Mostrando entradas con la etiqueta Tunal. Mostrar todas las entradas
Mostrando entradas con la etiqueta Tunal. Mostrar todas las entradas

Los Sepultureros
Pedro Francisco Bernal, Orlando Barón Gil

Felipe levantó sus cartas y vio que tenía un trece; un siete de espadas y un seis de bastos. El trece era un mal número para empezar la partida con los dos viejos, pero eso no podía saberlo Felipe en aquel momento. Miró el rostro de uno de los viejos de cuyo cuello se desprendía lo que pudo haber sido un suvenir tallado con esmero, pero que ahora sólo parecía una reliquia oxidada. De la baraja salió la carta con el cinco acompañada de la imagen de la muerte. Los dos sepultureros soltaron una risotada. Desesperado, Felipe, abandonó el juego. Antes de irse, sin embargo, clavó sus ojos en una pala que reposaba sobre la tierra; quería tenerla en sus manos.

El buscador de empleo se alejó a paso corto, perdiéndose por los meandros del cementerio, en donde el viento de la tarde buscaba abrigo, desentendiéndose del rigor cotidiano de la muerte, mientras las hojas de los árboles pretendían imitar a los deudos que se rinden ante el dolor. El cementerio guardaba las sombras apabulladas que aún se resistían a buscar un cubículo en la muerte; cada tumba guardaba en el interior de su asfalto el último intento de revirar por la vida.

—Las cosas de los muertos deben ir lentas, no llevemos prisa. Se me ocurre que la muerte es especial precisamente porque no lleva afán.

—Aun así vamos demasiado lento.

—No llevemos afán. Una palada lleva a la otra, así funciona esto.

—Además no hemos terminado aún nuestra partida de cartas.

—Piensa en las paladas. Ellas siempre son necesarias, una trae la otra.

—¿Y las cartas?

Los dos hombres cavaron nuevamente; lo hicieron casi sin aliento. Sus conversaciones faltas de vida, lentas y sobre cartas eran un hábito, un viejo y remoto hábito que evitaba el aburrimiento. De alguna manera, estos pasadores de tiempo, como roedores cadavéricos, querían volver a la mansión de donde fueron expulsados.

Dejaron pasar un instante, se alejaron unos metros del hoyo y se sentaron sobre la tumba más próxima. Las cartas volvieron a sus manos. Una vez las repartió con sus manos rugosas y casi despellejadas el viejo del souvenir oxidado en el cuello; enseguida lo hizo el otro, el que nunca parpadeaba, el de los ojos estancados en la tristeza.

Las cartas, esos rectángulos obscenos como reliquias altaneras que aspiraban a ser vecinas de la mano de Goya, parecían no salir de las manos de los viejos, sino del viento cómplice.

—Es posible que vuelva a perder.

—Nos mantenemos perdiendo; es una razón de ser en nosotros.

El hombre del oxido en su cuello, convencido de que esta vez no iba a perder, decidió demorar el juego, alargar la vida, lanzando cada carta como si estuviera despidiendo el último resoplo de existencia.

—Cada vez son menos las familias que traen aquí a sus muertos.

—Ha de ser que adivinaron nuestra procedencia y por eso nos rehúyen. Les dará susto venir donde los muertos.

La mirada desvanecida de uno de los dos se conjugó con el péndulo perfecto que formaba el souvenir oxidado en el cuello del otro.

—No creo que usted los asuste. Con el porte que se gasta… Y con el perfume que se baña, más bien me imagino que atraerá a cuanto familiar exista.

El rostro y el souvenir parecieron sonreír, mientras su dueño lanzó un conglomerado aquelarre de brujas acompañado de un número ocho.

—No atraigo, pero tampoco espanto. Esa es la ley en el limbo de…

Los oídos de los viejos, como costales remendados por tanto agujero en el mundo, escucharon un ligero golpe que se repetía, pero ninguno de los dos le concedió importancia.

—Este trabajo ha perdido hasta su último encanto: hacer llamativa la espera. Y pensar que otros se mueren por tener nuestro oficio.

—Como el aparecido de hace un rato.

El golpe volvió a repetirse, ahora más fuerte o más próximo.

—Todo un buscador de empleo, el hombre.

Las embusteras manos del hombre que no parpadeaba lanzaron con entusiasmo la carta correspondiente a un corte de franela acompañado del número siete.

—Bonita carta. Me acuerda del fulano que enterramos ayer… El filo de la pala le atravesó todo el cuello. Qué imagen soberbia, una cabeza servida en bandeja, como la carta dos.

—Esta todavía es más bonita.

Luego de detenerse el péndulo oxidado, la sombra del viejo proyectó la imagen de una bruja que extraía del vientre de una mujer un bebé repugnante. Y de nuevo, el golpe insistió e insistió, hasta conseguir atraer la atención de los dos jugadores.

—¿Qué será ese ruidito?

—Hmm… Debe ser algo que está golpeando contra la pared.

—A lo mejor un muerto…

Fingiendo cara de susto, los dos dejaron asomar una sonrisa incrustada de nostalgias.

—Se me hace que eso viene del lado de la manzana cuatro, porque se oye lejos.

El golpeteo cesó por unos segundos, como para ganar aliento, y al cabo revivió más nítido.

—No, señor. Es por el lado de la manzana uno. Escuche y verá.

Las miradas se sintonizaron de forma exclusiva sobre las cartas.

—De todas maneras ya lo tenía acabado a usted. ¡Mire! El vientre de esta mujer ocupado por un gallo es un As. ¿Y qué dice de este hombre descuartizado a punta de motosierra, ah? Y para terminar, este costal lleno de carne y huesos picados. ¡Ja! ¡El juego es mío!

Los dos hombres envolvieron las cartas en un terciopelo rojo, un trapo como rasgado del sarcófago nauseabundo del tiempo. Concentraron su atención en los golpes, y por fin decidieron salir de la duda e ir a la caza del sonido. Atravesaron el cementerio por los recovecos más desmadejados, deteniéndose cada tanto detrás de una pared o un árbol, como si simplemente fueran niños jugando a buscar un tesoro en el laberinto de la muerte. Por fin en la manzana trece, saltando de excavación en excavación, examinando con cautela cada una de las tumbas, dieron con la causa del ruido.

—Le dijimos que su carta era la trece, y no que viniera a la manzana trece.

—Este gran hijo de puta… ¡Salga, salga a ver, o lo dejamos de una vez empacadito aquí mismo!

Metido por completo en la última tumba que había cavado, Felipe recibió la primera cuota de patadas, puños y escupitajos que le dio uno de los viejos, mientras el otro miraba haciendo gestos de dolor por cada arremetida.

— No, no le pegue. Déjelo.

El viejo que nunca parpadeaba saltó al hoyo para ayudar a reincorporar a Felipe, le sacudió la ropa y lo miró lleno de ironía.

—Este lo que necesita es…

Felipe recibió del otro viejo un fuerte e inesperado cabezazo en la cara; pronto surcó su barbilla un delgado y espeso hilo de sangre.

—Dizque a salirnos de buscador de empleo…

Una palada de tierra cayó sobre el rostro de Felipe a modo de anuncio de la tregua.

—¡Vamos a darle otra oportunidad con la baraja!

—Ya les dije hace un rato que soy el nuevo sepulturero. Me pagan para cavar las tumbas.

—Los sepultureros aquí somos nosotros.

—¿Quién le prestó mi pala?

—Simplemente la vi tirada sobre un montón de tierra y la recogí. Y hasta donde yo sé, las palas son para cavar.

—Para acabarlo a usted es que la vamos a usar.

—Por favor… Tengan consideración. Necesito el trabajo. He pasado muchas hojas de vida pero aquí nada revienta, y ahora que por fin consigo algo, ustedes me quieren joder.

—Esto mejor nos lo jugamos a las cartas.

Los dos viejos se miraron por vez primera a los ojos. Serios. Se sentaron adentro de la tumba, recostados contra las paredes. De las manos del viejo que nunca parpadeaba apareció el trapo rojo y la baraja. El otro repartió el juego, mientras la tumba se cubría de ese silencio incómodo que presagia todo mal agüero, como recordando que el azar y la estúpida suerte hacen de los vivos la jaula predilecta para la burla eterna en el aquelarre de los muertos.

En la siguiente ronda, Felipe recibió una carta envenenada con el dardo certero del pasado: ¡el número siete, adornado por un costal lleno de carne y huesos picados, listo para ser arrojado a cualquier alcantarilla! Felipe se estremeció de pies a cabeza, como sacudido por una descarga de dos mil voltios, y al levantar la vista de la baraja, se encontró con el hombre que le había dado el trabajo de sepulturero.

—Hombre, Felipe, ¿y usted qué hace ahí metido? ¿Qué hace ahí como un güevón? ¿Para eso fue que me rogó que le diera el trabajo, para esconderse a jugar solo?

Felipe, presa del desamparo, no supo qué responder. Hubiera querido alegar en su defensa que había acabado de recibir varios golpes de parte de la muerte, pero las palabras se le estrellaron contra los dientes y rebotaron hacia su interior carentes de todo significado.

Vampihumafauniburus
Carolina Pérez, Iván René León, Alex Acevedo

(basado en una idea original de John Jairo Sarabia)

Del Animalejo Terco

¡Despertó! El exquisito olor de las galletas de avena alertó sus sentidos. Con sus orejas puntiagudas y largas dibujó un mapa sónico para hallar el tesoro que representaba esa bandeja de galletas humeantes. Sus alas colosales se estiraron en ademán de desperezarse, hasta hacer traquear su gordo y pequeño cuerpo. Maravillado por el dulce olor de las galletas, el bicho estaba dispuesto a salir disparado de esa cueva que permanecía siempre en tinieblas, pero recordó que ante todo era un animal social; en ésa, su plácida celda nocturna, vivían también sus cofrades. Bajó la mirada. Dudó.

A veces, cuando se hundía en el sueño, se olvidaba de todas las implicaciones de los lazos sociales, y su primer despertar siempre quedaba impregnado de una baba de libertad. Mientras duraba el sueño, nada significaba la responsabilidad de los afectos, nada tampoco la coerción de las normas, y nada tampoco la obligación de la solidaridad. Pero con la vigilia revivían los fantasmas y las cargas se hacían más pesadas. Quizás por eso su primer pensamiento del día lo dedicaba a un plan de escape que nunca terminaba de fraguar; tarde o temprano iba a suceder, tenía que romper las ataduras con el clan y empezar una nueva vida completamente autónoma.

Salió de la quietud filosófica impulsado por el apetito de las galletas recién horneadas; deseó con ansia clavar sus colmillos pequeños y punzantes en la blanda capa de chocolate que las recubría. Y se disponía ya a emprender el vuelo, cuando un chillido ensordecedor de uno de sus congéneres frustró su plan. Era un chillido de burla, risillas que lo atormentaban. Sus compañeros de piel oscura y elástica se amontonaron en grupitos con ágiles movimientos. Un coro de sarcasmo y hostilidad a su alrededor. La contraparte de las ventajas sociales. El lado oscuro de la virtud política. Aquel vampiro excepcional sabía que era el tema favorito de ellos, aunque poco le importaba. Desplegó sus alas, y tropezando con las paredes de la cueva, buscó por fin la salida, la luz del exterior.

Los rayos del sol dejaron ver su piel extraña, arrugada y blanca, completamente láctea. Era un vampiro albino cuya palidez extrema era el hazmerreír constante de los otros. Y para rematar, el color de su piel no era su único defecto, pues aparte caminaba de una forma extraña, con las patas muy abiertas, evocando quizás la elegancia clásica de los patos, o sencillamente como si fuera un caballero ilustre del reino de Frost.

Justo al pie de la cueva había una flor de Aranzú —ese loto gigante que florecía con pétalos tricolores, amarillo, azul y rojo, que medían más de dos metros—, en donde el bicho albino solía refrescarse cada mañana, pues esa era la otra diferencia con los de su género: nunca se complicó la vida robando la sangre de animales o humanos. Era más bien omnívoro, pero sobre todo glotón. Su apetito voraz lo impulsaba a diario a meterle los colmillos a lo primero que se le apareciera. Había probado las sopas de nabo y cubio que robaba de las aldeas, también el tabaco, también el papel, y desde luego había tenido pantagruélicos banquetes de bellota. Manjar para él eran las gotas de rocío, y sus favoritas eran las termitas como postre, claro, si no podía hallar comejenes. Cada cosa que podía percibir mediante su olfato le llamaba la atención, y si era susceptible de ser chupada, no lo dudaba y arremetía contra el objeto de su curiosidad. Incluso una vez pretendió morder el oro, lastimándose uno de sus colmillos; aprendió que hay cosas que no se dejan comer.

Luego de calmar su sed en la flor de Aranzú, el bicho voló en dirección sur, rumbo hacia esa bandeja de galletas de avena y chocolate que imaginaba reposando en cualquier cobertizo de la hondonada de Vers. Al tiempo que ejercitaba sus alas, volvía sus pensamientos a la otra gran preocupación de sus últimos treinta y seis años de vida: casarse, conseguir una pareja a la altura de sus expectativas. La verdad, el vampiro albino la tenía difícil, no sólo por su aspecto sui generis o su conducta un tanto excéntrica, sino también por las mismas exigencias que fijaba. En otras palabras, era exigente y terco. No le convencían las esclavas de piel tersa y rostro armonioso, tampoco las niñas inocentes de la aldea que observaba a escondidas tras las ramas, menos las mujeres con cuerpos definidos y a veces sudorosos. Las ancianas sólo le provocaban tristeza. Tampoco estaba interesado en seres mágicos, y ni pensar en las hembras de su especie, que ya eran raza en extinción y siempre se asustaban al verlo, cuando no soltaban una carcajada de desprecio.

Como de costumbre, pronto desistió de encontrar las galletas, y se conformó con unos bulbos fétidos que encontró a su paso. Y después, con la barriga inflada de tanta ingesta desgobernada, transitó el resto del día entre el campo espeso, picando por aquí y por allá, chupando de esto y lo otro. Era aventurero. Se escondía una y otra vez para que nadie lo divisara. Ya cerca del crepúsculo, el clima del reino de Frost mudó abruptamente; apareció un grupo de nubes negras que traía consigo un aguacero torrencial. Y el bicho, como por variar, ya tenía hambre otra vez, descontando el hecho de que no hacía mucho se había atragantado de huevos de Dons, esas aves medianas, con ojos saltones, que tenían sus nidos por debajo de la tierra.

A medida que la tormenta se fue acercando gota a gota, este patético vampiro empezó a sentir frío, cansancio, sueño, hasta que terminó por convencerse de que lo mejor sería buscar un refugio para su cuerpo gordinflón. Cuando la noche se impuso en toda su majestad, el bicho se hallaba en los inmensos jardines de un castillo, estilando y castañeando los dientes de frío. A doscientos metros, logró divisar con su corta vista un frondoso árbol en cuyas ramas se abrían cientos de flores blancas, diminutas; parecía un buen refugio. Corrió angustiado porque ya le dolían las gotas de agua sobre su piel. Respiraba vertiginosamente, y su pulso de dos corazones parecía reventar. Se agarró del tronco grueso del árbol para sostenerse. Su nariz percibió el delicado y apetitoso olor de la savia; era como un eco de otras delicias que lo llamaba. Aún sin estabilizarse, trepó y trepó, con más ganas que pericia, y al adentrarse entre las ramas, su estómago le clamó a gritos un pequeño mordisco.


Del Árbol Insatisfecho

El árbol se estremeció como si hubiera llegado el momento esperado por siglos. Hasta entonces su historia arbórea se había caracterizado por la modestia y la meditación trascendental. Aspiraba a un nirvana en el que cada hoja de sus ramas alcanzara la suculenta paz de no desear la luz. Pero al mismo tiempo, no le satisfacía esta aspiración oriental, y tendía a imaginarse móvil, deseante, humano, demasiado humano.

Con el arribo del vampiro a sus instalaciones, con el mordisco que le propinó, todos los fermentos, musgos y líquenes producto espontáneo de su inmovilidad y su ceguera explotaron igual que un globo lleno de pedos. La corteza empezó a encogerse, a cambiar de color, a suavizarse, a llenarse de poros. Las hojas que lo hacían frondoso cayeron hasta dejarlo desnudo, de una de sus ramas salieron despedidos por el aire los polluelos que allí anidaban. Sus entrañas leñosas fueron tomando la forma flexible de los músculos, la rigidez harinosa de los huesos, y los conductos que transportaban la savia se transformaron en venas y arterias con sangre caliente, burbujeante. El árbol que permaneció inmóvil por tanto tiempo, en perpetua contemplación de sus propias falencias y la imponderable desproporción de sus aspiraciones, adquirió de repente las líneas de un cuerpo humano joven; un ser capaz de moverse con autonomía. La memoria guardada en los surcos de su tronco se replegó hacía la cabeza conformando parte del cerebro; de la madera más íntima y tierna se formó el cerebelo. Entonces, donde antes sólo se producían pensamientos vegetales y melancolía estática, ahora brotaban a mares conceptos, ideas, abstracciones, desbalances hormonales, ganas de amar.

Así, no tardó en aparecer por su mente la imagen de aquella mujer que quizás había sido la causante de la transmutación. Era una dama triste pero definitiva, lo que casi la hacía equivalente a las lejanas estrellas de cine. Además, aquella mujer expelía un aroma particular, lujurioso, una mezcla perfectamente coherente de pino, anamú y limonaria, y por si fuera poco sabía cantar a la perfección; pasaba horas enteras sentada sobre sus ramas entonando arias melancólicas.

Y de la misma manera fugaz en que sus pelos radiculares se trocaron en vellosidad púbica, y a su vez sus células vegetales se cambiaron por leucocitos y glóbulos rojos, así también le llegó al árbol, muy rápido, la primera conclusión de su cerebro recién estrenado: el recuerdo del aroma de la mujer, de su voz entonando canciones pastoriles, pronto dio lugar a la erección; su miembro de la generación se hinchó con soberbia, vehemente.

Total que el árbol confió su pasos al olfato, apurado por las urgencias que nacían en su bajo vientre, y siguió un sendero iluminado por un rayo de luna, de piedra en piedra, hasta llegar a la puerta de la torre en donde tenía sus habitaciones esa dama fragante, cantante, y para colmo, duquesa de Frost.


De la Duquesa Solitaria

La habitación de la duquesa era en extremo candorosa, cursi, infantil. Pesadas estanterías adosadas sostenían muñecos de todas las especies, colores y tamaños: osos, leones, papagayos, palmeras, quesos, soldados, planetas, hogazas de pan, castores, sapos, equilibristas y funámbulos. Decenas de almohadas rosadas cubrían el suelo e invitaban a saltar y jugar a ahogarse en el océano mullido, el mar del romanticismo. Un papel tapiz con escenas del Mago de Oz cubría las paredes y combinaba de manera primorosa con las cortinas multicolores. A juzgar por la decoración del recinto, cualquiera podría pensar que la duquesa no contaba más de nueve años de vida, y a lo mejor sería una niña de graciosos rizos del color del sol, vestida siempre con finas batas de organdí, y dueña de un rostro carnoso, sonrosado.

Aquella niña debía reposar su cuerpo de ángel sobre la cama que ocupaba el espacio central de la habitación. Una cama de cedro con hermosos pilares tallados a mano, que sostenían velos en extremo sutiles, traslúcidos.

Y sin embargo, una niña así de primaveral no podía diseminar la fragancia que despertó la lascivia del árbol; una ricitos de oro prototípica tendría que oler a chicle, a brillo labial de fresa, o si no a un neutro perfume de vidrio y agua de manzanilla. Conque la incoherencia entre la decoración de su pieza y el aroma orgiástico que despedía se resolvió por vía administrativa; es decir, al llegar al borde del lecho, el árbol dio con una mujer hecha y derecha, que dormía bajo una muralla de cobijas y de cuyo cuerpo en consecuencia poco se podía adelantar. Apenas sus dos flacas manos se asomaban al extremo del edredón, como garfios, como garras de un ave exótica, delirante.

Pasados apenas unos pocos instantes, un sobresalto en su sueño le permitió al árbol apreciar el horrible rostro de la duquesa. Salió de su tumba de cobijas esgrimiendo una mueca avinagrada, ostentando un ridículo gorro de dormir.

Pero ya se sabe que los árboles no aspiran a poseer la perfección, y por el contrario suelen conformarse con poco. Sus ideales estéticos son extremadamente modestos, y es por eso que abundan en las selvas y atraen la lluvia.

En fin, la duquesa de Frost era flaca esquelética, puro hueso apenas apto para un caldo; carecía de cualquier atributo físico que pudiera darle la esperanza de llegar a ser amada. Un juete, un canasto de pies a cabeza. Sólo durante sus estancias en el jardín, cuando cantaba escondida entre las ramas del árbol, la duquesa inspiraba un sentimiento noble. Y teniendo en cuenta que el mundo que la rodeaba era el imperio de la vanidad, un Frostywood abigarrado de silicona, botox y grasas estilizadas, ella solía refugiarse en los recuerdos de su niñez. Por lo mismo, más que vivir, vegetaba, y quizás esto bastó para atraer al árbol.

De manera que, al cabo de esa contemplación extática de la durmiente, el árbol estaba que se reventaba. Poseído hasta la raíz por la lujuria, no veía en la duquesa la flacidez de la poca carne, sino que aspiraba una y otra vez esa mezcla infernal de pino, anamú y limonaria. La recordaba encima de sus ramas, cuando sus piernas desnudas le rozaban la corteza para acomodarse o bajarse de él, y se le iban las luces de tanta pasión refrenada.

Sus manos se tensaron. Sobre sus brazos los músculos sobresalieron y algunas venas ensancharon su cauce. Sin medir consecuencias se abalanzó sobre la durmiente con un miembro impresionante, duro y fervoroso, húmedo y caliente, un tizón todo hecho de pálpitos. Tras el asalto, la duquesa despertó aterrada y profirió un aullido de auxilio que, en verdad, quedó sólo a medias, pues pronto tomó consciencia de esta fantástica oportunidad que se le presentaba para dejar atrás la ignorancia acerca de la íntima naturaleza masculina. Tenía por fin un hombre tan cerca como siempre lo había soñado, un hombre que de un zarpazo le rasgó el camisón y le separó las piernas con la urgencia que exhiben las bestias bajo la necesidad de favorecer la supervivencia de su especie por medio de la cópula. Fue entonces cuando esa expresión de miedo cambió y una sonrisa de dientes descarrilados se asomó por su boca torcida, aderezando su rostro con arrugas en cada espacio. Era su ocasión, la oportunidad de su vida, la que nunca se volvería a repetir.

Sus manos se movieron veloces sobre el pecho del árbol. Lo recorrió voraz hasta en los espacios que él mismo no se había descubierto. Su boca, su lengua, parecían querer saciar de golpe el hambre de hombre que la consumía, que llevaba represada como una maldición. Moretones de mordiscos comenzaron a aparecer sobre la piel del árbol, y pequeños hilos de sangre recorrieron sus costados. Intentando zafarse de la duquesa, con la convicción de que sus ímpetus pasionales lindaban ya con las prácticas de aquel marqués remoto, el árbol la empujó de los hombros hacia abajo, pero ella interpretó este movimiento como una invitación a las delicias del amor oral. Nuevos umbrales de dolor colmaron al árbol, y enardecido se abalanzó sobre el cuello de la duquesa ostentado dos enormes colmillos en su boca.

La herida y el orgasmo fueron un solo acontecimiento en la duquesa. Ramalazos de placer desordenaron sus cabellos y torcieron su rostro que empezó a palidecer bajo la succión desaforada del árbol. Y cuando pareció que ya estaba ahíta, que ya no podía estremecerse más sin perder el sentido, la duquesa separó de su cuello al árbol y se puso en pie con la intención de contemplarse en el espejo de su chifonier. A causa de la debilidad por el exceso de amor, la mujer trastabilló y fue a dar contra una de las esquinas de la chimenea. Se reincorporó luciendo una mínima herida en la frente, de donde brotó un hilo carmesí espeso que surcó sus mejillas sonrosadas. Aferrada con sus manos a la chimenea para evitar caer de nuevo, sonrió plena, dichosa, plenipotenciaria, enajenada, más flaca que nunca. Ahora que conocía el verdadero placer del cuerpo, le costaba trabajo retornar a la realidad, y aunque se encontraba exhausta, quería más, un poquito más, el último.

Presa del pánico ante lo que ciertamente vaticinó como una nueva arremetida de la ninfómana, el árbol saltó fuera del lecho y se dispuso a ofrecer resistencia. Entonces, de golpe, la duquesa sufrió un ataque convulsivo. Cayó tendida sobre la alfombra de cojines rosados, y allí se sacudió como si le estuvieran aplicando electrochoques. De sus senos mínimos y gelatinosos brotaron dos chorros de luz directo a los ojos del árbol, y enceguecido por completo, no pudo contemplar la transformación de la duquesa escuálida en ceiba preciosa, robusta, enorme. Apenas escuchaba truenos como de juicio final, ventanas que se rompían, pisos que se abrían, tierra que lo engullía. Al recobrar la vista, se halló sepultado, atrapado en la raíz de la duquesa, cubierto de una gruesa baba, estrenando su nueva forma de lombriz, inesperadamente hermafrodita.

La Pestilente Flor de los Desencuentros

Como suele ocurrir a diario, el tiempo resultó victorioso. Nadie volvió a frecuentar las ruinas del castillo, y pronto la manigua ocultó lo poco que había logrado sobrevivir a la intemperie. Los habitantes de Frost, cortos de memoria cuando les conviene, no tardaron en olvidar a su huesuda duquesa. Tampoco les causó gran preocupación la pestilencia que brotó de la fronda donde antes se extendían los jardines de la dama. Al parecer, el hedor provenía de la bellísima flor morada de la ceiba. Los pocos aventureros que se animaban a excursionar por el paraje, la mayoría en escapadas románticas y para rehuir la monotonía de los moteles o las residencias, solían llegar a la conclusión de que había una contradicción entre la belleza de la flor, con sus pétalos de violeta y blanco en perfecta armonía, con su pistilo prominente y enhiesto, y de otro lado el mal olor que expelía, un revuelto como a carne podrida, leche agria, mortecina y sardinas pasadas. Sólo un visitante ocasional, desprevenido, desorientado, sabía encontrar delicia en aquella flor. Parecía un murciélago, sólo que blanco, atolondrado y eminentemente albino. En fin, nada más se sabe. A veces todo es tan incierto…

PACTO DE SANGRE
(Basado en un texto de Mario Benedetti)

Roberti Edinson Vargas, Susan Lorena Higuera

A esta altura ya nadie me nombra por mi nombre: Octavio. Todos me llaman abuelo. Incluida mi propia hija. Cuando uno tiene, como yo, ochenta y cuatro años, qué más puede pedir. No pido nada. Fui y sigo siendo orgulloso. Sin embargo, hace ya algunos años que me he acostumbrado a estar en la mecedora o en la cama.

No hablo. Los demás creen que no puedo hablar, incluso el médico lo cree. Pero yo puedo hablar. Hablo por la noche, monologo, naturalmente que en voz muy baja, para que no me oigan. Hablo nada más que para asegurarme de que puedo. Total, ¿para qué? Afortunadamente, puedo ir al baño por mí mismo, sin ayuda.

Ayer, mi nieto entró con prisa a mi habitación.

-¿Has visto mi triciclo abuelo?

Mi hija le contestó enojada desde la cocina: -Octavio, no importunes al viejo, ¿se te olvida que él no oye y por lo mismo no puede responder?

La premura de mi nieto logró sacarme de mis pensamientos cada vez más apartados. Al escuchar a Luisa pienso en lo estúpida que fue. Siempre me vio como un objeto desapercibido. Es tan vacía que no imagina el calibre de mis entrevistas secretas con Octavio, tanto así es, que cuando reprendió al niño por su insolencia, los dos sonreímos llenos de complicidad. El pacto de cuentos sólo para sus oídos fue el inicio de tantas invenciones, más o menos como días tiene su vida. Ahora no sé de donde me salieron. Le gustaban tanto, sobre todo al inicio. Bajó la guardia cuando entró en la adolescencia y aunque se alejó unos meses, lo esperé pacientemente con repertorios renovados.

Mi hija de cuarenta años, que en su cuerpo parecen una década más, sigue con su cerebro atascado en la adolescencia; no concibe que el tiempo es infalible, y que sus manos se verán tan arrugadas como las mías, más pronto de lo que imagina. Lo único bello y alegre que siempre encontré en ella, fue al haber parido a mi nieto Octavio. Es inevitable que hasta el más mínimo gesto de Luisa me recuerde a su madre, como si mi condena de silencio no fuese suficiente, estoy obligado a recordar a esa señora cuya relación me dejó sólo sinsabores.

En la penumbra de esta habitación, pienso que este mutismo voluntario comenzó en el preciso momento en que nació Luisa. Allí, la voz autoritaria de la parturienta, se encargó de silenciar mis pensamientos poco a poco. -¡Alcánceme el biberón! ¡Está frío! ¡Traiga la cobija! ¡La niña está llorando! ¡Haga algo, inútil! Allí empezó a gestarse la versión definitiva de la mujer con quien me casé; sus palabras de afecto se desnudaron en una lengua letal, sus claros ojos mudaron en miradas de furia, sus senos de torneada Venus de mármol, se convirtieron en dos flácidas bolsas de leche a las que pocas veces pude volver a mirar y menos, tocar; sus piernas largas que al sentarse despertaban en cualquiera los pensamientos más lujuriosos, tomaron la apariencia deforme de una sucia enredadera. Ni en los instantes más íntimos lograba verla por un segundo, mis sesos recurrían a mujeres imaginarias, extraídas del vecindario, de la oficina, de las revistas, e incluso, de muchachas que tomaban el autobús en la mañana con sus cabellos mojados aún.

Sé bien que del mismo modo, ella apelaba a esos espejismos eróticos para satisfacer nos sexualmente. Son testigos nuestros ojos cerrados y la luz constantemente apagada. El sexo de cualquier hora del día y en cualquier lugar de la casa, se tornó exclusividad de noches esporádicas y de la lúgubre cama; no niego mi cuota de responsabilidad, mi cuerpo sufrió las inclemencias del tiempo y de un sedentarismo obsesivo, en largas jornadas en el sillón, despreocupado del mundo, ese mundo suyo, ese mundo mío, ese mundo de todos y que a ratos detesto.

Miro atrás y veo un desierto. Mi proyecto joven e idealista propuso trasformar el mundo y tener una vejez sabia y libre de culpas. Ahora sé que no he tenido un minuto de tranquilidad, menos ahora, cuando mi rostro en el espejo, está ajado, triste, inmóvil y mudo. Mi vida desperdiciada, durmiendo difusos años en este lecho, con una mujer a quien no amé, trabajando la mitad de mi existencia por metas ajenas; día tras días le madrugué a la monotonía, frente a una inerte máquina. Di mi sagaz juventud a causas que ha hicieron de mí, un anciano solitario y obtuso. Y lo pero de todo, quizá por culpa mía, mis hijos tampoco han logrado encontrar la felicidad. No me importa, excepto que la vida de Octavio no sea al final una copia barata de la de Luisa y de la mía.

Pero lo más importante que he hecho, son los cuentos para Octavio. Fue mí único pasatiempo; a diario me figuraba grandes historias, que entre líneas, únicamente tenían mis frustraciones, pero que significaron para él, una especie de traducción de las mil y una noches. Pero hoy, a mis ochenta y cuatro años, ya no le quedan mil noches ni cuentos ni un Octavio que le dé su dulce atención a un anciano al que el resto del mundo cree mudo.

Fue apenas ayer cuando entró mi nieto inquieto por su triciclo. Total, el trabajo de los abuelos contarle cuentos a los niños y arreglar sus juguetes y triciclos. Apenas ayer, y al día de hoy, han pasado todos los años de su niñez completa y su primera juventud; el tiempo equivalente que envejeció en mí lo ya viejo. Desde que supo que le aprobaron la beca de estudios literarios en Washintong, no ha dejado de visitarme puntualmente. Entra a mi habitación a cumplir el ritual de cada noche, le echa cerrojo a la puerta, compone las cobijas de mi cama, se sienta a mi lado a oírme las exageraciones que mi cabeza loca ya no hila.

Hoy vino a despedirse, y aunque me hizo prometer que lo esperaría, ambos sabemos que mi cuerpo no aguanta más esta cama, ni este silencio y el repertorio que acabó.

Ahora tengo ganas de irme, llevándome todo ese mundo que tengo en mi cabeza y los diez o doce cuentos que ya tenía preparados para Octavio, mi nieto. No voy a suicidarme (¿con qué?), pero no hay nada más seguro que querer morir. Eso siempre lo supe. Uno muere cuando realmente quiere morir. Será mañana o pasado. No mucho más. Nadie lo sabrá. Ni el médico (¿acaso se dio cuenta alguna vez de que yo podía hablar?) ni el enfermero ni Teresita ni Aldo. Sólo se darán cuenta cuando falten cinco minutos. A lo mejor Teresita dice entonces papá, pero ya será tarde. Y yo en cambio no diré chau, apenas adiosito con la última mirada. No diré ni chau, para que alguna vez se entere Octavio, mi nieto, de que ni siquiera en ese instante peliagudo violé nuestro pacto de sangre. Y me iré con mis cuentos a otra parte. O a ninguna.

LLAMADA NOCTURNA
(Basado en un texto de Ray Bradbury)

Luis Fernando, Pedro Francisco, Orlando Barón

No sabía qué le recordaba el viejo poema, pero allí estaba:

“Supongamos, supongamos y supongamos, que los cables en los
postes del teléfono se empapen de las palabras escuchadas todas
las noches, conservando el sentido y el significado de todo.”

Se detuvo. ¿Qué seguía? Ah, sí...

Barton saltó de su silla como si tuviera miedo de un perro, llego hasta el teléfono lleno de cables y botones que replicaba desesperadamente. Primero puso las manos sobre la mesa y halló un poco de respiro, vio a través de la ventana esa luna tan brillante como los ojos de una mujer enamorada, le pareció encontrarla tan expresiva como un libro con sus paginas al viento, cómo si sus hojas fuesen arrojadas al viento desde un décimo piso.

Barton tomó la bocina y contestó. Se llevo una gran sorpresa al notar que la voz del otro lado era muy conocida, al oírla su cuerpo y su alma se hicieron jóvenes. Sintió que el tiempo era barrido con una escoba muy suave y que quien lo hacía eran las manos de su madre...

...cada mañana, Barton salía muy temprano de su refugio, seguía la línea de postes que se extendía por el desierto e iba instalando en cada uno algún receptor o teléfono. Algunos días sólo se cargaba de teléfonos y los instalaba de manera metódica en cada poste. El procedimiento, por lo demás, era bastante sencillo: primero arrojaba una cuerda a lo más alto y una vez se aseguraba que el poste resistiría su peso empezaba a subir lentamente. Al llegar a la cúspide se quedaba mirando el horizonte rojo y solitario y luego, casi mecánicamente, empezaba a instalar el teléfono; siempre ejecutaba una pequeña variante respecto al último aparato instalado y así iba creando una serie que su imaginación iba recordando y modificando. Con los receptores operaba igual. Llegó a especializarse a tal punto en su oficio de instalador que los días pares sólo instalaba teléfonos y los impares sólo los receptores; para su sorpresa descubrió que hasta entonces no había reparado en cuales son los días pares de la semana y cuáles son los impares. Pensó en el domingo como el último día de la semana y no como el primero, así que el lunes se convirtió en el primer impar y el domingo en el último. Una vez instalados los artefactos, dejaba un registro de su voz, de manera que pareciera una conversación infinita entre sus diferentes yos. Luego se aseguraba que los aparatos quedaran conectados y que al accionarlos sólo se oyera una voz suya pero distinta. Por eso, aquella noche, al sonar el último teléfono, no le sorprendió que fuera un Barton lejano quien lo llamara. La sorpresa fue descubrir que aquel Barton lejano estuviera hablando de las cosas que habían ocurrido justo aquel mismo día...

A la mañana siguiente el viejo Barton decide no instalar ni uno sólo de los aparatos, a cambio decide destruirlos todos. Camino a su taller, dónde emprenderá el genocidio de los aparatos, el viejo Barton piensa: "Es inoficioso, para destruir uno sólo de estos cacharros he de tener vocación de matarife, he de asesinar el futuro y la esperanza, no lo puedo hacer."

Al llegar a su taller repasa cada uno de los códigos que ha inventado para cada aparato:

Darlin, quer, mertin, postat, underprechin, tastashe, corritun, ël.

Con estas combinaciones ha ingeniado un sistema para llamarse así mismo eternamente.

"Barton... Barton... Barton... tienes la forma para terminar con el padecimiento y sin embargo vagas guardando la ilusión pasajera y lastimera de algo que no sucederá."

Esa era la situación. La dependencia a un sistema que él mismo había creado y que ahora como perro de siete cabezas le estremecía los oídos.

...Hoy será. Son las cuatro mil trescientas horas de mañana, o sea, de hoy: Con el primer abrir de ojos, Barton se anima guardando la esperanza que hoy sea el día. Debajo de su almohada pegada con hilos de cobre Barton guarda su libreta de códigos. Antes de dejarla la contempla como el niño que guarda la esperanza de encontrar reparado el automóvil de pilas que se ha descompuesto.

Sigue aguardando la bendita llamada.

Son las seis mil trescientas horas de mañana, o sea, de hoy y no entra una mísera llamada. Cayendo el día, entrando la noche, sin esperanza por el reencuentro con la tierra, de repente uno de los teléfonos —sembrado en la única flor que ha podido cultivar en Marte— suena, replica, se anuncia. El viejo Barton con sus ochenta años se lanza hacia el teléfono, está temblando, las cuerdas del tendido que él ha construido de poste en poste tiemblan menos.

—Soy Barton, él de la Tierra, ¿quién habla... quién habla... quién habla...?

—Esperamos no haber alterado su descanso, señor Barton, le hablamos desde la Tierra. En estos momentos debe estar apareciendo a la altura de su norte, una cápsula con la bandera de su país, en ella se ha dispuesto un equipo de personas altamente entrenado y adiestrado para ejecutar el rescate humanitario que le dimos a conocer hace sesenta años. Señor Barton, es para nosotros un honor suministrar a uno de nuestros compatriotas la seguridad necesaria, tenga calma en momentos regresará a su patria.

Barton sonríe por primera vez en sesenta años. Como regalo para Marte, Barton se despoja de sus prendas color azul, el único color de que carece el hermoso planeta. Todo el planeta se estremece cuando al unísono todos los teléfonos replican, el viejo Barton lo entiende como parte de la fiesta por su rescate. Antes de que aparezca la cápsula decide contestar por ultima vez en Marte. Del teléfono se desprende una vocecita aguda y más bien estúpida.

—Señor Barton, ¿ve la cápsula?

—No, todavía no la veo.

—Señor Barton nunca va a aparecer, ni lo crea, esta es una de las grabaciones hechas por usted en el transcurso de su vida. Hoy precisamente cumplo 26 años, feliz día.

—¡Felicítame, Barton, hoy cumplo veintiséis años!

—¡Felicitaciones!

Las dos voces cantaron juntas al saludo de cumpleaños y la canción voló por la ventana, débil, débilmente en la ciudad muerta.

EL HORLA
(Basado en un texto de Guy de Maupassant)

Angélica Velásquez, Marta Soto

8 de mayo.

¡Qué hermoso día! He pasado toda la mañana tendido sobre la hierba, delante de mi casa, bajo el enorme plátano que la cubre, la resguarda y le da sombra. Adoro esta región, y me gusta vivir aquí porque he echado raíces aquí, esas raíces profundas y delicadas que unen al hombre con la tierra donde nacieron y murieron sus abuelos, esas raíces que lo unen a lo que se piensa y a lo que se come, a las costumbres como a los alimentos, a los modismos regionales, a la forma de hablar de sus habitantes, a los perfumes de la tierra, de las aldeas y del aire mismo.

10 de mayo.

Hoy no he querido salir de mi cuarto. He cambiado el aroma de las flores que despiertan a un nuevo día cargadas de goticas de rocío por el calor de mis cobijas. No he tenido la intención de abrir mi ventana, y a cambio le he pedido (CONCORDANCIA DE TIEMPOS) a Tomasia que corra mis cortinas. A medida que la seda se desliza desnudando el paisaje, el asombro me golpea la cabeza: el enorme plátano, esa planta de verde vivo y brillante ayer tendía sus hojas enérgicamente al cielo, pero hoy bajan como aplastadas por la tristeza. Me conozco, sé que cualquier cambio en el paisaje redundará en mi estado de ánimo, y por esto he preferido cerrar mis cortinas, tenderme en la cama con la vista clavada al techo, esperando que esta suave lluvia cese y mi paisaje nuevamente sonría bajo el sol.

15 de mayo

Ahora me hago consciente de que la entrada del verano llegó cargada de nostalgia. Por más que no quiera, tendré que mantenerme resguardado mientras la naturaleza se transforma allá afuera. Las ramas quedan indefensas contra el viento, que no escatima fuerzas para batirlas, arrebatándoles hasta la ultima hoja; los copos y los tejados se empiezan a llenar de nieve y la neblina empaña las ventanas. Mis fuerzas se han mermado y los pasos que recorro por la casa se me antojan pesados y dolorosos. La llegada de este invierno viene acompañada de un ligero malestar que nace en mi medula ósea y divaga hasta mis extremidades. La opaca neblina insiste en entrar por los pequeños orificios del tejado; una invasora más que mi soledad permite. He intentado escapar de este triste encierro al que he tenido que abandonarme por todos los métodos posibles.

Mi paladar se ha acostumbrado tanto a los alimentos de Tomasia, que no distingo entre un guiso de carnes frescas, una torta de frutas o cualquier crema que se le antoje prepararme. A causa de esto mi apetito ha disminuido notoriamente y mis fuerzas responden a esta restricción calórica.

19 de julio

Hoy siento sobre mi espalda el peso de un costal de achaques que me aplasta. A duras penas puedo desplazarme por la casa. Sin fuerzas arrastro las chancletas rumbo a un baño al que hace mucho tiempo no entra la luz; específicamente desde que empezaron a aparecer las ronchas en mi cuerpo esquelético. Por fin tuve que ceder a la insistencia de Tomasia para que recibiera la visita del Doctor…

—Tosa —dijo—. Así... Humm... Otra vez.

El doctor busca entre mis orejas, bajo mis párpados o mi lengua, pero nada parece indicarle que ahí está, que la siento. Es una fuerza que me invade, es un aura maligna que me envuelve y solo yo la veo. Es una sombra que me acecha, penetra en mis células y las marchita.

Fueron infructuosos sus bebedizos; no me han producido ni el más leve efecto. Con el paso de los días mi estado de salud empeora. Esta extraña e insoportable presencia crece dentro de mí; es un volcán que se sabe estallará. Sólo pido que sea rápido, cuanto antes mejor, pues esta amarga compañía, esta fuerza invisible me tiene totalmente dominado.

El polvo me invade los pulmones haciendo una parodia interna de mis dolores, llenando las sonrisas de antes, ahora, en acostumbrados calambres, retorciendo las picadas enconadas en mis intensiones

18 de agosto

Los días son interminables. El frío sigue violando mis paredes y es más intenso aun. Tomasia es una mujer de pocas palabras y vive apertrechada bajo el calor de la estufa. Pero no estamos solos. He tenido una sensación extraña últimamente: siento una presencia que ansía hacer parte de mi día; la siento rondando a mi alrededor, como un asesino al acecho. He caminado con ella, cuando tiene ganas de caminar, y me acompaña en las tardes a tomar un café caliente; en las noches se acuesta a mi lado, algunas veces hasta he tenido que compartir mis cobijas con ella… y siempre le pido el favor de que sonría por mí, puesto que yo no puedo hacerlo. Ahora estoy tan triste, que no puedo.

1 de septiembre.

Mi memoria ha empezado a fallar: no recuerdo con exactitud cuántos días llevo sin bañarme. Con gran esfuerzo me levanto de la cama, me apoyo en las paredes, logro llegar al cuarto de baño, levanto mi mirada frente al espejo y lo encuentro implacable; no miente, y a duras penas me reconozco, soy una sombra, y si se puede decir, un despojo humano. Mi larga cabellera y la pegajosa barba se agarran de una fisonomía huesuda y marchita. Mis largas uñas que hace tiempo no limo, se me enredan fácilmente con los objetos que deseo alcanzar. Además, a mi ruinosa imagen se suma que se me han caído tres dientes, dos superiores y uno inferior. La presencia que me acompaña ríe sin mostrarme los dientes, escucho sus carcajadas sin sonidos, la insolencia de su maltrato acompaña los minutos que suman horas y me quitan lentamente vida.

15 de septiembre.

Soy objeto de burla de esta fuerza maldita, de esta sombra que entra en mi cuerpo y se desplaza juguetona por todas mis partes. He decidido darle nombre: el Horla. Si he de vivir con alguien, tengo que saber cómo llamarle. Muchas veces he querido arrancarlo de mi cuerpo propinándome fuertes arañazos que me desfiguran la cara. El se ríe desplazándose como una mancha por todo mi cuerpo, lo persigo y parece gozar mucho que le busque con mis manos y le grite con pensamientos desgarrados. Cuando me siento cansado de perseguirle a golpes, se detiene en mi pecho imponiéndome fuertes palpitaciones.

20 de septiembre.

El Horla ha estado conmigo toda la mañana. Se desplaza por mi cuerpo caprichosamente, proporcionándome punzones y desgarros, ¡pero me he dado cuenta de algo! Cuando él me cree dormido, se apacigua y se posa en una parte de mi cuerpo como un animal al acecho, esperando que la víctima despierte para atacar de nuevo; me espera, vela por mí.

Este descubrimiento me trae una leve esperanza de victoria. Tal vez un día cualquiera, él duerma también y pueda yo escapar de su insistente presencia. La estrategia es sencilla pero dolorosa; aguantaré sus repetidas agresiones y por momentos me haré el dormido esperando que se pose en un sitio estratégico; tiene que ser en una pierna o en un brazo. Cuando esto suceda, el filo de mi sable que espera bajo la almohada estará dispuesto a amputar el miembro habitado por el Horla. Sea como sea, después de mutilarme tendré que asegurar mi triunfo, la extremidad será calcinada mientras el Horla siga atrapado en ella.

30 de octubre.

El plan parece haber sido un éxito, lentamente me recupero de mi amputación, el muñón cicatriza lentamente pero seguro. La que no parece en proceso de recuperación es Tomasia, que después de ver cómo me arrastraba llevando mi pierna mutilada entre mis brazos, hasta la parte posterior de la casa donde todo estaba listo para incinerarla, sufrió un ataque de nerviosismo que le alteró visiblemente. Aún hoy, después de casi dos meses de ocurrido el incidente, me asombra verla. La última vez que decidí entrar a su cuarto fue hace 5 días. Camine despacio y sigiloso hasta pegar mi oreja a su puerta. Desde allí pude escuchar los quejidos y lamentos desprendidos desde lo más hondo de su garganta. ¡Y cuál no sería mi asombro, mi gran sorpresa, al identificar claramente dos clamores diferentes, como si hubiera dos agonizantes en el cuarto! Sin vacilar aunque con un profundo terror, abrí la puerta y encontré a la mujer revolcándose en su lecho. Desde el umbral distinguí su piel destrozada por sus propias uñas, su cabello desordenado sobre el rostro esquelético, babeante y sudoroso. Todos estos signos me sirvieron para identificarlo. ¡Era él, el Horla! El Horla, que sigue vivo dentro del cuerpo de Tomasia, matándola lentamente y a la espera de irrumpir de nuevo sobre mí.

Ahora tendré que idear un nuevo y presuroso plan.

¿Matar a Tomasia? ¡No! No funcionaría. Esto sería facilitarle al Horla un pronto regreso a mi cuerpo. ¿Tal vez, incendiando toda la casa? ¡No! Esto equivaldría a exponer a los hombres que vengan en nuestro auxilio. ¿Acabar con la vida de Tomasia y después con la mía? ¿Exponer nuestros cuerpos a una tortura agonizante o propinar un golpe fulminante? En fin… ¿qué puede ser peor? ¿La agonía de vivir invadido por él o la destrucción prematura? ¡Todo el temor de la humanidad procede de ella! Después del hombre, el Horla. Después de aquel que puede morir todos los días, a cualquier hora, en cualquier minuto, en cualquier accidente, ha llegado aquel que morirá solamente un día determinado en una hora determinada y en un minuto determinado, al llegar al límite de su vida.

No... no... no hay duda, no hay duda... no ha muerto... entonces, tendré que suicidarme...

LA MURCIELAGOSIS
(Basado en un texto de Julio Arenas)

Iván René León, John Jairo Sarabia, Carolina Pérez

A diferencia de Gregorio, desperté siendo murciélago. Lo supe porque al abrir los ojos, hace dos minutos, luchaba aún medio dormido por desterrar mis dientes de tu cuello. Ahora todo está rojo de sangre y no me acuerdo de nada

Te veo a mi lado, y si no fuera por tus heridas, pensaría que todavía duermes. Aún en mi embotamiento intento descifrar los rastros sobre las sábanas que llegan hasta mis manos, mis manos que ya no parecen las mismas. En medio de la sangre seca enormes pelos gruesos parecen haberse incrustado en mi piel.

La sed recorre las entrañas de mi garganta, y aquella sangre maloliente que se cuela a mi nariz ya no me parece un plato apetecido. Entonces, intento levantarme, recorro el mar de sangre bordeando tu bello cuerpo, y veo tras de mí unas huellas detestables de tres dedos que hacen tambalear mi pesado cuerpo.

Aún trastornado, y con los ojos enmarañados de lágrimas viejas y razones perdidas, reconozco dentro de las penumbras de la habitación las notas musicales que surgen del viejo tocadiscos; parece como si hubiese dado vueltas toda la noche, repitiendo la misma canción, esa melodía suave, con voz triste, que acompaña la nostalgia de un pasado que no recuerdo.

Cuando intento mantener el equilibrio con mis débiles patas, tropiezo con un viejo mueble que se encuentra derrumbado en medio de la habitación. La fotografía donde estamos tú y yo abrazados, sonriendo, tiene los cristales rotos, esparcidos por el suelo. Trato de succionar recuerdos de aquél retrato, pero cuando lo levanto con mis largos y finos dedos, la imagen se desagarra como lo han hecho todos.

Ahora pienso que puedo rearmar la historia. Tantos objetos en desorden, esos platos sobre la mesa, la cena a medio probar, los cubiertos incompletos –falta un cuchillo-, el florero con el agua derramada, y los pétalos abandonados sobre el tapete, procuran darme piezas de un rompecabezas que desconozco.

Veo tus párpados cerrados que insinúan silenciosos el sueño incipiente. ¡Ay mi vida, no entiendo qué pasó! Voy al baño en busca del agua que calmará mi angustia. Mis pupilas se agigantan al verme frente al espejo roto, pues asombrado encuentro mi piel elástica y oscura, cuerpo de animal nocturno, con dientes sobresalientes.

Amor, ¿habré entrado en el terreno de la locura? No sé qué ha pasado. No recuerdo pociones en la cena, o una bruja que me haya regalado una maldición. Mi mente es un mar enredado de supuestos que sólo me llevan a laberintos más confusos.

Repica el teléfono al fondo de la habitación. Logro llegar a él ágilmente pese a mis torpes movimientos, pero mi mirada se desvía antes de contestar la llamada: una carta al lado del teléfono me habla. Letras desconocidas: “Amor...¿cuándo nos permitirán estar juntos?...”. Y entonces, se apodera de mí aquella furia tan familiar que me hace creer que ya la he sentido antes.

El llamado apremiante a la puerta me arranca de las miles de posibilidades que construyo sin dar con una lógica que me satisfaga. Salgo al encuentro con tu cuerpo desnudo y rojo. Miro hacia la puerta donde retumban fuertes golpes, ahora, acompañados de gritos.

Mis puntiagudas y grandes orejas perciben todo a mi alrededor, murmullos lejanos, curiosas voces traspasan el cristal de la ventana aterrizando en su interior.

Es la policía, se habrán enterado. Veo la ventana como mi única salida. No me gustan las alturas.

Me tocó volar sin ensayar, pero no te preocupes: no me pasará nada, ya verás. Estas cosas ni siquiera hay que aprenderlas, al contacto con el viento, sin usar siquiera mi voluntad, se extenderán mis alas, y podré flotar en el aire como una paloma pequeña y tranquila. Acá vienen, y yo me voy. Tal vez sientas frío si abro la ventana, pero debo hacerlo. Todo saldrá bien, ya verás. ¡Uff! Aquí estoy, parado y feliz en mi ventana, como un pájaro divino. Como un murciélago. ¡Dios, esto es alto! Allá voy; a ver...

CÓMO EL PADRE SE CASÓ CON LA HIJA Y CÓMO EL HIJO SE CASÓ CON LA MADRE
(Basado en un texto anónimo de India, siglo XI d. c.)

Natalia Porras, Flaminio Parra

Vivía en el Deján un príncipe llamado Dharma, jefe de distrito, que encabezaba a los hombres de bien; por desgracia tenía demasiados parientes. Su mujer que se llamaba Candravati y que era oriunda del Malaya, era el adorno de las mujeres más hermosas y procedía de una gran familia. De aquella unión nació una hija a la que llamaron Lavanyavati, nombre que le cuadraba muy bien.

Mas esa belleza subrayada, no estaba muy de acuerdo con el tamaño del final de sus extremidades inferiores. Sus alargados pies no eran modelo de belleza sino más bien, para sus vecinos más antiguos, constituía un símbolo de experiencia y sabiduría ya que con ellos, se habrían recorrido muchos caminos. Los parientes de Dharma sabían de la belleza de su esposa y no perderían oportunidad para repartirse los reinos y riquezas del rey Dharma.

En casa de Simhapararana, cuñado de Candravati, fueron convocados a una conspirante noche los parientes más cercanos del Rey. El motivo de tal reunión fue el de dejar volar en alto todas las rupias que pudieran haber sido soñadas por esas mentes avaras y carentes. Todo con la firme belleza de la madre en el entrecejo, a manera de premio.

Dharma, su esposa y su hija, deciden como lo hacían en cada festivo religioso, purificarse en las aguas del río Ganges; para lo cual se organizaron con sus mejores trajes y atavíos y se dispusieron camino al ritual. A mitad de su ruta, Candravati le comentó a su esposo de un mal presentimiento, con lo que logra convencerlo para cambiar su decisión y elegir una desviación. Previamente ella se había puesto de acuerdo con su amado Simhapararana, su hijo Candasimha y el resto de parientes para emboscar a su familia y a su propio pasado; lugar en el tiempo en el que un hombre limpio, con un futuro pagado de nombre Dharma se fijo en ella y decidió amarla.

Los parientes de Dharma configuraron su operativo ocultándose a lado y lado del camino. Ya Simhapararana estaba mentalmente preparado para asestar la daga en el pecho de su hermano y aunque corriera todo el sudor frío por su espalda, no dejaría pasar por alto la posibilidad de asegurar su cama y su cena.

Fue ese afán el que le permitió convertirse en felino y saltar al frente de la familia real. Los parientes observaban con sed el espectáculo que se desarrollaba en aquel camino al Ganges. Catorce golpes fueron suficientes para callar los estertores vitales del rey, catorce golpes fueron suficientes para calmar los gritos aterrados de una hija y catorce segundos fueron suficientes para cambiar un esposo.

Es tal el giro, que la vida causa entre nosotros los habitantes del mundo, que perdonamos pasados lejanos sin olvidar e inclusive acariciamos la muerte cuando mas nos sentimos vivos, talvez sea esto, una hija herida en su honor y capaz de transfigurarse en otro ser que acepta asumir el rol de esposa de su captor.

De manera que, a causa del error en que incurrieron tocante a los pies, el padre se casó con la hija y el hijo se casó con la madre, de suerte que la madre vino a ser la nuera de su hija y la hija vino a ser la suegra de su madre. Con el tiempo, las dos mujeres tuvieron con sus dos maridos hijos e hijas, los cuales a su vez engendraron otros hijos. Y así vivieron largo tiempo Candasimha y Simhapararana, con sus esposas Lavanyavati y Candravati.



Iniciamos nuestro Taller 1 este lunes 10 de Septiembre de 2007. En este primer encuentro entre los miembros fundadores de Las Filigranas de Perder y los talleristas seleccionados al taller de El Tunal, tuvimos algunos retrasos en la hora de inicio porque justamente a las 2:00 PM la biblioteca abrió sus puertas al público.

Las siguientes son las imágenes capturadas durante el ejercicio de creación colectiva de esta primera sesión:































































































































Antes del trabajo en colectivo, el grupo se reunió para la charla inicial:


















Luego, los grupos comenzaron a trabajar en el ejercicio propuesto:
















































































Los Directores del Taller estuvimos pendientes del proceso en cada grupo:



















Hemos encontrado muy buena recepción por parte de los talleristas. Su dedicación al trabajo propuesto es buena señal:


































































Dedicación y diversión: una mezcla ideal que sólo ocurre cuando uno hace lo que más le gusta:

















































Luego, los textos colectivos fueron presentados ante todo el taller por cada uno de los grupos. Estamos gratamente sorprendidos con los buenos resultados obtenidos en apenas la primera sesión, con personas que nunca habían escrito en colectivo.


































Un abrazo a todos los miembros del Taller 1 - Tunal.

El 15 de Octubre de 2007 fue lunes festivo en Colombia, pero por razones de tiempo, no podíamos cortar el taller de creación colectiva que estábamos realizando en la biblioteca El Tunal todos los lunes.

Ya que la biblioteca estuvo cerrada ese día, y para no hacer pesada la carga de asistir un lunes festivo al taller, realizamos dicha reunión en el mismo lugar donde el 8 de julio de 2006 llevamos a cabo la clausura del Taller de Ensayo y Cuento "En la Inmunda": Una cancha de minitejo a dos minutos de subida por el camino de peregrinos de Monserrate.

Estas son las imágenes de ese día.





























































































































































En el marco de la 21a Feria Internacional del Libro de Bogotá, la Secretaría Distrital de Cultura, Recreación y Deporte organizó la presentación de productos impresos de todos los proyectos ganadores de la convocatoria Bogotá, Un Libro Abierto.

Ese día fue la primera presentación del libro Simbiosis Virginal en público. La sesión se llevó a cabo en la Sala Tomás Carrasquilla de Corferias. Las siguientes son fotografías tomadas en dicho evento.






























Después de 7 meses largos de intenso trabajo, 4 talleres, muchas horas de asesorías, de revisión, edición, corrección, diseño y montaje... Después de muchas trasnochadas y discusiones, de un complicado proceso de selección... Y gracias al intenso trabajo de todos nuestros talleristas, todos los que hicieron posible este proyecto, todos los que creyeron en la creación colectiva literaria y escribieron sus textos para que tuvieramos material de dónde escoger... Por fin vio la luz Simbiosis Virginal, el libro antológico que reúne una muestra de lo que surgió dentro del proyecto, y que es una prueba de que la creación colectiva en literatura no es sólo un curioso experimento de algunos cuantos autores en la historia, sino que es una alternativa que abre nuevos horizontes creativos a los escritores.

Publicamos a continuación las fotografías tomadas durante el evento del lanzamiento. Mil gracias a todos los que hicieron este proyecto posible y a todos los que nos acompañaron durante el lanzamiento del libro.























































































































































































































































































































































































































































































































































































































Entradas antiguas Inicio