EL SOLITARIO
(basado en un cuento de Horacio Quiroga)

Laura Valbuena, Frank Jiménez, William Cuevas

Kassim era un hombre enfermizo, joyero de profesión, bien que no tuviera tienda establecida. Trabajaba para las grandes casas, siendo su especialidad el montaje de piedras preciosas. Pocas manos como las suyas para los engarces delicados. Con más arranque y habilidad comercial, hubiera sido rico. Pero a los treinta y cinco años proseguía en su pieza, aderezada en taller bajo la ventana.

Sin embargo, aún no me había decidido a dejarle, tenía la esperanza de poder coger algún día las joyas y largarnos a un sitio mejor. Yo no sabía cómo hacerle entender que nosotros, él y yo, merecíamos una vida mejor. Cuando me casé con él, tenía la aspiración de vivir bien, de salir adelante, pensaba que engastar joyas era un negocio lucrativo, pero no fue así.

No contentándose con ser pobre, parecía casi orgulloso de su pobreza. Incluso su apariencia y gusto eran completamente acordes con su forma de ver la vida. Simplón, eso era él. Siempre buscaba el modo de demostrar su falta de ambición, sólo trabajaba y comía, ya casi ni hablaba. Su única obsesión era su trabajo, y fue aún peor cuando trajo a Rubí.

Rubí era una perra encontrada por Kassim en una calle cualquiera, estaba mojada y sucia, en todo sentido era como él, su apariencia indecorosa y maloliente era lo único que los diferenciaba. Eran cómplices de la miseria. Mientras yo me esforzaba por surgir, él hacía todo lo posible para mantenerse plano y sin aspiraciones. Además, Rubí era una catástrofe, orinaba sobre el tapete, subía a la estufa y metía su inmundo hocico en las ollas consumiendo la poca comida que teníamos. Tenía la costumbre de salir días enteros y llegar luego llena de barro, mierda y olores desagradables.

Cuando sucedía eso Kassim hacía como si nada, seguía trabajando las joyas de otros e incluso ponía a la perra, sucia como estaba, en su regazo. De hecho algunas veces llegó a jugar con ella, la manoseaba, le besaba el hocico inmundo y luego, descaradamente, venía hacia mí a intentar besarme y manosearme como si fuera yo la perra. Era asqueroso, era indignante, Kassim lo hacía como si mi paciencia no tuviera un límite. Pero lo tenía, y había llegado.

Al día siguiente, Kassim trabajaba en su taller, estaba perfeccionando una joya que le habían traído recientemente. Como era usual, tenía su plato de comida a la derecha, la joya justo al frente y otros instrumentos a la izquierda. En medio de su trabajo, Kassim estaba íntimamente perturbado. Rubí, aquella maldita perra que yo tanto detestaba, llevaba 3 días desaparecida y entre más era mi felicidad por aquello, mayor era la congoja de mi esposo.

Sin el más previo aviso, divisé cómo un bulto atravesaba la sala rápidamente en dirección al taller; asustada me levanté siguiéndolo y no fue menor mi sorpresa al ver aquella patética escena: Kassim estaba absolutamente feliz ante la presencia de aquel detestable animal, al verse a los ojos no tardaron en identificarse, Kassim a esa chandosa tan preciada, y ésta a su fiel amo. Descaradamente sucia, llena de mierda, barro y todo lo horrible que pueda imaginarse, Rubí emitía sonidos de súplica que él interpretaba a la perfección. Conmovido bajó el plato de comida y se lo puso frente al hocico a la perra, que devoraba ávidamente aquel alimento, ya seguramente desacostumbrada a ingerir algo más que inmundicias.

En ese momento no lo soporté más, aquel plato de comida era lo único con lo que podíamos alimentarnos, ni para un trozo de pan nos había alcanzado el dinero y él lo desperdiciaba de tal manera. Una furia irrefrenable me acometió; sin embargo logré contenerme, ante la esperanza de que pronto llegaría una joya muy valiosa. No soporté más este desagradable espectáculo y me retiré. Luego escuché que Kassim salía con Rubí, el día había llegado, indudablemente él iba por la joya. Decidí preparar la cena, supuse que gracias a esa joya iba a salir de esta miseria de una forma u otra.

Sentados en la mesa del comedor, Kassim y yo permanecíamos consumidos plenamente por la acción cotidiana y autómata, no había ninguna conversación ya que los temas estaban agotados, se habían extinguido con el tiempo al igual que la pasión y mi esperanza de surgir.

Yo daba vueltas a las verduras y la sopa amarga, fría y sin sentido, como mi vida con él. De momento, solos los dos y el silencio; nuestro monótono evento de cada noche se vio interrumpido por un golpe seco y constante bajo la mesa, bajé la mirada y ahí estaba Rubí, jadeante y con su maldito hedor, peor que nunca, golpeando con la cola una de las patas de la mesa, mirando fijamente a Kassim reclamando algo de comida. Él no lo dudó un segundo y subió a la perra al comedor brindándole la comida del plato mientras seguía tragando junto con ella.

Esto fue el límite. La cena era especial, yo la había preparado con demasiado esfuerzo ¿El motivo? El Solitario, una hermosa joya que había recibido Kassim para elaborar una pieza a la mayor casa de la ciudad. En mi intento por contener la rabia recordé la joya y le exigí que me la mostrara, él accedió y me extendió la bolsa negra de terciopelo que la contenía.

Saqué el solitario y su brillo falso, tan cercano y a la vez tan lejano, me enloquecía; era perfecto, hermoso, su valor era incalculable, no había otro igual. Alargado y de finas puntas, un rojo intenso invadía aquella joya que parecía palpitar y me incitaba a tenerla, tenía que ser mía, era la única posibilidad para terminar con esta mierda.

En ese momento le pedí que robáramos la joya. Le dije que ese objeto precioso podría sacarnos del abismo de pobreza y suciedad en el cual estábamos, que no tenía sentido continuar con el trabajo exigente y malagradecido que realizaba, que esa era nuestra oportunidad. Ese pequeño objeto se convertía ante mis ojos en la concreción de una felicidad nunca alcanzada, lo quería para mí, su resplandor era mi resplandor, y sólo necesitaba una respuesta afirmativa para que mi sueño se hiciera realidad.

Pero él se negó. Le insistí una vez más, y en confirmación de su negativa, tomó bruscamente la joya de mis manos, la puso sobre la mesa y siguió comiendo con la perra. Sentí entonces cómo la ira se apoderaba de mi ser, mis manos temblaban y mi respiración se hizo progresivamente rápida y potente. En un súbito arranque me levanté de la mesa, fui al taller y enloquecida comencé a destruir los extraños artefactos de ese hombre que tanta amargura me había causado. Volaron engastes y piedras preciosas, de mis manos brotó la sangre a raíz de los innumerables y finos cortes. El taller quedó destrozado por completo.

Mientras hacía todo esto, ya sin resistir más la ira y el deseo indomable de poseer aquella joya, iba diciéndole a Kassim todos sus defectos, recalcándole lo insólito de nuestra miseria, propiciada por su falta de carácter, por su cobardía descarada, por esa honradez exagerada que le impedía incluso robar un milímetro de pieza para hacernos pasar menos dificultades. Yo no era yo, era un ser poseído por el demonio que había estado contenido en mí aguantando en silencio lo insoportable. Le reproché todo, le dije cuánto lo detestaba por miserable, porque cada parte de él parecía ser un reprimido y patético ente sin deseos de surgir, de ir más allá de una pobreza inmerecida, y todo en él lo expresaba de esta manera, no te contentas con parecer un mendigo Kassim, pareces querer exhibirlo sin vergüenza, me das asco Kassim, tanto asco como me produce aquel horrible animal que has traído a casa, casi la manifestación concreta y descarada de nuestra propia decadencia. No contento con convertirte tú en una porquería similar a esa chanda, pareces igualarla a mí, tu mujer. Esa perra, Kassim, Rubí ha sido lo más bajo a lo que has llegado, ya no puedo más Kassim. Pero él yacía quieto y en silencio observándome, su rostro apenas palidecía casi sin connotar ningún pensamiento.

Entonces me detuve, observé cómo Kassim iba hasta la mesa, tomaba la joya en sus manos mirando con fijación aquella piedra, como envuelto por la magia que emanaba su brillo. En un momento pareció que ese mismo brillo lo invadía y transgredía su ser, su mirada se tornaba ahora roja, profunda y brillante como la sangre. Como El Solitario.

Me quedé mirando mientras él, endemoniado y con entera decisión, avanzaba lentamente pero dando grandes pasos. Inerte y expectante fijé mi atención en él, sabía que su siguiente movimiento sería inminente, inevitable. Así, mientras daba pasos cada vez más certeros y seguros, iba apretando más y más la piedra, enterrando los finos bordes en su mano, la sangre comenzó a envolver en delgados hilillos al Solitario, parecía que la joya se alimentaba de este líquido y se hacía cada vez más roja, más brillante, más mortal.

Al igual que él, yo estaba hipnotizada por su magia, su grandioso esplendor no permitía reacción alguna, la sombra de la muerte empezaba a dibujarse en su espalda, el cuarto se invadía de un frió intenso y el viento soplaba con una intensidad inquietante. Los destrozos de vidrios y metales iban crujiendo mientras se enterraban bajo sus pies descalzos, pero él insensible a esto continuaba su andar con rumbo fijo. Se acercó lo suficiente, miró fijamente su blanco con el corazón latiente y casi asomando por la boca.

De repente alzó su brazo, la sangre escurría por él hasta llegar a su axila y perderse, apretó fuertemente la joya asegurándose de no fallar, de no resbalar, no habría equivocación. Bajó rápidamente y de un solo golpe comenzó a penetrar fuerte y certero el pecho hasta donde los huesos le permitían adentrarse. Luego de haber destruido las costillas y parte del esternón que se veían asomados por entre la piel, dio un segundo golpe, penetrando de inmediato el corazón, que como un reclamo escupió un gran chorro de sangre que fue a parar en su rostro.

Hubo una brusca apertura de ojos, seguida de una lenta caída de párpados. Los dedos se arquearon y nada más.

La joya, sacudida por la convulsión del músculo herido, tembló un instante desequilibrada. Kassim esperó un momento; y cuando el solitario quedó por fin perfectamente inmóvil se retiró, cerrando tras de sí la puerta sin hacer ruido, se había ido definitivamente.

Impactada y con la mirada inexpresiva, luego del último golpe certero y profundo que había asestado, en un charco de su propia sangre quedaba flotando Rubí.

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