360 Horas en Contranatura
María Elena Quintero, Andrea del Pilar Carrillo

Día 1

Él comienza a despertar. Seis muebles metálicos de tres metros le rodean. Dos pilas de libros crecen a sus pies y en su cabeza. Lo observo desde mi púlpito.

Está abajo, con visión limitada, mientras yo puedo verlo prácticamente todo: un hombre, una ventana superior de treinta por veinte centímetros, una luz central, un colchón, una cobija, una puerta, cuatro paredes, seis muebles. Muchos libros. Mucho tiempo libre…

Tras inspeccionar todas las redes neuronales que hacían mover mis extremidades, corroboré que todo estaba en su respectivo lugar y que no me agobiaba ningún dolor. Abrí mis ojos lagañosos len…ta…men…te.

Me encontré perdido… o realmente no sé si me encontré, más bien me perdí, reconocí que no sabía donde estaba ni cómo mis pasos me habían llevado hasta ese lugar. Lo primero que vi fue el arrume de libros que amenazaban con aplastar mi desubicado cuerpo.

Un movimiento rápido de película de acción hizo que sólo mis pies fueran víctimas del peso de las obras anónimas, y luego del turbador incidente que amenazó mi condición vital, intenté tomar conciencia de lo que me sucedía. Recordé rápidamente imágenes de una trilogía de películas que había visto la semana anterior, en las que la gente aparecía en un cuarto oscuro sin saber cómo ni por qué, y me pareció estar viviendo la misma situación, me pareció por un instante que todo era una coincidencia macabra y que Kamala se había equivocado al comentarme que cosas como esas no traspasarían de la ficción a la realidad.

Era el mismo silencio de las tumbas. Al principio sólo veía una luz titilante y el arrume que casi me aplasta. Luego, todo comenzó a esclarecerse, la confusión empezó a tomar forma de habitación; una habitación rústica y sombría sin comodidades, una especie de celda monacal, con una ventana tan lejana y pequeña como la posibilidad de no enloquecer en ese lugar. A mi espalda, una luz esperanzadora emergía debajo de la puerta, quizá resguardando alguna figura humana detrás de ese pedazo oxidado de metal, que pudiera escucharme o por qué no sacarme, explicarme o ayudarme.

Procuré no asustarme. Eso dicen que uno debe hacer en caso de emergencia. Me puse de pie y mi cabeza adolorida me reveló que algo andaba mal. No pude sostenerme y de nuevo, no encontré mejor refugio que el frío suelo en el que me había despertado. A pesar de mi debilidad, necesitaba entender en donde estaba.

Semejante a una rata que se mueve por el bajo mundo de los humanos, comencé a inspeccionar el lugar. Primero los seis gigantescos muebles llenos de libros rojos de todos los tamaños, con hojas antiguas y desgastadas, sin carátula y sin un nombre que me diera algún indicio de quien los había escrito. Para el momento en que mi cuerpo se reponía y mis miembros reaccionaban de forma habitual, no había encontrado más que un viejo colchón en esa aparente biblioteca. No se oía nada. No se olía nada. No sentía frío ni calor. No sentía a ningún humano, aunque sabía que alguien debería estar cerca de mí.

La paciencia se ahogó en mi cuerpo y la idiotez, de mano de la desesperación, invadió mi condición humana haciendo que empezara a gritar en busca de que un oído cualquiera agarrara mi voz, pero nada. Sólo mi eco golpeaba duro en las paredes de la habitación. ¡Vaya suerte!, pensé entonces. Estaba vivo, pero a qué precio y por qué.

Día 4

Él no debía tener comodidades, al fin y al cabo era un paria como tantos otros que habitaban ahora las calles de humanos en degradación. A pesar de su condición, expresaba la misma angustia que cualquier otro sujeto sentiría en una situación como esta, y su tripas crujían vacías. Era el momento de alimentarlo.

Pasaron tres noches antes de darme por vencido, antes de darme por perdido en ese calabozo. Al principio gritaba desesperado por una respuesta, gritaba para cansar a mi verdugo, para salvarme del encierro y del silencio, pero más que eso, gritaba para salvarme de mí y de mi desahuciado entusiasmo que perecía con el paso de los rayos del sol por mi única ventana. Grité hasta quedarme ronco, hasta que mi garganta se hizo una estopa seca. Estaba quedándome sin energía, y hacía tanto que no sentía ningún sabor, que el no aliento de mi boca se estaba esparciendo por todo mi cuerpo, haciendo que la angustia de no estar en un lugar familiar se disolviera en un acompasado acostumbramiento.

Lo único que me hacía sentir todavía parte de este mundo era el hambre que me hacía alucinar sobre Kamala. Alucinaba con su boca llena de besos erráticos, la imaginaba en una de nuestras tantas tardes de pueril angustia de carne en donde el roce de sus manos perfectamente delineadas moldeaban mi cuerpo hambriento y sediento. No podía dejar de pensar en qué debería estar haciendo en mi ausencia, si me estaría pensando o si en estos días ya habría reemplazado mi miembro con alguno nuevo de los que suelen coquetearle. Sentí celos de mi ausencia en ella, que le daba plena libertad de hacer lo que se le diera la gana. Al ser tan etérea no podía cogerle la carne para amarla o para odiarla.

¿Acaso querían dejarme morir de hambre? Me percaté que mi mente había empezado a elaborar una imagen de ese alguien que me habría puesto en ese lugar. Tenían que ser varios; sujetos errantes, dementes, este tipo de cosas no son planeadas por una sola cabeza maniática.

Un hombre no es nadie sin alimento. Pero acaso, ¿tenía él la oportunidad de ser alguien?

Los rayos del sol comenzaban a caer en la pared desgastada junto al colchón oloroso en donde la noche anterior mi cuerpo había reposado con angustia. A lo lejos escuché unos pasos finos que se acercaban y mis ojos abrieron sus párpados violentamente. Debajo de la puerta una sombra dibujaba un cuerpo gris que finalmente quitó mil cerraduras. La contraluz dio paso a la silueta de una mujer lánguida de cabellos negros y ensortijados como el incienso, traía en sus manos un plato de arroz con un huevo frito y un plátano, acompañado de un vaso de agua. El olor me alborotó las papilas gustativas y se me inundó la boca con la saliva.

Me acerqué a ella tratando de incorporar mi cuerpo entumecido y miré sus ojos grises en busca de algún consuelo o de alguna palabra que saliera de su boca cerrada. Ella se acercó como si conociera el camino, miró mi rostro con espeluznante familiaridad y continuó sin una sola palabra en sus labios. Un sinnúmero de reacciones pasaron por mi cuerpo: primero, el temor por la incertidumbre. Luego, la valentía y el deseo de herir a la persona que me había puesto en ese lugar; intriga por saber qué sucedería y finalmente una tensa calma al mirar, por fin, a alguien a los ojos.

Su silencio cortó mis esperanzas de razones. Ella se limitó a ponerme comida como si fuera un perro. Y la aborrecí. Aborrecí visceralmente su silencio, sentí ganas de mandar mi cuerpo contra ella, pero resulté de pie y mareado mandándome contra la puerta de par en par. Un golpe en la cabeza me devolvió, y desde afuera un brazo cerró la puerta con la intención de evitar mi fuga.
Frustrado y temeroso, comí a regañadientes y pretendí hacerla hablar:

—¿Por qué estoy aquí? —dije mientras tragaba sin probar los alimentos. Ella permaneció inmóvil como una estatua de sal que ve pasar el tiempo sin ningún interés—. ¿Dónde estoy? —repetí con más ahínco mirándole a los ojos. Pero de igual manera que la vez anterior, las pupilas grises que nadaban en sus órbitas enmudecieron a la par con sus labios—. ¡Sé que puede escucharme! ¡Contésteme! —grité de nuevo con más fuerza, tomándola del brazo, halándola hacia mí, haciendo que su cuerpo se estremeciera contra la contrariedad del mío. Deseaba una respuesta, pero en vez de tranquilidad, un desasosiego se apoderó de mis miles de ramificaciones como nunca en toda mi existencia. Su mano derecha se acercó a mi rostro acariciándolo de manera sutil y compasiva, y sus ojos miraron los míos con afabilidad un instante antes de retirarse.

Me sentí poderoso al tomarle el brazo, me sentí victimario siendo víctima, y al final yo también enmudecí. De nuevo, la puerta se abrió, succionando a la desconocida que cumplía con su labor de alimentarme y recoger mi plato.

Día 5

¿Cómo no iba a intentar escapar si veía a una débil mujer como el único obstáculo para acceder a su libertad? Nunca se ha querido lastimar a nadie, pero tenía que entender que ella no estaba sola.

La comida me iba reponiendo fuerzas físicas y mentales. Podía atacarla en cualquiera de sus intrusiones, podía hasta matarla si me lo proponía, pero ese golpe en la cabeza me lo había dado un ser invisible… era absurdo intentar por la fuerza vencer algo que no conocía. Lo mejor era seguir esperando, mirando, oliendo, pensando y oyendo. Sobre todo oyendo.

El silencio en que me encontraba me dejaba dos opciones: o me ponía a leer algo de ese arrume sin nombre que me rodeaba, o me sentaba a escuchar sonidos confusos y lejanos. Opté por escuchar porque no quería distraerme, no quería que mi mente se volara ni olvidara lo que me estaba ocurriendo, no quería perderme entre historias ajenas. De repente escuché a lo lejos un sonido familiar que me evocó noches eternas frente a la máquina. Recordé que recién adquirida, mamá me molestaba cada noche preguntándome cuánto más pensaba quedarme escribiendo. Y al día siguiente siempre me reprochaba sus ojeras, su cansancio y su mal sueño, achacándole toda la culpa al sonido de las subidas y bajadas de veintitantas teclas. Al final, como todos nosotros, resultó acostumbrándose a aquello que tanto le incomodaba. Eso fue lo que oí: el taqueteo lejano de una máquina de escribir.

Con el oído presto a lo que sucedía afuera, me refugié en el colchón, cobijado por las sombras de la noche, pero los sueños hicieron imposible mi descanso. Era cierto que había recuperado algo de mis fuerzas, pero mi mente se hundía cada vez más en una debilidad innombrable, parecía que el encierro no sólo hubiera encarcelado mi cuerpo sino que mi espíritu se estaba doblegando ante él.
Esa noche vi de nuevo a Kamala. Esta vez, era su imagen bañándose el cabello en la rivera del río Maupassant mientras me invitaba a acompañarla, escurriéndose las gotas de su cuerpo firme y desnudo. Yo corrí hacia ella sin levantarme del suelo y a mi lado un ser con mi mismo rostro tomaba ventaja de mi imposibilidad haciéndola suya en mi lugar. Kamala no notaba la diferencia y en segundos parecía que mi verdadero yo era transparente para ella, besaba al impostor con la boca entrecerrada y susurraba a su oído, se estremecía como un gato que desea que lo acaricien y en minutos jadeaba de placer. No podía creerlo, era una pesadilla que su piel blanca le perteneciera a un ser inmundo como ese, un ser que podía ser yo.

Día 8

¿Qué genera el deseo? ¿Acaso puede decirse que es el cuerpo, la voz, los ojos, el olor…? ¿Acaso viene de imágenes heredadas genéticamente que se nos revelan en sueños? El hedor era insoportable, traspasaba incluso las paredes del presidio en donde reposaba mi amigo. Era hora del baño.

Continué soñando con Kamala todas las noches desde que la lánguida mujer de los ojos grises me trajo alimento por primera vez. Sus visitas inconstantes fueron cortas y al grano y no me atreví a tocarla de nuevo, aunque sí comencé a observarla con cierto morbo.
Las luces de la mañana número ocho encendieron mis ojos y mis oídos, me avisaron que ella se acercaba. Podía oír como sus pies tocaban el piso y mi nariz de perro aprisionaba con desespero el aroma de sus cabellos. Si Kamala era la mujer de mis sueños más depravados, la desconocida era ahora la dominatriz de mis realidades. Toda la frustración de mis malas noches con Kamala recaía en los labios de mi guardiana anónima.

Las miles de cerraduras se abrieron y la contraluz dio paso a la silueta deseada. Ya mi conciencia actuaba de manera extraña cada vez que se dibujaba con la luz en su espalda, como si fuera el alimento perfecto para los gusanos agitados que me habían carcomido desde el cerebro hasta el sexo. Traía consigo un balde con agua y una esponja de baño, y hasta ese momento no había notado el hedor que emergía de mi cuerpo, todo yo era un poema de Baudelaire, una carroña, un individuo debajo de una piel casi muerta, casi enferma y en su totalidad sucia y desagradable. Ella bajó su rostro hacia mí y sin ninguna clase de asco, me tomó de la mano y me levantó. De nuevo, sus labios como lápidas sin epitafio conservaron su prudencial silencio. Sus manos comenzaron a quitar las prendas con suavidad y de inmediato pude sentirlas suaves y tibias mientras bajaban por la curvatura de mi espalda.

Entre el delicioso abandono del estupor, la libido invadió mi cabeza haciendo que la sorpresa se vistiera de satisfacción y así el hedor y la delicia se acariciaran. Era cierto que estaba privado de la libertad, pero nadie podía quitarme el derecho de sentir y fantasear. Nada hubiera pasado si por lo menos el agua hubiera estado fría. Pero para disfrute de ambos, alguien había tenido la delicadeza de tibiarla y así nada pudo apagar el fuego interno que hizo presencia en el avivamiento de mis deseos, en el endurecimiento de lo que, durante ocho días, había olvidado que tenía.

Una suave erección empezó a acompañarnos… cuando lo noté puse mis manos en mi sexo, pues todavía había algo de pudor que me enfrentaba a aquella insonora e insípida niñera. Ella pareció ignorar lo que era ya bastante visible, a tal punto que me restregaba, enjabonaba y enjuagaba, como si aparte de muda fuera ciega y sus manos no detectaran nada. De repente, sentí la brisa pasar tímida por mi cuerpo y me di cuenta de que ella ya no estaba cerca de mí. Con movimientos sigilosos, rápidos y callados, como toda ella, cerró la puerta dejándose dentro de la habitación. Mi boca casi balbucea un “¿qué piensa hacer?”, pero se despojó tan hábilmente de su falda, que comprendí de inmediato lo que sucedería. Como un animal salvaje que no ha comido durante días, me tomó y me devoró. Hasta en eso era yo su víctima. Su voz seguía sin pronunciarse pero no hacía falta, su cuerpo me había dado toda una cátedra de lo que era ella, con la misma inmediatez con que me alimentaba, me bañaba, y se desvestía. Me dejó a medio bañar y con un extraño bienestar entre pecho y estómago.

Día 10

Quería probar que yo soy de sangre y él es de químico, pero somos igual de primarios. Aún teniendo la oportunidad de verlo todo desde aquí arriba, me prohibía a mí mismo entender la posibilidad de que pudiéramos tener comportamientos tan similares. Lo aislé para observarlo con detenimiento y encontrar en sus movimientos algo que le diera valor a los míos. Pretendí afirmar mi ser a través de la negación del suyo. Mas todo resultó repetición de mí mismo con pequeñas variaciones.

Fue insólito evidenciar cómo una extraña de figura lánguida se apoderaba de mi cuerpo, sin mayor explicación que un fiel plato de comida ofrecido cada vez que el reloj biológico, puesto en marcha por los hábitos alimentarios de la sociedad, marcaba la hora de la agonía estomacal. Fue paradójico desear la figura sin figura de una de mis raptores, que me alimentaba el vientre y el instinto en dos o tres visitas diarias, mientras yo, con los miembros ondulantes al aire, capturaba cada una de sus curvas. Fue desconcertante esperar a que la luz de la ventana se situara en cierto lugar, donde marcaba la hora aproximada de la presencia femenina en la habitación.

Todo en mi vida ha sido repetición, duplicación con pequeñas variables. Todo en mi vida ha sido duplicación, repetición con sutiles caprichos. Esto se parece demasiado a mi vida.

Día 11

El hombre ha estado inquieto, pese a que no le ha faltado comida ni compañía. Rodeado de arte, de palabras mágicas y fabulosas que pudieran cambiarle el color y el olor a sus días, él parece no querer ver más allá de su piel y de las congojas que le siguen aquejando. Sublime es aquel que, aún en estados adversos, abre las puertas de su percepción para invitar a seguir, a su morada interior, los simbolismos del obrar humano. Ya era hora de que leyera.

Al llegar el día en que ya no pude recordar cuantas oscuridades había visto teñir la ventana superior que me custodiaba, no resistí más el aburrimiento de encontrarme acompañado nada más que por mi saco de huesos y carne a medio alimentar. Pensé que todas esas palabras impresas podían evadirme de la realidad que vivía, podían hacerme distraer de los personajes e historias que ahora estaba viviendo, y no me atreví a coger uno de los libros tan siquiera para observarlo. Todos eran rojos y no había muchas diferencias con las que pudiera tropezar. Pero ahora que el contacto con ese cuerpo había logrado el propósito de cambiar mi tema de debate mental, no vi mayor problema en curiosear entre uno que otro ejemplar.

Leer o cortarme las venas. ¿Y con qué? ¿Con las hojas de los libros? No pretendía darme a la patética idea del suicidio y menos de esa manera tan desesperada y poco eficaz. Así que sin afán decidí estirar el brazo y agarrar el primer ejemplar que mi mano encontrara sin la ayuda de los ojos. Como tampoco quería encariñarme con algún personaje que me hiciera seguirle la pista en el trasegar de la historia, o con algún debate filosófico, social, científico o histórico, decidí casi sin preámbulo abrir una página cualquiera y ocupar mis ojos en algo que ejercitara mis neuronas:

El deseo sexual tiende a la fusión –y no es en modo alguno sólo un apetito físico, el alivio de una tensión penosa. Pero el deseo sexual puede ser estimulado por la angustia de la soledad, por el deseo de conquistar o de ser conquistado, por la vanidad, por el deseo de herir y aún de destruir, tanto como por el amor.

No sabía si mofarme o asustarme de la coincidencia. Era como si los libros hubieran sido una tirada efectiva del tarot que le ponían nombre a lo que había rondado mi cabeza, que materializaban en palabras aquello que había sido innombrable, que me mostraban fuera de mí, algo que había husmeado en mi interior. Y como no tenía mucho que hacer allí encerrado, jugué a corroborar si en realidad era cierto o había sido casualidad de primerizo. Así que abrí otra carta del estante inferior de un mueble distinto; esta vez escogí uno más grueso y grande:

...es un sueño con la única mujer que en la vida me dio a la vez los más altos placeres de la carne y el atisbo del cielo mostrándome los genitales lanceolados y sonriéndome con tanta intimidad que le alcanzaba a ver las calzas de las muelas cordales e introduciéndole mi bastón de mando en la cuarta dimensión de la inexistencia, porque nada es para siempre y eso lo comprueban las erecciones…

Aunque había partes que no entendía y otras que me parecían de una lucidez abrumadora, me di cuenta que la cuestión no era que los libros jugaran conmigo al tarotista, sino que más bien mi sensibilidad era extrema. Al estar encerrado, en vez de que la oscuridad me secara los poros o los sentidos, estos parecían andar hambrientos y susceptibles a cualquier cosa que les llegara.

La vida es un estado de éxtasis que al igual que el uso de la droga expande los sentidos, haciéndonos más susceptibles a la realidad. Al vivir drogados de locura, dejamos de ser simples números encasillados bajo montones de carne y empezamos realmente a ser nosotros mismos en pieles prestadas.

La puerta se abrió como de costumbre, trayendo consigo la silueta de la mujer hecha delicia. Deseaba verla, deseaba sentirla en mis sentidos, deseaba saber que me deseaba.

Como tantas veces anteriores, la sombra a contraluz dibujó su silueta bajo el dintel de mi puerta, haciendo erizar todos los miles de minúsculos vellos que rodeaban mi abatido y sucio cuerpo. Sabía que su visita traería comida, pero para ese entonces la comida era lo último que me interesaba. Lo único que deseaba hasta los huesos, lo único que saboreaba entre mis dientes, lo único que acariciaba y lo único con que fantaseaba era su cuerpo desnudo de piel limpia y sus manos de dedos largos y delicados. Mientras los pasos susurraban su regreso en mis oídos, mi miembro comenzó a inquietarse. A mi mente venían todos los besos silenciosos, las caricias lascivas… y mis dedos sintieron aún sin tocar sus profundidades, los húmedos canales que atravesaban sus fronteras sexuales y sátiras. Era mi momento de desquitarme del mundo y hacerla parte de mí en movimiento.

El cabello finamente despeinado que cubría su rostro se movió bruscamente, era mi cuerpo asaltando su delgado contorno en un deleite absoluto. Sus ojos me miraron y giraron, su piel se acomodó de mil posiciones y el vello perfumado de su sexo armonizó la velada. Esa única vez fui yo quien llevó la batuta; esa última vez fui yo quien sobre sus curvaturas dibujó los puntos cardinales desde su cuello hasta su ombligo. Sentí varias veces sus labios dibujando palabras sin vida en afonía, sentí que las respuestas estaban cada vez más cerca y sus pezones, tibios y rosados, acogieron mis labios que siguieron preguntando y preguntando. Fue entonces cuando la sensualidad se volvió pesadilla y desconcierto. Su pecho, otrora de pezones erguidos y cálidos, colapsó en el piso contra el colchón maloliente. Sus ojos entreabiertos se dilataron y el frío de la muerte que había acabado de besar su boca, asqueó mi cuerpo haciéndome levantar del suelo con las manos temblorosas que se estremecían entre la confusión del placer y de la desdicha. Me arrastré hacia la esquina derecha de la habitación y encogí mis rodillas llevándome las manos al rostro. No podía creerlo. Repasaba movimiento por movimiento mis actos anteriores, analizaba cada paso, cada acción, pero quedé sin aliento y sin ningún indicio. Hasta la máquina de escribir había dejado de tronar en la lejanía.

No pasaron muchos minutos para que cogiera de nuevo uno de los libros más cercanos y empezara a nadar en sus hojas, quería darle a mi amiga algo de lectura personal para que descansara en paz y quería a la vez un falso ambiente afable. Cerré mis ojos y tomé el libro, cayendo en una hoja al azar, las palabras casi borrosas salieron de mi boca en voz alta:

Desde el exterior se observa la neblina y la lluvia ácida. El afuera no resguarda la esencia…

Miré sus ojos aún sin refugio, “es mejor que nos mantengamos adentro mientras acaba de llover, si quieres podemos jugar matatenas con los granos de arroz que he conservado de tus visitas, o si quieres, si te parece mejor, podemos hacer el amor unas tres o cuatro veces más mientras permaneces inválida y tranquila sobre el piso.” Volví una vez más los ojos al libro y continué leyendo:

...los ojos parpadean en las manos y sostienen el espectro, el núcleo recién nacido, lo protegen del filántropo, de la esencia y del suicida neutral. Corren sin piernas, sin dedos hacia la nada, tambaleando la nueva vida, mas no hay escapatoria del averno, la salida del desierto se esconde puertas adentro.

“¿Quién habrá inventado esta mierda?”, dije con tono burlesco mientras tiraba el libro hacia la puerta de metal, esforzándome por levantarme del suelo sin éxito. La locura llevó a la tranquilidad y mis piernas pegadas al rústico suelo se entrelazaron con las pálidas y rígidas piernas de ella. Pronto el sueño me venció y al despertar, el cuerpo del delito había desaparecido.

Día 15

Me he bajado de mi pedestal. Al contrario de disfrutar mi poder sobre ese Otro que también soy yo, sobre sus acciones, he entrado a compadecerlo, y es que la carne jala aunque sea hecha a contranatura, aunque no vengamos del mismo vientre…

Sus acciones reflejan mis temores más profundos, él la ha asesinado, ha despojado su cuerpo de virtud y en él soy yo, somos uno. Pudieron haber sido mis manos entre su cuello y mis piernas entre las suyas, pudo haber sido el remordimiento de engañar a Kamala lo que sin saberlo lo impulsó a matar a la triste Amelia, mi bella e insípida Amelia… hay que concluir este absurdo juego.

Abro la puerta y ahora, para su infortunio, la silueta no es femenina. Le arrojo un libro y un esfero a sus pies. Mientras él mira extrañado su rostro impreso en aquel libro, le ordeno empezar a leerlo. Le da la vuelta, lo huele, lo abre, lee los primeros renglones y comienza a escribir.

Cae a mis pies “Duplicación genética: el más reciente triángulo de las bermudas.” Mi foto aparece en la portada. Todo es muy confuso. ¿Yo? ¿Ahí? ¿Cómo? ¿Por qué? Abro la primera hoja:

DÍA 1.

Él comienza a despertar. Seis muebles metálicos de tres metros le rodean.

A medida que más leo, me asombro, me asusto y decido casi mecánicamente continuar. Tomo la pluma y:

Tras inspeccionar todas las redes neuronales que hacían mover mis extremidades, corroboré que todo estaba en su respectivo lugar y que no me agobiaba ningún dolor.

La voz que desde las sombras me ha ordenado leer, se materializa en una silueta perfectamente visible, y veo mi rostro, como mi foto en este libro, como mi imagen en un espejo. Él soy yo. Peor, yo soy él.

Fragmentos del Diario de Diego Conde
Jorge Armando Laguna Rivera

Martes 18 de septiembre

En la madrugada

Me despertó un gran estruendo que venía de las tejas, que se alternaba con un aullar, como el llamado de un ave. Pero no creo que las aves salgan a pasear a media noche. Puede ser un murciélago… los murciélagos no son aves… ya ha dejado de sonar.

En la tarde

Hoy amanecí cansado, como si en la noche hubiera cargado con los sueños de toda la humanidad. Amanecí con moretones en mi pecho.

Jueves 20 de septiembre

En la madrugada

Otra vez está encima del tejado; debe ser un animal grande porque cuando pasa hunde las tejas, provocando un ruido fastidioso.

Sábado 22 de septiembre

En la mañana

Hoy salí con Valentina a tomarme unas cervezas y a conversar con ella de literatura, de sus gustos, y me comentó que le gustaba mucho Bukowski; que a los trece años se encontró con un libro de él, pero que hace pocos meses se vino a enterar que era Bukowski. Cuando me contó esa historia fruncí mi frente, ella se dio cuenta que no le creí, a lo mejor se sintió inferior ya que me la pasé hablando durante toda la tarde y parte de la noche de literatura; sin embargo esto no quiere decir que me ha dejado de gustar, tan sólo me decepcionó un poco…

Domingo 23 de septiembre

En la madrugada

Hace unos minutos escuche a un niño llorar en el tejado… acabó de gritar otra vez… Es un gato que imita el llanto de un niño.

Martes 25 de septiembre

En la madrugada

Otra noche en vela por el gato, debe estar buscando ratones en el tejado.

Miércoles 26 de septiembre

En la madrugada

Me tienen harto estos animales, he cogido una escoba y he golpeado el cielo raso; al parecer se han alejado.

Más tarde

Me volvió a levantar el ruido de las tejas, ese animal está caminando, parece que comprimiera las tejas a cada paso.

Jueves 27 de septiembre

En la madrugada

Ahí está, me ha pegado un maldito susto que me hizo brincar de la cama. Está encima del tejado de mi habitación; está aullando y parece desperado; por ratos le sale un chillido de bebé. ¿Será que es una bruja que se roba los niños?

Sábado 29 de septiembre

En la noche

Hoy salí con Valentina por tercera vez, esta vez sí la besé, no como hace ocho días cuando el pudor y las insensatas palabras que me dirigió agudizaron mi misoginia. Aun no se qué somos, espero que novios. Si supiera que no he hecho más que pensar en ella, de seguro presumiría con alguien de mi debilidad. Muchas veces es mejor hacerse el duro con estas situaciones y dejar que las cosas fluyan sin demasiada exaltación sentimental. Ella se ve que es una persona bien… además está buena… tiene esa facultad que a pocas les he conocido (bueno también es cierto que no conozco a muchas), que es la de discutir conmigo.

A veces me levanto y sueño en las cremosas tonalidades que le darían a mis labios los suyos, sin embargo a mi vientre entra un viento de restricciones engalanadas en mis convencionalismos. Y aun es muy pronto para dispararle un te amo. Ella se ha vuelto el fetiche de mis últimas semanas y el licor que compensa mi desahuciada realidad. Se ha convertido en eso, en un concepto que mi mente y mi corazón han elevado al inquebrantable atributo de lo divino. Pensar en ella, vivir por ella los sábados, día en que hemos convenido encontrarnos. He resuelto mi vida para el sábado. Hoy se ha deslizado levemente por mis ojos absorbiendo mi mirada en la suya, ha entrado libre en mí, ha destrozado las barreras de la misoginia. Se ha encallado en mí.

Domingo 30 de septiembre

En la mañana

Hoy me ha mirado, hoy creo en Dios. Bécquer jamás se ha metido en mis labios con tanta pertinencia como anoche, cuando al ritmo de una cerveza y una tonada le dije que era mi mundo, que mi cielo estaba en la hendidura de sus ojos, que mi infierno eran las llamas que azotaban sus labios. Cuando me miró, baje mis ojos tratando de ocultar la vergüenza que me provocaban las palabras dichas en otros tiempos, cuando puteaba a las mujeres y engalanaba mi discurso en el odio hacia ellas. Bajé la mirada temiendo que viera lo que había hecho, temí que me odiara por ello, hoy espero una llamada.

Lunes 1 de octubre

En la madrugada

Las tejas suenan; mi abuela me contaba que en las noches en el pueblo, unas grandes pizcas se posaban encima de las copas de los árboles. Debe ser una bruja.

Sábado 6 de octubre

En la mañana

Valentina y yo hemos acordado vernos todos lo sábados, a mí me gustaría verla más seguido, pero al planteárselo me evadió con unos argumentos algo tontos, que un sábado nos habíamos conocido: “esto no creo que funcione en otro espacio que no sea éste o en otro tiempo que no sea éste”. La verdad no me gusto el condicionamiento, jamás me ha gustado que me condicionen y hagan una tautología con mi existencia. Es como decir que el sapo tan sólo sirva para comer moscas, ¡no!, ya los cuentos nos dan otra perspectiva. Cuando yo le di a escuchar mi parecer, ella muy tajante y orgullosa me dijo que éste era el mundo real.

En la noche

En la vida siempre hay una búsqueda. En la sexualidad animal: la reproducción. En el erotismo: una búsqueda de satisfacción ajena a inundar este mundo de chinos. Sin embargo con ella yo comprendería tanto lo uno como lo otro, me gustaría deleitarme a diario con sus pezones pero también alardearía de ellos en la boca de un hijo. Esta tarde sus cabellos se hundieron en mi cráneo, los fluidos no me importaron porque eran de ella, y los míos que desde algún tiempo se habían derramado en mi mano, hoy fluyeron por los canales de su piel.

Domingo 7 de octubre

En la madrugada

Acabo de llegar de un bar. Son las tres de la mañana y su olor se encuentra tan fresco en mi piel que mientras tomaba, también dormitaba en sus brazos. Hable con mis amigos toda la noche de ella, de su embrujo, de ese reconocimiento de lo sagrado que hay en ella; ellos desconocieron mis palabras, sobre todo Augusto, que conoce mis antecedentes. Me reprocharon mi alineamiento ante una cuca. Les dije que no cuestionaran mi sentimiento, y cuando dije esta ultima palabra, Carlos me reprochó como venganza de una noche en la que se la monté con Clara.

Martes 9 de octubre

En la madrugada

Está encima del tejado, aúlla pero ni por eso dejo de pensar en Valentina, ¿donde estará? No tengo ni el numero de su celular, ni se donde vive. La tarde en que apreté sus pechos, estuvimos en un motel de la primera de mayo; por lo general siempre insiste que me vaya primero y cuando no lo hace, me acompaña a mi casa. Se ha ido.

Jueves 11 de octubre

En la mañana

Estoy a dos días de verla, hoy me voy a peluquear porque según ella, y le creo, el peinado no me queda; quiero que me vea diferente. Le compré un libro, “Ojo al Cine”, de Andrés Caicedo. Según me ha comentado ha leído toda su obra, menos ésta, que desconocía hasta que se la comenté.

Sábado 13 de octubre

En la noche

Había estado leyendo y de un momento a otro una precipitación existencial se apoderó de mi cuerpo, con tanta fuerza que mi cerebro sintió un espasmo en la coronilla. Algunos dirían “ojo marica que es un derrame”, y yo intercalando sollozos, le contestaría que es cierto lo del derrame de insatisfacciones que se han apoderado de mi cuerpo, sobre todo cuando recuerdo este compendio de sentimientos que se vuelve inmanejable en la escritura. Uno llega a cuestionarse si se dedica a pensar o a escribir lo pensado, y es ahí en donde la velocidad de las emociones aventaja al pensamiento. Es cuando tiemblas y te rueda una lagrima malograda por la piel, y todo por quien no debería significar más que una molestia en la mención de tu mundo. Así me encuentro, desalentado por el discurso que ella me emitió hoy. Esta tarde la mire a los ojos y fue como si un rayo partiera mi cuerpo, como si sus ojos estuvieran juzgando mis trasnochadas y mi falta de higiene. Supe que me señalaba el pene cuando dormía y que besaba mi cuerpo con deseo. Supe que me hacia el amor en las madrugadas y que aullaba como un niño alucinando lo que apetecía su vientre. Desde que la conocí, conocí también el ruido de las pailas del infierno en mi tejado.

Ella También es mi Amiga
Patricia Jiménez, Andrea Carolina González

Vivían en un edificio antiguo, de paredes descascaradas y escaleras de borde mordisqueado, pero los apartamentos eran grandes y construidos con gusto de artista. Adriana cuidaba el suyo con especial dedicación, tenía matas por todas partes, grandes bodegones adornaban las paredes de la sala, que por las noches iluminaba la luz amarilla de una lámpara, tenía una terracita encantadora en la que le gustaba hacer asados e invitar a los vecinos, allí se sentaban cuando el día lo permitía, a contarse sus cuitas y a dejar pasar los anillitos de humo volando.

Carlos y María vivían en el apartamento que daba al frente de Adriana. La edificación era caprichosa y llena de vericuetos y las habitaciones de un apartamento se metían en el otro, los separaba una terraza cuya puerta de acceso le correspondía a Adriana y, aunque la entrada de los dos apartamentos correspondía a diferentes interiores, en ocasiones los muros dejaban pasar las voces que llegaban con sus diferentes matices repartiéndose de un apartamento hacia otro. En ocasiones Adriana alcanzaba a distinguir el perfil del pintor dedicado a su obra y el de su esposa cuando entraba a interrumpirlo…

Mientras empacaba un cuadro, María lo miró. El pensó: “va a empezar de nuevo…”

—Espero que lo vendas —dijo, María—, si no fueras tan terco podrías ganar millones.

—-No me importa la moda —contestó él—. Detesto la falta de carácter de tantos artistas, que pintan al ritmo del mercado, me interesa observar el hombre inserto en un mundo que se deshace, por eso voy a esos sitios que tanto detestas, allí encuentro vida e inspiración.

—Sí, pero mañana tenemos que pagar el arriendo.

Salio presuroso para evitar más cantaleta y se fue al barcito de Tomás. María tomó el bus a su oficina, el nuevo proyecto en el que iba a trabajar necesitaba de toda su dedicación, por fin iba a trabajar en algo que la entusiasmaba y el equipo prometía, había logrado que contrataran a Juan, su amigo recién llegado de París y eso le daba un poco de emoción a su trabajo.

Calculó el tiempo preciso para que ella tomara el bus y regresó de nuevo a su apartamento, donde se dirigió de nuevo al estudio y siguió pintando. Dio una última pincelada a su cuadro, lo miró sin mucho convencimiento y salio presuroso al interior dos, subió rápidamente las escaleras, meditando una a una las palabras precisas que le diría a su vecina.
—Te combina perfecto con el color de los muebles, le va a dar más vida a la sala —ensayaba, mientras alcanzaba el último piso, donde vivía Adriana.

La había visto un rato antes asomarse al balcón con un cigarro en las manos, con la mirada perdida y melancólica, ensayando anillitos que se perdían uno tras otro en el aire mientras sus ojos recorrían el mismo trayecto de éstos.

—¿Hola Carlos, cómo estás? Hace rato no te veía —le gritó desde su balcón al descubrirlo observándola.

—He estado pintando, tengo un encargo.

—¿Y cómo van las cosas, vecinito? No hemos vuelto a tintear, tienes que ponerme al día.

—Listo Adrianita, caliéntese un tintico y subo, le tengo un negocio.

Golpeó en la puerta y ella lo miró por el ojo mágico, tomó aire, abrió con una sonrisa franca y lo invito a seguir, “sigue, el tinto esta fresquito, acabo de hacerlo.”

Se sentaron juntos en la mesita de la cocina, lugar preferido para sus confidencias, Adriana sirvió el tinto en el pocillo grande que una amiga le había traído de un viaje, un vaso blanco y largo con marquilla de Vancouver, que era el que le gustaba a él.

—Cuente vecino, cuente, ¿cómo han seguido las cosas?

—Mal, china, mal. Mi pobreza no tiene arreglo, y no sirvo para ir a esas reuniones de María a lagartear, parece que lo nuestro no tiene arreglo.

Ella lo miró entre triste y alegre, y suspiró.

—¡Que vaina!

—Sí, que vaina —y posó su mano sobre la de Adriana, que sacó un cigarrillo del paquete y lo llevo a la boca, prendió el encendedor y aspiró con ansiedad.

—Al revés, está al revés —le señaló él. Adriana volteó el cigarrillo y aspiró nuevamente, se miraron y los dos soltaron al unísono una carcajada.

—Los invito a un asado, este fin de semana, quiero tomarme unos traguitos para celebrar mi cumpleaños.

—Gracias vecinita, vendremos.

—Ahora sí, dime. ¿Cuál es el negocio?

—Quería mostrarte mi último cuadro. Cuando lo terminé me di cuenta que tu apartamento era el sitio preciso para colgarlo, combina con todos los colores de tu sala.

—Déjame ver.

Adriana desempacó el cuadro con la misma emoción con que desempacaba los regalos de navidad cuando era niña y se encontró con una mujer asomada a la ventana fumando, con expresión de melancolía, y al fondo un cielo arrebolado e invitador. La mujer llevaba un sombrero que le ocultaba media cara.

—La de mi cuadro sí sabe fumar

—¿Cómo se llama el cuadro?

—No tiene nombre, lo puedes bautizar.

A ella le pareció adivinar en el cuadro una silueta de mujer parecida a la suya, pero se quedó con el cuadro y con la duda.

Le insistió a Carlos para que recibiera el dinero y después de un forcejeo de palabras, finalmente lo logró.

—¡Lo hiciste, Carlos, lo hiciste! —le celebró María—. ¿Sí ves que no es tan complicado? Unas palabritas zalameras, una adulación, una sonrisa, una miradita a los ojos y esas señoras están dispuestas a comprar todo. ¡Debías hacerlo mas a menudo!

Él hizo cara de aburrido, y un poco turbado se imaginó el cuadro colgado en la habitación de Adriana. Se acercó a su esposa, la miró detenidamente y recordó la primera vez que la vio: ella parecía recién salida de un cuadro, con sus colores y todo, nunca había visto brillar así una mujer. Le di un beso y la invitó a meterse en la tibiedad de las cobijas.

Al otro día, en la tarde llego María donde su vecina a contarle de su nuevo proyecto, estaba entusiasmada, al fin trabajaría en algo interesante y Juan estaba muy bien, le comentó con ojos brillantes a Adriana.

Se dirigió al baño atravesando la habitación de Adriana, y de pronto, reconoció en la habitación de Adriana un cuadro pintado con el estilo inconfundible de Carlos, palideció y tuvo que hacer esfuerzos para que Adriana no percibiera su agitación.

Después subió a su apartamento y le contó a Carlos de su nuevo proyecto, y de Juan. El sonrió y le dijo:

—Me alegro mucho por ti, ¿y quien es el tal Juan?

Ella le contestó en tono irónico:

—Se ve muy bien tu cuadro en la habitación de Adriana, combina con los colores de los muebles…

Mientras tanto en su habitación Adriana se esforzaba por reunir las palabras sueltas que atravesaban los muros del vecindario.

El apartamento estaba más acogedor que siempre, con flores en las mesitas, el piso brillante y la luz amarilla iluminando la sala. En la terraza una hermosa luna llena iluminaba el espacio. Adriana había desempacado la botella y ya iba en su cuarto trago cuando llegaron sus vecinos.

—Sigan vecinitos, los estaba esperando. ¿Qué toman?

—Danos un roncito a ambos. Brindaron los tres y se abrazaron mientras la pareja la felicitaba, después apuraron el siguiente trago. María se retiró y siguió saludando a los demás invitados. El acercó su cara a la de Adriana y le dijo:

—Tengo que contarle algo.

En ese momento se acercaron otros invitados a felicitarla y el pintor aprovechó para buscar a su esposa, mientras Adriana lo seguía con el rabillo de los ojos. Los invitados comenzaron a irse, el pintor acostó a su mujer, pasada de tragos, en un sofá, y fue a buscar a Adriana.

—¡Tengo que decírtelo!

Adriana entrecerró sus ojos y contuvo la respiración, preparándose a escuchar al fin las palabras. Pero de pronto, retrocedió aterrada y empezó a gritar diciendo: “no me digas eso, no me digas eso”, y salió corriendo fuera del edificio. Él la siguió. Y ambos, con paso torpe, atravesaron pasillos y escaleras, finalmente se detuvieron y Adriana nuevamente se puso a llorar, mientras decía:

—Ella también es mi amiga, ella también es mi amiga y yo la quiero. Siempre te he deseado, te amo ¡Ahora que vamos a hacer!

Él se quedó sin respiración, pálido y preocupado, estudiando los gestos que hacía ella. Se hizo entonces un silencio prolongado, sólo interrumpido por el ladrido de un perro en un tejado, mientras él pensaba: “ya no me voy a separar, eso era lo que te iba a decir.” Pero sólo atino a decir en un tono suave y conpungido:

—Mejor entrémonos Adrianita, hace frío, mejor entrémonos…

El Vestido
José David Ávila Gómez, Gustavo Ramírez Hernández

FINAL

¡Ahh!, el olor añejo de mis años, la falta de visión… aun más, esos entrañables recuerdos que me agobian, mi dulce sobrino, Dante, lo quiero, o mas bien todo lo que él me recuerda. Parece que fue ayer cuando en mis años de juventud comenzaba a conocer el amor, ¡cómo la quería!, todavía me acuerdo perfectamente de sus quince, cómo olvidarlo, todo terminó con el vacio de las copas llenas de champaña golpeándose en el aire obsoletas y diciendo salud. Me encantó como aquel sonido de las copas iba al ritmo de las miles de conversaciones, que anunciaban el futuro de mi querida Jenny, cuando ella con el desgastado brillo de sus ojos ya me decía que todo no fue como en la noche anterior… no faltaban las conversaciones que decían algo así…. <>… <>… <>… <> (no falta el imbécil con la frase de cajón). Y la mejor de todas, la que nunca se me olvidara… no puedo defraudar a mis papas, hasta aquí llegamos... no entiendo por qué una frase tan corta, tan….

Cómo olvidar el olor sofocante que rodeaba el vals melancólico que derruía de a poco todo lo que me quedaba de felicidad esa noche y mi primer amor. Ese olor de gente en fiestas se mezclaba con un poco de Carolina Herrera que era el aroma de ella, yo era el único que entre tanta alegría y tanta fiesta no podía sonreír. Vi como lentamente ella se acercaba hacia mi mesa, yo sentado entre sus amigas, y con su apagada mirada me decía adiós, me susurró algo al oído, que tal vez por tristeza no quise entender, adiós, entonces me di cuenta que yo era un desconocido en aquella fiesta que no tenia nada que ver ahí, que era un extraño más…

Después de que aquella niña, vestida de princesa, que por cierto se veía tan hermosa, ya no hiciera parte de mi vida, sólo me quedó esperar con el alma en dos, el bufete que sólo supo a amargura y desamor. Estaban celebrando el paso de su niña a mujer, yo la estaba despidiendo para siempre.

Adiós… nunca pensé decirte eso, nunca pensé que esto fuera a terminar, todo parecía tan hermoso, tan bello, tan perpetuo… Pero lo entendí, nada es eterno y menos el amor, el corazón no esta a nuestro alcancé, no porque es débil ni porque es rojo, es para no poder ver las heridas que nos dejan las personas que amamos, esas personas que dan sentido a la vida pero como dice una canción, “nada es eterno en este mundo”.


COMIENZO

Nada es aislado, siempre afecta a algo más… todo es como un domino que cae ficha tras ficha y poco a poco nos damos cuenta que todo pasa por algo, sea bello u horrible… La vida es como una gran obra que nunca podremos develar.

Terminé un día en unos quince de pura casualidad, de cordado yo que estaba ahí, la quinceañera se llamaba Camila y pues a mi eso no me importó de a mucho, yo en realidad en esos días no quería salir pero mis amigos me quisieron sacar de ese ambiente de estrés. Me quedé sentado en el sofá con un buen vaso de whiskey, aburrido, pero ella apareció como su fuera mi alma la que me daría vida aquella horrible noche o bueno desde ese momento fue una noche casi perfecta.

Entre palabras entrecortadas por el deseo de besarnos entre miradas que nunca olvidaré, la conocí y así nunca la olvidaré.

Todo transcurrió después de esa fiesta, nos llamábamos, hablábamos y decíamos que nos queríamos porque todavía no creíamos que el amor existiera en la distancia, pero poco a poco nos dimos cuenta que las miles de cuadras que nos separaban no eran más que la distancia que podía hacer más fuerte nuestro querer y convertirlo en amor.

Hasta que cometí el error de pelear con la mejor amiga de ella, yo no podía pelear contra eso, de eso me doy cuenta ahora, yo pensé que en ese momento el amor lo podía todo, hasta empezó todo con una invitación, ella cumplía quince primaveras, empezaba a retoñar nuestro amor de verdad, casi tres meses de ser felices y yo esperaba ser su príncipe azul en esa fiesta, deseaba estar allí para verla sonreír, no como una niña, si no mas bien como una mujer, yo sentía cómo una alegría rodeaba toda mi existencia. Aquel día me levante temprano, organicé todo y esperé a que el ocaso se regara ante el sol para poderme arreglar y partir.


EL TAXI

Aquel vehículo se detuvo súbitamente ante mi, era un taxi de de los nuevos, miré a aquel sujeto, un señor con una expresión muy amable, le expliqué que no tenia mucho dinero porque iba a una fiesta y le pregunté si había algún problema en que me rebajara la carrera, lo que aceptó sin peros. Ahí fue cuando me di cuenta que hubiera deseado compartir mi vejez, en la que estoy ahorita, con aquella niña. Le conté al chofer todo lo que había hecho para ir allí, como me había esmerado y sobre todo como la quería, hablamos de la distancia que a ella y a mi nos recorría, de nuestra diferencia de clases sociales que en realidad nunca importó, que después de todo, con un mundo lleno de intereses y de entes materialistas, sólo se podía sentir y de cualquier manera el amor.

Ya es hora de volver a la realidad, Dante este es el vestido… si te contara la historia de este vestido no te lo pondrías, lo único que te recomiendo es que tú sí tengas un final feliz.

Los Sepultureros
Pedro Francisco Bernal, Orlando Barón Gil

Felipe levantó sus cartas y vio que tenía un trece; un siete de espadas y un seis de bastos. El trece era un mal número para empezar la partida con los dos viejos, pero eso no podía saberlo Felipe en aquel momento. Miró el rostro de uno de los viejos de cuyo cuello se desprendía lo que pudo haber sido un suvenir tallado con esmero, pero que ahora sólo parecía una reliquia oxidada. De la baraja salió la carta con el cinco acompañada de la imagen de la muerte. Los dos sepultureros soltaron una risotada. Desesperado, Felipe, abandonó el juego. Antes de irse, sin embargo, clavó sus ojos en una pala que reposaba sobre la tierra; quería tenerla en sus manos.

El buscador de empleo se alejó a paso corto, perdiéndose por los meandros del cementerio, en donde el viento de la tarde buscaba abrigo, desentendiéndose del rigor cotidiano de la muerte, mientras las hojas de los árboles pretendían imitar a los deudos que se rinden ante el dolor. El cementerio guardaba las sombras apabulladas que aún se resistían a buscar un cubículo en la muerte; cada tumba guardaba en el interior de su asfalto el último intento de revirar por la vida.

—Las cosas de los muertos deben ir lentas, no llevemos prisa. Se me ocurre que la muerte es especial precisamente porque no lleva afán.

—Aun así vamos demasiado lento.

—No llevemos afán. Una palada lleva a la otra, así funciona esto.

—Además no hemos terminado aún nuestra partida de cartas.

—Piensa en las paladas. Ellas siempre son necesarias, una trae la otra.

—¿Y las cartas?

Los dos hombres cavaron nuevamente; lo hicieron casi sin aliento. Sus conversaciones faltas de vida, lentas y sobre cartas eran un hábito, un viejo y remoto hábito que evitaba el aburrimiento. De alguna manera, estos pasadores de tiempo, como roedores cadavéricos, querían volver a la mansión de donde fueron expulsados.

Dejaron pasar un instante, se alejaron unos metros del hoyo y se sentaron sobre la tumba más próxima. Las cartas volvieron a sus manos. Una vez las repartió con sus manos rugosas y casi despellejadas el viejo del souvenir oxidado en el cuello; enseguida lo hizo el otro, el que nunca parpadeaba, el de los ojos estancados en la tristeza.

Las cartas, esos rectángulos obscenos como reliquias altaneras que aspiraban a ser vecinas de la mano de Goya, parecían no salir de las manos de los viejos, sino del viento cómplice.

—Es posible que vuelva a perder.

—Nos mantenemos perdiendo; es una razón de ser en nosotros.

El hombre del oxido en su cuello, convencido de que esta vez no iba a perder, decidió demorar el juego, alargar la vida, lanzando cada carta como si estuviera despidiendo el último resoplo de existencia.

—Cada vez son menos las familias que traen aquí a sus muertos.

—Ha de ser que adivinaron nuestra procedencia y por eso nos rehúyen. Les dará susto venir donde los muertos.

La mirada desvanecida de uno de los dos se conjugó con el péndulo perfecto que formaba el souvenir oxidado en el cuello del otro.

—No creo que usted los asuste. Con el porte que se gasta… Y con el perfume que se baña, más bien me imagino que atraerá a cuanto familiar exista.

El rostro y el souvenir parecieron sonreír, mientras su dueño lanzó un conglomerado aquelarre de brujas acompañado de un número ocho.

—No atraigo, pero tampoco espanto. Esa es la ley en el limbo de…

Los oídos de los viejos, como costales remendados por tanto agujero en el mundo, escucharon un ligero golpe que se repetía, pero ninguno de los dos le concedió importancia.

—Este trabajo ha perdido hasta su último encanto: hacer llamativa la espera. Y pensar que otros se mueren por tener nuestro oficio.

—Como el aparecido de hace un rato.

El golpe volvió a repetirse, ahora más fuerte o más próximo.

—Todo un buscador de empleo, el hombre.

Las embusteras manos del hombre que no parpadeaba lanzaron con entusiasmo la carta correspondiente a un corte de franela acompañado del número siete.

—Bonita carta. Me acuerda del fulano que enterramos ayer… El filo de la pala le atravesó todo el cuello. Qué imagen soberbia, una cabeza servida en bandeja, como la carta dos.

—Esta todavía es más bonita.

Luego de detenerse el péndulo oxidado, la sombra del viejo proyectó la imagen de una bruja que extraía del vientre de una mujer un bebé repugnante. Y de nuevo, el golpe insistió e insistió, hasta conseguir atraer la atención de los dos jugadores.

—¿Qué será ese ruidito?

—Hmm… Debe ser algo que está golpeando contra la pared.

—A lo mejor un muerto…

Fingiendo cara de susto, los dos dejaron asomar una sonrisa incrustada de nostalgias.

—Se me hace que eso viene del lado de la manzana cuatro, porque se oye lejos.

El golpeteo cesó por unos segundos, como para ganar aliento, y al cabo revivió más nítido.

—No, señor. Es por el lado de la manzana uno. Escuche y verá.

Las miradas se sintonizaron de forma exclusiva sobre las cartas.

—De todas maneras ya lo tenía acabado a usted. ¡Mire! El vientre de esta mujer ocupado por un gallo es un As. ¿Y qué dice de este hombre descuartizado a punta de motosierra, ah? Y para terminar, este costal lleno de carne y huesos picados. ¡Ja! ¡El juego es mío!

Los dos hombres envolvieron las cartas en un terciopelo rojo, un trapo como rasgado del sarcófago nauseabundo del tiempo. Concentraron su atención en los golpes, y por fin decidieron salir de la duda e ir a la caza del sonido. Atravesaron el cementerio por los recovecos más desmadejados, deteniéndose cada tanto detrás de una pared o un árbol, como si simplemente fueran niños jugando a buscar un tesoro en el laberinto de la muerte. Por fin en la manzana trece, saltando de excavación en excavación, examinando con cautela cada una de las tumbas, dieron con la causa del ruido.

—Le dijimos que su carta era la trece, y no que viniera a la manzana trece.

—Este gran hijo de puta… ¡Salga, salga a ver, o lo dejamos de una vez empacadito aquí mismo!

Metido por completo en la última tumba que había cavado, Felipe recibió la primera cuota de patadas, puños y escupitajos que le dio uno de los viejos, mientras el otro miraba haciendo gestos de dolor por cada arremetida.

— No, no le pegue. Déjelo.

El viejo que nunca parpadeaba saltó al hoyo para ayudar a reincorporar a Felipe, le sacudió la ropa y lo miró lleno de ironía.

—Este lo que necesita es…

Felipe recibió del otro viejo un fuerte e inesperado cabezazo en la cara; pronto surcó su barbilla un delgado y espeso hilo de sangre.

—Dizque a salirnos de buscador de empleo…

Una palada de tierra cayó sobre el rostro de Felipe a modo de anuncio de la tregua.

—¡Vamos a darle otra oportunidad con la baraja!

—Ya les dije hace un rato que soy el nuevo sepulturero. Me pagan para cavar las tumbas.

—Los sepultureros aquí somos nosotros.

—¿Quién le prestó mi pala?

—Simplemente la vi tirada sobre un montón de tierra y la recogí. Y hasta donde yo sé, las palas son para cavar.

—Para acabarlo a usted es que la vamos a usar.

—Por favor… Tengan consideración. Necesito el trabajo. He pasado muchas hojas de vida pero aquí nada revienta, y ahora que por fin consigo algo, ustedes me quieren joder.

—Esto mejor nos lo jugamos a las cartas.

Los dos viejos se miraron por vez primera a los ojos. Serios. Se sentaron adentro de la tumba, recostados contra las paredes. De las manos del viejo que nunca parpadeaba apareció el trapo rojo y la baraja. El otro repartió el juego, mientras la tumba se cubría de ese silencio incómodo que presagia todo mal agüero, como recordando que el azar y la estúpida suerte hacen de los vivos la jaula predilecta para la burla eterna en el aquelarre de los muertos.

En la siguiente ronda, Felipe recibió una carta envenenada con el dardo certero del pasado: ¡el número siete, adornado por un costal lleno de carne y huesos picados, listo para ser arrojado a cualquier alcantarilla! Felipe se estremeció de pies a cabeza, como sacudido por una descarga de dos mil voltios, y al levantar la vista de la baraja, se encontró con el hombre que le había dado el trabajo de sepulturero.

—Hombre, Felipe, ¿y usted qué hace ahí metido? ¿Qué hace ahí como un güevón? ¿Para eso fue que me rogó que le diera el trabajo, para esconderse a jugar solo?

Felipe, presa del desamparo, no supo qué responder. Hubiera querido alegar en su defensa que había acabado de recibir varios golpes de parte de la muerte, pero las palabras se le estrellaron contra los dientes y rebotaron hacia su interior carentes de todo significado.

Minicuento de Amor
John Alexander Vera Chacón
(basado en el texto original de Carlos Andrés Vargas y John Alexander Vera)

Preámbulo

Armando comprendió que se había convertido en asesino cuando se encontró desnudo, tumbado en el suelo de su cocina, manchado de sangre, y ante la aterradora visión de un par de cuerpos semi-calcinados, que apestaban el ambiente con un hedor irrespirable.

Minutos antes, comenzó a despertar de un letargo pertinaz. Lo primero que sintió fue el frío de la muerte deslizándole los huesudos dedos por la extensión de su piel, la sensación de ahogo, de vacío, un dolor de cabeza insoportable, las náuseas, resultado de los excesos que se habían producido la noche anterior en su apartamento. Luego tomó conciencia de su desnudez.

Con esfuerzo, prestando atención al ruido de la calle, lanzó una hipótesis acerca de la forma como probablemente había empezado la noche. Ráfagas de recuerdos comenzaron a asentarse. Escuchaba sirenas de modo cada vez más nítido, como si se acercaran hacia el lugar. Su piel continuaba reaccionando; sintió la humedad que lo rodeaba, extraña, espesa. Trató de respirar profundo, pero de inmediato sintió el ahogo, la ausencia del oxigeno. Intentó reanimarse respirando con más calma.

Persistía en todo caso la sensación de extrañamiento, como si su cuerpo no quisiera obedecer las órdenes que partían de su cerebro, como si su espíritu lo hubiera abandonado y después de haber recorrido un largo camino tratara con mucho esfuerzo de regresar a él, a su cuerpo, helado, desnudo, ajeno. Tomó un poco más de aire, lento, dándose a sí mismo el tiempo perdido. No supo si fue el suspiro que lo provocó o un estado de conciencia más alerta, pero logró recordar una imagen certera de la noche en que la conoció. Se vio sentado tomando un tequila con sal en la barra del Punta Sur. El barman simulaba limpiar unas copas para matar el momento de calma. Ella entró al local como si se tratara de una cebra demente que llega a abrevar al río infestado de caimanes. Inhaló… suspiró, el corazón aumentó su ritmo. “Me da un Margarita, por favor”, ordenó la mujer al barman. El hombre mezcló las bebidas sin quitarle los ojos del escote. Armando también había caído bajo el hechizo de la recién llegada, que había terminado por sentarse a su lado. “Los hombres…”, murmuró la mujer al viento, deseando que su frase sonara más a pregunta que a afirmación.

Sus párpados se fueron levantando como cortinas de hierro oxidadas, dando paso a una imagen borrosa, sin sentido. Sintió pánico, una sensación macabra de abandono, de soledad penetrante, y al tiempo que su visión se hacía más clara, se convenció de la extraña humedad que impregnaba las sábanas. De manera instintiva, cerró nuevamente los ojos. Los recuerdos se arremolinaban en su mente sin sentido, sin norte, arbitrarios, salvajes, imposibles de manipular. Sobre el Punta Sur se superponían unos árboles, una especie de bosque en penumbra, formando un paisaje tranquilo y alegre. Ella reía en variadas y coloridas frecuencias, aprisionando con sus manos el estómago, encorvada por el dolor que finalmente le generaba esa alegría incontrolada. A su lado estaba Manuel, retorciéndose en el suelo también, muerto de la risa. Todos estaban exultantes, gozando de las mieles de las carcajadas. De repente la imagen se astilló por cuenta de una picada que le atravesó la sien y lo hizo casi saltar.


Se llevó las manos a la cabeza, cerrando los ojos como si con ello pudiera apaciguar el tormento. Y fue en ese momento de cefalea aguda cuando el terror lo invadió. Su estómago se retorció de manera brutal y el vómito casi llegó hasta su boca. Abrió sus ojos todo lo que pudo, en un vano intento de deshacer el engaño que un genio maligno le acomodaba en su mente. Palideció al ver sus manos manchadas de sangre. Despacio las recorrió absorto buscando la respuesta a la pregunta, una razón, un porqué. Miró a su alrededor, el espanto aumentó, las sábanas blancas estaban empapadas de sangre espesa, fría, muerta. Trató de respirar, pero el aire se negaba a entrar, el ahogo era insoportable, un nudo en la garganta se le formó sin misericordia, firme en el deseo de negarle la menor brizna de alivio.

Sólo entonces consiguió vomitar el veneno que lo ahogaba, y por un momento revivió. Un chorro amarillo y aceitoso le salía de la boca, agriando su garganta, ardiendo infernal, como si estuviera expulsando lava, el alma candente de un pecador que suplica salvación. Tornándose negra la bilis, se sintió desfallecer. Tosió, apretó el estómago y volvió a gritar de dolor. Algo se desgarraba en su intimidad. Nunca había tenido un despertar tan dantesco.



Poco a poco se levantó de la cama, apoyándose en la pared para no caer. Todo le daba vueltas. Su cuarto estaba patas arriba, con todas sus pertenencias diseminadas sobre el piso, rotas muchas de ellas. Parecía el saldo de un huracán o una pelea… Y las sábanas llenas de sangre… Pero no encontraba en su memoria ningún dato coherente, y le quedaba la sensación de que el genio maligno había puesto en su cabeza los recuerdos de cien personas distintas, un rompecabezas imposible de armar. Entonces empezó a configurar una hipótesis: ¿acaso un robo? ¿Acaso, mientras dormía completamente inconsciente, se había entrado una bandola?

Jazmín, Manuel, Manuel…y como si se tratara de una película que se proyecta en cámara rápida, dando giros de trescientos sesenta grados, se vio en medio de la sala, tomando junto a Jazmín y Manuel, escuchando música, hablando, riendo, jugando cartas a la luz de las velas. Tocan a la puerta, Manuel se levanta del asiento, se acerca a la puerta, entreabre, los mira y… Todo se torna oscuro, confuso. No entiende, trata de recordar algo más pero no puede.

Se tomó la cabeza con las manos, abrió los ojos y vio una daga tirada en el suelo, manchada de sangre. Era la daga que le había regalado su abuelo para cuando cumplió los doce. Junto al puñal, una mancha carmesí se extendía por la alfombra en dirección de la sala. ¿Un cuerpo arrastrado en otra dirección?

Caminó lentamente en la misma ruta dibujada por la sangre, queriendo avanzar a toda carrera para salir de la incertidumbre y poder armar una escena completa, pero el dolor en el pecho y el miedo le impedían correr. Encontró allí, bajo la puerta de la habitación, la ropa de Jazmín, su falda rasgada, la blusa rota, la fina lencería que habían comprado para ella con Manuel… Sintió que sus fuerzas lo abandonaban.

Necesitó de toda su vitalidad para continuar hasta la sala, que encontró también hecha un desastre; las copas rotas, los cojines desperdigados, el suelo lleno de cera de las velas esparcidas y pisoteadas, y dos sillas en el centro con sogas a su alrededor. Encontró más sangre debajo de ellas, un treinta y ocho corto en la mesita de centro y el álbum de fotografías abierto, una fotografía rasgada a la mitad, imagen de ellos tres desnudos, Jazmín los abraza, Manuel la sostiene; la otra parte que ha sido rasgada yace en el suelo, es él, sonríe.

La foto es del día en que se cuadraron los tres, sentados en el mismo lugar que ahora se ahoga en incomprensión. Jazmín los miraba con ternura, no podía decidir, Manuel callaba y él pedía la resolución: “No nos puedes amar al mismo tiempo”. Jazmín levantaba su mirada limpia, prístina, para responder: “Claro que puedo. ¡Lo hago! ¡Lo estoy haciendo ahora con todas mis fuerzas!” Manuel la miraba incrédulo, mientras él trataba de adivinar una broma, un acertijo. Y finalmente la aceptación de ellos fue un silencio duro, una mueca de asombro que aspiraba a sonrisa. Jazmín los tomaba de la mano, estaba hecho, los dos eran suyos y sellaba el pacto besándolos al mismo tiempo.

Lo recordó y por un instante, su cuerpo se trasfiguró: se desnudaron, se besaron, se acariciaron palmo a palmo, hicieron el amor como tres facinerosos en una pradera sacudida por una estampida de búfalos. No sintió más dolor, se revivió en medio de ellos, sintió el profundo amor que les profesaba. Desde ese día se devoraban en su apartamento, en el baño de un bar o simplemente donde los pillara el deseo. Los días volaban.

El instante cayó tan rápido como llegó. Sintió nuevamente ganas de trasbocar, pero se resistió a hacerlo. El teléfono sonó una, dos, tres veces… El sonido de las sirenas era más cercano, estarían frente a la portería del edificio. El citófono sonó con la insistencia de un asaltante que tiene los segundos contados para sacar el botín del banco. Se acercó a la cocina para contestar, abrió la puerta y cayó.

Totalmente paralizado, tumbado en el suelo de su cocina no lograba comprender lo que sus ojos veían. Aquello que le mostraban era mucho más fuerte que la peste que le entraba en cada inhalación. Su cuerpo comenzó incontrolable a temblar. Dos cuerpos calcinados a medias, aún humeantes, se encontraban en medio de una formación rectangular de ladrillos. Al lado derecho, el fetiche del dios de los mashcopiro, tribu indígena del Perú, les miraba con desdén. A su izquierda, entrelazados, dos aros entretejidos con ramas de Juanjú.

La expresión de los rostros a medio asar era angustiante, la boca totalmente abierta dejaba aun escapar un aullido silencioso y suplicante. Los miró por un instante y entonces supo de quienes se trataba: la cadena de plata ahumada colgando de sus cuellos desechos no le dejaba duda. Lanzó su mano sobre el pecho desnudo buscando la parte que le correspondía, y apretó con fuerza la fracción de un sol colgando de una cadena de plata. La idea había sido de Manuel, un día llegó con un sol Maya en tres partes iguales, cada una sostenida de una cadena de plata, y sin decir palabra, acomodó en el cuello de Jazmín y Armando su respectivo presente; por último lo hizo él.

No entendía por qué las personas que más amaba, yacían en medio de su cocina consumidas por el fuego. Recogió sus piernas poniendo sus rodillas muy cerca de su rostro, las abrazó y lo recordó todo. O al menos, esa impresión le quedó.


Manuel entreabrió la puerta y los miró. “Llegaron las pizzas”, dijo con algo de emoción. Sacó unos billetes del bolsillo y pasó tres de ellos, despidió al mensajero y cerró la puerta. Jazmín danzaba sola en medio de la sala, parecía poseída por un espíritu, cerraba sus ojos y se dejaba llevar por el ritmo de la música. Manuel colocó la caja en la mesa y se acercó a ella para unirse a la danza. Él los miraba aspirando un cigarrillo. Sintió la mano de Jazmín atrayéndolo hacia ella, exhortándolo a la unión de la entelequia vivida. Estuvieron así por un tiempo hasta que Manuel sacó de su maleta una pequeña bolsa transparente que dejaba ver una hierba seca y triturada, se apartó de ellos y sobre la mesa preparó con la sustancia un cigarrito que selló con sus labios.

Manuel aspiró manteniendo lo inhalado por un instante, besó a Jazmín en sus labios y soltó el humo dentro de ella, como si se tratara de una nueva forma de poseerla. Ella lo recibió placida y complaciente, lo llevó a sus pulmones y lo sacó con un poco de tos. Armando se encontraba detrás de ella, conducía sus manos por la espalda, recorriendo cada espacio, la apretó con fuerza, conduciéndola hacia él.

Manuel enloquecido le besó furioso los labios, dejando a Armando a un lado. Él se retiró, tomó la copa de vino y comenzó a bañarlos con el líquido púrpura de arriba hacia abajo. Las ropas se manchaban y Jazmín acezaba. Manuel la soltó y se la entregó a Armando como si se tratara de una ofrenda que él devoró a su modo. Manuel se quitó la ropa, acercó una silla y tomó los cordeles de la cortina. “Amárrenme”, ordenó; Jazmín obedeció. Al terminar de hacerlo acercó a su amante suelto y comenzó a arrancarle las ropas, lo lanzó al sofá, luego azotó contra la mesa la copa de vino, le entregó a Armando la parte que quedaba y algo le dijo, una instrucción, una orden, el caos volvía a apoderarse de su memoria.

Golpeaban la puerta como si quisieran derribarla, se escuchaban algunas voces, no pudo entender lo que decían. Cerró sus ojos para recuperar los recuerdos, resbaladizos como peces en sus manos. Manuel se reía y gozaba al ver como Armando empuñaba la copa rota y se acercaba a él con firmeza. Jazmín se acercó por detrás y... Armando giró su cuerpo para morderle el cuello. Manuel no paraba de reír, sus carcajadas perturbaban el ambiente en que se poseían los tres…

Las imágenes que le vinieron se entremezclaban manteniendo la misma energía de los actos, tomó a Jazmín de los brazos y la amarró en una silla junto a Manuel. Armando se sentó en el sofá, tomó el álbum de fotos y sacó una en la que estaban los tres desnudos y abrazados. “Este amor me está consumiendo”, dijo mirando la foto.

El sonido que emitió la puerta al caer por la fuerza ejercida lo despabiló; unos uniformados entraron al apartamento. Armando continuó perdido en el delirio de sus recuerdos, o el poderío alucinatorio de la invocación a los mashcopiro, y así, mudo, escuchó de nuevo el grito de Jazmín que sobre su cuerpo se estremecía y temblaba sin resistencia. La corriente que emergía del interior de su amada le hizo perder el control, y gritó junto con ella, sintiendo un orgasmo compartido al que también se unió Manuel. El líquido que salió de los dos amantes inundó por completo a Jazmín, y… Acababa de acomodar en el costado de Manuel la hoja fría y aguda de la daga, la misma que un segundo después atravesaría a Jazmín en un acto de compasión consigo mismo.


Historia

“Antropólogo drogadicto y demente descuartiza, cocina y devora a sus amantes”, el titular era lapidario, y en las páginas interiores, en un recuadro diminuto, se leía otra noticia acerca de la desaparición de una pareja de stripers. Manuel y Jazmín celebraron el crimen perfecto con una discreta taza de café. Ahora tendrían que encargarse de lo más fácil: la plata del amante caído en desgracia y el seguro de vida de sus víctimas.

Casa de Muñecos
Violeta Leuro, Néstor Pedraza

—ÉL NO —grito cavernoso que le hace abrir los ojos, goteos, manchas verdosas en el techo, respiración agitada, manos invadidas por mangueras, intento de liberarse. La represión tiene la voz dulce de los ángeles, tranquilo, está en recuperación, y las manos del ángel se hacen líquido relajante que danza alegre entre su cuerpo. —¿Dónde estoy? —, la voz del ángel se va haciendo distante, en el Hospital de La Divina Providencia, estuvo dos semanas en coma; los ojos comienzan a pesar, —¿quién me trajo? —... Un aguacero tropical lo cubre de púrpura.



Después del grito, todas subimos y vimos a Ángel boca abajo en el pasto escarlata. La orden fue volver a los cuartos y no salir hasta el otro día. Me quedé pegada a la puerta del cuarto esperando el movimiento, las preguntas, opción de libertad. Escuché pasos difíciles y zapatos arrastrados, un chorro de agua golpeaba la hierba, susurros transmitían órdenes. No se habló del asunto, no hubo plañideras, nunca llegó la sirena. Así supe que jamás saldría de aquí.



—Uy, el Rolando tiene pelo —sol intenso, carcajadas, suéltenme hijueputas, devuélvanme mi pantaloneta malparidos—. Pásela, pásela —si nos vamos a empelotar, nos empelotamos todos, ¿o les da miedito?, y el coro se desbordó como si durante días se hubiera cocinado ese anhelo—: ¡Mucha ropa! ¡Mucha ropa! —o todos o ninguno—. De una ¿quién me ayuda con el nudito del bikini? ¿Nadie? Pues me lo quito yo sola —a Marco se le iluminó el camino hacia su objetivo, que ella también se lo quite. La niña que deshacía el nudo de su bikini rechazó la idea con un gesto de asco. —¿La Reina? No, esa se cree mucha cosa —a que la convenzo—. ¿Qué apostamos? —los otros se ocupaban en lanzarse agua mientras se desnudaban, un beso. —Pero abajo. A que no es capaz.

—Hey, venga a jugar con nosotros, la estamos pasando rico —Marco se agotaba en la inutilidad de ocultar su nerviosismo, yo no participo en las sesiones de fotos, tras los lentes oscuros se adivinan sus ojos cerrados. —¿Qué? —hace mucho calor. —Por eso, vamos al agua —, la respuesta lo hizo desistir al fin, no soy pato.

—¿Si vio?, qué le dije —no, pues esa vieja no me botó ni una mirada—. Claro huevón, por eso es la Reina del Hielo —me salió con un cuento todo raro—. Mejor ni se le acerque, que ella es la favorita y de pronto se mete en un problema —las más lindas siempre son las favoritas.

—No, pues, ¿le gustó mucho la cucha?

—¿Cuál cucha?

—Ella, tiene como veintitrés años.

—Que va, si se ve repelada.

—Bueno, pero agáchese ya que estoy esperando la paga de la apuesta.



Abre de nuevo los ojos. Le está amaneciendo un verde claro y un amarillo intenso sobre las sábanas, el bip de la máquina a su izquierda. Botellas conectadas a su cuerpo son atravesadas por la luz de la ventana. Botella tras botella el ámbar se iba acumulando sobre la mesa, haciendo transfusiones fermentadas directo a su cabeza, en la tienda de JR. “Todos podemos ser padres, aquí no vendemos cerveza a menores”, brindaba el aviso institucional con los adolescentes del barrio.

Marco acababa de devolver unas fotos manoseadas, arrugadas y descoloridas, que JR rotaba por lo bajo entre los muchachitos. Celebraba el trato que había hecho con el dueño de la tienda y de las fotos: por cinco fines de semana ayudaría a cuidar a unas peladas en la casona y recibiría un billete grueso. Se la gana suave, le dijo JR, y puede que también coma de sal, porque a usted como que no le ha tocado de eso.



Ella mandó a arreglar hoy a las nenas que han vivido un par de años aquí. Hizo que las lavaran y les pusieran la ropa con que llegaron (estuvo intacta en el clóset de la vieja, bajo llave, como signo de lo que eran y había que acallar). El niño de la manguera ya no se sorprende de los cuerpos desnudos, los ha visto docenas de veces al igual que sus amiguitos desde que aceptaron trabajar aquí para darnos algo de cariño y felicidad, y jugar con nosotras. Vienen durante un par de semanas y luego se van con el cuerpo engrandecido... el corazón lo dejan enterrado en el patio.



Llegó el domingo por la tarde a la casona y la vieja le presentó a las cuatro niñas. Le dijo que sólo tenía que acompañarlas para que no se aburrieran tanto y ayudarles en sus cosas, algo así como una dama de compañía. Eso era todo. Al tercer fin de semana le asignaron la tarea del baño: ellas llegaron al patio, se quitaron la ropa de dormir y se pusieron en hilera frente a él, mirando al piso. Le dieron una manguera, sólo tenía que golpearlas con el chorro y seguir las órdenes de alguien que hablaba desde el balcón: manos arriba, media vuelta, ahora a la del medio, en cuclillas, enjabónense todo, y usted (a la niña que había llegado la noche anterior) deje de llorar, que esto no es nada. Después le dijeron que podía irse, que el siguiente fin de semana trajera pantaloneta de baño porque iban a inflar una piscina para que jugara con ellas en el agua, y que si seguía así, hasta le concretaban una cita con la que más le gustara. Dentro de poco habría carne fresca.



Anoche uno de ellos hurgó con algo de afán mi cuerpo. Me durmieron más temprano que de costumbre. La vieja le dio su paga al muchacho. Nunca me muerden —les impresiona verse reflejados en mis heridas al otro día, cuando me limpian con asco su propia mugre— y cuando son incapaces de seguir jugando, los reemplazan.



Tarde calurosa, piscina inflable sobre la hierba, juegos y apuestas que los dejaron sin ropa, húmedos y cansados. La única que no participó, la Reina del Hielo, fue la que invadió sus sueños. El sexto fin de semana sólo quedaba ella, habían llegado tres niñas nuevas y de las otras nadie dio razón. Ese día le dijeron que no volviera más, que cuando lo necesitaran otra vez lo volvían a llamar. Mientras le daban los billetes, Marco mantenía su pensamiento enfocado en su Reina. Volvió, a pesar de la orden que le habían dado. No lo dejaron verla. Insistió y los de la casa lo sacaron a patadas. Con la boca rota, empezó a idear la forma de visitarla clandestino en las noches.



Click: Delgada y blanca, te pierdes en los enormes brazos peludos, mientras la verga tiesa sobresale entre tus piernas; a diferencia de tus teticas, tu culo ya está formado. Click: Muñeca inflable, ni te inmutas con la incursión que hacen dos hombres en tu cuerpo mientras te cachetean las nalgas. Click: Te amordazan y amarran, aprietan la soga hasta causar llagas, mordiscos que hacen sangrar, son seis, uno te rocía la cara, ¿no vas a beber? Click: Me miras con ojos vidriosos, sin alma, mientras la princesita de rosado se te come el coño, niña mala, mala... Click: Ríes, un muchacho tímido besa tu entrepierna, atrás las otras niñas se van desvistiendo en una piscina inflable. Click: Cinco niñas reciben desnudas un baño con manguera, ¿quién fuera el nene de la manguera? Click: Qué bella, qué mala eres, ah, no, no puedo... Click: Me encanta verte hecha estatua, ¿cadáver?, te levantan la blusa y ni siquiera pestañeas, no puedo más…



Había decidido saltar el muro de la casona, y a lo Romeo subió por el balcón: se encontró con que su parcero Rolando estaba encima de ella mientras tres tipos y una mujer añosa miraban. El flash de la cámara lo puso al descubierto y lo apresaron entre el portero y el camarógrafo. Después de reventarle la cara le impusieron un trato: en ocho días haría parte del grupo de trabajo élite y se ganaría el doble de lo que había recibido en el primer mes, pero tenía que comer callado o lo visitarían en su casa. Aceptó por puro instinto de supervivencia. Para que se fuera tranquilito a su casa, para que no se desviara por el camino, le regalaron una foto: a mamá le daría un infarto si viera esa escena de su niño lavando a una niñita desnuda que llora.



A Marco lo curan con líquidos colgantes. Mariana curaba su piel con el cuerpo roto de las botellas de perfume. Marco se mantiene inmóvil en una cama ajena, lejana y diferente a la de ella, de madera con cabecera adornada por flores de metal, donde él logró visitarla una sola vez sin ser atrapado. Una diminuta ventana enmohecida detrás de él le avisa el día y la noche. En el borde de su cuarto —un altillo con balcón— brillaban de noche las fragancias de pino, eclipse de luna y heliconia marchita. La mamá le llevó fruta esa mañana, los médicos no le permitieron dársela. La vieja le quitaba los chocolates y peluches que le regalaban los clientes, sólo le dejaba conservar los perfumes y las joyas.



Sentada frente al espejo, miro la colección de marcas en mi piel. La nueva es de las profundas, de esas sólo llevo la cuenta de cuatro. No quiero que el niño descubra la perversidad en mi piel. Lo encantador de los frascos de perfume es la fineza de su corte. Mi ritual de ablución; él no se merece este asco. Mi alma se está desvaneciendo. No tengo cuerpo, lo que quede será para el autor de mi única sonrisa. La sangre dibuja filas verticales que resbalan desde mi pecho, unas cuantas se detienen en el ombligo, lugar favorito de los besos de Marco, único acto mío, consciente, voluntario. Hicimos un pacto: sembramos mechones de cabello en una matera con semillas de novios y el tiempo de florecer será el tiempo de nuestra fuga. Sigo el camino escarlata hasta el vientre, la piel se abre, florece. Él besó mi frente, en sueños oí que me susurraba: “date el descanso etéreo.”



Marco terminó con afán la sopa de menudencias que le preparó mamá. Puso la carne helada en su cara amoratada. Apagó la luz. Miró el techo ennegrecido durante toda la noche. Una prostituta. De una prostituta se había enamorado. Le causaba asco, pero no ella. Algo estaba mal. Y si no estaba mal en ese cuerpo manoseado por hombres que no se interesaban en ella, que no apreciaban el valor de su corazón, estaba en ellos, en los que dejaban sobre su piel la baba de la perversión. O en los otros infames, que la despojaban de su dignidad al tallar la marca de sus miradas pútridas sobre sus formas. ¿O tal vez estaba en ella, en sus instintos, en su goce? “Es una puta, una sucia puta. Ella misma me lo ha dicho: nada le queda que pueda ofrecerme, nada que pudiera llegar a considerar mío.” Le resultaba imposible evadir el pensamiento de que ella era una perra que escondía los gemidos de su placer en la excusa de las drogas que le suministraban, o que quizás consumía por voluntad propia, para sentir más y mejor la podredumbre que insertaban en todos sus orificios. Entonces, volvía a verla con los ojos del amor, sentía que podía perdonarle cualquier cosa, lo que fuera. ¿Soportaría por amor el ultraje a que ella se sometía? ¿Cargaría en sus espaldas el dolor de imaginarla cada noche en manos de uno, dos, tres hijos de puta, tres malparidos de lo peor sacudiéndose sobre ella, tan sudorosos como criminales?

Con la mirada fija en el techo, se repite que sólo él puede salvarla. Sabe que arriesga su pellejo, que ella le destrozará el corazón y le robará el deseo de vivir si no logra que deje de destruirse. Por ahora, tiene una cita con ella; en breve se convertirá en uno de esos degenerados que la usan como a sanitario público. Arruga la foto, no tiene escapatoria.



Las que llegan aquí consiguen su libertad cuando se pervierten sus pieles y les ha empezado a ser indiferente la sangre que corre por sus cuerpos. Las arrojan en cualquier calle. Ahora están sentadas en la sala, en el sofá que linda con la puerta. Las cuatro en fila, visten minifalda. Yo llevo un vestido largo y debajo, vendas. Se abre la puerta y con la luz de la tarde huelo por un segundo la libertad. Adiós. Yo no tengo relevo.



Se abre el telón, el de los brazos peludos desviste a la maniquí. Te acomoda en la cama para terminar de sacarte la ropa. Inanimada, ni siquiera se erectan tus pezones con el roce burdo de sus manos. ¿Vives? Tus ojos inmóviles bajo los párpados cerrados parecen negarlo. El macho peludo ordena la entrada de dos ayudantes que te dan un baño con cepillo y detergente, tus extrañas cicatrices resaltan sobre el blanco de tu piel, me excitan. Salen los aseadores y el macho ordena la entrada del muchacho que nos deleitará. El niño lubrica tu piel en aceite. Abre tus piernas y nos exhibe tu vulva abierta por sus dedos. Vuelve a acomodarte. Ya estoy listo, soy el primero en dar la señal. Entran de nuevo los ayudantes, someten al sorprendido nene del aceite, me enardece verlo forcejear mientras descubren su flor anal, qué llanto más enternecedor, voy a consolarle...

—ÉL NO.



Marco vino por mí, es la última función. Sus lágrimas caen en mis labios, con una caricia me recuerda la promesa del balcón, ser la sonrisa de mis últimos instantes. Un pasto de fresas nos espera. Mi piel se ha repuesto de las heridas, ya no hay marcas ni recuerdos. “No estás sola, nunca más”, me dice en un grito que sólo entiendo yo; sólo él entiende mi lenguaje mudo. Solos los dos. Sol de madrugada que saluda mi mañana. Su mano abraza mi pecho, me pide que no me vaya. Respiro su aire. Aún estoy. Libertad del corazón.



Penetro la piel virgen, el nene grita. Bella flor blanca que adorna mi acto. Somos protagonistas de un cuadro sublime. La muñeca se despierta con el grito del sodomizado. Aún no me vengo, ¡¡MIERDAAA!!, ¿por qué se mueve, por qué grita? Él no, insiste la zorra justo cuando estoy alcanzando el nirvana. Mi verga se adelgaza, maldita sea. Los dos ayudantes la sujetan, le golpean el rostro para aquietarla, es una farsa, una estafa, NO PAGUÉ POR UN SHOWCITO DE CUARTA. Me salgo del culito adolescente. Me limpio la sangre y la mierda con las sábanas de la putica drogada que pide por el putico, los dos lloran, que novelón. Mis socios y yo nos vamos sin pagar; que cagadero, justo cuando...



—Lo encontramos tirado en un potrero cerca del caño —Marco está aún aturdido por el tranquilizante, ¿dónde está?—. Usted llegó en estado de coma, casi lo matan a golpes —¿dónde está?, mi Reina. —Cuando lo encontramos estaba sobre el cuerpo sin vida de una mujer joven, de cabello castaño y tez blanca. Lo siento. Tenía varias contusiones en la cabeza y el pecho —Marco sólo sabe repetir, ¿dónde está?— Usted deliraba, repetía "ya florecieron", ¿qué significa eso? —¿dónde está?— Nadie la reconoció —ella no. NO.
—Mañana vuelvo para hacerle unas preguntas.



Estoy por fin, para siempre, contigo. Tendidos sobre el pasto oímos el rumor del río en un bello amanecer. Estás recostado en mi vientre, besas mi piel, mis heridas. Sonrío, acaricias mi rostro, mis ojos, mis labios, me cantas una canción de cuna. En el patio vi anoche que florecieron los novios. Brille para mí tu luz.

Gas de Pantano [1]
Olga Álvarez, L . C. Hamilton

Se había arrancado los testículos a dentelladas. Nemesky no se explicaba cómo el sujeto, atado de manos al tubo del lavabo, había logrado quitarse los pantalones, repletos de mierda producto de las cagadas de los últimos quince días, amarillentos a causa del orín, empapados de un espeso sudor que en los últimos días había consumido el demacrado cuerpo del sujeto, en parte por el miedo, en parte por el Síndrome de Abstinencia que finalmente le había llevado a comerse sus propios genitales, ahora flácidos y sanguinolentos entre los dientes del tipo, como una sardina a medio masticar.

<<>> pensó Nemesky mirando impasiblemente el cadáver, que ya comenzaba a oler mucho peor que en vida.

Del pantalón, tirado contra uno de los muros anteriormente blancos del baño, sobresalía una tira negra de cinta aislante. La misma con que había sellado las puertas del departamento para evitar que el hedor se dispersara por toda la ciudad.

<<>> reflexionó Nemesky con una febril sonrisa que él mismo habría calificado de insensata. Sólo que aquello no podía ser. No podía estar demente. Tal vez el mundo entero lo estuviera, pero Nemesky JAMÁS. ¡En nombre de los gaseosos cielos! ¡Pero si Nemesky era inmune al Gas de Pantano! Nunca se le había pasado por la cabeza matar a nadie…Y lo que había sucedido con este tipo… bueno, eso podría considerarse un desafortunado accidente…Pero nunca un homicidio.

Nemesky se acercó a los pantalones y se inclinó sobre ellos. La tira de cinta estaba algo masticada y medio fundida con la masa de heces que llenaban los vaqueros.

—Tú —señaló Nemesky.

El cuerpo inerte y medio descompuesto del presunto Oficial Pro-narcóticos no respondió.

—¡Tú! —repitió Nemesky, esta vez más fuerte, aproximándose al cuerpo.

Afuera, varias Unidades Policíacas, debidamente drogadas, comenzaban a rodear el departamento.

—¡TÚ! —chilló Nemesky pateando con fuerza el cadáver retorcido y hediondo que parecía sonreír con desprecio.

La puerta del departamento se abrió con estrépito y un (des)nutrido grupo de policías rodeó a Nemesky. Uno de los oficiales se sacó una inyección del cinto. Era una de sus numerosas Dosis Personales: OMEGAENDORFO, naturalmente.

Un segundo Oficial evitó que inyectasen a Nemesky.

—¡Estúpido! —exclamó el Oficial—. Necesitamos demostrar que este maricón se ha mantenido limpio… Que no se ha metido nada sabe Dios desde cuándo…

Nemesky, ajeno a todo cuanto pasaba, no dejaba de observar el cadáver, que tenía rotas las costillas. De allí la antinatural pose en la que lo había encontrado. Seguramente la misma víctima se las había roto en vida para poder alcanzar su entrepierna y arrancarse el pene. Nemesky se preguntaba si el tipo se había estimulado sexualmente, si habría fantaseado un poco para aminorar la distancia que separaba su boca de su miembro. Pero aquello no importaba… Lo realmente importante era ¿cómo demonios se había quitado los pantalones?

<<>> repuso una voz en la cabeza de Nemesky.

—¡TÚ! —gritó este por última vez, antes de ser arrastrado por los oficiales al Juzgado— ¡TE LA TRAGASTE! ¡TE TRAGASTE LA CINTA! ¡TE LA TRAGASTE ENTERA!

Y Nemesky se echó a reír.


Era un pasillo oscuro, de paredes sucias por el hollín y cubiertas de garabatos y consignas de apoyo a la Ley que había legalizado el libre consumo de drogas. Más que un Juzgado, daba la impresión de ser una penitenciaría olvidada y terrible. Algo no muy alejado de la realidad. El efecto del Gas de Pantano no sólo había influido sobre las personas… también había dejado su huella química sobre toda construcción existente y, particularmente, sobre la alguna vez esplendorosa civilización occidental.

En oriente la situación era distinta. Anticipados los efectos del Gas, japoneses, chinos y coreanos (entre otros) se habían encapsulado a sí mismos en sendas burbujas transparentes comúnmente llamadas CELULOIDES, cuyas membranas semipermeables permitían los intercambios de las personas con el mundo físico exterior, esto es, la alimentación, el trabajo, las funciones corporales de excreción y, por supuesto, la sexualidad.

Nemesky recordaba haber observado en la ULTRANET imágenes de estos orientales practicando lo que ellos llamaban Sexo Seguro. Lo único que a él le sugerían tales videos era una fuerte sospecha de que las babosas debían reproducirse de forma muy similar.

<< ¿Acaso esperabas otra cosa de unas personas que producen más arroz del que consumen? >> preguntó la Voz en la cabeza de Nemesky.

Sí. Esos estúpidos asiáticos… Pero, finalmente ¿qué diferencia había entre estas babosas orientales y los descerebrados insectos occidentales que ahora le escoltaban al Juzgado?

Allí estaban ahora, en una sala más o menos espaciosa, llena de basura y de sillas a punto de desaparecer bajo una nube de polvo. Una gran congregación de (¿personas?) rodeaba a Nemesky. Hombres altos, de cabello desordenado, vestidos con sucios y roídos trajes. Mujeres semidesnudas, la mayoría en cinta, con el maquillaje corrido o a medio maquilar. Niños demacrados, viejos antes de tiempo, con el aire ausente de quien ha consumido casi toda su existencia. Sin duda, todos salidos del mismo circo.

En la parte central, en un atrio sonsacado a la desaparecida iglesia de la ciudad, se encontraba el Juez. Aunque no muy diferente del resto de los miembros de la sala, irradiaba un aire de superioridad algo forzada, una mirada fría y los puños firmes sobre la mesa. Parecía agonizar y era muy probable que sólo estuviese allí con el fin de condenar a los más posibles para que, al fallecer, de acuerdo a La Ley, resultara imposible apelar el veredicto.

Los mismos Oficiales que detuvieron a Nemesky le condujeron hasta la parte inferior del atrio del Juez. Había allí un banquito de madera que apenas si permitió a Nemesky acomodar media nalga encima. Aunque todos parecían observar al acusado nadie se atrevió a decir una sola palabra, hasta que un hombre, que no habría tenido que esforzarse demasiado para encarnar el papel de Satán en alguna vieja película de terror, se acercó a Nemesky y le preguntó con gravedad:

—¿Sabe usted por qué estamos aquí?

Pregunta que Nemesky no tuvo oportunidad de contestar porque de forma abiertamente desinteresada por el acusado, el Fiscal había dado rienda suelta a su alegato:

—¡Claro que lo sabe! Este hombre ha sido traído ante los tribunales, acusado del más horrendo crimen del que ser humano sea capaz. Crimen horrible, sí. Un crimen que nuestra sociedad no puede tolerar…

El Fiscal empleaba un tono seco y retorcido mientras caminaba, como un cuervo en un cementerio, de un lado a otro de la sala. La mirada del tipo era un agujero insondable. De hecho, notó Nemesky, era un enorme boquete abierto en los labios de Dios.

¿Escuchaban realmente las cucarachas allí presentes el alegato del fiscal? Sus mentes bien podrían estar a mil años luz de aquel Juzgado. Era incluso posible que le dejaran en libertad. El OMEGAENDORFO recorría las venas de todos y cada uno de los miembros de la asamblea.

¿Qué maravillosas alucinaciones se presentaban ante estas personas, todas consumidas por la droga, de carnes secas y ojos irritados? ¿Qué horribles visiones atormentaban a los hombres, mujeres, niños y ULTRAVESTIS reunidos en torno suyo?

La esperanza de escapar con vida de aquel juicio detestable desapareció de la mente de Nemesky cuando su abogado defensor (en el que apenas si había reparado) cayó muerto de repente, la cabeza a tres metros de su cuerpo tembloroso… todo por haberse atrevido a elevar una tímida objeción ante los insultos y desmanes del Fiscal.

—¡Que le corten la cabeza! —gruñó el Juez y, en efecto, así sucedió.

¿JUSTICIA? Nemesky habría esperado más justicia en la corte del País de las maravillas.

La visión de sangre no hizo más que alentar la sed de muerte en el Jurado. El Fiscal mismo danzó un rato sobre el charco carmesí que rodeaba el cadáver. Luego, tomó la cabeza cortada entre sus manos, la besó y, por último, la envió al otro extremo de la sala de un soberbio puntapié al tiempo que declaraba:

—¡Esto, señores, es algo que no se puede permitir! ¡La vida es preciosa y más nos valdría matar a uno por el bien común que permitir que el caos y la anarquía reinaran! ¡Este hombre, al que debemos condenar, es un peligro para la sociedad! ¡Un pensamiento individual, distinto, segregado, la manzana podrida que nos puede llevar a la locura! ¡Este es nuestro hombre! ¡Repitan conmigo! NEMESKY… NEMESKY… NEMESKY…

Todas las personas en la sala comenzaron a repetir su nombre:

—NEMESKY… NEMESKY… NEMESKY…

Y a éste ya no le cupo ninguna duda de que se encontraba en un concierto de Metal…


En el baño del piso 184, en un céntrico y derruido punto de la ciudad, Nemesky se encargó de atar al hombre usando el viejo cableado de acero inoxidable que había estado robando de los pozos subterráneos, abiertos en medio de la calle. Una de las tantas señales que delataban la desesperación de las personas por escapar del Gas de Pantano, cuando sus efectos apenas comenzaban a sentirse.

El apartamento se encontraba completamente inundado y todas las porquerías del lugar flotaban sobre el agua. Durante los primeros días de su cautiverio, el hombre había destrozado la cisterna a patadas. También había estado gritando como loco. La vieja administradora había amenazado con llamar a la policía si no paraban los gritos. Nemesky había tenido que sellar los resquicios de la puerta con cinta aislante. Así, ni el ruido ni el agua escaparían de aquel departamento.

El tipo en el baño se había calmado un poco. Con la cabeza abajo, el sudor y la mierda envolviendo su cuerpo, no había tenido oportunidad de notar la presencia de Nemesky en el umbral de la puerta. Tan sólo tartamudeaba incoherencias, efectos del delirio por falta de la droga. Nemesky le golpeó varias veces la cara, haló su cabello hacia tras hasta casi desnucarlo pero el sujeto no reaccionaba. Nemesky comenzaba a desesperarse… ¡Tan sólo deseaba entablar una breve conversación con él!

Sacó del bolsillo del gabán una pequeña licorera que usaba en los casos más profundos de embotamiento. No garantizaba calmar el particular “apetito” del hombre pero al menos lograría captar algo de su atención.

El desgraciado sorbió unos tragos del brebaje, que no era alcohol ni mucho menos, sino un compuesto químico que disolvía las moléculas de OMEGAENDORFO en el cerebro… aunque producía diarrea severa.

Un cierto grado de consciencia pareció brillar en los ojos llorosos y entornados del tipo. Nemesky le dejó en paz unos minutos para comprobar que el agua no se estuviera filtrando bajo la puerta. Al regresar, su prisionero parecía completamente despejado, o al menos lo suficiente para poder interrogarle…

—¿Puede escucharme? —preguntó Nemesky con extrema claridad.

El hombre asintió dolorosamente.

—Bien —celebró Nemesky—. Ahora vamos a tener una amable conversión ¿De acuerdo? Va a decirme por qué ha estado siguiéndome y quien o quienes están detrás de todo esto…

—Yo… no sé… No sé de qué me está hablando…

Un nuevo puñetazo en la cara le informó al sujeto del grado de amabilidad que alcanzaría la conversación en aquel baño apestoso.

—Quizá no lo sepa… o quizá no se lo dijeron… pero soy inmune al Gas de Pantano. No estoy controlado de ninguna manera por la atmósfera contaminada de este mundo ni por las asquerosas drogas que todos dicen necesitar para no ser doblegados por el Gas… Hace más de siete años que no me inyecto nada… así que no crea que está tratando con uno de esos insectos descerebrados que deambulan por las calles, muertos en vida…

El amoratado rostro del hombre adoptó tal expresión de horror que Nemesky creyó confirmadas sus sospechas hacia aquel miserable por el que, en algún momento, llegó a sentir algo de lástima.

—Entonces no se lo dijeron… realmente, le ordenaron perseguir al hombre equivocado-se burló Nemesky sentándose sobre los restos del inodoro.

—¿Siete? ¿Siete años sin OMEGAENDORFO? —murmuró el hombre, casi incrédulo. Toda esperanza de escapar con vida de donde fuera que había ido a parar se esfumó de su cerebro, ya libre del narcótico. Quizá fue aquí donde comenzó a planear su propia muerte.

—Parece sorprendido —declaró Nemesky—. Nunca creyeron que habría alguien lo bastante astuto como para no caer en la trampa…

—¿Trampa? ¿Qué trampa?

—He estado meditándolo… Y he llegado a una conclusión: No existe tal Gas. Es decir… Ya no existe tal cosa. Todo fue un plan, bastante ingenioso, debo admitirlo. Pero no por ello menos siniestro.

El hombre observaba con la boca muy abierta a Nemesky. Aparte de su aspecto algo descuidado, daba la impresión de ser una persona completamente racional. Nadie adivinaría ni en un millón de años que estaba tan demente. Pero, por otro lado, si Nemesky aún conservaba algo de cordura, había una pequeña esperanza de escapar de allí relativamente incólume… Por ello, el prisionero decidió seguir el juego a su secuestrador.

—Así que ha descubierto Nuestro Plan…

Nemesky sonrió satisfecho ante lo que él consideraba una aceptación, cínica pero evidente, de que existía realmente un Plan, que no estaba loco ni dominado por el Gas (pensamientos que, a pesar de todo, le atormentaban a menudo).

—Lo sabía… Todo fue un maldito Plan… Soltaron un Gas sobre la atmósfera… ¡Fueron ustedes! La gente comenzó a actuar como loca y aprovecharon la confusión para declarar esas mentiras sobre el Gas de Pantano. Un Gas que enloquecía a las personas. Que las llevaba a matarse unas a otras. Y el OMEGAENDORFO… esa droga milagrosa que “casualmente” mitigaba los efectos del Gas… Cambiaron las leyes, legalizaron las drogas y, además, se llenaron los bolsillos de dinero a costa de la estupidez humana… El miedo al Gas sostiene el negocio ¿cierto? Pero no existe tal Gas en la atmósfera… fue cosa de unas semanas… ¡Unas semanas que condenaron a la humanidad a una eternidad de idiotez colectiva!

Los originales delirios de Nemesky divertían en el fondo al hombre que no podía darse el lujo de reírse sin arruinar su fachada de informante… o lo que fuera que de él quisiera su desquiciado captor.

—Ha sido usted muy astuto, sin duda —reconoció el hombre para satisfacción de Nemesky—, pero debe comprender que todo se ha hecho por el bien de la raza humana ¿Debíamos seguir viviendo en un mundo represivo e individualista? El Plan no es un burdo negocio, tal como usted le califica, sino un instrumento… Un instrumento para unir al mundo. Fíjese usted: Los gobiernos y fronteras han desaparecido. La economía capitalista ha caído y el imperio de la tecnología, que había arrastrado a las personas a interactuar sólo con sus computadoras, ahora es el imperio de los sentidos, donde las personas se saben necesarias y reconocidas. Si tan sólo pudiera usted experimentarlo… la sensación de ser parte de todo y de que todo es parte de usted…

Nemesky pareció brevemente desconcertado.

<< ¿Se inyectará? >> Se preguntó el hombre con los ojos brillando de ilusión. Si Nemesky se inyectaba, seguramente escaparía a los efectos del Gas de Pantano y tal vez, y sólo tal vez, le dejaría libre.

Nemesky, por su parte, comenzaba a considerar que el hombre podía tener razón. A fin de cuentas, el mundo no era muy distinto a como era antes del Gas de Pantano y del OMEGAENDORFO. Las personas seguían matándose unas a otras. Por cosas sin sentido, claro. Pero la libertad… Sin duda había más libertad ahora que antes. La libertad de drogarse… la libertad de ir a cualquier lugar (salvo a oriente) sin necesidad de visas o permisos. La libertad de matar o morir siempre y cuando se estuviera bajo los efectos del OMEGAENDORFO, cuyos efectos sobre la conducta agresiva nunca pudieron ser plenamente controlados… aun cuando resultaban mucho menos terribles que aquel Gas de Pantano intencionalmente liberado (acababa de confirmarlo) por los simpatizantes de las drogas y la libertad.

<< ¿LIBERTAD? >> Bufó una voz en la cabeza de Nemesky. Una voz que no era la suya pero que, últimamente, le había estado susurrando cosas al oído. Una voz en la que Nemesky confiaba porque le había advertido que ese hombre, ahora atado al lavabo, le estaba persiguiendo. << ¿Cómo puedes llamarle libertad a esto cuando ni siquiera tienes la libertad de elegir no drogarte? ¿Cómo pueden saber un montón de imbéciles enajenados lo que es la libertad? ¿En dónde queda la individualidad? ¿Quieres ser acaso otra pieza de esta maquinaria? ¿Una ficha más? ¿Parte de la masa sin consciencia? ¿Quieres ser otra cucaracha descerebrada? >>

—No —musitó Nemesky.

—¿No? —preguntó el sujeto— ¿“NO” qué?

<<>> ordenó la voz <<>>

Sin mediar palabra, Nemesky sacó la cinta aislante de otro de los bolsillos de su gabán, cortó un trozo y lo pegó con fuerza sobre los labios resecos del tipo, que de inmediato comenzó a patalear y a retorcerse como si fuera presa de un ataque de epilepsia.

Nemesky salió del baño y cerró la puerta, dispuesto a no volverla a abrir hasta pasados diez o doce días.


—Excelentísima señoría —declaró el Fiscal ante toda la corte—. Queda demostrado con pruebas irrefutables la indiscutible culpabilidad del señor Nemesky, cuyo deterioro mental le ha llevado a cometer el innombrable y atroz crimen por el que demando un castigo drástico y ejemplar: Inyección Fatal.

De un salto, tumbando el taburete y cortando abruptamente la intervención del Fiscal, Nemesky se posesionó del Circulo Central de la sala, justo en medio de los gabinetes que se alzaban en montones formando un semicírculo a su alrededor.

Un poco confundido por el alboroto y el cacareo que se había formado en la sala, el acusado sólo pudo apelar a la fluidez de sus palabras, a su limitada capacidad oratoria que, sin embargo, era todo cuanto le quedaba:

—¡Majestuosísima señoría! ¡Magnificencia de la sociedad que hoy nos acompaña! ¡Excelentísima corte! —se burló Nemesky—. El ilustre señor Fiscal ha señalado la existencia de pruebas irrefutables en mi contra…y el castigo por un crimen que, hasta el momento, no me ha sido plenamente revelado. Pues bien, he aquí que yo les digo ¿qué saben ustedes de dichas pruebas? ¿Qué saben ustedes, raros bichos de esto a lo que llaman sociedad, de mi supuesto crimen y de mi presunta culpabilidad en el mismo? ¡Ustedes, seres inertes dominados por una falsa paz, son los verdaderos culpables! ¡Aceptaron la aniquilación de sus vidas con pretextos estúpidos que, por comodidad, aceptaron con complacencia! ¿No son ustedes más culpables que yo?

Todos callaban. Era un silencio antinatural en aquella sala, segundos antes bulliciosos y cuchicheante. Quizá su airada intervención comenzaba a conmover las conciencias empolvadas de estos seres desgraciados. Parecían convencidos o a punto de estarlo. Pero entonces, Nemesky comprendió que todo esto era parte de su imaginación. Que los asistentes a la asamblea callaban porque eran parte de un mismo tejido, de una misma mente sin albedrío que respondía instintivamente con aire de sorpresa a cualquier ruido remotamente más estruendoso del que ellos mismos generaban.

—No hay duda —murmuró Nemesky acomodando el taburete caído bajo su trasero con gesto derrotado, pesaroso…— No hay duda que tras la actuación del Fiscal, del Juez y del Jurado, que detrás de mi arresto y de todo este proceso se esconde una poderosa Organización. Que todo es parte de un gigantesco Plan creado por una fuerza cuyos niveles y jerarquías no sólo son infinitos sino inservibles. ¿Cuál es el propósito de tal Organización? Inculpar personas. Individuos, quiero decir. Seres que se atreven a pensar por sí mismos… Seres como yo… Soy el único ente racional en este mundo… me encuentro solo…

—“El único ente racional” —repitió el Fiscal ampliando su sonrisa hasta casi dividir su cabeza en dos—. Es gracioso que diga usted eso, señor Nemesky, teniendo en cuenta su historial psiquiátrico…

<<>> imploró la Voz en la cabeza de Nemesky.

—Esto, señores del Jurado, excelentísima señoría, es el expediente de Nemesky, donde consta claramente el estado mental del acusado…

<< ¡NO! ¡NO LO ESCUCHES! ¡NO! >>

—ESQUIZOFRENIA —concluyó el Fiscal esgrimiendo el dictamen psicológico, como si fuese una filosa arma, contra el rostro de Nemesky.

(ESQUIZOFRENIA)

La palabra golpeó el cerebro del procesado con la potencia de un arma nuclear. ¿Cómo es que se había olvidado de ese detalle? Fue poco después de que el Gas comenzara a revelar sus efectos. El diagnóstico había sido contundente y luego... luego Nemesky se había encerrado en un Bunker y entonces…

<< ¡Mentira! >> exclamó la Voz en su cabeza. << ¿No ves que intentan confundirte? ¡Ellos son los dementes, no tú! >>

(ESQUIZOFRENIA)

¿Había llevado realmente un hombre al suicidio?

(ESQUIZOFRENIA)

¿Existía en verdad un Gas asesino recorriendo el mundo?

(ESQUIZOFRENIA)

¿Había entonces un complot para legalizar las drogas y mezclarlas como si de pensamientos se tratara?

(ESQUIZOFRENIA)

¿Estaba presente de forma física en aquel Juzgado o era esto producto de su mente?

(ESQUIZOFRENIA)

Tal vez si se inyectaba… A lo mejor si se introducía una dosis de OMEGAENDORFO podría discernir qué era lo real y qué no lo era… Despertaría en un Bunker, algo adormilado, para luego descubrir que el mundo seguía completamente igual…

<< ¡MENTIRA!!!! >> chilló la Voz por última vez mientras el Fiscal tomaba asiento, complacido, observando cómo Nemesky se descomponía en su banquillo.


<<>> le decía la Voz <<>>

Nemesky, un poco intranquilo, movía la cuchara de un lado a otro, haciéndola tintinear al compás de su corazón desbocado. Su mirada golpeaba y rebotaba contra cada cuerpo que encontraba. Todos estos insectos… parecían cada vez más agolpados sobre la mesa en que él se había sentado. Su visión se nubló. Sentía un enorme vacío en el estómago. Un molesto dolor se le esparcía por el cuerpo desde el centro craneal. Sin pensarlo mucho, Nemesky cogió el gabán y salió del lugar con tanta prisa que ni siquiera pagó el café, aunque por otro lado, tampoco lo había probado. Avanzó por la acera tambaleándose de un lado a otro como si viniera de una juerga salvaje. Logró doblar la esquina, observó al tipo de los tirantes y comenzó a perseguirle. Era el mismo hombre que, según la Voz, le había estado siguiendo los últimos días. El tipo entró al edificio más derruido del vecindario. El lugar perfecto para una reunión furtiva. Nemesky esperó en el vestíbulo mientras el hombre de los tirantes entraba al elevador y tomó buena nota del piso en que éste se detenía. Minutos después, Nemesky tomó el mismo elevador. Mientras ascendía al piso 184, Nemesky comprobó el contenido de los bolsillos de su gabán: Una bomba de humo, un cuchillo de cocina algo oxidado, una licorera con DIMETANOL, un par de metros de acero inoxidable y algo de cinta adhesiva negra.

Todo estaba listo. La Voz le había indicado cómo obrar y ahora era el turno de Nemesky. Las puertas se abrieron en el piso184 y un objeto redondo salió rodando por el suelo. La bomba explotó y un pequeño grupo de personas, la mayoría indigentes, comenzó a huir por el ascensor o por las escaleras. Uno de los últimos en salir fue el hombre de tirantes. En medio del humo, Nemesky reconoció su obesa silueta y se apresuró a abordarle.

Gracias al cuchillo, fue fácil persuadir al hombre para que regresara a su departamento mientras todo el piso 184 era evacuado. Algo más complejo fue atarlo al tubo del lavabo y acallar sus repentinos gritos de auxilio mediante un fuerte golpe en la cabeza.

Nemesky salió del baño y comenzó a sellar el departamento con la cinta. Mientras lo hacía, un recuerdo difuso comenzó a parpadear en su mente…El recuerdo de que, alguna vez, él mismo se había encerrado en un Bunker para escapar del Gas…pero como Nemesky no tenía la menor idea de si esto había pasado alguna vez o si era sólo otra jugarreta de su imaginación se concentró en pensar cómo lograría que su prisionero le confesara toda la verdad sobre el Plan y la Organización… Y la mejor manera sería quitarle su preciada droga por un par de días. Entonces hablaría…


—Por el cargo de asesinato en primer grado el Jurado encuentra al acusado… INOCENTE.

¿Inocente?

Lo inesperado del veredicto hizo que Nemesky casi brincara de su banquillo. Pudo incluso abrazar al Juez y al Fiscal que segundos antes le parecían tan detestables e injustos. No obstante, la expresión en el rostro del Fiscal no había cambiado en lo absoluto: La sed de sangre aún le consumía las facciones y su confianza en un castigo contra el “terrible crimen” cometido por Nemesky aún no desaparecía.

—Sin embargo, el jurado le encuentra culpable de un crimen aún más abominable ante los ojos de nuestra sociedad…

¿Culpable?

La sorpresa azotó el alma de Nemesky, quien por unos segundos se había creído libre de todo aquel proceso. ¿Cuál era entonces su crimen si no el asesinato involuntario de un espía de la Organización?

—Por el cargo de REBELION, este jurado le encuentra: CULPABLE. Culpable por atreverse a pensar de forma independiente. Por oponerse a la Ley de Legalización y a la práctica social de inyectarse para, así, salvaguardar los más básicos valores de nuestra sociedad. Por esta razón, se le condena a Inyección Fatal, a vivir bajo la influencia de dosis diarias y constantes de OMEGAENDORFO hasta el día de su muerte, a perder todo sentido de realidad y albedrío por lo que le reste de vida. Esta condena entra a operar inmediatamente y es inapeable ¡OFICIALES: APRÉNDANLO!

La angustia por lo que esta condena, que era peor que la muerte, significaba para Nemesky, le impelió a saltar de su banquillo y aferrarse a la vida intentando salir de la sala a toda prisa. Manos temblorosas pero horrorosamente fuertes merodearon enseguida y sus gritos de agonía se mezclaron con los alaridos demenciales de los asistentes a la asamblea y la risa maléfica del Fiscal, que parecía estar danzando de nuevo sobre el cuerpo caído del Juez, muerto poco después de dictar sentencia.

La Inyección Fatal se incrustó en su brazo y El mundo se contrajo de inmediato. Caía a un abismo infinito, del mismo modo que Alicia había caído por el agujero del conejo. Se alejaba de la corte del horror. Dejaba atrás el País de las Maravillas.


Despertó en una habitación sin ventanas que Nemesky confundió, en un primer momento, con una habitación psiquiátrica…

(ESQUIZOFRENIA)

Pero, luego de pensárselo mejor, decidió que se trataba de una celda.

(CULPABLE)

Finalmente, todo se fue aclarando. Estaba en el Bunker. El Bunker donde se había recluido por su propia voluntad luego del diagnóstico. Luego de que Edmundo comenzara a volverse loco y todos comenzaran a matarse entre sí. El Gas de Pantano existía. Las docenas de cajas y las cientos de jeringas (desocupadas) tiradas por el suelo así lo demostraban. Nemesky se había encerrado en el Bunker y se había estado drogando con OMEGAENDORFO desde hacía mucho tiempo. Quizá años. Los brazos revelaban antiguas cicatrices de pinchazos. La dotación de OMEGAENDORFO se le había terminado en algún momento y el juicio y el asesinato habían sido una terrible pesadilla producto del Síndrome de Abstinencia.

Pero la pesadilla había terminado. La Voz en su cabeza había desaparecido. El Gas de Pantano se había disipado y la esquizofrenia también. Era hora de salir y enfrentar la realidad…

Los veintitrés seguros del Bunker cedieron con cierta facilidad. La oscuridad de un pasillo le saludó. Nemesky recordó que el Bunker estaba en el sótano de un viejo edificio similar al que había entrado en su pesadilla, cuando perseguía a su perseguidor.

Al subir a la primera planta, la luz del día le cegó por completo. Lo primero que le sorprendió, sin embargo, fue la pureza del aire que se respiraba. Un aire tan fresco que parecía parte de un sueño.

Antes de salir a la calle, Nemesky buscó a tientas la seguridad de una silla en lo que consideraba debía ser el vestíbulo, y se dejó caer sobre un mullido sillón de cuero. Esperó pacientemente a que sus ojos se acostumbraran a la luz natural y luego de unos minutos sus ojos se posaron en unos viejos periódicos, amarillentos y rotos, tirados en una elegante papelera plateada ubicada junto al sillón.

Al comienzo, los titulares resultaban de lo más trivial:

SE DESCUBRE RELACIÓN ENTRE EXTENSAS ZONAS DE CULTIVO Y EL GAS DE PANTANO.
En particular cultivos de arroz.

Titulares que, edición tras edición, recrudecían sus frases:

AUMENTA OLA DE VIOLENCIA: Homicidios y suicidios sobrepasan capacidades de las Fuerzas Sanitarias.

Hasta llegar al clímax de la desesperanza y el terror:

DESAPARECEN ÚLTIMAS RESERVAS DE OMEGAENDORFO.
El caos se toma Occidente.

EXPERTOS ANUNCIAN LA EXTINCIÓN DE LA MAYORIA DE RAZAS HUMANAS.

Finalmente, los titulares asumían la más descabellada forma y se convertían en pasquines de símbolos ilegibles, productos de mentes completamente desquiciadas por el Gas. No obstante, las fotos en estos últimos periódicos resultaban sumamente desconcertantes: Las personas aparecían felices, danzaban y reían, se les notaba sanas y fuertes, como si jamás hubiesen necesitado drogarse ni hubieran pasado el hambre y la miseria que se había vivido en la época del Gas de Pantano. Por otra parte, había algo en sus rostros que a Nemesky se le antojaba definitivamente anormal.

Un presentimiento espantoso traspasó su cráneo.

Un recuerdo le asaltó de improviso:

<< ¿Acaso esperabas otra cosa de unas personas que producen más ARROZ del que consumen? >>

Al salir a la calle, sus presentimientos se vieron confirmados: Miles de personas se arremolinaban en torno suyo, igual de anormales a las que aparecían en las fotos. Todos le miraban como si se tratara de alguna exótica criatura o de un animal extinto. De hecho, lo era. No necesitaba recorrer el planeta entero para saberlo. La Tierra estaba completamente poblada por millones de individuos de ojos rasgados y piel amarillenta.

Sí había un Plan después de todo. Ahora ellos estaban libres del viejo problema de la sobrepoblación. El mundo les pertenecía y su cultura era la única posible. Seguramente, ya jamás necesitarían cultivar más arroz del que necesitaban… Y las letras en el periódico, que en un primer momento había tomado por garabatos demenciales… ¿Acaso era chino?



[1] Estudios recientes demuestran que las emisiones de gas carbónico generadas por gigantescas zonas de cultivo contribuyen considerablemente al fenómeno del calentamiento global. Los gases, encerrados en la atmósfera terrestre, no sólo aumentarían la temperatura del planeta, también tendrían efectos sobre los seres vivos causando, entre otras cosas, graves psicopatías, trastornos del sueño, trastornos de la personalidad y, en algunos casos, esquizofrenia.

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