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Epílogo del Bosque Rojo
Magyory Forero, Jelymaibet Bustos, Alex Acevedo

1
—Y nunca más sentiremos miedo ni angustia, pues viviremos por fin en un mundo seguro —dijo Darwin dejando caer su mirada sobre el escaso auditorio que llenaba el Templo Binario—. ¡Que así sea por los siglos de los siglos!

Darwin descendió del púlpito a grandes zancadas, puso sus manos sobre la cabeza de algún descarriado y se abrió paso entre el bloque de cuerpos impúdicos que llenaban de hedor a ruina su sagrado templo. Se detuvo un momento en la pileta para purificar sus manos con un chorro tibio de agua de deuterio. Entonces notó esa punzada en la nuca que se le estaba volviendo recurrente. De un tiempo a la fecha sus articulaciones se venían endureciendo más y más, y en la mañana, al momento de levantarse, Darwin era presa de unas picadas espantosas que le recorrían el cuero cabelludo y bajaban por su nuca como un corrientazo letal. “Tengo que consultar con el oráculo”, se dijo, y con una sonrisa irónica volvió sus ojos hacia la cúpula del templo, donde los Feudocitos reinaban con su maraña de testigos luminosos verdes, violetas y rojos al modo de un firmamento pleno de estrellas.

Al girarse para seguir su camino hacia el refectorio, Darwin se encontró frente a frente con ella.

—Padre —lo saludó Vértigo haciendo una devota reverencia con su cabeza de dos rostros—. Padre, regáleme su bendición. Padre, bendición y bendición.

Darwin extendió su mano derecha para que la chica besara el dorso una vez con su cara sonriente, y, tras girar su cabeza ciento ochenta grados, otra vez con su cara contrita.

—Padre, ¿por qué se me atascan las palabras? ¿Por qué me domina el silencio, Padre? —le preguntó Vértigo hincándose de rodillas para dejar que Darwin le impusiera las manos sobre su cabeza a modo de bendición.

Darwin cerró los ojos un momento y se quedó serio, arqueando las cejas, como buscando concentración o consejo de los Feudocitos. La armoniosa figura de Vértigo lo confundía, lo hacía sentir más humano de lo que le gustaría reconocerse; provocaba en él deseos que creía extirpados de su memoria, deseos fósiles que lo despertaban a la madrugada envuelto en fiebre. Además, Vértigo lo intimidaba por sus dos rostros, pues le molestaba tratar con alguien que parecía dos, que seguramente pensaba duplicado o al cuadrado, que siempre parecía ocultar sus emociones.

De repente levantó los brazos, echó su rostro hacia atrás para mirar fijamente la cúpula del templo, y disimulando una mueca de dolor que le produjo una nueva picada en el cuello, le respondió:

—Del silencio sólo florece la sabiduría. Vamos —añadió luego tomándola de un brazo—, acompáñame al refectorio. ¿Has traído la ofrenda que me prometiste?

Vértigo mostró un paquete que colgaba de su espalda adentro de una bolsa de tela púrpura, y el escalofrío que sintió en ese momento sólo lo dejó traslucir en su cara oculta, mientras que el rostro que enfrentaba a Darwin dibujó una sonrisa mansa.

Entretanto, los Feudocitos produjeron un logaritmo completamente erróneo, y una furiosa tormenta de arena se levantó a consecuencia en los fondos abisales. Era la tercera vez en menos de un mes que procesaban datos incoherentes y creaban así trastornos en zonas alejadas de la Península. Y para rematar, el sistema operativo reaccionaba con una lentitud inusitada, corrigiendo el cálculo con cuatro o cinco días de retraso. El desatino, sin embargo, casi no se evidenciaba en los testigos luminosos del Templo; parecía como si todo siguiera su curso más normal, y al no generarse una orden de mantenimiento, tampoco Darwin quedaba al tanto de la situación.


2

El alba se aproximaba y el Bosque Rojo, pese a la rudeza del invierno, se empezaba a iluminar hasta su último rincón. Un frío como de agujas hería la piel y producía melancolía a mares; era un invierno impetuoso que arrastraba consigo el calor, la alegría, y hacía gemir a las tribus que habitaban la Península. Y en tanto los primeros destellos de sol nacían, Vértigo corría entre esos pinos y tilos deformes con una prisa extraña. Iba vestida con unos harapos que parecían insuficientes para protegerla del hielo, calzada apenas con unas sandalias que dejaban a la vista de todos la rotunda belleza de sus pies.

Vértigo tenía prisa para llegar al Albergue; quería contarle a Sin Moly los avances del plan, contarle por ejemplo que Darwin se empezaba a notar enfermo y ayer, luego de recibir la ofrenda que ella le llevaba, le pareció que el Pastor había hecho una mueca de dolor al inclinarse para recoger un cordón violeta que había caído a las baldosas del patio. De un saltó cubrió los últimos escalones de piedra, y sonriendo por el recuerdo, atravesó el arco que daba ingreso al Albergue.

Siempre que cruzaba por los extensos corredores del Albergue Maligno sentía náuseas. El olor que expelían los restos de los Mirriacos la espantaba; no podía acostumbrarse a tener que pasar por ese lugar donde los órganos de los Mirriacos continuaban con vida de manera independiente, ajenos a un cuerpo donde cobrara sentido su función como partes de un conjunto. Apuró más el paso, jadeando por la carrera, pero llena de una vitalidad que sólo sentía de madrugada.

—¿Conseguiste entregarle esa última pieza que te llevaste ayer? ¿La recibió? ¿Cómo lo notaste? —le preguntó Sin Moly tan pronto como Vértigo abrió la puerta del estudio. Al notar el cansancio que le había producido la carrera a ella, añadió súbitamente alarmado —¿Qué pasó? ¿Alguien te seguía?

—No, no, todo está bien, es sólo que… —contestó Vértigo, y tan pronto como pudo reincorporarse, reveló: —Débil, está ya muy débil, ¿sabes? Y me parece que entre más avanza su enfermedad, más se encariña conmigo. Darwin se está volviendo cada vez más vulnerable. ¡Me fascina! Me parece incluso que en una semana o dos va a estar tan manso como un corderito, y no sería difícil convencerlo de desconectar a los Feudocitos del Templo.

Sobre un mesón de madera rústica, Sin Moly alineaba cientos de figuras iguales en mármol blanco retráctil. Todas las miniaturas representaban la preciosa cabeza de Vértigo, con sus dos rostros en todas las expresiones posibles. Para Sin Moly, el único Mirriaco que había sobrevivido íntegro a la explosión, el arte era y sólo podía ser obsesión; esculpir era una mera obstinación en congelar el alma de alguien más o encerrar para siempre en una cárcel geométrica la esencia oculta de un objeto cualquiera. En el caso de su serie sobre Vértigo, Sin Moly quizás buscaba entender el candor, el misterio de esa piel blanca tan fina como la flor de un ciruelo, el enigma de sus dos rostros, sus dos vidas, su voz y los dedos de sus manos…

Sin Moly había pasado estos últimos años de su carrera como escultor dedicado a esta niña que en un arranque de sinceridad le había confesado que quería morir, que no soportaba más la vida perpetua en la Península, y aún más, le había implorado su ayuda. Luego Vértigo fue capaz de convencerlo de que sus ganas de morir coincidían con la venganza que él quería tomar por la desmembración de todos y cada uno de sus hermanos.

—Mírame a los ojos, mírame por favor aunque no sea más que un segundo —dijo Sin Moly tomando en sus manos las mejillas de Vértigo—. Quiero estar seguro de que todo va bien.

—La hora de la venganza con la que sueñas desde hace tanto tiempo está por llegar. Prepárate, Sin Moly, prepárate.

Vértigo intercambió las expresiones de sus rostros como siempre que Sin Moly quería descubrir con una mirada el fondo de sus preocupaciones. Con ese artilugio se defendía del poder que tenía Sin Moly, puesto que sabía que el Mirriaco, debajo de esa máscara de látex con que se presentaba siempre ante ella, no tenía rostro sino un espejo triangular que reflejaba las angustias y los pecados de su interlocutor, y ella no quería ver allí el reflejo atormentado de Darwin.

—Éramos artistas, simples e inofensivos artistas —dijo Sin Moly acercándose al mesón, rememorando una vez más la explosión, el exterminio que habían practicado los Feudocitos sobre los de su raza—. ¿Por qué nos consideraban herejes? ¿Acaso por sentir de un modo diferente? ¿Acaso por ser capaces de ver lo que otros no podían? ¿Es tan grave perseguir la belleza, Vértigo? Dime, ¿es tan grave querer retenerla? ¿O era sencillamente porque les molestaba que los pocos humanos que quedaban vieran reflejado su interior en nuestras caras?

Cuando Sin Moly se dejaba ganar por la nostalgia y la rabia de la tragedia que había caído sobre su pueblo, sus movimientos se confundían y se tornaban más bruscos, haciendo que su dorso femenino resultara todavía más paradójico de lo que era ya de por sí, ensamblado sobre esas extremidades inferiores cubiertas de vello negro y espeso.

—¿Y qué me dices de nosotros, Sin Moly? —intervino Vértigo—. ¿No somos acaso los Pelzarios los que más tenemos que sufrir con esa doctrina de la vida eterna, de la inmortalidad? Cada vez que pienso en mi vida incesante, la tristeza se apodera de mí. Vivir, vivir, vivir sin cesar, vivir a toda costa sólo por el capricho de un humano demente… Regeneración constante, repetición de tus sensaciones con idénticas características, anulación total de la novedad, juventud inagotable… ¿Tiene algún sentido? Dime, ¿te parece justo tener que soportar tanto tormento?

Vértigo duplicó el efecto de su pregunta dejando que en sus dos rostros alumbrara la pena y floreciera la humedad de unas lágrimas en sus cuatro ojos. Aprovechando la oportunidad de estrechar el contacto físico, Sin Moly se le acercó a rodearla con sus delgados brazos femeninos, a darle consuelo con unas caricias muy suaves sobre sus mejillas sonrosadas y tiernas. Y mientras le decía que todo iba a estar bien, que pronto todo iba a cambiar, la despojó de los harapos que la cubrían y la llevó al rincón de su taller donde pretendía terminar su obra maestra: una escultura mediana de Vértigo desnuda, más bella que nunca. En el interior del mármol, Sin Moly había puesto la ofrenda más grande para Darwin y los Feudocitos: una roca de estroncianita del tamaño de un huevo, con la cual esperaban dar el tiro de gracia al Templo Binario. Al entrar en contacto el estroncio con la radiación electromagnética que producían los Feudocitos, el dolor en las articulaciones de Darwin iba a ser violento y definitivo, completamente postrante; iba a reventar de dolor como en un vistoso festival de juegos pirotécnicos. A su turno, los Feudocitos se verían obligados a generar una carga retroviral tan grande, que en cuestión de minutos la noción del mundo eterno se desvanecería por completo.

—Debo encontrar cada detalle de vida que habite en tu cuerpo… Tu desnudez ha de ser tan definitiva para el Pastor como el estroncio mismo. Al contemplar esta representación tuya, Darwin va a sufrir la erección más calamitosa que quepa imaginar. Odiará en su angustia ser un hombre, reaccionar de manera tan lúbrica ante la belleza. Querrá lamerte, poseerte, reproducirse, reventar.

Mientras aplicaba el cincel sobre el mármol, Sin Moly se dejó llevar por su discurso y su imaginación, y sintió él también un deseo acaramelado por Vértigo. Cerró los ojos, dejó que su sangre hirviera por todo su organismo, y se vio a sí mismo bajo la piel de Darwin, copulando con furia a la bella Vértigo.


3

Darwin observaba el atardecer sentado en la cúpula del templo. El sol caía sobre el mundo, enorme, un disco rojo portentoso, y sólo un hombre parecía cargarlo. En efecto, Darwin no podía soportar más el dolor; su nuca estaba inmóvil, los calambres en sus lumbares eran cada vez más intensos, y sus muñecas, rodillas y codos temblaban constantemente. Nadie podía ayudarlo, puesto que nadie sabía con certeza en qué consistía su enfermedad. De hecho, las enfermedades y la muerte eran cosa del pasado, una leyenda de otro mundo donde predominaban los débiles seres humanos.

—Descansa, hijo mío, nadie vendrá hoy —le recomendó el dios Titanio, al tiempo que le tomaba la temperatura para monitorear el estado de la fiebre.

En ese momento, Darwin cayó al suelo. Respirar se hacía muy difícil, se le comprimían los pulmones como unos almohadones mojados, y en la tráquea se le formaba una especie de nudo ciego. Con todo, tenerla cerca a ella era un alivio; diría incluso que ella bajaba del cielo para rescatarlo de los brazos de la muerte. Vértigo extendió los brazos para estrecharlo con devoción, para susurrar en su oído unas frases enmelocotadas de amor. Recorrió cada porción de su rostro con caricias tibias, benéficas, caricias más efectivas que todas las medicinas juntas.

—Vértigo… Mi niña, mi dulce niña… Quédate a mi lado un poco más. Pasemos esta noche juntos…

Ella lo miró con ternura y lo silenció con un beso. Gracias a la saliva exquisita que provenía de Vértigo, Darwin empezó a recuperarse, sus brazos se hicieron fuertes, sus muñecas firmes, el dolor fue desapareciendo de manera milagrosa, rápida. Al concluir el beso, Darwin se sintió inundado de vitalidad, rejuvenecido, ligero, feliz, profundamente feliz.

Ahora, Darwin dejó que fuera el deseo quien tomara el timón del momento. La abrazó con fuerza, y ella respondió no con ternura sino con un jadeo inesperado, longo, lleno de terciopelo:

—Aeaeahhh

Puso sus piernas encima del Pastor y se sacó la túnica por la cabeza. Darwin llevó sus manos hacia el pecho de su dulce niña, quien reaccionó buscando el contacto directo con su cuerpo y lo despojó con premura de sus vestiduras. Hasta el más escondido trozo de piel fue explorado por la boca del otro, y los que antes eran dos, ahora eran uno. No había palabras, la piel hablaba a borbotones por sí misma el exuberante lenguaje de la delicia. Y justo cuando iban a alcanzar el clímax, Vértigo giró su cabeza para mostrarle al amante su cara oculta. Lo que Darwin vio, sin embargo, no fue el retrato de la beatitud extasiada, sino la imagen viva de la crueldad, y con un salto horrorizado se liberó de las piernas de Vértigo. No podía creer lo que había visto, lo que le sugería la visión. No podía creer que Vértigo…

—Padre, padre, por favor despierte —le dijo Vértigo sacudiéndolo—. ¿Está bien? ¿Le pasó algo?

Los ojos de Darwin se abrieron de par en par, y todo su rostro expresó el desconcierto de recuperar el sentido tras una pesadilla. Su frente estaba perlada de sudor, las venas del cuello se habían brotado y un suave temblor sacudía todo su cuerpo. Tras explicarle que lo había encontrado inconsciente sobre el suelo, Vértigo ayudó a levantar al Pastor, lo llevó al atrio y se sentó a su lado, tomando sus manos. Trató de darle ánimos con la noticia de que los dioses estaban analizando ya una muestra de su sangre y muy pronto tendrían listo el diagnóstico.

Darwin miró con suma atención el rostro de Vértigo, sus manos, su espalda, y encontró sólo dulcísimas facciones, belleza ideal, bien supremo, nada que se pudiera asociar con los horrores del delirio que la fiebre le había generado. Y sin embargo, no sabía por qué no podía deshacerse de ese sentimiento de desconfianza respecto de ella. El dios Teleglobe imprimió el reporte en una tirilla de papel, pero Darwin no tenía que leer nada; después de mucho tiempo, cuando la situación no tenía casi remedio, por fin comprendió lo que ocurría, el sentido exacto de lo que había visto en su delirio.

—Vamos, hija mía, subamos a la terraza de la cúpula. Quiero mostrarte algo.

Desde lo alto el Bosque Rojo se veía maravilloso. Ramas de pinos, tilos, cipreses y robles se trenzaban formando figuras perfectas, armonía que contradecía a los que simplemente encontraban allí mutaciones, malformaciones. Y más allá, en los complejos habitacionales, todo era exactitud bajo la celosa supervisión de los Feudocitos de quinta generación.

—¿Te gusta?

—Es precioso. Nunca había visto nada tan maravilloso.

—Es la belleza del mundo que los dioses han creado para nosotros. Es la prueba de su dominio sobre la maldad. Es la señal de la victoria sobre los Mirriacos y todos aquellos que han intentado traicionarnos.

Vértigo hizo un gesto de no entender a qué se refería Darwin con su alusión a los Mirriacos y la traición.

—Yo soy el guardián del mundo —dijo el Pastor en un tono glacial—. ¿O acaso olvidas que yo soy el último ser humano, el escogido para actualizar y proteger la evolución de los dioses? Los dioses deben alcanzar la octava generación, y yo…

Una nueva picada en la espalda interrumpió las palabras de Darwin, y sólo entonces Vértigo comprendió que ya no había nada que perder ni que ocultar. Ahora era libre de expresar sus verdaderos sentimientos:

—¡¿Evolución?! ¡Qué absurdo en un lugar donde nadie muere, donde nada cambia!

—¡Cállate, hereje, que estás en un templo!

—¡¿Evolución?! Cuando hace más de mil años que nadie muere en la Península…

—¡Pues yo estoy a punto de morir por tu culpa y tus regalos, maldita farsante! ¿Acaso te dejaste convencer de los Mirriacos? ¿Fueron ellos los que te usaron? Dime, ¿fueron ellos? ¡Habla!

Justo entonces Vértigo sintió estupor, y tomó conciencia de la gravedad de los acontecimientos. Pensó por un momento retar al Pastor, confrontarlo, preguntarle si le tenía miedo a la muerte, si ahora que estaba enfermo descreía de los dioses en los que siempre había confiado, pero en cambio dejó que la ternura la inundara y simplemente dijo:

—No quiero que muera, Padre, ni quiero tampoco que sus dioses colapsen, pero tenga piedad de mí, de esta insoportable juventud perpetua que…

Vértigo rompió en sollozos mientras Darwin, presa de una virulenta punzada en la nuca, perdía el sentido tras proferir un aullido que de seguro se habría escuchado hasta en el último rincón del Bosque Rojo.


4

Incapaz de levantarse, Darwin abrió los ojos y vio una columna de humo que salía de los Feudocitos. De todas las consolas se imprimían reportes simultáneos, caóticos. Los testigos luminosos del dios Titanio se habían fundido, en tanto que los de la diosa Sonora titilaban con la angustia propia del demente. Era el fin. Vértigo no se veía por ninguna parte; lo había abandonado sin ninguna misericordia. Haciendo acopio de todas sus fuerzas, el Pastor expulsó por su boca un líquido carmesí y viscoso que le obstruía la garganta y le impedía respirar; pensó que se vomitaba a sí mismo, que todas sus entrañas se habían licuado con su espíritu y ahora las excretaba convertidas en ese triste líquido rojo como el fango de los pantanos abisales.

No tardaron en reaparecer las alucinaciones, la cohorte de Mirriacos hediondos que bailaba a su alrededor celebrando su agonía, la carcajada sulfurosa de ese ser mitad hombre, mitad mujer, que dirigía la sardana de los Mirriacos. Batían palmas, lo escupían, gruñían como bestias borrachas de lujuria. El líder de los herejes se acercaba adonde yacía el moribundo, y despojándose de una máscara de látex, mostraba su rostro triangular, los ojos espejados en donde Darwin vio el reflejo de un manzano y una serpiente. Ya no tenía alientos para defenderse, para alejarlos, pobre víctima de la parálisis y el desahucio. Una vez más vomitó los últimos restos de su interior, de sus aspiraciones, y por fin sus latidos cesaron por completo.

Un silencio de cementerios se apoderó del Templo Binario. Los dioses habían emitido también su suspiro terminal en una tirilla de papel en la cual se repetía una y otra vez el diagnóstico: “Estroncianita, estroncianita, estroncianita”. En las afueras del Templo, en cambio, imperaba la algarabía. Pelzarios a medio vestir corrían hacia los refugios subterráneos, en tanto que de todos los recovecos del Bosque Rojo ardían hogueras rituales para tratar de apaciguar la furia de un viento que ululaba amenazante. Pronto comenzó a temblar. La tierra se pobló de rajaduras y abismos de donde brotó como impulsada por un géiser toda clase de objetos de la prehistoria: relojes que aún daban la hora exacta, loza de la República de Weimar, peinetas con pocos dientes, zapatos deslustrados, ropa interior ajada, medias rotas, prótesis de senos, glúteos y labios con exagerada silicona, cadenas de aminoácidos, grasa saturada e insaturada; multitud de fetiches humanoides.

Vértigo, entre tanto, corría y corría tratando de llegar al Albergue. Iba feliz, deletérea, rápida, sin notar que al interior de sus células un ejército de radicales libres iba dejando estropicio y desinformación, sin percibir que en sus rostros empezaban a aparecer los primeros síntomas de la vejez.

EL SOLITARIO
(Basado en un cuento original de Horacio Quiroga)

Jelymaibet Bustos, Magyori Forero

El forastero llegó sin aliento a la estación desierta. Su gran valija, que nadie quiso cargar, le había fatigado en extremo. Se enjugó el rostro con un pañuelo, y con la mano en visera miró los rieles que se perdían en el horizonte. Desalentado y pensativo consultó su reloj: la hora justa en que el tren debía partir.

Un golpe en el costado lo sacó de su calma cuando entraba al salón principal de la estación. Cansado del calor y el excesivo peso de un equipaje inútil, volteó esperando encontrar un pasajero torpe y en su lugar halló un guardagujas, quien se dirigía a su labor en el momento.

—Perdón, ¿en dónde queda la salida del tren? —le pregunta al guardagujas.

—¿Lleva poco tiempo en el país? —responde éste evadiendo su pregunta.

—Sí —dice el viejecillo asintiendo con la cabeza.

—Bueno es una pena que vaya usted ya de salida, porque éste es un lugar muy tranquilo. De seguro la habrá pasado bien. Aún está dudando en partir, lo sé porque lo veo en sus ojos. Pero no se angustie si cree que es el único, nos ha pasado a todos los visitantes de este pueblo. Una vez en él, lo mejor es quedarse por siempre, ¿me comprende?

—Creo que no y lo siento, mi tren partirá ahora mismo.

—Si es por eso no se preocupe señor —dijo el Guardagujas interrumpiéndolo—, los trenes siempre llegan con 15 o 20 minutos de retraso.

—De cualquier forma, prefiero esperar el tren allá. Podría indicarme por favor en donde queda…

—La verdad señor, es que hay un problema. Y lo mejor es que usted lo sepa antes de subir al tren —agregó el Guardagujas interrumpiéndolo de nuevo y cambiando el tono casual de antes, por uno más sombrío.

—Muy bien, dígalo entonces, pero procure ser breve —contestó el Viejecillo, incrédulo y cada vez más impaciente.

—Verá usted, quienes aún estamos en este pueblo, en realidad no lo hemos podido saber con exactitud, pero los que quedamos, porque muchos no han resistido demasiado tiempo y también ellos se embarcaron, hemos podido deducir una explicación a un misterio que no logramos solucionar todavía: ninguno de los trenes de este lugar, tiene ni ha tenido destino.

Ante la mirada de duda del Viejecillo, el Guardagujas empezó a relatar todas las fantásticas historias de las que habían tenido conocimiento quienes por temor habían decidido quedarse en aquel lugar. Dando plena libertad a su emoción, le relató la famosa historia de “La estancia”, la aldea que crearon los pasajeros de un tren que al accidentarse no pudo llegar a ninguna parte. También las repetidas ocasiones en que han tenido que detener los trenes para dar sepultura a los cuerpos de pasajeros quienes al tardar tanto el viaje, morían en cualquier parte del trayecto.

—Por supuesto —continuó el relato el Guardagujas— con el tiempo las historias fueron creciendo y haciéndose tan populares que quienes llegan ahora a la estación tienen pleno conocimiento del problema. Tanto así, que los boletos y los itinerarios se hacen a solicitud de los viajeros y no de una ruta preestablecida, porque es sabido que de todas maneras nunca se cumple itinerario alguno. Incluso, dicen los más suspicaces que la gerencia de la empresa hace menos de un año, decidió crear estaciones fantasmas, según ellos para deshacerse de los pasajeros en medio de la nada. Por eso dicen que al subir al tren, nadie espera llegar a donde quiere, salvo claro, uno que otro forastero despistado.

Los nervios del anciano se habían alterado mucho con las palabras iniciales del Guardagujas, tan evasivas pero que tenían cierto grado de sinceridad. Así que sin despedirse, decidió buscar a alguien más, con la esperanza que le resolviera todas las inquietudes que lo empezaban a atormentar.

En su huída chocó con alguien y al detenerse un instante, encontró la mirada fija de un niño demasiado pálido, cuyos grandes ojos negros refulgían un temor extraño. Antes de disculparse, de un ligero e instintivo empujón, el niño evitó cualquier palabra y siguió su carrera en dirección a la plataforma de embarque. El anciano quiso tranquilizarse pensando que era una actitud propia de los niños pueblerinos, como lo parecía aquel, por la poca costumbre en lugares generosos de ruido, calor y caos, entre tanto pasajero extraño. Pretendía continuar su nerviosa marcha pero un hombre lo detuvo para preguntarle la hora. Sin mirarlo, aquel sujeto de sombrero gris de ala ancha, bigote ralo al estilo antiguo y camisa remangada, sacó de su pantalón un reloj de bolsillo, cuya apariencia le recordó al forastero, esa vajilla de plata envejecida de su abuela, con todo el extraño encanto que le daba la opacidad.

—El mío hace años que no funciona —dijo sin ninguna emoción.

Al darle la hora al desconocido, recobró la noción del tiempo, e incómodo por la notoria vacuidad de aquella gente, prefirió usar los diez minutos de retraso que le quedaban al tren, entrando al primer café que viera. Pero como no vio ninguno en la estación, optó por recorrer las afueras del lugar.

Continúo con su recorrido en la periferia al tiempo que comenzaba a sentir todo lo que quizás siente cualquier visitante que llegaba a ese lugar. Se daba cuenta que le esperaba algo que no sería agradable. Sin embargo no temía lo que pudiera sucederle pues, como todos los viajeros, llegaba ahí sin rumbo y sin vida. Lo iba comprendiendo mientras caminaba, pensando que tal vez él era uno de esos que buscando una respuesta inquietante a su amarga, oscura y triste vida, quería olvidar, pero sospechando la fuerza de un nuevo destino.

Después de pasar el hospital (cuya edificación bastante enorme, de bloques gigantes que lo adornaban, le resultaba un poco jocosa pues en un pueblo sin un gran número de habitantes no sólo era exagerado, también le resultaba hiperrealista), llegó a un curioso restaurante ya bien entrada la noche, ubicado en el costado sur, dentro de la misma estación.

Pasó el umbral del restaurante e inmediatamente notó que había cinco personas en la barra incluyendo una mesera, que en su juventud debió ser hermosa. La gente se exaltó al verlo como si un gran trueno hubiese retumbado en el cielo. Al hombre lo detallaron como si fuera un anfitrión, sólo que la mirada de estas personas era de lástima, a sabiendas de lo que le ocurriría. Después de entrar al lugar, el viejecillo ordenó un café con una galleta, aunque hubiera preferido fumar, pero el calor y el humo terminarían asfixiándolo. El ambiente de ese lugar era desolador y aunque se sabía que había personas con vida parecía más bien un funeral; nadie sonreía porque en este pueblo todos sabían lo que sucedía a los viajeros. Una de las personas del sitio se acercó a él: era un viejo alto de 1,90 m y contextura gruesa, que le dijo en un tono agradable y sencillo:
—¿Qué hace usted en este lugar mi amigo?

El viejecillo extrañado de que alguien le hablara en aquel lugar, pues todo el mundo evadía preguntas, le dijo:

—Voy sin rumbo.

—Usted se ve que es una buena persona, de igual modo le deseo mucha suerte.

Y con una mirada dirigida hacia el viejecillo como si le dijera: “no sabe en que lugar se encuentra, sálvese”, se alejó de él y volvió a su silla. El forastero comió y bebió con gran rapidez, pues presentía la llegada de su tren. Miró por última vez al hombre alto y acompañados de enormes sonrisas, se dijeron:

—Adiós, mi amigo, mucha suerte.

Saliendo del restaurante se dijo a sí mismo: “Ya es hora.” Aún así sabía que algo malo le sucedería, sin embargo la corta conversación con el hombre alto en el restaurante lo llenó de una especie de anestesia ante la angustia que sentía al mismo tiempo de saber que no tenía idea alguna de qué iba a pasar. Si tenía que decidir entonces, no sabría que decisión tomar.

Apretó su saco con la mano izquierda y con gran esfuerzo volvió a alzar su maleta, que ahora parecía mucho más pesada. Quiso iniciar la marcha pero una inesperada pesadumbre lo detuvo un instante. En silencio, con la mirada fija en un horizonte que no veía, empezó a sentir cómo lentamente una sombra helada le atravesaba el cuerpo, en una superposición exacta de él mismo. Inmóvil, recordó la razón por la cuál estaba allí. Entonces terminó de abrirle por completo el paso a un temor creciente que se había acumulado por años y que en ese instante, latente e irreductible, dibujaba cada nuevo hilo de plata, cada nuevo y profundo surco en su cara, como el mismo e imperecedero retrato del terror.

Toma un nuevo aire y camina hasta la plataforma. Continúa observando ahora la tranquila algarabía de quienes se van, de aquellos que aguardan el tren que los llevará a su destino. Camina paralelo al sentido de los rieles con la impresión de un adiós ausente: no hay familiares tristes ni gratas palabras para el recuerdo, ni los facilismos propios de un “vuelve pronto”, de “siempre serás bienvenido”, ni de “te esperamos en casa”; sólo hay pasajeros, sólo viajeros tristes que hacen fila entre la niebla temprana y el humo de los trenes que llegan y se van.

Sabe que es la hora de partir, pero en su mente decide no recordar momentos difíciles ni tristes de su vida, sino con una sonrisa clara que recordaba la primavera, decide volver a los gratos momentos que ya pasaron, pero que tienen remembranza en su memoria como recuerdos que nadie ni nada borrará jamás.

Se deja caer sobre un banco que está en la misma plataforma de la estación y saca del bolsillo de su camisa el boleto del tren. Sin mirarlo, tomó su pluma, la destapó y apoyándolos en su muslo, su mano dejó escapar algo parecido a una despedida, o una especie de intento de desquite contra el tiempo: “saludaré con la misma frialdad del destino a mi suerte, ya que es tu espantosa hora, ineludible muerte”.

En un suspiro profundo el viejecillo deja caer su boleto en el suelo, al tiempo que caen gotas rojas de sus dos muñecas recién violadas, manchándolo de sangre y cubriendo sus últimas palabras escritas hacía tan sólo unos instantes. El viejecillo desangrándose poco a poco mira sin observar el humo de un tren que se va acercando y perdiéndose cada vez más, su mirada se torna borrosa y su sentido auditivo va desapareciendo; entonces como un festival de hierros que se juntan entre rieles y vagones, una sombra entre los primeros matices del alba, con su lucecita roja anunciándolo, se dibuja al horizonte como una última exhalación.

En ese momento el viejecillo se disolvió en la clara mañana. Pero el punto rojo de la linterna siguió corriendo y saltando entre los rieles, imprudente, al encuentro del tren.

Al fondo del paisaje, la locomotora se acercaba como un ruidoso advenimiento.

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