Mostrando entradas con la etiqueta Simbiosis Virginal. Mostrar todas las entradas
Mostrando entradas con la etiqueta Simbiosis Virginal. Mostrar todas las entradas

Así fue nuestro proyecto dentro del programa Bogotá, Capital Mundial del Libro 2007 - 2008 (para obtener información de nuevos proyectos y actividades, visite el blog de Las Filigranas de Perder):





5 Sesiones de Charlas 5 Sesiones de Asesorías




6 Semanas por taller 4 Talleres


-> ¡¡ TOTALMENTE GRATIS !! <-
(Se incluyó inscripción, material, acceso al taller, asesorías y certificado)


Fue dirigido a jóvenes y adultos desde los 15 años de edad


Los mejores relatos fueron publicados en el libro Simbiosis Virginal (2008).


Cada taller manejó los siguientes Temas:
Vampirismo, Cyberpunk, Erotismo, Género Negro


Talleres de Creación Colectiva en Literatura fue uno de los proyectos ganadores de la convocatoria Bogotá, Un Libro Abierto, organizada por la SDCRD.


















Finalizamos este proyecto

Damos cierre definitivo a nuestro proyecto Talleres de Creación Colectiva en Literatura, con la publicación de los textos finales producidos durante el mismo.

El trabajo sobre estos textos se realizó de la siguiente manera: Los talleristas, agrupados de a dos, tres y hasta cuatro personas, presentaron a los directores de los talleres sus propuestas de historias y personajes. Cada uno de los tres directores "adoptó" a varios de estos grupos, de forma que todos los colectivos creativos contaron con el apoyo y seguimiento permanente de uno de los directores (aunque siempre hubo libertad de que recurrieran a otro de los directores para obtener otra opinión).

Cada grupo desarrolló unos personajes y un esquema de historia, y le fue dando forma al relato de la mano de los directores, que aportaron pautas e ideas tanto en la metodología como en la historia misma. Los colectivos presentaron borradores sucesivos de historias que fueron corregidos por los directores, quienes a su vez recurrieron a su experiencia como creadores colectivos para ayudarles a subsanar los conflictos en las historias y las divergencias de estilos. Las correcciones hechas a los textos fueron luego revisadas en conjunto.

Algunos grupos decidieron repartirse el trabajo, cada miembro del grupo escribió una parte del texto o desarrolló un personaje, y luego comenzaron a unir los manuscritos en un único texto, con las complicaciones de unifiación de estilos que eso implica. Es una forma inicial de acercamiento a la creación colectiva literaria, pero para que el texto tenga unidad, al final todos terminan metiendo mano al texto. En ese caso, el director que llevaba el grupo ayudó a darle unidad al texto haciendo las veces de editor.

Otros grupos lograron desde el comienzo un proceso de verdadera creación colectiva, en el que todos escribían al tiempo buscando una sola voz, una unidad de estilo, y desarrollando al unísono los personajes. Esos textos fueron más afortunados en su génesis y desarrollo y requirieron un menor trabajo de edición.

En el proceso, algunos grupos desistieron por diferentes razones. En la mayoría de los casos, no entregaron escrito. En otros casos, un miembro del grupo decidió trabajar el texto en solitario hasta darle forma final. Y en unos pocos casos, dos miembros de un grupo de tres reiniciaron el proceso y escribieron en conjunto un texto nuevo. Terminados los talleres, los directores de los talleres nos reuníamos de una a tres veces por semana con cada grupo en sesiones de una a dos horas para aportar ideas, revisar el texto y proponer giros al mismo que lo hicieran más interesante para el lector. Algunos grupos tenían ideas muy difusas, y lograr concretarlas en una historia coherente requirió de dos o tres semanas de trabajo, antes que pudiera hacerse un esquema del cuento y los personajes.

El trabajo de los directores de los talleres llegó a convertirse en coautoría en los casos específicos en los que por la afinidad de uno de ellos con la historia y los personajes, y por la solicitud expresa de los autores, el director que asesoraba al grupo se integró al mismo y escribió en colectivo la historia propuesta. En los demás casos, aunque el director que asesoraba el texto siempre colaboró activamente en la construcción de la historia y de los personajes, y aunque casi siempre llegó incluso a incluir una o dos líneas de su puño y letra, esto no lo consideramos coautoría. La presencia de los directores como coautores de algunos textos fue algo que surgió dentro del proceso creativo con los talleristas, con su venia y a solicitud suya, no un objetivo planteado en el proyecto.

Una vez se venció el plazo para entregar los cuentos terminados, comenzó el trabajo de revisión, edición y corrección de estilo por parte de los directores de los talleres. Aunque cada director se hizo responsable por los cuentos de los grupos que había asesorado, los tres hicimos revisiones y correcciones sobre todos los textos. En algunos casos, se contó con la colaboración de Yenny Karonlains Alarcón en la parte de corrección de estilo, pero su trabajo fue validado por uno de los directores antes de ser propuesto a los autores. Siempre se envió a los talleristas dueños de cada relato el texto revisado para su aprobación. Se buscó que los autores estuvieran de acuerdo con el proceso de corrección y edición. Esto hizo posible que en su gran mayoría, los autores quedaran plenamente satisfechos con el resultado final. Sin embargo, se presentaron un par de situaciones excepcionales que impidieron que la satisfacción fuera del 100%:

  1. En dos de los colectivos creativos, sobre algunos cambios que se les presentaron, los miembros del grupo no lograron ponerse de acuerdo entre sí sobre qué aceptaban y qué no. La decisión final fue tomada por los directores reunidos para aprobar los textos finales que se incluirían en el libro a publicar.

  2. Un virus informático hizo que se perdieran los cuentos trabajados y corregidos de los grupos asesorados por Carlos Ayala. Se recuperaron versiones anteriores, pero se perdió más de un mes de trabajo, y debido a las limitantes de tiempo, fue necesario tomar algunas decisiones sin consultar a los autores.

En nuestra reunión final, los tres directores de los talleres, Alex Acevedo, Carlos Ayala y Néstor Pedraza, presentamos los textos finales y cada uno hizo su preselección sobre los textos que había trabajado (tanto los que había asesorado como otros que había revisado y corregido). Sobre esta preselección y con los argumentos esgrimidos por cada uno, se dio paso al proceso de selección de los textos que se incluirían en el libro.

El compromiso era publicar 10 cuentos en un libro de 150 páginas con un tiraje de 500 copias. En aras de dar la mayor difusión posible al duro trabajo realizado por los talleristas, seleccionamos un grupo representativo de 17 cuentos escritos en colectivo y en individual dentro de cada uno de los 4 talleres de creación colectiva en literatura, y los publicamos en un libro de 180 páginas titulado Simbiosis Virginal, con un tiraje de 1.000 copias. Este libro recoge así, una muestra variada de cuentos de diferentes géneros y estilos, escritos por un total de 31 autores.

La diagramación y el montaje del libro fueron trabajo de Néstor Pedraza. Todo el diseño de portada, contraportada y solapas, fue trabajo colectivo de los tres directores del taller. La portada del libro está basada en el diseño del afiche promocional del proyecto, que también fue creación colectiva de los directores de los talleres. En ambos casos, el trabajo de diseño contó con aportes de Lilian Patricia Alvarado. La contraportada está basada en el diseño del volante promocional del proyecto, diseñado por los tres directores. La fotografía de los directores que aparece en la solapa de la portada del libro, fue tomada por Ivonne Rodríguez y editada por Diana Milena Pedraza, quien además colaboró en la organización y realización del evento del lanzamiento del libro. La impresión la realizó D'Vinni.

Los directores del proyecto nos declaramos plenamente satisfechos. Cumplimos todos los objetivos, algunos con creces, y obtuvimos mejores resultados de los esperados, dentro del cronograma propuesto y dentro del presupuesto inicialmente definido. A pesar de los inconvenientes, el nivel de satisfacción entre nuestros talleristas es bastante alto. Ahora sólo esperamos que el nivel de satisfacción también sea alto entre los lectores. Por supuesto, para hablar de una verdadera Creación Colectiva, se requiere de un proceso de largo aliento, este es apenas un primer laboratorio experimental. Esperamos que muchos de quienes iniciaron este proceso con nosotros, lo continúen junto a otros escritores por venir a nuestras filas en proyectos futuros.

Aprovechando la 21a Feria Internacional de Bogotá, dimos amplia difusión a Simbiosis Virginal: se le hicieron reseñas al libro en Caracol Televisión, Radiónica, Radio Universidad Nacional y Radio Universidad Distrital. Se distribuyeron copias a personal de City TV, revista El Malpensante, revista Número y del cuerpo de prensa de Corferias. Copias de Simbiosis Virginal fueron entregadas en los stands de las universidades Nacional, Distrital, del Rosario, del Valle, de Antioquia, Javeriana y otras. También se entregaron copias a personal de la Cruz Roja, la Cámara Colombiana del Libro, la Universidad Pedagógica Nacional, la Biblioteca Luis Ángel Arango, el Archivo General de la Nación, el Ministerio de Cultura, la Secretaría Distrital de Cultura Recreación y Deporte de Bogotá y otras instituciones. Algunas personalidades como Florence Thomas y Angelino Garzón, personajes de trascendencia en el mundo de las letras en Bogotá como Isaías Peña y Oscar Godoy, personalidades del teatro como el maestro Santiago García y Patricia Ariza, y escritores como Nahum Montt recibieron sendas copias del libro.

Simbiosis Virginal se fue en la Carreta Literaria de Martín Murillo, y también se fue en las maletas de la Secretaría de Cultura de Caldas, el Municipio de El Líbano y los Departamentos de Hulia, Tolima y Córdoba. A Nariño y Santander partieron varias copias. Otras quedaron en manos de personal del Festival de Poesía de Bogotá, el Centro Cultural Islámico, la editorial independiente La Serpiente Emplumada, la Fundación Epígrafe, el colectivo cultural El Ático, la Casa de Poesía Silva, la Fundación Gilberto Alzate Avendaño, la Corporación Colombiana de Teatro, el Centro Cultural El Salmón, el periódico interuniversitario Ex-Libris y varias empresas e instituciones que hicieron presencia en la Feria.

Posteriormente, se han entregado copias a Miguel Rubio (director del Teatro Yuyachkani del Perú), Arístides Vargas (director del Teatro Malayerba del Ecuador), Adriana Mejía, del Teatro Libre, Pacho Martínez del Teatro La Candelaria, Carlos Sánchez, director de la Mezquita Estambul, Emiko Shimokawa, profesora del Departamento de Arte Liberal Contemporáneo de la Universidad de Mujeres Showa del Japón, a personal de la Dirección Nacional de Divulgación Cultural de la Universidad Nacional de Colombia y a los profesores del Diplomado en Gestión Cultural de la Universidad del Rosario. Algunas copias de Simbiosis Virginal han viajado también a Londres, Salamanca, Bucaramanga, Cali y otras ciudades.

Por supuesto, todos los talleristas y todos los asistentes a los cuatro eventos que tuvimos en la 21a Feria Internacional de Bogotá, recibieron copias del libro, así como todos los demás proyectos ganadores de la convocatoria Bogotá, Un Libro Abierto. Hemos reservado copias para su donación formal a bibliotecas públicas y universitarias en Bogotá.

A continuación, publicamos en primer lugar todos los textos producidos durante los talleres que no formaron parte de Simbiosis Virginal, y luego, los textos incluidos en el libro en el mismo orden en que aparecen publicados.

Los Sepultureros
Pedro Francisco Bernal, Orlando Barón Gil

Felipe levantó sus cartas y vio que tenía un trece; un siete de espadas y un seis de bastos. El trece era un mal número para empezar la partida con los dos viejos, pero eso no podía saberlo Felipe en aquel momento. Miró el rostro de uno de los viejos de cuyo cuello se desprendía lo que pudo haber sido un suvenir tallado con esmero, pero que ahora sólo parecía una reliquia oxidada. De la baraja salió la carta con el cinco acompañada de la imagen de la muerte. Los dos sepultureros soltaron una risotada. Desesperado, Felipe, abandonó el juego. Antes de irse, sin embargo, clavó sus ojos en una pala que reposaba sobre la tierra; quería tenerla en sus manos.

El buscador de empleo se alejó a paso corto, perdiéndose por los meandros del cementerio, en donde el viento de la tarde buscaba abrigo, desentendiéndose del rigor cotidiano de la muerte, mientras las hojas de los árboles pretendían imitar a los deudos que se rinden ante el dolor. El cementerio guardaba las sombras apabulladas que aún se resistían a buscar un cubículo en la muerte; cada tumba guardaba en el interior de su asfalto el último intento de revirar por la vida.

—Las cosas de los muertos deben ir lentas, no llevemos prisa. Se me ocurre que la muerte es especial precisamente porque no lleva afán.

—Aun así vamos demasiado lento.

—No llevemos afán. Una palada lleva a la otra, así funciona esto.

—Además no hemos terminado aún nuestra partida de cartas.

—Piensa en las paladas. Ellas siempre son necesarias, una trae la otra.

—¿Y las cartas?

Los dos hombres cavaron nuevamente; lo hicieron casi sin aliento. Sus conversaciones faltas de vida, lentas y sobre cartas eran un hábito, un viejo y remoto hábito que evitaba el aburrimiento. De alguna manera, estos pasadores de tiempo, como roedores cadavéricos, querían volver a la mansión de donde fueron expulsados.

Dejaron pasar un instante, se alejaron unos metros del hoyo y se sentaron sobre la tumba más próxima. Las cartas volvieron a sus manos. Una vez las repartió con sus manos rugosas y casi despellejadas el viejo del souvenir oxidado en el cuello; enseguida lo hizo el otro, el que nunca parpadeaba, el de los ojos estancados en la tristeza.

Las cartas, esos rectángulos obscenos como reliquias altaneras que aspiraban a ser vecinas de la mano de Goya, parecían no salir de las manos de los viejos, sino del viento cómplice.

—Es posible que vuelva a perder.

—Nos mantenemos perdiendo; es una razón de ser en nosotros.

El hombre del oxido en su cuello, convencido de que esta vez no iba a perder, decidió demorar el juego, alargar la vida, lanzando cada carta como si estuviera despidiendo el último resoplo de existencia.

—Cada vez son menos las familias que traen aquí a sus muertos.

—Ha de ser que adivinaron nuestra procedencia y por eso nos rehúyen. Les dará susto venir donde los muertos.

La mirada desvanecida de uno de los dos se conjugó con el péndulo perfecto que formaba el souvenir oxidado en el cuello del otro.

—No creo que usted los asuste. Con el porte que se gasta… Y con el perfume que se baña, más bien me imagino que atraerá a cuanto familiar exista.

El rostro y el souvenir parecieron sonreír, mientras su dueño lanzó un conglomerado aquelarre de brujas acompañado de un número ocho.

—No atraigo, pero tampoco espanto. Esa es la ley en el limbo de…

Los oídos de los viejos, como costales remendados por tanto agujero en el mundo, escucharon un ligero golpe que se repetía, pero ninguno de los dos le concedió importancia.

—Este trabajo ha perdido hasta su último encanto: hacer llamativa la espera. Y pensar que otros se mueren por tener nuestro oficio.

—Como el aparecido de hace un rato.

El golpe volvió a repetirse, ahora más fuerte o más próximo.

—Todo un buscador de empleo, el hombre.

Las embusteras manos del hombre que no parpadeaba lanzaron con entusiasmo la carta correspondiente a un corte de franela acompañado del número siete.

—Bonita carta. Me acuerda del fulano que enterramos ayer… El filo de la pala le atravesó todo el cuello. Qué imagen soberbia, una cabeza servida en bandeja, como la carta dos.

—Esta todavía es más bonita.

Luego de detenerse el péndulo oxidado, la sombra del viejo proyectó la imagen de una bruja que extraía del vientre de una mujer un bebé repugnante. Y de nuevo, el golpe insistió e insistió, hasta conseguir atraer la atención de los dos jugadores.

—¿Qué será ese ruidito?

—Hmm… Debe ser algo que está golpeando contra la pared.

—A lo mejor un muerto…

Fingiendo cara de susto, los dos dejaron asomar una sonrisa incrustada de nostalgias.

—Se me hace que eso viene del lado de la manzana cuatro, porque se oye lejos.

El golpeteo cesó por unos segundos, como para ganar aliento, y al cabo revivió más nítido.

—No, señor. Es por el lado de la manzana uno. Escuche y verá.

Las miradas se sintonizaron de forma exclusiva sobre las cartas.

—De todas maneras ya lo tenía acabado a usted. ¡Mire! El vientre de esta mujer ocupado por un gallo es un As. ¿Y qué dice de este hombre descuartizado a punta de motosierra, ah? Y para terminar, este costal lleno de carne y huesos picados. ¡Ja! ¡El juego es mío!

Los dos hombres envolvieron las cartas en un terciopelo rojo, un trapo como rasgado del sarcófago nauseabundo del tiempo. Concentraron su atención en los golpes, y por fin decidieron salir de la duda e ir a la caza del sonido. Atravesaron el cementerio por los recovecos más desmadejados, deteniéndose cada tanto detrás de una pared o un árbol, como si simplemente fueran niños jugando a buscar un tesoro en el laberinto de la muerte. Por fin en la manzana trece, saltando de excavación en excavación, examinando con cautela cada una de las tumbas, dieron con la causa del ruido.

—Le dijimos que su carta era la trece, y no que viniera a la manzana trece.

—Este gran hijo de puta… ¡Salga, salga a ver, o lo dejamos de una vez empacadito aquí mismo!

Metido por completo en la última tumba que había cavado, Felipe recibió la primera cuota de patadas, puños y escupitajos que le dio uno de los viejos, mientras el otro miraba haciendo gestos de dolor por cada arremetida.

— No, no le pegue. Déjelo.

El viejo que nunca parpadeaba saltó al hoyo para ayudar a reincorporar a Felipe, le sacudió la ropa y lo miró lleno de ironía.

—Este lo que necesita es…

Felipe recibió del otro viejo un fuerte e inesperado cabezazo en la cara; pronto surcó su barbilla un delgado y espeso hilo de sangre.

—Dizque a salirnos de buscador de empleo…

Una palada de tierra cayó sobre el rostro de Felipe a modo de anuncio de la tregua.

—¡Vamos a darle otra oportunidad con la baraja!

—Ya les dije hace un rato que soy el nuevo sepulturero. Me pagan para cavar las tumbas.

—Los sepultureros aquí somos nosotros.

—¿Quién le prestó mi pala?

—Simplemente la vi tirada sobre un montón de tierra y la recogí. Y hasta donde yo sé, las palas son para cavar.

—Para acabarlo a usted es que la vamos a usar.

—Por favor… Tengan consideración. Necesito el trabajo. He pasado muchas hojas de vida pero aquí nada revienta, y ahora que por fin consigo algo, ustedes me quieren joder.

—Esto mejor nos lo jugamos a las cartas.

Los dos viejos se miraron por vez primera a los ojos. Serios. Se sentaron adentro de la tumba, recostados contra las paredes. De las manos del viejo que nunca parpadeaba apareció el trapo rojo y la baraja. El otro repartió el juego, mientras la tumba se cubría de ese silencio incómodo que presagia todo mal agüero, como recordando que el azar y la estúpida suerte hacen de los vivos la jaula predilecta para la burla eterna en el aquelarre de los muertos.

En la siguiente ronda, Felipe recibió una carta envenenada con el dardo certero del pasado: ¡el número siete, adornado por un costal lleno de carne y huesos picados, listo para ser arrojado a cualquier alcantarilla! Felipe se estremeció de pies a cabeza, como sacudido por una descarga de dos mil voltios, y al levantar la vista de la baraja, se encontró con el hombre que le había dado el trabajo de sepulturero.

—Hombre, Felipe, ¿y usted qué hace ahí metido? ¿Qué hace ahí como un güevón? ¿Para eso fue que me rogó que le diera el trabajo, para esconderse a jugar solo?

Felipe, presa del desamparo, no supo qué responder. Hubiera querido alegar en su defensa que había acabado de recibir varios golpes de parte de la muerte, pero las palabras se le estrellaron contra los dientes y rebotaron hacia su interior carentes de todo significado.

Minicuento de Amor
John Alexander Vera Chacón
(basado en el texto original de Carlos Andrés Vargas y John Alexander Vera)

Preámbulo

Armando comprendió que se había convertido en asesino cuando se encontró desnudo, tumbado en el suelo de su cocina, manchado de sangre, y ante la aterradora visión de un par de cuerpos semi-calcinados, que apestaban el ambiente con un hedor irrespirable.

Minutos antes, comenzó a despertar de un letargo pertinaz. Lo primero que sintió fue el frío de la muerte deslizándole los huesudos dedos por la extensión de su piel, la sensación de ahogo, de vacío, un dolor de cabeza insoportable, las náuseas, resultado de los excesos que se habían producido la noche anterior en su apartamento. Luego tomó conciencia de su desnudez.

Con esfuerzo, prestando atención al ruido de la calle, lanzó una hipótesis acerca de la forma como probablemente había empezado la noche. Ráfagas de recuerdos comenzaron a asentarse. Escuchaba sirenas de modo cada vez más nítido, como si se acercaran hacia el lugar. Su piel continuaba reaccionando; sintió la humedad que lo rodeaba, extraña, espesa. Trató de respirar profundo, pero de inmediato sintió el ahogo, la ausencia del oxigeno. Intentó reanimarse respirando con más calma.

Persistía en todo caso la sensación de extrañamiento, como si su cuerpo no quisiera obedecer las órdenes que partían de su cerebro, como si su espíritu lo hubiera abandonado y después de haber recorrido un largo camino tratara con mucho esfuerzo de regresar a él, a su cuerpo, helado, desnudo, ajeno. Tomó un poco más de aire, lento, dándose a sí mismo el tiempo perdido. No supo si fue el suspiro que lo provocó o un estado de conciencia más alerta, pero logró recordar una imagen certera de la noche en que la conoció. Se vio sentado tomando un tequila con sal en la barra del Punta Sur. El barman simulaba limpiar unas copas para matar el momento de calma. Ella entró al local como si se tratara de una cebra demente que llega a abrevar al río infestado de caimanes. Inhaló… suspiró, el corazón aumentó su ritmo. “Me da un Margarita, por favor”, ordenó la mujer al barman. El hombre mezcló las bebidas sin quitarle los ojos del escote. Armando también había caído bajo el hechizo de la recién llegada, que había terminado por sentarse a su lado. “Los hombres…”, murmuró la mujer al viento, deseando que su frase sonara más a pregunta que a afirmación.

Sus párpados se fueron levantando como cortinas de hierro oxidadas, dando paso a una imagen borrosa, sin sentido. Sintió pánico, una sensación macabra de abandono, de soledad penetrante, y al tiempo que su visión se hacía más clara, se convenció de la extraña humedad que impregnaba las sábanas. De manera instintiva, cerró nuevamente los ojos. Los recuerdos se arremolinaban en su mente sin sentido, sin norte, arbitrarios, salvajes, imposibles de manipular. Sobre el Punta Sur se superponían unos árboles, una especie de bosque en penumbra, formando un paisaje tranquilo y alegre. Ella reía en variadas y coloridas frecuencias, aprisionando con sus manos el estómago, encorvada por el dolor que finalmente le generaba esa alegría incontrolada. A su lado estaba Manuel, retorciéndose en el suelo también, muerto de la risa. Todos estaban exultantes, gozando de las mieles de las carcajadas. De repente la imagen se astilló por cuenta de una picada que le atravesó la sien y lo hizo casi saltar.


Se llevó las manos a la cabeza, cerrando los ojos como si con ello pudiera apaciguar el tormento. Y fue en ese momento de cefalea aguda cuando el terror lo invadió. Su estómago se retorció de manera brutal y el vómito casi llegó hasta su boca. Abrió sus ojos todo lo que pudo, en un vano intento de deshacer el engaño que un genio maligno le acomodaba en su mente. Palideció al ver sus manos manchadas de sangre. Despacio las recorrió absorto buscando la respuesta a la pregunta, una razón, un porqué. Miró a su alrededor, el espanto aumentó, las sábanas blancas estaban empapadas de sangre espesa, fría, muerta. Trató de respirar, pero el aire se negaba a entrar, el ahogo era insoportable, un nudo en la garganta se le formó sin misericordia, firme en el deseo de negarle la menor brizna de alivio.

Sólo entonces consiguió vomitar el veneno que lo ahogaba, y por un momento revivió. Un chorro amarillo y aceitoso le salía de la boca, agriando su garganta, ardiendo infernal, como si estuviera expulsando lava, el alma candente de un pecador que suplica salvación. Tornándose negra la bilis, se sintió desfallecer. Tosió, apretó el estómago y volvió a gritar de dolor. Algo se desgarraba en su intimidad. Nunca había tenido un despertar tan dantesco.



Poco a poco se levantó de la cama, apoyándose en la pared para no caer. Todo le daba vueltas. Su cuarto estaba patas arriba, con todas sus pertenencias diseminadas sobre el piso, rotas muchas de ellas. Parecía el saldo de un huracán o una pelea… Y las sábanas llenas de sangre… Pero no encontraba en su memoria ningún dato coherente, y le quedaba la sensación de que el genio maligno había puesto en su cabeza los recuerdos de cien personas distintas, un rompecabezas imposible de armar. Entonces empezó a configurar una hipótesis: ¿acaso un robo? ¿Acaso, mientras dormía completamente inconsciente, se había entrado una bandola?

Jazmín, Manuel, Manuel…y como si se tratara de una película que se proyecta en cámara rápida, dando giros de trescientos sesenta grados, se vio en medio de la sala, tomando junto a Jazmín y Manuel, escuchando música, hablando, riendo, jugando cartas a la luz de las velas. Tocan a la puerta, Manuel se levanta del asiento, se acerca a la puerta, entreabre, los mira y… Todo se torna oscuro, confuso. No entiende, trata de recordar algo más pero no puede.

Se tomó la cabeza con las manos, abrió los ojos y vio una daga tirada en el suelo, manchada de sangre. Era la daga que le había regalado su abuelo para cuando cumplió los doce. Junto al puñal, una mancha carmesí se extendía por la alfombra en dirección de la sala. ¿Un cuerpo arrastrado en otra dirección?

Caminó lentamente en la misma ruta dibujada por la sangre, queriendo avanzar a toda carrera para salir de la incertidumbre y poder armar una escena completa, pero el dolor en el pecho y el miedo le impedían correr. Encontró allí, bajo la puerta de la habitación, la ropa de Jazmín, su falda rasgada, la blusa rota, la fina lencería que habían comprado para ella con Manuel… Sintió que sus fuerzas lo abandonaban.

Necesitó de toda su vitalidad para continuar hasta la sala, que encontró también hecha un desastre; las copas rotas, los cojines desperdigados, el suelo lleno de cera de las velas esparcidas y pisoteadas, y dos sillas en el centro con sogas a su alrededor. Encontró más sangre debajo de ellas, un treinta y ocho corto en la mesita de centro y el álbum de fotografías abierto, una fotografía rasgada a la mitad, imagen de ellos tres desnudos, Jazmín los abraza, Manuel la sostiene; la otra parte que ha sido rasgada yace en el suelo, es él, sonríe.

La foto es del día en que se cuadraron los tres, sentados en el mismo lugar que ahora se ahoga en incomprensión. Jazmín los miraba con ternura, no podía decidir, Manuel callaba y él pedía la resolución: “No nos puedes amar al mismo tiempo”. Jazmín levantaba su mirada limpia, prístina, para responder: “Claro que puedo. ¡Lo hago! ¡Lo estoy haciendo ahora con todas mis fuerzas!” Manuel la miraba incrédulo, mientras él trataba de adivinar una broma, un acertijo. Y finalmente la aceptación de ellos fue un silencio duro, una mueca de asombro que aspiraba a sonrisa. Jazmín los tomaba de la mano, estaba hecho, los dos eran suyos y sellaba el pacto besándolos al mismo tiempo.

Lo recordó y por un instante, su cuerpo se trasfiguró: se desnudaron, se besaron, se acariciaron palmo a palmo, hicieron el amor como tres facinerosos en una pradera sacudida por una estampida de búfalos. No sintió más dolor, se revivió en medio de ellos, sintió el profundo amor que les profesaba. Desde ese día se devoraban en su apartamento, en el baño de un bar o simplemente donde los pillara el deseo. Los días volaban.

El instante cayó tan rápido como llegó. Sintió nuevamente ganas de trasbocar, pero se resistió a hacerlo. El teléfono sonó una, dos, tres veces… El sonido de las sirenas era más cercano, estarían frente a la portería del edificio. El citófono sonó con la insistencia de un asaltante que tiene los segundos contados para sacar el botín del banco. Se acercó a la cocina para contestar, abrió la puerta y cayó.

Totalmente paralizado, tumbado en el suelo de su cocina no lograba comprender lo que sus ojos veían. Aquello que le mostraban era mucho más fuerte que la peste que le entraba en cada inhalación. Su cuerpo comenzó incontrolable a temblar. Dos cuerpos calcinados a medias, aún humeantes, se encontraban en medio de una formación rectangular de ladrillos. Al lado derecho, el fetiche del dios de los mashcopiro, tribu indígena del Perú, les miraba con desdén. A su izquierda, entrelazados, dos aros entretejidos con ramas de Juanjú.

La expresión de los rostros a medio asar era angustiante, la boca totalmente abierta dejaba aun escapar un aullido silencioso y suplicante. Los miró por un instante y entonces supo de quienes se trataba: la cadena de plata ahumada colgando de sus cuellos desechos no le dejaba duda. Lanzó su mano sobre el pecho desnudo buscando la parte que le correspondía, y apretó con fuerza la fracción de un sol colgando de una cadena de plata. La idea había sido de Manuel, un día llegó con un sol Maya en tres partes iguales, cada una sostenida de una cadena de plata, y sin decir palabra, acomodó en el cuello de Jazmín y Armando su respectivo presente; por último lo hizo él.

No entendía por qué las personas que más amaba, yacían en medio de su cocina consumidas por el fuego. Recogió sus piernas poniendo sus rodillas muy cerca de su rostro, las abrazó y lo recordó todo. O al menos, esa impresión le quedó.


Manuel entreabrió la puerta y los miró. “Llegaron las pizzas”, dijo con algo de emoción. Sacó unos billetes del bolsillo y pasó tres de ellos, despidió al mensajero y cerró la puerta. Jazmín danzaba sola en medio de la sala, parecía poseída por un espíritu, cerraba sus ojos y se dejaba llevar por el ritmo de la música. Manuel colocó la caja en la mesa y se acercó a ella para unirse a la danza. Él los miraba aspirando un cigarrillo. Sintió la mano de Jazmín atrayéndolo hacia ella, exhortándolo a la unión de la entelequia vivida. Estuvieron así por un tiempo hasta que Manuel sacó de su maleta una pequeña bolsa transparente que dejaba ver una hierba seca y triturada, se apartó de ellos y sobre la mesa preparó con la sustancia un cigarrito que selló con sus labios.

Manuel aspiró manteniendo lo inhalado por un instante, besó a Jazmín en sus labios y soltó el humo dentro de ella, como si se tratara de una nueva forma de poseerla. Ella lo recibió placida y complaciente, lo llevó a sus pulmones y lo sacó con un poco de tos. Armando se encontraba detrás de ella, conducía sus manos por la espalda, recorriendo cada espacio, la apretó con fuerza, conduciéndola hacia él.

Manuel enloquecido le besó furioso los labios, dejando a Armando a un lado. Él se retiró, tomó la copa de vino y comenzó a bañarlos con el líquido púrpura de arriba hacia abajo. Las ropas se manchaban y Jazmín acezaba. Manuel la soltó y se la entregó a Armando como si se tratara de una ofrenda que él devoró a su modo. Manuel se quitó la ropa, acercó una silla y tomó los cordeles de la cortina. “Amárrenme”, ordenó; Jazmín obedeció. Al terminar de hacerlo acercó a su amante suelto y comenzó a arrancarle las ropas, lo lanzó al sofá, luego azotó contra la mesa la copa de vino, le entregó a Armando la parte que quedaba y algo le dijo, una instrucción, una orden, el caos volvía a apoderarse de su memoria.

Golpeaban la puerta como si quisieran derribarla, se escuchaban algunas voces, no pudo entender lo que decían. Cerró sus ojos para recuperar los recuerdos, resbaladizos como peces en sus manos. Manuel se reía y gozaba al ver como Armando empuñaba la copa rota y se acercaba a él con firmeza. Jazmín se acercó por detrás y... Armando giró su cuerpo para morderle el cuello. Manuel no paraba de reír, sus carcajadas perturbaban el ambiente en que se poseían los tres…

Las imágenes que le vinieron se entremezclaban manteniendo la misma energía de los actos, tomó a Jazmín de los brazos y la amarró en una silla junto a Manuel. Armando se sentó en el sofá, tomó el álbum de fotos y sacó una en la que estaban los tres desnudos y abrazados. “Este amor me está consumiendo”, dijo mirando la foto.

El sonido que emitió la puerta al caer por la fuerza ejercida lo despabiló; unos uniformados entraron al apartamento. Armando continuó perdido en el delirio de sus recuerdos, o el poderío alucinatorio de la invocación a los mashcopiro, y así, mudo, escuchó de nuevo el grito de Jazmín que sobre su cuerpo se estremecía y temblaba sin resistencia. La corriente que emergía del interior de su amada le hizo perder el control, y gritó junto con ella, sintiendo un orgasmo compartido al que también se unió Manuel. El líquido que salió de los dos amantes inundó por completo a Jazmín, y… Acababa de acomodar en el costado de Manuel la hoja fría y aguda de la daga, la misma que un segundo después atravesaría a Jazmín en un acto de compasión consigo mismo.


Historia

“Antropólogo drogadicto y demente descuartiza, cocina y devora a sus amantes”, el titular era lapidario, y en las páginas interiores, en un recuadro diminuto, se leía otra noticia acerca de la desaparición de una pareja de stripers. Manuel y Jazmín celebraron el crimen perfecto con una discreta taza de café. Ahora tendrían que encargarse de lo más fácil: la plata del amante caído en desgracia y el seguro de vida de sus víctimas.

Casa de Muñecos
Violeta Leuro, Néstor Pedraza

—ÉL NO —grito cavernoso que le hace abrir los ojos, goteos, manchas verdosas en el techo, respiración agitada, manos invadidas por mangueras, intento de liberarse. La represión tiene la voz dulce de los ángeles, tranquilo, está en recuperación, y las manos del ángel se hacen líquido relajante que danza alegre entre su cuerpo. —¿Dónde estoy? —, la voz del ángel se va haciendo distante, en el Hospital de La Divina Providencia, estuvo dos semanas en coma; los ojos comienzan a pesar, —¿quién me trajo? —... Un aguacero tropical lo cubre de púrpura.



Después del grito, todas subimos y vimos a Ángel boca abajo en el pasto escarlata. La orden fue volver a los cuartos y no salir hasta el otro día. Me quedé pegada a la puerta del cuarto esperando el movimiento, las preguntas, opción de libertad. Escuché pasos difíciles y zapatos arrastrados, un chorro de agua golpeaba la hierba, susurros transmitían órdenes. No se habló del asunto, no hubo plañideras, nunca llegó la sirena. Así supe que jamás saldría de aquí.



—Uy, el Rolando tiene pelo —sol intenso, carcajadas, suéltenme hijueputas, devuélvanme mi pantaloneta malparidos—. Pásela, pásela —si nos vamos a empelotar, nos empelotamos todos, ¿o les da miedito?, y el coro se desbordó como si durante días se hubiera cocinado ese anhelo—: ¡Mucha ropa! ¡Mucha ropa! —o todos o ninguno—. De una ¿quién me ayuda con el nudito del bikini? ¿Nadie? Pues me lo quito yo sola —a Marco se le iluminó el camino hacia su objetivo, que ella también se lo quite. La niña que deshacía el nudo de su bikini rechazó la idea con un gesto de asco. —¿La Reina? No, esa se cree mucha cosa —a que la convenzo—. ¿Qué apostamos? —los otros se ocupaban en lanzarse agua mientras se desnudaban, un beso. —Pero abajo. A que no es capaz.

—Hey, venga a jugar con nosotros, la estamos pasando rico —Marco se agotaba en la inutilidad de ocultar su nerviosismo, yo no participo en las sesiones de fotos, tras los lentes oscuros se adivinan sus ojos cerrados. —¿Qué? —hace mucho calor. —Por eso, vamos al agua —, la respuesta lo hizo desistir al fin, no soy pato.

—¿Si vio?, qué le dije —no, pues esa vieja no me botó ni una mirada—. Claro huevón, por eso es la Reina del Hielo —me salió con un cuento todo raro—. Mejor ni se le acerque, que ella es la favorita y de pronto se mete en un problema —las más lindas siempre son las favoritas.

—No, pues, ¿le gustó mucho la cucha?

—¿Cuál cucha?

—Ella, tiene como veintitrés años.

—Que va, si se ve repelada.

—Bueno, pero agáchese ya que estoy esperando la paga de la apuesta.



Abre de nuevo los ojos. Le está amaneciendo un verde claro y un amarillo intenso sobre las sábanas, el bip de la máquina a su izquierda. Botellas conectadas a su cuerpo son atravesadas por la luz de la ventana. Botella tras botella el ámbar se iba acumulando sobre la mesa, haciendo transfusiones fermentadas directo a su cabeza, en la tienda de JR. “Todos podemos ser padres, aquí no vendemos cerveza a menores”, brindaba el aviso institucional con los adolescentes del barrio.

Marco acababa de devolver unas fotos manoseadas, arrugadas y descoloridas, que JR rotaba por lo bajo entre los muchachitos. Celebraba el trato que había hecho con el dueño de la tienda y de las fotos: por cinco fines de semana ayudaría a cuidar a unas peladas en la casona y recibiría un billete grueso. Se la gana suave, le dijo JR, y puede que también coma de sal, porque a usted como que no le ha tocado de eso.



Ella mandó a arreglar hoy a las nenas que han vivido un par de años aquí. Hizo que las lavaran y les pusieran la ropa con que llegaron (estuvo intacta en el clóset de la vieja, bajo llave, como signo de lo que eran y había que acallar). El niño de la manguera ya no se sorprende de los cuerpos desnudos, los ha visto docenas de veces al igual que sus amiguitos desde que aceptaron trabajar aquí para darnos algo de cariño y felicidad, y jugar con nosotras. Vienen durante un par de semanas y luego se van con el cuerpo engrandecido... el corazón lo dejan enterrado en el patio.



Llegó el domingo por la tarde a la casona y la vieja le presentó a las cuatro niñas. Le dijo que sólo tenía que acompañarlas para que no se aburrieran tanto y ayudarles en sus cosas, algo así como una dama de compañía. Eso era todo. Al tercer fin de semana le asignaron la tarea del baño: ellas llegaron al patio, se quitaron la ropa de dormir y se pusieron en hilera frente a él, mirando al piso. Le dieron una manguera, sólo tenía que golpearlas con el chorro y seguir las órdenes de alguien que hablaba desde el balcón: manos arriba, media vuelta, ahora a la del medio, en cuclillas, enjabónense todo, y usted (a la niña que había llegado la noche anterior) deje de llorar, que esto no es nada. Después le dijeron que podía irse, que el siguiente fin de semana trajera pantaloneta de baño porque iban a inflar una piscina para que jugara con ellas en el agua, y que si seguía así, hasta le concretaban una cita con la que más le gustara. Dentro de poco habría carne fresca.



Anoche uno de ellos hurgó con algo de afán mi cuerpo. Me durmieron más temprano que de costumbre. La vieja le dio su paga al muchacho. Nunca me muerden —les impresiona verse reflejados en mis heridas al otro día, cuando me limpian con asco su propia mugre— y cuando son incapaces de seguir jugando, los reemplazan.



Tarde calurosa, piscina inflable sobre la hierba, juegos y apuestas que los dejaron sin ropa, húmedos y cansados. La única que no participó, la Reina del Hielo, fue la que invadió sus sueños. El sexto fin de semana sólo quedaba ella, habían llegado tres niñas nuevas y de las otras nadie dio razón. Ese día le dijeron que no volviera más, que cuando lo necesitaran otra vez lo volvían a llamar. Mientras le daban los billetes, Marco mantenía su pensamiento enfocado en su Reina. Volvió, a pesar de la orden que le habían dado. No lo dejaron verla. Insistió y los de la casa lo sacaron a patadas. Con la boca rota, empezó a idear la forma de visitarla clandestino en las noches.



Click: Delgada y blanca, te pierdes en los enormes brazos peludos, mientras la verga tiesa sobresale entre tus piernas; a diferencia de tus teticas, tu culo ya está formado. Click: Muñeca inflable, ni te inmutas con la incursión que hacen dos hombres en tu cuerpo mientras te cachetean las nalgas. Click: Te amordazan y amarran, aprietan la soga hasta causar llagas, mordiscos que hacen sangrar, son seis, uno te rocía la cara, ¿no vas a beber? Click: Me miras con ojos vidriosos, sin alma, mientras la princesita de rosado se te come el coño, niña mala, mala... Click: Ríes, un muchacho tímido besa tu entrepierna, atrás las otras niñas se van desvistiendo en una piscina inflable. Click: Cinco niñas reciben desnudas un baño con manguera, ¿quién fuera el nene de la manguera? Click: Qué bella, qué mala eres, ah, no, no puedo... Click: Me encanta verte hecha estatua, ¿cadáver?, te levantan la blusa y ni siquiera pestañeas, no puedo más…



Había decidido saltar el muro de la casona, y a lo Romeo subió por el balcón: se encontró con que su parcero Rolando estaba encima de ella mientras tres tipos y una mujer añosa miraban. El flash de la cámara lo puso al descubierto y lo apresaron entre el portero y el camarógrafo. Después de reventarle la cara le impusieron un trato: en ocho días haría parte del grupo de trabajo élite y se ganaría el doble de lo que había recibido en el primer mes, pero tenía que comer callado o lo visitarían en su casa. Aceptó por puro instinto de supervivencia. Para que se fuera tranquilito a su casa, para que no se desviara por el camino, le regalaron una foto: a mamá le daría un infarto si viera esa escena de su niño lavando a una niñita desnuda que llora.



A Marco lo curan con líquidos colgantes. Mariana curaba su piel con el cuerpo roto de las botellas de perfume. Marco se mantiene inmóvil en una cama ajena, lejana y diferente a la de ella, de madera con cabecera adornada por flores de metal, donde él logró visitarla una sola vez sin ser atrapado. Una diminuta ventana enmohecida detrás de él le avisa el día y la noche. En el borde de su cuarto —un altillo con balcón— brillaban de noche las fragancias de pino, eclipse de luna y heliconia marchita. La mamá le llevó fruta esa mañana, los médicos no le permitieron dársela. La vieja le quitaba los chocolates y peluches que le regalaban los clientes, sólo le dejaba conservar los perfumes y las joyas.



Sentada frente al espejo, miro la colección de marcas en mi piel. La nueva es de las profundas, de esas sólo llevo la cuenta de cuatro. No quiero que el niño descubra la perversidad en mi piel. Lo encantador de los frascos de perfume es la fineza de su corte. Mi ritual de ablución; él no se merece este asco. Mi alma se está desvaneciendo. No tengo cuerpo, lo que quede será para el autor de mi única sonrisa. La sangre dibuja filas verticales que resbalan desde mi pecho, unas cuantas se detienen en el ombligo, lugar favorito de los besos de Marco, único acto mío, consciente, voluntario. Hicimos un pacto: sembramos mechones de cabello en una matera con semillas de novios y el tiempo de florecer será el tiempo de nuestra fuga. Sigo el camino escarlata hasta el vientre, la piel se abre, florece. Él besó mi frente, en sueños oí que me susurraba: “date el descanso etéreo.”



Marco terminó con afán la sopa de menudencias que le preparó mamá. Puso la carne helada en su cara amoratada. Apagó la luz. Miró el techo ennegrecido durante toda la noche. Una prostituta. De una prostituta se había enamorado. Le causaba asco, pero no ella. Algo estaba mal. Y si no estaba mal en ese cuerpo manoseado por hombres que no se interesaban en ella, que no apreciaban el valor de su corazón, estaba en ellos, en los que dejaban sobre su piel la baba de la perversión. O en los otros infames, que la despojaban de su dignidad al tallar la marca de sus miradas pútridas sobre sus formas. ¿O tal vez estaba en ella, en sus instintos, en su goce? “Es una puta, una sucia puta. Ella misma me lo ha dicho: nada le queda que pueda ofrecerme, nada que pudiera llegar a considerar mío.” Le resultaba imposible evadir el pensamiento de que ella era una perra que escondía los gemidos de su placer en la excusa de las drogas que le suministraban, o que quizás consumía por voluntad propia, para sentir más y mejor la podredumbre que insertaban en todos sus orificios. Entonces, volvía a verla con los ojos del amor, sentía que podía perdonarle cualquier cosa, lo que fuera. ¿Soportaría por amor el ultraje a que ella se sometía? ¿Cargaría en sus espaldas el dolor de imaginarla cada noche en manos de uno, dos, tres hijos de puta, tres malparidos de lo peor sacudiéndose sobre ella, tan sudorosos como criminales?

Con la mirada fija en el techo, se repite que sólo él puede salvarla. Sabe que arriesga su pellejo, que ella le destrozará el corazón y le robará el deseo de vivir si no logra que deje de destruirse. Por ahora, tiene una cita con ella; en breve se convertirá en uno de esos degenerados que la usan como a sanitario público. Arruga la foto, no tiene escapatoria.



Las que llegan aquí consiguen su libertad cuando se pervierten sus pieles y les ha empezado a ser indiferente la sangre que corre por sus cuerpos. Las arrojan en cualquier calle. Ahora están sentadas en la sala, en el sofá que linda con la puerta. Las cuatro en fila, visten minifalda. Yo llevo un vestido largo y debajo, vendas. Se abre la puerta y con la luz de la tarde huelo por un segundo la libertad. Adiós. Yo no tengo relevo.



Se abre el telón, el de los brazos peludos desviste a la maniquí. Te acomoda en la cama para terminar de sacarte la ropa. Inanimada, ni siquiera se erectan tus pezones con el roce burdo de sus manos. ¿Vives? Tus ojos inmóviles bajo los párpados cerrados parecen negarlo. El macho peludo ordena la entrada de dos ayudantes que te dan un baño con cepillo y detergente, tus extrañas cicatrices resaltan sobre el blanco de tu piel, me excitan. Salen los aseadores y el macho ordena la entrada del muchacho que nos deleitará. El niño lubrica tu piel en aceite. Abre tus piernas y nos exhibe tu vulva abierta por sus dedos. Vuelve a acomodarte. Ya estoy listo, soy el primero en dar la señal. Entran de nuevo los ayudantes, someten al sorprendido nene del aceite, me enardece verlo forcejear mientras descubren su flor anal, qué llanto más enternecedor, voy a consolarle...

—ÉL NO.



Marco vino por mí, es la última función. Sus lágrimas caen en mis labios, con una caricia me recuerda la promesa del balcón, ser la sonrisa de mis últimos instantes. Un pasto de fresas nos espera. Mi piel se ha repuesto de las heridas, ya no hay marcas ni recuerdos. “No estás sola, nunca más”, me dice en un grito que sólo entiendo yo; sólo él entiende mi lenguaje mudo. Solos los dos. Sol de madrugada que saluda mi mañana. Su mano abraza mi pecho, me pide que no me vaya. Respiro su aire. Aún estoy. Libertad del corazón.



Penetro la piel virgen, el nene grita. Bella flor blanca que adorna mi acto. Somos protagonistas de un cuadro sublime. La muñeca se despierta con el grito del sodomizado. Aún no me vengo, ¡¡MIERDAAA!!, ¿por qué se mueve, por qué grita? Él no, insiste la zorra justo cuando estoy alcanzando el nirvana. Mi verga se adelgaza, maldita sea. Los dos ayudantes la sujetan, le golpean el rostro para aquietarla, es una farsa, una estafa, NO PAGUÉ POR UN SHOWCITO DE CUARTA. Me salgo del culito adolescente. Me limpio la sangre y la mierda con las sábanas de la putica drogada que pide por el putico, los dos lloran, que novelón. Mis socios y yo nos vamos sin pagar; que cagadero, justo cuando...



—Lo encontramos tirado en un potrero cerca del caño —Marco está aún aturdido por el tranquilizante, ¿dónde está?—. Usted llegó en estado de coma, casi lo matan a golpes —¿dónde está?, mi Reina. —Cuando lo encontramos estaba sobre el cuerpo sin vida de una mujer joven, de cabello castaño y tez blanca. Lo siento. Tenía varias contusiones en la cabeza y el pecho —Marco sólo sabe repetir, ¿dónde está?— Usted deliraba, repetía "ya florecieron", ¿qué significa eso? —¿dónde está?— Nadie la reconoció —ella no. NO.
—Mañana vuelvo para hacerle unas preguntas.



Estoy por fin, para siempre, contigo. Tendidos sobre el pasto oímos el rumor del río en un bello amanecer. Estás recostado en mi vientre, besas mi piel, mis heridas. Sonrío, acaricias mi rostro, mis ojos, mis labios, me cantas una canción de cuna. En el patio vi anoche que florecieron los novios. Brille para mí tu luz.

Gas de Pantano [1]
Olga Álvarez, L . C. Hamilton

Se había arrancado los testículos a dentelladas. Nemesky no se explicaba cómo el sujeto, atado de manos al tubo del lavabo, había logrado quitarse los pantalones, repletos de mierda producto de las cagadas de los últimos quince días, amarillentos a causa del orín, empapados de un espeso sudor que en los últimos días había consumido el demacrado cuerpo del sujeto, en parte por el miedo, en parte por el Síndrome de Abstinencia que finalmente le había llevado a comerse sus propios genitales, ahora flácidos y sanguinolentos entre los dientes del tipo, como una sardina a medio masticar.

<<>> pensó Nemesky mirando impasiblemente el cadáver, que ya comenzaba a oler mucho peor que en vida.

Del pantalón, tirado contra uno de los muros anteriormente blancos del baño, sobresalía una tira negra de cinta aislante. La misma con que había sellado las puertas del departamento para evitar que el hedor se dispersara por toda la ciudad.

<<>> reflexionó Nemesky con una febril sonrisa que él mismo habría calificado de insensata. Sólo que aquello no podía ser. No podía estar demente. Tal vez el mundo entero lo estuviera, pero Nemesky JAMÁS. ¡En nombre de los gaseosos cielos! ¡Pero si Nemesky era inmune al Gas de Pantano! Nunca se le había pasado por la cabeza matar a nadie…Y lo que había sucedido con este tipo… bueno, eso podría considerarse un desafortunado accidente…Pero nunca un homicidio.

Nemesky se acercó a los pantalones y se inclinó sobre ellos. La tira de cinta estaba algo masticada y medio fundida con la masa de heces que llenaban los vaqueros.

—Tú —señaló Nemesky.

El cuerpo inerte y medio descompuesto del presunto Oficial Pro-narcóticos no respondió.

—¡Tú! —repitió Nemesky, esta vez más fuerte, aproximándose al cuerpo.

Afuera, varias Unidades Policíacas, debidamente drogadas, comenzaban a rodear el departamento.

—¡TÚ! —chilló Nemesky pateando con fuerza el cadáver retorcido y hediondo que parecía sonreír con desprecio.

La puerta del departamento se abrió con estrépito y un (des)nutrido grupo de policías rodeó a Nemesky. Uno de los oficiales se sacó una inyección del cinto. Era una de sus numerosas Dosis Personales: OMEGAENDORFO, naturalmente.

Un segundo Oficial evitó que inyectasen a Nemesky.

—¡Estúpido! —exclamó el Oficial—. Necesitamos demostrar que este maricón se ha mantenido limpio… Que no se ha metido nada sabe Dios desde cuándo…

Nemesky, ajeno a todo cuanto pasaba, no dejaba de observar el cadáver, que tenía rotas las costillas. De allí la antinatural pose en la que lo había encontrado. Seguramente la misma víctima se las había roto en vida para poder alcanzar su entrepierna y arrancarse el pene. Nemesky se preguntaba si el tipo se había estimulado sexualmente, si habría fantaseado un poco para aminorar la distancia que separaba su boca de su miembro. Pero aquello no importaba… Lo realmente importante era ¿cómo demonios se había quitado los pantalones?

<<>> repuso una voz en la cabeza de Nemesky.

—¡TÚ! —gritó este por última vez, antes de ser arrastrado por los oficiales al Juzgado— ¡TE LA TRAGASTE! ¡TE TRAGASTE LA CINTA! ¡TE LA TRAGASTE ENTERA!

Y Nemesky se echó a reír.


Era un pasillo oscuro, de paredes sucias por el hollín y cubiertas de garabatos y consignas de apoyo a la Ley que había legalizado el libre consumo de drogas. Más que un Juzgado, daba la impresión de ser una penitenciaría olvidada y terrible. Algo no muy alejado de la realidad. El efecto del Gas de Pantano no sólo había influido sobre las personas… también había dejado su huella química sobre toda construcción existente y, particularmente, sobre la alguna vez esplendorosa civilización occidental.

En oriente la situación era distinta. Anticipados los efectos del Gas, japoneses, chinos y coreanos (entre otros) se habían encapsulado a sí mismos en sendas burbujas transparentes comúnmente llamadas CELULOIDES, cuyas membranas semipermeables permitían los intercambios de las personas con el mundo físico exterior, esto es, la alimentación, el trabajo, las funciones corporales de excreción y, por supuesto, la sexualidad.

Nemesky recordaba haber observado en la ULTRANET imágenes de estos orientales practicando lo que ellos llamaban Sexo Seguro. Lo único que a él le sugerían tales videos era una fuerte sospecha de que las babosas debían reproducirse de forma muy similar.

<< ¿Acaso esperabas otra cosa de unas personas que producen más arroz del que consumen? >> preguntó la Voz en la cabeza de Nemesky.

Sí. Esos estúpidos asiáticos… Pero, finalmente ¿qué diferencia había entre estas babosas orientales y los descerebrados insectos occidentales que ahora le escoltaban al Juzgado?

Allí estaban ahora, en una sala más o menos espaciosa, llena de basura y de sillas a punto de desaparecer bajo una nube de polvo. Una gran congregación de (¿personas?) rodeaba a Nemesky. Hombres altos, de cabello desordenado, vestidos con sucios y roídos trajes. Mujeres semidesnudas, la mayoría en cinta, con el maquillaje corrido o a medio maquilar. Niños demacrados, viejos antes de tiempo, con el aire ausente de quien ha consumido casi toda su existencia. Sin duda, todos salidos del mismo circo.

En la parte central, en un atrio sonsacado a la desaparecida iglesia de la ciudad, se encontraba el Juez. Aunque no muy diferente del resto de los miembros de la sala, irradiaba un aire de superioridad algo forzada, una mirada fría y los puños firmes sobre la mesa. Parecía agonizar y era muy probable que sólo estuviese allí con el fin de condenar a los más posibles para que, al fallecer, de acuerdo a La Ley, resultara imposible apelar el veredicto.

Los mismos Oficiales que detuvieron a Nemesky le condujeron hasta la parte inferior del atrio del Juez. Había allí un banquito de madera que apenas si permitió a Nemesky acomodar media nalga encima. Aunque todos parecían observar al acusado nadie se atrevió a decir una sola palabra, hasta que un hombre, que no habría tenido que esforzarse demasiado para encarnar el papel de Satán en alguna vieja película de terror, se acercó a Nemesky y le preguntó con gravedad:

—¿Sabe usted por qué estamos aquí?

Pregunta que Nemesky no tuvo oportunidad de contestar porque de forma abiertamente desinteresada por el acusado, el Fiscal había dado rienda suelta a su alegato:

—¡Claro que lo sabe! Este hombre ha sido traído ante los tribunales, acusado del más horrendo crimen del que ser humano sea capaz. Crimen horrible, sí. Un crimen que nuestra sociedad no puede tolerar…

El Fiscal empleaba un tono seco y retorcido mientras caminaba, como un cuervo en un cementerio, de un lado a otro de la sala. La mirada del tipo era un agujero insondable. De hecho, notó Nemesky, era un enorme boquete abierto en los labios de Dios.

¿Escuchaban realmente las cucarachas allí presentes el alegato del fiscal? Sus mentes bien podrían estar a mil años luz de aquel Juzgado. Era incluso posible que le dejaran en libertad. El OMEGAENDORFO recorría las venas de todos y cada uno de los miembros de la asamblea.

¿Qué maravillosas alucinaciones se presentaban ante estas personas, todas consumidas por la droga, de carnes secas y ojos irritados? ¿Qué horribles visiones atormentaban a los hombres, mujeres, niños y ULTRAVESTIS reunidos en torno suyo?

La esperanza de escapar con vida de aquel juicio detestable desapareció de la mente de Nemesky cuando su abogado defensor (en el que apenas si había reparado) cayó muerto de repente, la cabeza a tres metros de su cuerpo tembloroso… todo por haberse atrevido a elevar una tímida objeción ante los insultos y desmanes del Fiscal.

—¡Que le corten la cabeza! —gruñó el Juez y, en efecto, así sucedió.

¿JUSTICIA? Nemesky habría esperado más justicia en la corte del País de las maravillas.

La visión de sangre no hizo más que alentar la sed de muerte en el Jurado. El Fiscal mismo danzó un rato sobre el charco carmesí que rodeaba el cadáver. Luego, tomó la cabeza cortada entre sus manos, la besó y, por último, la envió al otro extremo de la sala de un soberbio puntapié al tiempo que declaraba:

—¡Esto, señores, es algo que no se puede permitir! ¡La vida es preciosa y más nos valdría matar a uno por el bien común que permitir que el caos y la anarquía reinaran! ¡Este hombre, al que debemos condenar, es un peligro para la sociedad! ¡Un pensamiento individual, distinto, segregado, la manzana podrida que nos puede llevar a la locura! ¡Este es nuestro hombre! ¡Repitan conmigo! NEMESKY… NEMESKY… NEMESKY…

Todas las personas en la sala comenzaron a repetir su nombre:

—NEMESKY… NEMESKY… NEMESKY…

Y a éste ya no le cupo ninguna duda de que se encontraba en un concierto de Metal…


En el baño del piso 184, en un céntrico y derruido punto de la ciudad, Nemesky se encargó de atar al hombre usando el viejo cableado de acero inoxidable que había estado robando de los pozos subterráneos, abiertos en medio de la calle. Una de las tantas señales que delataban la desesperación de las personas por escapar del Gas de Pantano, cuando sus efectos apenas comenzaban a sentirse.

El apartamento se encontraba completamente inundado y todas las porquerías del lugar flotaban sobre el agua. Durante los primeros días de su cautiverio, el hombre había destrozado la cisterna a patadas. También había estado gritando como loco. La vieja administradora había amenazado con llamar a la policía si no paraban los gritos. Nemesky había tenido que sellar los resquicios de la puerta con cinta aislante. Así, ni el ruido ni el agua escaparían de aquel departamento.

El tipo en el baño se había calmado un poco. Con la cabeza abajo, el sudor y la mierda envolviendo su cuerpo, no había tenido oportunidad de notar la presencia de Nemesky en el umbral de la puerta. Tan sólo tartamudeaba incoherencias, efectos del delirio por falta de la droga. Nemesky le golpeó varias veces la cara, haló su cabello hacia tras hasta casi desnucarlo pero el sujeto no reaccionaba. Nemesky comenzaba a desesperarse… ¡Tan sólo deseaba entablar una breve conversación con él!

Sacó del bolsillo del gabán una pequeña licorera que usaba en los casos más profundos de embotamiento. No garantizaba calmar el particular “apetito” del hombre pero al menos lograría captar algo de su atención.

El desgraciado sorbió unos tragos del brebaje, que no era alcohol ni mucho menos, sino un compuesto químico que disolvía las moléculas de OMEGAENDORFO en el cerebro… aunque producía diarrea severa.

Un cierto grado de consciencia pareció brillar en los ojos llorosos y entornados del tipo. Nemesky le dejó en paz unos minutos para comprobar que el agua no se estuviera filtrando bajo la puerta. Al regresar, su prisionero parecía completamente despejado, o al menos lo suficiente para poder interrogarle…

—¿Puede escucharme? —preguntó Nemesky con extrema claridad.

El hombre asintió dolorosamente.

—Bien —celebró Nemesky—. Ahora vamos a tener una amable conversión ¿De acuerdo? Va a decirme por qué ha estado siguiéndome y quien o quienes están detrás de todo esto…

—Yo… no sé… No sé de qué me está hablando…

Un nuevo puñetazo en la cara le informó al sujeto del grado de amabilidad que alcanzaría la conversación en aquel baño apestoso.

—Quizá no lo sepa… o quizá no se lo dijeron… pero soy inmune al Gas de Pantano. No estoy controlado de ninguna manera por la atmósfera contaminada de este mundo ni por las asquerosas drogas que todos dicen necesitar para no ser doblegados por el Gas… Hace más de siete años que no me inyecto nada… así que no crea que está tratando con uno de esos insectos descerebrados que deambulan por las calles, muertos en vida…

El amoratado rostro del hombre adoptó tal expresión de horror que Nemesky creyó confirmadas sus sospechas hacia aquel miserable por el que, en algún momento, llegó a sentir algo de lástima.

—Entonces no se lo dijeron… realmente, le ordenaron perseguir al hombre equivocado-se burló Nemesky sentándose sobre los restos del inodoro.

—¿Siete? ¿Siete años sin OMEGAENDORFO? —murmuró el hombre, casi incrédulo. Toda esperanza de escapar con vida de donde fuera que había ido a parar se esfumó de su cerebro, ya libre del narcótico. Quizá fue aquí donde comenzó a planear su propia muerte.

—Parece sorprendido —declaró Nemesky—. Nunca creyeron que habría alguien lo bastante astuto como para no caer en la trampa…

—¿Trampa? ¿Qué trampa?

—He estado meditándolo… Y he llegado a una conclusión: No existe tal Gas. Es decir… Ya no existe tal cosa. Todo fue un plan, bastante ingenioso, debo admitirlo. Pero no por ello menos siniestro.

El hombre observaba con la boca muy abierta a Nemesky. Aparte de su aspecto algo descuidado, daba la impresión de ser una persona completamente racional. Nadie adivinaría ni en un millón de años que estaba tan demente. Pero, por otro lado, si Nemesky aún conservaba algo de cordura, había una pequeña esperanza de escapar de allí relativamente incólume… Por ello, el prisionero decidió seguir el juego a su secuestrador.

—Así que ha descubierto Nuestro Plan…

Nemesky sonrió satisfecho ante lo que él consideraba una aceptación, cínica pero evidente, de que existía realmente un Plan, que no estaba loco ni dominado por el Gas (pensamientos que, a pesar de todo, le atormentaban a menudo).

—Lo sabía… Todo fue un maldito Plan… Soltaron un Gas sobre la atmósfera… ¡Fueron ustedes! La gente comenzó a actuar como loca y aprovecharon la confusión para declarar esas mentiras sobre el Gas de Pantano. Un Gas que enloquecía a las personas. Que las llevaba a matarse unas a otras. Y el OMEGAENDORFO… esa droga milagrosa que “casualmente” mitigaba los efectos del Gas… Cambiaron las leyes, legalizaron las drogas y, además, se llenaron los bolsillos de dinero a costa de la estupidez humana… El miedo al Gas sostiene el negocio ¿cierto? Pero no existe tal Gas en la atmósfera… fue cosa de unas semanas… ¡Unas semanas que condenaron a la humanidad a una eternidad de idiotez colectiva!

Los originales delirios de Nemesky divertían en el fondo al hombre que no podía darse el lujo de reírse sin arruinar su fachada de informante… o lo que fuera que de él quisiera su desquiciado captor.

—Ha sido usted muy astuto, sin duda —reconoció el hombre para satisfacción de Nemesky—, pero debe comprender que todo se ha hecho por el bien de la raza humana ¿Debíamos seguir viviendo en un mundo represivo e individualista? El Plan no es un burdo negocio, tal como usted le califica, sino un instrumento… Un instrumento para unir al mundo. Fíjese usted: Los gobiernos y fronteras han desaparecido. La economía capitalista ha caído y el imperio de la tecnología, que había arrastrado a las personas a interactuar sólo con sus computadoras, ahora es el imperio de los sentidos, donde las personas se saben necesarias y reconocidas. Si tan sólo pudiera usted experimentarlo… la sensación de ser parte de todo y de que todo es parte de usted…

Nemesky pareció brevemente desconcertado.

<< ¿Se inyectará? >> Se preguntó el hombre con los ojos brillando de ilusión. Si Nemesky se inyectaba, seguramente escaparía a los efectos del Gas de Pantano y tal vez, y sólo tal vez, le dejaría libre.

Nemesky, por su parte, comenzaba a considerar que el hombre podía tener razón. A fin de cuentas, el mundo no era muy distinto a como era antes del Gas de Pantano y del OMEGAENDORFO. Las personas seguían matándose unas a otras. Por cosas sin sentido, claro. Pero la libertad… Sin duda había más libertad ahora que antes. La libertad de drogarse… la libertad de ir a cualquier lugar (salvo a oriente) sin necesidad de visas o permisos. La libertad de matar o morir siempre y cuando se estuviera bajo los efectos del OMEGAENDORFO, cuyos efectos sobre la conducta agresiva nunca pudieron ser plenamente controlados… aun cuando resultaban mucho menos terribles que aquel Gas de Pantano intencionalmente liberado (acababa de confirmarlo) por los simpatizantes de las drogas y la libertad.

<< ¿LIBERTAD? >> Bufó una voz en la cabeza de Nemesky. Una voz que no era la suya pero que, últimamente, le había estado susurrando cosas al oído. Una voz en la que Nemesky confiaba porque le había advertido que ese hombre, ahora atado al lavabo, le estaba persiguiendo. << ¿Cómo puedes llamarle libertad a esto cuando ni siquiera tienes la libertad de elegir no drogarte? ¿Cómo pueden saber un montón de imbéciles enajenados lo que es la libertad? ¿En dónde queda la individualidad? ¿Quieres ser acaso otra pieza de esta maquinaria? ¿Una ficha más? ¿Parte de la masa sin consciencia? ¿Quieres ser otra cucaracha descerebrada? >>

—No —musitó Nemesky.

—¿No? —preguntó el sujeto— ¿“NO” qué?

<<>> ordenó la voz <<>>

Sin mediar palabra, Nemesky sacó la cinta aislante de otro de los bolsillos de su gabán, cortó un trozo y lo pegó con fuerza sobre los labios resecos del tipo, que de inmediato comenzó a patalear y a retorcerse como si fuera presa de un ataque de epilepsia.

Nemesky salió del baño y cerró la puerta, dispuesto a no volverla a abrir hasta pasados diez o doce días.


—Excelentísima señoría —declaró el Fiscal ante toda la corte—. Queda demostrado con pruebas irrefutables la indiscutible culpabilidad del señor Nemesky, cuyo deterioro mental le ha llevado a cometer el innombrable y atroz crimen por el que demando un castigo drástico y ejemplar: Inyección Fatal.

De un salto, tumbando el taburete y cortando abruptamente la intervención del Fiscal, Nemesky se posesionó del Circulo Central de la sala, justo en medio de los gabinetes que se alzaban en montones formando un semicírculo a su alrededor.

Un poco confundido por el alboroto y el cacareo que se había formado en la sala, el acusado sólo pudo apelar a la fluidez de sus palabras, a su limitada capacidad oratoria que, sin embargo, era todo cuanto le quedaba:

—¡Majestuosísima señoría! ¡Magnificencia de la sociedad que hoy nos acompaña! ¡Excelentísima corte! —se burló Nemesky—. El ilustre señor Fiscal ha señalado la existencia de pruebas irrefutables en mi contra…y el castigo por un crimen que, hasta el momento, no me ha sido plenamente revelado. Pues bien, he aquí que yo les digo ¿qué saben ustedes de dichas pruebas? ¿Qué saben ustedes, raros bichos de esto a lo que llaman sociedad, de mi supuesto crimen y de mi presunta culpabilidad en el mismo? ¡Ustedes, seres inertes dominados por una falsa paz, son los verdaderos culpables! ¡Aceptaron la aniquilación de sus vidas con pretextos estúpidos que, por comodidad, aceptaron con complacencia! ¿No son ustedes más culpables que yo?

Todos callaban. Era un silencio antinatural en aquella sala, segundos antes bulliciosos y cuchicheante. Quizá su airada intervención comenzaba a conmover las conciencias empolvadas de estos seres desgraciados. Parecían convencidos o a punto de estarlo. Pero entonces, Nemesky comprendió que todo esto era parte de su imaginación. Que los asistentes a la asamblea callaban porque eran parte de un mismo tejido, de una misma mente sin albedrío que respondía instintivamente con aire de sorpresa a cualquier ruido remotamente más estruendoso del que ellos mismos generaban.

—No hay duda —murmuró Nemesky acomodando el taburete caído bajo su trasero con gesto derrotado, pesaroso…— No hay duda que tras la actuación del Fiscal, del Juez y del Jurado, que detrás de mi arresto y de todo este proceso se esconde una poderosa Organización. Que todo es parte de un gigantesco Plan creado por una fuerza cuyos niveles y jerarquías no sólo son infinitos sino inservibles. ¿Cuál es el propósito de tal Organización? Inculpar personas. Individuos, quiero decir. Seres que se atreven a pensar por sí mismos… Seres como yo… Soy el único ente racional en este mundo… me encuentro solo…

—“El único ente racional” —repitió el Fiscal ampliando su sonrisa hasta casi dividir su cabeza en dos—. Es gracioso que diga usted eso, señor Nemesky, teniendo en cuenta su historial psiquiátrico…

<<>> imploró la Voz en la cabeza de Nemesky.

—Esto, señores del Jurado, excelentísima señoría, es el expediente de Nemesky, donde consta claramente el estado mental del acusado…

<< ¡NO! ¡NO LO ESCUCHES! ¡NO! >>

—ESQUIZOFRENIA —concluyó el Fiscal esgrimiendo el dictamen psicológico, como si fuese una filosa arma, contra el rostro de Nemesky.

(ESQUIZOFRENIA)

La palabra golpeó el cerebro del procesado con la potencia de un arma nuclear. ¿Cómo es que se había olvidado de ese detalle? Fue poco después de que el Gas comenzara a revelar sus efectos. El diagnóstico había sido contundente y luego... luego Nemesky se había encerrado en un Bunker y entonces…

<< ¡Mentira! >> exclamó la Voz en su cabeza. << ¿No ves que intentan confundirte? ¡Ellos son los dementes, no tú! >>

(ESQUIZOFRENIA)

¿Había llevado realmente un hombre al suicidio?

(ESQUIZOFRENIA)

¿Existía en verdad un Gas asesino recorriendo el mundo?

(ESQUIZOFRENIA)

¿Había entonces un complot para legalizar las drogas y mezclarlas como si de pensamientos se tratara?

(ESQUIZOFRENIA)

¿Estaba presente de forma física en aquel Juzgado o era esto producto de su mente?

(ESQUIZOFRENIA)

Tal vez si se inyectaba… A lo mejor si se introducía una dosis de OMEGAENDORFO podría discernir qué era lo real y qué no lo era… Despertaría en un Bunker, algo adormilado, para luego descubrir que el mundo seguía completamente igual…

<< ¡MENTIRA!!!! >> chilló la Voz por última vez mientras el Fiscal tomaba asiento, complacido, observando cómo Nemesky se descomponía en su banquillo.


<<>> le decía la Voz <<>>

Nemesky, un poco intranquilo, movía la cuchara de un lado a otro, haciéndola tintinear al compás de su corazón desbocado. Su mirada golpeaba y rebotaba contra cada cuerpo que encontraba. Todos estos insectos… parecían cada vez más agolpados sobre la mesa en que él se había sentado. Su visión se nubló. Sentía un enorme vacío en el estómago. Un molesto dolor se le esparcía por el cuerpo desde el centro craneal. Sin pensarlo mucho, Nemesky cogió el gabán y salió del lugar con tanta prisa que ni siquiera pagó el café, aunque por otro lado, tampoco lo había probado. Avanzó por la acera tambaleándose de un lado a otro como si viniera de una juerga salvaje. Logró doblar la esquina, observó al tipo de los tirantes y comenzó a perseguirle. Era el mismo hombre que, según la Voz, le había estado siguiendo los últimos días. El tipo entró al edificio más derruido del vecindario. El lugar perfecto para una reunión furtiva. Nemesky esperó en el vestíbulo mientras el hombre de los tirantes entraba al elevador y tomó buena nota del piso en que éste se detenía. Minutos después, Nemesky tomó el mismo elevador. Mientras ascendía al piso 184, Nemesky comprobó el contenido de los bolsillos de su gabán: Una bomba de humo, un cuchillo de cocina algo oxidado, una licorera con DIMETANOL, un par de metros de acero inoxidable y algo de cinta adhesiva negra.

Todo estaba listo. La Voz le había indicado cómo obrar y ahora era el turno de Nemesky. Las puertas se abrieron en el piso184 y un objeto redondo salió rodando por el suelo. La bomba explotó y un pequeño grupo de personas, la mayoría indigentes, comenzó a huir por el ascensor o por las escaleras. Uno de los últimos en salir fue el hombre de tirantes. En medio del humo, Nemesky reconoció su obesa silueta y se apresuró a abordarle.

Gracias al cuchillo, fue fácil persuadir al hombre para que regresara a su departamento mientras todo el piso 184 era evacuado. Algo más complejo fue atarlo al tubo del lavabo y acallar sus repentinos gritos de auxilio mediante un fuerte golpe en la cabeza.

Nemesky salió del baño y comenzó a sellar el departamento con la cinta. Mientras lo hacía, un recuerdo difuso comenzó a parpadear en su mente…El recuerdo de que, alguna vez, él mismo se había encerrado en un Bunker para escapar del Gas…pero como Nemesky no tenía la menor idea de si esto había pasado alguna vez o si era sólo otra jugarreta de su imaginación se concentró en pensar cómo lograría que su prisionero le confesara toda la verdad sobre el Plan y la Organización… Y la mejor manera sería quitarle su preciada droga por un par de días. Entonces hablaría…


—Por el cargo de asesinato en primer grado el Jurado encuentra al acusado… INOCENTE.

¿Inocente?

Lo inesperado del veredicto hizo que Nemesky casi brincara de su banquillo. Pudo incluso abrazar al Juez y al Fiscal que segundos antes le parecían tan detestables e injustos. No obstante, la expresión en el rostro del Fiscal no había cambiado en lo absoluto: La sed de sangre aún le consumía las facciones y su confianza en un castigo contra el “terrible crimen” cometido por Nemesky aún no desaparecía.

—Sin embargo, el jurado le encuentra culpable de un crimen aún más abominable ante los ojos de nuestra sociedad…

¿Culpable?

La sorpresa azotó el alma de Nemesky, quien por unos segundos se había creído libre de todo aquel proceso. ¿Cuál era entonces su crimen si no el asesinato involuntario de un espía de la Organización?

—Por el cargo de REBELION, este jurado le encuentra: CULPABLE. Culpable por atreverse a pensar de forma independiente. Por oponerse a la Ley de Legalización y a la práctica social de inyectarse para, así, salvaguardar los más básicos valores de nuestra sociedad. Por esta razón, se le condena a Inyección Fatal, a vivir bajo la influencia de dosis diarias y constantes de OMEGAENDORFO hasta el día de su muerte, a perder todo sentido de realidad y albedrío por lo que le reste de vida. Esta condena entra a operar inmediatamente y es inapeable ¡OFICIALES: APRÉNDANLO!

La angustia por lo que esta condena, que era peor que la muerte, significaba para Nemesky, le impelió a saltar de su banquillo y aferrarse a la vida intentando salir de la sala a toda prisa. Manos temblorosas pero horrorosamente fuertes merodearon enseguida y sus gritos de agonía se mezclaron con los alaridos demenciales de los asistentes a la asamblea y la risa maléfica del Fiscal, que parecía estar danzando de nuevo sobre el cuerpo caído del Juez, muerto poco después de dictar sentencia.

La Inyección Fatal se incrustó en su brazo y El mundo se contrajo de inmediato. Caía a un abismo infinito, del mismo modo que Alicia había caído por el agujero del conejo. Se alejaba de la corte del horror. Dejaba atrás el País de las Maravillas.


Despertó en una habitación sin ventanas que Nemesky confundió, en un primer momento, con una habitación psiquiátrica…

(ESQUIZOFRENIA)

Pero, luego de pensárselo mejor, decidió que se trataba de una celda.

(CULPABLE)

Finalmente, todo se fue aclarando. Estaba en el Bunker. El Bunker donde se había recluido por su propia voluntad luego del diagnóstico. Luego de que Edmundo comenzara a volverse loco y todos comenzaran a matarse entre sí. El Gas de Pantano existía. Las docenas de cajas y las cientos de jeringas (desocupadas) tiradas por el suelo así lo demostraban. Nemesky se había encerrado en el Bunker y se había estado drogando con OMEGAENDORFO desde hacía mucho tiempo. Quizá años. Los brazos revelaban antiguas cicatrices de pinchazos. La dotación de OMEGAENDORFO se le había terminado en algún momento y el juicio y el asesinato habían sido una terrible pesadilla producto del Síndrome de Abstinencia.

Pero la pesadilla había terminado. La Voz en su cabeza había desaparecido. El Gas de Pantano se había disipado y la esquizofrenia también. Era hora de salir y enfrentar la realidad…

Los veintitrés seguros del Bunker cedieron con cierta facilidad. La oscuridad de un pasillo le saludó. Nemesky recordó que el Bunker estaba en el sótano de un viejo edificio similar al que había entrado en su pesadilla, cuando perseguía a su perseguidor.

Al subir a la primera planta, la luz del día le cegó por completo. Lo primero que le sorprendió, sin embargo, fue la pureza del aire que se respiraba. Un aire tan fresco que parecía parte de un sueño.

Antes de salir a la calle, Nemesky buscó a tientas la seguridad de una silla en lo que consideraba debía ser el vestíbulo, y se dejó caer sobre un mullido sillón de cuero. Esperó pacientemente a que sus ojos se acostumbraran a la luz natural y luego de unos minutos sus ojos se posaron en unos viejos periódicos, amarillentos y rotos, tirados en una elegante papelera plateada ubicada junto al sillón.

Al comienzo, los titulares resultaban de lo más trivial:

SE DESCUBRE RELACIÓN ENTRE EXTENSAS ZONAS DE CULTIVO Y EL GAS DE PANTANO.
En particular cultivos de arroz.

Titulares que, edición tras edición, recrudecían sus frases:

AUMENTA OLA DE VIOLENCIA: Homicidios y suicidios sobrepasan capacidades de las Fuerzas Sanitarias.

Hasta llegar al clímax de la desesperanza y el terror:

DESAPARECEN ÚLTIMAS RESERVAS DE OMEGAENDORFO.
El caos se toma Occidente.

EXPERTOS ANUNCIAN LA EXTINCIÓN DE LA MAYORIA DE RAZAS HUMANAS.

Finalmente, los titulares asumían la más descabellada forma y se convertían en pasquines de símbolos ilegibles, productos de mentes completamente desquiciadas por el Gas. No obstante, las fotos en estos últimos periódicos resultaban sumamente desconcertantes: Las personas aparecían felices, danzaban y reían, se les notaba sanas y fuertes, como si jamás hubiesen necesitado drogarse ni hubieran pasado el hambre y la miseria que se había vivido en la época del Gas de Pantano. Por otra parte, había algo en sus rostros que a Nemesky se le antojaba definitivamente anormal.

Un presentimiento espantoso traspasó su cráneo.

Un recuerdo le asaltó de improviso:

<< ¿Acaso esperabas otra cosa de unas personas que producen más ARROZ del que consumen? >>

Al salir a la calle, sus presentimientos se vieron confirmados: Miles de personas se arremolinaban en torno suyo, igual de anormales a las que aparecían en las fotos. Todos le miraban como si se tratara de alguna exótica criatura o de un animal extinto. De hecho, lo era. No necesitaba recorrer el planeta entero para saberlo. La Tierra estaba completamente poblada por millones de individuos de ojos rasgados y piel amarillenta.

Sí había un Plan después de todo. Ahora ellos estaban libres del viejo problema de la sobrepoblación. El mundo les pertenecía y su cultura era la única posible. Seguramente, ya jamás necesitarían cultivar más arroz del que necesitaban… Y las letras en el periódico, que en un primer momento había tomado por garabatos demenciales… ¿Acaso era chino?



[1] Estudios recientes demuestran que las emisiones de gas carbónico generadas por gigantescas zonas de cultivo contribuyen considerablemente al fenómeno del calentamiento global. Los gases, encerrados en la atmósfera terrestre, no sólo aumentarían la temperatura del planeta, también tendrían efectos sobre los seres vivos causando, entre otras cosas, graves psicopatías, trastornos del sueño, trastornos de la personalidad y, en algunos casos, esquizofrenia.

Inanna, El Santuario Del Dáimôn Erótico
Leonardo Serrano Pineda
(basado en el texto original de Alexandra Portella y Leonardo Serrano)

“… era un pacto de incendio,
contra ese espacio de rutina gris entre
el nacimiento y la muerte que llaman
vida.”
Rubem Fonseca.


Antes de dispararle de nuevo, Luciano recordó que esa expresión soberbia del rostro pálido, era la misma imagen que tenía su rival el día del encuentro. Fue al aparecer desde el interior del almacén, precedido por la pelirroja recién sodomizada, cuando sus vidas se cruzaron subrepticiamente.

Nikos Papastefanou se detuvo bajo el marco persa de madera, posando su mirada oscura sobre el único cliente que quedaba en el anticuario. Aunque parecía un tipo común, volviéndose hacia él, Luciano pensó en que el negro profundo de sus ojos parecía haber robado a la noche parte de su misterio; eran rasgados, con una ligera inclinación hacia las sienes, lo que les daba aire salvaje. En torno al extraño resplandor del rostro, Luciano descubrió que la belleza del desconocido radicaba en tener rasgos fuertes, mezcla mística de oriente con la fuerza del África negra; y una piel exangüe resaltaba el ímpetu de su barba rala y las cejas feroces. Su pelo azabache enmarañado, se presentaba como una síntesis de la locura. Luciano detectó en la expresión del anticuario una provocación duelista y decidió marcharse. Antes de que alcanzara a despedirse de ese arrogante anfitrión, apareció una joven hermosa.

Si antes le había atraído la belleza rara del dueño del almacén, la de la mujer le sedujo sin remedio. Jamás había sentido tan de cerca una energía vital de semejante plenitud; no había sentido que una mujer exaltara su existencia con tanta ternura. Deslumbrado comprendió que a pesar de sus años de amoríos y despechos que jamás se terminaban de curar, él no era más que un espectro desolado. Y la belleza de esa mujer lo desarmaba ante su realidad.

Sus pensamientos se interrumpieron cuando el Anticuario en un movimiento rápido y sin perder su elegancia, tomó a la mujer con firmeza por la cintura y la besó con tal gracia, que el vacío que se produjo en Luciano semejó un chapuzón en las aguas del Aqueronte. Esa imagen de la mujer no pudo borrarla jamás: un rostro hermoso de ojos resplandecientes, conteniendo en sí la armonía de la suavidad, lo miraba con compasión en una suerte de lamento que al mismo tiempo, era una deliciosa invitación a un mundo perverso y feliz.

Pasaron noches de trémula soledad para Luciano. Algunos días transcurrieron mientras en él crecía un sentimiento compulsivo. Luciano merodeaba esperando verla. Anochecía y frente al local, sintió su corazón acelerarse hasta creer que estallaría creando un cráter purulento en su pecho. Dudando caminó lentamente hacia la puerta y a medida que fue aproximándose sentía como si alguien presionara su rostro y lo asfixiara con una almohada. Ella abrió la puerta y Luciano no supo cómo reaccionar. Palideciendo se quedó sin palabras.

— ¿Tan espantosa soy?

—No, para nada. Al contrario…

Se miraron en silencio. Alicia, con toda la fuerza de lo hermoso y prohibido, inició un juego insinuante.

—¿Qué hacías tanto tiempo allá afuera parado? Está helando.

—Es que estaba esperando a Nikos, ¿De casualidad no me dejó un encargo por ahí?

—Nada… Así que sólo viniste por eso —dijo con sorna.

—Es que… no —los nervios lo traicionaban—. Mejor olvídalo.

—Oye, ignoro si lo tuyo es ingenuidad o estupidez Luciano, pero me gustas —sostuvo una mirada provocadora—, así que te voy a ayudar.

Alicia cerró el anticuario y se dirigió a la parte trasera de una vitrina. Con cadencia, se inclinó hacia adelante mientras se subía la falda, descubriendo el terso recorrido de la tela en unas piernas firmes, que se ensanchaban a medida que las desarropaba. Las abrió despacio y con ligeros toques humedeció su vulva. Los apretó impaciente. Extendió su mano, y cuando Luciano la tomó, Alicia lo atrajo pidiéndole que de rodillas lamiera su deleite en rosa. “Te quiero en mí ya” dijo; le desabrochó el pantalón e introduciéndole su mano, se aferró al pene. Aún nervioso Luciano iba tocándola como un inexperto. Las manos de Alicia se aferraban a su espalda. Con suave temblor dos cuerpos se perdían en una danza milenaria ante un cúmulo de antigüedades. Sumido en ese oscuro escenario y a riesgo de ser visto, Luciano cada vez más enardecido la puso junto a los muestrarios de sedas Japonesas, y aumentando el ritmo de sus embestidas, se perdió en una excitación inmensa. Inesperadamente derramó su semen sobre el vientre palpitante de Alicia quien sorprendida y con enojo, le reprochó esa triste precocidad y lo obligó a que de cualquier forma la satisficiera. Con la voluntad nula, Luciano tomó una daga por la vaina y le introdujo el mango, procurando no lastimarla. A medida que tocaba fondo, Alicia suplicante le pedía que le diera placer con más violencia. Consagrándose al ritual, se olvidaron del lugar y mientras Luciano complacía los deseos de Alicia, un testigo oculto observaba con obscena serenidad el acto.

***

Después de muchos días de efervescente infidelidad, Alicia arrastró a su amante a la trastienda. Cubierta por un armario había una puerta corrediza que se abría a un pasillo de alfombra roja y paredes tapizadas con arabescos. Candelabros a lado y lado del pasaje le dieron a Luciano la impresión de estar ingresando a un mundo perdido, con suntuosidad de recintos sagrados o palacios renacentistas. Al cabo de unos diez metros, el corredor se bifurcaba. Hacia la izquierda llegaron a una especie de bodega donde se acumulaban en desorden objetos de decoración. Conservaba la exquisitez acostumbrada del anticuario, pero quizás por la iluminación decadente, Luciano se sintió tras los bastidores de una compañía de teatro o en algún set de grabación de una película de ambientación histórica, al estilo de los cuarenta y cincuenta. Al fondo una música coral y un sonido hipnótico lo cautivaron. Alicia, tornándose cada vez más salvaje, desvestía a su contendiente como una fiera desmembrando su presa con satisfacción.

Después del amor brutal mientras ambos se vestían con lentitud, Luciano quiso saber qué había del otro lado del pasillo. Alicia lo miró con algo de lástima, aunque bien pudo ser ternura, y guardó silencio. Se vistió con mucha calma; sentándose en una poltrona antiquísima, montando una pierna sobre el antebrazo del mueble, se fumó un cigarrillo sin decir palabra ni despegar la mirada de Luciano. Al acabar le insinuó que su juego feliz podría terminarse, ya que Nikos tenía mil ojos, además del don de la ubicuidad, que él se asustaría y quizás ya jamás quisiera volverla a ver. Obstinado, Luciano insistió en conocer aquel lugar, pero ahora lo hizo con la exigencia de aquellos que se sienten dueños de alguien. Alicia no pudo contener la risa y después de contemplarlo como a un niño caprichoso, terminó por tomar su mano, sonriéndole.

—Te voy mostrar mi verdadero mundo.

Se puso un abrigo, y le susurró:

—Ven conmigo.

Salieron de la trastienda tomados de la mano. Volvieron al pasaje y cruzaron al otro corredor. Una puerta negra, de madera maciza, se interponía al paso. Sobre la pared Alicia corrió un pequeño cajón oculto y haló varias veces una cadena. Al instante un hombre arrugado, todo plata en el cabello abrió la puerta. Para sorpresa de Luciano, Alicia lo saludó con evidente respeto, como si no se tratara de un empleado sino de alguien investido de autoridad. Pero lo que más lo impactó fue escuchar el diálogo en una lengua desconocida. Fue tan extraña la imagen que no se percató de que ella le había soltado la mano en cuanto apareció el personaje. El hombre de la puerta le dijo en un instante en un tono muy grave: “Tire de la cadena sólo tres veces. Y por su bien, que el Señor no lo descubra”. Alicia corría feliz, halándolo del brazo por otro pasillo igual al anterior, pero que vacilaba entre subidas y bajadas que Luciano temió no llevaran a ninguna parte. No imaginó que hubiese detrás de un local pequeño, toda esa maraña de pasadizos como para un culto del misterio. Las palabras del extraño de la puerta resonaban en su mente. De seguro el “Señor” era Nikos, y tanto misterio sólo podía explicarse por una locura peligrosa. Llegaron a lo que parecía una antesala: una cuadratura con un gran velo cubriendo lo demás. Alicia descubrió el telón escarlata y una fiesta atemporal surgió ante ellos. Tras la antesala aparecieron lámparas fantásticas a media luz, ampliaciones de daguerrotipos de los poetas malditos del siglo XIX, óleos de la campiña inglesa que quizás databan del siglo XVIII...

Un grupo de cortesanas victorianas atravesó el salón luciendo sus senos de porcelana, magnificados por el uso de corsés en cuero. Al paso de las mujeres, un rumor como concierto de palomos escapó de una congregación de hombres que no podían disimular la ansiedad ante lo que iba a representarse. Parecía que ninguna de las damas superaba la edad del sacrificio, mientras que la mayoría de los hombres pasaban de lejos los 45 años. “Salmacis”, “Rusalka”, “Freyja”, gritaban algunos hombres, y Luciano dedujo que eran los nombres de las doncellas que se separaban del grupo para unirse a quienes las reclamaban. Unos se abrían paso entre la multitud buscando con urgencia un brazo para apresar y llevar a las sombras; otros, en cambio, se contentaban con observar y esperar. La atmósfera del lugar era opresiva, como si estuviera por caer el apocalipsis en gemidos, como si fuese a celebrarse una oscura ceremonia en homenaje a la alucinación.

Trascendiendo las dudas y el fervor palpitante con que todo se envolvía —incluyendo sus sentidos— sólo un nombre, entre los gritos, lo perturbó tanto, que despertó en él un repentino terror primigenio: “Inanna”.

Continuaron caminando hasta llegar a un punto desde el cual se tenía una visión panorámica del lugar. Desde allí observaba que la construcción, simulando un óvalo irregular, tenía también la distribución exacta de un panóptico. A cada paso Alicia parecía más feliz, como si harta de actuar en la cotidianidad liberara su verdadero rostro, rompiendo con esa farsa agobiante de la sensatez. Imponía por encima del resto y del ambiente esa alegría dulce que contrastaba con todos los retratos de perversiones que había alrededor. En ese estado condujo a Luciano hasta una mesa privilegiada, y dándole un beso de despedida se mezcló con la multitud y desapareció. Transcurría el tiempo con la sensación única de irrealidad. El burdel oculto en el anticuario era sorprendente en cada detalle. El salón principal era inmenso, con plataformas intercaladas que simulaban de cierta forma pequeñas colinas o grandes rocas incrustadas. Tres niveles curvilíneos —como si el propio Gaudí los hubiera diseñado— la rodeaban. Si bien la elegancia era ostensible, algunos detalles variaban el estilo del conjunto en favor de la practicidad. Así las paredes de los niveles superiores, que desde la distancia en donde estaba Luciano parecían vidrios, descubrían un submundo que en juegos de luces e instrumentos destinados al placer, facilitaban la vista de los amantes en cada movimiento. Sobre el salón principal, una cúpula en la semioscuridad le invitaba imaginar frescos increíbles.

Distinguió a Nikos en el fondo del salón; con apariencia de un padre feliz, reía y acariciaba los rostros de jóvenes preciosas y, con ademanes muy delicados, las ofrecía a sujetos que podrían ser sus abuelos. Recordó entonces la sugerencia del hombre de la puerta, y cuando se disponía a ocultarse, las luces bajaron del todo su intensidad.

Una incandescente luz celeste se vertió sobre una de las plataformas. Lentamente, gracias a algún sistema de poleas, una cruz fue emergiendo de la sombra. Poco a poco ascendía desde una posición completamente horizontal, irguiendo consigo un manto de seda blanco que en crucifixión, delataba la presencia de un ser en un suplicio aparente. La multitud excitada empezó primero a susurrar en corrillo el nombre de Inanna, pero a medida que iba ascendiendo la cruz y se dibujaba mejor el cuerpo de la mujer bajo el manto, los susurros se convirtieron en gritos espontáneos, histéricos, como de feligreses en trance que vitorean la aparición de un mesías.

La luz celeste cambió a amarillenta cuando la cruz estuvo en nítida posición vertical. Suaves caricias llovieron sobre los delgados brazos de aquel Cristo sin rostro. Con una calma inaudita que podría enloquecer a un libidinoso, deslizaron la tela que cubría la cabeza de largo pelo castaño, coronada también de espinas; el divino rostro colgaba con espectacular tristeza sobre el pecho, y donde debería leerse INRI, con evidente sarcasmo, se leía INANNA.

Una luz rojiza brilló sobre el rostro de Inanna, que giraba de un lado a otro como quejándose del suplicio, pero sin que se descubrieran del todo sus facciones. Desfallecía y caía el pelo y la corona, para luego volver a ejecutar los mismos movimientos. Seis pares de brazos, se afanaron alrededor del manto y la cruz como serpientes en una danza mortal. Hubo dos apagones intempestivos y en medio de la repentina aparición y desaparición de la figura, las manos quitaron con violencia el manto. Se reveló a la mujer desnuda ofrecida en sacrificio en ese Gólgota banal, y cuando las manos serpenteantes comenzaron a tocarla, ella levantó por completo la cara y una luz lánguida la dibujó con nitidez: la nariz pequeña y recta dibujaba sombras sobre la boca amplia y delineada, entre las arrugas y redondeces de su carne perfecta que perfilaba un poco más abajo, la simétrica protuberancia del mentón alargado. Abría los ojos en dirección al cielo como una posesa, mostrando el reflejo azulado de unos grandes y profundos ojos que en realidad eran grises. La danza se transmutó en caricias por todo su cuerpo, y llovió sobre ella una sustancia viscosa que la aceitaba. Con sus piernas y caderas Inanna igualó el ritmo de esas manos que la repasaban, inclinando el dorso de atrás hacia delante al menor roce en su piel. Lamió varios dedos y permitió que algunos se adentraran en el centro de su sensibilidad. Con las extremidades inmovilizadas, la mujer sólo podía retorcerse de placer mientras las manos la masturbaban. Pronto dejó escapar un rosario de súplicas simulando rezos paganos:

—Σαν σωματα ωραια νεκρων... Σανσ ωματα ωραια νεκρων [1]

Susurraba sin cesar una y otra vez las mismas palabras, cambiando el tono de su voz con angustia. Luego ascendieron con furia los alaridos:

—...Της ηδονης μια νιχτα... της ηδονης μια νιχτα [2] —gritaba.

Parecía incapaz de soportar el deleite que la electrizaba cuando tocaban sus senos con firmeza o pellizcaban su carne. Del rostro de Alicia quedaba poco en el suplicio; Inanna la subsumió con toda la potencia de su fertilidad sensual.

En torno a la representación, muchos se entregaron a copular con jovencitas jadeantes sobre las mesas en el claroscuro del salón. Otras, de rodillas, refundían su boca entre las piernas de hombres adustos. Luciano alcanzó a ver a otros tantos que se dejaban penetrar por terceros, mientras se ocupaban en satisfacer a cualquier joven. Con máxima excitación, los jadeos de Inanna inauguraron un rito donde la sexualidad furibunda y el delirio comulgaron en cada uno de los blasfemos. Al emitir esos bestiales sonidos que se convertían en una sola oración de pecadores sin remedio, la multitud cedió por completo a sus instintos más bajos, volviendo a ser los animales en celo que siempre habían temido revelar.

Con el fervor de un adicto, Luciano buscó la salida del laberinto de pasajes y puertas, y asumió a partir de entonces su rol de amante de la amante del mundo. Alicia pasó a ser el puente que lo unía a la verdadera y única realidad admisible, y todo en torno a ella era circunstancial, incluso sus nocturnos desdoblamientos, incluso Nikos y sus delirantes prostitutas.

***

Al iniciar la fiesta la suerte estuvo echada. Una vez cruzado el ruedo sólo debía transcurrir el tiempo para que en medio del terror y la algarabía, doblara sus piernas, dejando escapar las burbujas fatales del hocico, cayendo al ritmo de la explosión escarlata urdida por el estoque. Merodeando el anticuario como un circo antiguo, lleno de ansias e insomnio, Luciano balanceaba de un lado las advertencias del hombre de la puerta, y de otro, la caída libre en el abismo de la delicia. Cada vez se convencía más de la obligación de reivindicar para sí la sensualidad materializada en Alicia.

Ejerció de nuevo el protocolo secreto. Con prisa y menospreciando los riesgos, Luciano saltó personajes enardecidos y unos cuantos escalones hasta arribar al tercer piso, donde creía poder encontrar a Alicia. Todo su ser henchido de un furor lascivo la reclamaba. Le urgía Alicia en cada centímetro de su piel, en cada poro, en cada célula. La brújula emocional de Luciano se había roto y ahora marcaba solamente Alicia en todos los puntos cardinales.

Al llegar al tercer piso notó la desolación. Los monótonos ruidos del sexo desenfrenado se desvanecían en la distancia, a medida que avanzaba sin encontrar a nadie a su paso. Todo iba quedando en un extraño silencio. Frenético, probó cada recoveco de ese piso, pues su instinto le decía que algo especialmente lascivo se iba a desarrollar allí, y él, comprendiendo que sus depravaciones eran irremediables, quería ser partícipe del pandemónium.

Con paso lento y meditabundo, llegó a una gran puerta corrediza que no lograba retener los signos de lo que buscaba: el lacónico suplicio de una mujer. Mientras gozaba, ella parecía susurrarle la fórmula secreta para la creación de la belleza, que Luciano asociaba con esa alegría de sentirse vivo y dispuesto a entregarse al placer voyeur, para luego desenvolver otras delicias. Ningún otro sonido perturbaba aquella melodía, sólo los jadeos que se volvían más constantes, como si la franja del placer de la fémina cruzara por instantes el del dolor, haciendo de la satisfacción un mismo y compacto quejido húmedo y quebradizo. Quedó suspendido varios minutos ante los rabiosos alaridos del clímax al que llegaba la mujer, perpleja, vulnerada, consumida ante toda la fuerza penetrante. Una seguidilla de gritos lastimeros previos al llanto, antecedió la explosión que la exorcizaba. La mujer reinició el jadeo, dulces lamentaciones u oraciones fervientes al dios idolatrado. Luciano corrió la puerta con suavidad cuando los gemidos se volvieron claros y cerró un instante los ojos; subió la cabeza respirando profundo para sentir el aroma de hembra penetrada, de sudor de hombre y todo el vapor de las secreciones.

Al abrirlos sufrió el espanto de ver a Inanna, que tumbada sobre pieles y cojines, lo miraba de costado, con ternura, fijamente, mientras el proxeneta Nikos Papastefanou le hundía firme y constante un miembro infatigable. Absorto ante el espectáculo, Luciano ni siquiera pudo musitar palabra cuando con una maligna sonrisa, Alicia extendió una mano hacia él, llamándolo para que se juntara a su placer infinito.

***

Sintió el bulto que formaba el revólver bajo su abrigo, y recordó que había regresado al burdel no solamente atraído por Alicia, sino también con la intención de liberarse de Nikos. Lo buscó pero de él no quedaba nada. Corriendo se dirigió a otras habitaciones por donde nunca antes había pasado. De sus techos pendían espejos cuya inclinación daba el ángulo perfecto para que se observara el desenfreno del salón central. Luciano veía las siluetas y contenía su ira. Orgías que danzaban entre gemidos y gritos de placer, protagonizados por seres reducidos a orgasmos inagotables. En la circunferencia que funcionaba como cama esa noche, en el salón principal, tres mujeres jadeaban entre sí mientras comedidos servidores las poseían incapaces del hartazgo.

Entre un difuso grupo de varones que se cerraron en una fila circular de nalgas exhibidas, empezó un nuevo ritual en sincronía perfecta con otros que recién introducían sus glandes a dos mujeres muy delgadas. Uno a uno, los hombres se iban abalanzando sobre esas dos fatalidades trenzadas en euforia, tomándolas sucesivamente. Una emanación de sensaciones que las hacían transparentes en medio de toda la lujuria viril, las fueron volviendo cada vez más inexpresivas, casi fantasmales.

Luciano se quedó estupefacto: las espaldas de los hombres se jorobaban en tanto que sus piernas se encogían. Parpadeó varias veces, tratando de recobrar el sentido de la vista que creía turbado, pero ahora descubrió que los hombres de más allá perdían sus facciones humanas. Tres hombres al frente suyo exhibían ojos mucho más perfilados y profundos, junto con extrañas protuberancias en sus mandíbulas. En uno de ellos su cabeza se volvía estrecha y deforme, y en sus pupilas centellaba la sevicia. Parpadeando encontró que los del trío no tenían ya nalgas sino una cola parda e inquieta. Sin poder escapar de su aturdimiento, presenció cómo dos de ellos se abalanzaban, ya todos colmillos y garras, sobre los cuerpos de las mujeres.

Asqueado de la carnicería, desvió la vista pero dio de frente con la sonrisa irónica de Nikos. Luciano desenfundó el arma y disparó al techo, disipando la multitud. Luego un tiro certero se incrustó entre las cejas de Nikos, dejando correr un chorro de sangre por su nariz. La víctima seguía allí; impertérrita, envuelta en el silencio, parada en la mitad del gran salón desierto. Entonces Luciano sintió que se las estaba habiendo con un espectro, surgiendo del absurdo el sentido: Alicia (o Innana) era sólo otra de las manifestaciones de Nikos Papastefanou.

Nuevamente disparó y tres golpes secos rompieron el esternón de Nikos. El humo se esparcía dejando un rastro de pólvora en la mano extendida de Luciano. Esta vez, Nikos cayó de rodillas, y al doblarse, apoyando la mano izquierda en el suelo, escupió con dificultad un poco de sangre. Con lentitud, el Anticuario se levantó orgulloso de los tres boquetes profundos que lucía ahora en el pecho. Caminó despacio hasta llegar al centro del salón, y con una voz áspera y tenebrosa pronunció unas palabras para sí, en una lengua extraña. Después, con fuego entre sus ojos y deteniéndose frente a Luciano tronó:

Ερωτικος τε και δαιμονιος ανηρ [3]

Siguió caminando despacio hacia Luciano, aproximándose a un lugar donde caía el reflejo de una lámpara de aceite. Ahora era Inanna, quien estaba frente a un Luciano que se debatía entre la incredulidad, el horror y el delirio al volver a ver a quien se adora. Frente a frente, Inanna y Luciano se miraron unos segundos que se suspendieron en el tiempo. Su mirada hipnótica fue la caricia más tersa dada por divinidad alguna. Dócilmente acercó sus labios a Luciano. Un aliento de lirios prohibidos penetró en su cuerpo mientras Inanna lo colmaba de dulzura; rozó la lengua un labio, humedeciéndolo, abriéndose las bocas en una sutil guerra de espadas. Sumergido en tal comunión, Luciano abrió muy despacio los ojos, como despertando de un trance, y besándola todavía, descubrió en ese rostro los ojos del Domus dominum.

Asqueado, Luciano se zafó de él y en vano quiso huir de su esquizofrénica agonía. Temiendo el final atroz quiso ponerse a salvo de las fieras cuando fuera de si colocó el extremo de la soga en su cuello. La polea giro suavemente, elevándolo muy cerca de la cúpula, donde su cara amoratada, el cuello roto y la piel lacerada, fueron liberados al vacío por Nikos. El golpe terminó de extinguir la tortura. Ante el cuerpo inerte que yacía en el salón central, fueron concentrándose varios entes que aguardaban la carroña después de que Nikos culminara la vejación, absorto en sus placenteras eyaculaciones.



[1] Corresponde a la fonética del español: San sómata oria necron (bis) “A cuerpos de muertos hermosos…”

[2] Corresponde a la fonética del español: Tis idonis mia níjta (bis): “… una noche de placer.”

[3] Corresponde a la fonética del español: Erotikós te ke demónios anír. “Soy demonio erótico para el hombre” (traducción aproximada).

Entradas antiguas Inicio