FRATRICIDIO
(Basado en un cuento de Franz Kafka)

Patricia Jiménez, Andrea Carolina González, Omar González Candela

Helado, aquel estremecedor aire nocturno se convertía en la antesala de los sucesos de esa noche, el ambiente era la mejor representación del alma de Schmar. El hombre se situó a eso de las 9 de una noche de luna clara en la esquina por la que Wese tenía que doblar, viniendo de la calle en que tenía su oficina, para ir hacia la calle en que vivía. Pero Schmar sólo se había puesto un delgado traje azul; la chaqueta desabotonada era el espacio por donde entraba perfecto el fragor de la muerte, colándose en su mente, que avivaba un impulso corrosivo en su espíritu. Un rictus grave se congela en su semblante, y la gente ensimismada y sombría no lo nota, y mientras en sus mentes inquietas hilvanan sucesos, en la suya, las imágenes de su hermano internándolo en el sanatorio confirman su decisión.

Mientras recuerda que su madre sólo ha tenido ojos para el rostro agraciado de su hermano, el odio le carcome por dentro. Wese siempre se ha atravesado en su vida, le quitó el amor que tanto había esperado. La hora de cobrar cuentas empezaba a gastarse en el reloj, tantos años robados a su vida por un cruel azar. ¡No más! Pronto todo acabará.

La mente, aún más deforme que el rostro de Schmar, le recuerda la conversación con Pallas, quién conocía sus pobres secretos.

—Siempre he estado enamorado de ella, pero él se ha quedado con todas las cosas que me debían pertenecer —le confía Schmar—. ¿No crees que sea hora de que te devuelva lo que te ha quitado? –responde Pallas, con una cínica mirada.

No cabe la menor duda: Pallas ha hecho bien su trabajo. Sus palabras hacen mella en la mente enfermiza de Schmar y le confirmaban su idea: hay que eliminar el obstáculo que lo aleja de Julia.

—Él tiene mi pasado, y quiero mi futuro —piensa Schmar en voz alta—, respiro el aire que le sobra. En ocasiones quiero dormirlo para siempre.

—Pensar no sirve de nada si no se trae a la realidad. Yo te puedo ayudar con eso —propone Pallas.

—Sabes que no puedo acceder a tu petición—, le había dicho Julia ante sus requerimientos de amor el día anterior, acabando de atestar de absurdos su mente.

La conversación hace eco en la mente de Schmar, atrapándolo por completo; desesperándolo hasta casi hacerle gritar. Pero no puede llamar la atención justamente ahora, a unos pasos de la ejecución del anhelado plan.

Su voz susurrante y tenebrosa roza las mejillas de la mujer. “Espero que el luto y tus lágrimas sean tan amargos como la hiel que produjo tu negativa en mi corazón.”

Pallas sonríe; agazapado en su calculada crueldad, sus palabras arden como fuego aumentando el resentimiento de Schmar. Tendrá a Julia sin mover un dedo; esperará unos minutos mientras se consuma el hecho. Ella quedará libre, el logrará sus más lujuriosos deseos. Una sonrisa burlona se dibuja en su rostro, mientras observa desde su ventana a Schmar en la mitad de la calle esperando a Wese, mientras Julia espera en la puerta de la casa. El crimen lo convertirá en el paño de lágrimas de la viuda y quizá, en el nuevo marido.

A través del cristal, observó cómo Schmar desnudaba el revólver y apuntaba al sorprendido Wese. Su trabajo paciente finalmente daba frutos. Sonrió con una cruel satisfacción.

Aterrorizado, Wese apenas alcanzó a descubrir los ojos del asesino, para darse cuenta que la amenaza de su hermano se hacía realidad.

El cuerpo de Wese cae sobre el pavimento y a través de la superficie del cristal, la risa de Pallas desborda felicidad al escuchar el disparo que restalla sobre el frío aciago de la noche, mientras ensordece a las pocas personas que atraviesan el lugar, esas mismas que Schmar creyó ver perderse entre la niebla. Wese se vestía de un manto espeso, brutal, en tanto un segundo tiro salía del arma escuálida. Schmar parecía petrificado, inmóvil como si fuera una foto en pie sosteniendo un arma que temblaba de miedo.

La señora Wese tembló ante los disparos, se apresuró a llegar con un rostro envejecido por el susto, en un segundo se vio acompañada a derecha e izquierda por el gentío. La piel de zorro se abrió, ella cayó sobre Wese, el cuerpo vestido con el camisón le pertenecía a él, la piel, sin embargo, que se extendía sobre la pareja como la hierba de una tumba, pertenecía a la plebe.
Schmar aguantaba con esfuerzo las náuseas y presionaba la boca en el hombro del policía, que se lo llevó con pies ligeros.

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