360 Horas en Contranatura
María Elena Quintero, Andrea del Pilar Carrillo

Día 1

Él comienza a despertar. Seis muebles metálicos de tres metros le rodean. Dos pilas de libros crecen a sus pies y en su cabeza. Lo observo desde mi púlpito.

Está abajo, con visión limitada, mientras yo puedo verlo prácticamente todo: un hombre, una ventana superior de treinta por veinte centímetros, una luz central, un colchón, una cobija, una puerta, cuatro paredes, seis muebles. Muchos libros. Mucho tiempo libre…

Tras inspeccionar todas las redes neuronales que hacían mover mis extremidades, corroboré que todo estaba en su respectivo lugar y que no me agobiaba ningún dolor. Abrí mis ojos lagañosos len…ta…men…te.

Me encontré perdido… o realmente no sé si me encontré, más bien me perdí, reconocí que no sabía donde estaba ni cómo mis pasos me habían llevado hasta ese lugar. Lo primero que vi fue el arrume de libros que amenazaban con aplastar mi desubicado cuerpo.

Un movimiento rápido de película de acción hizo que sólo mis pies fueran víctimas del peso de las obras anónimas, y luego del turbador incidente que amenazó mi condición vital, intenté tomar conciencia de lo que me sucedía. Recordé rápidamente imágenes de una trilogía de películas que había visto la semana anterior, en las que la gente aparecía en un cuarto oscuro sin saber cómo ni por qué, y me pareció estar viviendo la misma situación, me pareció por un instante que todo era una coincidencia macabra y que Kamala se había equivocado al comentarme que cosas como esas no traspasarían de la ficción a la realidad.

Era el mismo silencio de las tumbas. Al principio sólo veía una luz titilante y el arrume que casi me aplasta. Luego, todo comenzó a esclarecerse, la confusión empezó a tomar forma de habitación; una habitación rústica y sombría sin comodidades, una especie de celda monacal, con una ventana tan lejana y pequeña como la posibilidad de no enloquecer en ese lugar. A mi espalda, una luz esperanzadora emergía debajo de la puerta, quizá resguardando alguna figura humana detrás de ese pedazo oxidado de metal, que pudiera escucharme o por qué no sacarme, explicarme o ayudarme.

Procuré no asustarme. Eso dicen que uno debe hacer en caso de emergencia. Me puse de pie y mi cabeza adolorida me reveló que algo andaba mal. No pude sostenerme y de nuevo, no encontré mejor refugio que el frío suelo en el que me había despertado. A pesar de mi debilidad, necesitaba entender en donde estaba.

Semejante a una rata que se mueve por el bajo mundo de los humanos, comencé a inspeccionar el lugar. Primero los seis gigantescos muebles llenos de libros rojos de todos los tamaños, con hojas antiguas y desgastadas, sin carátula y sin un nombre que me diera algún indicio de quien los había escrito. Para el momento en que mi cuerpo se reponía y mis miembros reaccionaban de forma habitual, no había encontrado más que un viejo colchón en esa aparente biblioteca. No se oía nada. No se olía nada. No sentía frío ni calor. No sentía a ningún humano, aunque sabía que alguien debería estar cerca de mí.

La paciencia se ahogó en mi cuerpo y la idiotez, de mano de la desesperación, invadió mi condición humana haciendo que empezara a gritar en busca de que un oído cualquiera agarrara mi voz, pero nada. Sólo mi eco golpeaba duro en las paredes de la habitación. ¡Vaya suerte!, pensé entonces. Estaba vivo, pero a qué precio y por qué.

Día 4

Él no debía tener comodidades, al fin y al cabo era un paria como tantos otros que habitaban ahora las calles de humanos en degradación. A pesar de su condición, expresaba la misma angustia que cualquier otro sujeto sentiría en una situación como esta, y su tripas crujían vacías. Era el momento de alimentarlo.

Pasaron tres noches antes de darme por vencido, antes de darme por perdido en ese calabozo. Al principio gritaba desesperado por una respuesta, gritaba para cansar a mi verdugo, para salvarme del encierro y del silencio, pero más que eso, gritaba para salvarme de mí y de mi desahuciado entusiasmo que perecía con el paso de los rayos del sol por mi única ventana. Grité hasta quedarme ronco, hasta que mi garganta se hizo una estopa seca. Estaba quedándome sin energía, y hacía tanto que no sentía ningún sabor, que el no aliento de mi boca se estaba esparciendo por todo mi cuerpo, haciendo que la angustia de no estar en un lugar familiar se disolviera en un acompasado acostumbramiento.

Lo único que me hacía sentir todavía parte de este mundo era el hambre que me hacía alucinar sobre Kamala. Alucinaba con su boca llena de besos erráticos, la imaginaba en una de nuestras tantas tardes de pueril angustia de carne en donde el roce de sus manos perfectamente delineadas moldeaban mi cuerpo hambriento y sediento. No podía dejar de pensar en qué debería estar haciendo en mi ausencia, si me estaría pensando o si en estos días ya habría reemplazado mi miembro con alguno nuevo de los que suelen coquetearle. Sentí celos de mi ausencia en ella, que le daba plena libertad de hacer lo que se le diera la gana. Al ser tan etérea no podía cogerle la carne para amarla o para odiarla.

¿Acaso querían dejarme morir de hambre? Me percaté que mi mente había empezado a elaborar una imagen de ese alguien que me habría puesto en ese lugar. Tenían que ser varios; sujetos errantes, dementes, este tipo de cosas no son planeadas por una sola cabeza maniática.

Un hombre no es nadie sin alimento. Pero acaso, ¿tenía él la oportunidad de ser alguien?

Los rayos del sol comenzaban a caer en la pared desgastada junto al colchón oloroso en donde la noche anterior mi cuerpo había reposado con angustia. A lo lejos escuché unos pasos finos que se acercaban y mis ojos abrieron sus párpados violentamente. Debajo de la puerta una sombra dibujaba un cuerpo gris que finalmente quitó mil cerraduras. La contraluz dio paso a la silueta de una mujer lánguida de cabellos negros y ensortijados como el incienso, traía en sus manos un plato de arroz con un huevo frito y un plátano, acompañado de un vaso de agua. El olor me alborotó las papilas gustativas y se me inundó la boca con la saliva.

Me acerqué a ella tratando de incorporar mi cuerpo entumecido y miré sus ojos grises en busca de algún consuelo o de alguna palabra que saliera de su boca cerrada. Ella se acercó como si conociera el camino, miró mi rostro con espeluznante familiaridad y continuó sin una sola palabra en sus labios. Un sinnúmero de reacciones pasaron por mi cuerpo: primero, el temor por la incertidumbre. Luego, la valentía y el deseo de herir a la persona que me había puesto en ese lugar; intriga por saber qué sucedería y finalmente una tensa calma al mirar, por fin, a alguien a los ojos.

Su silencio cortó mis esperanzas de razones. Ella se limitó a ponerme comida como si fuera un perro. Y la aborrecí. Aborrecí visceralmente su silencio, sentí ganas de mandar mi cuerpo contra ella, pero resulté de pie y mareado mandándome contra la puerta de par en par. Un golpe en la cabeza me devolvió, y desde afuera un brazo cerró la puerta con la intención de evitar mi fuga.
Frustrado y temeroso, comí a regañadientes y pretendí hacerla hablar:

—¿Por qué estoy aquí? —dije mientras tragaba sin probar los alimentos. Ella permaneció inmóvil como una estatua de sal que ve pasar el tiempo sin ningún interés—. ¿Dónde estoy? —repetí con más ahínco mirándole a los ojos. Pero de igual manera que la vez anterior, las pupilas grises que nadaban en sus órbitas enmudecieron a la par con sus labios—. ¡Sé que puede escucharme! ¡Contésteme! —grité de nuevo con más fuerza, tomándola del brazo, halándola hacia mí, haciendo que su cuerpo se estremeciera contra la contrariedad del mío. Deseaba una respuesta, pero en vez de tranquilidad, un desasosiego se apoderó de mis miles de ramificaciones como nunca en toda mi existencia. Su mano derecha se acercó a mi rostro acariciándolo de manera sutil y compasiva, y sus ojos miraron los míos con afabilidad un instante antes de retirarse.

Me sentí poderoso al tomarle el brazo, me sentí victimario siendo víctima, y al final yo también enmudecí. De nuevo, la puerta se abrió, succionando a la desconocida que cumplía con su labor de alimentarme y recoger mi plato.

Día 5

¿Cómo no iba a intentar escapar si veía a una débil mujer como el único obstáculo para acceder a su libertad? Nunca se ha querido lastimar a nadie, pero tenía que entender que ella no estaba sola.

La comida me iba reponiendo fuerzas físicas y mentales. Podía atacarla en cualquiera de sus intrusiones, podía hasta matarla si me lo proponía, pero ese golpe en la cabeza me lo había dado un ser invisible… era absurdo intentar por la fuerza vencer algo que no conocía. Lo mejor era seguir esperando, mirando, oliendo, pensando y oyendo. Sobre todo oyendo.

El silencio en que me encontraba me dejaba dos opciones: o me ponía a leer algo de ese arrume sin nombre que me rodeaba, o me sentaba a escuchar sonidos confusos y lejanos. Opté por escuchar porque no quería distraerme, no quería que mi mente se volara ni olvidara lo que me estaba ocurriendo, no quería perderme entre historias ajenas. De repente escuché a lo lejos un sonido familiar que me evocó noches eternas frente a la máquina. Recordé que recién adquirida, mamá me molestaba cada noche preguntándome cuánto más pensaba quedarme escribiendo. Y al día siguiente siempre me reprochaba sus ojeras, su cansancio y su mal sueño, achacándole toda la culpa al sonido de las subidas y bajadas de veintitantas teclas. Al final, como todos nosotros, resultó acostumbrándose a aquello que tanto le incomodaba. Eso fue lo que oí: el taqueteo lejano de una máquina de escribir.

Con el oído presto a lo que sucedía afuera, me refugié en el colchón, cobijado por las sombras de la noche, pero los sueños hicieron imposible mi descanso. Era cierto que había recuperado algo de mis fuerzas, pero mi mente se hundía cada vez más en una debilidad innombrable, parecía que el encierro no sólo hubiera encarcelado mi cuerpo sino que mi espíritu se estaba doblegando ante él.
Esa noche vi de nuevo a Kamala. Esta vez, era su imagen bañándose el cabello en la rivera del río Maupassant mientras me invitaba a acompañarla, escurriéndose las gotas de su cuerpo firme y desnudo. Yo corrí hacia ella sin levantarme del suelo y a mi lado un ser con mi mismo rostro tomaba ventaja de mi imposibilidad haciéndola suya en mi lugar. Kamala no notaba la diferencia y en segundos parecía que mi verdadero yo era transparente para ella, besaba al impostor con la boca entrecerrada y susurraba a su oído, se estremecía como un gato que desea que lo acaricien y en minutos jadeaba de placer. No podía creerlo, era una pesadilla que su piel blanca le perteneciera a un ser inmundo como ese, un ser que podía ser yo.

Día 8

¿Qué genera el deseo? ¿Acaso puede decirse que es el cuerpo, la voz, los ojos, el olor…? ¿Acaso viene de imágenes heredadas genéticamente que se nos revelan en sueños? El hedor era insoportable, traspasaba incluso las paredes del presidio en donde reposaba mi amigo. Era hora del baño.

Continué soñando con Kamala todas las noches desde que la lánguida mujer de los ojos grises me trajo alimento por primera vez. Sus visitas inconstantes fueron cortas y al grano y no me atreví a tocarla de nuevo, aunque sí comencé a observarla con cierto morbo.
Las luces de la mañana número ocho encendieron mis ojos y mis oídos, me avisaron que ella se acercaba. Podía oír como sus pies tocaban el piso y mi nariz de perro aprisionaba con desespero el aroma de sus cabellos. Si Kamala era la mujer de mis sueños más depravados, la desconocida era ahora la dominatriz de mis realidades. Toda la frustración de mis malas noches con Kamala recaía en los labios de mi guardiana anónima.

Las miles de cerraduras se abrieron y la contraluz dio paso a la silueta deseada. Ya mi conciencia actuaba de manera extraña cada vez que se dibujaba con la luz en su espalda, como si fuera el alimento perfecto para los gusanos agitados que me habían carcomido desde el cerebro hasta el sexo. Traía consigo un balde con agua y una esponja de baño, y hasta ese momento no había notado el hedor que emergía de mi cuerpo, todo yo era un poema de Baudelaire, una carroña, un individuo debajo de una piel casi muerta, casi enferma y en su totalidad sucia y desagradable. Ella bajó su rostro hacia mí y sin ninguna clase de asco, me tomó de la mano y me levantó. De nuevo, sus labios como lápidas sin epitafio conservaron su prudencial silencio. Sus manos comenzaron a quitar las prendas con suavidad y de inmediato pude sentirlas suaves y tibias mientras bajaban por la curvatura de mi espalda.

Entre el delicioso abandono del estupor, la libido invadió mi cabeza haciendo que la sorpresa se vistiera de satisfacción y así el hedor y la delicia se acariciaran. Era cierto que estaba privado de la libertad, pero nadie podía quitarme el derecho de sentir y fantasear. Nada hubiera pasado si por lo menos el agua hubiera estado fría. Pero para disfrute de ambos, alguien había tenido la delicadeza de tibiarla y así nada pudo apagar el fuego interno que hizo presencia en el avivamiento de mis deseos, en el endurecimiento de lo que, durante ocho días, había olvidado que tenía.

Una suave erección empezó a acompañarnos… cuando lo noté puse mis manos en mi sexo, pues todavía había algo de pudor que me enfrentaba a aquella insonora e insípida niñera. Ella pareció ignorar lo que era ya bastante visible, a tal punto que me restregaba, enjabonaba y enjuagaba, como si aparte de muda fuera ciega y sus manos no detectaran nada. De repente, sentí la brisa pasar tímida por mi cuerpo y me di cuenta de que ella ya no estaba cerca de mí. Con movimientos sigilosos, rápidos y callados, como toda ella, cerró la puerta dejándose dentro de la habitación. Mi boca casi balbucea un “¿qué piensa hacer?”, pero se despojó tan hábilmente de su falda, que comprendí de inmediato lo que sucedería. Como un animal salvaje que no ha comido durante días, me tomó y me devoró. Hasta en eso era yo su víctima. Su voz seguía sin pronunciarse pero no hacía falta, su cuerpo me había dado toda una cátedra de lo que era ella, con la misma inmediatez con que me alimentaba, me bañaba, y se desvestía. Me dejó a medio bañar y con un extraño bienestar entre pecho y estómago.

Día 10

Quería probar que yo soy de sangre y él es de químico, pero somos igual de primarios. Aún teniendo la oportunidad de verlo todo desde aquí arriba, me prohibía a mí mismo entender la posibilidad de que pudiéramos tener comportamientos tan similares. Lo aislé para observarlo con detenimiento y encontrar en sus movimientos algo que le diera valor a los míos. Pretendí afirmar mi ser a través de la negación del suyo. Mas todo resultó repetición de mí mismo con pequeñas variaciones.

Fue insólito evidenciar cómo una extraña de figura lánguida se apoderaba de mi cuerpo, sin mayor explicación que un fiel plato de comida ofrecido cada vez que el reloj biológico, puesto en marcha por los hábitos alimentarios de la sociedad, marcaba la hora de la agonía estomacal. Fue paradójico desear la figura sin figura de una de mis raptores, que me alimentaba el vientre y el instinto en dos o tres visitas diarias, mientras yo, con los miembros ondulantes al aire, capturaba cada una de sus curvas. Fue desconcertante esperar a que la luz de la ventana se situara en cierto lugar, donde marcaba la hora aproximada de la presencia femenina en la habitación.

Todo en mi vida ha sido repetición, duplicación con pequeñas variables. Todo en mi vida ha sido duplicación, repetición con sutiles caprichos. Esto se parece demasiado a mi vida.

Día 11

El hombre ha estado inquieto, pese a que no le ha faltado comida ni compañía. Rodeado de arte, de palabras mágicas y fabulosas que pudieran cambiarle el color y el olor a sus días, él parece no querer ver más allá de su piel y de las congojas que le siguen aquejando. Sublime es aquel que, aún en estados adversos, abre las puertas de su percepción para invitar a seguir, a su morada interior, los simbolismos del obrar humano. Ya era hora de que leyera.

Al llegar el día en que ya no pude recordar cuantas oscuridades había visto teñir la ventana superior que me custodiaba, no resistí más el aburrimiento de encontrarme acompañado nada más que por mi saco de huesos y carne a medio alimentar. Pensé que todas esas palabras impresas podían evadirme de la realidad que vivía, podían hacerme distraer de los personajes e historias que ahora estaba viviendo, y no me atreví a coger uno de los libros tan siquiera para observarlo. Todos eran rojos y no había muchas diferencias con las que pudiera tropezar. Pero ahora que el contacto con ese cuerpo había logrado el propósito de cambiar mi tema de debate mental, no vi mayor problema en curiosear entre uno que otro ejemplar.

Leer o cortarme las venas. ¿Y con qué? ¿Con las hojas de los libros? No pretendía darme a la patética idea del suicidio y menos de esa manera tan desesperada y poco eficaz. Así que sin afán decidí estirar el brazo y agarrar el primer ejemplar que mi mano encontrara sin la ayuda de los ojos. Como tampoco quería encariñarme con algún personaje que me hiciera seguirle la pista en el trasegar de la historia, o con algún debate filosófico, social, científico o histórico, decidí casi sin preámbulo abrir una página cualquiera y ocupar mis ojos en algo que ejercitara mis neuronas:

El deseo sexual tiende a la fusión –y no es en modo alguno sólo un apetito físico, el alivio de una tensión penosa. Pero el deseo sexual puede ser estimulado por la angustia de la soledad, por el deseo de conquistar o de ser conquistado, por la vanidad, por el deseo de herir y aún de destruir, tanto como por el amor.

No sabía si mofarme o asustarme de la coincidencia. Era como si los libros hubieran sido una tirada efectiva del tarot que le ponían nombre a lo que había rondado mi cabeza, que materializaban en palabras aquello que había sido innombrable, que me mostraban fuera de mí, algo que había husmeado en mi interior. Y como no tenía mucho que hacer allí encerrado, jugué a corroborar si en realidad era cierto o había sido casualidad de primerizo. Así que abrí otra carta del estante inferior de un mueble distinto; esta vez escogí uno más grueso y grande:

...es un sueño con la única mujer que en la vida me dio a la vez los más altos placeres de la carne y el atisbo del cielo mostrándome los genitales lanceolados y sonriéndome con tanta intimidad que le alcanzaba a ver las calzas de las muelas cordales e introduciéndole mi bastón de mando en la cuarta dimensión de la inexistencia, porque nada es para siempre y eso lo comprueban las erecciones…

Aunque había partes que no entendía y otras que me parecían de una lucidez abrumadora, me di cuenta que la cuestión no era que los libros jugaran conmigo al tarotista, sino que más bien mi sensibilidad era extrema. Al estar encerrado, en vez de que la oscuridad me secara los poros o los sentidos, estos parecían andar hambrientos y susceptibles a cualquier cosa que les llegara.

La vida es un estado de éxtasis que al igual que el uso de la droga expande los sentidos, haciéndonos más susceptibles a la realidad. Al vivir drogados de locura, dejamos de ser simples números encasillados bajo montones de carne y empezamos realmente a ser nosotros mismos en pieles prestadas.

La puerta se abrió como de costumbre, trayendo consigo la silueta de la mujer hecha delicia. Deseaba verla, deseaba sentirla en mis sentidos, deseaba saber que me deseaba.

Como tantas veces anteriores, la sombra a contraluz dibujó su silueta bajo el dintel de mi puerta, haciendo erizar todos los miles de minúsculos vellos que rodeaban mi abatido y sucio cuerpo. Sabía que su visita traería comida, pero para ese entonces la comida era lo último que me interesaba. Lo único que deseaba hasta los huesos, lo único que saboreaba entre mis dientes, lo único que acariciaba y lo único con que fantaseaba era su cuerpo desnudo de piel limpia y sus manos de dedos largos y delicados. Mientras los pasos susurraban su regreso en mis oídos, mi miembro comenzó a inquietarse. A mi mente venían todos los besos silenciosos, las caricias lascivas… y mis dedos sintieron aún sin tocar sus profundidades, los húmedos canales que atravesaban sus fronteras sexuales y sátiras. Era mi momento de desquitarme del mundo y hacerla parte de mí en movimiento.

El cabello finamente despeinado que cubría su rostro se movió bruscamente, era mi cuerpo asaltando su delgado contorno en un deleite absoluto. Sus ojos me miraron y giraron, su piel se acomodó de mil posiciones y el vello perfumado de su sexo armonizó la velada. Esa única vez fui yo quien llevó la batuta; esa última vez fui yo quien sobre sus curvaturas dibujó los puntos cardinales desde su cuello hasta su ombligo. Sentí varias veces sus labios dibujando palabras sin vida en afonía, sentí que las respuestas estaban cada vez más cerca y sus pezones, tibios y rosados, acogieron mis labios que siguieron preguntando y preguntando. Fue entonces cuando la sensualidad se volvió pesadilla y desconcierto. Su pecho, otrora de pezones erguidos y cálidos, colapsó en el piso contra el colchón maloliente. Sus ojos entreabiertos se dilataron y el frío de la muerte que había acabado de besar su boca, asqueó mi cuerpo haciéndome levantar del suelo con las manos temblorosas que se estremecían entre la confusión del placer y de la desdicha. Me arrastré hacia la esquina derecha de la habitación y encogí mis rodillas llevándome las manos al rostro. No podía creerlo. Repasaba movimiento por movimiento mis actos anteriores, analizaba cada paso, cada acción, pero quedé sin aliento y sin ningún indicio. Hasta la máquina de escribir había dejado de tronar en la lejanía.

No pasaron muchos minutos para que cogiera de nuevo uno de los libros más cercanos y empezara a nadar en sus hojas, quería darle a mi amiga algo de lectura personal para que descansara en paz y quería a la vez un falso ambiente afable. Cerré mis ojos y tomé el libro, cayendo en una hoja al azar, las palabras casi borrosas salieron de mi boca en voz alta:

Desde el exterior se observa la neblina y la lluvia ácida. El afuera no resguarda la esencia…

Miré sus ojos aún sin refugio, “es mejor que nos mantengamos adentro mientras acaba de llover, si quieres podemos jugar matatenas con los granos de arroz que he conservado de tus visitas, o si quieres, si te parece mejor, podemos hacer el amor unas tres o cuatro veces más mientras permaneces inválida y tranquila sobre el piso.” Volví una vez más los ojos al libro y continué leyendo:

...los ojos parpadean en las manos y sostienen el espectro, el núcleo recién nacido, lo protegen del filántropo, de la esencia y del suicida neutral. Corren sin piernas, sin dedos hacia la nada, tambaleando la nueva vida, mas no hay escapatoria del averno, la salida del desierto se esconde puertas adentro.

“¿Quién habrá inventado esta mierda?”, dije con tono burlesco mientras tiraba el libro hacia la puerta de metal, esforzándome por levantarme del suelo sin éxito. La locura llevó a la tranquilidad y mis piernas pegadas al rústico suelo se entrelazaron con las pálidas y rígidas piernas de ella. Pronto el sueño me venció y al despertar, el cuerpo del delito había desaparecido.

Día 15

Me he bajado de mi pedestal. Al contrario de disfrutar mi poder sobre ese Otro que también soy yo, sobre sus acciones, he entrado a compadecerlo, y es que la carne jala aunque sea hecha a contranatura, aunque no vengamos del mismo vientre…

Sus acciones reflejan mis temores más profundos, él la ha asesinado, ha despojado su cuerpo de virtud y en él soy yo, somos uno. Pudieron haber sido mis manos entre su cuello y mis piernas entre las suyas, pudo haber sido el remordimiento de engañar a Kamala lo que sin saberlo lo impulsó a matar a la triste Amelia, mi bella e insípida Amelia… hay que concluir este absurdo juego.

Abro la puerta y ahora, para su infortunio, la silueta no es femenina. Le arrojo un libro y un esfero a sus pies. Mientras él mira extrañado su rostro impreso en aquel libro, le ordeno empezar a leerlo. Le da la vuelta, lo huele, lo abre, lee los primeros renglones y comienza a escribir.

Cae a mis pies “Duplicación genética: el más reciente triángulo de las bermudas.” Mi foto aparece en la portada. Todo es muy confuso. ¿Yo? ¿Ahí? ¿Cómo? ¿Por qué? Abro la primera hoja:

DÍA 1.

Él comienza a despertar. Seis muebles metálicos de tres metros le rodean.

A medida que más leo, me asombro, me asusto y decido casi mecánicamente continuar. Tomo la pluma y:

Tras inspeccionar todas las redes neuronales que hacían mover mis extremidades, corroboré que todo estaba en su respectivo lugar y que no me agobiaba ningún dolor.

La voz que desde las sombras me ha ordenado leer, se materializa en una silueta perfectamente visible, y veo mi rostro, como mi foto en este libro, como mi imagen en un espejo. Él soy yo. Peor, yo soy él.

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