se había sentado. Su visión se nubló. Sentía un enorme vacío en el estómago. Un molesto dolor se le esparcía por el cuerpo desde el centro craneal. Sin pensarlo mucho, Nemesky cogió el gabán y salió del lugar con tanta prisa que ni siquiera pagó el café, aunque por otro lado, tampoco lo había probado. Avanzó por la acera tambaleándose de un lado a otro como si viniera de una juerga salvaje. Logró doblar la esquina, observó al tipo de los tirantes y comenzó a perseguirle. Era el mismo hombre que, según la Voz, le había estado siguiendo los últimos días. El tipo entró al edificio más derruido del vecindario. El lugar perfecto para una reunión furtiva. Nemesky esperó en el vestíbulo mientras el hombre de los tirantes entraba al elevador y tomó buena nota del piso en que éste se detenía. Minutos después, Nemesky tomó el mismo elevador. Mientras ascendía al piso 184, Nemesky comprobó el contenido de los bolsillos de su gabán: Una bomba de humo, un cuchillo de cocina algo oxidado, una licorera con DIMETANOL, un par de metros de acero inoxidable y algo de cinta adhesiva negra.

Todo estaba listo. La Voz le había indicado cómo obrar y ahora era el turno de Nemesky. Las puertas se abrieron en el piso184 y un objeto redondo salió rodando por el suelo. La bomba explotó y un pequeño grupo de personas, la mayoría indigentes, comenzó a huir por el ascensor o por las escaleras. Uno de los últimos en salir fue el hombre de tirantes. En medio del humo, Nemesky reconoció su obesa silueta y se apresuró a abordarle.

Gracias al cuchillo, fue fácil persuadir al hombre para que regresara a su departamento mientras todo el piso 184 era evacuado. Algo más complejo fue atarlo al tubo del lavabo y acallar sus repentinos gritos de auxilio mediante un fuerte golpe en la cabeza.

Nemesky salió del baño y comenzó a sellar el departamento con la cinta. Mientras lo hacía, un recuerdo difuso comenzó a parpadear en su mente…El recuerdo de que, alguna vez, él mismo se había encerrado en un Bunker para escapar del Gas…pero como Nemesky no tenía la menor idea de si esto había pasado alguna vez o si era sólo otra jugarreta de su imaginación se concentró en pensar cómo lograría que su prisionero le confesara toda la verdad sobre el Plan y la Organización… Y la mejor manera sería quitarle su preciada droga por un par de días. Entonces hablaría…


—Por el cargo de asesinato en primer grado el Jurado encuentra al acusado… INOCENTE.

¿Inocente?

Lo inesperado del veredicto hizo que Nemesky casi brincara de su banquillo. Pudo incluso abrazar al Juez y al Fiscal que segundos antes le parecían tan detestables e injustos. No obstante, la expresión en el rostro del Fiscal no había cambiado en lo absoluto: La sed de sangre aún le consumía las facciones y su confianza en un castigo contra el “terrible crimen” cometido por Nemesky aún no desaparecía.

—Sin embargo, el jurado le encuentra culpable de un crimen aún más abominable ante los ojos de nuestra sociedad…

¿Culpable?

La sorpresa azotó el alma de Nemesky, quien por unos segundos se había creído libre de todo aquel proceso. ¿Cuál era entonces su crimen si no el asesinato involuntario de un espía de la Organización?

—Por el cargo de REBELION, este jurado le encuentra: CULPABLE. Culpable por atreverse a pensar de forma independiente. Por oponerse a la Ley de Legalización y a la práctica social de inyectarse para, así, salvaguardar los más básicos valores de nuestra sociedad. Por esta razón, se le condena a Inyección Fatal, a vivir bajo la influencia de dosis diarias y constantes de OMEGAENDORFO hasta el día de su muerte, a perder todo sentido de realidad y albedrío por lo que le reste de vida. Esta condena entra a operar inmediatamente y es inapeable ¡OFICIALES: APRÉNDANLO!

La angustia por lo que esta condena, que era peor que la muerte, significaba para Nemesky, le impelió a saltar de su banquillo y aferrarse a la vida intentando salir de la sala a toda prisa. Manos temblorosas pero horrorosamente fuertes merodearon enseguida y sus gritos de agonía se mezclaron con los alaridos demenciales de los asistentes a la asamblea y la risa maléfica del Fiscal, que parecía estar danzando de nuevo sobre el cuerpo caído del Juez, muerto poco después de dictar sentencia.

La Inyección Fatal se incrustó en su brazo y El mundo se contrajo de inmediato. Caía a un abismo infinito, del mismo modo que Alicia había caído por el agujero del conejo. Se alejaba de la corte del horror. Dejaba atrás el País de las Maravillas.


Despertó en una habitación sin ventanas que Nemesky confundió, en un primer momento, con una habitación psiquiátrica…

(ESQUIZOFRENIA)

Pero, luego de pensárselo mejor, decidió que se trataba de una celda.

(CULPABLE)

Finalmente, todo se fue aclarando. Estaba en el Bunker. El Bunker donde se había recluido por su propia voluntad luego del diagnóstico. Luego de que Edmundo comenzara a volverse loco y todos comenzaran a matarse entre sí. El Gas de Pantano existía. Las docenas de cajas y las cientos de jeringas (desocupadas) tiradas por el suelo así lo demostraban. Nemesky se había encerrado en el Bunker y se había estado drogando con OMEGAENDORFO desde hacía mucho tiempo. Quizá años. Los brazos revelaban antiguas cicatrices de pinchazos. La dotación de OMEGAENDORFO se le había terminado en algún momento y el juicio y el asesinato habían sido una terrible pesadilla producto del Síndrome de Abstinencia.

Pero la pesadilla había terminado. La Voz en su cabeza había desaparecido. El Gas de Pantano se había disipado y la esquizofrenia también. Era hora de salir y enfrentar la realidad…

Los veintitrés seguros del Bunker cedieron con cierta facilidad. La oscuridad de un pasillo le saludó. Nemesky recordó que el Bunker estaba en el sótano de un viejo edificio similar al que había entrado en su pesadilla, cuando perseguía a su perseguidor.

Al subir a la primera planta, la luz del día le cegó por completo. Lo primero que le sorprendió, sin embargo, fue la pureza del aire que se respiraba. Un aire tan fresco que parecía parte de un sueño.

Antes de salir a la calle, Nemesky buscó a tientas la seguridad de una silla en lo que consideraba debía ser el vestíbulo, y se dejó caer sobre un mullido sillón de cuero. Esperó pacientemente a que sus ojos se acostumbraran a la luz natural y luego de unos minutos sus ojos se posaron en unos viejos periódicos, amarillentos y rotos, tirados en una elegante papelera plateada ubicada junto al sillón.

Al comienzo, los titulares resultaban de lo más trivial:

SE DESCUBRE RELACIÓN ENTRE EXTENSAS ZONAS DE CULTIVO Y EL GAS DE PANTANO.
En particular cultivos de arroz.

Titulares que, edición tras edición, recrudecían sus frases:

AUMENTA OLA DE VIOLENCIA: Homicidios y suicidios sobrepasan capacidades de las Fuerzas Sanitarias.

Hasta llegar al clímax de la desesperanza y el terror:

DESAPARECEN ÚLTIMAS RESERVAS DE OMEGAENDORFO.
El caos se toma Occidente.

EXPERTOS ANUNCIAN LA EXTINCIÓN DE LA MAYORIA DE RAZAS HUMANAS.

Finalmente, los titulares asumían la más descabellada forma y se convertían en pasquines de símbolos ilegibles, productos de mentes completamente desquiciadas por el Gas. No obstante, las fotos en estos últimos periódicos resultaban sumamente desconcertantes: Las personas aparecían felices, danzaban y reían, se les notaba sanas y fuertes, como si jamás hubiesen necesitado drogarse ni hubieran pasado el hambre y la miseria que se había vivido en la época del Gas de Pantano. Por otra parte, había algo en sus rostros que a Nemesky se le antojaba definitivamente anormal.

Un presentimiento espantoso traspasó su cráneo.

Un recuerdo le asaltó de improviso:

<< ¿Acaso esperabas otra cosa de unas personas que producen más ARROZ del que consumen? >>

Al salir a la calle, sus presentimientos se vieron confirmados: Miles de personas se arremolinaban en torno suyo, igual de anormales a las que aparecían en las fotos. Todos le miraban como si se tratara de alguna exótica criatura o de un animal extinto. De hecho, lo era. No necesitaba recorrer el planeta entero para saberlo. La Tierra estaba completamente poblada por millones de individuos de ojos rasgados y piel amarillenta.

Sí había un Plan después de todo. Ahora ellos estaban libres del viejo problema de la sobrepoblación. El mundo les pertenecía y su cultura era la única posible. Seguramente, ya jamás necesitarían cultivar más arroz del que necesitaban… Y las letras en el periódico, que en un primer momento había tomado por garabatos demenciales… ¿Acaso era chino?



[1] Estudios recientes demuestran que las emisiones de gas carbónico generadas por gigantescas zonas de cultivo contribuyen considerablemente al fenómeno del calentamiento global. Los gases, encerrados en la atmósfera terrestre, no sólo aumentarían la temperatura del planeta, también tendrían efectos sobre los seres vivos causando, entre otras cosas, graves psicopatías, trastornos del sueño, trastornos de la personalidad y, en algunos casos, esquizofrenia.

2 comentarios:

Escuché hoy (en repetición, no estoy tan destochado como para escucharla en vivo) la entrevista que les hizo Herbyn Hoyos y eso me llevó a leer "Gas de pantano". Tiene muy buenas cosas para mi gusto, aunque me imagino que ya les han dicho que faltan vairas frases y hay algunos detalles en la redacción. Me ENCANTARÁ participar en cualquier experi/taller con ustedes así que, procedo a inscribirme.
Zelfus

10 de enero de 2009, 21:35  

Qué bueno que nos haya escuchado. En nuestro blog lasfiligranasdeperder.blogspot.com estaremos publicando cualquier taller o actividad que vayamos a desarrollar este año.

11 de enero de 2009, 4:26  

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