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Finalizamos este proyecto

Damos cierre definitivo a nuestro proyecto Talleres de Creación Colectiva en Literatura, con la publicación de los textos finales producidos durante el mismo.

El trabajo sobre estos textos se realizó de la siguiente manera: Los talleristas, agrupados de a dos, tres y hasta cuatro personas, presentaron a los directores de los talleres sus propuestas de historias y personajes. Cada uno de los tres directores "adoptó" a varios de estos grupos, de forma que todos los colectivos creativos contaron con el apoyo y seguimiento permanente de uno de los directores (aunque siempre hubo libertad de que recurrieran a otro de los directores para obtener otra opinión).

Cada grupo desarrolló unos personajes y un esquema de historia, y le fue dando forma al relato de la mano de los directores, que aportaron pautas e ideas tanto en la metodología como en la historia misma. Los colectivos presentaron borradores sucesivos de historias que fueron corregidos por los directores, quienes a su vez recurrieron a su experiencia como creadores colectivos para ayudarles a subsanar los conflictos en las historias y las divergencias de estilos. Las correcciones hechas a los textos fueron luego revisadas en conjunto.

Algunos grupos decidieron repartirse el trabajo, cada miembro del grupo escribió una parte del texto o desarrolló un personaje, y luego comenzaron a unir los manuscritos en un único texto, con las complicaciones de unifiación de estilos que eso implica. Es una forma inicial de acercamiento a la creación colectiva literaria, pero para que el texto tenga unidad, al final todos terminan metiendo mano al texto. En ese caso, el director que llevaba el grupo ayudó a darle unidad al texto haciendo las veces de editor.

Otros grupos lograron desde el comienzo un proceso de verdadera creación colectiva, en el que todos escribían al tiempo buscando una sola voz, una unidad de estilo, y desarrollando al unísono los personajes. Esos textos fueron más afortunados en su génesis y desarrollo y requirieron un menor trabajo de edición.

En el proceso, algunos grupos desistieron por diferentes razones. En la mayoría de los casos, no entregaron escrito. En otros casos, un miembro del grupo decidió trabajar el texto en solitario hasta darle forma final. Y en unos pocos casos, dos miembros de un grupo de tres reiniciaron el proceso y escribieron en conjunto un texto nuevo. Terminados los talleres, los directores de los talleres nos reuníamos de una a tres veces por semana con cada grupo en sesiones de una a dos horas para aportar ideas, revisar el texto y proponer giros al mismo que lo hicieran más interesante para el lector. Algunos grupos tenían ideas muy difusas, y lograr concretarlas en una historia coherente requirió de dos o tres semanas de trabajo, antes que pudiera hacerse un esquema del cuento y los personajes.

El trabajo de los directores de los talleres llegó a convertirse en coautoría en los casos específicos en los que por la afinidad de uno de ellos con la historia y los personajes, y por la solicitud expresa de los autores, el director que asesoraba al grupo se integró al mismo y escribió en colectivo la historia propuesta. En los demás casos, aunque el director que asesoraba el texto siempre colaboró activamente en la construcción de la historia y de los personajes, y aunque casi siempre llegó incluso a incluir una o dos líneas de su puño y letra, esto no lo consideramos coautoría. La presencia de los directores como coautores de algunos textos fue algo que surgió dentro del proceso creativo con los talleristas, con su venia y a solicitud suya, no un objetivo planteado en el proyecto.

Una vez se venció el plazo para entregar los cuentos terminados, comenzó el trabajo de revisión, edición y corrección de estilo por parte de los directores de los talleres. Aunque cada director se hizo responsable por los cuentos de los grupos que había asesorado, los tres hicimos revisiones y correcciones sobre todos los textos. En algunos casos, se contó con la colaboración de Yenny Karonlains Alarcón en la parte de corrección de estilo, pero su trabajo fue validado por uno de los directores antes de ser propuesto a los autores. Siempre se envió a los talleristas dueños de cada relato el texto revisado para su aprobación. Se buscó que los autores estuvieran de acuerdo con el proceso de corrección y edición. Esto hizo posible que en su gran mayoría, los autores quedaran plenamente satisfechos con el resultado final. Sin embargo, se presentaron un par de situaciones excepcionales que impidieron que la satisfacción fuera del 100%:

  1. En dos de los colectivos creativos, sobre algunos cambios que se les presentaron, los miembros del grupo no lograron ponerse de acuerdo entre sí sobre qué aceptaban y qué no. La decisión final fue tomada por los directores reunidos para aprobar los textos finales que se incluirían en el libro a publicar.

  2. Un virus informático hizo que se perdieran los cuentos trabajados y corregidos de los grupos asesorados por Carlos Ayala. Se recuperaron versiones anteriores, pero se perdió más de un mes de trabajo, y debido a las limitantes de tiempo, fue necesario tomar algunas decisiones sin consultar a los autores.

En nuestra reunión final, los tres directores de los talleres, Alex Acevedo, Carlos Ayala y Néstor Pedraza, presentamos los textos finales y cada uno hizo su preselección sobre los textos que había trabajado (tanto los que había asesorado como otros que había revisado y corregido). Sobre esta preselección y con los argumentos esgrimidos por cada uno, se dio paso al proceso de selección de los textos que se incluirían en el libro.

El compromiso era publicar 10 cuentos en un libro de 150 páginas con un tiraje de 500 copias. En aras de dar la mayor difusión posible al duro trabajo realizado por los talleristas, seleccionamos un grupo representativo de 17 cuentos escritos en colectivo y en individual dentro de cada uno de los 4 talleres de creación colectiva en literatura, y los publicamos en un libro de 180 páginas titulado Simbiosis Virginal, con un tiraje de 1.000 copias. Este libro recoge así, una muestra variada de cuentos de diferentes géneros y estilos, escritos por un total de 31 autores.

La diagramación y el montaje del libro fueron trabajo de Néstor Pedraza. Todo el diseño de portada, contraportada y solapas, fue trabajo colectivo de los tres directores del taller. La portada del libro está basada en el diseño del afiche promocional del proyecto, que también fue creación colectiva de los directores de los talleres. En ambos casos, el trabajo de diseño contó con aportes de Lilian Patricia Alvarado. La contraportada está basada en el diseño del volante promocional del proyecto, diseñado por los tres directores. La fotografía de los directores que aparece en la solapa de la portada del libro, fue tomada por Ivonne Rodríguez y editada por Diana Milena Pedraza, quien además colaboró en la organización y realización del evento del lanzamiento del libro. La impresión la realizó D'Vinni.

Los directores del proyecto nos declaramos plenamente satisfechos. Cumplimos todos los objetivos, algunos con creces, y obtuvimos mejores resultados de los esperados, dentro del cronograma propuesto y dentro del presupuesto inicialmente definido. A pesar de los inconvenientes, el nivel de satisfacción entre nuestros talleristas es bastante alto. Ahora sólo esperamos que el nivel de satisfacción también sea alto entre los lectores. Por supuesto, para hablar de una verdadera Creación Colectiva, se requiere de un proceso de largo aliento, este es apenas un primer laboratorio experimental. Esperamos que muchos de quienes iniciaron este proceso con nosotros, lo continúen junto a otros escritores por venir a nuestras filas en proyectos futuros.

Aprovechando la 21a Feria Internacional de Bogotá, dimos amplia difusión a Simbiosis Virginal: se le hicieron reseñas al libro en Caracol Televisión, Radiónica, Radio Universidad Nacional y Radio Universidad Distrital. Se distribuyeron copias a personal de City TV, revista El Malpensante, revista Número y del cuerpo de prensa de Corferias. Copias de Simbiosis Virginal fueron entregadas en los stands de las universidades Nacional, Distrital, del Rosario, del Valle, de Antioquia, Javeriana y otras. También se entregaron copias a personal de la Cruz Roja, la Cámara Colombiana del Libro, la Universidad Pedagógica Nacional, la Biblioteca Luis Ángel Arango, el Archivo General de la Nación, el Ministerio de Cultura, la Secretaría Distrital de Cultura Recreación y Deporte de Bogotá y otras instituciones. Algunas personalidades como Florence Thomas y Angelino Garzón, personajes de trascendencia en el mundo de las letras en Bogotá como Isaías Peña y Oscar Godoy, personalidades del teatro como el maestro Santiago García y Patricia Ariza, y escritores como Nahum Montt recibieron sendas copias del libro.

Simbiosis Virginal se fue en la Carreta Literaria de Martín Murillo, y también se fue en las maletas de la Secretaría de Cultura de Caldas, el Municipio de El Líbano y los Departamentos de Hulia, Tolima y Córdoba. A Nariño y Santander partieron varias copias. Otras quedaron en manos de personal del Festival de Poesía de Bogotá, el Centro Cultural Islámico, la editorial independiente La Serpiente Emplumada, la Fundación Epígrafe, el colectivo cultural El Ático, la Casa de Poesía Silva, la Fundación Gilberto Alzate Avendaño, la Corporación Colombiana de Teatro, el Centro Cultural El Salmón, el periódico interuniversitario Ex-Libris y varias empresas e instituciones que hicieron presencia en la Feria.

Posteriormente, se han entregado copias a Miguel Rubio (director del Teatro Yuyachkani del Perú), Arístides Vargas (director del Teatro Malayerba del Ecuador), Adriana Mejía, del Teatro Libre, Pacho Martínez del Teatro La Candelaria, Carlos Sánchez, director de la Mezquita Estambul, Emiko Shimokawa, profesora del Departamento de Arte Liberal Contemporáneo de la Universidad de Mujeres Showa del Japón, a personal de la Dirección Nacional de Divulgación Cultural de la Universidad Nacional de Colombia y a los profesores del Diplomado en Gestión Cultural de la Universidad del Rosario. Algunas copias de Simbiosis Virginal han viajado también a Londres, Salamanca, Bucaramanga, Cali y otras ciudades.

Por supuesto, todos los talleristas y todos los asistentes a los cuatro eventos que tuvimos en la 21a Feria Internacional de Bogotá, recibieron copias del libro, así como todos los demás proyectos ganadores de la convocatoria Bogotá, Un Libro Abierto. Hemos reservado copias para su donación formal a bibliotecas públicas y universitarias en Bogotá.

A continuación, publicamos en primer lugar todos los textos producidos durante los talleres que no formaron parte de Simbiosis Virginal, y luego, los textos incluidos en el libro en el mismo orden en que aparecen publicados.

Epílogo del Bosque Rojo
Magyory Forero, Jelymaibet Bustos, Alex Acevedo

1
—Y nunca más sentiremos miedo ni angustia, pues viviremos por fin en un mundo seguro —dijo Darwin dejando caer su mirada sobre el escaso auditorio que llenaba el Templo Binario—. ¡Que así sea por los siglos de los siglos!

Darwin descendió del púlpito a grandes zancadas, puso sus manos sobre la cabeza de algún descarriado y se abrió paso entre el bloque de cuerpos impúdicos que llenaban de hedor a ruina su sagrado templo. Se detuvo un momento en la pileta para purificar sus manos con un chorro tibio de agua de deuterio. Entonces notó esa punzada en la nuca que se le estaba volviendo recurrente. De un tiempo a la fecha sus articulaciones se venían endureciendo más y más, y en la mañana, al momento de levantarse, Darwin era presa de unas picadas espantosas que le recorrían el cuero cabelludo y bajaban por su nuca como un corrientazo letal. “Tengo que consultar con el oráculo”, se dijo, y con una sonrisa irónica volvió sus ojos hacia la cúpula del templo, donde los Feudocitos reinaban con su maraña de testigos luminosos verdes, violetas y rojos al modo de un firmamento pleno de estrellas.

Al girarse para seguir su camino hacia el refectorio, Darwin se encontró frente a frente con ella.

—Padre —lo saludó Vértigo haciendo una devota reverencia con su cabeza de dos rostros—. Padre, regáleme su bendición. Padre, bendición y bendición.

Darwin extendió su mano derecha para que la chica besara el dorso una vez con su cara sonriente, y, tras girar su cabeza ciento ochenta grados, otra vez con su cara contrita.

—Padre, ¿por qué se me atascan las palabras? ¿Por qué me domina el silencio, Padre? —le preguntó Vértigo hincándose de rodillas para dejar que Darwin le impusiera las manos sobre su cabeza a modo de bendición.

Darwin cerró los ojos un momento y se quedó serio, arqueando las cejas, como buscando concentración o consejo de los Feudocitos. La armoniosa figura de Vértigo lo confundía, lo hacía sentir más humano de lo que le gustaría reconocerse; provocaba en él deseos que creía extirpados de su memoria, deseos fósiles que lo despertaban a la madrugada envuelto en fiebre. Además, Vértigo lo intimidaba por sus dos rostros, pues le molestaba tratar con alguien que parecía dos, que seguramente pensaba duplicado o al cuadrado, que siempre parecía ocultar sus emociones.

De repente levantó los brazos, echó su rostro hacia atrás para mirar fijamente la cúpula del templo, y disimulando una mueca de dolor que le produjo una nueva picada en el cuello, le respondió:

—Del silencio sólo florece la sabiduría. Vamos —añadió luego tomándola de un brazo—, acompáñame al refectorio. ¿Has traído la ofrenda que me prometiste?

Vértigo mostró un paquete que colgaba de su espalda adentro de una bolsa de tela púrpura, y el escalofrío que sintió en ese momento sólo lo dejó traslucir en su cara oculta, mientras que el rostro que enfrentaba a Darwin dibujó una sonrisa mansa.

Entretanto, los Feudocitos produjeron un logaritmo completamente erróneo, y una furiosa tormenta de arena se levantó a consecuencia en los fondos abisales. Era la tercera vez en menos de un mes que procesaban datos incoherentes y creaban así trastornos en zonas alejadas de la Península. Y para rematar, el sistema operativo reaccionaba con una lentitud inusitada, corrigiendo el cálculo con cuatro o cinco días de retraso. El desatino, sin embargo, casi no se evidenciaba en los testigos luminosos del Templo; parecía como si todo siguiera su curso más normal, y al no generarse una orden de mantenimiento, tampoco Darwin quedaba al tanto de la situación.


2

El alba se aproximaba y el Bosque Rojo, pese a la rudeza del invierno, se empezaba a iluminar hasta su último rincón. Un frío como de agujas hería la piel y producía melancolía a mares; era un invierno impetuoso que arrastraba consigo el calor, la alegría, y hacía gemir a las tribus que habitaban la Península. Y en tanto los primeros destellos de sol nacían, Vértigo corría entre esos pinos y tilos deformes con una prisa extraña. Iba vestida con unos harapos que parecían insuficientes para protegerla del hielo, calzada apenas con unas sandalias que dejaban a la vista de todos la rotunda belleza de sus pies.

Vértigo tenía prisa para llegar al Albergue; quería contarle a Sin Moly los avances del plan, contarle por ejemplo que Darwin se empezaba a notar enfermo y ayer, luego de recibir la ofrenda que ella le llevaba, le pareció que el Pastor había hecho una mueca de dolor al inclinarse para recoger un cordón violeta que había caído a las baldosas del patio. De un saltó cubrió los últimos escalones de piedra, y sonriendo por el recuerdo, atravesó el arco que daba ingreso al Albergue.

Siempre que cruzaba por los extensos corredores del Albergue Maligno sentía náuseas. El olor que expelían los restos de los Mirriacos la espantaba; no podía acostumbrarse a tener que pasar por ese lugar donde los órganos de los Mirriacos continuaban con vida de manera independiente, ajenos a un cuerpo donde cobrara sentido su función como partes de un conjunto. Apuró más el paso, jadeando por la carrera, pero llena de una vitalidad que sólo sentía de madrugada.

—¿Conseguiste entregarle esa última pieza que te llevaste ayer? ¿La recibió? ¿Cómo lo notaste? —le preguntó Sin Moly tan pronto como Vértigo abrió la puerta del estudio. Al notar el cansancio que le había producido la carrera a ella, añadió súbitamente alarmado —¿Qué pasó? ¿Alguien te seguía?

—No, no, todo está bien, es sólo que… —contestó Vértigo, y tan pronto como pudo reincorporarse, reveló: —Débil, está ya muy débil, ¿sabes? Y me parece que entre más avanza su enfermedad, más se encariña conmigo. Darwin se está volviendo cada vez más vulnerable. ¡Me fascina! Me parece incluso que en una semana o dos va a estar tan manso como un corderito, y no sería difícil convencerlo de desconectar a los Feudocitos del Templo.

Sobre un mesón de madera rústica, Sin Moly alineaba cientos de figuras iguales en mármol blanco retráctil. Todas las miniaturas representaban la preciosa cabeza de Vértigo, con sus dos rostros en todas las expresiones posibles. Para Sin Moly, el único Mirriaco que había sobrevivido íntegro a la explosión, el arte era y sólo podía ser obsesión; esculpir era una mera obstinación en congelar el alma de alguien más o encerrar para siempre en una cárcel geométrica la esencia oculta de un objeto cualquiera. En el caso de su serie sobre Vértigo, Sin Moly quizás buscaba entender el candor, el misterio de esa piel blanca tan fina como la flor de un ciruelo, el enigma de sus dos rostros, sus dos vidas, su voz y los dedos de sus manos…

Sin Moly había pasado estos últimos años de su carrera como escultor dedicado a esta niña que en un arranque de sinceridad le había confesado que quería morir, que no soportaba más la vida perpetua en la Península, y aún más, le había implorado su ayuda. Luego Vértigo fue capaz de convencerlo de que sus ganas de morir coincidían con la venganza que él quería tomar por la desmembración de todos y cada uno de sus hermanos.

—Mírame a los ojos, mírame por favor aunque no sea más que un segundo —dijo Sin Moly tomando en sus manos las mejillas de Vértigo—. Quiero estar seguro de que todo va bien.

—La hora de la venganza con la que sueñas desde hace tanto tiempo está por llegar. Prepárate, Sin Moly, prepárate.

Vértigo intercambió las expresiones de sus rostros como siempre que Sin Moly quería descubrir con una mirada el fondo de sus preocupaciones. Con ese artilugio se defendía del poder que tenía Sin Moly, puesto que sabía que el Mirriaco, debajo de esa máscara de látex con que se presentaba siempre ante ella, no tenía rostro sino un espejo triangular que reflejaba las angustias y los pecados de su interlocutor, y ella no quería ver allí el reflejo atormentado de Darwin.

—Éramos artistas, simples e inofensivos artistas —dijo Sin Moly acercándose al mesón, rememorando una vez más la explosión, el exterminio que habían practicado los Feudocitos sobre los de su raza—. ¿Por qué nos consideraban herejes? ¿Acaso por sentir de un modo diferente? ¿Acaso por ser capaces de ver lo que otros no podían? ¿Es tan grave perseguir la belleza, Vértigo? Dime, ¿es tan grave querer retenerla? ¿O era sencillamente porque les molestaba que los pocos humanos que quedaban vieran reflejado su interior en nuestras caras?

Cuando Sin Moly se dejaba ganar por la nostalgia y la rabia de la tragedia que había caído sobre su pueblo, sus movimientos se confundían y se tornaban más bruscos, haciendo que su dorso femenino resultara todavía más paradójico de lo que era ya de por sí, ensamblado sobre esas extremidades inferiores cubiertas de vello negro y espeso.

—¿Y qué me dices de nosotros, Sin Moly? —intervino Vértigo—. ¿No somos acaso los Pelzarios los que más tenemos que sufrir con esa doctrina de la vida eterna, de la inmortalidad? Cada vez que pienso en mi vida incesante, la tristeza se apodera de mí. Vivir, vivir, vivir sin cesar, vivir a toda costa sólo por el capricho de un humano demente… Regeneración constante, repetición de tus sensaciones con idénticas características, anulación total de la novedad, juventud inagotable… ¿Tiene algún sentido? Dime, ¿te parece justo tener que soportar tanto tormento?

Vértigo duplicó el efecto de su pregunta dejando que en sus dos rostros alumbrara la pena y floreciera la humedad de unas lágrimas en sus cuatro ojos. Aprovechando la oportunidad de estrechar el contacto físico, Sin Moly se le acercó a rodearla con sus delgados brazos femeninos, a darle consuelo con unas caricias muy suaves sobre sus mejillas sonrosadas y tiernas. Y mientras le decía que todo iba a estar bien, que pronto todo iba a cambiar, la despojó de los harapos que la cubrían y la llevó al rincón de su taller donde pretendía terminar su obra maestra: una escultura mediana de Vértigo desnuda, más bella que nunca. En el interior del mármol, Sin Moly había puesto la ofrenda más grande para Darwin y los Feudocitos: una roca de estroncianita del tamaño de un huevo, con la cual esperaban dar el tiro de gracia al Templo Binario. Al entrar en contacto el estroncio con la radiación electromagnética que producían los Feudocitos, el dolor en las articulaciones de Darwin iba a ser violento y definitivo, completamente postrante; iba a reventar de dolor como en un vistoso festival de juegos pirotécnicos. A su turno, los Feudocitos se verían obligados a generar una carga retroviral tan grande, que en cuestión de minutos la noción del mundo eterno se desvanecería por completo.

—Debo encontrar cada detalle de vida que habite en tu cuerpo… Tu desnudez ha de ser tan definitiva para el Pastor como el estroncio mismo. Al contemplar esta representación tuya, Darwin va a sufrir la erección más calamitosa que quepa imaginar. Odiará en su angustia ser un hombre, reaccionar de manera tan lúbrica ante la belleza. Querrá lamerte, poseerte, reproducirse, reventar.

Mientras aplicaba el cincel sobre el mármol, Sin Moly se dejó llevar por su discurso y su imaginación, y sintió él también un deseo acaramelado por Vértigo. Cerró los ojos, dejó que su sangre hirviera por todo su organismo, y se vio a sí mismo bajo la piel de Darwin, copulando con furia a la bella Vértigo.


3

Darwin observaba el atardecer sentado en la cúpula del templo. El sol caía sobre el mundo, enorme, un disco rojo portentoso, y sólo un hombre parecía cargarlo. En efecto, Darwin no podía soportar más el dolor; su nuca estaba inmóvil, los calambres en sus lumbares eran cada vez más intensos, y sus muñecas, rodillas y codos temblaban constantemente. Nadie podía ayudarlo, puesto que nadie sabía con certeza en qué consistía su enfermedad. De hecho, las enfermedades y la muerte eran cosa del pasado, una leyenda de otro mundo donde predominaban los débiles seres humanos.

—Descansa, hijo mío, nadie vendrá hoy —le recomendó el dios Titanio, al tiempo que le tomaba la temperatura para monitorear el estado de la fiebre.

En ese momento, Darwin cayó al suelo. Respirar se hacía muy difícil, se le comprimían los pulmones como unos almohadones mojados, y en la tráquea se le formaba una especie de nudo ciego. Con todo, tenerla cerca a ella era un alivio; diría incluso que ella bajaba del cielo para rescatarlo de los brazos de la muerte. Vértigo extendió los brazos para estrecharlo con devoción, para susurrar en su oído unas frases enmelocotadas de amor. Recorrió cada porción de su rostro con caricias tibias, benéficas, caricias más efectivas que todas las medicinas juntas.

—Vértigo… Mi niña, mi dulce niña… Quédate a mi lado un poco más. Pasemos esta noche juntos…

Ella lo miró con ternura y lo silenció con un beso. Gracias a la saliva exquisita que provenía de Vértigo, Darwin empezó a recuperarse, sus brazos se hicieron fuertes, sus muñecas firmes, el dolor fue desapareciendo de manera milagrosa, rápida. Al concluir el beso, Darwin se sintió inundado de vitalidad, rejuvenecido, ligero, feliz, profundamente feliz.

Ahora, Darwin dejó que fuera el deseo quien tomara el timón del momento. La abrazó con fuerza, y ella respondió no con ternura sino con un jadeo inesperado, longo, lleno de terciopelo:

—Aeaeahhh

Puso sus piernas encima del Pastor y se sacó la túnica por la cabeza. Darwin llevó sus manos hacia el pecho de su dulce niña, quien reaccionó buscando el contacto directo con su cuerpo y lo despojó con premura de sus vestiduras. Hasta el más escondido trozo de piel fue explorado por la boca del otro, y los que antes eran dos, ahora eran uno. No había palabras, la piel hablaba a borbotones por sí misma el exuberante lenguaje de la delicia. Y justo cuando iban a alcanzar el clímax, Vértigo giró su cabeza para mostrarle al amante su cara oculta. Lo que Darwin vio, sin embargo, no fue el retrato de la beatitud extasiada, sino la imagen viva de la crueldad, y con un salto horrorizado se liberó de las piernas de Vértigo. No podía creer lo que había visto, lo que le sugería la visión. No podía creer que Vértigo…

—Padre, padre, por favor despierte —le dijo Vértigo sacudiéndolo—. ¿Está bien? ¿Le pasó algo?

Los ojos de Darwin se abrieron de par en par, y todo su rostro expresó el desconcierto de recuperar el sentido tras una pesadilla. Su frente estaba perlada de sudor, las venas del cuello se habían brotado y un suave temblor sacudía todo su cuerpo. Tras explicarle que lo había encontrado inconsciente sobre el suelo, Vértigo ayudó a levantar al Pastor, lo llevó al atrio y se sentó a su lado, tomando sus manos. Trató de darle ánimos con la noticia de que los dioses estaban analizando ya una muestra de su sangre y muy pronto tendrían listo el diagnóstico.

Darwin miró con suma atención el rostro de Vértigo, sus manos, su espalda, y encontró sólo dulcísimas facciones, belleza ideal, bien supremo, nada que se pudiera asociar con los horrores del delirio que la fiebre le había generado. Y sin embargo, no sabía por qué no podía deshacerse de ese sentimiento de desconfianza respecto de ella. El dios Teleglobe imprimió el reporte en una tirilla de papel, pero Darwin no tenía que leer nada; después de mucho tiempo, cuando la situación no tenía casi remedio, por fin comprendió lo que ocurría, el sentido exacto de lo que había visto en su delirio.

—Vamos, hija mía, subamos a la terraza de la cúpula. Quiero mostrarte algo.

Desde lo alto el Bosque Rojo se veía maravilloso. Ramas de pinos, tilos, cipreses y robles se trenzaban formando figuras perfectas, armonía que contradecía a los que simplemente encontraban allí mutaciones, malformaciones. Y más allá, en los complejos habitacionales, todo era exactitud bajo la celosa supervisión de los Feudocitos de quinta generación.

—¿Te gusta?

—Es precioso. Nunca había visto nada tan maravilloso.

—Es la belleza del mundo que los dioses han creado para nosotros. Es la prueba de su dominio sobre la maldad. Es la señal de la victoria sobre los Mirriacos y todos aquellos que han intentado traicionarnos.

Vértigo hizo un gesto de no entender a qué se refería Darwin con su alusión a los Mirriacos y la traición.

—Yo soy el guardián del mundo —dijo el Pastor en un tono glacial—. ¿O acaso olvidas que yo soy el último ser humano, el escogido para actualizar y proteger la evolución de los dioses? Los dioses deben alcanzar la octava generación, y yo…

Una nueva picada en la espalda interrumpió las palabras de Darwin, y sólo entonces Vértigo comprendió que ya no había nada que perder ni que ocultar. Ahora era libre de expresar sus verdaderos sentimientos:

—¡¿Evolución?! ¡Qué absurdo en un lugar donde nadie muere, donde nada cambia!

—¡Cállate, hereje, que estás en un templo!

—¡¿Evolución?! Cuando hace más de mil años que nadie muere en la Península…

—¡Pues yo estoy a punto de morir por tu culpa y tus regalos, maldita farsante! ¿Acaso te dejaste convencer de los Mirriacos? ¿Fueron ellos los que te usaron? Dime, ¿fueron ellos? ¡Habla!

Justo entonces Vértigo sintió estupor, y tomó conciencia de la gravedad de los acontecimientos. Pensó por un momento retar al Pastor, confrontarlo, preguntarle si le tenía miedo a la muerte, si ahora que estaba enfermo descreía de los dioses en los que siempre había confiado, pero en cambio dejó que la ternura la inundara y simplemente dijo:

—No quiero que muera, Padre, ni quiero tampoco que sus dioses colapsen, pero tenga piedad de mí, de esta insoportable juventud perpetua que…

Vértigo rompió en sollozos mientras Darwin, presa de una virulenta punzada en la nuca, perdía el sentido tras proferir un aullido que de seguro se habría escuchado hasta en el último rincón del Bosque Rojo.


4

Incapaz de levantarse, Darwin abrió los ojos y vio una columna de humo que salía de los Feudocitos. De todas las consolas se imprimían reportes simultáneos, caóticos. Los testigos luminosos del dios Titanio se habían fundido, en tanto que los de la diosa Sonora titilaban con la angustia propia del demente. Era el fin. Vértigo no se veía por ninguna parte; lo había abandonado sin ninguna misericordia. Haciendo acopio de todas sus fuerzas, el Pastor expulsó por su boca un líquido carmesí y viscoso que le obstruía la garganta y le impedía respirar; pensó que se vomitaba a sí mismo, que todas sus entrañas se habían licuado con su espíritu y ahora las excretaba convertidas en ese triste líquido rojo como el fango de los pantanos abisales.

No tardaron en reaparecer las alucinaciones, la cohorte de Mirriacos hediondos que bailaba a su alrededor celebrando su agonía, la carcajada sulfurosa de ese ser mitad hombre, mitad mujer, que dirigía la sardana de los Mirriacos. Batían palmas, lo escupían, gruñían como bestias borrachas de lujuria. El líder de los herejes se acercaba adonde yacía el moribundo, y despojándose de una máscara de látex, mostraba su rostro triangular, los ojos espejados en donde Darwin vio el reflejo de un manzano y una serpiente. Ya no tenía alientos para defenderse, para alejarlos, pobre víctima de la parálisis y el desahucio. Una vez más vomitó los últimos restos de su interior, de sus aspiraciones, y por fin sus latidos cesaron por completo.

Un silencio de cementerios se apoderó del Templo Binario. Los dioses habían emitido también su suspiro terminal en una tirilla de papel en la cual se repetía una y otra vez el diagnóstico: “Estroncianita, estroncianita, estroncianita”. En las afueras del Templo, en cambio, imperaba la algarabía. Pelzarios a medio vestir corrían hacia los refugios subterráneos, en tanto que de todos los recovecos del Bosque Rojo ardían hogueras rituales para tratar de apaciguar la furia de un viento que ululaba amenazante. Pronto comenzó a temblar. La tierra se pobló de rajaduras y abismos de donde brotó como impulsada por un géiser toda clase de objetos de la prehistoria: relojes que aún daban la hora exacta, loza de la República de Weimar, peinetas con pocos dientes, zapatos deslustrados, ropa interior ajada, medias rotas, prótesis de senos, glúteos y labios con exagerada silicona, cadenas de aminoácidos, grasa saturada e insaturada; multitud de fetiches humanoides.

Vértigo, entre tanto, corría y corría tratando de llegar al Albergue. Iba feliz, deletérea, rápida, sin notar que al interior de sus células un ejército de radicales libres iba dejando estropicio y desinformación, sin percibir que en sus rostros empezaban a aparecer los primeros síntomas de la vejez.

Vampihumafauniburus
Carolina Pérez, Iván René León, Alex Acevedo

(basado en una idea original de John Jairo Sarabia)

Del Animalejo Terco

¡Despertó! El exquisito olor de las galletas de avena alertó sus sentidos. Con sus orejas puntiagudas y largas dibujó un mapa sónico para hallar el tesoro que representaba esa bandeja de galletas humeantes. Sus alas colosales se estiraron en ademán de desperezarse, hasta hacer traquear su gordo y pequeño cuerpo. Maravillado por el dulce olor de las galletas, el bicho estaba dispuesto a salir disparado de esa cueva que permanecía siempre en tinieblas, pero recordó que ante todo era un animal social; en ésa, su plácida celda nocturna, vivían también sus cofrades. Bajó la mirada. Dudó.

A veces, cuando se hundía en el sueño, se olvidaba de todas las implicaciones de los lazos sociales, y su primer despertar siempre quedaba impregnado de una baba de libertad. Mientras duraba el sueño, nada significaba la responsabilidad de los afectos, nada tampoco la coerción de las normas, y nada tampoco la obligación de la solidaridad. Pero con la vigilia revivían los fantasmas y las cargas se hacían más pesadas. Quizás por eso su primer pensamiento del día lo dedicaba a un plan de escape que nunca terminaba de fraguar; tarde o temprano iba a suceder, tenía que romper las ataduras con el clan y empezar una nueva vida completamente autónoma.

Salió de la quietud filosófica impulsado por el apetito de las galletas recién horneadas; deseó con ansia clavar sus colmillos pequeños y punzantes en la blanda capa de chocolate que las recubría. Y se disponía ya a emprender el vuelo, cuando un chillido ensordecedor de uno de sus congéneres frustró su plan. Era un chillido de burla, risillas que lo atormentaban. Sus compañeros de piel oscura y elástica se amontonaron en grupitos con ágiles movimientos. Un coro de sarcasmo y hostilidad a su alrededor. La contraparte de las ventajas sociales. El lado oscuro de la virtud política. Aquel vampiro excepcional sabía que era el tema favorito de ellos, aunque poco le importaba. Desplegó sus alas, y tropezando con las paredes de la cueva, buscó por fin la salida, la luz del exterior.

Los rayos del sol dejaron ver su piel extraña, arrugada y blanca, completamente láctea. Era un vampiro albino cuya palidez extrema era el hazmerreír constante de los otros. Y para rematar, el color de su piel no era su único defecto, pues aparte caminaba de una forma extraña, con las patas muy abiertas, evocando quizás la elegancia clásica de los patos, o sencillamente como si fuera un caballero ilustre del reino de Frost.

Justo al pie de la cueva había una flor de Aranzú —ese loto gigante que florecía con pétalos tricolores, amarillo, azul y rojo, que medían más de dos metros—, en donde el bicho albino solía refrescarse cada mañana, pues esa era la otra diferencia con los de su género: nunca se complicó la vida robando la sangre de animales o humanos. Era más bien omnívoro, pero sobre todo glotón. Su apetito voraz lo impulsaba a diario a meterle los colmillos a lo primero que se le apareciera. Había probado las sopas de nabo y cubio que robaba de las aldeas, también el tabaco, también el papel, y desde luego había tenido pantagruélicos banquetes de bellota. Manjar para él eran las gotas de rocío, y sus favoritas eran las termitas como postre, claro, si no podía hallar comejenes. Cada cosa que podía percibir mediante su olfato le llamaba la atención, y si era susceptible de ser chupada, no lo dudaba y arremetía contra el objeto de su curiosidad. Incluso una vez pretendió morder el oro, lastimándose uno de sus colmillos; aprendió que hay cosas que no se dejan comer.

Luego de calmar su sed en la flor de Aranzú, el bicho voló en dirección sur, rumbo hacia esa bandeja de galletas de avena y chocolate que imaginaba reposando en cualquier cobertizo de la hondonada de Vers. Al tiempo que ejercitaba sus alas, volvía sus pensamientos a la otra gran preocupación de sus últimos treinta y seis años de vida: casarse, conseguir una pareja a la altura de sus expectativas. La verdad, el vampiro albino la tenía difícil, no sólo por su aspecto sui generis o su conducta un tanto excéntrica, sino también por las mismas exigencias que fijaba. En otras palabras, era exigente y terco. No le convencían las esclavas de piel tersa y rostro armonioso, tampoco las niñas inocentes de la aldea que observaba a escondidas tras las ramas, menos las mujeres con cuerpos definidos y a veces sudorosos. Las ancianas sólo le provocaban tristeza. Tampoco estaba interesado en seres mágicos, y ni pensar en las hembras de su especie, que ya eran raza en extinción y siempre se asustaban al verlo, cuando no soltaban una carcajada de desprecio.

Como de costumbre, pronto desistió de encontrar las galletas, y se conformó con unos bulbos fétidos que encontró a su paso. Y después, con la barriga inflada de tanta ingesta desgobernada, transitó el resto del día entre el campo espeso, picando por aquí y por allá, chupando de esto y lo otro. Era aventurero. Se escondía una y otra vez para que nadie lo divisara. Ya cerca del crepúsculo, el clima del reino de Frost mudó abruptamente; apareció un grupo de nubes negras que traía consigo un aguacero torrencial. Y el bicho, como por variar, ya tenía hambre otra vez, descontando el hecho de que no hacía mucho se había atragantado de huevos de Dons, esas aves medianas, con ojos saltones, que tenían sus nidos por debajo de la tierra.

A medida que la tormenta se fue acercando gota a gota, este patético vampiro empezó a sentir frío, cansancio, sueño, hasta que terminó por convencerse de que lo mejor sería buscar un refugio para su cuerpo gordinflón. Cuando la noche se impuso en toda su majestad, el bicho se hallaba en los inmensos jardines de un castillo, estilando y castañeando los dientes de frío. A doscientos metros, logró divisar con su corta vista un frondoso árbol en cuyas ramas se abrían cientos de flores blancas, diminutas; parecía un buen refugio. Corrió angustiado porque ya le dolían las gotas de agua sobre su piel. Respiraba vertiginosamente, y su pulso de dos corazones parecía reventar. Se agarró del tronco grueso del árbol para sostenerse. Su nariz percibió el delicado y apetitoso olor de la savia; era como un eco de otras delicias que lo llamaba. Aún sin estabilizarse, trepó y trepó, con más ganas que pericia, y al adentrarse entre las ramas, su estómago le clamó a gritos un pequeño mordisco.


Del Árbol Insatisfecho

El árbol se estremeció como si hubiera llegado el momento esperado por siglos. Hasta entonces su historia arbórea se había caracterizado por la modestia y la meditación trascendental. Aspiraba a un nirvana en el que cada hoja de sus ramas alcanzara la suculenta paz de no desear la luz. Pero al mismo tiempo, no le satisfacía esta aspiración oriental, y tendía a imaginarse móvil, deseante, humano, demasiado humano.

Con el arribo del vampiro a sus instalaciones, con el mordisco que le propinó, todos los fermentos, musgos y líquenes producto espontáneo de su inmovilidad y su ceguera explotaron igual que un globo lleno de pedos. La corteza empezó a encogerse, a cambiar de color, a suavizarse, a llenarse de poros. Las hojas que lo hacían frondoso cayeron hasta dejarlo desnudo, de una de sus ramas salieron despedidos por el aire los polluelos que allí anidaban. Sus entrañas leñosas fueron tomando la forma flexible de los músculos, la rigidez harinosa de los huesos, y los conductos que transportaban la savia se transformaron en venas y arterias con sangre caliente, burbujeante. El árbol que permaneció inmóvil por tanto tiempo, en perpetua contemplación de sus propias falencias y la imponderable desproporción de sus aspiraciones, adquirió de repente las líneas de un cuerpo humano joven; un ser capaz de moverse con autonomía. La memoria guardada en los surcos de su tronco se replegó hacía la cabeza conformando parte del cerebro; de la madera más íntima y tierna se formó el cerebelo. Entonces, donde antes sólo se producían pensamientos vegetales y melancolía estática, ahora brotaban a mares conceptos, ideas, abstracciones, desbalances hormonales, ganas de amar.

Así, no tardó en aparecer por su mente la imagen de aquella mujer que quizás había sido la causante de la transmutación. Era una dama triste pero definitiva, lo que casi la hacía equivalente a las lejanas estrellas de cine. Además, aquella mujer expelía un aroma particular, lujurioso, una mezcla perfectamente coherente de pino, anamú y limonaria, y por si fuera poco sabía cantar a la perfección; pasaba horas enteras sentada sobre sus ramas entonando arias melancólicas.

Y de la misma manera fugaz en que sus pelos radiculares se trocaron en vellosidad púbica, y a su vez sus células vegetales se cambiaron por leucocitos y glóbulos rojos, así también le llegó al árbol, muy rápido, la primera conclusión de su cerebro recién estrenado: el recuerdo del aroma de la mujer, de su voz entonando canciones pastoriles, pronto dio lugar a la erección; su miembro de la generación se hinchó con soberbia, vehemente.

Total que el árbol confió su pasos al olfato, apurado por las urgencias que nacían en su bajo vientre, y siguió un sendero iluminado por un rayo de luna, de piedra en piedra, hasta llegar a la puerta de la torre en donde tenía sus habitaciones esa dama fragante, cantante, y para colmo, duquesa de Frost.


De la Duquesa Solitaria

La habitación de la duquesa era en extremo candorosa, cursi, infantil. Pesadas estanterías adosadas sostenían muñecos de todas las especies, colores y tamaños: osos, leones, papagayos, palmeras, quesos, soldados, planetas, hogazas de pan, castores, sapos, equilibristas y funámbulos. Decenas de almohadas rosadas cubrían el suelo e invitaban a saltar y jugar a ahogarse en el océano mullido, el mar del romanticismo. Un papel tapiz con escenas del Mago de Oz cubría las paredes y combinaba de manera primorosa con las cortinas multicolores. A juzgar por la decoración del recinto, cualquiera podría pensar que la duquesa no contaba más de nueve años de vida, y a lo mejor sería una niña de graciosos rizos del color del sol, vestida siempre con finas batas de organdí, y dueña de un rostro carnoso, sonrosado.

Aquella niña debía reposar su cuerpo de ángel sobre la cama que ocupaba el espacio central de la habitación. Una cama de cedro con hermosos pilares tallados a mano, que sostenían velos en extremo sutiles, traslúcidos.

Y sin embargo, una niña así de primaveral no podía diseminar la fragancia que despertó la lascivia del árbol; una ricitos de oro prototípica tendría que oler a chicle, a brillo labial de fresa, o si no a un neutro perfume de vidrio y agua de manzanilla. Conque la incoherencia entre la decoración de su pieza y el aroma orgiástico que despedía se resolvió por vía administrativa; es decir, al llegar al borde del lecho, el árbol dio con una mujer hecha y derecha, que dormía bajo una muralla de cobijas y de cuyo cuerpo en consecuencia poco se podía adelantar. Apenas sus dos flacas manos se asomaban al extremo del edredón, como garfios, como garras de un ave exótica, delirante.

Pasados apenas unos pocos instantes, un sobresalto en su sueño le permitió al árbol apreciar el horrible rostro de la duquesa. Salió de su tumba de cobijas esgrimiendo una mueca avinagrada, ostentando un ridículo gorro de dormir.

Pero ya se sabe que los árboles no aspiran a poseer la perfección, y por el contrario suelen conformarse con poco. Sus ideales estéticos son extremadamente modestos, y es por eso que abundan en las selvas y atraen la lluvia.

En fin, la duquesa de Frost era flaca esquelética, puro hueso apenas apto para un caldo; carecía de cualquier atributo físico que pudiera darle la esperanza de llegar a ser amada. Un juete, un canasto de pies a cabeza. Sólo durante sus estancias en el jardín, cuando cantaba escondida entre las ramas del árbol, la duquesa inspiraba un sentimiento noble. Y teniendo en cuenta que el mundo que la rodeaba era el imperio de la vanidad, un Frostywood abigarrado de silicona, botox y grasas estilizadas, ella solía refugiarse en los recuerdos de su niñez. Por lo mismo, más que vivir, vegetaba, y quizás esto bastó para atraer al árbol.

De manera que, al cabo de esa contemplación extática de la durmiente, el árbol estaba que se reventaba. Poseído hasta la raíz por la lujuria, no veía en la duquesa la flacidez de la poca carne, sino que aspiraba una y otra vez esa mezcla infernal de pino, anamú y limonaria. La recordaba encima de sus ramas, cuando sus piernas desnudas le rozaban la corteza para acomodarse o bajarse de él, y se le iban las luces de tanta pasión refrenada.

Sus manos se tensaron. Sobre sus brazos los músculos sobresalieron y algunas venas ensancharon su cauce. Sin medir consecuencias se abalanzó sobre la durmiente con un miembro impresionante, duro y fervoroso, húmedo y caliente, un tizón todo hecho de pálpitos. Tras el asalto, la duquesa despertó aterrada y profirió un aullido de auxilio que, en verdad, quedó sólo a medias, pues pronto tomó consciencia de esta fantástica oportunidad que se le presentaba para dejar atrás la ignorancia acerca de la íntima naturaleza masculina. Tenía por fin un hombre tan cerca como siempre lo había soñado, un hombre que de un zarpazo le rasgó el camisón y le separó las piernas con la urgencia que exhiben las bestias bajo la necesidad de favorecer la supervivencia de su especie por medio de la cópula. Fue entonces cuando esa expresión de miedo cambió y una sonrisa de dientes descarrilados se asomó por su boca torcida, aderezando su rostro con arrugas en cada espacio. Era su ocasión, la oportunidad de su vida, la que nunca se volvería a repetir.

Sus manos se movieron veloces sobre el pecho del árbol. Lo recorrió voraz hasta en los espacios que él mismo no se había descubierto. Su boca, su lengua, parecían querer saciar de golpe el hambre de hombre que la consumía, que llevaba represada como una maldición. Moretones de mordiscos comenzaron a aparecer sobre la piel del árbol, y pequeños hilos de sangre recorrieron sus costados. Intentando zafarse de la duquesa, con la convicción de que sus ímpetus pasionales lindaban ya con las prácticas de aquel marqués remoto, el árbol la empujó de los hombros hacia abajo, pero ella interpretó este movimiento como una invitación a las delicias del amor oral. Nuevos umbrales de dolor colmaron al árbol, y enardecido se abalanzó sobre el cuello de la duquesa ostentado dos enormes colmillos en su boca.

La herida y el orgasmo fueron un solo acontecimiento en la duquesa. Ramalazos de placer desordenaron sus cabellos y torcieron su rostro que empezó a palidecer bajo la succión desaforada del árbol. Y cuando pareció que ya estaba ahíta, que ya no podía estremecerse más sin perder el sentido, la duquesa separó de su cuello al árbol y se puso en pie con la intención de contemplarse en el espejo de su chifonier. A causa de la debilidad por el exceso de amor, la mujer trastabilló y fue a dar contra una de las esquinas de la chimenea. Se reincorporó luciendo una mínima herida en la frente, de donde brotó un hilo carmesí espeso que surcó sus mejillas sonrosadas. Aferrada con sus manos a la chimenea para evitar caer de nuevo, sonrió plena, dichosa, plenipotenciaria, enajenada, más flaca que nunca. Ahora que conocía el verdadero placer del cuerpo, le costaba trabajo retornar a la realidad, y aunque se encontraba exhausta, quería más, un poquito más, el último.

Presa del pánico ante lo que ciertamente vaticinó como una nueva arremetida de la ninfómana, el árbol saltó fuera del lecho y se dispuso a ofrecer resistencia. Entonces, de golpe, la duquesa sufrió un ataque convulsivo. Cayó tendida sobre la alfombra de cojines rosados, y allí se sacudió como si le estuvieran aplicando electrochoques. De sus senos mínimos y gelatinosos brotaron dos chorros de luz directo a los ojos del árbol, y enceguecido por completo, no pudo contemplar la transformación de la duquesa escuálida en ceiba preciosa, robusta, enorme. Apenas escuchaba truenos como de juicio final, ventanas que se rompían, pisos que se abrían, tierra que lo engullía. Al recobrar la vista, se halló sepultado, atrapado en la raíz de la duquesa, cubierto de una gruesa baba, estrenando su nueva forma de lombriz, inesperadamente hermafrodita.

La Pestilente Flor de los Desencuentros

Como suele ocurrir a diario, el tiempo resultó victorioso. Nadie volvió a frecuentar las ruinas del castillo, y pronto la manigua ocultó lo poco que había logrado sobrevivir a la intemperie. Los habitantes de Frost, cortos de memoria cuando les conviene, no tardaron en olvidar a su huesuda duquesa. Tampoco les causó gran preocupación la pestilencia que brotó de la fronda donde antes se extendían los jardines de la dama. Al parecer, el hedor provenía de la bellísima flor morada de la ceiba. Los pocos aventureros que se animaban a excursionar por el paraje, la mayoría en escapadas románticas y para rehuir la monotonía de los moteles o las residencias, solían llegar a la conclusión de que había una contradicción entre la belleza de la flor, con sus pétalos de violeta y blanco en perfecta armonía, con su pistilo prominente y enhiesto, y de otro lado el mal olor que expelía, un revuelto como a carne podrida, leche agria, mortecina y sardinas pasadas. Sólo un visitante ocasional, desprevenido, desorientado, sabía encontrar delicia en aquella flor. Parecía un murciélago, sólo que blanco, atolondrado y eminentemente albino. En fin, nada más se sabe. A veces todo es tan incierto…

Alex Acevedo, Carlos Ayala y Néstor Pedraza, asociados como Consorcio Las Filigranas de Perder ante la Secretaría Distrital de Cultura, Recreación y Deporte de Bogotá, D.C., y miembros fundadores del Movimiento Literario Independiente Las Filigranas de Perder,

celebramos la publicación del libro fruto de los Talleres de Creación Colectiva en Literatura

SIMBIOSIS VIRGINAL



en el marco del programa Bogotá, Capital Mundial del Libro


e invitamos a todos nuestros talleristas, amigos, conocidos, familiares, y a todos los amantes de las letras, a acompañarnos en el acto de Lanzamiento Oficial del mismo, que se realizará dentro de la 21a Feria Internacional del Libro de Bogotá.

  • Lugar: Stand 141, Pabellón 6, Piso 2, Corferias
  • Fecha: Martes 29 de Abril de 2008
  • Hora: 6:00 PM

Habrá una presentación pre-lanzamiento de este libro, junto a la de los demás productos impresos de Bogotá, Un Libro Abierto, el viernes 25 de abril a las 6:00 PM en el Auditorio Tomás Carrasquilla de Corferias.

Adicionalmente, estaremos el domingo 4 de mayo de 3:00 PM a 5:00 PM haciendo una charla y mini-taller de creación colectiva literaria en la sala Tomás Carrasquilla de Corferias, dentro del ciclo de conferencias Las Otras Literaturas.

Ante la imposibilidad de publicar todos los textos elaborados por nuestros talleristas, realizamos una selección que busca ser una muestra amplia y variada del trabajo realizado dentro de este proyecto. Todos los textos se escribieron con la asesoría de los directores de los talleres, que aparecemos como coautores de algunos textos, además de nuestro trabajo como editores y correctores de estilo de todos ellos.

Simbiosis Virginal recoge 17 textos de 28 de nuestros talleristas. A continuación, hacemos una brevísima presentación de cada uno de ellos:

*Los Sepultureros – Pedro Francisco Bernal, Orlando Barón Gil.
Reflexión sobre la adicción al trabajo después de la muerte.

*Minicuento de Amor – John Alexander Vera Chacón.
Minificción de género negro, recrea las llamaradas del placer trinitario y deja al lector noqueado sobre los carbones apagados de un ring interior.

*Casa de Muñecos – Violeta Leuro, Néstor Pedraza.
Una casa de puertas y piernas abiertas donde la verdad, la aceptación y la entrega serán un sueño inocente en medio del infierno.

*Gas de Pantano – Olga Alvarez, L. C. Hamilton.
Nos sumerge en los vericuetos de un mundo en el que las drogas no sólo son legales, sino obligatorias.

*Inanna – Leonardo Serrano Pineda.
Texto donde la filosofía griega hace guiños torcidos, para desenmascarar las vías tortuosas que suele escoger el erotismo en sus víctimas.

*Blanco y Negro – Rosa María Moreno, Néstor Pedraza.
Última significación del dinero en su forma física, mezclada de manera perfecta con los elementos de la fábula.

*Epílogo del Bosque Rojo – Magyory Forero, Jelymaibet Bustos, Alex Acevedo. La inutilidad de ser joven y el carácter superfluo de la existencia prolongada por medio de la tecnología.

*La Caridad – Julieta Loaiza.
Evoca la literatura costumbrista, dejando percibir los ecos de Juan Rulfo y la sordidez acaramelada de la vida rural.

*Las Filigranas del Placer – Augusto Ramírez Ospina.
Un texto veloz, marcado por la influencia del celuloide y con un humor muy bogotano.

*Marido para Tres – María Teresa Niño Farfán, Mónica Liliana Trujillo, Marcelo Del Castillo.
El lector no dejará de burlarse de la suerte del protagonista, mientras redescubre su propia vulnerabilidad y se contenta con la vaga idea de que eso sólo le pasa a los demás.

*Carne Salada – Laura Valbuena, William Cuevas, Frank Jiménez.
Cuando el hambre apremia, no hay pan duro que valga, y cuando las cosas se ponen difíciles, siempre cabe la posibilidad de un bono que las empeore.

*Vampihumafauniburus – Carolina Pérez, Iván René León, Alex Acevedo.
Cuento protagonizado por un volátil excéntrico, un árbol que camina, una mujer horrenda y una flor pestilente.

*Amor en Trance – Diana Carolina Romero, Lilian Patricia Alvarado, Néstor Pedraza.
Letras, drogas y espejos en maridaje infernal, constituyen la cotidianidad de un hombre que perdió la lucha contra su reflejo.

*Ramiro Buenavida – Carlos Andrés Vargas Pineda.
Un verdadero vampiro criollo, sin capa ni abolengo, pero con una visión muy clara de la vida: hay que comer sin trabajar.

*Gusano De La Luna – Augusto Lozada, Edgar Felipe Amaya.
Las vicisitudes o las alegrías del que se sirven de marco a una aguda disección del poder de la palabra.

*Médulas ¡Pop! – Adolfo Villafuerte, Luisa Sánchez, Leonardo Pardo, Carlos Ayala.
Una epidemia de falta de fe, muy parecida a la que campea en nuestros días, sirve de escenario para la historia de unos brinconcitos que salen a hacer la vida a punta de balín.

*Cena para Dos – Norma Moreno.
Un destacado forense de medicina legal se obsesiona con un caso de aparente asesinato serial, y esta obsesión lo arrastrará a una cena macabra donde el plato principal tendrá un toque demasiado personal.

Estos cuentos y todos los textos no incluidos en esta antología, están publicados en este mismo blog. Debido a la cantidad y extensión de los cuentos presentados por nuestros talleristas, el proceso de selección fue largo y difícil, pero estamos seguros de que los textos incluidos en el libro representan la variedad de temas y géneros, y la buena calidad, de todos los trabajos de literatura creativa llevados a cabo en colectivo y en solitario dentro de los talleres.

Nuestros más sinceros agradecimientos a todos nuestros talleristas y a todos aquellos que apoyaron nuestro proyecto, y nuestras felicitaciones a los autores incluidos en el libro.

Datos de esta edición: ISBN Obra Independiente: 978-958-44-3153-0. Encuadernación en rústica, policromía, portada plastificada con solapas, interior a una tinta, 180 páginas, 1.000 ejemplares. Diseño de Portada: Néstor Pedraza, Alex Acevedo, Carlos Ayala, Lilian Patricia Alvarado. Diseño de Contraportada: Carlos Ayala, Néstor Pedraza, Alex Acevedo. Diseño Interior: Néstor Pedraza. Edición y Corrección de Estilo: Alex Acevedo, Néstor Pedraza, Carlos Ayala, Yenny Karonlains Alarcón. Impreso por D'Vinni en Bogotá, Colombia, en Abril de 2008.

Simbiosis Virginal es una publicación de Las Filigranas de Perder con el apoyo de la Secretaría Distrital de Cultura, Recreación y Deporte de Bogotá, D.C. Libro de distribución gratuita, con algunos derechos reservados según licencia Creative Commons Reconocimiento-No comercial-Compartir bajo la misma licencia 2.5 Colombia. Está expresamente prohibida su venta y cualquier uso con fines de lucro.

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