ESPEJOS DE CHARTRES STREET
(Basado en un cuento de William Faulkner)

Ferdein Martín, Diego Arias, Jhair Ramírez

Su voz tenía la ronquera que producen unas cuerdas vocales roídas por el alcohol, y estaba lisiado. Lo observé primeramente cuando yendo yo por la acera se volvió hacía mí con la agilidad de un mono y me pidió un cuarto de dólar para comprar pan.

—No tengo —le dije y seguí caminando.

—No creo que no tenga, pues usted luce como una persona opulenta —insistió el hombre.

Luego de un tiempo, cansado de la insistencia del mendigo, busqué en mis bolsillos un par de monedas que habían sobrado de la compra de unos cigarrillos, se las entregué y seguí mi camino, sin mirar atrás.

Había acordado encontrarme con Laura en el cine, veríamos "El carruaje rosa del emperador". Una vez allí, la fila para comprar la boleta empezó a avanzar. Laura no llegaba y para mi disgusto, me encontré de nuevo con el mendigo, quien en medio de sus divagaciones la emprendió una vez más contra mí.

—Hombre tacaño. Usted es un republicano tacaño, quiero más dinero —me abordó de manera sorpresiva. —¡Quiero un millón de dólares!, lo que me dio hace un rato no me alcanza para nada.

Luego de esto, me lanzó las monedas que le había dado, escupió el suelo y se alejó mientras decía: ¡necesito una pierna, republicano!

Cansado de esperar a Laura, decidí ingresar a la sala. “El carruaje rosa del emperador”, vaya nombre para una película de gladiadores, pensé. La silla que me correspondió estaba cerca de los amplificadores de sonido.

—Oh, gran César, perdóname la vida —rogaba un esclavo en la película.

Ja,ja,ja, así deberías pedirme perdón Laura, por dejarme plantado.

—Gran César, pídeme lo que quieras.

—Consígueme un trébol de siete hojas, esclavo.

Siete fueron los días que esperé para verte y no llegaste, a cambio un loco y una tonta película.

—Ponte de pie y déjate de rodeos, miserable esclavo. Recibirás tu merecido —decía el Cesar furioso.

Al momento de abandonar la sala, me sentí como el personaje desdichado de aquella película. Por cierto, era una película muy aburrida.

Para mi sorpresa, cuando estuve de nuevo en la calle me encontré con que el mendigo estaba formando un alboroto.

—¡Republicano maldito!

—Cierre su boca y ponga las manos en alto —exigía un agente de policía en el extremo de la calle.

—Cómo pretende que lo haga si han robado una de mis piernas —contestó el mendigo.

—Eso aquí no importa, ¡Sánchez, espose al sujeto!

Blandiendo su muleta y brincado en su única pierna, el pobre hombre embestía a los policías. Sus brincos ágiles y ligeros fueron para ellos como el movimiento incontrolable de la aguja de una máquina de coser.

—Muchas personas han presentado quejas contra usted. Haga el favor de acompañarnos. Sánchez, obedezca mis órdenes, arreste a ese viejo loco.

—Jo, jo, jo ¿loco? Ustedes no pueden sacarme de aquí, este es mi hogar —dijo, mientras se defendía con su improvisada arma.

Las personas que presenciaban el show, animaban al mendigo a que siguiera increpando a los policías. Estaban a su favor pues sabían que los policías sólo querían molestar a aquel hombre. Además, los motivos de éstos no eran suficientes como para apresarlo.

—No, no, no me voy. No puedo abandonar mi hogar —insistía, tratando de escapar de las manos de Sánchez.

—Escuche cómo lloran mis hijos. ¡Parmenides defiéndeme! —el mendigo fingió los ladridos de un perro viejo.

—No llores hijo, más bien tráeme la pierna para patear a este hombre —decía sin que nadie supiera a quién diablos se dirigía.

Guardó silencio por un momento. Luego, con su muleta dibujó un rectángulo sobre el piso y dijo contundentemente: ¡de aquí no me voy, usted necesita una orden de allanamiento para hacerlo! —señalando el rectángulo.

—¡Ya no podrás escapar! Te encerraremos con tus delirios en un calabozo —afirmó Sánchez.

—Déjenlo en paz, tan sólo está borracho —gritaba la gente.

—Pero yo no hice nada malo, sólo le pedí un millón de dólares a ese individuo —en ese momento me señaló, tambaleando por su embriaguez—, y a ella también y a este hombre también —señalaba indiscriminadamente a la muchedumbre.

Una mujer que pasaba por esa calle, aseguró a los allí presentes que el hombre había perdido su pierna trabajando para el ferrocarril, años atrás. Tal noticia generó en el público resentido reacciones diversas: unos gritaban arengas políticas, otros escupían blasfemias contra los emisarios de la ley, y algunos se armaron de palos y piedras; en fin, furiosos reclamaban la libertad del infeliz.

El ruido de la sirena llamó la atención del mendigo y tan pronto como vio la patrulla, corrió en dirección a ella exclamando que por fin su glamoroso carruaje había llegado para rescatarlo de las garras de sus captores. Él mismo decidió acomodarse en el auto sin mostrar resistencia alguna.

Ya en la patrulla, el mendigo tras los barrotes de la puerta trasera, se dirigió a la multitud que lo acompañaba invitándola a observar su majestuosa carroza: “no se acerquen demasiado, la podrían estropear” fue lo último que le escuché, pues la patrulla arrancó llevando consigo un drama de alcohol y miseria. Mientras aquel vehículo se perdía en un horizonte de asfalto, observado y seguido por una multitud inconforme, vociferante. Entonces pensé en César, arrellanado en su carroza entre pétalos de rosa y en medio de chillidos de la chusma, recorriendo la Vía Apia mientras los mendigos se arrastraban para verlo pasar y los centuriones entrechocaban sus escudos a la luz de los dorados pendones que ondeaban al viento del poniente.

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