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Inanna, El Santuario Del Dáimôn Erótico
Leonardo Serrano Pineda
(basado en el texto original de Alexandra Portella y Leonardo Serrano)

“… era un pacto de incendio,
contra ese espacio de rutina gris entre
el nacimiento y la muerte que llaman
vida.”
Rubem Fonseca.


Antes de dispararle de nuevo, Luciano recordó que esa expresión soberbia del rostro pálido, era la misma imagen que tenía su rival el día del encuentro. Fue al aparecer desde el interior del almacén, precedido por la pelirroja recién sodomizada, cuando sus vidas se cruzaron subrepticiamente.

Nikos Papastefanou se detuvo bajo el marco persa de madera, posando su mirada oscura sobre el único cliente que quedaba en el anticuario. Aunque parecía un tipo común, volviéndose hacia él, Luciano pensó en que el negro profundo de sus ojos parecía haber robado a la noche parte de su misterio; eran rasgados, con una ligera inclinación hacia las sienes, lo que les daba aire salvaje. En torno al extraño resplandor del rostro, Luciano descubrió que la belleza del desconocido radicaba en tener rasgos fuertes, mezcla mística de oriente con la fuerza del África negra; y una piel exangüe resaltaba el ímpetu de su barba rala y las cejas feroces. Su pelo azabache enmarañado, se presentaba como una síntesis de la locura. Luciano detectó en la expresión del anticuario una provocación duelista y decidió marcharse. Antes de que alcanzara a despedirse de ese arrogante anfitrión, apareció una joven hermosa.

Si antes le había atraído la belleza rara del dueño del almacén, la de la mujer le sedujo sin remedio. Jamás había sentido tan de cerca una energía vital de semejante plenitud; no había sentido que una mujer exaltara su existencia con tanta ternura. Deslumbrado comprendió que a pesar de sus años de amoríos y despechos que jamás se terminaban de curar, él no era más que un espectro desolado. Y la belleza de esa mujer lo desarmaba ante su realidad.

Sus pensamientos se interrumpieron cuando el Anticuario en un movimiento rápido y sin perder su elegancia, tomó a la mujer con firmeza por la cintura y la besó con tal gracia, que el vacío que se produjo en Luciano semejó un chapuzón en las aguas del Aqueronte. Esa imagen de la mujer no pudo borrarla jamás: un rostro hermoso de ojos resplandecientes, conteniendo en sí la armonía de la suavidad, lo miraba con compasión en una suerte de lamento que al mismo tiempo, era una deliciosa invitación a un mundo perverso y feliz.

Pasaron noches de trémula soledad para Luciano. Algunos días transcurrieron mientras en él crecía un sentimiento compulsivo. Luciano merodeaba esperando verla. Anochecía y frente al local, sintió su corazón acelerarse hasta creer que estallaría creando un cráter purulento en su pecho. Dudando caminó lentamente hacia la puerta y a medida que fue aproximándose sentía como si alguien presionara su rostro y lo asfixiara con una almohada. Ella abrió la puerta y Luciano no supo cómo reaccionar. Palideciendo se quedó sin palabras.

— ¿Tan espantosa soy?

—No, para nada. Al contrario…

Se miraron en silencio. Alicia, con toda la fuerza de lo hermoso y prohibido, inició un juego insinuante.

—¿Qué hacías tanto tiempo allá afuera parado? Está helando.

—Es que estaba esperando a Nikos, ¿De casualidad no me dejó un encargo por ahí?

—Nada… Así que sólo viniste por eso —dijo con sorna.

—Es que… no —los nervios lo traicionaban—. Mejor olvídalo.

—Oye, ignoro si lo tuyo es ingenuidad o estupidez Luciano, pero me gustas —sostuvo una mirada provocadora—, así que te voy a ayudar.

Alicia cerró el anticuario y se dirigió a la parte trasera de una vitrina. Con cadencia, se inclinó hacia adelante mientras se subía la falda, descubriendo el terso recorrido de la tela en unas piernas firmes, que se ensanchaban a medida que las desarropaba. Las abrió despacio y con ligeros toques humedeció su vulva. Los apretó impaciente. Extendió su mano, y cuando Luciano la tomó, Alicia lo atrajo pidiéndole que de rodillas lamiera su deleite en rosa. “Te quiero en mí ya” dijo; le desabrochó el pantalón e introduciéndole su mano, se aferró al pene. Aún nervioso Luciano iba tocándola como un inexperto. Las manos de Alicia se aferraban a su espalda. Con suave temblor dos cuerpos se perdían en una danza milenaria ante un cúmulo de antigüedades. Sumido en ese oscuro escenario y a riesgo de ser visto, Luciano cada vez más enardecido la puso junto a los muestrarios de sedas Japonesas, y aumentando el ritmo de sus embestidas, se perdió en una excitación inmensa. Inesperadamente derramó su semen sobre el vientre palpitante de Alicia quien sorprendida y con enojo, le reprochó esa triste precocidad y lo obligó a que de cualquier forma la satisficiera. Con la voluntad nula, Luciano tomó una daga por la vaina y le introdujo el mango, procurando no lastimarla. A medida que tocaba fondo, Alicia suplicante le pedía que le diera placer con más violencia. Consagrándose al ritual, se olvidaron del lugar y mientras Luciano complacía los deseos de Alicia, un testigo oculto observaba con obscena serenidad el acto.

***

Después de muchos días de efervescente infidelidad, Alicia arrastró a su amante a la trastienda. Cubierta por un armario había una puerta corrediza que se abría a un pasillo de alfombra roja y paredes tapizadas con arabescos. Candelabros a lado y lado del pasaje le dieron a Luciano la impresión de estar ingresando a un mundo perdido, con suntuosidad de recintos sagrados o palacios renacentistas. Al cabo de unos diez metros, el corredor se bifurcaba. Hacia la izquierda llegaron a una especie de bodega donde se acumulaban en desorden objetos de decoración. Conservaba la exquisitez acostumbrada del anticuario, pero quizás por la iluminación decadente, Luciano se sintió tras los bastidores de una compañía de teatro o en algún set de grabación de una película de ambientación histórica, al estilo de los cuarenta y cincuenta. Al fondo una música coral y un sonido hipnótico lo cautivaron. Alicia, tornándose cada vez más salvaje, desvestía a su contendiente como una fiera desmembrando su presa con satisfacción.

Después del amor brutal mientras ambos se vestían con lentitud, Luciano quiso saber qué había del otro lado del pasillo. Alicia lo miró con algo de lástima, aunque bien pudo ser ternura, y guardó silencio. Se vistió con mucha calma; sentándose en una poltrona antiquísima, montando una pierna sobre el antebrazo del mueble, se fumó un cigarrillo sin decir palabra ni despegar la mirada de Luciano. Al acabar le insinuó que su juego feliz podría terminarse, ya que Nikos tenía mil ojos, además del don de la ubicuidad, que él se asustaría y quizás ya jamás quisiera volverla a ver. Obstinado, Luciano insistió en conocer aquel lugar, pero ahora lo hizo con la exigencia de aquellos que se sienten dueños de alguien. Alicia no pudo contener la risa y después de contemplarlo como a un niño caprichoso, terminó por tomar su mano, sonriéndole.

—Te voy mostrar mi verdadero mundo.

Se puso un abrigo, y le susurró:

—Ven conmigo.

Salieron de la trastienda tomados de la mano. Volvieron al pasaje y cruzaron al otro corredor. Una puerta negra, de madera maciza, se interponía al paso. Sobre la pared Alicia corrió un pequeño cajón oculto y haló varias veces una cadena. Al instante un hombre arrugado, todo plata en el cabello abrió la puerta. Para sorpresa de Luciano, Alicia lo saludó con evidente respeto, como si no se tratara de un empleado sino de alguien investido de autoridad. Pero lo que más lo impactó fue escuchar el diálogo en una lengua desconocida. Fue tan extraña la imagen que no se percató de que ella le había soltado la mano en cuanto apareció el personaje. El hombre de la puerta le dijo en un instante en un tono muy grave: “Tire de la cadena sólo tres veces. Y por su bien, que el Señor no lo descubra”. Alicia corría feliz, halándolo del brazo por otro pasillo igual al anterior, pero que vacilaba entre subidas y bajadas que Luciano temió no llevaran a ninguna parte. No imaginó que hubiese detrás de un local pequeño, toda esa maraña de pasadizos como para un culto del misterio. Las palabras del extraño de la puerta resonaban en su mente. De seguro el “Señor” era Nikos, y tanto misterio sólo podía explicarse por una locura peligrosa. Llegaron a lo que parecía una antesala: una cuadratura con un gran velo cubriendo lo demás. Alicia descubrió el telón escarlata y una fiesta atemporal surgió ante ellos. Tras la antesala aparecieron lámparas fantásticas a media luz, ampliaciones de daguerrotipos de los poetas malditos del siglo XIX, óleos de la campiña inglesa que quizás databan del siglo XVIII...

Un grupo de cortesanas victorianas atravesó el salón luciendo sus senos de porcelana, magnificados por el uso de corsés en cuero. Al paso de las mujeres, un rumor como concierto de palomos escapó de una congregación de hombres que no podían disimular la ansiedad ante lo que iba a representarse. Parecía que ninguna de las damas superaba la edad del sacrificio, mientras que la mayoría de los hombres pasaban de lejos los 45 años. “Salmacis”, “Rusalka”, “Freyja”, gritaban algunos hombres, y Luciano dedujo que eran los nombres de las doncellas que se separaban del grupo para unirse a quienes las reclamaban. Unos se abrían paso entre la multitud buscando con urgencia un brazo para apresar y llevar a las sombras; otros, en cambio, se contentaban con observar y esperar. La atmósfera del lugar era opresiva, como si estuviera por caer el apocalipsis en gemidos, como si fuese a celebrarse una oscura ceremonia en homenaje a la alucinación.

Trascendiendo las dudas y el fervor palpitante con que todo se envolvía —incluyendo sus sentidos— sólo un nombre, entre los gritos, lo perturbó tanto, que despertó en él un repentino terror primigenio: “Inanna”.

Continuaron caminando hasta llegar a un punto desde el cual se tenía una visión panorámica del lugar. Desde allí observaba que la construcción, simulando un óvalo irregular, tenía también la distribución exacta de un panóptico. A cada paso Alicia parecía más feliz, como si harta de actuar en la cotidianidad liberara su verdadero rostro, rompiendo con esa farsa agobiante de la sensatez. Imponía por encima del resto y del ambiente esa alegría dulce que contrastaba con todos los retratos de perversiones que había alrededor. En ese estado condujo a Luciano hasta una mesa privilegiada, y dándole un beso de despedida se mezcló con la multitud y desapareció. Transcurría el tiempo con la sensación única de irrealidad. El burdel oculto en el anticuario era sorprendente en cada detalle. El salón principal era inmenso, con plataformas intercaladas que simulaban de cierta forma pequeñas colinas o grandes rocas incrustadas. Tres niveles curvilíneos —como si el propio Gaudí los hubiera diseñado— la rodeaban. Si bien la elegancia era ostensible, algunos detalles variaban el estilo del conjunto en favor de la practicidad. Así las paredes de los niveles superiores, que desde la distancia en donde estaba Luciano parecían vidrios, descubrían un submundo que en juegos de luces e instrumentos destinados al placer, facilitaban la vista de los amantes en cada movimiento. Sobre el salón principal, una cúpula en la semioscuridad le invitaba imaginar frescos increíbles.

Distinguió a Nikos en el fondo del salón; con apariencia de un padre feliz, reía y acariciaba los rostros de jóvenes preciosas y, con ademanes muy delicados, las ofrecía a sujetos que podrían ser sus abuelos. Recordó entonces la sugerencia del hombre de la puerta, y cuando se disponía a ocultarse, las luces bajaron del todo su intensidad.

Una incandescente luz celeste se vertió sobre una de las plataformas. Lentamente, gracias a algún sistema de poleas, una cruz fue emergiendo de la sombra. Poco a poco ascendía desde una posición completamente horizontal, irguiendo consigo un manto de seda blanco que en crucifixión, delataba la presencia de un ser en un suplicio aparente. La multitud excitada empezó primero a susurrar en corrillo el nombre de Inanna, pero a medida que iba ascendiendo la cruz y se dibujaba mejor el cuerpo de la mujer bajo el manto, los susurros se convirtieron en gritos espontáneos, histéricos, como de feligreses en trance que vitorean la aparición de un mesías.

La luz celeste cambió a amarillenta cuando la cruz estuvo en nítida posición vertical. Suaves caricias llovieron sobre los delgados brazos de aquel Cristo sin rostro. Con una calma inaudita que podría enloquecer a un libidinoso, deslizaron la tela que cubría la cabeza de largo pelo castaño, coronada también de espinas; el divino rostro colgaba con espectacular tristeza sobre el pecho, y donde debería leerse INRI, con evidente sarcasmo, se leía INANNA.

Una luz rojiza brilló sobre el rostro de Inanna, que giraba de un lado a otro como quejándose del suplicio, pero sin que se descubrieran del todo sus facciones. Desfallecía y caía el pelo y la corona, para luego volver a ejecutar los mismos movimientos. Seis pares de brazos, se afanaron alrededor del manto y la cruz como serpientes en una danza mortal. Hubo dos apagones intempestivos y en medio de la repentina aparición y desaparición de la figura, las manos quitaron con violencia el manto. Se reveló a la mujer desnuda ofrecida en sacrificio en ese Gólgota banal, y cuando las manos serpenteantes comenzaron a tocarla, ella levantó por completo la cara y una luz lánguida la dibujó con nitidez: la nariz pequeña y recta dibujaba sombras sobre la boca amplia y delineada, entre las arrugas y redondeces de su carne perfecta que perfilaba un poco más abajo, la simétrica protuberancia del mentón alargado. Abría los ojos en dirección al cielo como una posesa, mostrando el reflejo azulado de unos grandes y profundos ojos que en realidad eran grises. La danza se transmutó en caricias por todo su cuerpo, y llovió sobre ella una sustancia viscosa que la aceitaba. Con sus piernas y caderas Inanna igualó el ritmo de esas manos que la repasaban, inclinando el dorso de atrás hacia delante al menor roce en su piel. Lamió varios dedos y permitió que algunos se adentraran en el centro de su sensibilidad. Con las extremidades inmovilizadas, la mujer sólo podía retorcerse de placer mientras las manos la masturbaban. Pronto dejó escapar un rosario de súplicas simulando rezos paganos:

—Σαν σωματα ωραια νεκρων... Σανσ ωματα ωραια νεκρων [1]

Susurraba sin cesar una y otra vez las mismas palabras, cambiando el tono de su voz con angustia. Luego ascendieron con furia los alaridos:

—...Της ηδονης μια νιχτα... της ηδονης μια νιχτα [2] —gritaba.

Parecía incapaz de soportar el deleite que la electrizaba cuando tocaban sus senos con firmeza o pellizcaban su carne. Del rostro de Alicia quedaba poco en el suplicio; Inanna la subsumió con toda la potencia de su fertilidad sensual.

En torno a la representación, muchos se entregaron a copular con jovencitas jadeantes sobre las mesas en el claroscuro del salón. Otras, de rodillas, refundían su boca entre las piernas de hombres adustos. Luciano alcanzó a ver a otros tantos que se dejaban penetrar por terceros, mientras se ocupaban en satisfacer a cualquier joven. Con máxima excitación, los jadeos de Inanna inauguraron un rito donde la sexualidad furibunda y el delirio comulgaron en cada uno de los blasfemos. Al emitir esos bestiales sonidos que se convertían en una sola oración de pecadores sin remedio, la multitud cedió por completo a sus instintos más bajos, volviendo a ser los animales en celo que siempre habían temido revelar.

Con el fervor de un adicto, Luciano buscó la salida del laberinto de pasajes y puertas, y asumió a partir de entonces su rol de amante de la amante del mundo. Alicia pasó a ser el puente que lo unía a la verdadera y única realidad admisible, y todo en torno a ella era circunstancial, incluso sus nocturnos desdoblamientos, incluso Nikos y sus delirantes prostitutas.

***

Al iniciar la fiesta la suerte estuvo echada. Una vez cruzado el ruedo sólo debía transcurrir el tiempo para que en medio del terror y la algarabía, doblara sus piernas, dejando escapar las burbujas fatales del hocico, cayendo al ritmo de la explosión escarlata urdida por el estoque. Merodeando el anticuario como un circo antiguo, lleno de ansias e insomnio, Luciano balanceaba de un lado las advertencias del hombre de la puerta, y de otro, la caída libre en el abismo de la delicia. Cada vez se convencía más de la obligación de reivindicar para sí la sensualidad materializada en Alicia.

Ejerció de nuevo el protocolo secreto. Con prisa y menospreciando los riesgos, Luciano saltó personajes enardecidos y unos cuantos escalones hasta arribar al tercer piso, donde creía poder encontrar a Alicia. Todo su ser henchido de un furor lascivo la reclamaba. Le urgía Alicia en cada centímetro de su piel, en cada poro, en cada célula. La brújula emocional de Luciano se había roto y ahora marcaba solamente Alicia en todos los puntos cardinales.

Al llegar al tercer piso notó la desolación. Los monótonos ruidos del sexo desenfrenado se desvanecían en la distancia, a medida que avanzaba sin encontrar a nadie a su paso. Todo iba quedando en un extraño silencio. Frenético, probó cada recoveco de ese piso, pues su instinto le decía que algo especialmente lascivo se iba a desarrollar allí, y él, comprendiendo que sus depravaciones eran irremediables, quería ser partícipe del pandemónium.

Con paso lento y meditabundo, llegó a una gran puerta corrediza que no lograba retener los signos de lo que buscaba: el lacónico suplicio de una mujer. Mientras gozaba, ella parecía susurrarle la fórmula secreta para la creación de la belleza, que Luciano asociaba con esa alegría de sentirse vivo y dispuesto a entregarse al placer voyeur, para luego desenvolver otras delicias. Ningún otro sonido perturbaba aquella melodía, sólo los jadeos que se volvían más constantes, como si la franja del placer de la fémina cruzara por instantes el del dolor, haciendo de la satisfacción un mismo y compacto quejido húmedo y quebradizo. Quedó suspendido varios minutos ante los rabiosos alaridos del clímax al que llegaba la mujer, perpleja, vulnerada, consumida ante toda la fuerza penetrante. Una seguidilla de gritos lastimeros previos al llanto, antecedió la explosión que la exorcizaba. La mujer reinició el jadeo, dulces lamentaciones u oraciones fervientes al dios idolatrado. Luciano corrió la puerta con suavidad cuando los gemidos se volvieron claros y cerró un instante los ojos; subió la cabeza respirando profundo para sentir el aroma de hembra penetrada, de sudor de hombre y todo el vapor de las secreciones.

Al abrirlos sufrió el espanto de ver a Inanna, que tumbada sobre pieles y cojines, lo miraba de costado, con ternura, fijamente, mientras el proxeneta Nikos Papastefanou le hundía firme y constante un miembro infatigable. Absorto ante el espectáculo, Luciano ni siquiera pudo musitar palabra cuando con una maligna sonrisa, Alicia extendió una mano hacia él, llamándolo para que se juntara a su placer infinito.

***

Sintió el bulto que formaba el revólver bajo su abrigo, y recordó que había regresado al burdel no solamente atraído por Alicia, sino también con la intención de liberarse de Nikos. Lo buscó pero de él no quedaba nada. Corriendo se dirigió a otras habitaciones por donde nunca antes había pasado. De sus techos pendían espejos cuya inclinación daba el ángulo perfecto para que se observara el desenfreno del salón central. Luciano veía las siluetas y contenía su ira. Orgías que danzaban entre gemidos y gritos de placer, protagonizados por seres reducidos a orgasmos inagotables. En la circunferencia que funcionaba como cama esa noche, en el salón principal, tres mujeres jadeaban entre sí mientras comedidos servidores las poseían incapaces del hartazgo.

Entre un difuso grupo de varones que se cerraron en una fila circular de nalgas exhibidas, empezó un nuevo ritual en sincronía perfecta con otros que recién introducían sus glandes a dos mujeres muy delgadas. Uno a uno, los hombres se iban abalanzando sobre esas dos fatalidades trenzadas en euforia, tomándolas sucesivamente. Una emanación de sensaciones que las hacían transparentes en medio de toda la lujuria viril, las fueron volviendo cada vez más inexpresivas, casi fantasmales.

Luciano se quedó estupefacto: las espaldas de los hombres se jorobaban en tanto que sus piernas se encogían. Parpadeó varias veces, tratando de recobrar el sentido de la vista que creía turbado, pero ahora descubrió que los hombres de más allá perdían sus facciones humanas. Tres hombres al frente suyo exhibían ojos mucho más perfilados y profundos, junto con extrañas protuberancias en sus mandíbulas. En uno de ellos su cabeza se volvía estrecha y deforme, y en sus pupilas centellaba la sevicia. Parpadeando encontró que los del trío no tenían ya nalgas sino una cola parda e inquieta. Sin poder escapar de su aturdimiento, presenció cómo dos de ellos se abalanzaban, ya todos colmillos y garras, sobre los cuerpos de las mujeres.

Asqueado de la carnicería, desvió la vista pero dio de frente con la sonrisa irónica de Nikos. Luciano desenfundó el arma y disparó al techo, disipando la multitud. Luego un tiro certero se incrustó entre las cejas de Nikos, dejando correr un chorro de sangre por su nariz. La víctima seguía allí; impertérrita, envuelta en el silencio, parada en la mitad del gran salón desierto. Entonces Luciano sintió que se las estaba habiendo con un espectro, surgiendo del absurdo el sentido: Alicia (o Innana) era sólo otra de las manifestaciones de Nikos Papastefanou.

Nuevamente disparó y tres golpes secos rompieron el esternón de Nikos. El humo se esparcía dejando un rastro de pólvora en la mano extendida de Luciano. Esta vez, Nikos cayó de rodillas, y al doblarse, apoyando la mano izquierda en el suelo, escupió con dificultad un poco de sangre. Con lentitud, el Anticuario se levantó orgulloso de los tres boquetes profundos que lucía ahora en el pecho. Caminó despacio hasta llegar al centro del salón, y con una voz áspera y tenebrosa pronunció unas palabras para sí, en una lengua extraña. Después, con fuego entre sus ojos y deteniéndose frente a Luciano tronó:

Ερωτικος τε και δαιμονιος ανηρ [3]

Siguió caminando despacio hacia Luciano, aproximándose a un lugar donde caía el reflejo de una lámpara de aceite. Ahora era Inanna, quien estaba frente a un Luciano que se debatía entre la incredulidad, el horror y el delirio al volver a ver a quien se adora. Frente a frente, Inanna y Luciano se miraron unos segundos que se suspendieron en el tiempo. Su mirada hipnótica fue la caricia más tersa dada por divinidad alguna. Dócilmente acercó sus labios a Luciano. Un aliento de lirios prohibidos penetró en su cuerpo mientras Inanna lo colmaba de dulzura; rozó la lengua un labio, humedeciéndolo, abriéndose las bocas en una sutil guerra de espadas. Sumergido en tal comunión, Luciano abrió muy despacio los ojos, como despertando de un trance, y besándola todavía, descubrió en ese rostro los ojos del Domus dominum.

Asqueado, Luciano se zafó de él y en vano quiso huir de su esquizofrénica agonía. Temiendo el final atroz quiso ponerse a salvo de las fieras cuando fuera de si colocó el extremo de la soga en su cuello. La polea giro suavemente, elevándolo muy cerca de la cúpula, donde su cara amoratada, el cuello roto y la piel lacerada, fueron liberados al vacío por Nikos. El golpe terminó de extinguir la tortura. Ante el cuerpo inerte que yacía en el salón central, fueron concentrándose varios entes que aguardaban la carroña después de que Nikos culminara la vejación, absorto en sus placenteras eyaculaciones.



[1] Corresponde a la fonética del español: San sómata oria necron (bis) “A cuerpos de muertos hermosos…”

[2] Corresponde a la fonética del español: Tis idonis mia níjta (bis): “… una noche de placer.”

[3] Corresponde a la fonética del español: Erotikós te ke demónios anír. “Soy demonio erótico para el hombre” (traducción aproximada).

EL GUARDAGUJAS
(Basado en un cuento de Juan José Arreola)

Alexandra Portella, Leonardo Serrano

El forastero llegó sin aliento a la estación desierta. Su gran valija, que nadie quiso cargar, le había fatigado en extremo. Se enjugó el rostro con un pañuelo, y con la mano en visera miró los rieles que se perdían en el horizonte. Desalentado y pensativo consultó su reloj: la hora justa en que el tren debía partir.

Un golpe en el costado lo sacó de su calma cuando entraba al salón principal de la estación. Cansado del calor y el excesivo peso de un equipaje inútil, volteó esperando encontrar un pasajero torpe y en su lugar halló un guardagujas, quien se dirigía a su labor en el momento.

—Perdón, ¿en dónde queda la salida del tren? —le pregunta al guardagujas.

—¿Lleva poco tiempo en el país? —responde éste evadiendo su pregunta.

—Sí —dice el viejecillo asintiendo con la cabeza.

—Bueno es una pena que vaya usted ya de salida, porque éste es un lugar muy tranquilo. De seguro la habrá pasado bien. Aún está dudando en partir, lo sé porque lo veo en sus ojos. Pero no se angustie si cree que es el único, nos ha pasado a todos los visitantes de este pueblo. Una vez en él, lo mejor es quedarse por siempre, ¿me comprende?

—Creo que no y lo siento, mi tren partirá ahora mismo.

—Si es por eso no se preocupe señor —dijo el Guardagujas interrumpiéndolo—, los trenes siempre llegan con 15 o 20 minutos de retraso.

—De cualquier forma, prefiero esperar el tren allá. Podría indicarme por favor en donde queda…
—La verdad señor, es que hay un problema. Y lo mejor es que usted lo sepa antes de subir al tren —agregó el Guardagujas interrumpiéndolo de nuevo y cambiando el tono casual de antes, por uno más sombrío.

—Muy bien, dígalo entonces, pero procure ser breve —contestó el Viejecillo, incrédulo y cada vez más impaciente.

—Verá usted, quienes aún estamos en este pueblo, en realidad no lo hemos podido saber con exactitud, pero los que quedamos, porque muchos no han resistido demasiado tiempo y también ellos se embarcaron, hemos podido deducir una explicación a un misterio que no logramos solucionar todavía: ninguno de los trenes de este lugar, tiene ni ha tenido destino.

Ante la mirada de duda del Viejecillo, el Guardagujas empezó a relatar todas las fantásticas historias de las que habían tenido conocimiento quienes por temor habían decidido quedarse en aquel lugar. Dando plena libertad a su emoción, le relató la famosa historia de “La estancia”, la aldea que crearon los pasajeros de un tren que al accidentarse no pudo llegar a ninguna parte. También las repetidas ocasiones en que han tenido que detener los trenes para dar sepultura a los cuerpos de pasajeros quienes al tardar tanto el viaje, morían en cualquier parte del trayecto.

—Por supuesto —continuó el relato el Guardagujas— con el tiempo las historias fueron creciendo y haciéndose tan populares que quienes llegan ahora a la estación tienen pleno conocimiento del problema. Tanto así, que los boletos y los itinerarios se hacen a solicitud de los viajeros y no de una ruta preestablecida, porque es sabido que de todas maneras nunca se cumple itinerario alguno. Incluso, dicen los más suspicaces que la gerencia de la empresa hace menos de un año, decidió crear estaciones fantasmas, según ellos para deshacerse de los pasajeros en medio de la nada. Por eso dicen que al subir al tren, nadie espera llegar a donde quiere, salvo claro, uno que otro forastero despistado.

Los nervios del anciano se habían alterado mucho con las palabras iniciales del Guardagujas, tan evasivas pero que tenían cierto grado de sinceridad. Así que sin despedirse, decidió buscar a alguien más, con la esperanza que le resolviera todas las inquietudes que lo empezaban a atormentar.

En su huída chocó con alguien y al detenerse un instante, encontró la mirada fija de un niño demasiado pálido, cuyos grandes ojos negros refulgían un temor extraño. Antes de disculparse, de un ligero e instintivo empujón, el niño evitó cualquier palabra y siguió su carrera en dirección a la plataforma de embarque. El anciano quiso tranquilizarse pensando que era una actitud propia de los niños pueblerinos, como lo parecía aquel, por la poca costumbre en lugares generosos de ruido, calor y caos, entre tanto pasajero extraño. Pretendía continuar su nerviosa marcha pero un hombre lo detuvo para preguntarle la hora. Sin mirarlo, aquel sujeto de sombrero gris de ala ancha, bigote ralo al estilo antiguo y camisa remangada, sacó de su pantalón un reloj de bolsillo, cuya apariencia le recordó al forastero, esa vajilla de plata envejecida de su abuela, con todo el extraño encanto que le daba la opacidad.

—El mío hace años que no funciona —dijo sin ninguna emoción.

Al darle la hora al desconocido, recobró la noción del tiempo, e incómodo por la notoria vacuidad de aquella gente, prefirió usar los diez minutos de retraso que le quedaban al tren, entrando al primer café que viera. Pero como no vio ninguno en la estación, optó por recorrer las afueras del lugar.

Continúo con su recorrido en la periferia al tiempo que comenzaba a sentir todo lo que quizás siente cualquier visitante que llegaba a ese lugar. Se daba cuenta que le esperaba algo que no sería agradable. Sin embargo no temía lo que pudiera sucederle pues, como todos los viajeros, llegaba ahí sin rumbo y sin vida. Lo iba comprendiendo mientras caminaba, pensando que tal vez él era uno de esos que buscando una respuesta inquietante a su amarga, oscura y triste vida, quería olvidar, pero sospechando la fuerza de un nuevo destino.

Después de pasar el hospital (cuya edificación bastante enorme, de bloques gigantes que lo adornaban, le resultaba un poco jocosa pues en un pueblo sin un gran número de habitantes no sólo era exagerado, también le resultaba hiperrealista), llegó a un curioso restaurante ya bien entrada la noche, ubicado en el costado sur, dentro de la misma estación.

Pasó el umbral del restaurante e inmediatamente notó que había cinco personas en la barra incluyendo una mesera, que en su juventud debió ser hermosa. La gente se exaltó al verlo como si un gran trueno hubiese retumbado en el cielo. Al hombre lo detallaron como si fuera un anfitrión, sólo que la mirada de estas personas era de lástima, a sabiendas de lo que le ocurriría. Después de entrar al lugar, el viejecillo ordenó un café con una galleta, aunque hubiera preferido fumar, pero el calor y el humo terminarían asfixiándolo. El ambiente de ese lugar era desolador y aunque se sabía que había personas con vida parecía más bien un funeral; nadie sonreía porque en este pueblo todos sabían lo que sucedía a los viajeros. Una de las personas del sitio se acercó a él: era un viejo alto de 1,90 m y contextura gruesa, que le dijo en un tono agradable y sencillo:
—¿Qué hace usted en este lugar mi amigo?

El viejecillo extrañado de que alguien le hablara en aquel lugar, pues todo el mundo evadía preguntas, le dijo:

—Voy sin rumbo.

—Usted se ve que es una buena persona, de igual modo le deseo mucha suerte.

Y con una mirada dirigida hacia el viejecillo como si le dijera: “no sabe en que lugar se encuentra, sálvese”, se alejó de él y volvió a su silla. El forastero comió y bebió con gran rapidez, pues presentía la llegada de su tren. Miró por última vez al hombre alto y acompañados de enormes sonrisas, se dijeron:

—Adiós, mi amigo, mucha suerte.

Saliendo del restaurante se dijo a sí mismo: “Ya es hora.” Aún así sabía que algo malo le sucedería, sin embargo la corta conversación con el hombre alto en el restaurante lo llenó de una especie de anestesia ante la angustia que sentía al mismo tiempo de saber que no tenía idea alguna de qué iba a pasar. Si tenía que decidir entonces, no sabría que decisión tomar.

Apretó su saco con la mano izquierda y con gran esfuerzo volvió a alzar su maleta, que ahora parecía mucho más pesada. Quiso iniciar la marcha pero una inesperada pesadumbre lo detuvo un instante. En silencio, con la mirada fija en un horizonte que no veía, empezó a sentir cómo lentamente una sombra helada le atravesaba el cuerpo, en una superposición exacta de él mismo. Inmóvil, recordó la razón por la cuál estaba allí. Entonces terminó de abrirle por completo el paso a un temor creciente que se había acumulado por años y que en ese instante, latente e irreductible, dibujaba cada nuevo hilo de plata, cada nuevo y profundo surco en su cara, como el mismo e imperecedero retrato del terror.

Toma un nuevo aire y camina hasta la plataforma. Continúa observando ahora la tranquila algarabía de quienes se van, de aquellos que aguardan el tren que los llevará a su destino. Camina paralelo al sentido de los rieles con la impresión de un adiós ausente: no hay familiares tristes ni gratas palabras para el recuerdo, ni los facilismos propios de un “vuelve pronto”, de “siempre serás bienvenido”, ni de “te esperamos en casa”; sólo hay pasajeros, sólo viajeros tristes que hacen fila entre la niebla temprana y el humo de los trenes que llegan y se van.

Sabe que es la hora de partir, pero en su mente decide no recordar momentos difíciles ni tristes de su vida, sino con una sonrisa clara que recordaba la primavera, decide volver a los gratos momentos que ya pasaron, pero que tienen remembranza en su memoria como recuerdos que nadie ni nada borrará jamás.

Se deja caer sobre un banco que está en la misma plataforma de la estación y saca del bolsillo de su camisa el boleto del tren. Sin mirarlo, tomó su pluma, la destapó y apoyándolos en su muslo, su mano dejó escapar algo parecido a una despedida, o una especie de intento de desquite contra el tiempo: “saludaré con la misma frialdad del destino a mi suerte, ya que es tu espantosa hora, ineludible muerte”.

En un suspiro profundo el viejecillo deja caer su boleto en el suelo, al tiempo que caen gotas rojas de sus dos muñecas recién violadas, manchándolo de sangre y cubriendo sus últimas palabras escritas hacía tan sólo unos instantes. El viejecillo desangrándose poco a poco mira sin observar el humo de un tren que se va acercando y perdiéndose cada vez más, su mirada se torna borrosa y su sentido auditivo va desapareciendo; entonces como un festival de hierros que se juntan entre rieles y vagones, una sombra entre los primeros matices del alba, con su lucecita roja anunciándolo, se dibuja al horizonte como una última exhalación.

En ese momento el viejecillo se disolvió en la clara mañana. Pero el punto rojo de la linterna siguió corriendo y saltando entre los rieles, imprudente, al encuentro del tren.

Al fondo del paisaje, la locomotora se acercaba como un ruidoso advenimiento.

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