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Carne Salada
Laura Valbuena, William Cuevas, Frank Jiménez

Ana estaba hambrienta y su sudor hediondo; la pestilencia de su propia existencia la ponía ansiosa. Se levantó y preparó el último trozo de carne que le quedaba. Retorció falanges y exprimió las pieles secas, algo de sangre manchó sus dedos, avivó el fuego de la hoguera que le brindaba calor. Lloró, su soledad la abatía, no entendía con claridad lo ocurrido; nunca desde hacía mucho tiempo lograba encadenar con orden sus recuerdos. Se detuvo un momento y miró a través de la ventana: una plaza con una fuente en medio, rodeada por casas antiguas, le mostraban la inmovilidad del tiempo. Las ruinas le hablaban tratando de contarle lo sucedido. Ella no entendía los mensajes de las calles destrozadas y de una ciudad completamente destruida y devastada no sólo por el paso del tiempo.

Puso un trozo de comida en su boca, algo crujió entre sus dientes y recordó que no había removido las uñas, devolvió la bola de carne a su mano, quitó las uñas y siguió comiendo. Cuando terminó había empezado a llover de nuevo, había carne oreándose en el tejado y subió a recogerla. Mientras corría hacia el tejado, recordó lo difícil que había sido conseguir su última presa.

Lo vio cuando cruzaba bajo un edificio, estaba a unas cinco cuadras hacia el sur de la plaza que utilizaba como refugio. Llevaba dos días comiéndose las ratas de un nido que había hallado, pero no le gustaba el sabor. El temor de enfrentarse nuevamente con otro cazador la obligaba a conformarse con lo poco que tenía. La última vez había sido demasiado para ella, el forcejeo y el puñal atravesado en la clavícula le habían dejado heridas profundas. Era esa punzada constante en la boca del estómago, el hambre, esa constante interminable que la obligaba a salir de su agujero.

Su presa cuidaba muy bien sus pasos, evidentemente no estaba buscando comida, no era un cazador. Al contrario, intentaba no ser descubier to por ellos. Este comportamiento tan poco usual llamó la atención de Ana y prefirió seguirlo en lugar de cazarlo de inmediato. El tipo guardaba con celo un paquete bajo su brazo; comida, supuso Ana, como también supuso que si lo seguía obtendría más.

El sujeto iba afanado, giraba la cabeza y miraba hacia atrás con insistencia. A Ana le gustaba estudiar a sus víctimas, lograba así distraer el acto primario de la cacería, lo llevaba un poco más allá. Aprendía incluso los patrones de aquel que tenía enfrente, que en este caso se movía con paso firme y constante, pero sin seguir una línea recta: tres pasos a la derecha y cuatro a la izquierda en diagonal. Para él, un movimiento en zig-zag haría más difícil que lo siguieran o que le apuntaran con precisión; según Ana, era un movimiento estúpido que lo hacía más visible.

Al cabo de un buen tiempo de estar tras él, aquel hombre robusto y acabado por los años le seguía inquietando; no podía dejar de seguirlo, era como si alguna fuerza desconocida la obligara a hacerlo. Ya no era por curiosidad, era algo más, acaso un sentimiento de compasión, pero sabía que debía comer. Luego de caminar con premura por más de hora y media, recorriendo calles estrechas y atravesando casas devastadas y en ruinas, Ana decidió atacar. Lo adelantó felina entre las sombras y por los costados, sin que él se diera cuenta. Esperó el momento exacto para caerle encima y saciar su hambre.

El hombre la había llevado hasta un sitio donde se podían percibir aún más personas, carne sin corromper, sin mancha, gente que conservaba sus dientes limpios. El aroma invadió las aletas de su nariz y reaccionó de inmediato. Sacó del bolsillo un punzón de metal mal afilado; su mango era un retazo de tela inmunda a sangre y carne podrida, que utilizaba como herramienta para ultimar a sus presas. Se acercó rápida y sigilosa hasta una distancia que no le permitiera equivocarse; la exactitud y la experiencia eran sus aliadas. Dos pasos más y lo tendría, pero una rama bajo la bota la delató, su víctima se volteó y le propinó una bofetada, que más que dolor le produjo desconcierto. El infeliz emprendió la huida sin sospechar que ya era demasiado tarde. De tres saltos Ana lo tomó por el pelo mientras sus uñas se clavaron en el cuero cabelludo. Un jalón hacia atrás, pérdida del equilibrio y ella con su puñal en lo alto. Una, dos, tres puñaladas certeras en el tórax. Un fuerte chorro de sangre dio en la cara de Ana nublándole la vista. El hombre cayó con la mirada fija en el rostro de ella, que le asestó el golpe final con su puñal, esta vez en la garganta.

Después de arremeter contra sus presas, hasta cerciorarse de su muerte, los desmembraba y los metía en bolsas con algo de sal. Al llegar a su refugio sacaba los pedazos, cortaba la carne en tajos, los llevaba al tejado para que se secaran y así aseguraba su conserva.

El camino de regreso se vio inundado por los deseos de saber de dónde surgían las imágenes que solían ir y venir, atormentándola entre comida y comida. Los caminos se le grababan de forma instintiva, tarde o temprano regresaría en pos de los escondidos. Llegó a su refugio, se recostó un rato y abrió uno de los libros que conservaba celosamente. ¿Nombre? Desconocido, hija de padres desconocidos —se decía ella misma—. ¿Hermanos? Ninguno que yo sepa. Habitante de la antigua ciudad de Bogotá, más exactamente del Estado de El Chorro de Quevedo.

***

La noche es lúgubre pero tibia y la idea de encontrarse con otro cazador se hace espantosa. El sol opaco se ha escondido precozmente como consecuencia de la guerra. Ana llega alerta a casa, por variar hambrienta. La zona parece desierta, las ruinas macabras y silenciosas apenas esconden los secretos de una época mejor ya bastante lejana. Igual queda muy poco, los bares están llenos de ratas, las calles poseídas por ausencias y espectros, pero Ana no sabe nada de esto, cada esquina para ella alberga un nuevo peligro, puede salir otro cazador a devorarla. A pesar de la cautela Ana no logra entender que lo único que puede vencerla es la memoria reprimida de diversos crímenes. Ése era el mayor peligro de las calles de Ciudad Infierno, las manchas de sangre seca, las tripas humanas podridas, los pedazos de cuerpos desperdiciados por otros cazadores, los testimonios de ese canibalismo cotidiano del que Ana era excelente discípula. Sin embargo, esas cosas no la afectaban.

Parada frente a la antigua iglesia de Lourdes, Ana es poseída por un brillo en los ojos que anticipa lo que va a hacer. Sabe que adentro hay más carne para orear, un mes más, un par de meses, o un día, según el clima; hay demasiado olor a vida en medio de la podredumbre, al parecer no es sólo uno, son dos, su olfato consigue excitar al extremo su necesidad de carne.

Ansiosa pero cautelosa entra a la iglesia gótica por un agujero de la gorgojeada y ruinosa puerta lateral derecha. Adentro el aire está quieto, no hay olor a tripas podridas ni excrementos. Ana huele la vida de sus víctimas al parecer intactas, no apestan a sangre, son cuerpos limpios, incorruptos, más exquisitos. Ana, que se ha conformado antes con cuerpos heridos por otros cazadores, o abandonados sin ser devorados por completo, inunda ahora sus pupilas de ese brillo caníbal, a pesar de no haber visto aún a su presa.

Al fondo, cerca al altar, una persona enciende unas velas. Ana logra divisar la segunda presencia: un niño. A su lado, una mujer. Se acerca despacio en la oscuridad, pasando por encima de las ruinas, respirando el moho, ensuciando de polvo su ropa manchada de sangre seca, camuflándose como un camaleón. Tropieza con el cadáver de una rata. Maldice en silencio su suerte. Asustada, la mujer detiene su oración, piensa por breves segundos en la ironía que llegaría a ser la presencia de un cazador en ese momento, cuando ruega a Dios que la proteja junto con su hijo.

Ana permanece quieta. Como lo esperaba, la mujer se ha alertado con el ruido, toma al niño de la mano para apagar las velas y desaparecer en la oscuridad. Luego Ana escucha pasos rápidos y una voz infantil que dice: “A lo mejor tan sólo es una rata”. Ana ya sabe que ha sido descubierta y corre hacia el altar, pero su intento es inútil y se desespera; ya no están allí. “¿Adónde fueron?”, se pregunta. Guiada por su olfato, persigue a la mujer que se dirige hacia una parte lateral de la iglesia donde la luna penetra difusa por los vitrales rotos. Ana se lanza hacia ella y la acorrala; la mujer grita. Con la primera mordida le arranca los labios, luego destroza sus cuerdas vocales, acallando el lastimero y terrible gemido. Ana clava con fuerza su cuchillo en el vientre de la víctima y devora sus ojos chupándolos y masticándolos con deleite. Luego corre tras el niño para darse el mejor banquete en varios años. Él se voltea y sus ojos vivos de pánico van a dar contra el rostro de la cazadora. Ambos quedan pasmados. La mirada del niño, con sus hermosos ojos azules invadidos por el miedo, le recuerda la vieja efigie del Divino Niño del Veinte de Julio, y Ana pierde por un momento la noción del tiempo y se ve envuelta en su uniforme de colegio, con el cabello recogido en dos breves trenzas, asistiendo al desayuno de chocolate y mogolla antes de la misa. Un lapso de humanidad que socava su instinto de cazadora, y transforma sus anhelos caníbales en instinto maternal.

Ana se aparta un poco y busca las tripas de la madre para empacarlas en las bolsas. El niño llora y Ana secreta el odio y el fastidio habituales frente a sus víctimas. En su mente se suceden miles de imágenes sin orden ni coherencia. Los ojos azules, el llanto, los cabellos rubios, todo es una evocación involuntaria que atormenta a Ana. El Veinte de Julio, los mendigos pidiendo limosna, las multitudes esperando bendiciones, milagros, la vuelta del tiempo atrás… La madre aguardando a la salida de la casa cural donde la llevaba a desayunar… ¡Madre!

Cuando ya ha metido en bolsas la carne que puede cargar, divisa la luna y la calle con la intención de prever la presencia de otro cazador. Su atención es interrumpida por el rumor de unos pasos que se acercan. El niño ha decidido seguirla.

—Tengo hambre, tengo frío —le dice.

Ana saca una tripa de una bolsa y se la da.

— ¿Qué es esto? —pregunta él.

—Comida.

El niño muerde la tripa y hace un gesto de asco.

—No me gusta.

Ana va hacia el altar, enciende una hoguera y asa un pedazo de tripa.

—Prueba así —le dice.

El niño ahora muerde, mastica, devora y le agradece, como siamés feliz por reincorporarse a su otro amado, del que había sido separado.

—Vamos —ordena Ana.

— ¿A dónde?

—A un lugar seguro.

— ¿Lejos de aquí?

—Sí, lejos.

La polución del cielo, el hielo discreto del aire y el hedor de las calles son los únicos que pueden presenciar cómo Ana sale de la iglesia con su botín de tripas escurriendo sangre, y un niño que camina a su lado sorprendido, extasiado con cada detalle de las calles de Ciudad Infierno.

***

Llegaron por fin a una plazoleta rodeada de edificios con techos inclinados. En uno de sus costados se adivinaba una capa de pasto y unos árboles quemados, restos de un pequeño bosque. Ingresaron al edificio más alto, en cuya entrada se leía Facultad de Enf… Lo exploraron y encontraron innumerables habitaciones, oscuras, frías, llenas de polvo… No había nadie. Ana pensó que era un lugar adecuado para pernoctar. Se sentaron en silencio, uno frente al otro. Ella seguía sopesando la posibilidad de devorar al niño, su tierno sabor, sus huesos delicados, mientras que él se preguntaba por qué su madre lo había abandonado.

—¿Dónde estamos?

—En un lugar seguro —respondió Ana—. Tengo frío… acuéstate junto a mí, así estaremos más calientes.

—¿Dónde está mi mami?

—Está contigo —le respondió mirando su pequeña barriguita.

—¿Dónde?

—Muy en tu interior.

El niño rompió en sollozos. Ana lo abofeteó.

—¡Estúpido! ¿Quiere que nos maten?

El niño se sentó en un rincón a regar sus lágrimas en silencio. Ana no podía dejar de mirar la sombra sollozante en la penumbra con algo de tristeza. Era como tener su estampita del Divino Niño en carne y hueso. Podía convertirse en su protección, ser su amuleto viviente. Quizás era una señal, un ángel guardián, o al menos un mensaje, un anuncio de que las cosas mejorarían. Era tan difícil vivir así, siempre a la deriva, siempre con miedo…

Se acurrucó cerca del corredor, para vigilar si alguien se acercaba. Pasando sus brazos alrededor de sus rodillas y descansando su cabeza sobre éstas, se permitió evocar su propia infancia, cuando tenía la misma edad del niño rubio. Entonces era muy parecida a él, no tenía que vivir cada día pendiente de cazar, pues su madre y un grupo de amigos se cuidaban los unos a los otros, y además todavía quedaban algunos depósitos secretos de cereal; era sólo cuestión de ubicarlos, de moverse con cuidado. También se pasaba hambre y dificultades, pero en grupo la vida era más fácil, menos azarosa, y ese calor o cariño que compartían entre todos ayudaba a soportar los días malos, esos en que cualquiera podía enfermar o sufrir un accidente. Desde luego quedaban aún rezagos de otros tiempos menos sicóticos, y en días como esos se podían incluso permitir el lujo de una risa, una carcajada. Pero luego vino la traición de Lizard por un puñado de maíz, por un ridículo vaso de anís. Emboscaron al grupo mientras dormían, y de todos sólo ella y otros dos lograron escapar dejando tras de sí un hilo de sangre. A lo mejor por ese mismo recuerdo ahora ella quería favorecer al niño, para que al menos tuviera un recuerdo medianamente feliz si acaso lograba llegar a la adultez. O si no, simplemente por gratitud con su madre, ahora Ana empezaba a mostrar cierto enternecimiento, cierto remedo de piedad.

Todo se hallaba en silencio y un frío polar tomaba posesión de las ruinas del edificio. El niño se había quedado dormido. Ana se acercó al rincón donde estaba, le puso encima su chaquetón, sobresaltada una vez más porque le evocaba un sentido de protección que no había experimentado nunca. Le dio la espalda y se acercó a la ventana. Estaba muy oscuro el vecindario. Lejos, muy lejos se adivinaba el rumor de una turbina. Era muy raro lo que le estaba pasando. Se enamoraba de su comida. Probablemente en unos meses o años estaría más robusto, más apto para valerse por sí mismo y… Regresó al rincón donde el bello rostro del niño recreaba la viva insignia de la inocencia. Pensando que por lo menos le ahorraría el momento de pánico, se agachó, le tapó la boca con su mano y le hundió el puñal a la altura del bazo.

EL SOLITARIO
(basado en un cuento de Horacio Quiroga)

Laura Valbuena, Frank Jiménez, William Cuevas

Kassim era un hombre enfermizo, joyero de profesión, bien que no tuviera tienda establecida. Trabajaba para las grandes casas, siendo su especialidad el montaje de piedras preciosas. Pocas manos como las suyas para los engarces delicados. Con más arranque y habilidad comercial, hubiera sido rico. Pero a los treinta y cinco años proseguía en su pieza, aderezada en taller bajo la ventana.

Sin embargo, aún no me había decidido a dejarle, tenía la esperanza de poder coger algún día las joyas y largarnos a un sitio mejor. Yo no sabía cómo hacerle entender que nosotros, él y yo, merecíamos una vida mejor. Cuando me casé con él, tenía la aspiración de vivir bien, de salir adelante, pensaba que engastar joyas era un negocio lucrativo, pero no fue así.

No contentándose con ser pobre, parecía casi orgulloso de su pobreza. Incluso su apariencia y gusto eran completamente acordes con su forma de ver la vida. Simplón, eso era él. Siempre buscaba el modo de demostrar su falta de ambición, sólo trabajaba y comía, ya casi ni hablaba. Su única obsesión era su trabajo, y fue aún peor cuando trajo a Rubí.

Rubí era una perra encontrada por Kassim en una calle cualquiera, estaba mojada y sucia, en todo sentido era como él, su apariencia indecorosa y maloliente era lo único que los diferenciaba. Eran cómplices de la miseria. Mientras yo me esforzaba por surgir, él hacía todo lo posible para mantenerse plano y sin aspiraciones. Además, Rubí era una catástrofe, orinaba sobre el tapete, subía a la estufa y metía su inmundo hocico en las ollas consumiendo la poca comida que teníamos. Tenía la costumbre de salir días enteros y llegar luego llena de barro, mierda y olores desagradables.

Cuando sucedía eso Kassim hacía como si nada, seguía trabajando las joyas de otros e incluso ponía a la perra, sucia como estaba, en su regazo. De hecho algunas veces llegó a jugar con ella, la manoseaba, le besaba el hocico inmundo y luego, descaradamente, venía hacia mí a intentar besarme y manosearme como si fuera yo la perra. Era asqueroso, era indignante, Kassim lo hacía como si mi paciencia no tuviera un límite. Pero lo tenía, y había llegado.

Al día siguiente, Kassim trabajaba en su taller, estaba perfeccionando una joya que le habían traído recientemente. Como era usual, tenía su plato de comida a la derecha, la joya justo al frente y otros instrumentos a la izquierda. En medio de su trabajo, Kassim estaba íntimamente perturbado. Rubí, aquella maldita perra que yo tanto detestaba, llevaba 3 días desaparecida y entre más era mi felicidad por aquello, mayor era la congoja de mi esposo.

Sin el más previo aviso, divisé cómo un bulto atravesaba la sala rápidamente en dirección al taller; asustada me levanté siguiéndolo y no fue menor mi sorpresa al ver aquella patética escena: Kassim estaba absolutamente feliz ante la presencia de aquel detestable animal, al verse a los ojos no tardaron en identificarse, Kassim a esa chandosa tan preciada, y ésta a su fiel amo. Descaradamente sucia, llena de mierda, barro y todo lo horrible que pueda imaginarse, Rubí emitía sonidos de súplica que él interpretaba a la perfección. Conmovido bajó el plato de comida y se lo puso frente al hocico a la perra, que devoraba ávidamente aquel alimento, ya seguramente desacostumbrada a ingerir algo más que inmundicias.

En ese momento no lo soporté más, aquel plato de comida era lo único con lo que podíamos alimentarnos, ni para un trozo de pan nos había alcanzado el dinero y él lo desperdiciaba de tal manera. Una furia irrefrenable me acometió; sin embargo logré contenerme, ante la esperanza de que pronto llegaría una joya muy valiosa. No soporté más este desagradable espectáculo y me retiré. Luego escuché que Kassim salía con Rubí, el día había llegado, indudablemente él iba por la joya. Decidí preparar la cena, supuse que gracias a esa joya iba a salir de esta miseria de una forma u otra.

Sentados en la mesa del comedor, Kassim y yo permanecíamos consumidos plenamente por la acción cotidiana y autómata, no había ninguna conversación ya que los temas estaban agotados, se habían extinguido con el tiempo al igual que la pasión y mi esperanza de surgir.

Yo daba vueltas a las verduras y la sopa amarga, fría y sin sentido, como mi vida con él. De momento, solos los dos y el silencio; nuestro monótono evento de cada noche se vio interrumpido por un golpe seco y constante bajo la mesa, bajé la mirada y ahí estaba Rubí, jadeante y con su maldito hedor, peor que nunca, golpeando con la cola una de las patas de la mesa, mirando fijamente a Kassim reclamando algo de comida. Él no lo dudó un segundo y subió a la perra al comedor brindándole la comida del plato mientras seguía tragando junto con ella.

Esto fue el límite. La cena era especial, yo la había preparado con demasiado esfuerzo ¿El motivo? El Solitario, una hermosa joya que había recibido Kassim para elaborar una pieza a la mayor casa de la ciudad. En mi intento por contener la rabia recordé la joya y le exigí que me la mostrara, él accedió y me extendió la bolsa negra de terciopelo que la contenía.

Saqué el solitario y su brillo falso, tan cercano y a la vez tan lejano, me enloquecía; era perfecto, hermoso, su valor era incalculable, no había otro igual. Alargado y de finas puntas, un rojo intenso invadía aquella joya que parecía palpitar y me incitaba a tenerla, tenía que ser mía, era la única posibilidad para terminar con esta mierda.

En ese momento le pedí que robáramos la joya. Le dije que ese objeto precioso podría sacarnos del abismo de pobreza y suciedad en el cual estábamos, que no tenía sentido continuar con el trabajo exigente y malagradecido que realizaba, que esa era nuestra oportunidad. Ese pequeño objeto se convertía ante mis ojos en la concreción de una felicidad nunca alcanzada, lo quería para mí, su resplandor era mi resplandor, y sólo necesitaba una respuesta afirmativa para que mi sueño se hiciera realidad.

Pero él se negó. Le insistí una vez más, y en confirmación de su negativa, tomó bruscamente la joya de mis manos, la puso sobre la mesa y siguió comiendo con la perra. Sentí entonces cómo la ira se apoderaba de mi ser, mis manos temblaban y mi respiración se hizo progresivamente rápida y potente. En un súbito arranque me levanté de la mesa, fui al taller y enloquecida comencé a destruir los extraños artefactos de ese hombre que tanta amargura me había causado. Volaron engastes y piedras preciosas, de mis manos brotó la sangre a raíz de los innumerables y finos cortes. El taller quedó destrozado por completo.

Mientras hacía todo esto, ya sin resistir más la ira y el deseo indomable de poseer aquella joya, iba diciéndole a Kassim todos sus defectos, recalcándole lo insólito de nuestra miseria, propiciada por su falta de carácter, por su cobardía descarada, por esa honradez exagerada que le impedía incluso robar un milímetro de pieza para hacernos pasar menos dificultades. Yo no era yo, era un ser poseído por el demonio que había estado contenido en mí aguantando en silencio lo insoportable. Le reproché todo, le dije cuánto lo detestaba por miserable, porque cada parte de él parecía ser un reprimido y patético ente sin deseos de surgir, de ir más allá de una pobreza inmerecida, y todo en él lo expresaba de esta manera, no te contentas con parecer un mendigo Kassim, pareces querer exhibirlo sin vergüenza, me das asco Kassim, tanto asco como me produce aquel horrible animal que has traído a casa, casi la manifestación concreta y descarada de nuestra propia decadencia. No contento con convertirte tú en una porquería similar a esa chanda, pareces igualarla a mí, tu mujer. Esa perra, Kassim, Rubí ha sido lo más bajo a lo que has llegado, ya no puedo más Kassim. Pero él yacía quieto y en silencio observándome, su rostro apenas palidecía casi sin connotar ningún pensamiento.

Entonces me detuve, observé cómo Kassim iba hasta la mesa, tomaba la joya en sus manos mirando con fijación aquella piedra, como envuelto por la magia que emanaba su brillo. En un momento pareció que ese mismo brillo lo invadía y transgredía su ser, su mirada se tornaba ahora roja, profunda y brillante como la sangre. Como El Solitario.

Me quedé mirando mientras él, endemoniado y con entera decisión, avanzaba lentamente pero dando grandes pasos. Inerte y expectante fijé mi atención en él, sabía que su siguiente movimiento sería inminente, inevitable. Así, mientras daba pasos cada vez más certeros y seguros, iba apretando más y más la piedra, enterrando los finos bordes en su mano, la sangre comenzó a envolver en delgados hilillos al Solitario, parecía que la joya se alimentaba de este líquido y se hacía cada vez más roja, más brillante, más mortal.

Al igual que él, yo estaba hipnotizada por su magia, su grandioso esplendor no permitía reacción alguna, la sombra de la muerte empezaba a dibujarse en su espalda, el cuarto se invadía de un frió intenso y el viento soplaba con una intensidad inquietante. Los destrozos de vidrios y metales iban crujiendo mientras se enterraban bajo sus pies descalzos, pero él insensible a esto continuaba su andar con rumbo fijo. Se acercó lo suficiente, miró fijamente su blanco con el corazón latiente y casi asomando por la boca.

De repente alzó su brazo, la sangre escurría por él hasta llegar a su axila y perderse, apretó fuertemente la joya asegurándose de no fallar, de no resbalar, no habría equivocación. Bajó rápidamente y de un solo golpe comenzó a penetrar fuerte y certero el pecho hasta donde los huesos le permitían adentrarse. Luego de haber destruido las costillas y parte del esternón que se veían asomados por entre la piel, dio un segundo golpe, penetrando de inmediato el corazón, que como un reclamo escupió un gran chorro de sangre que fue a parar en su rostro.

Hubo una brusca apertura de ojos, seguida de una lenta caída de párpados. Los dedos se arquearon y nada más.

La joya, sacudida por la convulsión del músculo herido, tembló un instante desequilibrada. Kassim esperó un momento; y cuando el solitario quedó por fin perfectamente inmóvil se retiró, cerrando tras de sí la puerta sin hacer ruido, se había ido definitivamente.

Impactada y con la mirada inexpresiva, luego del último golpe certero y profundo que había asestado, en un charco de su propia sangre quedaba flotando Rubí.

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