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Los Mimos con las Mimas
Schommo Vittoria, Nixon Ángel Candela

La mujer elegante camina con decisión, con sus altos tacones mide los pasos metro a metro a lo largo del pasillo; no desea ser advertida por alguno de los asistentes del teatro a reventar. Sube los ocho escalones alfombrados y pasa por detrás del atril esquinero para ir hasta la larga mesa central, habla con el escritor que se alista para, a su turno, disertar sobre la vida gris de un narrador de género negro. Él lee el papelito que ella le entrega, se encuadra el bigotillo, se seca la frente, toma todo el agua del orador de la derecha y lo bebe; se levanta de la silla, mira hacia los lados, agacha la mirada y cae sin remedio sobre la silla mientras la cámara proyecta en la pantalla la nota recién entregada: “Muerte al payaso”. La cámara copia el silencio lúgubre del público atónito sin fijarse que la mujer de piernas largas retira una lágrima de su mejilla y el hombre se retira tras el telón de tapia alta sin salida para volver a su puesto en el preciso momento de su turno para intervenir, anunciado por el que hace de presentador del programa. La mujer ya hizo mutis por el foro.



Se conocieron en un simposio internacional sobre los derechos de autor, donde compartían la mesa con la fastidiosa antropóloga militante del feminismo, Nelly, que todo el tiempo posaba de sobrada como si lo supiera todo sobre todo, cuando en verdad se encontraba en tratamiento psiquiátrico para componer sus problemas de personalidad histriónica. Sucedió durante la hora del almuerzo en la mesa que compartían por asignación de parte de los organizadores del evento. Por poco y se tiraron los platos a la cara por sus marcadas diferencias respecto a lo que representaba la literatura para cada uno. A la hora del postre, acordaron asistir a la última ponencia de la tarde, la de cinco a seis y media a cargo de Roger, el de aspecto desagradable y maneras desobligantes innatas que conservaba en cada respiración. El editor se comprometió con el escritor, pero al igual que la mayoría de asistentes, desistió desde la primera parte de la charla que no lograba captar el interés del auditorio. Roger exponía convencido de que era obligatorio que lo escucharan, pero su disertación no tenía nada de interesante en absoluto. El editor regresó cinco minutos antes del final de la malograda conferencia de Roger, tomaron un vino y prefirieron no amargárselo comentando lo inacertado de la exposición. Quedaron de encontrarse los tres el domingo en el apartamento de Roger, donde Nelly prepararía arepas y té de coca.

Nelly, después de haberlos presentado, invitó a su novio, el editor, a una copa en un bar antes de llegar a casa. Entre copa y copa, ella le comentó que Roger era un amigo de años juveniles. Que cuando ella decidió ingresar a la Universidad Nacional a estudiar Antropología, él, siempre desubicado, de un momento a otro salió con el cuento de viajar a Europa. Allá estaba el futuro, según él, algo no compartido por el círculo de compañeros ya que en algún pasaje de sus días de colegio habían contemplado tal posibilidad pero luego de terminar los estudios universitarios. En ese instante, Nelly se preguntó por qué Roger andaba de mimo en la calle, y por sus bruscos gestos y movimientos discordantes, entendió que nunca había estudiado artes escénicas. A cambio, se regocijó al oírlo hablar sobre literatura y ufanarse de haber sido publicado en varios idiomas; apreciaciones ocurridas en su cabeza y sin jamás tratar de desamarrarlas y que la lengua le diera tiquete para cabalgar sobre el viento en busca de estaciones auditivas. Dejó al editor con la imagen sobre su compañero, de gran escritor, primero conocido afuera antes que en su país.

—Amor, ¿por qué estás tan callado?

—Además del arduo trabajo en la editorial, debo madrugar a conseguir la escenografía para la obra de teatro. En dos meses y medio es el estreno y falta casi todo, y algunas ideas aún me rebotan en el cerebro sin asentarse por completo.

—¿Esta, también es de tu autoría?

—Sí, trata sobre un escritor maniático de los años setenta del siglo pasado. Con los ingredientes que todo el mundo supone: soledad, alcohol, mucho humo, y una máquina de escribir de esas grandotas. Es un monólogo.

—Está claro, ¿cuál es el problema?

—¡Ah!, que la gente ahora es muy mediocre, los que se han presentado a casting, ninguno ha dado la talla del personaje; quiero un actor que refleje en su mirada que dentro de sí se encuentra un somnoliento volcán que empieza a emitir fumarolas de una inminente y cercana erupción, y que sus dedos sobre el teclado, como estridentes motosierras, irrespeten dogmas, sistemas y valores.

—¿Entonces?

—Que los cojones y el alma queden impresos en el papel.

—Relájate un poco —le amasó los hombros con los dedos— que con lo tenso que has estado los últimos días, bien te puedes apersonar del personaje con facilidad.

—Ojalá tuviera tiempo para tanto —le respondió con sonrisa.

—Pasemos a otro asunto, no sigas con tu perfeccionismo, hoy hace un mes pediste mi mano.

—Discúlpame, mi amor —se trenzaron en un abrazo y las escasas palabras bailaban en melodías invadiéndoles las vitrolas de los oídos.



La mujer elegante se retira por una pata del escenario. El presentador encuadra la solapa de su abrigo y rompe el silencio de la concurrencia pendiente:

—¿Cómo resuelve la paradoja? —interroga al escritor.

—La paradoja es una oposición irresoluta, cada lector la debe tratar.

—¿Cómo justifica la tragicomedia?

—Teniendo presente que la vida no es tan trágica ni tan cómica; luego el oficio del escritor es entrar generando expectativas con tal que el lector busque la ubicación que le corresponde según el relato que tiene al frente.

—¿Cómo logra inmiscuir al lector con el personaje?

—El escritor debe usar la memoria reconstructiva en el momento de la creación y tener en cuenta que cada obra recreadora nace y muere en el silencio mediante el ejercicio en sí de muchas horas nalgas frente al papel.

—¿Usas la Némesis? Si sí, ¿con qué frecuencia?

—Tanto como la imitación por instinto de reproducción; es ponerle la esencia al payaso triste impulsado a vivir muchas vidas en una para aprender a sufrir con ricura y deleitarse.

—¿Cómo maceas la ignorancia para que el lector no la pille?

—Es difícil explicarla; un creador se pregunta algo difícil de resolver, tanto que a veces, el personaje no sabe la respuesta, como sucede en mi relato donde el niño juega con los juguetes que su papá fabrica para venderlos en el sex shop. El padre, sólo puede observarlo sin tomar partido, eso le basta.



El domingo, dos horas antes de la hora acordada, el editor recibió la llamada de Roger con el aplazamiento de la cita por motivos de agravamiento de la salud de su madre y tener que asistirla.

Nelly llevaba varios meses dirigiendo la adecuación de la parte occidental del Cementerio Central que en adelante se convertiría en el Parque del Renacimiento. Con sus colegas inspeccionaban la remoción de la tierra por el buldózer para las piletas de agua. El gran rinoceronte amarillo descubría entre la tierra osamentas de muchos de los desaparecidos del nueve de abril, cuando el magnicidio del caudillo popular. Familiares de los desaparecidos inspeccionaban a prudente distancia la remoción de escombros que en aquel entonces fueron tirados en volquetadas en la fosa común como ene enes que, Sagradamente, a cada año, los deudos rendían culto en ese terreno de nadie, confortándose en imaginar que allí yacía su familiar desaparecido, a diferencia de los familiares de desaparecidos actuales, que ni siquiera tienen el derecho a saber dónde reposan los restos, porque los tasajean y los tiran como abono y la mayoría de veces, para engorde de los peces.



Es el momento de presentar la última creación del artista. La motivación del escritor, de pie, necesita insuflar aire para inflar su ego arreado como un gato para convencer al público de su compra con tal de él llevar un poco de dinero a casa: “al salir una obra nueva a las vitrinas, siento añoranza por el proceso vivido. El nuevo libro, representa, para mí, la zona de luz que requería el relato desde el momento que se planea la arquitectura del mismo.”

Toma aire y va al proscenio: “Cada libro es un nuevo descubrimiento, el apoderamiento mutuo entre el personaje de ficción y el creador real.”

—¿Y el valor económico?

—Ah, eso lo que hace es permitirme aprender a aprehender. En últimas, el arte prolonga el placer que con la experiencia recoge el callo que le proporcionan los años de ejercicio continuo.



Por la cercanía al centro de la ciudad, la pareja de comprometidos había arrendado una bodega a espaldas del Cementerio Central, sector donde también funcionaban microempresas metalmecánicas, aprovechadas por el editor para sus fines. Adecuaron por separado el funcionamiento de la imprenta, resguardo de la extraña escenografía para las puestas teatrales y lugar de ensayo, y un buen espacio para que Nelly trasladara los esqueletos que hallaba completos para estudiarlos de acuerdo a sus intereses; algunas veces con la debida autorización legal, otras sin ella. Era normal verla ingresar y salir con grandes bolsas negras de allí.

El editor prometió a Roger publicarle el aburridor cuento. Desde el otro lado de la línea, el escritorzuelo se lo agradeció en el alma con ánimo de aprovechar la oportunidad para hacerse rico y famoso, como era su gran aspiración, como la de todo artista, aunque le costara trabajo reconocerlo. No pudo ocultar su histrionismo, como cuando alguien oye la mejor noticia de su vida y no la puede creer, y de paso, al tomar aire, se prometió dejar de vender a precio de huevo, la edición en papel barato de bajísima calidad tanto en su forma como en su contenido, que no lograba ningún aporte a la literatura como él se negaba a creer convencido de lo contrario, con lo que alcanzaba a sobrevivir al medio inspirando más piedad que admiración.

Con todo y eso, el editor le prometió sacarlo del anonimato con una excelente calidad, con insertos policromáticos de un pintor representativo en el ámbito de la plástica internacional. El libro iba prologado por el recientemente galardonado premio literario de habla hispana y que se aprestaba para cobrar renombre a nivel mundial.

Al otro lado de la línea, los dos imaginaban la cara de satisfacción, sobre todo, la de Roger, que a su edad ya había dejado de soñar con algún asomo del éxito en el mundillo literario.

Pasado el tiempo y sin respuesta concreta, Roger respondió ante la frustración haciendo proyección de su personalidad, vía mail contra el editor acusándolo de mitómano, estafador, corrupto y demás improperios que encontraba en su menú de largas noches de insomnio.

En el preciso momento en que el editor finalizaba el machote para quemar las planchas y realizar la impresión múltiple y definitiva para diligenciar el ISBN y el código de barras con el registro de los derechos de autor, en cumplimiento de la promesa hecha a Roger, recibió la citación de La Fiscalía General de La Nación para responder la demanda del escritor por estafador y explotador del escritor venido a menos. El editor dio una y mil explicaciones a Roger sobre la demora para que el libro saliera al aire, pormenores justificados en cualquier proceso editorial; además, de pasada, le comentó que le había conseguido un contrato con el ministerio de cultura para que dirigiera una serie de talleres literarios para jóvenes, con excelente remuneración. Le comunicó lo avanzado del proyecto literario, y que en un par de días estaría en las vitrinas de las mejores librerías. En ese momento, ambos se esforzaron por ignorar el contenido del último mail enviado por Roger y recibido por el editor, lo relacionado con la consecuente demanda ante la fiscalía. El teléfono enmudeció eternos segundos para los dos. Prometieron volverse a llamar, asunto que ninguno de los dos ejecutó hasta dos semanas después, cuando el editor telefoneó para sentir el tope máximo de la agresión de Roger con suspiros que en el fondo denotaban un arrepentimiento que él nunca reconocería. Era difícil echar marcha atrás; el mal estaba hecho. Roger siguió viviendo en ascuas como sabía hacerlo, y el editor echado sobre su depresión sin comprender el comportamiento animalesco del ser humano.

Nelly, enterada de los últimos sucesos, mostró preocupación por las amenazas a su novio de parte de su amigo.

Los siguientes quince días transcurrieron sin que nada extraordinario perturbase el tedio cotidiano de los personajes que se debatían entre el cumplimiento del deber y la búsqueda de maneras de solventar la sobriedad de la abulia, hasta que el editor bajó de su bicicleta en el parque nacional para presenciar el espectáculo del mimo con tamaña sorpresa al descubrir debajo de la crema blanca, el rostro de Roger ejecutando su número que para él, haría revolcar en su tumba la desgracia de Marcel al enterarse que un infeliz trataba con esfuerzo de imitar de forma grotesca su imagen frente a un grupo de niños serios distraídos en el rededor antes que fijar su atención en el payasito de movimientos torpes donde ninguno reía; las madres de los niños tampoco lo hacían y no por falta de cortesía sino por la pésima calidad del espectáculo del pobretón mimo.

Aunque el editor identificó a Roger ipso facto, se negaba a dar crédito a la mediocridad del hombre chaparro que sin ocultar la agresividad, pedía le socorrieran un aplauso y de paso, le tiraran algunas monedas con el argumento de que era un escritor de renombre internacional. Según él, sus libros se vendían como pan caliente, tanto en Europa como en América, y habían sido traducidos a una decena de idiomas.

—¿Entonces por qué pasa trabajos? —preguntó una dama sin pelos en la lengua.

—Porque los editores me roban —respondió el cariblanco.

—¡Pobre infeliz! —repitió el editor y trepó en la bicicleta con sentimientos encontrados, donde sobresalía el de la vergüenza ajena.

El mimo se desmaquilló a manos llenas y en par patadas, y sin dudar, se lanzó a alcanzar al editor madreándolo y prometiéndole mandarlo matar por la humillación de que había sido víctima. Le gritaba a la espalda con cinismo que se diera por hombre muerto como perro sarnoso de los que pululan en cualquier antro.



El hombre dirige el vozarrón al` público: “el escritor actual no presenta el asombro del escritor clásico que adornaba con el romanticismo de escribir a mano y tachar encima, oficio que ejercía desde la adolescencia para toda una vida de dedicación.”

El otro personaje le hace una llave que lo inmoviliza por la espalda: “no todo escrito es eterno, el escritor contemporáneo presenta su obra para ser admirado.”

—Si pides admiración, denotas avidez afectiva.

—Escribir da poder.

—O lo puede quitar —aprieta el brazo del contendor.

—El escritor es una criatura que no prescinde del encarcelamiento.

—Pero...

—Pero resulta ser más sexy decir que no se ha sido instruido como si representara un santuario, lo que se conoce como el don innato. En mi caso, escribo para ser amado —eleva la voz.

—Reduccionismo simple, vulgar y grotesco chapeado con el apero anquilosado de criollismo anodino.

—¡Que así sea! El artista espera que se haga justicia con su obra.

—Escribir por pura vanidad, afecta negativamente a la sociedad.



En medio de los whiskies, el editor desengavetó el machote del libro con el nombre de Roger, quien no pudo ocultar el nerviosismo al levantar la copa y brindar, para caer mareado viendo nublado su alrededor; bostezó y despertó con una extraña sensación, deseó estirar los miembros pero algo se lo impidió; sacudió fuerte la cabeza para corroborar que estaba despierto. Estaba maniatado a una silla empotrada al piso, desnudo, con un artefacto a manera de máquina de escribir entre la V que forma la pelvis y las rodillas; rebobinó sus recuerdos hasta cuando tomó el segundo trago. Con un ligero paneo, comprobó que estaba en el recinto de los ensayos teatrales, los ligeros pasos del editor lo sacaron de sus cavilaciones:

—¿Quién mata a quién, hijo de la gran puta?

—¿Qué pasa?

—Dos meses sin dormir hasta enterarme por nuestros amigos esmeralderos que indagaste por sicarios... ¿pensaste que eso quedaría así nomás? ¡Qué mediocre eres! Aunque Nelly intermedió entre los dos, eso no quería decir que te había perdonado.

De pronto escucharon una llave en el portón. Roger imaginó que podía ser su salvación y gritó: ¡Socorro... Socorro...! Pero la sed y la resaca le distorsionaron la voz. El teatrero le tapó la boca con la mano, sin reparar en los mordiscos recibidos.

—Amor, ¿estás ahí, qué fue ese grito? —preguntó Nelly.

—Sí, estoy ensayando, espérame, enseguida voy —el editor se esforzó para amordazar a Roger con un pañuelo.

—¿Qué fue eso? —preguntó Nelly—. Amor, ¿estás bien?

—Tranquila, dame un segundo.

Al sentir cercanos los pasos de su novia, aligeró el nudo y le salió al paso antes que alcanzara el picaporte.

—Vamos a desayunar, estoy muerto del cansancio.

—¿Te trajeron la máquina para la obra?

—Anoche, como a las diez; luego ensayé y corregí el argumento. No me di cuenta a qué hora amaneció.

—Vamos, un café te sentará bien. ¿Por qué no me permites ver el montaje con la escenografía puesta?

Esas palabras le hicieron caer en la cuenta que aún no soltaba el picaporte y que permanecía con el cuerpo de rígido guardián impidiendo cualquier intento de ingreso.

—No querrás dañar la sorpresa que maneja la magia del teatro.

El editor la abrazó y al salir le puso doble seguro al portón.

—¿Más tarde vienen los empleados?

—Con esta situación, tuve que contratar operarios por días, vuelven la próxima semana.



El entrevistador explica al público que al lector no le importa si el texto fue sugerido por alguien, o le salió de las tripas y si además, el escritor le puso los tuétanos (los propios). Remata gritándole al escritor que escritores nacen a diario, pero editores no se ven crecer en los árboles.



Entrada la noche, despidió a Nelly sin permitirle que se bajara del carro e ingresó al teatro de los acontecimientos, donde encontró a Roger con los ojos desorbitados y los miembros amoratados a punto de sangrar:

—¿Cómo van las cosas, mi querido escritorzuelo? ¿Todavía sigues con la idea de matarme?

El maniatado con ojos de súplica, pedía perdón sin comprender el por qué de la extraña posición en que lo mantenía su verdugo, y con la parte delantera de la máquina de escribir con puntas de alfileres en cada una de las barras de las letras:

—Antes te voy a dar una clase de literatura —acercó una silla—, lo primero que debes hacer es escribir con los cojones y con el alma, desgarrarte las tripas para que el escrito sea creíble.

Oprimió una tecla con rabia y le martilleó un testículo a Roger que se retorció con un berrido de súplica.

—¡Qué mediocre eres! Te puedes maquillar de mimo, pero... ¿te has preguntado si en realidad lo eres? En tu farsa, te puedes maquillar con pintura blanca la cara, más nunca cubrir el negro que tapa tu incapacidad mental. El hecho de escribir enaltece la lengua, pero tú sólo produces babadas. ¿Cuántos libros lees cada semana? La ficción está umbilicada con la realidad. ¿Deseas escribir sobre la problemática nacional y te conformas con ojear los titulares de los diarios? Te estremecen los contenidos de los telediarios y sin embargo, no das una mirada tras la pantalla para cerciorarte que allí se informa lo que ellos creen conveniente, que siempre toman el mejor partido y emiten imágenes acordes a la necesidad del salario percibido por ello y según el guiño del mandatario de turno.

Con el crescendo emotivo del momento, oprimió varias teclas simultáneas haciendo que el inmovilizado arqueara el vientre y echase la cabeza hacia atrás.

—Para la literatura, una vida no alcanza, el talento se enaltece con la dedicación.

Continuó tecleando las palabras que pronunciaba con énfasis en los signos de puntuación como para que no los olvidara nunca. Cada vez que se los marcaba con alfilerazos en los testículos con tal rapidez, que los dedos iban más ágiles que su propia mente.

El maniatado mordía el pañuelo hasta deshilacharlo para lograr emitir gritos, sin saber que los ocasionales paseantes cavilaban al escucharlo para concluir: “es el tal teatrero ese que le ha dado por ensayar sus obras hasta estas horas”. Otros divagaban: “han de ser las ánimas benditas que claman descanso y permanencia de sus restos alados donde han permanecido por más de cincuenta años. Es que la posmodernidad no respeta ni a los muertos.”

El editor haló una liviana tela de la escultura vecina y volvió a amordazar a la víctima, fue hasta el portón, pegó la oreja a la lámina y regresó con el silencio al centro del escenario para retomar el protagonismo. Tomó harina de trigo, la mezcló con huevos y embadurnó a Roger:

—Como te crees italiano y te atreves a negar tu origen —lo untaba con pasta blanda—, aquí están tus ravioles y tu fetuccini: ¡disfrútalos!

Aspiró una gran bocanada del cigarro y tecleó un extenso párrafo, mientras el receptor retorcía el dolor desde sus partes íntimas. Vio escurrir la sangre por las patas de la silla y supo que el cianuro con el que había impregnado la punta de los alfileres pronto haría efecto. La función se acercaba a su fin:

—Como ni siquiera aprendiste a utilizar el mouse para buscar sinónimos y suprimir gerundios, en esta caja se encuentran decenas de ratas hambrientas que danzantes cerrarán este acto.

El editor despertó a la mañana siguiente, se dio cuenta que eran las nueve y que a esa hora, Nelly debía estar ya en la bodega. No duró más de cinco minutos en la ducha y salió raudo hacia allá, con la ayuda de las avenidas poco congestionadas. Llegó a la calle veintiséis con carrera veinte, a una cuadra de su habitual sitio de trabajo. Al doblar la esquina se topó de frente con Nelly en compañía del teniente de la policía de la estación de Santa Fe, íntimo amigo suyo, además de colaborador de la antropóloga en el asunto de trasladar los cadáveres a un gran osario en la parte oriental del cementerio.

—Te estábamos buscando —recibió como saludo y fue como si le cayese un balde de agua fría en toda la cara. Miles de sensaciones le surcaron la mente aguzándole con terribles pinchazos como cuando con una aguja le chuza a uno las pelotas. Estuvo a punto de desmayarse, pero para su bien, se recompuso ahí mismo.

—Sí, te estábamos buscando —replicó el teniente—, hombre, estás de un color cadavérico.

—¿Estuviste en la bodega? —asustado interrogó a Nelly.

—Por su puesto, desde las siete de la mañana, inclusive tuvimos tiempo para un café antes de salir para acá.

Esas palabras hundieron al editor en la más profunda sima de su conciencia, agachó la cabeza y se dispuso a esperar lo que se le viniera encima. Autómata soltó:

—¿Y ahora qué viene?, me gustaría saberlo, después de todo, ¿qué dispusieron?

—Por lo pronto, súbete a la radio-patrulla, vamos a desayunar; con Nelly ya lo hemos decidido.

—¿A desayunar?

—Sí, con el estómago lleno se afronta mejor lo que viene pierna arriba —replicó Nelly.

—Súbete, no te resistas —ordenó el teniente con sonrisa forzada.

—Por supuesto... —respondió con voz entrecortada.

Dentro de la radio-patrulla, entre rejas, toda su vida le pasó por el frente, desde lo que recordaba de su pasado gris hasta sus proyectos futuros. Se acordó que dentro de ocho días era su boda; obvio, tendría que ser cancelada al conocerse los hechos. Sin embargo, le alcanzó el tiempo para concluir que le importaba un bledo lo que dijera su familia. Pero... Qué vaina con Nelly y su familia, los reproches serían de tamaña proporción al no darse cuenta durante seis años de noviazgo, que ella andaba en amoríos nada menos que con un desequilibrado mental. Ella, que había estudiado tres años de Psicología antes de dedicarse a la antropología para terminar estudiando cadáveres. En fin, ya no había vuelta de tuerca capaz de permitirle volver atrás.

Miró al teniente, y la vista frontal con las manos sobre el volante, le daba un aspecto frío de saberlo todo.

Nelly con el cinturón de seguridad entre sus senos, revelaba la benignidad de la naturaleza para con sus partes nobles. Disipó pronto esa apreciación y volvió a sumergirse en la preocupación. De ahí en adelante, ya no la volvería a tener para él. Ella de vez en cuando miraba al teniente, al editor le pareció que lo hacía con angustia.

Ese recorrido sin cruzar palabra le resultaba tan severo que hubiera preferido que le dijesen lo que ellos pensaban por cruel que fuera. Además, se sintió como un títere manejado por dos personajes de hielo. ¿Para qué lo invitarían a desayunar? ¿Sería tal vez su última comida fuera de rejas?

El cruce de miradas entre Nelly y el teniente lo exasperaba al máximo, anheló que de una vez por todas le gritaran a la cara: “asesino... asesino...” Las diez cuadras recorridas le parecían tan largas y maltrechas como la carretera Panamericana, de nunca acabar.

Nelly pidió para desayunar lo mismo que el teniente, y el artista robótico con movimientos de cabeza asintió querer lo mismo sin quererlo de verdad.

Los tres comieron en silencio. El teniente dejó los platos limpios. El editor teatrero apenas probó bocado.

—Me parece muy bien que te alimentes bastante —Nelly rompió el silencio apretándole los bíceps al militar para terminar en un apretón cómplice de manos—, una nunca sabe cuándo puede requerir de unos brazos fuertes para agarrarse. Gracias —le besó la mejilla.

—Estoy muy preocupado con tanto asesino tan cerca de uno —acotó el teniente con tono de pesadumbre.

—Más cerca de lo que una cree, y de quien menos cree capaz —dijo clavándole la mirada al editor.
Él agachó la cabeza sintiéndose descubierto, su leve esperanza de que ella no hubiera ido a su sitio de ensayo se esfumó por completo. No cabía duda, ella lo sabía; el teniente lo sabía. Maldijo el éxtasis que le produjo asesinar al escritor ese, que le hizo olvidar el deshacerse del cadáver. Maldijo que alguna vez se le hubiera ocurrido brindarle un espacio en su bodega para que ella investigara con los restos humanos. En fin, lo maldijo todo.

—Es que en esta ciudad hay mucho asesino suelto —acotó el militar.

—Y muchos, sin arrestar todavía —afirmó Nelly.

—Sí, yo lo maté ¿y qué? Bien merecido lo tenía, yo lo maté y no me arrepiento —traicionado por los nervios, confesó su crimen.

Se tomó lo que quedaba en el pocillo de un solo sorbo, se sintió aliviado del pesado fardo de tener a dos personas que conociendo su delito lo habían llevado a desayunar y lo mortificaban con sus indiscretas miradas de sabuesos sin hueso para roer más que el suyo. Todo era soportable, hasta el escarnio público, pero no admitía la tortura psicológica.

—Vamos a la bodega y que se sepa todo —les gritó.

—Vamos —dijo Nelly con resolución, tomando del brazo a su buen amigo el teniente luego de resbalársela por la cara recién afeitada, olorosa a colonia varonil, diferente a la del editor que lucía las vellosidades de la angustia.



Las luces fuertes se trastocaron por las rojas-verdes tenues. El entrevistador echó el brazo sobre el hombro del escritor y con persistencia frente a la desilusión, apretó el nudo de la corbata. La pieza: “El Ocaso de los Dioses” irrumpió como un aleteo de cóndores agitados. El público aplaudió a rabiar al compás del crescendo de las notas Wagnerianas.



Aprisa se bajó de la radio-patrulla, metió con rabia la llave en la cerradura y abrió el portón de par en par. Al llegar al recinto de sus ensayos, con una patada abrió la puerta y gritó:

—Ahí lo tienen tal como lo dejé anoche, torturado y devorado por las ratas.

Nelly y el uniformado se miraron con terror inusitado... al entrar a la estancia: ¡sorpresa!, miraron al novio, al amigo y lo comprendieron... pobrecito, la locura suele asaltar a los que utilizan la pluma, sumado a la carga de trabajo insomne.

—Pobre editor teatrero, ha sido presa de un estado demencial, es digno de compasión.

—He matado a alguien —señalaba desde afuera del sitio de la escenografía.

Lo había matado, no quedaba la menor duda, con imaginación había matado a un escritor malísimo.

El editor abrió los ojos y señaló el lugar donde había dejado al muerto la noche anterior, estaba el armazón de la silla empotrada en el piso, el simulacro de la máquina de escribir, la caja donde había cargado a las ratas... pero el cuerpo no estaba. Tampoco había rastros de sangre. Todo eso era muy confuso: lo pinzó mil veces con la letrilla hasta hacerle desangrar los genitales. Las formas de escapar y sobre todo de sobrevivir eran mínimas, en particular por la impregnación del cianuro y las ratas hambrientas. No había huella de Roger, todo estaba limpio y ordenado. Era increíble.

—Yo lo maté, anoche maté al escritorzuelo ése.

—Yo estoy segura que tú lo mataste, odias a todos aquellos que se creen escritores... de seguro ese personaje de tu obra te quedó fabuloso —acotó Nelly.

—No te burles de mí, yo lo maté, no pudo haber escapado.

—¿Qué significa esta broma? —preguntó el teniente con asombroso fruncido de ceño, mientras trataba de estirar sus neuronas para comprender la oscuridad de la farsa.

—¿Broma? Eso le pregunto a los dos, yo lo maté, ahí lo dejé desangrándose.

—Amor, tranquilízate, estás muy extraño, siéntate y relájate —Nelly lo tomó del brazo, se sentó a su lado y con los dedos entre su cabello, trató de darle un poco de paz. El editor parecía un zombi, con la mirada contra el piso—. Gracias teniente por darme una mano esta mañana, los buenos policías están en el sitio preciso cuando se necesitan.

—Lo que son usted y su novio, salen con unas vainas que no las entiende nadie, deberían buscar ayuda psiquiátrica, trabajar menos y tomarse unas buenas vacaciones, lejos de todos estos fantasmas.

—Tendremos presente su consejo, en especial lo de las vacaciones. Por fortuna, dentro de ocho días es la boda y viajaremos lejos, de luna de miel.

—Yo lo maté, yo lo maté —repetía el editor con la cabeza recostada en el pecho de Nelly, con el arrepentimiento de un chico que luego de confesar su travesura, nadie le cree.



En la salida del teatro, el encargado sube la gorra de su uniforme y baja el cartel de la obra que acabó de presentar su última función. Coloca el que anuncia el siguiente estreno y se dice: “ojalá ésta sea tan exitosa como la que acaba de terminar.”



Ocho días después sonaron las campanas de San Nicolás y el editor, no obstante ser el día de su boda, se sentía cobijado por una extraña sensación. Su mirada gacha alejaba cualquier atisbo de alegría. Los familiares lo convidaron para que cambiara de ánimo: “pareces estar en un funeral, no en tu boda”, le decían.

Nelly, hermosísima como un jazmín, se había vestido de blanco inmaculado. Durante el ritual sagrado, el novio no paraba de cavilar sobre lo sucedido con Roger. Pensaba que matar a alguien por cualquier motivo era un acto ruin, ya fuera justificado o no, ¿quién no es presa de la furia?, ¿quién no ha tenido deseos asesinos al menos por una vez en la vida? Todo le parecía execrable, despreciable y sin justificación alguna. ¿pero... desaparecer el cadáver, destruir y lavar las pruebas sin tener menor incumbencia ni velas en ese entierro, encubrir al asesino y burlarse tanto del criminal como de las autoridades? Para eso se requiere de la mayor frialdad, la mayor villanía, y por ende no poseer escrúpulos y ser más culpable que el mismo asesino.

Miró a Nelly, detalló su rostro tras el velo y concluyó que una cara, ya fuese tras un velo o cubierto con maquillaje blanco, siempre escondía algo muy negro detrás de la careta.

“Los declaro marido y mujer hasta que la muerte los separe”, dijo el cura, y esas palabras le revolvieron las entrañas al novio. “Puede besar a la novia”, indicó el celebrante. Al levantar el velo, vio en los ojos de Nelly un extraño brillo. Al despegar sus labios de los suyos, el editor sintió un pánico único oprimiéndole el pecho.

360 Horas en Contranatura
María Elena Quintero, Andrea del Pilar Carrillo

Día 1

Él comienza a despertar. Seis muebles metálicos de tres metros le rodean. Dos pilas de libros crecen a sus pies y en su cabeza. Lo observo desde mi púlpito.

Está abajo, con visión limitada, mientras yo puedo verlo prácticamente todo: un hombre, una ventana superior de treinta por veinte centímetros, una luz central, un colchón, una cobija, una puerta, cuatro paredes, seis muebles. Muchos libros. Mucho tiempo libre…

Tras inspeccionar todas las redes neuronales que hacían mover mis extremidades, corroboré que todo estaba en su respectivo lugar y que no me agobiaba ningún dolor. Abrí mis ojos lagañosos len…ta…men…te.

Me encontré perdido… o realmente no sé si me encontré, más bien me perdí, reconocí que no sabía donde estaba ni cómo mis pasos me habían llevado hasta ese lugar. Lo primero que vi fue el arrume de libros que amenazaban con aplastar mi desubicado cuerpo.

Un movimiento rápido de película de acción hizo que sólo mis pies fueran víctimas del peso de las obras anónimas, y luego del turbador incidente que amenazó mi condición vital, intenté tomar conciencia de lo que me sucedía. Recordé rápidamente imágenes de una trilogía de películas que había visto la semana anterior, en las que la gente aparecía en un cuarto oscuro sin saber cómo ni por qué, y me pareció estar viviendo la misma situación, me pareció por un instante que todo era una coincidencia macabra y que Kamala se había equivocado al comentarme que cosas como esas no traspasarían de la ficción a la realidad.

Era el mismo silencio de las tumbas. Al principio sólo veía una luz titilante y el arrume que casi me aplasta. Luego, todo comenzó a esclarecerse, la confusión empezó a tomar forma de habitación; una habitación rústica y sombría sin comodidades, una especie de celda monacal, con una ventana tan lejana y pequeña como la posibilidad de no enloquecer en ese lugar. A mi espalda, una luz esperanzadora emergía debajo de la puerta, quizá resguardando alguna figura humana detrás de ese pedazo oxidado de metal, que pudiera escucharme o por qué no sacarme, explicarme o ayudarme.

Procuré no asustarme. Eso dicen que uno debe hacer en caso de emergencia. Me puse de pie y mi cabeza adolorida me reveló que algo andaba mal. No pude sostenerme y de nuevo, no encontré mejor refugio que el frío suelo en el que me había despertado. A pesar de mi debilidad, necesitaba entender en donde estaba.

Semejante a una rata que se mueve por el bajo mundo de los humanos, comencé a inspeccionar el lugar. Primero los seis gigantescos muebles llenos de libros rojos de todos los tamaños, con hojas antiguas y desgastadas, sin carátula y sin un nombre que me diera algún indicio de quien los había escrito. Para el momento en que mi cuerpo se reponía y mis miembros reaccionaban de forma habitual, no había encontrado más que un viejo colchón en esa aparente biblioteca. No se oía nada. No se olía nada. No sentía frío ni calor. No sentía a ningún humano, aunque sabía que alguien debería estar cerca de mí.

La paciencia se ahogó en mi cuerpo y la idiotez, de mano de la desesperación, invadió mi condición humana haciendo que empezara a gritar en busca de que un oído cualquiera agarrara mi voz, pero nada. Sólo mi eco golpeaba duro en las paredes de la habitación. ¡Vaya suerte!, pensé entonces. Estaba vivo, pero a qué precio y por qué.

Día 4

Él no debía tener comodidades, al fin y al cabo era un paria como tantos otros que habitaban ahora las calles de humanos en degradación. A pesar de su condición, expresaba la misma angustia que cualquier otro sujeto sentiría en una situación como esta, y su tripas crujían vacías. Era el momento de alimentarlo.

Pasaron tres noches antes de darme por vencido, antes de darme por perdido en ese calabozo. Al principio gritaba desesperado por una respuesta, gritaba para cansar a mi verdugo, para salvarme del encierro y del silencio, pero más que eso, gritaba para salvarme de mí y de mi desahuciado entusiasmo que perecía con el paso de los rayos del sol por mi única ventana. Grité hasta quedarme ronco, hasta que mi garganta se hizo una estopa seca. Estaba quedándome sin energía, y hacía tanto que no sentía ningún sabor, que el no aliento de mi boca se estaba esparciendo por todo mi cuerpo, haciendo que la angustia de no estar en un lugar familiar se disolviera en un acompasado acostumbramiento.

Lo único que me hacía sentir todavía parte de este mundo era el hambre que me hacía alucinar sobre Kamala. Alucinaba con su boca llena de besos erráticos, la imaginaba en una de nuestras tantas tardes de pueril angustia de carne en donde el roce de sus manos perfectamente delineadas moldeaban mi cuerpo hambriento y sediento. No podía dejar de pensar en qué debería estar haciendo en mi ausencia, si me estaría pensando o si en estos días ya habría reemplazado mi miembro con alguno nuevo de los que suelen coquetearle. Sentí celos de mi ausencia en ella, que le daba plena libertad de hacer lo que se le diera la gana. Al ser tan etérea no podía cogerle la carne para amarla o para odiarla.

¿Acaso querían dejarme morir de hambre? Me percaté que mi mente había empezado a elaborar una imagen de ese alguien que me habría puesto en ese lugar. Tenían que ser varios; sujetos errantes, dementes, este tipo de cosas no son planeadas por una sola cabeza maniática.

Un hombre no es nadie sin alimento. Pero acaso, ¿tenía él la oportunidad de ser alguien?

Los rayos del sol comenzaban a caer en la pared desgastada junto al colchón oloroso en donde la noche anterior mi cuerpo había reposado con angustia. A lo lejos escuché unos pasos finos que se acercaban y mis ojos abrieron sus párpados violentamente. Debajo de la puerta una sombra dibujaba un cuerpo gris que finalmente quitó mil cerraduras. La contraluz dio paso a la silueta de una mujer lánguida de cabellos negros y ensortijados como el incienso, traía en sus manos un plato de arroz con un huevo frito y un plátano, acompañado de un vaso de agua. El olor me alborotó las papilas gustativas y se me inundó la boca con la saliva.

Me acerqué a ella tratando de incorporar mi cuerpo entumecido y miré sus ojos grises en busca de algún consuelo o de alguna palabra que saliera de su boca cerrada. Ella se acercó como si conociera el camino, miró mi rostro con espeluznante familiaridad y continuó sin una sola palabra en sus labios. Un sinnúmero de reacciones pasaron por mi cuerpo: primero, el temor por la incertidumbre. Luego, la valentía y el deseo de herir a la persona que me había puesto en ese lugar; intriga por saber qué sucedería y finalmente una tensa calma al mirar, por fin, a alguien a los ojos.

Su silencio cortó mis esperanzas de razones. Ella se limitó a ponerme comida como si fuera un perro. Y la aborrecí. Aborrecí visceralmente su silencio, sentí ganas de mandar mi cuerpo contra ella, pero resulté de pie y mareado mandándome contra la puerta de par en par. Un golpe en la cabeza me devolvió, y desde afuera un brazo cerró la puerta con la intención de evitar mi fuga.
Frustrado y temeroso, comí a regañadientes y pretendí hacerla hablar:

—¿Por qué estoy aquí? —dije mientras tragaba sin probar los alimentos. Ella permaneció inmóvil como una estatua de sal que ve pasar el tiempo sin ningún interés—. ¿Dónde estoy? —repetí con más ahínco mirándole a los ojos. Pero de igual manera que la vez anterior, las pupilas grises que nadaban en sus órbitas enmudecieron a la par con sus labios—. ¡Sé que puede escucharme! ¡Contésteme! —grité de nuevo con más fuerza, tomándola del brazo, halándola hacia mí, haciendo que su cuerpo se estremeciera contra la contrariedad del mío. Deseaba una respuesta, pero en vez de tranquilidad, un desasosiego se apoderó de mis miles de ramificaciones como nunca en toda mi existencia. Su mano derecha se acercó a mi rostro acariciándolo de manera sutil y compasiva, y sus ojos miraron los míos con afabilidad un instante antes de retirarse.

Me sentí poderoso al tomarle el brazo, me sentí victimario siendo víctima, y al final yo también enmudecí. De nuevo, la puerta se abrió, succionando a la desconocida que cumplía con su labor de alimentarme y recoger mi plato.

Día 5

¿Cómo no iba a intentar escapar si veía a una débil mujer como el único obstáculo para acceder a su libertad? Nunca se ha querido lastimar a nadie, pero tenía que entender que ella no estaba sola.

La comida me iba reponiendo fuerzas físicas y mentales. Podía atacarla en cualquiera de sus intrusiones, podía hasta matarla si me lo proponía, pero ese golpe en la cabeza me lo había dado un ser invisible… era absurdo intentar por la fuerza vencer algo que no conocía. Lo mejor era seguir esperando, mirando, oliendo, pensando y oyendo. Sobre todo oyendo.

El silencio en que me encontraba me dejaba dos opciones: o me ponía a leer algo de ese arrume sin nombre que me rodeaba, o me sentaba a escuchar sonidos confusos y lejanos. Opté por escuchar porque no quería distraerme, no quería que mi mente se volara ni olvidara lo que me estaba ocurriendo, no quería perderme entre historias ajenas. De repente escuché a lo lejos un sonido familiar que me evocó noches eternas frente a la máquina. Recordé que recién adquirida, mamá me molestaba cada noche preguntándome cuánto más pensaba quedarme escribiendo. Y al día siguiente siempre me reprochaba sus ojeras, su cansancio y su mal sueño, achacándole toda la culpa al sonido de las subidas y bajadas de veintitantas teclas. Al final, como todos nosotros, resultó acostumbrándose a aquello que tanto le incomodaba. Eso fue lo que oí: el taqueteo lejano de una máquina de escribir.

Con el oído presto a lo que sucedía afuera, me refugié en el colchón, cobijado por las sombras de la noche, pero los sueños hicieron imposible mi descanso. Era cierto que había recuperado algo de mis fuerzas, pero mi mente se hundía cada vez más en una debilidad innombrable, parecía que el encierro no sólo hubiera encarcelado mi cuerpo sino que mi espíritu se estaba doblegando ante él.
Esa noche vi de nuevo a Kamala. Esta vez, era su imagen bañándose el cabello en la rivera del río Maupassant mientras me invitaba a acompañarla, escurriéndose las gotas de su cuerpo firme y desnudo. Yo corrí hacia ella sin levantarme del suelo y a mi lado un ser con mi mismo rostro tomaba ventaja de mi imposibilidad haciéndola suya en mi lugar. Kamala no notaba la diferencia y en segundos parecía que mi verdadero yo era transparente para ella, besaba al impostor con la boca entrecerrada y susurraba a su oído, se estremecía como un gato que desea que lo acaricien y en minutos jadeaba de placer. No podía creerlo, era una pesadilla que su piel blanca le perteneciera a un ser inmundo como ese, un ser que podía ser yo.

Día 8

¿Qué genera el deseo? ¿Acaso puede decirse que es el cuerpo, la voz, los ojos, el olor…? ¿Acaso viene de imágenes heredadas genéticamente que se nos revelan en sueños? El hedor era insoportable, traspasaba incluso las paredes del presidio en donde reposaba mi amigo. Era hora del baño.

Continué soñando con Kamala todas las noches desde que la lánguida mujer de los ojos grises me trajo alimento por primera vez. Sus visitas inconstantes fueron cortas y al grano y no me atreví a tocarla de nuevo, aunque sí comencé a observarla con cierto morbo.
Las luces de la mañana número ocho encendieron mis ojos y mis oídos, me avisaron que ella se acercaba. Podía oír como sus pies tocaban el piso y mi nariz de perro aprisionaba con desespero el aroma de sus cabellos. Si Kamala era la mujer de mis sueños más depravados, la desconocida era ahora la dominatriz de mis realidades. Toda la frustración de mis malas noches con Kamala recaía en los labios de mi guardiana anónima.

Las miles de cerraduras se abrieron y la contraluz dio paso a la silueta deseada. Ya mi conciencia actuaba de manera extraña cada vez que se dibujaba con la luz en su espalda, como si fuera el alimento perfecto para los gusanos agitados que me habían carcomido desde el cerebro hasta el sexo. Traía consigo un balde con agua y una esponja de baño, y hasta ese momento no había notado el hedor que emergía de mi cuerpo, todo yo era un poema de Baudelaire, una carroña, un individuo debajo de una piel casi muerta, casi enferma y en su totalidad sucia y desagradable. Ella bajó su rostro hacia mí y sin ninguna clase de asco, me tomó de la mano y me levantó. De nuevo, sus labios como lápidas sin epitafio conservaron su prudencial silencio. Sus manos comenzaron a quitar las prendas con suavidad y de inmediato pude sentirlas suaves y tibias mientras bajaban por la curvatura de mi espalda.

Entre el delicioso abandono del estupor, la libido invadió mi cabeza haciendo que la sorpresa se vistiera de satisfacción y así el hedor y la delicia se acariciaran. Era cierto que estaba privado de la libertad, pero nadie podía quitarme el derecho de sentir y fantasear. Nada hubiera pasado si por lo menos el agua hubiera estado fría. Pero para disfrute de ambos, alguien había tenido la delicadeza de tibiarla y así nada pudo apagar el fuego interno que hizo presencia en el avivamiento de mis deseos, en el endurecimiento de lo que, durante ocho días, había olvidado que tenía.

Una suave erección empezó a acompañarnos… cuando lo noté puse mis manos en mi sexo, pues todavía había algo de pudor que me enfrentaba a aquella insonora e insípida niñera. Ella pareció ignorar lo que era ya bastante visible, a tal punto que me restregaba, enjabonaba y enjuagaba, como si aparte de muda fuera ciega y sus manos no detectaran nada. De repente, sentí la brisa pasar tímida por mi cuerpo y me di cuenta de que ella ya no estaba cerca de mí. Con movimientos sigilosos, rápidos y callados, como toda ella, cerró la puerta dejándose dentro de la habitación. Mi boca casi balbucea un “¿qué piensa hacer?”, pero se despojó tan hábilmente de su falda, que comprendí de inmediato lo que sucedería. Como un animal salvaje que no ha comido durante días, me tomó y me devoró. Hasta en eso era yo su víctima. Su voz seguía sin pronunciarse pero no hacía falta, su cuerpo me había dado toda una cátedra de lo que era ella, con la misma inmediatez con que me alimentaba, me bañaba, y se desvestía. Me dejó a medio bañar y con un extraño bienestar entre pecho y estómago.

Día 10

Quería probar que yo soy de sangre y él es de químico, pero somos igual de primarios. Aún teniendo la oportunidad de verlo todo desde aquí arriba, me prohibía a mí mismo entender la posibilidad de que pudiéramos tener comportamientos tan similares. Lo aislé para observarlo con detenimiento y encontrar en sus movimientos algo que le diera valor a los míos. Pretendí afirmar mi ser a través de la negación del suyo. Mas todo resultó repetición de mí mismo con pequeñas variaciones.

Fue insólito evidenciar cómo una extraña de figura lánguida se apoderaba de mi cuerpo, sin mayor explicación que un fiel plato de comida ofrecido cada vez que el reloj biológico, puesto en marcha por los hábitos alimentarios de la sociedad, marcaba la hora de la agonía estomacal. Fue paradójico desear la figura sin figura de una de mis raptores, que me alimentaba el vientre y el instinto en dos o tres visitas diarias, mientras yo, con los miembros ondulantes al aire, capturaba cada una de sus curvas. Fue desconcertante esperar a que la luz de la ventana se situara en cierto lugar, donde marcaba la hora aproximada de la presencia femenina en la habitación.

Todo en mi vida ha sido repetición, duplicación con pequeñas variables. Todo en mi vida ha sido duplicación, repetición con sutiles caprichos. Esto se parece demasiado a mi vida.

Día 11

El hombre ha estado inquieto, pese a que no le ha faltado comida ni compañía. Rodeado de arte, de palabras mágicas y fabulosas que pudieran cambiarle el color y el olor a sus días, él parece no querer ver más allá de su piel y de las congojas que le siguen aquejando. Sublime es aquel que, aún en estados adversos, abre las puertas de su percepción para invitar a seguir, a su morada interior, los simbolismos del obrar humano. Ya era hora de que leyera.

Al llegar el día en que ya no pude recordar cuantas oscuridades había visto teñir la ventana superior que me custodiaba, no resistí más el aburrimiento de encontrarme acompañado nada más que por mi saco de huesos y carne a medio alimentar. Pensé que todas esas palabras impresas podían evadirme de la realidad que vivía, podían hacerme distraer de los personajes e historias que ahora estaba viviendo, y no me atreví a coger uno de los libros tan siquiera para observarlo. Todos eran rojos y no había muchas diferencias con las que pudiera tropezar. Pero ahora que el contacto con ese cuerpo había logrado el propósito de cambiar mi tema de debate mental, no vi mayor problema en curiosear entre uno que otro ejemplar.

Leer o cortarme las venas. ¿Y con qué? ¿Con las hojas de los libros? No pretendía darme a la patética idea del suicidio y menos de esa manera tan desesperada y poco eficaz. Así que sin afán decidí estirar el brazo y agarrar el primer ejemplar que mi mano encontrara sin la ayuda de los ojos. Como tampoco quería encariñarme con algún personaje que me hiciera seguirle la pista en el trasegar de la historia, o con algún debate filosófico, social, científico o histórico, decidí casi sin preámbulo abrir una página cualquiera y ocupar mis ojos en algo que ejercitara mis neuronas:

El deseo sexual tiende a la fusión –y no es en modo alguno sólo un apetito físico, el alivio de una tensión penosa. Pero el deseo sexual puede ser estimulado por la angustia de la soledad, por el deseo de conquistar o de ser conquistado, por la vanidad, por el deseo de herir y aún de destruir, tanto como por el amor.

No sabía si mofarme o asustarme de la coincidencia. Era como si los libros hubieran sido una tirada efectiva del tarot que le ponían nombre a lo que había rondado mi cabeza, que materializaban en palabras aquello que había sido innombrable, que me mostraban fuera de mí, algo que había husmeado en mi interior. Y como no tenía mucho que hacer allí encerrado, jugué a corroborar si en realidad era cierto o había sido casualidad de primerizo. Así que abrí otra carta del estante inferior de un mueble distinto; esta vez escogí uno más grueso y grande:

...es un sueño con la única mujer que en la vida me dio a la vez los más altos placeres de la carne y el atisbo del cielo mostrándome los genitales lanceolados y sonriéndome con tanta intimidad que le alcanzaba a ver las calzas de las muelas cordales e introduciéndole mi bastón de mando en la cuarta dimensión de la inexistencia, porque nada es para siempre y eso lo comprueban las erecciones…

Aunque había partes que no entendía y otras que me parecían de una lucidez abrumadora, me di cuenta que la cuestión no era que los libros jugaran conmigo al tarotista, sino que más bien mi sensibilidad era extrema. Al estar encerrado, en vez de que la oscuridad me secara los poros o los sentidos, estos parecían andar hambrientos y susceptibles a cualquier cosa que les llegara.

La vida es un estado de éxtasis que al igual que el uso de la droga expande los sentidos, haciéndonos más susceptibles a la realidad. Al vivir drogados de locura, dejamos de ser simples números encasillados bajo montones de carne y empezamos realmente a ser nosotros mismos en pieles prestadas.

La puerta se abrió como de costumbre, trayendo consigo la silueta de la mujer hecha delicia. Deseaba verla, deseaba sentirla en mis sentidos, deseaba saber que me deseaba.

Como tantas veces anteriores, la sombra a contraluz dibujó su silueta bajo el dintel de mi puerta, haciendo erizar todos los miles de minúsculos vellos que rodeaban mi abatido y sucio cuerpo. Sabía que su visita traería comida, pero para ese entonces la comida era lo último que me interesaba. Lo único que deseaba hasta los huesos, lo único que saboreaba entre mis dientes, lo único que acariciaba y lo único con que fantaseaba era su cuerpo desnudo de piel limpia y sus manos de dedos largos y delicados. Mientras los pasos susurraban su regreso en mis oídos, mi miembro comenzó a inquietarse. A mi mente venían todos los besos silenciosos, las caricias lascivas… y mis dedos sintieron aún sin tocar sus profundidades, los húmedos canales que atravesaban sus fronteras sexuales y sátiras. Era mi momento de desquitarme del mundo y hacerla parte de mí en movimiento.

El cabello finamente despeinado que cubría su rostro se movió bruscamente, era mi cuerpo asaltando su delgado contorno en un deleite absoluto. Sus ojos me miraron y giraron, su piel se acomodó de mil posiciones y el vello perfumado de su sexo armonizó la velada. Esa única vez fui yo quien llevó la batuta; esa última vez fui yo quien sobre sus curvaturas dibujó los puntos cardinales desde su cuello hasta su ombligo. Sentí varias veces sus labios dibujando palabras sin vida en afonía, sentí que las respuestas estaban cada vez más cerca y sus pezones, tibios y rosados, acogieron mis labios que siguieron preguntando y preguntando. Fue entonces cuando la sensualidad se volvió pesadilla y desconcierto. Su pecho, otrora de pezones erguidos y cálidos, colapsó en el piso contra el colchón maloliente. Sus ojos entreabiertos se dilataron y el frío de la muerte que había acabado de besar su boca, asqueó mi cuerpo haciéndome levantar del suelo con las manos temblorosas que se estremecían entre la confusión del placer y de la desdicha. Me arrastré hacia la esquina derecha de la habitación y encogí mis rodillas llevándome las manos al rostro. No podía creerlo. Repasaba movimiento por movimiento mis actos anteriores, analizaba cada paso, cada acción, pero quedé sin aliento y sin ningún indicio. Hasta la máquina de escribir había dejado de tronar en la lejanía.

No pasaron muchos minutos para que cogiera de nuevo uno de los libros más cercanos y empezara a nadar en sus hojas, quería darle a mi amiga algo de lectura personal para que descansara en paz y quería a la vez un falso ambiente afable. Cerré mis ojos y tomé el libro, cayendo en una hoja al azar, las palabras casi borrosas salieron de mi boca en voz alta:

Desde el exterior se observa la neblina y la lluvia ácida. El afuera no resguarda la esencia…

Miré sus ojos aún sin refugio, “es mejor que nos mantengamos adentro mientras acaba de llover, si quieres podemos jugar matatenas con los granos de arroz que he conservado de tus visitas, o si quieres, si te parece mejor, podemos hacer el amor unas tres o cuatro veces más mientras permaneces inválida y tranquila sobre el piso.” Volví una vez más los ojos al libro y continué leyendo:

...los ojos parpadean en las manos y sostienen el espectro, el núcleo recién nacido, lo protegen del filántropo, de la esencia y del suicida neutral. Corren sin piernas, sin dedos hacia la nada, tambaleando la nueva vida, mas no hay escapatoria del averno, la salida del desierto se esconde puertas adentro.

“¿Quién habrá inventado esta mierda?”, dije con tono burlesco mientras tiraba el libro hacia la puerta de metal, esforzándome por levantarme del suelo sin éxito. La locura llevó a la tranquilidad y mis piernas pegadas al rústico suelo se entrelazaron con las pálidas y rígidas piernas de ella. Pronto el sueño me venció y al despertar, el cuerpo del delito había desaparecido.

Día 15

Me he bajado de mi pedestal. Al contrario de disfrutar mi poder sobre ese Otro que también soy yo, sobre sus acciones, he entrado a compadecerlo, y es que la carne jala aunque sea hecha a contranatura, aunque no vengamos del mismo vientre…

Sus acciones reflejan mis temores más profundos, él la ha asesinado, ha despojado su cuerpo de virtud y en él soy yo, somos uno. Pudieron haber sido mis manos entre su cuello y mis piernas entre las suyas, pudo haber sido el remordimiento de engañar a Kamala lo que sin saberlo lo impulsó a matar a la triste Amelia, mi bella e insípida Amelia… hay que concluir este absurdo juego.

Abro la puerta y ahora, para su infortunio, la silueta no es femenina. Le arrojo un libro y un esfero a sus pies. Mientras él mira extrañado su rostro impreso en aquel libro, le ordeno empezar a leerlo. Le da la vuelta, lo huele, lo abre, lee los primeros renglones y comienza a escribir.

Cae a mis pies “Duplicación genética: el más reciente triángulo de las bermudas.” Mi foto aparece en la portada. Todo es muy confuso. ¿Yo? ¿Ahí? ¿Cómo? ¿Por qué? Abro la primera hoja:

DÍA 1.

Él comienza a despertar. Seis muebles metálicos de tres metros le rodean.

A medida que más leo, me asombro, me asusto y decido casi mecánicamente continuar. Tomo la pluma y:

Tras inspeccionar todas las redes neuronales que hacían mover mis extremidades, corroboré que todo estaba en su respectivo lugar y que no me agobiaba ningún dolor.

La voz que desde las sombras me ha ordenado leer, se materializa en una silueta perfectamente visible, y veo mi rostro, como mi foto en este libro, como mi imagen en un espejo. Él soy yo. Peor, yo soy él.

Fragmentos del Diario de Diego Conde
Jorge Armando Laguna Rivera

Martes 18 de septiembre

En la madrugada

Me despertó un gran estruendo que venía de las tejas, que se alternaba con un aullar, como el llamado de un ave. Pero no creo que las aves salgan a pasear a media noche. Puede ser un murciélago… los murciélagos no son aves… ya ha dejado de sonar.

En la tarde

Hoy amanecí cansado, como si en la noche hubiera cargado con los sueños de toda la humanidad. Amanecí con moretones en mi pecho.

Jueves 20 de septiembre

En la madrugada

Otra vez está encima del tejado; debe ser un animal grande porque cuando pasa hunde las tejas, provocando un ruido fastidioso.

Sábado 22 de septiembre

En la mañana

Hoy salí con Valentina a tomarme unas cervezas y a conversar con ella de literatura, de sus gustos, y me comentó que le gustaba mucho Bukowski; que a los trece años se encontró con un libro de él, pero que hace pocos meses se vino a enterar que era Bukowski. Cuando me contó esa historia fruncí mi frente, ella se dio cuenta que no le creí, a lo mejor se sintió inferior ya que me la pasé hablando durante toda la tarde y parte de la noche de literatura; sin embargo esto no quiere decir que me ha dejado de gustar, tan sólo me decepcionó un poco…

Domingo 23 de septiembre

En la madrugada

Hace unos minutos escuche a un niño llorar en el tejado… acabó de gritar otra vez… Es un gato que imita el llanto de un niño.

Martes 25 de septiembre

En la madrugada

Otra noche en vela por el gato, debe estar buscando ratones en el tejado.

Miércoles 26 de septiembre

En la madrugada

Me tienen harto estos animales, he cogido una escoba y he golpeado el cielo raso; al parecer se han alejado.

Más tarde

Me volvió a levantar el ruido de las tejas, ese animal está caminando, parece que comprimiera las tejas a cada paso.

Jueves 27 de septiembre

En la madrugada

Ahí está, me ha pegado un maldito susto que me hizo brincar de la cama. Está encima del tejado de mi habitación; está aullando y parece desperado; por ratos le sale un chillido de bebé. ¿Será que es una bruja que se roba los niños?

Sábado 29 de septiembre

En la noche

Hoy salí con Valentina por tercera vez, esta vez sí la besé, no como hace ocho días cuando el pudor y las insensatas palabras que me dirigió agudizaron mi misoginia. Aun no se qué somos, espero que novios. Si supiera que no he hecho más que pensar en ella, de seguro presumiría con alguien de mi debilidad. Muchas veces es mejor hacerse el duro con estas situaciones y dejar que las cosas fluyan sin demasiada exaltación sentimental. Ella se ve que es una persona bien… además está buena… tiene esa facultad que a pocas les he conocido (bueno también es cierto que no conozco a muchas), que es la de discutir conmigo.

A veces me levanto y sueño en las cremosas tonalidades que le darían a mis labios los suyos, sin embargo a mi vientre entra un viento de restricciones engalanadas en mis convencionalismos. Y aun es muy pronto para dispararle un te amo. Ella se ha vuelto el fetiche de mis últimas semanas y el licor que compensa mi desahuciada realidad. Se ha convertido en eso, en un concepto que mi mente y mi corazón han elevado al inquebrantable atributo de lo divino. Pensar en ella, vivir por ella los sábados, día en que hemos convenido encontrarnos. He resuelto mi vida para el sábado. Hoy se ha deslizado levemente por mis ojos absorbiendo mi mirada en la suya, ha entrado libre en mí, ha destrozado las barreras de la misoginia. Se ha encallado en mí.

Domingo 30 de septiembre

En la mañana

Hoy me ha mirado, hoy creo en Dios. Bécquer jamás se ha metido en mis labios con tanta pertinencia como anoche, cuando al ritmo de una cerveza y una tonada le dije que era mi mundo, que mi cielo estaba en la hendidura de sus ojos, que mi infierno eran las llamas que azotaban sus labios. Cuando me miró, baje mis ojos tratando de ocultar la vergüenza que me provocaban las palabras dichas en otros tiempos, cuando puteaba a las mujeres y engalanaba mi discurso en el odio hacia ellas. Bajé la mirada temiendo que viera lo que había hecho, temí que me odiara por ello, hoy espero una llamada.

Lunes 1 de octubre

En la madrugada

Las tejas suenan; mi abuela me contaba que en las noches en el pueblo, unas grandes pizcas se posaban encima de las copas de los árboles. Debe ser una bruja.

Sábado 6 de octubre

En la mañana

Valentina y yo hemos acordado vernos todos lo sábados, a mí me gustaría verla más seguido, pero al planteárselo me evadió con unos argumentos algo tontos, que un sábado nos habíamos conocido: “esto no creo que funcione en otro espacio que no sea éste o en otro tiempo que no sea éste”. La verdad no me gusto el condicionamiento, jamás me ha gustado que me condicionen y hagan una tautología con mi existencia. Es como decir que el sapo tan sólo sirva para comer moscas, ¡no!, ya los cuentos nos dan otra perspectiva. Cuando yo le di a escuchar mi parecer, ella muy tajante y orgullosa me dijo que éste era el mundo real.

En la noche

En la vida siempre hay una búsqueda. En la sexualidad animal: la reproducción. En el erotismo: una búsqueda de satisfacción ajena a inundar este mundo de chinos. Sin embargo con ella yo comprendería tanto lo uno como lo otro, me gustaría deleitarme a diario con sus pezones pero también alardearía de ellos en la boca de un hijo. Esta tarde sus cabellos se hundieron en mi cráneo, los fluidos no me importaron porque eran de ella, y los míos que desde algún tiempo se habían derramado en mi mano, hoy fluyeron por los canales de su piel.

Domingo 7 de octubre

En la madrugada

Acabo de llegar de un bar. Son las tres de la mañana y su olor se encuentra tan fresco en mi piel que mientras tomaba, también dormitaba en sus brazos. Hable con mis amigos toda la noche de ella, de su embrujo, de ese reconocimiento de lo sagrado que hay en ella; ellos desconocieron mis palabras, sobre todo Augusto, que conoce mis antecedentes. Me reprocharon mi alineamiento ante una cuca. Les dije que no cuestionaran mi sentimiento, y cuando dije esta ultima palabra, Carlos me reprochó como venganza de una noche en la que se la monté con Clara.

Martes 9 de octubre

En la madrugada

Está encima del tejado, aúlla pero ni por eso dejo de pensar en Valentina, ¿donde estará? No tengo ni el numero de su celular, ni se donde vive. La tarde en que apreté sus pechos, estuvimos en un motel de la primera de mayo; por lo general siempre insiste que me vaya primero y cuando no lo hace, me acompaña a mi casa. Se ha ido.

Jueves 11 de octubre

En la mañana

Estoy a dos días de verla, hoy me voy a peluquear porque según ella, y le creo, el peinado no me queda; quiero que me vea diferente. Le compré un libro, “Ojo al Cine”, de Andrés Caicedo. Según me ha comentado ha leído toda su obra, menos ésta, que desconocía hasta que se la comenté.

Sábado 13 de octubre

En la noche

Había estado leyendo y de un momento a otro una precipitación existencial se apoderó de mi cuerpo, con tanta fuerza que mi cerebro sintió un espasmo en la coronilla. Algunos dirían “ojo marica que es un derrame”, y yo intercalando sollozos, le contestaría que es cierto lo del derrame de insatisfacciones que se han apoderado de mi cuerpo, sobre todo cuando recuerdo este compendio de sentimientos que se vuelve inmanejable en la escritura. Uno llega a cuestionarse si se dedica a pensar o a escribir lo pensado, y es ahí en donde la velocidad de las emociones aventaja al pensamiento. Es cuando tiemblas y te rueda una lagrima malograda por la piel, y todo por quien no debería significar más que una molestia en la mención de tu mundo. Así me encuentro, desalentado por el discurso que ella me emitió hoy. Esta tarde la mire a los ojos y fue como si un rayo partiera mi cuerpo, como si sus ojos estuvieran juzgando mis trasnochadas y mi falta de higiene. Supe que me señalaba el pene cuando dormía y que besaba mi cuerpo con deseo. Supe que me hacia el amor en las madrugadas y que aullaba como un niño alucinando lo que apetecía su vientre. Desde que la conocí, conocí también el ruido de las pailas del infierno en mi tejado.

Inanna, El Santuario Del Dáimôn Erótico
Leonardo Serrano Pineda
(basado en el texto original de Alexandra Portella y Leonardo Serrano)

“… era un pacto de incendio,
contra ese espacio de rutina gris entre
el nacimiento y la muerte que llaman
vida.”
Rubem Fonseca.


Antes de dispararle de nuevo, Luciano recordó que esa expresión soberbia del rostro pálido, era la misma imagen que tenía su rival el día del encuentro. Fue al aparecer desde el interior del almacén, precedido por la pelirroja recién sodomizada, cuando sus vidas se cruzaron subrepticiamente.

Nikos Papastefanou se detuvo bajo el marco persa de madera, posando su mirada oscura sobre el único cliente que quedaba en el anticuario. Aunque parecía un tipo común, volviéndose hacia él, Luciano pensó en que el negro profundo de sus ojos parecía haber robado a la noche parte de su misterio; eran rasgados, con una ligera inclinación hacia las sienes, lo que les daba aire salvaje. En torno al extraño resplandor del rostro, Luciano descubrió que la belleza del desconocido radicaba en tener rasgos fuertes, mezcla mística de oriente con la fuerza del África negra; y una piel exangüe resaltaba el ímpetu de su barba rala y las cejas feroces. Su pelo azabache enmarañado, se presentaba como una síntesis de la locura. Luciano detectó en la expresión del anticuario una provocación duelista y decidió marcharse. Antes de que alcanzara a despedirse de ese arrogante anfitrión, apareció una joven hermosa.

Si antes le había atraído la belleza rara del dueño del almacén, la de la mujer le sedujo sin remedio. Jamás había sentido tan de cerca una energía vital de semejante plenitud; no había sentido que una mujer exaltara su existencia con tanta ternura. Deslumbrado comprendió que a pesar de sus años de amoríos y despechos que jamás se terminaban de curar, él no era más que un espectro desolado. Y la belleza de esa mujer lo desarmaba ante su realidad.

Sus pensamientos se interrumpieron cuando el Anticuario en un movimiento rápido y sin perder su elegancia, tomó a la mujer con firmeza por la cintura y la besó con tal gracia, que el vacío que se produjo en Luciano semejó un chapuzón en las aguas del Aqueronte. Esa imagen de la mujer no pudo borrarla jamás: un rostro hermoso de ojos resplandecientes, conteniendo en sí la armonía de la suavidad, lo miraba con compasión en una suerte de lamento que al mismo tiempo, era una deliciosa invitación a un mundo perverso y feliz.

Pasaron noches de trémula soledad para Luciano. Algunos días transcurrieron mientras en él crecía un sentimiento compulsivo. Luciano merodeaba esperando verla. Anochecía y frente al local, sintió su corazón acelerarse hasta creer que estallaría creando un cráter purulento en su pecho. Dudando caminó lentamente hacia la puerta y a medida que fue aproximándose sentía como si alguien presionara su rostro y lo asfixiara con una almohada. Ella abrió la puerta y Luciano no supo cómo reaccionar. Palideciendo se quedó sin palabras.

— ¿Tan espantosa soy?

—No, para nada. Al contrario…

Se miraron en silencio. Alicia, con toda la fuerza de lo hermoso y prohibido, inició un juego insinuante.

—¿Qué hacías tanto tiempo allá afuera parado? Está helando.

—Es que estaba esperando a Nikos, ¿De casualidad no me dejó un encargo por ahí?

—Nada… Así que sólo viniste por eso —dijo con sorna.

—Es que… no —los nervios lo traicionaban—. Mejor olvídalo.

—Oye, ignoro si lo tuyo es ingenuidad o estupidez Luciano, pero me gustas —sostuvo una mirada provocadora—, así que te voy a ayudar.

Alicia cerró el anticuario y se dirigió a la parte trasera de una vitrina. Con cadencia, se inclinó hacia adelante mientras se subía la falda, descubriendo el terso recorrido de la tela en unas piernas firmes, que se ensanchaban a medida que las desarropaba. Las abrió despacio y con ligeros toques humedeció su vulva. Los apretó impaciente. Extendió su mano, y cuando Luciano la tomó, Alicia lo atrajo pidiéndole que de rodillas lamiera su deleite en rosa. “Te quiero en mí ya” dijo; le desabrochó el pantalón e introduciéndole su mano, se aferró al pene. Aún nervioso Luciano iba tocándola como un inexperto. Las manos de Alicia se aferraban a su espalda. Con suave temblor dos cuerpos se perdían en una danza milenaria ante un cúmulo de antigüedades. Sumido en ese oscuro escenario y a riesgo de ser visto, Luciano cada vez más enardecido la puso junto a los muestrarios de sedas Japonesas, y aumentando el ritmo de sus embestidas, se perdió en una excitación inmensa. Inesperadamente derramó su semen sobre el vientre palpitante de Alicia quien sorprendida y con enojo, le reprochó esa triste precocidad y lo obligó a que de cualquier forma la satisficiera. Con la voluntad nula, Luciano tomó una daga por la vaina y le introdujo el mango, procurando no lastimarla. A medida que tocaba fondo, Alicia suplicante le pedía que le diera placer con más violencia. Consagrándose al ritual, se olvidaron del lugar y mientras Luciano complacía los deseos de Alicia, un testigo oculto observaba con obscena serenidad el acto.

***

Después de muchos días de efervescente infidelidad, Alicia arrastró a su amante a la trastienda. Cubierta por un armario había una puerta corrediza que se abría a un pasillo de alfombra roja y paredes tapizadas con arabescos. Candelabros a lado y lado del pasaje le dieron a Luciano la impresión de estar ingresando a un mundo perdido, con suntuosidad de recintos sagrados o palacios renacentistas. Al cabo de unos diez metros, el corredor se bifurcaba. Hacia la izquierda llegaron a una especie de bodega donde se acumulaban en desorden objetos de decoración. Conservaba la exquisitez acostumbrada del anticuario, pero quizás por la iluminación decadente, Luciano se sintió tras los bastidores de una compañía de teatro o en algún set de grabación de una película de ambientación histórica, al estilo de los cuarenta y cincuenta. Al fondo una música coral y un sonido hipnótico lo cautivaron. Alicia, tornándose cada vez más salvaje, desvestía a su contendiente como una fiera desmembrando su presa con satisfacción.

Después del amor brutal mientras ambos se vestían con lentitud, Luciano quiso saber qué había del otro lado del pasillo. Alicia lo miró con algo de lástima, aunque bien pudo ser ternura, y guardó silencio. Se vistió con mucha calma; sentándose en una poltrona antiquísima, montando una pierna sobre el antebrazo del mueble, se fumó un cigarrillo sin decir palabra ni despegar la mirada de Luciano. Al acabar le insinuó que su juego feliz podría terminarse, ya que Nikos tenía mil ojos, además del don de la ubicuidad, que él se asustaría y quizás ya jamás quisiera volverla a ver. Obstinado, Luciano insistió en conocer aquel lugar, pero ahora lo hizo con la exigencia de aquellos que se sienten dueños de alguien. Alicia no pudo contener la risa y después de contemplarlo como a un niño caprichoso, terminó por tomar su mano, sonriéndole.

—Te voy mostrar mi verdadero mundo.

Se puso un abrigo, y le susurró:

—Ven conmigo.

Salieron de la trastienda tomados de la mano. Volvieron al pasaje y cruzaron al otro corredor. Una puerta negra, de madera maciza, se interponía al paso. Sobre la pared Alicia corrió un pequeño cajón oculto y haló varias veces una cadena. Al instante un hombre arrugado, todo plata en el cabello abrió la puerta. Para sorpresa de Luciano, Alicia lo saludó con evidente respeto, como si no se tratara de un empleado sino de alguien investido de autoridad. Pero lo que más lo impactó fue escuchar el diálogo en una lengua desconocida. Fue tan extraña la imagen que no se percató de que ella le había soltado la mano en cuanto apareció el personaje. El hombre de la puerta le dijo en un instante en un tono muy grave: “Tire de la cadena sólo tres veces. Y por su bien, que el Señor no lo descubra”. Alicia corría feliz, halándolo del brazo por otro pasillo igual al anterior, pero que vacilaba entre subidas y bajadas que Luciano temió no llevaran a ninguna parte. No imaginó que hubiese detrás de un local pequeño, toda esa maraña de pasadizos como para un culto del misterio. Las palabras del extraño de la puerta resonaban en su mente. De seguro el “Señor” era Nikos, y tanto misterio sólo podía explicarse por una locura peligrosa. Llegaron a lo que parecía una antesala: una cuadratura con un gran velo cubriendo lo demás. Alicia descubrió el telón escarlata y una fiesta atemporal surgió ante ellos. Tras la antesala aparecieron lámparas fantásticas a media luz, ampliaciones de daguerrotipos de los poetas malditos del siglo XIX, óleos de la campiña inglesa que quizás databan del siglo XVIII...

Un grupo de cortesanas victorianas atravesó el salón luciendo sus senos de porcelana, magnificados por el uso de corsés en cuero. Al paso de las mujeres, un rumor como concierto de palomos escapó de una congregación de hombres que no podían disimular la ansiedad ante lo que iba a representarse. Parecía que ninguna de las damas superaba la edad del sacrificio, mientras que la mayoría de los hombres pasaban de lejos los 45 años. “Salmacis”, “Rusalka”, “Freyja”, gritaban algunos hombres, y Luciano dedujo que eran los nombres de las doncellas que se separaban del grupo para unirse a quienes las reclamaban. Unos se abrían paso entre la multitud buscando con urgencia un brazo para apresar y llevar a las sombras; otros, en cambio, se contentaban con observar y esperar. La atmósfera del lugar era opresiva, como si estuviera por caer el apocalipsis en gemidos, como si fuese a celebrarse una oscura ceremonia en homenaje a la alucinación.

Trascendiendo las dudas y el fervor palpitante con que todo se envolvía —incluyendo sus sentidos— sólo un nombre, entre los gritos, lo perturbó tanto, que despertó en él un repentino terror primigenio: “Inanna”.

Continuaron caminando hasta llegar a un punto desde el cual se tenía una visión panorámica del lugar. Desde allí observaba que la construcción, simulando un óvalo irregular, tenía también la distribución exacta de un panóptico. A cada paso Alicia parecía más feliz, como si harta de actuar en la cotidianidad liberara su verdadero rostro, rompiendo con esa farsa agobiante de la sensatez. Imponía por encima del resto y del ambiente esa alegría dulce que contrastaba con todos los retratos de perversiones que había alrededor. En ese estado condujo a Luciano hasta una mesa privilegiada, y dándole un beso de despedida se mezcló con la multitud y desapareció. Transcurría el tiempo con la sensación única de irrealidad. El burdel oculto en el anticuario era sorprendente en cada detalle. El salón principal era inmenso, con plataformas intercaladas que simulaban de cierta forma pequeñas colinas o grandes rocas incrustadas. Tres niveles curvilíneos —como si el propio Gaudí los hubiera diseñado— la rodeaban. Si bien la elegancia era ostensible, algunos detalles variaban el estilo del conjunto en favor de la practicidad. Así las paredes de los niveles superiores, que desde la distancia en donde estaba Luciano parecían vidrios, descubrían un submundo que en juegos de luces e instrumentos destinados al placer, facilitaban la vista de los amantes en cada movimiento. Sobre el salón principal, una cúpula en la semioscuridad le invitaba imaginar frescos increíbles.

Distinguió a Nikos en el fondo del salón; con apariencia de un padre feliz, reía y acariciaba los rostros de jóvenes preciosas y, con ademanes muy delicados, las ofrecía a sujetos que podrían ser sus abuelos. Recordó entonces la sugerencia del hombre de la puerta, y cuando se disponía a ocultarse, las luces bajaron del todo su intensidad.

Una incandescente luz celeste se vertió sobre una de las plataformas. Lentamente, gracias a algún sistema de poleas, una cruz fue emergiendo de la sombra. Poco a poco ascendía desde una posición completamente horizontal, irguiendo consigo un manto de seda blanco que en crucifixión, delataba la presencia de un ser en un suplicio aparente. La multitud excitada empezó primero a susurrar en corrillo el nombre de Inanna, pero a medida que iba ascendiendo la cruz y se dibujaba mejor el cuerpo de la mujer bajo el manto, los susurros se convirtieron en gritos espontáneos, histéricos, como de feligreses en trance que vitorean la aparición de un mesías.

La luz celeste cambió a amarillenta cuando la cruz estuvo en nítida posición vertical. Suaves caricias llovieron sobre los delgados brazos de aquel Cristo sin rostro. Con una calma inaudita que podría enloquecer a un libidinoso, deslizaron la tela que cubría la cabeza de largo pelo castaño, coronada también de espinas; el divino rostro colgaba con espectacular tristeza sobre el pecho, y donde debería leerse INRI, con evidente sarcasmo, se leía INANNA.

Una luz rojiza brilló sobre el rostro de Inanna, que giraba de un lado a otro como quejándose del suplicio, pero sin que se descubrieran del todo sus facciones. Desfallecía y caía el pelo y la corona, para luego volver a ejecutar los mismos movimientos. Seis pares de brazos, se afanaron alrededor del manto y la cruz como serpientes en una danza mortal. Hubo dos apagones intempestivos y en medio de la repentina aparición y desaparición de la figura, las manos quitaron con violencia el manto. Se reveló a la mujer desnuda ofrecida en sacrificio en ese Gólgota banal, y cuando las manos serpenteantes comenzaron a tocarla, ella levantó por completo la cara y una luz lánguida la dibujó con nitidez: la nariz pequeña y recta dibujaba sombras sobre la boca amplia y delineada, entre las arrugas y redondeces de su carne perfecta que perfilaba un poco más abajo, la simétrica protuberancia del mentón alargado. Abría los ojos en dirección al cielo como una posesa, mostrando el reflejo azulado de unos grandes y profundos ojos que en realidad eran grises. La danza se transmutó en caricias por todo su cuerpo, y llovió sobre ella una sustancia viscosa que la aceitaba. Con sus piernas y caderas Inanna igualó el ritmo de esas manos que la repasaban, inclinando el dorso de atrás hacia delante al menor roce en su piel. Lamió varios dedos y permitió que algunos se adentraran en el centro de su sensibilidad. Con las extremidades inmovilizadas, la mujer sólo podía retorcerse de placer mientras las manos la masturbaban. Pronto dejó escapar un rosario de súplicas simulando rezos paganos:

—Σαν σωματα ωραια νεκρων... Σανσ ωματα ωραια νεκρων [1]

Susurraba sin cesar una y otra vez las mismas palabras, cambiando el tono de su voz con angustia. Luego ascendieron con furia los alaridos:

—...Της ηδονης μια νιχτα... της ηδονης μια νιχτα [2] —gritaba.

Parecía incapaz de soportar el deleite que la electrizaba cuando tocaban sus senos con firmeza o pellizcaban su carne. Del rostro de Alicia quedaba poco en el suplicio; Inanna la subsumió con toda la potencia de su fertilidad sensual.

En torno a la representación, muchos se entregaron a copular con jovencitas jadeantes sobre las mesas en el claroscuro del salón. Otras, de rodillas, refundían su boca entre las piernas de hombres adustos. Luciano alcanzó a ver a otros tantos que se dejaban penetrar por terceros, mientras se ocupaban en satisfacer a cualquier joven. Con máxima excitación, los jadeos de Inanna inauguraron un rito donde la sexualidad furibunda y el delirio comulgaron en cada uno de los blasfemos. Al emitir esos bestiales sonidos que se convertían en una sola oración de pecadores sin remedio, la multitud cedió por completo a sus instintos más bajos, volviendo a ser los animales en celo que siempre habían temido revelar.

Con el fervor de un adicto, Luciano buscó la salida del laberinto de pasajes y puertas, y asumió a partir de entonces su rol de amante de la amante del mundo. Alicia pasó a ser el puente que lo unía a la verdadera y única realidad admisible, y todo en torno a ella era circunstancial, incluso sus nocturnos desdoblamientos, incluso Nikos y sus delirantes prostitutas.

***

Al iniciar la fiesta la suerte estuvo echada. Una vez cruzado el ruedo sólo debía transcurrir el tiempo para que en medio del terror y la algarabía, doblara sus piernas, dejando escapar las burbujas fatales del hocico, cayendo al ritmo de la explosión escarlata urdida por el estoque. Merodeando el anticuario como un circo antiguo, lleno de ansias e insomnio, Luciano balanceaba de un lado las advertencias del hombre de la puerta, y de otro, la caída libre en el abismo de la delicia. Cada vez se convencía más de la obligación de reivindicar para sí la sensualidad materializada en Alicia.

Ejerció de nuevo el protocolo secreto. Con prisa y menospreciando los riesgos, Luciano saltó personajes enardecidos y unos cuantos escalones hasta arribar al tercer piso, donde creía poder encontrar a Alicia. Todo su ser henchido de un furor lascivo la reclamaba. Le urgía Alicia en cada centímetro de su piel, en cada poro, en cada célula. La brújula emocional de Luciano se había roto y ahora marcaba solamente Alicia en todos los puntos cardinales.

Al llegar al tercer piso notó la desolación. Los monótonos ruidos del sexo desenfrenado se desvanecían en la distancia, a medida que avanzaba sin encontrar a nadie a su paso. Todo iba quedando en un extraño silencio. Frenético, probó cada recoveco de ese piso, pues su instinto le decía que algo especialmente lascivo se iba a desarrollar allí, y él, comprendiendo que sus depravaciones eran irremediables, quería ser partícipe del pandemónium.

Con paso lento y meditabundo, llegó a una gran puerta corrediza que no lograba retener los signos de lo que buscaba: el lacónico suplicio de una mujer. Mientras gozaba, ella parecía susurrarle la fórmula secreta para la creación de la belleza, que Luciano asociaba con esa alegría de sentirse vivo y dispuesto a entregarse al placer voyeur, para luego desenvolver otras delicias. Ningún otro sonido perturbaba aquella melodía, sólo los jadeos que se volvían más constantes, como si la franja del placer de la fémina cruzara por instantes el del dolor, haciendo de la satisfacción un mismo y compacto quejido húmedo y quebradizo. Quedó suspendido varios minutos ante los rabiosos alaridos del clímax al que llegaba la mujer, perpleja, vulnerada, consumida ante toda la fuerza penetrante. Una seguidilla de gritos lastimeros previos al llanto, antecedió la explosión que la exorcizaba. La mujer reinició el jadeo, dulces lamentaciones u oraciones fervientes al dios idolatrado. Luciano corrió la puerta con suavidad cuando los gemidos se volvieron claros y cerró un instante los ojos; subió la cabeza respirando profundo para sentir el aroma de hembra penetrada, de sudor de hombre y todo el vapor de las secreciones.

Al abrirlos sufrió el espanto de ver a Inanna, que tumbada sobre pieles y cojines, lo miraba de costado, con ternura, fijamente, mientras el proxeneta Nikos Papastefanou le hundía firme y constante un miembro infatigable. Absorto ante el espectáculo, Luciano ni siquiera pudo musitar palabra cuando con una maligna sonrisa, Alicia extendió una mano hacia él, llamándolo para que se juntara a su placer infinito.

***

Sintió el bulto que formaba el revólver bajo su abrigo, y recordó que había regresado al burdel no solamente atraído por Alicia, sino también con la intención de liberarse de Nikos. Lo buscó pero de él no quedaba nada. Corriendo se dirigió a otras habitaciones por donde nunca antes había pasado. De sus techos pendían espejos cuya inclinación daba el ángulo perfecto para que se observara el desenfreno del salón central. Luciano veía las siluetas y contenía su ira. Orgías que danzaban entre gemidos y gritos de placer, protagonizados por seres reducidos a orgasmos inagotables. En la circunferencia que funcionaba como cama esa noche, en el salón principal, tres mujeres jadeaban entre sí mientras comedidos servidores las poseían incapaces del hartazgo.

Entre un difuso grupo de varones que se cerraron en una fila circular de nalgas exhibidas, empezó un nuevo ritual en sincronía perfecta con otros que recién introducían sus glandes a dos mujeres muy delgadas. Uno a uno, los hombres se iban abalanzando sobre esas dos fatalidades trenzadas en euforia, tomándolas sucesivamente. Una emanación de sensaciones que las hacían transparentes en medio de toda la lujuria viril, las fueron volviendo cada vez más inexpresivas, casi fantasmales.

Luciano se quedó estupefacto: las espaldas de los hombres se jorobaban en tanto que sus piernas se encogían. Parpadeó varias veces, tratando de recobrar el sentido de la vista que creía turbado, pero ahora descubrió que los hombres de más allá perdían sus facciones humanas. Tres hombres al frente suyo exhibían ojos mucho más perfilados y profundos, junto con extrañas protuberancias en sus mandíbulas. En uno de ellos su cabeza se volvía estrecha y deforme, y en sus pupilas centellaba la sevicia. Parpadeando encontró que los del trío no tenían ya nalgas sino una cola parda e inquieta. Sin poder escapar de su aturdimiento, presenció cómo dos de ellos se abalanzaban, ya todos colmillos y garras, sobre los cuerpos de las mujeres.

Asqueado de la carnicería, desvió la vista pero dio de frente con la sonrisa irónica de Nikos. Luciano desenfundó el arma y disparó al techo, disipando la multitud. Luego un tiro certero se incrustó entre las cejas de Nikos, dejando correr un chorro de sangre por su nariz. La víctima seguía allí; impertérrita, envuelta en el silencio, parada en la mitad del gran salón desierto. Entonces Luciano sintió que se las estaba habiendo con un espectro, surgiendo del absurdo el sentido: Alicia (o Innana) era sólo otra de las manifestaciones de Nikos Papastefanou.

Nuevamente disparó y tres golpes secos rompieron el esternón de Nikos. El humo se esparcía dejando un rastro de pólvora en la mano extendida de Luciano. Esta vez, Nikos cayó de rodillas, y al doblarse, apoyando la mano izquierda en el suelo, escupió con dificultad un poco de sangre. Con lentitud, el Anticuario se levantó orgulloso de los tres boquetes profundos que lucía ahora en el pecho. Caminó despacio hasta llegar al centro del salón, y con una voz áspera y tenebrosa pronunció unas palabras para sí, en una lengua extraña. Después, con fuego entre sus ojos y deteniéndose frente a Luciano tronó:

—Ερωτικος τε και δαιμονιος ανηρ [3]

Siguió caminando despacio hacia Luciano, aproximándose a un lugar donde caía el reflejo de una lámpara de aceite. Ahora era Inanna, quien estaba frente a un Luciano que se debatía entre la incredulidad, el horror y el delirio al volver a ver a quien se adora. Frente a frente, Inanna y Luciano se miraron unos segundos que se suspendieron en el tiempo. Su mirada hipnótica fue la caricia más tersa dada por divinidad alguna. Dócilmente acercó sus labios a Luciano. Un aliento de lirios prohibidos penetró en su cuerpo mientras Inanna lo colmaba de dulzura; rozó la lengua un labio, humedeciéndolo, abriéndose las bocas en una sutil guerra de espadas. Sumergido en tal comunión, Luciano abrió muy despacio los ojos, como despertando de un trance, y besándola todavía, descubrió en ese rostro los ojos del Domus dominum.

Asqueado, Luciano se zafó de él y en vano quiso huir de su esquizofrénica agonía. Temiendo el final atroz quiso ponerse a salvo de las fieras cuando fuera de si colocó el extremo de la soga en su cuello. La polea giro suavemente, elevándolo muy cerca de la cúpula, donde su cara amoratada, el cuello roto y la piel lacerada, fueron liberados al vacío por Nikos. El golpe terminó de extinguir la tortura. Ante el cuerpo inerte que yacía en el salón central, fueron concentrándose varios entes que aguardaban la carroña después de que Nikos culminara la vejación, absorto en sus placenteras eyaculaciones.



[1] Corresponde a la fonética del español: San sómata oria necron (bis) “A cuerpos de muertos hermosos…”

[2] Corresponde a la fonética del español: Tis idonis mia níjta (bis): “… una noche de placer.”

[3] Corresponde a la fonética del español: Erotikós te ke demónios anír. “Soy demonio erótico para el hombre” (traducción aproximada).

Blanco y Negro
Rosa María Moreno, Néstor Pedraza

Esta es la historia del marrano Blanco que entregó su corazón al marrano Negro, y se lo volvió un chicharrón. Cuenta el sapo que Blanco era tan feliz, que sólo se le vio triste por aquel marrano Negro que conoció en lo profundo del bosque del billete de cinco mil. Cuenta que Blanco pasaba la mayor parte de su tiempo en el lago del señor Santander, donde nunca corre el tiempo y todo es siempre igual. Le gustaba ir allí porque era tranquilo y porque las calles que rodeaban el lago eran el camino más corto hacia su marranera. Vivía con la señora Policarpa y nada le faltaba.

Una tarde en que las hojas secas caían de los árboles, Blanco fue en búsqueda de su amigo el sapo en el espeso y sombrío bosque del señor Silva. Allí, en lo profundo, escuchó unos sollozos que le causaron curiosidad. Se acercó con cautela y se escondió tras la sombra de un arbusto, mientras Negro elevaba una plegaria a la luna: “Aquí, frente a ti, cierro el libro de muchos capítulos que nunca han tenido final.” Se acostó frente al pedestal que había utilizado para su ritual y guardó un silencio inflexible hasta que su garganta se encendió en altas llamaradas. “Tempestades se acercan al corazón de este enamorado, es el huracán de mi amor que promete no olvidarte.” Blanco pisó una rama y llamó la atención de Negro, que sorprendido se levantó, se acercó y al verlo bajo el arbusto le preguntó airado: "¿qué haces aquí, de quién te escondes?" Blanco sintió un escalofrío desde la punta de su hocico hasta su crespa cola, y con voz temblorosa contestó: “De ti”. Negro no le dio importancia y rehizo sus pasos hacia el pedestal. Blanco se acercó con un pensamiento repetitivo: “Es hermoso, atractivo, y tiene un hocico tentador.” Con miedo le preguntó: "Qué te pasa, ¿pudo ayudarte?" Negro se mostró agresivo, “no, no puedes hacer nada por mí, son mis cosas y si te las cuento dejarán de ser mías.” Blanco se retiró triste y atravesó el bosque, sintiendo el viento rozar por todo su cuerpo. De improviso saltó el sapo frente a él con una gran sonrisa. Le saludó y al notar su tristeza le indagó sobre lo que le sucedía. Blanco, abatido, le contó sobre Negro y lo cautivado que estaba por él. El sapo soltó una carcajada, “te has enamorado”. Blanco rechazó la idea vehemente, "no conozco el amor y no quiero conocerlo". Salió de prisa hacia su marranera, el viento golpeaba con más fuerza su cuerpo dejándole moretones en la suave piel blanca. Llegó frente a su ama Policarpa y pasó sin saludarla. Se encerró en su marranera buscando soledad para sacarse las musarañas de la mente, repitiéndose una y otra vez que debía eliminar las luces que habían llegado a su alma, oscurecer su ser y así reencontrar la paz.

Pasó el tiempo y Blanco decidió retomar su vida. Cuando el bosque recuperó el color tierra y las noches se hicieron tibias, caminó de nuevo por sus parajes favoritos y sin querer encontró a Negro, echado bajo el peso de su depresión. Temeroso se acercó, se arrunchó a su lado, puso su espalda contra el pecho de Negro, entrelazó sus manos, y Negro sin explicación se sintió tan tranquilo como idiotizado, bajo la enorme emoción que le causó la piel de Blanco. La luna fue eclipsada, como Blanco por Negro. Se marcharon felices; desde entonces hicieron frecuentes sus encuentros. Blanco salía con mil excusas de su marranera. Doña Policarpa decidió seguirlo para saber qué estaba sucediendo y los descubrió con estupor. El tiempo del lago era alterado cuando Blanco y Negro unían sus cuerpos y sus almas. Policarpa se sintió utilizada, pues Negro había sido suyo de tiempo atrás. Continuó observando los amalgamamientos de los dos marranos y se cuestionó durante días sobre la forma de hacer volver a Negro con ella, convencida de que el poder de su sexo lo ataría de nuevo a sus noches. Le prohibió a Blanco salir y lo reemplazó en su siguiente encuentro. Negro quedó frío como cubo de hielo al ver llegar a la mujer que había quebrado su corazón, “¿qué haces aquí?” Con una sonrisa, ella se le ofreció para que le hiciera cuanto quisiera. Él la tomó entre sus patas, rozó su hocico por todo su cuerpo, pero no sucedió nada diferente. Ella no sentía su alma, era apenas el contacto con un cuadrúpedo común, y entendió que entre ellos todo había muerto. Se apartó y se fue sin palabras. Negro regresó al pedestal en medio del bosque y habló con la luna como aquella vez que conoció a Blanco. “Las promesas se quiebran como cristales aplastados por la avalancha del tiempo. He encontrado el final de todos mis capítulos y el inicio de uno más real que ningún otro, uno escrito por la tibieza de alguien que me llena con su ternura.”

Corroída por el deseo de venganza, Policarpa los reunió a los dos en el bosque, donde las hojas caían de nuevo y rozaban sus rostros que se llenaron de preocupación al verla con un hacha entre sus manos. Ella había tomado su decisión, todo ocurriría cuando el reloj detuviera su curso. Los separó con brusquedad y sin dudarlo, clavó el hacha en el pecho del marrano Blanco, le sacó el corazón y lo arrojó a una paila llena de aceite hirviente. Luego obligó a Negro a comerlo, esperando que no encontrara más opción que buscar sus brazos para consolarse. A cada bocado, Negro sentía que incorporaba a Blanco a su ser, que se hacían uno solo, que nada ni nadie podría separarlos jamás. Mientras consumía el último pedazo de chicharrón, Policarpa le pedía que no la dejara, que por él vivía, que le ofrecía el alma y la vida entera, que no lo pondría en la marranera sino que lo llevaría a su propia casa. Negro la despreció y desapareció en la espesura del bosque. Nunca se volvió a saber de él.

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