FRATRICIDIO
(Basado en un cuento de Franz Kafka)

Andrea Carrillo, Elena Quintero

Se ha demostrado que el crimen se produjo de la manera siguiente:

Schmar, el asesino, se situó a eso de las nueve de una noche de luna clara en la esquina por la que Wese, la víctima, tenía que doblar, viniendo de la calle en que tenía su oficina, para ir hacia la calle en la que vivía. Helado, aquel estremecedor aire nocturno. Pero Schmar sólo se había puesto un delgado traje azul; la chaqueta, estaba desabotonada.

Wese miró el reloj que marcaba las 9:02 de la noche y apresuró su paso. Las calles solitarias murmuraban en sus oídos los últimos suspiros, mientras su victimario apagaba su cigarrillo con la boca llena de Ginebra, disponiéndose a su obra: una presentación de la muerte.

Desde la ventana, Pallas, el anciano curioso del callejón, se dispuso a cerrar las cortinas para rechazar la luz de los faroles nocturnos. Justo en el momento en que sus manos estaban por juntar la cortina izquierda con la de la derecha, sus ojos descubrieron a Julia Wese, abrigada por una vieja piel de zorro que le había sido obsequiada en su vigésimo quinto aniversario, aún esperando a su esposo. El anciano giró su cabeza hacia la esquina que desembocaba a la calle principal, para encontrar que el señor Wese, dentro de unos pocos segundos estaría remplazando el abrigo que reposaba sobre el cuerpo de su mujer.

La gélida noche abrazaba una tensa calma. De pie frente a la ventana, Pallas decidió cerrarse el saco como si, en un movimiento inconsciente, predijera el suceso que acaecería bajo su mirada: el forcejeo de unas sombras en la penumbra del callejón del silencio.

Schmar sin dejar que el cuerpo del hombre terminara de asomarse por completo en la esquina, apretó en su mano izquierda el cuchillo mientras la derecha inducía valor líquido a su cuerpo. Bastaron dos movimientos hacia delante y uno hacia atrás de su siniestra para que un líquido extraño para él, empezara a emanar desesperadamente de ese abdomen tejido con el mismo hilo de sangre materno. El fratricida sostuvo su crimen entre sus brazos por cinco segundos que haciéndose eternos detuvieron el tiempo, mientras su tierno cordero miraba fijamente los ojos de su verdugo.

De repente, como si el grito de la viuda y la sangre enfriándose hubieran llamado con su presencia a las aves de rapiña del sector, la calle empezó a llenarse de vecinos en traje de dormir. Sorprendido en su delito, despertando de ese delirio infame que lo condujo a clavar honda la muerte en Wese, Schmar alejó rápidamente sus manos adormecidas y pudo percibir como su piel iba tiñéndose del color de sus entrañas. En seguida, las tripas, tan parecidas a las que acababa de herir, se le revolvieron en mil direcciones, sintió desvanecerse, y en su conciencia surgió la más escalofriante nausea.

La señora Wese, acompañada a derecha e izquierda por el gentío, se apresuró a llegar con un rostro envejecido por el susto. La piel de zorro se abrió, ella cayó sobre Wese, el cuerpo vestido con el camisón le pertenecía a él, la piel, que se extendía sobre la pareja como la hierba de una tumba, pertenecía a la plebe.

Schmar aguantaba con esfuerzo las náuseas y presionaba la boca en el hombro del policía, que se lo llevó con pies ligeros.

PACTO DE SANGRE
(Basado en un texto de Mario Benedetti)

Roberti Edinson Vargas, Susan Lorena Higuera

A esta altura ya nadie me nombra por mi nombre: Octavio. Todos me llaman abuelo. Incluida mi propia hija. Cuando uno tiene, como yo, ochenta y cuatro años, qué más puede pedir. No pido nada. Fui y sigo siendo orgulloso. Sin embargo, hace ya algunos años que me he acostumbrado a estar en la mecedora o en la cama.

No hablo. Los demás creen que no puedo hablar, incluso el médico lo cree. Pero yo puedo hablar. Hablo por la noche, monologo, naturalmente que en voz muy baja, para que no me oigan. Hablo nada más que para asegurarme de que puedo. Total, ¿para qué? Afortunadamente, puedo ir al baño por mí mismo, sin ayuda.

Ayer, mi nieto entró con prisa a mi habitación.

-¿Has visto mi triciclo abuelo?

Mi hija le contestó enojada desde la cocina: -Octavio, no importunes al viejo, ¿se te olvida que él no oye y por lo mismo no puede responder?

La premura de mi nieto logró sacarme de mis pensamientos cada vez más apartados. Al escuchar a Luisa pienso en lo estúpida que fue. Siempre me vio como un objeto desapercibido. Es tan vacía que no imagina el calibre de mis entrevistas secretas con Octavio, tanto así es, que cuando reprendió al niño por su insolencia, los dos sonreímos llenos de complicidad. El pacto de cuentos sólo para sus oídos fue el inicio de tantas invenciones, más o menos como días tiene su vida. Ahora no sé de donde me salieron. Le gustaban tanto, sobre todo al inicio. Bajó la guardia cuando entró en la adolescencia y aunque se alejó unos meses, lo esperé pacientemente con repertorios renovados.

Mi hija de cuarenta años, que en su cuerpo parecen una década más, sigue con su cerebro atascado en la adolescencia; no concibe que el tiempo es infalible, y que sus manos se verán tan arrugadas como las mías, más pronto de lo que imagina. Lo único bello y alegre que siempre encontré en ella, fue al haber parido a mi nieto Octavio. Es inevitable que hasta el más mínimo gesto de Luisa me recuerde a su madre, como si mi condena de silencio no fuese suficiente, estoy obligado a recordar a esa señora cuya relación me dejó sólo sinsabores.

En la penumbra de esta habitación, pienso que este mutismo voluntario comenzó en el preciso momento en que nació Luisa. Allí, la voz autoritaria de la parturienta, se encargó de silenciar mis pensamientos poco a poco. -¡Alcánceme el biberón! ¡Está frío! ¡Traiga la cobija! ¡La niña está llorando! ¡Haga algo, inútil! Allí empezó a gestarse la versión definitiva de la mujer con quien me casé; sus palabras de afecto se desnudaron en una lengua letal, sus claros ojos mudaron en miradas de furia, sus senos de torneada Venus de mármol, se convirtieron en dos flácidas bolsas de leche a las que pocas veces pude volver a mirar y menos, tocar; sus piernas largas que al sentarse despertaban en cualquiera los pensamientos más lujuriosos, tomaron la apariencia deforme de una sucia enredadera. Ni en los instantes más íntimos lograba verla por un segundo, mis sesos recurrían a mujeres imaginarias, extraídas del vecindario, de la oficina, de las revistas, e incluso, de muchachas que tomaban el autobús en la mañana con sus cabellos mojados aún.

Sé bien que del mismo modo, ella apelaba a esos espejismos eróticos para satisfacer nos sexualmente. Son testigos nuestros ojos cerrados y la luz constantemente apagada. El sexo de cualquier hora del día y en cualquier lugar de la casa, se tornó exclusividad de noches esporádicas y de la lúgubre cama; no niego mi cuota de responsabilidad, mi cuerpo sufrió las inclemencias del tiempo y de un sedentarismo obsesivo, en largas jornadas en el sillón, despreocupado del mundo, ese mundo suyo, ese mundo mío, ese mundo de todos y que a ratos detesto.

Miro atrás y veo un desierto. Mi proyecto joven e idealista propuso trasformar el mundo y tener una vejez sabia y libre de culpas. Ahora sé que no he tenido un minuto de tranquilidad, menos ahora, cuando mi rostro en el espejo, está ajado, triste, inmóvil y mudo. Mi vida desperdiciada, durmiendo difusos años en este lecho, con una mujer a quien no amé, trabajando la mitad de mi existencia por metas ajenas; día tras días le madrugué a la monotonía, frente a una inerte máquina. Di mi sagaz juventud a causas que ha hicieron de mí, un anciano solitario y obtuso. Y lo pero de todo, quizá por culpa mía, mis hijos tampoco han logrado encontrar la felicidad. No me importa, excepto que la vida de Octavio no sea al final una copia barata de la de Luisa y de la mía.

Pero lo más importante que he hecho, son los cuentos para Octavio. Fue mí único pasatiempo; a diario me figuraba grandes historias, que entre líneas, únicamente tenían mis frustraciones, pero que significaron para él, una especie de traducción de las mil y una noches. Pero hoy, a mis ochenta y cuatro años, ya no le quedan mil noches ni cuentos ni un Octavio que le dé su dulce atención a un anciano al que el resto del mundo cree mudo.

Fue apenas ayer cuando entró mi nieto inquieto por su triciclo. Total, el trabajo de los abuelos contarle cuentos a los niños y arreglar sus juguetes y triciclos. Apenas ayer, y al día de hoy, han pasado todos los años de su niñez completa y su primera juventud; el tiempo equivalente que envejeció en mí lo ya viejo. Desde que supo que le aprobaron la beca de estudios literarios en Washintong, no ha dejado de visitarme puntualmente. Entra a mi habitación a cumplir el ritual de cada noche, le echa cerrojo a la puerta, compone las cobijas de mi cama, se sienta a mi lado a oírme las exageraciones que mi cabeza loca ya no hila.

Hoy vino a despedirse, y aunque me hizo prometer que lo esperaría, ambos sabemos que mi cuerpo no aguanta más esta cama, ni este silencio y el repertorio que acabó.

Ahora tengo ganas de irme, llevándome todo ese mundo que tengo en mi cabeza y los diez o doce cuentos que ya tenía preparados para Octavio, mi nieto. No voy a suicidarme (¿con qué?), pero no hay nada más seguro que querer morir. Eso siempre lo supe. Uno muere cuando realmente quiere morir. Será mañana o pasado. No mucho más. Nadie lo sabrá. Ni el médico (¿acaso se dio cuenta alguna vez de que yo podía hablar?) ni el enfermero ni Teresita ni Aldo. Sólo se darán cuenta cuando falten cinco minutos. A lo mejor Teresita dice entonces papá, pero ya será tarde. Y yo en cambio no diré chau, apenas adiosito con la última mirada. No diré ni chau, para que alguna vez se entere Octavio, mi nieto, de que ni siquiera en ese instante peliagudo violé nuestro pacto de sangre. Y me iré con mis cuentos a otra parte. O a ninguna.

LLAMADA NOCTURNA
(Basado en un texto de Ray Bradbury)

Luis Fernando, Pedro Francisco, Orlando Barón

No sabía qué le recordaba el viejo poema, pero allí estaba:

“Supongamos, supongamos y supongamos, que los cables en los
postes del teléfono se empapen de las palabras escuchadas todas
las noches, conservando el sentido y el significado de todo.”

Se detuvo. ¿Qué seguía? Ah, sí...

Barton saltó de su silla como si tuviera miedo de un perro, llego hasta el teléfono lleno de cables y botones que replicaba desesperadamente. Primero puso las manos sobre la mesa y halló un poco de respiro, vio a través de la ventana esa luna tan brillante como los ojos de una mujer enamorada, le pareció encontrarla tan expresiva como un libro con sus paginas al viento, cómo si sus hojas fuesen arrojadas al viento desde un décimo piso.

Barton tomó la bocina y contestó. Se llevo una gran sorpresa al notar que la voz del otro lado era muy conocida, al oírla su cuerpo y su alma se hicieron jóvenes. Sintió que el tiempo era barrido con una escoba muy suave y que quien lo hacía eran las manos de su madre...

...cada mañana, Barton salía muy temprano de su refugio, seguía la línea de postes que se extendía por el desierto e iba instalando en cada uno algún receptor o teléfono. Algunos días sólo se cargaba de teléfonos y los instalaba de manera metódica en cada poste. El procedimiento, por lo demás, era bastante sencillo: primero arrojaba una cuerda a lo más alto y una vez se aseguraba que el poste resistiría su peso empezaba a subir lentamente. Al llegar a la cúspide se quedaba mirando el horizonte rojo y solitario y luego, casi mecánicamente, empezaba a instalar el teléfono; siempre ejecutaba una pequeña variante respecto al último aparato instalado y así iba creando una serie que su imaginación iba recordando y modificando. Con los receptores operaba igual. Llegó a especializarse a tal punto en su oficio de instalador que los días pares sólo instalaba teléfonos y los impares sólo los receptores; para su sorpresa descubrió que hasta entonces no había reparado en cuales son los días pares de la semana y cuáles son los impares. Pensó en el domingo como el último día de la semana y no como el primero, así que el lunes se convirtió en el primer impar y el domingo en el último. Una vez instalados los artefactos, dejaba un registro de su voz, de manera que pareciera una conversación infinita entre sus diferentes yos. Luego se aseguraba que los aparatos quedaran conectados y que al accionarlos sólo se oyera una voz suya pero distinta. Por eso, aquella noche, al sonar el último teléfono, no le sorprendió que fuera un Barton lejano quien lo llamara. La sorpresa fue descubrir que aquel Barton lejano estuviera hablando de las cosas que habían ocurrido justo aquel mismo día...

A la mañana siguiente el viejo Barton decide no instalar ni uno sólo de los aparatos, a cambio decide destruirlos todos. Camino a su taller, dónde emprenderá el genocidio de los aparatos, el viejo Barton piensa: "Es inoficioso, para destruir uno sólo de estos cacharros he de tener vocación de matarife, he de asesinar el futuro y la esperanza, no lo puedo hacer."

Al llegar a su taller repasa cada uno de los códigos que ha inventado para cada aparato:

Darlin, quer, mertin, postat, underprechin, tastashe, corritun, ël.

Con estas combinaciones ha ingeniado un sistema para llamarse así mismo eternamente.

"Barton... Barton... Barton... tienes la forma para terminar con el padecimiento y sin embargo vagas guardando la ilusión pasajera y lastimera de algo que no sucederá."

Esa era la situación. La dependencia a un sistema que él mismo había creado y que ahora como perro de siete cabezas le estremecía los oídos.

...Hoy será. Son las cuatro mil trescientas horas de mañana, o sea, de hoy: Con el primer abrir de ojos, Barton se anima guardando la esperanza que hoy sea el día. Debajo de su almohada pegada con hilos de cobre Barton guarda su libreta de códigos. Antes de dejarla la contempla como el niño que guarda la esperanza de encontrar reparado el automóvil de pilas que se ha descompuesto.

Sigue aguardando la bendita llamada.

Son las seis mil trescientas horas de mañana, o sea, de hoy y no entra una mísera llamada. Cayendo el día, entrando la noche, sin esperanza por el reencuentro con la tierra, de repente uno de los teléfonos —sembrado en la única flor que ha podido cultivar en Marte— suena, replica, se anuncia. El viejo Barton con sus ochenta años se lanza hacia el teléfono, está temblando, las cuerdas del tendido que él ha construido de poste en poste tiemblan menos.

—Soy Barton, él de la Tierra, ¿quién habla... quién habla... quién habla...?

—Esperamos no haber alterado su descanso, señor Barton, le hablamos desde la Tierra. En estos momentos debe estar apareciendo a la altura de su norte, una cápsula con la bandera de su país, en ella se ha dispuesto un equipo de personas altamente entrenado y adiestrado para ejecutar el rescate humanitario que le dimos a conocer hace sesenta años. Señor Barton, es para nosotros un honor suministrar a uno de nuestros compatriotas la seguridad necesaria, tenga calma en momentos regresará a su patria.

Barton sonríe por primera vez en sesenta años. Como regalo para Marte, Barton se despoja de sus prendas color azul, el único color de que carece el hermoso planeta. Todo el planeta se estremece cuando al unísono todos los teléfonos replican, el viejo Barton lo entiende como parte de la fiesta por su rescate. Antes de que aparezca la cápsula decide contestar por ultima vez en Marte. Del teléfono se desprende una vocecita aguda y más bien estúpida.

—Señor Barton, ¿ve la cápsula?

—No, todavía no la veo.

—Señor Barton nunca va a aparecer, ni lo crea, esta es una de las grabaciones hechas por usted en el transcurso de su vida. Hoy precisamente cumplo 26 años, feliz día.

—¡Felicítame, Barton, hoy cumplo veintiséis años!

—¡Felicitaciones!

Las dos voces cantaron juntas al saludo de cumpleaños y la canción voló por la ventana, débil, débilmente en la ciudad muerta.

EL HORLA
(Basado en un texto de Guy de Maupassant)

Angélica Velásquez, Marta Soto

8 de mayo.

¡Qué hermoso día! He pasado toda la mañana tendido sobre la hierba, delante de mi casa, bajo el enorme plátano que la cubre, la resguarda y le da sombra. Adoro esta región, y me gusta vivir aquí porque he echado raíces aquí, esas raíces profundas y delicadas que unen al hombre con la tierra donde nacieron y murieron sus abuelos, esas raíces que lo unen a lo que se piensa y a lo que se come, a las costumbres como a los alimentos, a los modismos regionales, a la forma de hablar de sus habitantes, a los perfumes de la tierra, de las aldeas y del aire mismo.

10 de mayo.

Hoy no he querido salir de mi cuarto. He cambiado el aroma de las flores que despiertan a un nuevo día cargadas de goticas de rocío por el calor de mis cobijas. No he tenido la intención de abrir mi ventana, y a cambio le he pedido (CONCORDANCIA DE TIEMPOS) a Tomasia que corra mis cortinas. A medida que la seda se desliza desnudando el paisaje, el asombro me golpea la cabeza: el enorme plátano, esa planta de verde vivo y brillante ayer tendía sus hojas enérgicamente al cielo, pero hoy bajan como aplastadas por la tristeza. Me conozco, sé que cualquier cambio en el paisaje redundará en mi estado de ánimo, y por esto he preferido cerrar mis cortinas, tenderme en la cama con la vista clavada al techo, esperando que esta suave lluvia cese y mi paisaje nuevamente sonría bajo el sol.

15 de mayo

Ahora me hago consciente de que la entrada del verano llegó cargada de nostalgia. Por más que no quiera, tendré que mantenerme resguardado mientras la naturaleza se transforma allá afuera. Las ramas quedan indefensas contra el viento, que no escatima fuerzas para batirlas, arrebatándoles hasta la ultima hoja; los copos y los tejados se empiezan a llenar de nieve y la neblina empaña las ventanas. Mis fuerzas se han mermado y los pasos que recorro por la casa se me antojan pesados y dolorosos. La llegada de este invierno viene acompañada de un ligero malestar que nace en mi medula ósea y divaga hasta mis extremidades. La opaca neblina insiste en entrar por los pequeños orificios del tejado; una invasora más que mi soledad permite. He intentado escapar de este triste encierro al que he tenido que abandonarme por todos los métodos posibles.

Mi paladar se ha acostumbrado tanto a los alimentos de Tomasia, que no distingo entre un guiso de carnes frescas, una torta de frutas o cualquier crema que se le antoje prepararme. A causa de esto mi apetito ha disminuido notoriamente y mis fuerzas responden a esta restricción calórica.

19 de julio

Hoy siento sobre mi espalda el peso de un costal de achaques que me aplasta. A duras penas puedo desplazarme por la casa. Sin fuerzas arrastro las chancletas rumbo a un baño al que hace mucho tiempo no entra la luz; específicamente desde que empezaron a aparecer las ronchas en mi cuerpo esquelético. Por fin tuve que ceder a la insistencia de Tomasia para que recibiera la visita del Doctor…

—Tosa —dijo—. Así... Humm... Otra vez.

El doctor busca entre mis orejas, bajo mis párpados o mi lengua, pero nada parece indicarle que ahí está, que la siento. Es una fuerza que me invade, es un aura maligna que me envuelve y solo yo la veo. Es una sombra que me acecha, penetra en mis células y las marchita.

Fueron infructuosos sus bebedizos; no me han producido ni el más leve efecto. Con el paso de los días mi estado de salud empeora. Esta extraña e insoportable presencia crece dentro de mí; es un volcán que se sabe estallará. Sólo pido que sea rápido, cuanto antes mejor, pues esta amarga compañía, esta fuerza invisible me tiene totalmente dominado.

El polvo me invade los pulmones haciendo una parodia interna de mis dolores, llenando las sonrisas de antes, ahora, en acostumbrados calambres, retorciendo las picadas enconadas en mis intensiones

18 de agosto

Los días son interminables. El frío sigue violando mis paredes y es más intenso aun. Tomasia es una mujer de pocas palabras y vive apertrechada bajo el calor de la estufa. Pero no estamos solos. He tenido una sensación extraña últimamente: siento una presencia que ansía hacer parte de mi día; la siento rondando a mi alrededor, como un asesino al acecho. He caminado con ella, cuando tiene ganas de caminar, y me acompaña en las tardes a tomar un café caliente; en las noches se acuesta a mi lado, algunas veces hasta he tenido que compartir mis cobijas con ella… y siempre le pido el favor de que sonría por mí, puesto que yo no puedo hacerlo. Ahora estoy tan triste, que no puedo.

1 de septiembre.

Mi memoria ha empezado a fallar: no recuerdo con exactitud cuántos días llevo sin bañarme. Con gran esfuerzo me levanto de la cama, me apoyo en las paredes, logro llegar al cuarto de baño, levanto mi mirada frente al espejo y lo encuentro implacable; no miente, y a duras penas me reconozco, soy una sombra, y si se puede decir, un despojo humano. Mi larga cabellera y la pegajosa barba se agarran de una fisonomía huesuda y marchita. Mis largas uñas que hace tiempo no limo, se me enredan fácilmente con los objetos que deseo alcanzar. Además, a mi ruinosa imagen se suma que se me han caído tres dientes, dos superiores y uno inferior. La presencia que me acompaña ríe sin mostrarme los dientes, escucho sus carcajadas sin sonidos, la insolencia de su maltrato acompaña los minutos que suman horas y me quitan lentamente vida.

15 de septiembre.

Soy objeto de burla de esta fuerza maldita, de esta sombra que entra en mi cuerpo y se desplaza juguetona por todas mis partes. He decidido darle nombre: el Horla. Si he de vivir con alguien, tengo que saber cómo llamarle. Muchas veces he querido arrancarlo de mi cuerpo propinándome fuertes arañazos que me desfiguran la cara. El se ríe desplazándose como una mancha por todo mi cuerpo, lo persigo y parece gozar mucho que le busque con mis manos y le grite con pensamientos desgarrados. Cuando me siento cansado de perseguirle a golpes, se detiene en mi pecho imponiéndome fuertes palpitaciones.

20 de septiembre.

El Horla ha estado conmigo toda la mañana. Se desplaza por mi cuerpo caprichosamente, proporcionándome punzones y desgarros, ¡pero me he dado cuenta de algo! Cuando él me cree dormido, se apacigua y se posa en una parte de mi cuerpo como un animal al acecho, esperando que la víctima despierte para atacar de nuevo; me espera, vela por mí.

Este descubrimiento me trae una leve esperanza de victoria. Tal vez un día cualquiera, él duerma también y pueda yo escapar de su insistente presencia. La estrategia es sencilla pero dolorosa; aguantaré sus repetidas agresiones y por momentos me haré el dormido esperando que se pose en un sitio estratégico; tiene que ser en una pierna o en un brazo. Cuando esto suceda, el filo de mi sable que espera bajo la almohada estará dispuesto a amputar el miembro habitado por el Horla. Sea como sea, después de mutilarme tendré que asegurar mi triunfo, la extremidad será calcinada mientras el Horla siga atrapado en ella.

30 de octubre.

El plan parece haber sido un éxito, lentamente me recupero de mi amputación, el muñón cicatriza lentamente pero seguro. La que no parece en proceso de recuperación es Tomasia, que después de ver cómo me arrastraba llevando mi pierna mutilada entre mis brazos, hasta la parte posterior de la casa donde todo estaba listo para incinerarla, sufrió un ataque de nerviosismo que le alteró visiblemente. Aún hoy, después de casi dos meses de ocurrido el incidente, me asombra verla. La última vez que decidí entrar a su cuarto fue hace 5 días. Camine despacio y sigiloso hasta pegar mi oreja a su puerta. Desde allí pude escuchar los quejidos y lamentos desprendidos desde lo más hondo de su garganta. ¡Y cuál no sería mi asombro, mi gran sorpresa, al identificar claramente dos clamores diferentes, como si hubiera dos agonizantes en el cuarto! Sin vacilar aunque con un profundo terror, abrí la puerta y encontré a la mujer revolcándose en su lecho. Desde el umbral distinguí su piel destrozada por sus propias uñas, su cabello desordenado sobre el rostro esquelético, babeante y sudoroso. Todos estos signos me sirvieron para identificarlo. ¡Era él, el Horla! El Horla, que sigue vivo dentro del cuerpo de Tomasia, matándola lentamente y a la espera de irrumpir de nuevo sobre mí.

Ahora tendré que idear un nuevo y presuroso plan.

¿Matar a Tomasia? ¡No! No funcionaría. Esto sería facilitarle al Horla un pronto regreso a mi cuerpo. ¿Tal vez, incendiando toda la casa? ¡No! Esto equivaldría a exponer a los hombres que vengan en nuestro auxilio. ¿Acabar con la vida de Tomasia y después con la mía? ¿Exponer nuestros cuerpos a una tortura agonizante o propinar un golpe fulminante? En fin… ¿qué puede ser peor? ¿La agonía de vivir invadido por él o la destrucción prematura? ¡Todo el temor de la humanidad procede de ella! Después del hombre, el Horla. Después de aquel que puede morir todos los días, a cualquier hora, en cualquier minuto, en cualquier accidente, ha llegado aquel que morirá solamente un día determinado en una hora determinada y en un minuto determinado, al llegar al límite de su vida.

No... no... no hay duda, no hay duda... no ha muerto... entonces, tendré que suicidarme...

LA MURCIELAGOSIS
(Basado en un texto de Julio Arenas)

Iván René León, John Jairo Sarabia, Carolina Pérez

A diferencia de Gregorio, desperté siendo murciélago. Lo supe porque al abrir los ojos, hace dos minutos, luchaba aún medio dormido por desterrar mis dientes de tu cuello. Ahora todo está rojo de sangre y no me acuerdo de nada

Te veo a mi lado, y si no fuera por tus heridas, pensaría que todavía duermes. Aún en mi embotamiento intento descifrar los rastros sobre las sábanas que llegan hasta mis manos, mis manos que ya no parecen las mismas. En medio de la sangre seca enormes pelos gruesos parecen haberse incrustado en mi piel.

La sed recorre las entrañas de mi garganta, y aquella sangre maloliente que se cuela a mi nariz ya no me parece un plato apetecido. Entonces, intento levantarme, recorro el mar de sangre bordeando tu bello cuerpo, y veo tras de mí unas huellas detestables de tres dedos que hacen tambalear mi pesado cuerpo.

Aún trastornado, y con los ojos enmarañados de lágrimas viejas y razones perdidas, reconozco dentro de las penumbras de la habitación las notas musicales que surgen del viejo tocadiscos; parece como si hubiese dado vueltas toda la noche, repitiendo la misma canción, esa melodía suave, con voz triste, que acompaña la nostalgia de un pasado que no recuerdo.

Cuando intento mantener el equilibrio con mis débiles patas, tropiezo con un viejo mueble que se encuentra derrumbado en medio de la habitación. La fotografía donde estamos tú y yo abrazados, sonriendo, tiene los cristales rotos, esparcidos por el suelo. Trato de succionar recuerdos de aquél retrato, pero cuando lo levanto con mis largos y finos dedos, la imagen se desagarra como lo han hecho todos.

Ahora pienso que puedo rearmar la historia. Tantos objetos en desorden, esos platos sobre la mesa, la cena a medio probar, los cubiertos incompletos –falta un cuchillo-, el florero con el agua derramada, y los pétalos abandonados sobre el tapete, procuran darme piezas de un rompecabezas que desconozco.

Veo tus párpados cerrados que insinúan silenciosos el sueño incipiente. ¡Ay mi vida, no entiendo qué pasó! Voy al baño en busca del agua que calmará mi angustia. Mis pupilas se agigantan al verme frente al espejo roto, pues asombrado encuentro mi piel elástica y oscura, cuerpo de animal nocturno, con dientes sobresalientes.

Amor, ¿habré entrado en el terreno de la locura? No sé qué ha pasado. No recuerdo pociones en la cena, o una bruja que me haya regalado una maldición. Mi mente es un mar enredado de supuestos que sólo me llevan a laberintos más confusos.

Repica el teléfono al fondo de la habitación. Logro llegar a él ágilmente pese a mis torpes movimientos, pero mi mirada se desvía antes de contestar la llamada: una carta al lado del teléfono me habla. Letras desconocidas: “Amor...¿cuándo nos permitirán estar juntos?...”. Y entonces, se apodera de mí aquella furia tan familiar que me hace creer que ya la he sentido antes.

El llamado apremiante a la puerta me arranca de las miles de posibilidades que construyo sin dar con una lógica que me satisfaga. Salgo al encuentro con tu cuerpo desnudo y rojo. Miro hacia la puerta donde retumban fuertes golpes, ahora, acompañados de gritos.

Mis puntiagudas y grandes orejas perciben todo a mi alrededor, murmullos lejanos, curiosas voces traspasan el cristal de la ventana aterrizando en su interior.

Es la policía, se habrán enterado. Veo la ventana como mi única salida. No me gustan las alturas.

Me tocó volar sin ensayar, pero no te preocupes: no me pasará nada, ya verás. Estas cosas ni siquiera hay que aprenderlas, al contacto con el viento, sin usar siquiera mi voluntad, se extenderán mis alas, y podré flotar en el aire como una paloma pequeña y tranquila. Acá vienen, y yo me voy. Tal vez sientas frío si abro la ventana, pero debo hacerlo. Todo saldrá bien, ya verás. ¡Uff! Aquí estoy, parado y feliz en mi ventana, como un pájaro divino. Como un murciélago. ¡Dios, esto es alto! Allá voy; a ver...

CÓMO EL PADRE SE CASÓ CON LA HIJA Y CÓMO EL HIJO SE CASÓ CON LA MADRE
(Basado en un texto anónimo de India, siglo XI d. c.)

Natalia Porras, Flaminio Parra

Vivía en el Deján un príncipe llamado Dharma, jefe de distrito, que encabezaba a los hombres de bien; por desgracia tenía demasiados parientes. Su mujer que se llamaba Candravati y que era oriunda del Malaya, era el adorno de las mujeres más hermosas y procedía de una gran familia. De aquella unión nació una hija a la que llamaron Lavanyavati, nombre que le cuadraba muy bien.

Mas esa belleza subrayada, no estaba muy de acuerdo con el tamaño del final de sus extremidades inferiores. Sus alargados pies no eran modelo de belleza sino más bien, para sus vecinos más antiguos, constituía un símbolo de experiencia y sabiduría ya que con ellos, se habrían recorrido muchos caminos. Los parientes de Dharma sabían de la belleza de su esposa y no perderían oportunidad para repartirse los reinos y riquezas del rey Dharma.

En casa de Simhapararana, cuñado de Candravati, fueron convocados a una conspirante noche los parientes más cercanos del Rey. El motivo de tal reunión fue el de dejar volar en alto todas las rupias que pudieran haber sido soñadas por esas mentes avaras y carentes. Todo con la firme belleza de la madre en el entrecejo, a manera de premio.

Dharma, su esposa y su hija, deciden como lo hacían en cada festivo religioso, purificarse en las aguas del río Ganges; para lo cual se organizaron con sus mejores trajes y atavíos y se dispusieron camino al ritual. A mitad de su ruta, Candravati le comentó a su esposo de un mal presentimiento, con lo que logra convencerlo para cambiar su decisión y elegir una desviación. Previamente ella se había puesto de acuerdo con su amado Simhapararana, su hijo Candasimha y el resto de parientes para emboscar a su familia y a su propio pasado; lugar en el tiempo en el que un hombre limpio, con un futuro pagado de nombre Dharma se fijo en ella y decidió amarla.

Los parientes de Dharma configuraron su operativo ocultándose a lado y lado del camino. Ya Simhapararana estaba mentalmente preparado para asestar la daga en el pecho de su hermano y aunque corriera todo el sudor frío por su espalda, no dejaría pasar por alto la posibilidad de asegurar su cama y su cena.

Fue ese afán el que le permitió convertirse en felino y saltar al frente de la familia real. Los parientes observaban con sed el espectáculo que se desarrollaba en aquel camino al Ganges. Catorce golpes fueron suficientes para callar los estertores vitales del rey, catorce golpes fueron suficientes para calmar los gritos aterrados de una hija y catorce segundos fueron suficientes para cambiar un esposo.

Es tal el giro, que la vida causa entre nosotros los habitantes del mundo, que perdonamos pasados lejanos sin olvidar e inclusive acariciamos la muerte cuando mas nos sentimos vivos, talvez sea esto, una hija herida en su honor y capaz de transfigurarse en otro ser que acepta asumir el rol de esposa de su captor.

De manera que, a causa del error en que incurrieron tocante a los pies, el padre se casó con la hija y el hijo se casó con la madre, de suerte que la madre vino a ser la nuera de su hija y la hija vino a ser la suegra de su madre. Con el tiempo, las dos mujeres tuvieron con sus dos maridos hijos e hijas, los cuales a su vez engendraron otros hijos. Y así vivieron largo tiempo Candasimha y Simhapararana, con sus esposas Lavanyavati y Candravati.

EXACTAMENTE NO FUE BERNARDETTE
(Basado en un texto de Charles Bukowski)

Yenny Karonlains Alarcón, Danilo Ramírez, Fredy Moreno

Me envolví en una toalla el pene ensangrentado y telefoneé al consultorio del medico. Tuve que descolgar y marcar con la misma mano con que sujetaba el teléfono descolgado, mientras con la otra aguantaba la toalla. Y mientras marcaba el número, una mancha roja comenzó a empapar la toalla. Se puso la recepcionista del consultorio.

—Consultorio Médico Eu termino suspiro, buenas tardes– La voz de aquella mujer me recordó el insoportable acento de Bernardette y mientras la recordaba, una humeante sensación hemoglobinica me brindó el tortuoso reflejo del placer fallido.

La habitación se hizo grande, gigante, se mezclaron el aroma oxidado de la sangre, los perfumes de Bernardette, sus insufribles nos y sus ojos de almendra, generando un agudo dolor al sentir la erección renovada de mi pene ensangrentado. Suspiré, traté de calmarme. Era lo mejor para evitar que la excitación por Bernardette produjera una acentuación sádica de mi situación.

La voz de la recepcionista me devolvió a la realidad de mi sala mohosa. Me negaba una cita inmediata, pero insistí.

—Es urgente —dije con la voz entrecortada por el dolor y la mano ensangrentada por la toalla, pero no escuché respuesta—. Señorita, necesito ayuda. Dije con la voz temblorosa.
—Lo siento, pero no puedo hacer nada —respondió la maldita recepcionista con la chillona voz de Bernardette.

¡Maldita sea, esa voz! El pene se empezó a entumecer y la pierna derecha falló. Mierda, un calambre. Parecía ser que la bondad de una juventud viciada quería cobrar sus abusos...

¿Mi equilibrio o la llamada?
Definitivamente no hay elección, mi cuerpo cae sobre el tablado fracturando algunos listones podridos.

Creo que no podré soportar tanto. Pienso mientras abrazo mi pierna sujetando con el codo el toallón saturado, intentando ingenuamente volverle el ánimo a este miembro mal hecho. Me concentro para ello, pero ahora sé que los demonios tienen voces... ¡si! Quizás son los coros de Bernadette que se hacen eco en la bocina pendulante de mi teléfono.

Pero no, es la maldita ramera que se autoproclama recepcionista del centro médico “Eu termino suspiro”.

—Perdón, caballero, pero el móvil más cercano llegará en unos veinte minuticos —dice con ese insoportable acento de tonta, mientras yo escucho desde el suelo.

—Por favor, necesito que el doctor me atienda, es urgente. Señorita... ¡Señorita! —termino con un alarido agónico.

—Pero caballero, ¿cuál es el motivo de su...

Pip..pip...pip... Escucho el pitido que me indica que la llamada se cortó, y mientras el teléfono sigue ondulando en su caída libre, reconozco directamente la herida: laceraciones en diferentes puntos del pene. Es realmente impresionante, y aún más cuando se tiene en cuenta la consabida excitación del momento, la presión sanguínea sobre la zona es mayor. Me siento nervioso, con el aliento ahogado por la humildad estúpida que nunca he podido abandonar.

La respiración se acelera y el pulso falla. Me veo desvanecer en ese preciso instante, pero algo sucede, el antiquísimo sentido de supervivencia humana, y más que eso, la poca de dignidad que me sobrevive impide que me mantenga en el suelo con el pene mallugado, un par de toallas húmedas de sangre y un patético olor a hombre solitario.

Me pregunto cómo es que nunca practiqué un juego con estas criaturas del ocio que hoy me brindan un segundero, una gotera y algunos pasos de un transeúnte cualquiera; cánticos para dormir esta angustia y hacer del tiempo un arrullo con sabor a delirio. Pero en realidad solo puedo concentrarme en mi agudo latir de dolor fálico.

Escucho golpes en la puerta pero mi cuerpo no reacciona al intento de levantarme.

— ¡Señor Chinaski¡ ¡Señor Chinaski! —llaman con voz fuerte.

— ¿Se encuentra usted bien? ¿Señor Chinaski? Creo que tendremos que forzar la puerta...

Luego de varios intentos por hablar me doy cuenta que el dolor apaga mi voz y la convierte en un estéril susurro. Enseguida entran sin fijarse en los daños causados: Mi reloj, mi gotera, la puerta y un jarrón roto que gané en una rifa de la empresa hace años.

—¡Oh pobre hombre! —exclaman como admirando la mitad de un perro sucumbido, victima de una llanta imprudente.

Estiro mi mano para borrarles la negligente actitud y enseguida corren en mi ayuda, piden que suelte el trapo melcochudo, cómplice de un viscoso acto, pero me niego con rotunda pena y preocupación.

—Está bien hijo, consérvala hasta que lleguemos. De seguro sólo te acompañara hasta allí.

Como pueden me bajan del sexto piso, mientras pienso en alguna mudanza heroica de mi infancia, admirando la puesta a punto de un armario viejo y gigante; realmente serian ellos los indicados para el trabajo.

Me ingresan al pálido centro medico Eu termino suspiro, recinto de luces tristes, blancas y mortecinas. Como era de esperar, mi presencia inmediatamente llama la atención de la concurrencia, la que abre paso con celeridad y en ese preciso instante una voz, una voz como la de Bernardette.

Siento un escalofrío, mi zona genital vuelve a estremecerse y un dolor profundo como miles de agujas se clava hasta encalambrar mis riñones

—Pásenlo al consultorio de inmediato.

Como puedo volteo con lentitud y en el preciso instante en que veo el rostro de aquella perra que había causado tal reacción en mi cuerpo, la química natural de mi absurda situación y la desesperación del espasmo recientemente iniciado me dieron visa para soltar una carcajada estruendosa.

Ella me miró sin entender y yo solo me detenía en sus hermosos dientes pero ella empezó a enfurecerse por mi actitud, parecía que me riese de ella situación que realmente me mantuvo sin cuidado, pero yo solo reía y detenía la mirada en sus dientes de perfecta estampa.

Es que siempre he pensado en Bernardette como un extraño animal, triste y extravagante, falto de amor y de dientes torcidos. Mientras que esta seudorecepcionista tenia actitud y presencia totalmente antónima a mi bella Bernardette.

Luego de semejante espectáculo donde todos lo visitantes de una u otra manera tuvieron relación con mi situación, me permitieron ingresar al consultorio donde un hombre con cara de perro y sin levantar la mirada de una carpeta de cartón me llamó por mi nombre de pila...

—Señor Chinaski, cuénteme qué le sucedió

Sin pensarlo dos veces dejé caer la toalla ensangrentada, seca y crocante. Me perdí en una deliciosa tranquilidad, la erección había terminado y la herida ya no se veía tan monstruosa como lo pudo ser inicialmente.

Cuando el doctor levantó la mirada de su carpeta, al parecer le llamaron la atención las marcas de sangre seca en la zona. Luego de despedir a los paramédicos y reconocer cuidadosamente la magnitud de la situación, esbozó la sonrisa médica, y con una tranquilidad que me desconcertó (y aun lo hace) se puso los guantes, como si día tras día llegaran a su consultorio hombres con el pene lacerado y dejaran caer una toalla ensangrentada sólo para que él los viera, y ellos lo tuvieran como la única y última opción.

Se dispuso a limpiar la zona mientras con voz casi policial me preguntó por los pormenores del suceso, las razones de las heridas.

Le hablé de Bernadette, de sus ojos oscuros, de su sonrisa como mueca, de su actitud de animal asustado, de cómo me enamore de ella desde que la vi casándose a los quince años con un tipo que duplicaba su edad. También le conté de cómo escapaba de las golpizas que le daba ese desgraciado para llegar al galpón de mi casa, la manera en que nunca me dejó llegar más allá y cómo su piel se convirtió en mi deseo constante y mi sueño húmedo. Cuando le dije por ultima vez que se quedara conmigo, me confesó que escapaba con José Antonio, que no había problema, que él era homosexual y que no seria igual que los hombres que solo la deseaban por su piel maltrecha y nalgas secas.

Por un tiempo desapareció de mi mapa y regresó nuevamente sola y ahora con un cachorro de su misma especie en los brazos. Nuevamente le ofrecí infinitas veces mi lecho, pero ella infinitas veces lo rechazó.

—Listo, señor Chinaski. Tenga cuidado, pero ahora sí, cuénteme qué le sucedió.

—Pues doctor, qué le puedo contar… Que ella volvió a aparecer para decirme que se largaba para Florida y que no la volvería a ver; así que me acerqué, le pedí un beso y ella después de tanto tiempo me regresó uno de esos que le mueven a uno todo. Empecé a deslizar los dedos bajo la blusa vaporosa que llevaba, logré sentir sus senos pequeños y tristes, mi respiración se tornó difusa y mis manos empezaron a temblar, la empecé a halar directamente al interior de mi apartamento y no quiso dejarse llevar. Insistí sin soltar sus labios así que ella se detuvo, me miró y me dijo que se iba para no regresar. Y efectivamente... se fue... Se fue dejándome con el cuerpo caliente y las ganas ansiosas. Así que entré a mi apartamento, vi el jarrón de cristal que había ganado en la empresa, aquel que tenía forma de una mujer trasparente, desnuda y con una suave tela cubriendo su sexo. Empecé a masturbarme con él pensando en Bernardette con una ligera tela tapando su sexo húmedo, goloso, y mirándome frenéticamente mientras acariciaba mi pene. Yo simulaba que era ella quien me acariciaba y cuando estaba en la cumbre del placer estalló el desgraciado jarrón y...

Ya han pasado un par de semanas, la confesión solo la conoce el doctor y confío en su palabra, ahora que termino de escribirla estoy conciente que “tengo que contárselo algún día a Bernardette. Si me lee, lo sabrá. Lo último que he sabido de ella es que se fue con Karl a Florida. Quedó embarazada. Karl quería que abortase. Ella no quiso. Se separaron. Ella sigue en florida. Vive con un amigo de Karl, Willy. Willy hace pornografía. Me escribió hace un par de semanas. Aun no le he contestado.

LA MURCIELAGOSIS
(Basado en un texto de Julio Arenas)

Ivonne Patricia Rodríguez, Abelardo Leal

A diferencia de Gregorio, desperté siendo murciélago. Lo supe por que al abrir los ojos, hace dos minutos, aún medio dormido luchaba por desenterrar mis dientes de tu cuello. Ahora todo está rojo de sangre y no me acuerdo de nada

Mis brazos convertidos en estructuras membranosas se enredan en tu pelo y en las cobijas, haciendo casi imposible separar mis dientes de lo que queda de tu cuello.

El tictac del reloj marca incesante los segundos que ultrajan y desgarran tu cuerpo. Lucho todavía por liberarme, por alejarte de lo que soy, aún sin entender que soy tu victimario, tu verdugo, y a la vez quien más te ama.

Cuando por fin logro levantar mi cabeza, un chorro de sangre tibia y roja sale con fuerza de tu cuello y aun así sabiendo que te estoy perdiendo mi lengua ávida busca tu apreciado cuello, pero venzo la tentación combatiendo mi instinto y caigo bruscamente al suelo.

Recibo un golpe seco, producido por la caída abrupta de mi nueva estructura muscular, que hace que recuerde el inicio de este infierno. Las imágenes llegan como chorros apretados a mi mente.

Gregorio me había invitado a una “fiesta exótica”. Llegué a su casa a la hora prevista, movido por la curiosidad de saber qué era eso a lo cual llamaba “fiesta exótica”… Todo era un carnaval de cuerpos desnudos. Cada uno sostenía una copa de vino rojo, de un rojo profundo ajeno a cualquier descripción de color y forma. Su suave mano tocó mi cuello y su lengua dibujó un beso sobre mis labios. Luego me ofreció una copa de ese vino rojo que bebí hasta embriagarme.

No sé cómo llegue a la calidez de un lecho cubierto por sábanas de satín, suaves, provocadoras. Gregorio estaba tan atractivo que no pude resistirme a sus erguidos pezones, a sus cabellos sueltos y derramados por sus hombros, a su boca húmeda, al olor de su cuerpo y la voluptuosidad de sus formas. Y me dejé embestir por su deseo. Y lo embestí también con mi deseo... Desde entonces arrastro esta horrible metamorfosis.
Desde entonces me alimento de sexo. De sangre extraída en el acto del sexo.

Pero sigo sin entender por qué tenías que ser tú parte de este infierno…

Oigo unos ruidos. Una sirena que hincha el aire con su aullido. Unos gritos que dicen “ es él, es él”, pero no veo a nadie. ¿Habrá secretos ojos espías tras la puerta o detrás de los ventanales donde clarea el alba? Debo pararme. Ya siento pisadas que vienen creciendo y parecen buscarme. Ya tocan a la puerta. Ya dicen que es la ley. Ya veo que están armados de garrotes rematados en puntillas para darme en la cabeza. Ya veo que tienen un cuchillo carnicero para “cercenarle el pene”, como dice nuestro vecino Armando, viejo “metiche” que ahora afirma ser experto en vampiros y por fin es cierta su charlatanería. Ya escucho que me dicen “hijueputa”. Esto va mal, amada. Me tocó volar sin ensayar, pero no te preocupes: No me pasará nada, ya verás. Estas cosas ni siquiera hay que aprenderlas; al contacto con el viento, sin usar siquiera mi voluntad, se extenderán mis alas, y podré flotar en el aire como una paloma pequeña y tranquila. Acá vienen, y yo me voy. Tal vez sientas frío si abro la ventana, pero debo hacerlo. Todo saldrá bien, ya verás. ¡Uff! Aquí estoy, parado y feliz en mi ventana, como un pájaro divino. Como un murciélago. ¡Dios, esto es alto! Allá voy; a ver...

EL PECHO DESNUDO
(Basado en un texto original de Italo Calvino)

Diego Ortiz, Jessica Andrea Suárez, Norma Pasto

El señor palomar camina por una playa solitaria. Encuentra unos pocos bañistas. Una joven tendida en la arena toma el sol con el pecho descubierto. Palomar, hombre discreto, vuelve la mirada hacia el horizonte marino.

Las formas sinosoidales de la superficie del mar le recordaron la escena recién vista. La arena caliente bajo sus pies, mezclada con la salinidad del mar, le evocaron aquel día en que estuvo a solas con su primer amor, y en un instante de fervorosa pasión, su mano excedió los límites de la tercera cita. Un pudor infantil y una vergüenza por su torpe acto es lo que vivió entonces, es lo que siente ahora. El señor Palomar, determinado a exterminar los tabúes de la faz de la tierra, decide pasar una vez más al lado de la joven, dedicándole una mirada contemplativa, así como observa las suaves formas de las nubes. Pero al instante perdieron su encanto y el señor Palomar, hombre sensible, abrigó en su pecho una profunda sensación de vacío. Arrepentido por haberle dedicado una mirada cosificante, observa nuevamente el horizonte marino con pesada melancolía. Bastó la fuerza de la brisa marina para animarlo, esta vez, a entregarle a la joven del pecho descubierto e incólume una sensación pletórica. La joven mira de soslayo y el señor Palomar, hombre decente, le dedica a la joven una mirada algo brumosa. Una vez más, pobre de él, se encontró perpetuando la estúpida idea del pecado de la desnudez femenina. Pasó de largo, alejándose bastante de la tentación, presionado por el peso de la carga religiosa que anida en su mirada. Sus ojos postrados sobre la arena le advierten que lo que debe hacer es entregar la más sincera de sus miradas, esa que está desposeída de conciencia y atiborrada de armonía. Esa mirada propia, única, irrepetible. Dedicarle la mirada de un señor Palomar alejado de la banalidad de un mundo pesado de materia.

Pero apenas vuelve a acercarse, ella se incorpora de golpe, se cubre, resopla, se aleja encogiéndose de hombros con fastidio como si huyese de la insistencia molesta de un sátiro. El peso muerto de una tradición de prejuicios impide apreciar en su justo mérito las intenciones más esclarecidas, concluye amargamente Palomar.



Iniciamos nuestro Taller 1 este lunes 10 de Septiembre de 2007. En este primer encuentro entre los miembros fundadores de Las Filigranas de Perder y los talleristas seleccionados al taller de El Tunal, tuvimos algunos retrasos en la hora de inicio porque justamente a las 2:00 PM la biblioteca abrió sus puertas al público.

Las siguientes son las imágenes capturadas durante el ejercicio de creación colectiva de esta primera sesión:































































































































Antes del trabajo en colectivo, el grupo se reunió para la charla inicial:


















Luego, los grupos comenzaron a trabajar en el ejercicio propuesto:
















































































Los Directores del Taller estuvimos pendientes del proceso en cada grupo:



















Hemos encontrado muy buena recepción por parte de los talleristas. Su dedicación al trabajo propuesto es buena señal:


































































Dedicación y diversión: una mezcla ideal que sólo ocurre cuando uno hace lo que más le gusta:

















































Luego, los textos colectivos fueron presentados ante todo el taller por cada uno de los grupos. Estamos gratamente sorprendidos con los buenos resultados obtenidos en apenas la primera sesión, con personas que nunca habían escrito en colectivo.


































Un abrazo a todos los miembros del Taller 1 - Tunal.


Iniciamos las actividades de nuestro proyecto ganador de la convocatoria Bogotá, Un Libro Abierto.

El primer encuentro entre los miembros fundadores de Las Filigranas de Perder y los
escritores seleccionados a los Talleres de Creación Colectiva en Literarura, ocurrió este viernes 7 de septiembre en la Biblioteca Carlos E. Restrepo.

Las siguientes son imágenes captadas durante el ejercicio de creación colectiva realizado en este primer encuentro:














































































































A continuación, un par de imágenes del grupo completo:




































Los talleristas pusieron mucho esmero en el trabajo:

































Por supuesto, cuando uno hace lo que más le gusta, se divierte:















































































Los textos colectivos fueron presentados ante todo el taller por cada uno de los grupos. Los resultados fueron de un nivel más alto del esperado, lo que nos da mucha confianza en este taller, y nos abre grandes expectativas con respecto a los otros tres talleres.



















Finalizada esta primera sesión del Taller 2, los Directores y algunos talleristas tuvimos la ocasión de conocer a los fundadores de la Fundación Comunidad Indígena Ambika 2000, y compartir un rato agradable de buena charla literaria en su hermoso local, ubicado frente al costado posterior de la Plaza de Mercado del barrio Restrepo.





































Un abrazo a todos los miembros del Taller 2 - Restrepo. El lunes nos vemos con los talleristas del Taller 1 - Tunal.

Adicionalmente, agregamos dos fotografías tomadas durante una de las charlas informativas que dictamos para motivar a la gente a participar en nuestros talleres. Estas imágenes corresponden a la charla dada en el colegio CEDID de San Pablo, Bosa:

















Iniciamos nuestro Taller 3 este domingo 4 de Noviembre de 2007. En este primer encuentro entre los miembros fundadores de Las Filigranas de Perder y los talleristas seleccionados al taller de la Biblioteca Virgilio Barco, encontramos que este es nuestro grupo más numeroso, puntual y juicioso. Esperamos que continúen así todo el taller

Iniciamos esta primera sesión con la habitual presentación de los talleristas y nuestra charla introductoria sobre Creación Colectiva:

























































































































































































Las siguientes imágenes, corresponden a los talleristas reunidos en grupos, desarrollando su primer ejercicio de creación colectiva literaria:


















































































































































Luego, nos reunimos todos al aire libre para discutir las impresiones y resultados de este ejercicio. Todavía habían parches blancos de hielo en el prado, fruto de la espectacular granizada del sábado anterior que enterró varios vehículos en los puentes de la Avenida El Dorado (calle 26), en el centro de Bogotá:
































A todos nuestros talleristas un abrazo. El próximo año nos encontraremos con los participantes de los cuatro talleres para el lanzamiento del libro con los textos producidos en colectivo por ellos.

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