UN BESO FRIO
(Basado en un cuento original de Evelio Rosero Diago)

Alexander Vera, Natalia Buitrago, Jairo Tejada

Sintió el frío de la muerte atravesando sus pensamientos y recuerdos uniéndolos en un instante pleno. Pudo ver perfecta y lentamente —casi eterno—, no con sus ojos, que una fina línea de sangre bajaba desde su sien hasta sus labios, sintiendo el mismo sabor a hierro espeso que experimentó cuando besó por vez primera a Natalia. Un segundo después, se vio frente al espejo frente a la sensación que lo condujo. Luego, la oscuridad.

Se detuvo en una esquina de la calle 19, y buscó los cigarrillos. Encontró el paquete de cigarrillos vacío, había olvidado ya el último, estrujó el paquete y sin saber por qué, volvió a guardarlo en su gabán. La calle aglomerada mostraba a gente presurosa tratando de huir del aguacero que se avecinaba, los pasos constantes y sin sentido de la muchedumbre agobió por un momento al hombre que por ahora tan sólo quería fumar. Continuó su camino, reconoció a lo lejos la calle, la había cruzado miles de veces, allí jugó con sus amigos en la infancia, allí dio su primer beso. Ahora todo es pasado, todo es un simple recuerdo. Antes de entrar al restaurante (al cual siempre ha ido) miró a través de los cristales. Ahí estaban ellos. Le hicieron una seña, con más desesperanza que alegría. Se sentó con ellos.

Una mujer de aspecto rústico, con olor a cebolla, pimentón y grasa se les acercó:

—Qué se les ofrece.

—María, lo mismo de siempre —dijo Roberto Grillo. La mujer se alejó de ellos escribiendo algo en una pequeña libreta. El que había dado la orden continuó:

—Vamos a celebrar, mañana me caso —continúo tocando su fina y recta nariz.

Roberto comenzó a analizar la manera en que podrían almorzar —él y sus amigos— el día de hoy, de alguna manera habría de comenzar el fin. Además, las ganas de fumar no habían disminuido y los bolsillos rotos confesaban con tristeza que su vicio no sería saciado tan pronto, sus amigos tampoco tenían ni una moneda.

Un aliento pesado escapó de la boca de sus dos compañeros de juerga y noches de bohemia, pensaron que Roberto sería la solución a sus problemas de dinero y hambre, lo que no imaginaban era hasta que punto los libraría del hambre y la ansiedad.

Los fantasmas han vuelto a rondar las sombras de su mente, ve a Natalia en brazos de aquellos que se dicen llamar amigos, los desconoce, los odia, tanto como su propia desgracia, la misma que sembró la bruja con sus cartas y su lectura del pasado y el futuro.

Roberto Grillo resuelve buscar algo para calmar la sed que le embarga, la dicha de ser quien es ahora. Hay que hacerlo, piensa, deben morir. Decide entonces, subir a casa de sus padres a buscar un poco de dinero, como acostumbraba. Pero en lugar de salir con billetes, saca de la mesa de noche de su padre un pequeño revolver.

Vuelve al restaurante, trasfigurado. Con una máscara para cubrir su identidad y con el pretexto de robar el restaurante, dispara sin piedad a los dos hombres que yacen ahora inermes ante la angustia de músico. La conmoción anuncia el caos y Natalia grita al ver a sus amigos en el suelo, mira al perpetrador y se lanza furiosa. El forcejeo emite un sonido ensordecedor, Natalia cae llevándose con su último aliento la máscara que cubre el rostro del asombro y el dolor.

Cuando los policías quisieron reaccionar, Roberto Grillo sacó el revólver y se descerrajó un tiro en la cabeza…

Al lugar llegaron chismosos y extraños comentando la desdicha de un fracasado músico. Una anciana llorando no paraba de repetir —esta noche me dio un beso— decía su madre y se lo repetía a todos… Dijo que la felicidad tenía un precio.

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